Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Victor Erice. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Victor Erice. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de marzo de 2016

Mis 10 películas del cine español

1.Vida en sombras (1948), de Lorenzo Llobet-Gracia
2. El espíritu de la colmena (1972), de Victor Erice
3. La vida por delante (1958), de Fernando Fernán Gómez
4.Cielo negro (1951), de Manuel Mur Oti
5.Plácido (1961), de Luis G Berlanga
6.Mi tío Jacinto (1956), de Ladislao Vajda,
7.El último caballo (1950), Edgar Neville
8.Madregilda (1993) de Francisco Regueiro
9. La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu
10.El inquilino (1957), de José Antonio Nieves Conde. Caimán Cuadernos de Cine quiere conmemorar su número 100 de mayo con una encuesta en la que 300 especialistas en el estudio, análisis, difusión y programación cinematográfica (estudiosos, críticos españoles y extranjeros, periodistas especializados, historiadores, programadores, profesores de universidad, directores de festivales españoles, muestras de otros países dedicadas al cine español, filmotecas, escuelas de cine, hispanistas y estudiosos del cine español en universidades extranjeras, etc) eligen las que consideran las 10 mejores películas del cine español. Y entre esos 300 me han considerado a mí. Lo cual agradezco. No sé sí las mejores, pero diría que sí mis preferidas. Como ocurre cuando tienes que constreñir una selección a una cifra, siempre se queda alguna fuera que podría haber integrado esa selección. En este caso, tuve que dejar fuera a 'En la ciudad de Sylvia' (2007) de José Luís Guerín, 'A tiro limpio' (1963), de Francisco Perez Dolz o 'Magical girl' (2014), de Carlos Vermut. Aunque también dudé sobre qué película elegir con respecto de algunos de los directores que conforman la selección. Podrían haber estado 'El sur' (Erice), 'El verdugo' (Berlanga), 'La vida en un hilo' (Neville), 'Los peces rojos' (Nieves Conde)o 'El cebo' (Vajda). En algunos casos opté por obras que me parece que reflejan mejor, o con más agudeza, nuestro presente que mucho cine actual (caso de 'El último caballo' o 'El inquilino'), como es tambíén el caso de la obra dirigida por Fernán Gómez ( estuve tentado de puntualizar que hubiera escogido el díptico que forman 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'). Y además, también quería resaltar, y por tanto homenajear, la figura de Fernando Fernán Gomez como figura capital en cuanto actor y director del cine español (protagoniza cinco de las seleccionadas). .

jueves, 3 de octubre de 2013

El sol del membrillo

 photo OIR_resizeraspx8_zps23a7b5af.jpg La simetría y el caos. La mirada y la luz. La trama y lo real. Lo real es escurridizo, como la luz sobre el membrillero. Variable, depende la situación del sol. La mirada busca la simetría, ajusta el encuadre, fija, con las líneas horizontales y verticales, como un punto de mira que busca capturar, (re)tratar, una realidad en movimiento, mudable, como el sol no deja de variar su posición en el cielo, y por tanto, la luz será diferente en cada momento del día sobre el árbol del membrillo. Fugacidad, destellos y fulgores, momentos. En 'El sol del membrillo' (1991), Victor Erice se refleja en Antonio Lopez, en el forcejeo de la mirada de este con la luz que se materializa en la pintura y el dibujo que realiza. La mirada está siempre en obras, como la misma realidad, o lo real, está siempre en gestación, y destrucción, cambio, modificaciones, transitoriedad. Como la casa donde pinta Antonio, en obras, en donde otros artesanos realizan su obra de transformación de un espacio, de configuración y ordenación, simetrías que hagan habitable el entorno. Otros: en los otros uno se refleja (lo que tiene el artista también de obrero) y lo otro siempre condiciona, o influye.  photo OIR_resizeraspx6_zpsb775e77e.jpg  photo ff57e4e6ad8845dca4f37024cbe717f9_zps5193034e.jpg La mirada batalla porque lo real es incierto e imprevisible, la meteorología puede ser hostil para los intereses del artista, de la mirada, que necesita de unas condiciones determinadas para poder materializar su propósito, pero la lluvia entorpece, oculta la luz, retrasa la labor, y desperdicia el intento que deriva en lo infructuoso. Intentos, pruebas, ahora será un dibujo en el que intenta realizar la conjugación, la representación de una mirada propia sobre lo real, que no es referencia, sino materia, proximidad, en desarrollo (cómo varía la posición, la inclinación, de los frutos en el árbol). La mirada intenta reflejar esa modificación, esa transformación de lo real durante el proceso que dura la representación, la labor del retrato, que no es instantánea, mientras que lo real habita el tiempo. La mirada se enfrenta al tiempo, forcejea, intenta con su perseverancia, con su meticulosidad, superarlo, realizar la alquimia de lo eterno y lo instantáneo. El registro de la acción se conjuga con la elipsis, con la mirada del cineasta, y se materializa el acto de realización, la conciliación entre lo real y la mirada: habitar la duración del momento. Encuadrar es modelar pero necesita ser flexible la mirada. El encuadre justo sabe de la carcajada de las fisuras.  photo OIR_resizeraspx3_zps79834fb1.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zpsaff90a76.jpg Erice busca esa respiración, o busca encontrar la propia, ese 'entre' lo real y su mirada, la respiración de un proceso creativo que se mantiene en el funambulismo de la mirada que no pierde el equilibrio, que traza líneas sin perder el paso, con firmeza, en la búsqueda del trazo preciso, con la duración adecuada. Inmersión en la real, reflexión sobre los procesos. Reflejos, documento y metáfora. Y ficción (cuando irrumpe el sueño, sueño despierto, sueño dormido, evocación de la infancia, la raíz de la mirada, la raíz del asombro, la mirada que todo lo mira por primera vez) ¿Dónde depositamos la mirada cuando miramos?, transeúntes de la mirada, mirada de paso, mirada al acecho, mirada exploradora. Influencia, tiempos pretéritos, gestaciones: la visita del amigo pintor con quien inició sus estudios de pintura en la juventud, con quien compartió sus primeros pasos, y ahora comparte afinidad, recuerdos.  photo OIR_resizeraspx4_zps1577f880.jpg  photo OIR_resizeraspx5_zps6c798cc8.jpg Traducciones, variantes, otras miradas, otras lenguas, como en la narración intervienen polacos, los trabajadores, o los visitantes chinos. Hay miradas que desmontan las fronteras, que realizan la demolición del espejismo de las identidades: la afinidad, la confluencia, no sabe de mapas ni de nombres. Sentido y dirección: las representaciones de la divinidad, del orden de la realidad, de la vida, la pesadumbre católica, el júbilo griego: ¿hay una suerte, o mera aleatoriedad?. Perspectivas, ángulos, luces y sombras que respiran y sueñan en el creador, a la par que este las sueña, y sueña las del otro que también son las propias. Y el sueño realidad es. Y la realidad se desvanece, como el sol desaparece con cada crepúsculo, y el fruto del membrillero se pudre, o se come. Hasta que amanece otra vez, y la realidad florece. Print the dream.  photo OIR_resizeraspx9_zps221b6b7a.jpg

sábado, 10 de agosto de 2013

La morte rouge

 photo OIR_resizeraspx_zps2d061be5.jpg 'Veo, veo'. La respuesta debería ser una pregunta '¿qué ves?' pero la respuesta no llega porque la pregunta se ha enmarañado entre los puntos suspensivos. ¿Qué ves cuando ante ti tienes reflejos? Los reflejos en la superficie del mar, reflejos en la oscuridad, tras haber sido testigo por primera vez de los reflejos en la pantalla, luminosidad en la oscuridad, en la que la representación de la realidad, los noticiarios, no se distingue de la ficción, una película de la serie de Sherlock Holmes protagonizada por Basil Rathbone y Nigel Bruce, 'La garra escarlata' (1944), de Roy William Neill, que no era su verdadero nombre, sino Roland De Gostrie, si es que este lo era, y que había nacido en un espacio flotante, que ni es tierra ni es mar, en un barco frente a la costa irlandesa. ¿Cómo distinguir la realidad de la ficción, o dónde están sus límites? Te sugestiona aquella película, cuyas sombras se propagan en la realidad, y sientes que aquel asesino en la pantalla, el señor Potts (Gerald Hamer), el cartero, puede no sólo ser cualquier cartero sino que, del mismo modo que en la película se presenta, caracterizado, con cualquier identidad (incluida, femenina), puede ser todos, y todos pueden ser el señor Potts. Esa posibilidad se convierte en una fisura que abre una herida en la realidad, como la abre a insondables posibilidades y sorprendentes ángulos.  photo OIR_resizeraspx4_zps1c5fc00c.jpg  photo OIR_resizeraspx3_zps5f6b13ff.jpg Porque su sombra traspasa la pantalla y se multiplica en sombras que se extienden por las paredes y el techo de la habitación, donde, como otra pantalla, el proyector de tu imaginación las anima, las dota de vida, de relato, como crees oír sus pasos por el pasillo aproximándose a ti, y cierras los ojos, apagas el proyector de tu mente, porque quizás haciéndote el muerto no se percate de tu presencia. Advertir que viene el cartero es advertir que van a caer nuevas bombas, porque la realidad, afuera de la pantalla, resulta igual amenazadora, un espacio en el que no sabes qué puede ocurrir, porque nada se controla, todo es posible. Y la amenaza se disfraza, se oculta entre las sombras. La muerte puede acaecer en cualquier momento, como a cualquiera de aquellos personajes en la pantalla, la primera vez que fuiste consciente de que las personas mueren, e incluso de que unos seres humanos pueden matar a otros. Una fisura, una hendidura se había abierto en la realidad.  photo OIR_resizeraspx2_zps7b25140a.jpg ¿Qué ves? ¿Qué puedes contestar a esa pregunta? ¿Qué ven aquellos espectadores que se mantienen impasibles ante la pantalla, que parecen indiferentes, como si no les afectara lo terrible que acaece en la pantalla?. Una expresión que quizá signifique que saben algo que él no sabe, y por eso nada les afecta ni conmociona. Quizás es la misma expresión de la gente en la realidad, afuera, ante una vida que no deja de zarandearles, sacudirles, amenazarles. El lugar donde transcurre la acción de la película de Sherlock Holmes se llama La morte rouge, la muerte roja, un lugar que presuntamente existe en la zona francófona de Quebec, pero que realmente no existe,como no existe ese país de sombras llamado cine. Ese mundo de reflejos que hace abrir los ojos para ver los reflejos y la realidad de otro modo.  photo 100e1510ec4b42a0be0884c79a7c48ca_zps040880a9.png  photo OIR_resizeraspx5_zps25675b42.jpg En la magistral 'La morte rouge (Soliloquio)'(2006), obra de 33 minutos, de Victor Erice, realizada para ser exhibida en la exposición 'Erice-Kiarostami. Correspondencias', en el Centro Contemporáneo de Barcelona, la voz del cineasta se traslada a su pasado, a sus primeras experiencias como espectador con cinco años, desde un presente que constata lo efímero, la construcción del nuevo Kursaal, donde antes se edificó el edificio que tuvo su momento de esplendor en la Belle epoque y en el que el tuvo su primera experiencia como espectador en 1945. Lo efímero y lo permanente. Los reflejos y el mar. Las huellas que quedan en nuestra pantalla interior, experiencias que nos construyeron, mientras seguimos explorando esa realidad, preguntándonos qué vemos, de qué materia están hechos los reflejos que llamamos realidad, y por qué los reflejos en aquella otra pantalla los sentimos tan reales, nos sugestionan, influyen y conmocionan como si se abrieran paso en nuestra mente y forjaran nuestros pasos, nuestras mirada, como faros en la escurridiza realidad.

viernes, 11 de enero de 2013

Tribuna express: El espíritu de la colmena

Photobucket La semana pasada se publico en 'Tribuna express' mi artículo sobre 'El espíritu de la colmena' (1972), de Víctor Erice.

El sur

Photobucket ‘Crecí como todo el mundo, acostumbrándome a la soledad, y a no pensar en la felicidad’. Lo expresa Estrella en la transición que narra su paso de la niñez a la adolescencia, del rostro de Sonsoles Aranguren a la quinceañera Iciar Bollain. Aunque podrían plasmar lo que fue ( o más bien, lo que se intuye, lo que se entrevé de) la vida de su padre, Agustín (Omero Antonutti), ese enigmático ‘fuera de campo’ que hierve de aspiraciones y sentimientos no materializados, como si la vida se hubiera quedado paralizada, fosilizada, en una pantalla de proyectos no cumplidos, de promesas no realizadas, lo que determinó que la vida fuera achicándose cada vez más, hasta que el peso de ese ‘fuera de campo’ no pudo ser soportado, y la deshilachada presencia en vida fuera fulminada con un disparo (como si el disparo fuera el soplo que dispersa los últimos vestigios de una presencia fantasmal en vida). Photobucket La primera secuencia ya enfrenta a esos dos espacios en dolorosa desgarradura, escisión o desencuentro, el ‘campo’, el plano, lo visible, la mirada, especuladora, que proyecta e interroga, de Estrella, en su habitación, en la noche, mientras la luz va modificándose (como varía la comprensión de los hechos según la luz que se proyecte), mientras se oyen, en el fuera de campo, voces y gritos. Estrella encuentra bajo la cama el péndulo, ese objeto con el que su padre realizaba las adivinaciones (cual zahorí), el objeto mágico, que tiempo atrás ya había dejado de usar (como signo de la pérdida de sus últimos resquicios de ilusión), y del que se ha desprendido porque ya ha ‘desaparecido’, primero en vida, y ahora, de ahí el griterío, porque se ha descubierto lo que se visibilizará al final (en una bellísima panorámica), su cadáver, tras dispararse con una escopeta. La narración se despliega a través de esa interacción entre lo presente y lo ausente, el campo y el fuera de campo, haciendo palpar lo invisible, lo que quema tras la mirada del que ya se siente exiliado de la vida (que pareciera corporeizarse en el mismo paisaje, como si esta fuera la piel de su misterio, de su ‘distancia’, incluso de sí mismo), a través de la mirada escrutadora, tanteadora, de la hija, la que ausculta el mito, la figura de su padre, para comprender lo que arde en su sangre, en las vidas soñadas, en los temblores en penumbras. Adivinar con el péndulo de su mirada lo que respira en sus silencios. Photobucket Photobucket Pantallas, ausencias, sombras, mitos. Erase una vez, en 1957. La casa norteña donde vive Estrella con sus padres, Agustín y Julia (Lola Cardona), se llama ‘La gaviota’. Pero Agustín, médico, parece que siente quebradas sus alas. Su procedencia es del sur de la península, de donde vienen de visita su madre y la que fue su yaya, Milagros (Rafaela Aparicio). En los relatos de ésta se entrecruzan las leyendas (el nacimiento del mito) y las raíces doloridas, que aún sangran, como luces y sombras que aún no se han desenredado (como la representación y el cuerpo en la figura del padre para Estrella), cuando se evocan las rivalidades entre Agustín y su padre, ambos de ideologías contrapuestas, representación, por tanto, de un país dividido. El sur es un espacio mítico, un espacio de fabulación, un espacio de posibles, de interrogantes e incógnitas. El cine en donde proyectan la película ‘Flor en sombras’, se llama Arcadia. El sueño extraviado en el pasado, la Arcadia que no pudo ser: una de las actrices, Irene Ríos (Aurore Clement), fue amor de su padre; en la pantalla fallece, muerta por un disparo, como así morirá Agustín, aunque él mismo apriete el gatillo. Irene no es su verdadero nombre, como realmente la vida que vive Agustín no es la verdadera, la que quisiera, sino una sustituta, su sombra. Photobucket Más adelante, otra película con sombra en su título, ‘La sombra de una duda’, pero el padre no es como el tío Charlie que encarna Joseph Cotten en la película de Hitchcock; Tío Charlie escupe su insatisfacción, reniega de la vida vulgar a la que todos parecen resignarse, o asumir con indiferencia, acusando a esa vida corriente de inmundicia e infierno, por lo que ha optado por ser depredador en ese infierno. Agustín no ha sabido enfrentarse a la vida; reconocerá su incapacidad de rebelarse, de ‘manifestarse’, consumido por el humo de los sueños que no ha sabido cumplir. Agustín es como un Ulises cuyo cuerpo no dejó el hogar pero sí su mente. Es un fantasma en vida. Por un momento, está a punto de dejar la pantalla y saltar a la realidad; pero se queda dormido en la habitación del hotel, mientras fuera de campo se escucha el tren que pierde, el movimiento, la acción, que no hace cuerpo. Lola, cual Penélope, en el hogar, ignorante, hila su madeja, sin saber que el cuerpo ha estado a punto también de fugarse. La odisea sí la realizará Estrella, cuando decida aventurarse a conocer las raíces de su padre, ese sur que es mito pero que quiere conocer como realidad, fuera de las pantallas. Explorar con el péndulo de su mirada lo que hasta ahora era fragor distante en un fuera de campo de incógnitas. Pero esa es otra historia, que Erice quiso rodar, pero no pudo. Quedará como perpetuo fuera de campo; un relato incompleto, para Erice. Pero lo inconcluso también puede ser soberanamente bello. Photobucket http://www.rtve.es/noticias/20110107/victor-erice-sur-nunca-estuvo-planteada-como-dos-peliculas/393001.shtml

sábado, 11 de agosto de 2012

El espíritu de la colmena

Photobucket Photobucket Los ojos asombrados de una niña, Ana (Ana Torrent), ante unas imágenes (en movimiento), la proyección de una película, 'Frankenstein', (1931), de James Wahle, sobre una criatura, hecha con retales de diversos cadáveres, a la que se dota de vida. Los ojos que pone, según la indicación de su profesora (Laly Soldevilla) en otra imágen (estática), la que representa un cuerpo humano, y a la que van completando con los distintos órganos. Somos piezas de un puzzle. Los ojos asombrados que preguntan, antes de dormir, a su hermana, Isabel (Isabel Tellería) por qué el monstruo mató a la niña, y por qué mataron al monstruo. La muerte hace acto de aparición en el escenario, aún entre la mentira y lo real. Isabel juega a hacerse la muerta, para asustar a su hermana, y juega con su psible dominio de la vida de otros ( de causar la muerte) amagando la asfixia de su gato. Los ojos asombrados, interrogantes, observan el tren que se acerca en la distancia, como de la distancia llegó el camión con el proyector de cine. ¿De dónde vienen los espíritus? ¿Se materializan, se hacen cuerpo?. En la distancia observa con su hermana aquella casa abandonada. En la misma descubre una 'aparición', un hombre que duerme, al que contempla desde un agujero en el muro de ladrillos (como si fuera una cabina de proyección), un hombre que la apunta con una pistola, un hombre que llegó de aquel tren que viene de la distancia, al que ofrece una manzana como la niña ofrecía flores al monstruo. Photobucket Photobucket Cuando 'desaparece', y sólo queda el rastro de la sangre, que indica su muerte, la muerte que no es mentira, como en el cine (como le ha dicho su hermana), ella 'desaparece', huye. En la noche se encuentra con el 'espíritu' en el bosque, la criatura de la película, el monstruo, aunque sus rasgos sean los del hombre que encontró en la casa abandonada. Mientras, el cuerpo del hombre yace muerto bajo la pantalla de cine donde contempló Ana aquella película sobre una criatura a la que dotaban de vida.'El espíritu de la colmena' (1973), de Victor Erice, es una película que alumbra la mirada, que dota de cuerpo, de presencia, a la materia ( cómo se dotan de 'vida' a los objetos, como personajes de la trama de la vida de los personajes que habitan la pantalla), la luz, candiles, velas, que se encienden y apagan, hasta las ausencias. Nunca vemos juntos a los padres, Fernando (Fernando Fernán Gómez) y Teresa (Teresa Gimpera). Viven distantes en el mismo hogar. Teresa vive en la distancia, a través de esas cartas que envía a alguien del que espera una respuesta, ese rostro que ojalá encontrara entre los soldados que viajan en el tren en el que entrega la carta que llegará a aquel ausente rostro en la distancia. La voz del doctor Frankenstein de la película, cuando habla del ansia de conocimiento,de interrogarse, de desafiar los límites, se superpone sobre la imagen del padre asomado al balcón observando la distancia, el horizonte, velada su imagen tras el cristal esmerilado ambarino con celdas como la de un panal. Photobucket Photobucket Fernando, apicultor, cuida las abejas en sus panales, con ese traje protector con el que pareciera un espectro. Quizás lo sea, insinuado que ss sueños artísticos no hayan sido realizados (la fotografía junto a Unamuno), difuminado en ese retiro, de pasos de un lado a otro en la habitación, de enseñanzas a sus hijas de cómo distinguir lo bueno de lo malo, lo ponzoñoso de lo que no lo es, o sobre esas distancias, donde están los lugares excepcionales, como el de esas setas en una elevación brumosa, aquellos lugares que se anhelan, pero a los que tan dificil parece acceder, en una distancia que se observa con ansia o nostalgia (de lo que se ha asumido no podrá ser) pero cuesta superar, cautivo en la esmerilada celda ambarina del panal. Ana, con sus ojos interrogantes, observa las abejas en su cautiverio ascender por aquella red. Como Erice nos hace mirar a esas criaturas humanas a las que se ha dotado de vida cómo comienzan a dar sus primeros pasos en la vida, a dotar de cuerpo a sus preguntas y sueños, en esa red de vida que es panal y puede ser cautiverio cuando las distancias y las ausencias son las que predominan en su tránsito de vida