Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Tom Shankland. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tom Shankland. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de junio de 2019

La influencia

Un género bajo la influencia. Hay recursos expresivos, cual resortes, que serán eternos, por indisolubles, para el género de terror. Un brazo que irrumpe en el hombro de alguien acompasado a una sacudida musical lo más estruendosa posible: la conmoción musical acorde al contacto que propicia el sobresalto. No falta un momento así en La influencia (2019), de Denis Rovira Van Boekholt, que aglutina algunas figuras recurrentes en el repertorio del terror: infante pérfido, sea por posesión o por disposición natural o procedencia siniestra o anómala; una bruja; y una mansión aún habitada pero que a la vez parece abandonada, con recovecos múltiples por descubrir, y de los que pueda surgir una amenaza. La figura del infante pérfido o siniestro parece proliferar como centro de atención en los últimos tiempos. En tiempos pasados destacaron obras como La profecia (1977), de Richard Donner, que generó diversas secuelas, El otro (1972), de Robert Mulligan, o la muy sugerente The children (2008), de Tom Shankland, que se despreocupa de dar explicaciones sobre el por qué de la inclinación asesina de los infantes. Este año se han podido ver The prodigy, de Nicholas McCarthy, y más equilibradas y perturbadoras, El hijo, de David Yarovesky, y Cementerio de animales. Y en breve se estrenarán Bosque maldito, de Lee Cronin y, aunque no sea un niño en sentido estricto sino un muñeco con apariencia de niño, Muñeco diabólico, de Lars Klevberg. Quizá otro reflejo de cómo nuestra semilla, con respecto a nuestro entorno y nosotros mismos, es cada vez más infecta. En La influencia, es una niña de nuevo, Nora. En su caso la perfidía, o no sólo falta de escrúpulos sino regusto en la crueldad y el ejercicio de matar, se debe a que ha sido poseída. Quien la posee es una bruja, su abuela Victoria, quien se encuentra en coma profundo, motivo por el que la madre de Nora, Alicia (Manuela Vellés), ha decidido establecerse por un tiempo, con su hija, y su marido, (Alain Hernández), aunque más que para asistir a su madre, con la que había roto vínculo desde hacía muchos años, para apoyar a su hermana, Sara (Maggie Civantos), en su cuidado.
La bruja no es una figura que haya tenido mucha suerte en los últimos años, aunque parezca extendida la consideración, que no comparto, de que son obras maestras la desmañada La bruja (2015), de Robert Eggers, The lords of Salem (2012), de Rob Zombie (mucho delirio granguiñolesco que se queda en pintoresco exabrupto digno de entrañas más sustanciosas) o El expediente Warren (2013), de James Wan, un mero hábil cumplimiento de expediente, el de la aplicación de las convenciones, con sótanos oscuros, pelotitas que aparecen botando de la oscuridad, cuerpos que son movidos en la cama por alguna fuerza invisible, miradas debajo de la susodicha cama, moratones que aparecen misteriosamente en la piel, puertas que se cierran bruscamente, muñequito siniestro que se desplaza como si dispusiera de teletransportador, pasadizos secretos o brujas de miradas trastocadas (que recuerda a la de la insulsa Arrástrame al infierno, 2009, de Sam Raimi). Algunas de esas convenciones también se pueden encontrar en La influencia. En cuanto a la figura de la casa, en su sentido amplio, espacio siniestro, sí ha destacado en algunas de las más sugerentes expresiones del género en la última década, sobre todo en el medio televisivo, las excelentes La maldición de Hill House, de Mike Flannagan, o la segunda temporada de Channel zero (The no-end house), de Steven Piet. Este año adquiría sustanciosa relevancia en las estimables Cadáver, de Diederik Van Roijeen o The escape room, de Adam Robitel. En cada uno de los casos, es transposición o reflejo del conflicto interior de los personajes. En La influencia, su presencia sí adquiere una poderosa presencia en la primera mitad, por su abundancia de sombras, habitaciones secretas, sótanos, áticos, entornos polvorientos, y objetos que se animan súbitamente. Es un entorno de posibles, y cuando prevalecen las interrogantes, esa equivalencia entre incógnitas y escenario se torna como la figura, o recurso, más sustanciosamente perturbador.
La interrogante fundamental es ¿qué quiere o pretende esa abuela que parece tan dispuesta a aterrorizar a sus descendientes ahora que su muerte parece inminente?. Resulta manifiesta la hostilidad entre la madre y su hija Alicia. Y, sobre todo, se intuyen habitaciones cerradas también en la mirada de Alicia. El escenario parece perfilado: alguien quiere infligir daño, y en principio se expresa a través de un espacio, o materia inanimada, la casa, y después a través de un ser vivo, la nieta. ¿Su propósito es reencarnarse en ella, cual criatura lovecraftiana, para disfrutar a través de su cuerpo de sus posesiones ya que será su heredera principal? ¿O las turbiedades y los retorcimientos no sólo competen a la abuela? Hay un interesante giro dramático, en los últimos pasajes, que reconfigura el escenario y replantea el motivo de la posesión, o la instrumentalización de la nieta. Aunque suscita otra interrogante: si no es un giro demasiado tardío cuando la pirotecnia ya se ha adueñado de la función. Lo que oculta Alicia se manifiesta en la enajenación de su hija Nora, pero quizá las evoluciones dramáticas de ambos personajes no se conjugan con pericia, e incluso colisionan.
Al respecto, o por ello, predomina otro resorte expresivo demasiado extendido últimamente en el género, la deslavazada sucesión de supuestos momentos fuertes, o secuencias de tensión, que no culminan en conclusión trágica, por la simple razón de que la función se acabaría. No se sabe dosificar, y se crean secuencias de amenaza que, simplemente, se interrumpen, porque sólo se puede llevar esa circunstancia de peligro hasta sus últimas consecuencias en las secuencias finales climáticas, ya sea resolución positiva o trágica para los personajes. La monja (2018), de Corin Hardy, es un pertinente ejemplo en cuanto falta de coherencia y cohesión. Se ponía a los personajes en situaciones que parecían límite, y la amenaza, de repente, como si el capricho se le hubiera pasado, desaparecía. Como una sucesión de amagos, hasta llegar a la traca final. A partir de cierto momento, parece que La influencia también queda poseída por esa inconsecuente influencia. Hay personajes, como el marido que asemejan a comodines, ahora me sobra en esta secuencia y me lo quito de encima de cualquier manera, ahora recurro a él para salvar cierta situación de peligro de otro personaje. Y en la traca final combino amenazas desde distintos frentes como si sólo importara la pirotecnia en sí, en la que quedan diluidos los conflictos emocionales. Por supuesto, también es respetada la convención de que algún animal debe morir. Suele ser la primera víctima, en consonancia a la jerarquía de especies que los humanos encabezamos (por ejemplo, las gallinas en El hijo, el perro en Expediente Warren...). En este caso, como variación, ocupa la segunda posición en la sucesión de criaturas masacradas. Aunque la variación se establece en función de otra convención: ¿Cuántos animales habrán sido asesinados por incordiar con su inclinación a desenterrar algo?. Y, por último, no falta la convención del plano final que contradice lo que parecían evidenciar los planos previos, o supuesto final (que pueden ser varios para incordiar un poco). El redoble de la traca final que no falte, aunque sea mediante pérfido detalle con infulas de sutilidad.

miércoles, 21 de enero de 2015

The missing

Tu coche sufre una avería, y debes realizar una parada que no contemplabas en tu viaje. Y en ese pueblo sufrirás una avería emocional de la quizá puedas recuperarte, o quizá no. Una avería que está tejida no sólo de dolor y desesperación sino también de incertidumbre, porque no se sabe qué ha podido pasar con tu hijo pequeño. Todos son especulaciones. Puedes quedarte detenido en aquel día que tu hijo desapareció en aquel pueblo francés, como quien intenta recomponer aquel día, como quien intenta mantener la mano de su hijo entre una muchedumbre sin soltarla un segundo, lo que no logró entonces, o puedes reiniciar tu vida, incluso con otra relación, porque el cambio de escenario radical puede ayudar a que se sedimente el espejismo del olvido. 'The missing' (2014), es una excelente miniserie de ocho capítulos producida por la BBC, escrita por Harry y Jack Williams, y dirigida por Tom Shankland, quien había dirigido los tres últimos estupendos episodios de la mini serie 'The fades' (2011), o, también dentro de las coordenadas del género del terror, aunque con singular perspectiva, las sugerentes 'Waz' (2007) y 'The children' (2008). 'The missing' alterna dos tiempos, los relacionados con el momento en que se produce la desaparición del niño, y el reinicio de la investigación ocho años después por la insistencia del padre, Tony (James Nesbitt), quien casi se ha convertido en una especie de espectro atormentado y furibundo que se resiste a no encontrar a su hijo. Su esposa entonces, Emily (Frances O'Connor) ha iniciado otra vida y otra relación con un hombre que tiene un hijo de la edad que podía seguir teniendo el suyo si siguiera vivo. Otros reflejos: En la reanimación de la investigación, Tony encuentra el apoyo del inspector francés que llevó la investigación entonces, Baptiste (Tcheky Karyo), probablemente el personaje más sugerente. Su cojera física se corresponde con la emocional de Tony.
Aunque, otro reflejo, él también tiene una herida relacionada con su hija. Aun presente, está ausente,otra especie de desaparición, por la adicción a las drogas de la que ha desenganchado en varias ocasiones sin lograr que lo supere. Tiene también asuntos pendientes vitales, el tiempo para ambos se dilata con la corroboración de una frustración y un fracaso. Otro reflejo: uno de los más notables pasajes corresponde a las secuencias en las que Baptiste intenta, en una habitación de hotel, que se desenganche Rini (Annamaria Marinca), una testigo que puede ayudar decisivamente en la investigación, y a quien, también con las lesiones o cicatrices que ha dejado el tiempo y el dolor, se intentará convencer de que vuelva a colaborar ocho años después. Se insinúan varias posibles líneas desde los pederastas al tráfico infantil, especulaciones en un vacío que permanece en silencio, pues nadie reclama nada o se responsabiliza de lo que haya ocurrido. Hay perspectivas de otros personajes que también sufren sus daños colaterales. Hay fugaces imágenes entrevistas que abren interrogantes aunque sólo parezcan sumir en la pesadumbre o conducir al abismo. Pero dos hombres con sus dos distintas cojeras insisten en seguir un hilo que parte de una imagen que es la distorsión de uno de ellos, quizá en lo que se ha convertido, pero que evoca el fatal momento en que la avería de un coche, uno de esos mínimos y triviales azares de los que están tejidos los accidentes de la imprevisible vida, propiciaron una avería de cuyas sombras resulta difícil desprenderse. http://seriecanal.com/

domingo, 22 de julio de 2012

The fades

Photobucket ‎'The Fades'(2011), es una estimulante serie británica, dentro de las coordenadas del género de terror, de seis episodios. Como orientación de en qué territorios tenebrosos, no exentos de crudeza, transita ( aunque el humor esté presente de modo manifiesto, sobre todo en sus tres primeros episodios), hay que mencionar que el director de los tres últimos (a retener en especial, el memorable cuarto episodio) es Tom Shankland (los anteriores, obra de Farren Blackburn). Shakland ha dirigido dos de las propuestas más sugestivas dentro del depauperado panorama del género de terror en la producción de habla inglesa, 'Waz' (2008), que dotaba, como variante, de densidad ( y de un transgresor sentido romántico combinado con lo perverso) a la anodina serie interminable de 'Saw', y 'The Children' (2009), en la que sabe lidiar, con encomiable sentido perturbador, con la acción asesina (súbita e inexplicable) de unos niños. 'The fades', creada y escrita por Jack Thorne, combina esa atmósfera turbía, de emociones nubladas, con el tortuoso aliento de la 'carne renacida' de la obra de Clive Barker ( con Hellraiser, a la cabeza), y la inmersión en las sombras de la adolescencia, de los sueños de superpoderes y sus reversos (sus conflictos; sus tormentos; ¿qué hago con esos superpoderes?), en la línea de la estimulante 'Chronicle' (que suponía una revitalizadora vía alternativa al un tanto desgastado universo de superhéroes). Paul (Ian de Caestecker, de 17, se encuentra con la anómala circunstancia de que es un 'elegido' en mitad de un conflicto, entre los 'fades' (los desvanecidos), aquellos que no han logrado 'ascender' tras morir, y erran por la tierra, y los 'angelicos', aquellos que les combaten. Si no tiene aún claro qué hacer con su vida, si aún necesita asistencia de un psicólogo, si aún llega a orinarse en la cama con sus pesadillas, si aún se desenvuelve torpemente con la chica que le gusta, Jay, ¿cómo encajar ese 'papel'? Photobucket Photobucket En ese admirable cuarto episodio (con un final arrebatadoramente antológico), los límites cada vez se dfimunan y confuden más, cuando entra en juego el 'renacido elegido' de los 'fades', John, que le planteará una aguda pregunta. Él revive a los muertos, aunque necesiten alimentárse de los vivos, pero Paul mata.Esta cuestión, esas dudas o conflictos con los que se debate constantemente Paul, sean ordinarios o fuera de lo corriente (más transcendente: su obcecado propósito de no matar para solucionar la situación que adquiere visos apocalípticos) dota de complejidad a una narración que,además, sorprende con giros imprevistos en su desarrollo (cualquier personaje es vulnerable), en la definición de personajes situados en una tierra intermedia en la que es dificil establecer juicios. ¿No llega a ser el 'cruzado' un fanático que es capaz de lo más terrible para conseguir sus fines? Afortunadamente, esto además logra que el juego referencial, manifiesto en los comentarios cinéfilos referenciales del amigo de Paul, Mac (cuyo personaje favorito es ET) no acaben de cortocircuitar con una inoportuna distancia, ni encubra una convencionalidad de base, en la que sí incurría la saga 'Scream', que daba más lo de mismo barnizado con aquella 'autoconsciencia' de sus recursos. Ese humor destaca en detalles como ese estupendo plano cenital sobre Paul en su cama masturbándose, al que se le despliegan unas notorias alas cuando llega a su culmen, o en cómo está narrado el primer encuentro sexual con Jay. Además, no dejan de ser personajes que se sienten extraviados (Mac se siente desatendido por su padre; se siente agraviado y dolido cuando Paul no se acuerda de su cumpleaños) o confusos (¿de qué son capaces?¿quiénes son?). Photobucket Palpitan también resonancias de cruzar el siniestro túnel al mundo adulto; de hecho la primera secuencia se inicia con los dos amigos poniéndose a prueba con cruzar un abandonado centro comercial. 'The fades' es un tenebroso trayecto que enfrenta a la intemperie de una adolescencia que descubre que los ritos de paso, la 'ascensión' a la adultez, es un subterráneo que enfrenta a las agitaciones de la carne, a la consciencia de la finitud y de la vulnerabilidad, a la confusión de los que están convencidos de tenerlo claro ( todas las figuras de autoridad están aún más extraviadas que los adolescentes). En suma, la oscuridad se acrecienta progresivamente (como bien refleja su doliente catarsis, ¿o no lo es?). Otra muy sugerente producción británica de género, atractivo complemento a las de 'Sherlock' o 'Luther',