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miércoles, 15 de febrero de 2023

Libertad condicional

 

Eddie Bunker era aquel convidado de piedra conocido como Mr Blue en Reservoir dogs (1992). Su presencia era un homenaje y a la vez cita o referencia de Quentin Tarantino. Bunker había sido atracador de bancos en los escasos momentos que disfrutó de libertad, entre una estancia en penitenciaria y otra, durante treinta años, hasta mediados de los 70, cuando por fin logró dar un volantazo a su vida, en lo que fue decisivo la buena recepción de sus primeros esfuerzos literarios. Porque no sólo es cuestión de voluntad, de tener objetivos claros, un propósito como horizonte, la dedicación a la escritura, sino de que acompañe la suerte. Su primera novela, No beast so fierce (No bestia tan fiera), publicada en 1973, llamó la atención del cineasta Ulu Grosbard. No porque quisiera rodarla sino por cuánto le había impresionado a Dustin Hoffman, al que conocía desde hacía una década. El actor había sido su asistente de dirección en 1964 en Broadway, cuando representaba The subject was roses , que en 1968 Grosbard adaptaría al cine en su opera prima, Una historia de tres extraños. Hoffman sería el protagonista de su segunda obra, ¿Quién es Harry Kellerman? (1971). Y lo sería de la tercera, cuando No beast so fierce se convirtiera en Libertad condicional (Straight time, 1978), la cual, en principio, iba a ser dirigida por Hoffman, pero los productores se alarmaron por el tiempo que dedicó el primer día de rodaje a un plano general de la institución penitenciaria, como si no lograra encontrar el ángulo adecuado, por lo que optaron por el reemplazo.

Bunker no quería reflejar en su obra su propia historia, sino una forma de representar una vida que rara vez había visto en el cine, fueran buenas o no las obras que mostraban la vida o actividad delictiva. Grosbard que tenía experiencia en su Bélgica natal como cortador de diamantes aplicó ese estilo a una narración de afilado realismo, sin necesidad de subrayados, en ocasiones como si asistiéramos a la gestación muda de una explosión. La obra comienza con una liberación y finaliza con una fuga que refleja cómo la primera tenía algo de espejismo. En la primera secuencia, Max (Dustin Hoffman) sale de la cárcel tras estar seis años recluidos. Bunker comentaba cómo en ciertas obras cuando un delincuente salía de la cárcel enseguida le esperaba otro proyecto, otro plan de robo. Lo que se espera es abandonar esa vida, esa cárcel tanto fuera como dentro, porque en parte arrastras en tu interior una tendencia que puede ser propulsada por una imprevista combinación de factores, como una bestia que se despertara (a la que alude el título original). El único deseo de Max es construir otra vida, una vida integrada, como la de tantos miles de ciudadanos que ejercen su rutina de trabajo y relaciones afectivas. Max espera encontrar un lugar donde dormir, un trabajo con el que comenzar a ganar unos dólares y disponer de la posibilidad de sentir ese nudo en el estómago que causa tener una primera cita con una chica que te gusta.

Pero, además de la voluntad, también cuenta el azar, y la injerencia de los otros, intencional o no. Y Max toma consciencia de que su nueva vida puede derrumbarse en cualquier instante, aunque sea por un equívoco, sobre todo si dependes de un agente de la provisional, Earl (M Emmet Walsh), demasiado preocupado por remarcar su posición, por dejar bien claro, aunque sea con una sonrisa de hiena, que él es quien marca las pautas, quien ejerce el control, quien dispone de tu vida. Dispones de dos opciones: una es bajar la testuz, morderte la lengua, y encajarlo aunque la bilis te corroa. Otra es escupir tu rabia, lo que desemboca en que te desvíes a la calle de no retorno de la delincuencia una vez más. Pero esa rabia, la fiebre de esa furia, no desaparece, no te desprendes de ella. Queda prendida en tí como una mecha que no deja de crisparte. Te ves abocado a una vida que no querías, y tu discernimiento se nubla, se tensa, lo que puede poner en peligro la efectividad de los trabajos y, por extensión, la vida de tus colaboradores. El tiempo es fundamental, el atraco es un trabajo a realizar en un tiempo medido. Todo tiene su duración. No puedes dejarte llevar por la intemperancia, ni obcecarte por querer más de lo que has conseguido.

Grosbard forja un diamante narrativo en el que modula con precisión las agitaciones que van apoderándose de Max, expuestas brillantemente en secuencias como la de su irrupción en un casa de prestamos para conseguir el subfusil que no le ha proporcionado el suministrador, como había prometido, para realizar el atraco previsto esa noche. Su respiración delata esa furia, la realidad no puede írsele de las manos, tiene que seguir disparando con su furia, como conseguir, durante el atraco a un banco, y luego a una joyería, el máximo de billetes o joyas aunque haya pasado el tiempo previsto, como si le superara su sentimiento de despecho, como si la vida le debiera lo que le ha usurpado, esa libertad que ha extraviado por no darle las oportunidades que él pedía. Su mirada comprende su error, su ofuscación, cuando se mira, arrodillado, con el amigo cuya mirada se extingue, cuya muerte ha propiciado por un atraco defectuosamente planificado y realizado. Como no es necesario el contraplano del amigo al que dispara, el amigo que le ha fallado, y traicionado (por irse con el coche antes de lo previsto), porque al fin y al cabo, se está disparando a sí mismo a través de él; dispara a su error, a su propia torpeza. Por eso no puede haber ya una fuga, porque primero debe fugarse de sí mismo para quizás poder ser aquel otro que deseaba ser si las condiciones hubieran sido de otro modo, más favorables. Porque a veces, es sólo cuestión de suerte.

lunes, 8 de agosto de 2016

Los 12 mejores personajes de Dustin Hoffman

Dustin Hoffman cumple hoy 79 años. Nominado en siete ocasiones al mejor actor protagonista, y ganador en dos ocasiones, por 'Kramer contra Kramer' y 'Rain man', es uno de los intérpretes estadounidenses más admirados y reputados de su generación. Las mejores películas en las que participó, pertenecen a la década de los setenta. Posteriormente, han sido más intermitentes, aunque aún su estatus de estrella se extendiera hasta la década de los noventa. Pese a participar en fiascos de comedia como 'Ishtar' o crear un memorable personaje secundario en 'Dick Tracy', su nombre se asociaba a la película de prestigio, como refrendaban 'Billy Bathgate, 'Héroe por accidente' y 'Mad city', o adaptaciones teatrales como 'La muerte de un viajante' y 'American Buffalo'. Por eso, sorprendía que se convirtiera en inesperado protagonista de películas de ciencia ficción, como 'Estallido' o 'Esfera', eso sí, no como héroe de acción, sino como mente pensante de científico.
En este siglo ha alternado personajes secundarios, en sugerentes obras como 'Descubriendo nunca jamás', 'Extrañas coincidencias', 'El perfume' o 'Más extraño que la ficción', con protagonistas en pequeñas producciones, como 'Nunca es tarde para enamorarse. Por fin, coincidió en un reparto con Gene Hackman, su amigo desde su época de estudiante a finales de los 50, en 'El jurado', e incluso, nunca es tarde para decidirse, probó suerte con la dirección, con la estimulante 'El cuarteto'. Destaco doce de sus mejores interpretaciones.
El graduado. El papel que catapultó a Hoffman a la notoriedad lo consiguió, como él mismo declaró, como quien deshecha todas las opciones hasta que encuentra en el fondo del barril la única opción que resta. Un personaje que en principio, por la descripción en libro, parecía destinado a un actor como Robert Redford, que fue desechado por Nichols porque no resultaba creíble como alguien que pudiera ser rechazado por una mujer. Y Benjamin, el protagonista de 'El graduado', es alguien que se dedica durante el último tercio a perseguir a Elaine (Katharine Ross) la chica que también le ama pero le rehuye. La razón, su madre, que no deja de representar su falta de ilusión o malestar. En el principio, Ben es un chico de 21 años recién graduado que siente que no quiere ser aquello a lo que parece destinado a ser según cómo están marcados los trayectos de vida. La señora Robinson (extraordinaria Anne Bancrofft), la vecina insatisfecha con su vida y su matrimonio, con la que inicia una mera relación sexual, representa su falta de incentivo con respecto al futuro que se le presenta. Ella es la prueba manifiesta de quien tomó un desvío en su camino que no tiene nada que ver con sus ilusiones juveniles. En la excelente secuencia en la que él propone que además de tener sexo también conversen, ella evidencia que no logró lo que aspiraba realizar cuando estudiaba Bellas Artes. Su vida es una patética sombra de lo que un día deseo que fuera. De alguna manera, Mrs Robinson es el fantasma dickensiano de las navidades futuras. Le muestra aquello en lo que puede convertirle su apatía e indecisión (una figura que flota en la piscina que se deja llevar por la corriente de la inmovilidad). Amar a la hija implica apostar por la ilusión. Pero tendrá que esforzarse para conseguirle. Incluso asaltar el sacro altar de una iglesia, y sabotear un matrimonio recién bendecido. Con la irreverencia se puede dinamitar la realidad para que no se convierta en un inercial trayecto de renuncias.
Cowboy de medianoche. En 'Cowboy de medianoche' (1969), de John Schlesinger, Rizzo, el personaje de Hoffman, parece el contrario del apuesto joven y alto tejano rubio, encarnado por Jon Voight, que ha llegado a la urbe de Nueva York para prostituirse con entusiasmo. Su ilusión es convertirse en amante de las mujeres urbanitas que cree dispuestas a pagar por sus lozanos encantos. Rizzo, en cambio, es menudo, además cojea, y frente a la apariencia siempre impoluta e impecable del tejano cowboy, parece que exuda alguna infección interior. Su mismo cabello oscuro parece rezumar grasa, como su piel no parece dejar de sudar. Además, siempre está sin afeitar, pareciera que nunca se limpia. Transmite una sensación enfermiza. De hecho, no deja de corromperse su interior. Se quiere convertir en el representante de ese apuesto cowboy, que parece representar las esencias del americano genuino, pero no deja de representar la corrupción y turbiedad de una ciudad y una sociedad urbana que parece descomponerse en sus entrañas aunque intente cuidar tanto las apariencias. Por eso, fallece en la secuencia final, ya convertida en icónica (memorable aquel episodio de Seinfeld con Kramer remedando su personaje). Las ilusiones vanas, el propio autoengaño, mezcla de ingenuidad y vanidad, del personaje de Voight se confrontan con la podredumbre real de la pantalla de los sueños. Por eso, marcha en medio de la nada y hacia la nada, porque no hay dirección real.
Perros de paja. La película fue controvertida porque parece que descolocó a muchos, sobre todo a quienes padecen el mal de la mente cuadriculada. Desconcertó el tratamiento de la secuencia en que Amy (Susan George) es violada; hubo quienes consideraron que su planteamiento y tratamiento era degradante para ‘la mujer’, y que erotizaba y sensualizaba la violación; además les descolocaba el hecho de que ‘parecía’ que ella gozaba, sin preguntarse qué implicaciones tenía en los primeros escarceos, relacionadas su despecho por su frustrante relación con su marido David (Dustin Hoffman.Peckinpah intercala, cuando su ex novio Charlie ya la está forzando, penetrándola, las imágenes mentales de Amy con David, o apartando la mirada de Charlie para focalizarla en el fuego del hogar, para intentar contrarrestar la vejación. Peckinpah lo dijo bien clarito: David es el villano, que al final revela su verdadera faz. El núcleo dramático de 'Perros de paja' (1971) es la relación David-Amy; los personajes alrededor son como emanaciones de su conflicto (en especial el grupo que trabaja en la remodelación de la casa: Charlie y sus amigos) de toda la violencia que palpita en su relación, o en especial, en David, el presunto racionalista y ‘adulto’ (en una ocasión, reprocha a Amy que siga actuando como una niña, que crezca; no deja de ser mordaz ese plano en el que vemos a David subido a un columpio). David es el monstruo, la mente cuadriculada, la emocionalidad insegura, hasta acomplejada (pese a sus brotes arrogantes, que tienen mucho de autoafirmación obtusa). Es la prototípica actitud masculina pleistocénica que llega a acusar a Amy, cuando esta señala de qué descarado modo lúbrico le miraban los chicos, y que es ella la que lo provoca por ir vestida con minfalda y sobre todo por no llevar sujetador. Dustin Hoffman cuestionó a Peckinpah la elección de una actriz no sólo tan joven, sino con ese aire de ‘Lolita’, que él no veía que 'pegara' con alguien como David, Pero la elección no pudo ser más atinada. Amy solivianta a David, porque carece de su envaramiento, de su rigidez cuadriculada ( y es otro hombre que no soporta que la mujer que, supuestamente, ama sea tan admirada por otros). Así que el grupo de Charlie (también representación del pasado sexual de Amy) y sus amigos se convierten en pantalla y contrapunto (a la vez que espectadores) del conflictivo escenario de su relación. Son incluso, en registro casi fantástico la proyección fantasmal de su violencia, de sus fisuras: los chicos alardean en el bar de las bragas que uno ha cogido; en la siguiente secuencia asistimos a la primera acre y violenta discusión entre David y Amy (en la que David, en su espacio de poder, el de las ecuaciones en la pizarra, remarca que no juegue con él; que no le contraríe, en suma).
Papillón. En ninguna ocasión se ha asemejado tanto Dustin Hoffman a un pequeño roedor como con su caracterización de Louis Dega en 'Papillón' (1973), de Franklin J Schaffner. Parece que se desplaza de puntillas,y con precaución. Parece que mirara detrás de unas barreras a través de sus gafas con lentes de gran aumento (con las que necesitaba llevar unas lentillas), como nunca estuviera seguro de si enfoca con precisión. Dice que se inspiró en el guionista Dalton Trumbo, en sus maneras tímidas y reservadas. Como en 'Cowboy de medianoche', contrasta de modo extremado con el otro protagonista masculino, Steve McQueen. Uno parece que recula, el otro no deja de intentar impulsarse hacia delante, aunque no deje de colisionarse durante largos años con los muros y los barrotes. Ambos son dos distintos de tipos de reclusos, aunque coincidan en su condición de resistentes, actitud que apuntala su complicidad. En el gesto de McQueen se mantiene esa determinación que ya había propulsado en su personaje de 'La gran evasión'. En cambio, Hoffman parece que busca guarecerse en cualquier recoveco u hoyo como forma de resistir el agujero de la reclusión, con esa perseverante confianza en que su esposa acabe liberándole de ese encierro. Pese a todo, en ocasiones, se deja arrastrar por la determinación de su amigo, y participa en algunos de sus intentos de huida. Hasta que ya el desgaste. Por eso, no salta con el personaje de McQueen cuando este decide abandonar la isla a nada saltando desde una gran altura al mar. Prefiere seguir con sus pequeños pasos esperar a que le toque el turno de la liberación programada.
Lenny. Hoffman mostró en principio sus reticencias a la hora de aceptar el personaje protagonista de 'Lenny' (1974), de Bob Fosse. No le parecía que el guión tuviera la suficiente profundidad. Pero la figura del célebre y controvertido cómico Lenny Bruce, repetidamente detenido durante los sesenta por atentar contra la moral pública por sus recurrentes alusiones explícitas al sexo y su lenguaje obsceno y malsonante, le fascinaba. Al principió pensó que no era el actor adecuado para interpretarlo, pero tras leer su autobiografía y ver grabaciones de sus actuaciones, sintió una fuerte afinidad con esa figura provocadora, que hacía de la espontaneidad fundamento de sus actuaciones. Y a Hoffman le gusta tanto provocar como improvisar en sus interpretaciones. Hoffman dotó de cuerpo y ritmo a esa celeridad característica de las actuaciones de Lenny Bruce, y las turbulencias que dominaban su vida íntima, como si se encontrara siempre en pleno fragor de batalla consigo mismo, en sus relaciones afectivas, o con unas normas sociales que no dejaron de intentar anularle haciendo uso de una ley restrictiva, que no era sino una mordaza para acallar su mordaz irreverencia. Por eso, funciona el blanco y negro en este película, rezuma infección, porque refleja ese entorno que no dejaba respirar el talento inconformista e insurgente de quien disentía con lo que después sería calificado como políticamente correcto. Lenny hizo arte con la incorrección, pero fue derrotado por la infección carente de color y de vida que dictaba las leyes y las reglas de conducta y expresión.
Todos los hombres del presidente. Durante los meses previos al rodaje de 'Todos los hombres del presidente' (1975) que dedicó a transitar por la redacción del Washington Post, Por la melena que porta en la película fue confundido, por una periodista especializada en el tema de la ciencia, con un chico de los recados (copy boy). Eso define lo bien que se amoldó a la película, en la que casi no se hace notar, ya que la película parece una transposición de los sobrios modos actorales del otro protagonista, Robert Redford. Aunque, por sus maneras de fumar, y gestualidad de febrilidad contenida no deja de traslucir el temperamento nervioso y el carácter con una pizca de arrogancia de su personaje, el periodista Walter Bernstein, quien junto a Bob Woodward, destapó con el caso Watergate la corrupción gubernamental. El título es una variación del 'Todos los hombres del rey', adaptada al cine previamente por Robert Rossen en 1951 en 'El político', una aguda disección de las corrupciones, enajenaciones y vanidades políticas. En este caso, a través de la minuciosa y determinada investigación de dos periodistas que no cejan en su propósito de dotar de luz a la turbulencias de las sombras de las instituciones que detentan el poder. Más allá de los despachos de la redacción, los exteriores, sobre todo los nocturnos, parecen espacios inhóspitos, en el que la amenaza parece acechar de modo invisible, como si la realidad estuviera contaminada por la corrupción, realzado por la sombría fotografía de Gordon Willis. Esa desazonadora atmósfera, así como la precisión de su modulación dramática, fue desplegada y multiplicada por David Fincher en su magistral 'Zodiac'.
Marathon man. Hoffman optó por pasarse noches sin dormir para conseguir que su personaje transmitiera, con su desaliño y su aspecto poco saludable, la sensación de que vive una tensión emocional extrema. De hecho, su personaje ya se encuentra en tensión con su entorno antes de que su vida se vea amenazada por la irrupción de un criminal de guerra nazi, bajo los rasgos de Laurence Olvier, que piensa que tiene algo importante para él. En los primeros pasajes se evidencia que no soporta ser superado por los demás, como demuestra su competitividad con otros corredores en el parque. Y está en lid con la sociedad, con su pasado y su presente, por el suicidio de su padre, cuando era perseguido por la Caza de Brujas del Comité de actividades antiamericanas. Siente, y se palpa esa febrilidad en sus gestos y miradas, que su padre merece un perdón y el reconocimiento de su inocencia, por eso dedica su tesis al tema de la tiranía en la sociedad estadounidense. Por eso, no deja de ser irónico, como distorsionado reflejo, que se vea perseguido por un dentista nazi que torturaba judíos en los campos de concentración. El acceso a ese universo paralelo de tramas turbias (por la consecución de unos diamantes) tiene lugar a través de su hermano, encarnado por Roy Scheider, la contraseña que facilita la irrupción en su vida de quien que le tortura como torturaba a los judíos, con los utensilios de un dentista, pero sin anestesia. Como si reviviera, transfigurada, la pesadilla que sufrió su padre. La aparente normalidad de su hermano (siniestra, de todos modos, porque es un empresario relacionado con el negocio del petróleo), desvela que es un agente gubernamental. Del mismo modo que la mujer, interpretada por Marthe Keller, que cree conocer por casualidad, y que cree que le corresponde en el amor, también no es lo que parece, y si logra seducirle es también porque sabe tocar la tecla de sus complejos y arrogancia. Hoffman no quiso acceder a que su personaje ajusticiara a su antagonista, como indicaba la novela adaptada y el guión de William Goldman, porque consideraba que perdería su humanidad si lo hacía.
Libertad condicional. Eddie Bunker era aquel convidado de piedra conocido como Mr Blue en 'Reservoir dogs' (1992). Su presencia era un homenaje de Quentin Tarantino. Bunker había sido atracador de bancos en los escasos momentos que disfrutó de libertad, entre una estancia penitenciaria y otra, durante treinta años, hasta mediados de los 70, cuando por fin logró dar un volantazo a su vida, en lo que fue decisivo la buena recepción de sus primeros esfuerzos literarios. Su primera novela, 'No hay bestia tan fiera', publicada en 1973, llamó la atención del cineasta Ulu Grosbard. No porque quisiera rodarla sino por cuán impresionado se la recomendó a Dustin Hoffman, al que conocía desde hacía una década. En la primera secuencia de 'Libertad condicional' (1978), Max (Dustin Hoffman) sale de la cárcel tras estar seis años recluidos. Bunker comentaba cómo en ciertas obras cuando un delincuente salía de la cárcel enseguida le esperaba otro plan de robo. Lo que se espera es abandonar esa vida, esa cárcel tanto fuera como dentro, porque en parte arrastras en tu interior una tendencia que puede ser propulsada por una imprevista combinación de factores, como una bestia que se despertara. El único deseo de Max es construir otra vida, una vida integrada, como la de tantos miles de ciudadanos que ejercen su rutina de trabajo y relaciones afectivas. Max espera encontrar un lugar donde dormir, un trabajo con el que comenzar a ganar unos dolares y disponer de la posibilidad de sentir ese nudo en el estómago que causa el tener una primera cita con una chica que te gusta. Pero, además de la voluntad, también cuenta el azar,y la injerencia de los otros, intencional o no. Y Max toma consciencia de que su nueva vida puede derrumbarse en cualquier instante, aunque sea por un equívoco, sobre todo si dependes de un agente de la provisional demasiado preocupado por dejar bien claro, aunque sea con una sonrisa de hiena, que él es quien marca las pautas. Grossbard forja un diamante narrativo en el que modula con precisión las agitaciones que van apoderándose de Max, expuestas brillantemente en secuencias como la de su irrupción en un casa de prestamos para conseguir el subfusil que no le ha proporcionado, como había prometido el suministrador, para realizar el atraco previsto esa noche. Su respiración delata esa furia, la realidad no puede írsele de las manos, tiene que seguir disparando, como conseguir el máximo de billetes o joyas, como si le superara su sentimiento de despecho por no darle la vida las oportunidades que él pedía. Su mirada comprende su error, su ofuscación, cuando se mira, arrodillado, con el amigo cuya mirada se extingue, cuya muerte ha propiciado por un atraco defectuosamente realizado.
Tootsie. 'Tootsie' gira alrededor de un actor al que nadie quiere contratar por su conflictivo y picajoso carácter y que, por ello, decide pasarse por actriz como única manera de conseguir un papel, Y así es, en una telenovela, Hospital general. Pero sobre todo trata de un hombre que se comporta mejor con las mujeres cuando se hace pasar por una mujer. No hay como ponerse en la piel del Otro para sentir y conocer su perspectiva. Inversión de papeles, como se invierten las siglas de su identidad masculina, Michael Dorsey, y femenina, Dorothy Michaels, mujer con apariencia de señorona, con cardado protuberante, como sus mismas gafas,que así logran disimular la prominente nariz del actor, como recurso de diferenciación entre uno y otra. Hoffman realizó una prueba de caracterización en el colegio de su hija, haciéndose pasar por tía Dorothy, y según dice logró convencer a todos de que era una mujer. Quizá fuera así, pero no deja de parecerme que se percibe demasiado la impostura, como también en el caso pretérito de Jack Lemmon y Tony Curtis en 'Con faldas y a lo loco'. Simplemente, se acepta como parte del juego, tan desquiciado y exagerado como los mismos lances argumentales de la telenovela, que no dejan de tener su gracia, aunque más los tendrían los de la venidera 'Escándalo en el plató'. Eso sí, chirría sobremanera la meliflua música, y sobre todo un par de montajes al son de insoportables canciones. Pero Hoffman borda su papel en sus vertientes masculinas y femeninas, como brilla el reparto en general, y hay momentos cómicos, incluso algunos no carentes de aristas dramáticas, que evitan que desluzca del todo el maquillaje de una película que está al filo de descascarillarse.
Rain man. Cuando llevaban ya tres semanas de rodaje de 'Rain man' (1988), de Barry Levinson, Hoffman le dijo que consiguiera a Richard Dreyfuss o quien fuera, porque pensaba que estaba realizando una de sus peores interpretaciones. En principio, Hoffman iba a interpretar al otro hermano, Charlie, ya que se suponía con más de cincuenta años, pero él insistió en interpretar a Raymond tras conmoverse con un niño prodigio, ciego y con parálisis mental, que interpretaba música de oído Su insistencia en que no fuera discapacitado sino que fuera autista, con habilidades prodigiosas, determinó que Martin Brest abandonara el proyecto. Durante un año se instruyó minuciosamente sobre el autismo, y logró una extraordinaria interpretación, matizada en la forma de nunca mirar a los ojos de los demás, la ritualización de los gestos y de las acciones como resorte defensivo, sus pasitos cortos, su rigidez física, como si habitara otra dimensión distinta a la de los así llamados normales. Más allá del bienintencionado propósito de que su personaje sirva de contrapunto sensibilizador para otra de las representaciones de la depredadora actitud materialista que sólo se preocupa de la consecución de beneficios, encarnado en su hermano, su interpretación se eleva sobre el resto de una discreta película que contiene la secuencia predilecta de Hoffman en su filmografía, aquella en la que está en el interior de una cabina telefónica junto a su hermano, y anuncia con su característico oh oh que se ha tirado un pedo. Ambos improvisaron el consiguiente diálogo mientras, se supone, resistían los efectos del gas no precisamente aromático. Fue la tercera vez que Hoffman participó en una película ganadora en los Oscars, tras 'Cowboy de medianoche' y 'Kramer sobre Kramer', y ninguna ha resistido bien los embates del paso del tiempo.
La cortina de humo. Un mes antes de que se convirtiera en escándalo público y copara toda la atención mediática la relación del presidente Clinton con Monica Lewinsky, y posteriormente el gobierno decidiera bombardear una fábrica en Sudán, 'La cortina de humo' (1998), de Barry Levinson, que se realizó en una pausa de rodaje de 'Esfera', narraba cómo se arrojaba una conveniente cortina de humo sobre otra relación sexual de un presidente, en este caso con una niña, mediante la creación de un conflicto bélico con un país del que la mayor parte de los estadounidenses no sabe nada, Albania. El consejero arreglatodo que encarna Robert De Niro recurre a un productor cinematográfico, interpretado con despendolado histrionismo, como un niño que dispone de un scalextrix y un ibertren a escala gigante, por Dustin Hoffman, para hilvanar esa conveniente ficción que distraiga la atención pública del escándalo sexual durante al menos los onces días que restan antes de las votaciones de las elecciones presidenciales. Ruedan escenas que supuestamente acontecen durante un bombardeo en Albania, componen canciones que se convertirán en himnos, crean rituales sociales que adquieren resonancia global simbólica con detalles triviales como unos zapatos usados colgados de los árboles o crearán un héroe rescatado tras las líneas enemigas después del anunciado fin de las hostilidades. El productor orquesta la producción más ambiciosa, aquella que manipula la misma realidad. Con gozo contempla no sólo cómo la ciudadanía se cree todo aquello que urden, sino cómo determinan sus reacciones emocionales y sus pareceres. La diferencia con las urdimbres ficcionales de los políticos es que un productor cinematográfico sí necesita el reconocimiento de su despliegue creativo realizado, lo que implicará su perdición. Necesita aplauso y premios, mientras que los políticos, con sus juegos de maquillaje de las fisuras de realidad entre sombras, sólo desean que permanezca intacta su posición de privilegio.
Esfera. 'Esfera' incide en una evidencia. Los psicólogos pueden estar tan mal o peor que sus pacientes. En 'Esfera', adaptación de una novela de Michael Crichton, quien parece que intentaba crear una variante del 'Solaris' de Stanislaw Lem, Hoffman es un psicólogo que tiempo atrás redactó un informe en el que explicaba las razones de por qué un biólogo, un matemático, un psicólogo y un físico podían ser el mejor comité de bienvenida para unos alienígenas. Eso creen que sean los tripulantes de una nave espacial encontrada en el fondo de mar que parece estar ahí encallada desde siglos atrás. Y en su interior encuentran una esfera que remite al planeta Solaris, porque parece materializar los temores recónditos, o no solventados, de los que intentan esclarecer aquel enigma. Hoffman puede parecer el más equilibrado, o el menos cuadriculado, de entrada, pero no es sino un espejismo. No sólo por la conflictiva relación que mantuvo en el pasado con la bióloga que encarna Sharon Stone, que fue paciente suya, se irá evidenciado que quien parece contener más conflictos irresueltos es el supuesto conocedor de la mente y sus fragilidades y contradicciones. La amenaza que se cierne sobre ellos, en distintas variantes, de medusas a pulpos pasando por serpientes marinas, no deja de ser una proyección física de lo que se tambalea en su propia mente. Un desequilibrio paradójico, pues parece recubierto por sensatez, que Hoffman matiza con eficacia.

jueves, 13 de marzo de 2014

En rodaje: Ulu Grosbard y Dustin Hoffman

Dustin Hoffman y Ulu Grosbard durante el rodaje de la excelente 'Libertad condicional' (1978)

En rodaje: Ulu Grosbard y Jennifer Jason Leigh

Ulu Grosbard y Jennifer Jason Leigh durante el rodaje de 'Georgia' (1995), en la que tiene lugar uno de esos milagros que rara vez se dan en la pantalla, en unas páginas, en un escenario, en un cuadro. Son ocho minutos y medio que raptan las entrañas, que las zarandean, que las sacuden, y arrancan sus lágrimas. La voz de Sadie se desgañita, se desgarra, sangra, mientras canta 'Take me back' de Van Morrison. La pantalla se incendia, lo obsceno se conjuga con lo sublime. La pantalla se empapa de entrañas desnudas, rocía de gasolina la corrección y la compostura, quiebra la vitrina de lo pulcro y lo esterilizado. La carne estalla y se hace celuloide.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Georgia

 photo e8769d3034b6487c8788e9dbdf0dfb23_zpsfb35e96d.jpg Hay artistas, sean literatos, pintores, cineastas o músicos, que brillan por su aplicado dominio de sus recursos expresivos. Sus trazos, sus acordes, parecen obra de un orfebre. Son creadores de tiralineas. Artistas en los que la corrección, el afinamiento, linda con lo que se puede considerar perfeccion, con el lustre exento de máculas. Hay otros que se tambalean en la convulsión, a los que las mareas de las emociones parece que superan, su arte puede parecer descosido, torpe, desafinado, abrupto, a veces rayano en el grito, en el espasmo, una contorsión que no sabe de pudor ni de limites. Y sus destellos son tanto el reflejo de la obscenidad de un fracaso como el milagro de lo sublime descarnado. 'Georgia' (1995), de Ulu Grosbard, con guión de Barbara Turner (madre de la actriz protagonista), no se centra en Georgia (Mare Wininngham), la exitosa cantante decountry, sino en su hermana Sadie (Jenniffer Jason Leigh), para quien su centro, su referente, su horizonte, es su hermana Georgia. Sadie se arrastra en la periferia, en una vida de trazos inconclusos, un vida deshilachada a la que intenta denodadamante dar forma, pero se desdibuja, como una pulpa que se agita torpemente.  photo f049f53e4ade4d6b8fc783fad5d2084d_zps12e54698.jpg Georgia parece la figura que corona una vitrina, una figura de cuerpo imperturbable que domina el escenario de su vida. No sólo triunfa con su música. Ha creado una familia, y espera su tercer hijo. Su marido es tan razonable, tan templado, tan lúcido, que parece extraterrestre. Ha comprado la casa en la que vivió su infancia, como si afirmará aún más rotundamente su condición de raíz, de tronco firme. Su realidad tiene recios cimientos que a su vez crean una realidad, porque ha devenido en modelo, en referente. Es como una institución en la que no se advierte fisura alguna, casi una entidad etérea, una emanación de un mundo ideal. Sadie es una fisura en sí misma, es la carne que se arrastra en la oscuridad, un cuerpo abrasado por la luz de su hermana, que se convierte para ella en agujero negro. Sadie se atropella con sus mismos gestos, su cuerpo parece desmadejarse, sus gestos desfigurarse, como si sus rasgos no consiguieran centrarse. Sus ojos no difieren muchas veces de su sombreado.  photo OIR_resizeraspx_zps8be265a9.jpg Canta 'Almost blue', y así es su vida, un casi, y desesperación, dolor, padecimiento, al que no logra superar ni dar forma, como si siempre le desbordara, y convirtiera en una marioneta de sus emociones, sujeta a sus vaivenes, a sus resacas, en las que se atasca aún más con las drogas que consume para entumecerse, para evitar que las mareas la ahoguen. En el escenario, su voz, en ocasiones, parece un graznido, una súplica, un grito que ansia libertad, liberarse de un cautiverio, la luminosidad de su hermana que la anula, que la va consumiendo como si abarcara toda la luz posible. Sadie es un deshecho que pugna por dotarse de verbo. La intensidad, la ofuscación puede superarla, y paralizarla, dejarla en un estado de interrupción, de suspensión vital, como si perdiera el paso. Mira a su alrededor, y se desconoce, como si no hubiera un centro de gravedad en su vida. Anhela las alturas, anhela ser cantante, anhela ser su hermana, pero no es sino pálido reflejo, un reflejo herido, el grito punk que hace temblar la vitrina. Sadie es la suciedad que aúlla su fracaso.  photo OIR_resizeraspx2_zps2fb2ca17.jpg Pero en esos aullidos, a veces, se produce el destello, ese que nunca una artista como su hermana alcanzará, ese que habrá a muchos les parecerá una patética muestra de impudicia. Aunque, para otros, no es sino uno de esos milagros que rara vez se dan en la pantalla, en unas páginas, en un escenario, en un cuadro. Son ocho minutos y medio que raptan las entrañas, que las zarandean, que las sacuden, y arrancan sus lágrimas. La voz de Sadie se desgañita, se desgarra, sangra, mientras canta 'Take me back' de Van Morrison. La pantalla se incendia, lo obsceno se conjuga con lo sublime. La pantalla se empapa de entrañas desnudas, rocía de gasolina la corrección y la compostura, quiebra la vitrina de lo pulcro y lo esterilizado. La carne estalla y se hace celuloide. A veces, se producen milagros. Y su corazón late desnudo, en la intemperie, donde crecen las cruces de hierro, antes de prorrumpir en una carcajada, que es despedida de un mundo que sólo parece saber, o querer, vivir en la superficie de las vanidades.

jueves, 29 de agosto de 2013

Harry Dean Stanton, Travis o la herida silenciosa


Travis, la herida silenciosa que surge del desierto, de una condena por el dolor infligido. La recuperación de la voz no es la recuperación de quien fue, son nuevos pasos, cicatrización que es restitución. Harry Dean Stanton coincidió con Sam Shepard en 1983, en el festival de Santa Fé. Compartió su cansancio con los papeles que le tocaba interpretar. Tenía hambre de personajes con una particular hondura. No imaginaba que Shepard le llamaría poco después para ofrecer el memorable protagonista de París, Texas (1984), de Wim Wenders. Stanton, o su rostro, fue la culminación de otro viaje, de la cicatrización de otra herida, en la memorable secuencia final de la prodigiosa Una historia verdadera (1999), de David Lynch, con quien ha reincidido en varias ocasiones desde Corazón salvaje (1990) a Inland empire (2006), pasando por Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992) o uno de los episodios de Hotel room (1992). Amigo íntimo de Francis Coppola ha trabajado con él en El padrino II (1974) y Corazonada (1982). Dios sus primeros pasos actorales, no acreditado, en Falso culpable (1956), de Alfred Hitchcock, y después de pequeños papeles en producciones televisivas, o cinematográficas, como en el último segmento de La conquista del oeste (1962), de Henry Hathaway, en el que interpretaba a uno de los secuaces del bandido que encarnaba Elli Wallach, consiguió su primer papel de cierta resonancia con Monte Hellman en A través del huracán (1966), quien le propulsaría a cierta notoriedad con su personaje en Carretera asfaltada en dos direcciones (1971), y colaborando de nuevo en Cockfight (1974). En los 60 participó en La leyenda del indomable (1966), de Stuart Rosenberg o En el calor de la noche (1967), de Norman Jewison. En los 70 conseguiría personajes de más entidad, en Dillinger (1973), de John Millius, Pat Garret y Billy el niño (1973), de Sam Peckinpah, Adiós muñeca (1975), de Dirk Richards, y aún más en Libertad provisional (1978), de Ulu Grosbard, Sangre sabia (1979), de John Huston, Alien (1979), de Ridley Scott, y en los inicios de los 80, en La muerte en directo (1980), de Bertrand Tavernier o 1997: Escape de Los Ángeles (1981), de John Carpenter. En este década también conseguiría resonancia con su personaje en Repo man (1984), de Alex Cox e interpretaría a San Pablo en La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese. En las siguientes, este excelente actor, que ya cuenta con 87 años, ha trabajado también en Atrapada entre dos hombres (1997), de Nick Cassavettes, La milla verde (1999), de Frank Darabont, El juramento (2001), de Sean Penn, Un lugar donde quedarse (2011), de Paolo Sorrentino o Siete psicópatas (2012), de Martin McDonagh. Además, es guitarrista y cantante. Tiene una banda, The Harry Dean Stanton band, que combina jazz, pop y tech-mex.