
Dos
figuras ante un paisaje. Un paisaje que es evocación, de lo que fue
y ya no es, pero que no se ha dejado de anhelar. Un paisaje, un
esplendoroso y pletórico valle que contempla, en tiempo pretérito,
Huw (Roddy McDowall), el niño protagonista de
¡Qué verde era mi valle! (How
green was my valley,
1941),
de John Ford, con su padre (Donald Crisp), y luego con su guía
educador, Mr.Gruffyd (Walter Pidgeon), y que se constituye en emblema
de promesa de armonía posible, deteriorado, arrasado por los
residuos minerales, ya en el presente desde el que evoca la voz de un
adulto Huw (Irving Pichel) ya con cincuenta años en el momento que
decide abandonar su pueblo. Un deterioro no sólo generado por la
propia accidentalidad y finitud de la misma vida y naturaleza sino,
ante todo, por la inconsecuencia del ser humano, cuyas
representaciones, las diversas instituciones (empresarial, religiosa
y educacional), lo reflejan a lo largo de la (episódica) narración
(fragmentos que narran una desfragmentación) por facultar más la
desintegración que la armonía, el abuso o la anatemización más
que la flexibilidad, la empatía y la comprensión. La progresiva
disolución de la familia, por la muerte o la marcha a otros países,
e incluso, otros continentes, de casi todos los hijos, menos el
pequeño Huw, condensa esa desintegración.

El
primer cuarto de hora de Qué verde era mi valle, para la que Philipp
Dunne adapta la novela de Richard Llewellyn, publicada en 1939, que
acontece en Gales a finales del siglo XIX, refleja, como pocas obras,
la armonía y la conciliación, tanto de la familia Morgan, compuesta
por los padres, seis hijos y una hija, así como de la comunidad (con
las canciones como ritual de celebración diaria), y con las
celebraciones (en concreto, de una boda), caracterizadas por la
jubilosa embriaguez (planteamiento inspirador de la estructura de la
posterior La
delgada línea roja,
1998, de Terrence Malick, que refleja también en su inicio un
paisaje de armonía para después relatar la predominante tendencia
humana a la destrucción). El primer seísmo que genera las
discrepancias en el seno de la familia será propiciado por las
estructuras sobre las que se sostiene el entramado laboral, que poco
han cambiado, y que abusa de su poder sea, en primer lugar, a través
de reducciones de salario (y que suscita tanto las diferencias,
irreconciliables, dentro de la propia familia protagonista, por
cuanto el padre, capataz, pretende atenerse a las reglas e
ingenuamente confía en las decisiones de la empresa, y en cambio los
hijos abogan por la unión sindical, así cómo acciones expeditivas
como las huelgas, como forma de hacer valer los derechos de los
trabajadores, y que derivará en que dos de los hijos se marchen a
América) o de convenientes despidos, como los que, meses más tarde,
afectará a otros dos hermanos, por precisamente ser los más
competentes, y por tanto exigir un sueldo superior, a diferencia de
los desesperados que aceptan salarios más bajos. Ambos también
optarán por la emigración a otro continente. La similitud de ese
plano de las dos figuras, de Huw y Mr. Gruffyd, ante el valle, con el
del final de El
club de la lucha (1999),
de David Fincher, pudiera contemplarse como el gesto subversivo que
hubieran hecho los hijos que abandonaron el hogar para emigrar a otro
país, dada la injusticia del sistema, de la empresa que rige la mina
donde todos trabajan. Un acto que pudiera fundar, con la destrucción
del sistema injusto, un posible qué
verde será mi valle.
Ese por el que aún debemos luchar derribando las torres
que nos oprimen. Ese que puede conseguir que los valles sí puedan
ser verdes.

Pese
a la ecuanimidad que demuestra como sacerdote Mr. Gryffyd,
predominará entre los feligreses la tendencia mezquina, ya que la
religión sirve de excusa para la estigmatización o la condena más
que para la comprensión (más preponderante que la sacrificial,
comprensiva y generosa, representada en el párroco Gruffyd, lo que
señaliza el fracaso de su guía, y hasta el de su sacrificio, al
haber subordinado el amor por sus votos). Humillarán a una mujer por
haber sido madre soltera, lo que determina una reacción indignada de
Angharad (Mauren O'Hara), y una crítica encendida hacia su
ignorancia sobre cómo siente una mujer. Para su desgracia ella será
también víctima de esa mezquindad por haber decidido divorciarse de
su marido. En la institución educativa se prioriza la disciplina
que reproduce unos mecanismos de poder (el castigo, la violencia, la
humillación) más que el alentar el aprendizaje y conocimiento. Los
modos abusivos del profesor. Mr Jonas (Morton Lowry), quien
desenfunda con facilidad su vara para infligir castigos, influye en
sus alumnos, ya que hay quien también deciden abusar de su fuerza.
Huw sufre la agresión de uno y otro. Sus dos primeros días de clase
retorna ensangrentado, e incluso con la espalda malherida. La
estructura social es también cuestionada por definirse por las
relaciones de clase, o de posición social, tramada sobre la
desigualdad (remarcada en la sumisión a unas reglas rituales de
conducta que señalizan las categorías) y cuya única interacción
se crea sobre la conveniencia (un matrimonio), como sufrirá
Angharad, cuando se case con el hijo de la dueña de la empresa,
quien vive en lo alto de la colina, mientras los trabajadores viven
en el valle. El espacio ya señaliza cuál es la posición de unos y
otros.

En
la familia, en la que su
cabeza
es el padre, Mr. Morgan, se reproduce, de nuevo sumisamente, unas
estructuras de vida que asume como inevitables, y ante las que se
supone no se pueden rebelar los hijos, en equivalencia a los
empleados de una empresa. Por ello, el padre no acepta la disidencia
contestataria de sus hijos (que superpone, con dificultad, a su
propia aflicción; el plano sostenido sobre su rostro mientras en
fuera de campo se escucha la marcha de dos de ellos). Aun con buena,
o ingenua, voluntad o convicción no es más que un esbirro de un
sistema corrupto. Lo que, por otro lado, no justifica la violencia de
aquellos que le estigmatizan por su reverencia a la ley y el sistema.
El se cree su papel, ese papel es su vida, la reproducción en la
célula familiar de la enquistada estructura del cuerpo del sistema.
Aunque los hijos no dudan en oponerse cuando sus criterios divergen
ellos admiran y aman a su padre. La rebelión no implica desprecio,
simplemente disensión de perspectivas. Las mujeres se supone que
tienen también su lugar, pero también saben disentir cuando es
necesario, y enfrentarse a su entorno, tanto Angharad, con la
mezquindad e hipocresía de los feligreses, como la madre, Beth (Sara
Allgood), quien se enfrenta a todos los hombres que han cuestionado a
su marido (incluso apiñándose ante la casa, y lanzando alguna
piedra), y lo hace en las condiciones meteorológicas más
desabridas, durante una tormenta de nieve. También, en todo momento,
objeta opiniones o decisiones de su marido. De nuevo, el afecto
manifiesto entre ellos no neutraliza las divergencias de
perspectivas.

Clint
Eastwood califica ¡Qué verde mi valle!
como una de sus obras preferidas, y el mismo John Ford la consideraba
como su predilecta, aunque en principio iba a ser William Wyler el
director (fue quien eligió a Roddy McDowall para el papel de Huw).
Particularmente, siempre ha sido mi preferida. Más allá de su
certera y lúcida visión crítica que transciende el mero escenario
específico de un pueblo minero galés, destaca por la captación de
esos momentos excepcionales, de asombro y reconocimiento, o de unión
y calidez, los pequeños detalles, el humor expansivo, la ternura
insondable, la tristeza y desamparo por la pérdida o las
separaciones, las canciones que elevan pasajeramente el ánimo sobre
las precariedades diarias y las sombras que pesan, influjo
manifiesto en el cine de Terence Davies, en sus excelsas Voces
distantes
(1988) y El
largo día acaba (1993)
también centradas en la célula familiar, y la segunda también con
la perspectiva fundamental infantil: La primera vez que Huw ve a
Bronwyn (Anna Lee), o cómo en un plano general ya se refleja cómo
queda cautivado, y cómo, cuando ella enviuda de Ivor, uno de los
hermanos de Huw, muerto en uno de los accidentes en la mina, Huw la
visita para, con engolada, pero entrañable, gravedad, entre gallitos
que delatan su esfuerzo y suscitan la sonrisa en la afligida viuda,
se ofrece a traer parte del dinero que gane en la mina (por lo que ha
optado en vez de aprovechar sus estudios para convertirse en médico);
la memorable secuencia que capta el paso del tiempo, durante meses,
en la larga convalecencia de Huw tras caer en el hielo con su madre
(cómo se comunica con ésta que yace en el piso de arriba a través
de golpes en el techo; cómo descubre la pasión de la lectura; el
sublime reencuentro con su madre, a la que al advertir algo blanco en
su pelo, unas canas, le pregunta qué es y ella le contesta
sonriente, que la nieve quedó adherida a su pelo); la cola del velo
de Angharad, al salir de la iglesia, tras su boda, elevándose por el
viento, y el plano final de la secuencia en el que se percibe al
fondo, como mera sombra, a Mr. Gruffyd, quien desde entonces se
convertirá en una sombra que vive en segundo plano por haber perdido
a la mujer que ama, aunque no perderá el vigor para enfrentarse a
sus mezquinos feligreses antes de decidirse a abandonar esa parroquia
con la que siente que ha fracasado. ¡Qué
verde era mi valle!
es una una obra summa como lúcida mirada sobre la vida, y sobre
nuestra forma de estructurarla como seres sociales, que conjuga de
modo armonioso la reflexión con la conmoción.
