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sábado, 1 de mayo de 2021

Aún no se lo he dicho a mi jardín (Errata naturae), de Pia Pera

                             

na sospecha: ¿y si esta enfermedad hubiese llegado para salvarme de lo que me imponía hacer, a lo que no me atrevía a negarme? ¿ Y si fuese la rebelión contra una yo que me obligaba a ir adonde no tenía muchas ganas de ir? En cierto pasaje de Aún no se lo he dicho a mi jardín (Errata naturae), la escritora italiana Pia Pera (1956-2016), reflexiona sobre una película que le ha impresionado particularmente, la notable Miel (2013), de Valeria Golino. La dedicación de la protagonista, Irene (Jasmine Trinca), o Miel para su labor clandestina, es la eutanasia asistida. Suministra la sustancia que propicia la muerte a los enfermos terminales que desean morir, a quienes tienen una vida postrada, mental o corporalmente, y desean abandonar una vida que no sienten como vida, sino como prisión y tortura. El pasaje que impresiona sobremanera a la escritora es aquel en el que Irene se obceca en intentar disuadir a un hombre de que su propósito de matarse porque ha perdido el apetito por la vida. El cuerpo se corrompe, pero también puede corromperse el ánimo. A Pia Pera le habían diagnosticado una enfermedad terminal. Todos podemos morir en cualquier momento, pero ella ya sabía que tenía el tiempo contado, y que su cuerpo se iba a degradar lentamente, perdiendo progresivamente la capacidad de dominio y convirtiéndose en un ser dependiente. ¿Cómo confronta el ánimo una circunstancia inexorable como una muerte anunciada y su gradual proceso de deterioro? El jardín adquiere la condición de reflejo y contrapunto. Es ella y es la vida. Lejos de verme como la persona de la que depende el bienestar del jardín, me sé expuesta a las circunstancias, vulnerable. Si el jardín había sido el lugar donde contemplar la metamorfosis y la transitoriedad, ahora la aceleración de la corriente me obliga a darme cuenta de que a mí también me arrastra. Ya no soy una observadora externa, alguien que dispone y administra. Yo también estoy a merced de lo que ocurre. Esto inspira un sentimiento de hermandad con el jardín, agudiza la sensación de formar parte de él. Igual de indefensa, igual de mortal.

Pia Pera se plantea si la enfermedad la ha contraído por una culpa, como si de modo retorcido hubiera sido la causante, porque resulta difícil asumir la aleatoriedad en la que nos desplazamos como figuras expuestas a lo incierto e imprevisible. Pia también se pregunta cómo le gustaría vivir si volviese a estar bien. Como nosotros, en nuestro presente, con respecto al Covid. ¿Queremos simplemente que todo sea como antes? ¿Queremos vivir con la misma actitud? ¿No hemos aprendido nada y solo deseamos que concluya esta interrupción pasajera de la normalidad? Pia, en cambio, lúcida, mira al pasado y contempla a una extraña. Se pregunta por qué era como era, por qué actuaba como actuaba, porque su visión de la vida se sustentaba en ignorar, convenientemente, ciertas evidencias para proseguir esa marcha de engranaje en pos de un propósito tras otro, de una ambición tras otras como si la vida fuera una cinta corredera continua. La debilidad me inspiraba miedo y repulsa. La debilidad de todo tipo. Quizá por el placer salvaje de la rapidez fulmínea, de la eficiencia, del buen funcionamiento. Había que alejarse de quien era lento, incapaz o inepto como de la peste. La vulnerabilidad irreparable confronta con la empatía. Uno es parte de todo. Y todo es finito. El mundo, la vida, no gira alrededor de una. Hay múltiples ángulos o formas de vivir, como de comunicarse. No sólo con cualquier otro congénere, sino con cualquier ser vivo, con su querida perrita Macchia o las plantas: La inteligencia de las plantas, que se huelen unas a otras: emitir olores es su forma de comunicarse. Cuando percibimos las fragancias que surcan el aire, en realidad estamos escuchando, sin entenderlas, las conversaciones ente plantas, entre plantas e insectos, entre plantas y pájaros y otros animales, nosotros incluidos. El mundo es muy grande, pero se pierde demasiado tiempo viviéndolo desde la restringida parcela del ombligo. Por eso, Pia se pregunta si realmente ha vivido, si ha disfrutado del potencial de experiencias que posibilita la vida. Corremos de un punto a otro, o ya de una pantalla a otro, y los procesos, y la duración de lo que se vive, son meros trámites. Moverme con lentitud y concentración me ha enseñado a sincronizarme con la longitud de onda necesaria para percibir sensaciones que antes atravesaba a toda prisa, concentrada en un objetivo y apartando todo lo que pudiese distraerme.

Pia Pera se pregunta si ese personaje que perfiló, que todo lo parecía tener tan claro, si era realmente una concreción, una certeza, o era una ilusión, una imagen que se había creado sobre sí misma. Si se había adaptado, de modo inconsciente, a un molde predeterminado. En un retiro, el maestro de la meditación nos dijo: <<Aceptad que sois algo indefinido>>. Estamos apegadísimos a nosotros mismos, a una idea del yo separado del resto, con una personalidad inconfundible.  Su vivencia de un presente que sabe con fecha de caducidad le hace vivir y sentir el presente de un modo más inmediato y concreto, sin puntos de fugas de prospectivas, proyecciones o expectativas. Eso representa la presencia del jardín: El regazo en el que paso estos días (…) aceptando con calma que somos algo minúsculo e indefinido, una morita en el paisaje. Pia Pera se contempla en el reflejo de la muerte de Lou Reed, o en las palabras de su esposa, Laurie Anderson, presente en el momento de su muerte: en mi vida he visto una expresión de asombro tan plena como la que tenía Lou mientras moría. Y también en los últimos meses de vida del cineasta Derek Jarman que vivió un parecido trance, con otra enfermedad terminal, cuando contrajo el sida. También él, en ese periodo, se fascinó, como si fuera su nueva pantalla, o la pantalla de la revelación, con los jardines. Como si el propio universo en el que ya no es capaz de actuar se hubiera convertido en el más amplio jardín. (…) porque en el jardín se cumplen ciclos de resurrección. La presencia de jardín, la imagen del jardín, la metáfora del jardín, es tanto la asunción de la finitud, el apoyo en el último coletazo de la ilusión de la resurrección y la comprensión serena de la certeza que alumbra y deslumbra: la belleza de la naturaleza en sí. Ahora todo es simple y pura belleza. Me fijo por primera vez en el negro de humo, un negro casi puro y muy raro en la naturaleza, de las yemas aún cerradas del fresno; me fijo en el verde reluciente de las ciruelas pequeñas, compactas, que aún no amarillean. Veo una infinidad de detalles que transmiten alegría y al mismo tiempo inspiran una suerte de abatimiento ante tamaña belleza, pero también paz. Es una cuestión de asumir nuestra indefinición, que implica que somos todos y uno, que estamos conectados con el resto de materia viva. Pia evoca a Kukkuripa, uno de los ochenta y cuatro mahasiddha del budismo tibetano. Practicó durante doce años el tantra, con la única compañía de un perro, que había encontrado abandonado. Fue transportado a los paraísos sensuales de los dioses, donde cada placer, por pequeño que sea, procura un a dicha infinita. Pero se acordó del perro, solo. Y decidió volver con él. Volvió con el perro. Esa fábula provee la enseñanza de la superación de las tentaciones del paraíso y cómo aunar compasión e intuición en la perfección del mahamudra. Nosotros (los que podemos) nos resistimos a dejar de disfrutar de este paraíso de extensiones tecnológicas. Las jaulas de nuestros egoísmos. Nuestra adicción al control. Si podemos disfrutar de lujos ¿Por qué renunciar a esa posibilidad? Nos hace sentir que somos algo o alguien aunque seamos meras sombras virtuales. Estar a merced de un flujo que no controlo es como aceptar que somos indefinidos (…) Me veía yéndome a vivir en un bosque y alimentándome de bayas y raíces. ¿Por misantropía? ¿Por desconfianza hacia los seres humanos? No creo. Más bien por mi inclinación a saborear la alegría muda, queda, del silencio, de la contemplación. Las riquezas invisibles.

martes, 7 de abril de 2015

La fiesta de despedida

Muerte y eutanasia, vejez y deterioro físico son cuestiones que pueden resultar incómodas, cuestiones que pueden resultar abrumadoras y que pueden incitar a mirar hacia otro lado. Como el desnudo si se relaciona con cuerpos ya ancianos. Lo visible se convierte en un espacio que no resulta confortable, no es la pantalla que se prefiere tener de horizonte, sobre todo si es futuro. Nos confronta con el tiempo de un modo descarnado, con su implacable decurso que es deterioro. Nos confronta con la finitud, con una impotencia y un desamparo, por eso cuestiones como el aborto o la eutanasia resultan perturbadoras para quienes necesitan sentir que la vida es un continuo, no un paréntesis entre incertidumbres. En la estimulante producción israelí 'La fiesta de despedida' (Mita tova, 2014), de Tal Granit y Sharon Maymon, se mira de frente a todas estas cuestiones con una reconfortante naturalidad, y una luminosa desdramatización que no es sino la asunción de nuestra condición, de lo que somos y seremos, criaturas solas en un universo incierto pero que sí pueden contar con el apoyo y afecto en los momentos frágiles, con el apoyo y afecto de miradas que no quieran mirar al pasado o a otro lado, miradas que no nieguen la realidad del deterioro de la mente y cuerpo de quien ama, de su dolor que quizá no sea soportable y convierta ya su vida en condena y calvario.
La eutanasia no deja de ser un acto de empatía, incluso para quien quizá prefiera abandonar la vida, pero no porque sufra dolores insoportables, sino porque no quiere sufrir la progresiva degradación del deterioro físico, quien no encuentre ya incentivo en esa circunstancia dependiente, o sienta que su vida ya sea una mera espera de un final, cuestión que enlaza con otra estimable obra estrenada el año pasado, 'Miel' (2013), de Valeria Golino, en la que la protagonista realizaba servicios de eutanasia pero se resistía a hacerlo a quien se lo pedía porque no encontraba ya incentivo en la vida, no por padecer una enfermedad terminal o sufrimientos indecibles.El inicio de 'La fiesta de despedida' ya marca el tono de una mirada que más que irreverente simplemente no se anda con melindrosidades y rehuye engolamientos dogmáticos: la llamada que realiza Yehkezel (Ze'ev Revach) haciéndose pasar por Dios a una compañera de la residencia de ancianos para incentivarle sus perdidos deseos de vivir con el argumento de que no hay plazas disponibles en el Cielo. Los ancianos protagonistas se encontrarán con una circunstancia que les superará y les enfrentará a unas decisiones en el filo. La decisión de ayudar a morir a una amiga que no resiste el dolor que padece, postrada en una cama, propiciará una cadena de peticiones de aquellos que necesitan que alguien asista del mismo modo a seres queridos que padecen situación similar. Irónicamente, quien se muestra más remisa a realizar esos actos de compasión será quien se encuentre en la tesitura de necesitar que realicen ese mismo acto con ella cuando su mente comience a deteriorarse irremisiblemente.
La narrativa juega vivazmente con las elipsis, lo que constituye un reflejo de su equilibrada mirada, esa que sabe conjugar lo se debe confrontar, visibilizar, con lo que no es necesario mostrar, No rehuye mirar de frente, ni amortigua aristas, y no incurre en tremendismos ni se solaza en la desgracia. Su mirada es la de quien mira con serenidad la condición ciclica de la existencia, de la que el deterioro y la desaparición son parte consustancial. Cuestiones en las que no tiene cabida la vergüenza ni esos miedos que se esconden y cierran los ojos en mandamientos morales y pudores sociales. Por eso, esta obra es una radiante celebración que termina, de modo conciso, con una acción dolorosa, terminal, que es clausura, la vida se termina, pero parece una interrupción. La vida, y el dolor de la pérdida, continua, pero para los otros. La vida se compone también de despedidas. Esta estimulante obra se estrena el próximo 17 de abril

miércoles, 12 de marzo de 2014

Jasmine Trinca, la mirada que incendia, la mirada incendiada

Si hay una interpretación femenina que me ha deslumbrado (a la par que alumbrado) en estos primeros dos meses y medio es la de Jasmine Trinca en 'Miel' (2013), de Valeria Golino. Un incendio de mirada, en permanente hervor, que cautiva, que hace sentir las entrañas que palpitan en su interior. La actriz lidia con un personaje rebosante de matices, y regala un personaje fascinante, y una interpretación modélica, esa que brota desde la mirada de un personaje, no de artificios gestuales. La actriz italiana debutó con Nanni Moretti en 'La habitación del hijo' (2001), y reincidió en la colaboración en 'Il caimano' (2006). Ha protagonizado también 'La mejor juventud' (2003), de Marco Tullio Giordana, 'Manual de amor' (2005), de Giovanni Veronesi, 'Romanzo criminale' (2005), de Michele Placido o 'Casa de tolerancia' (2011), de Bertrand Bonello, con quien acaba de rodar 'Saint Laurent' (2014). Forografías: Con Valeria Golino, para Gian Luca Fontana

Miel

Hay enfermedades que son visibles, hay enfermedades que no son visibles. El cuerpo se corrompe, pero también el ánimo. Hay vidas que no se viven, sino que son condena dolorosa, como hay muertes que pueden ser liberación, muertes dulces. Por eso, Irene (admirable Jasmine Trinca) ha adoptado el apodo de 'Miel' en su labor clandestina, en un negocio ilegal de eutanasia asistida, como suministradora de las sustancias que propician la muerte de aquellos que la requieren, de aquellos que la compran. Valeria Golino, en su debut tras la cámara, condensa admirablemente la tensión sobre la que se trama la vida de Irene, en las dos primeras secuencias de la muy sugerente 'Miel' (Miele, 2013). Dos movimientos de cámara contrapuestos. Un movimiento de retroceso que la precede mientras camina sobre un pasillo, hasta que se sienta, y se pone a escuchar música con unos cascos. Pero la cámara prosigue hasta acrecentar su pequeñez en el encuadre, remarcando, también por las amortiguada luz dominante, la sensación de intemperie, como si faltara aliento de vida. El siguiente movimiento de cámara es de avance, sigue a Irene dirigiéndose al mar, en donde se sumerge. Es el impulso de vida que la define, a la vez que una acción física, de contacto con lo que fluye, que contrarresta su relación tan cercana no sólo con la muerte en sí, sino con todo el dolor del que se empapa, a través de los que asiste en el momento de su muerte, y de la pesadumbre y desesperación de sus familiares.
Un detalle característico, que incide en este aspecto, es que está escuchando constantemente música con auriculares. Es su cámara de aislamiento, pero también su baño en un amplio océano de sensaciones exultantes que contrarrestan las angosturas, en las que queda atascada su empatía, su dedicación, cuando su mano abierta se convierte en puño apretado, consecuencia de su contacto con la desolación de la muerte . Irene es ella misma música, es entrega, por eso asiste a los enfermos terminales que desean morir, a quienes tienen una vida postrada, mental o corporalmente, y desean abandonar una vida que no sienten como vida, sino como prisión y tortura. Irene es la firmeza, la mirada incendiada de la determinación, que les asiste en ese momento. Irene no entiende, y no comparte, el sufrimiento innecesario. Por eso, le indigna sobremanera que alguien que esté sano, alguien que no tiene ningún tipo de impedimento físico ni mental, desee la muerte, como es el caso del ingeniero Grimaldi (Carlo Cecchi).
Este se convertirá en una obsesión, una especie de cruzada, cuando se obceque en conseguir evitar que se mate. Grimaldi ha perdido apetito por la vida, su enfermedad no es visible. Como si hubiera perdido el aliento, y ya sólo fuera en retroceso, mientras la luz se va amortiguando y desvaneciendo a su alrededor. Para Irene se convertirá en un desafío, en el de conseguir una victoria de la vida sobre la muerte en vida. Irene vive junto al mar, como quien mantiene ante sí un permanente horizonte de vida. La mirada que no desfallece, ahora en lucha contra el gesto cansado de Cecchi, ese cansancio que también pugna en el interior en ella, las junturas resentidas del impulso vital causadas por las relaciones insatisfactorias, relaciones que no se definen, como si los cuerpos sólo se entrevieran en la distancia aunque palpen sus poros. Irene escucha su música, mira al cielo, y mantiene su mirada encendida, aunque sea difícil, a veces imposible, contrarrestar los cansancios que provocan las decepciones de la vida. La narración se propulsa, se mece, sobre las mareas que vibran en el incendio que alienta la subyugante mirada de Irene, el incendio de la miel. ) Se estrena el 11 de abril esta muy estimulante obra.