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lunes, 3 de marzo de 2025

The visitor

 

Hay quien ya vive, aunque su vida sea estable, y parezca varada en su inercia, como si estuviera de visita en el mundo, como si todo le fuera ajeno, y su vida se hubiera detenido tiempo atrás. En cambio, hay quien vive como si estuviera de visita, porque vive en precario, ya que las condiciones de este mundo de rígidas aduanas no le permiten encontrar ese lugar permanente, estable, al que aspira. Walter (Richard Jenkins), protagonista de The visitor (2007), la segunda película de Tom McCarthy, tras la también notable The station agent (2005), se ajusta al primer caso, y tomará consciencia de la sangrante realidad del segundo a través de Tarek (Haaz Sleiman), un sirio emigrante sin papeles. La música es el cordón que les unirá, y el hilo conductor que define el trayecto vital de transformación que realiza Walter. En las primeras escenas se le presenta a Walter recibiendo unas clases de piano, para lo que no parece muy dotado. El motivo de por qué toma esas clases, que comunica a su profesora que no quiere seguir recibiendo, lo descubrimos poco después. Es como un infructuoso intento de conexión con lo que ya es irremisible ausencia. Su esposa, fallecida hace unos años, era concertista de piano. Walter vive del recuerdo. Intenta compensar un vacío con unas notas de música que puedan hacerle sentir que ella está presente de algún modo, pero sus manos no son las de ella, ni lo que él consiga con su música lo que ella lograba. Le domina la música de la pesadumbre, la pesadumbre de una ausencia que se ha convertido en peso, lastre que le impide propulsar de nuevo su presente. Nada le entusiasma, ni las clases que imparte de economía, ni los libros en los que ya colabora sólo poniendo su nombre. Su misma dedicación como profesor es una mera inercia como quien vive con el piloto puesto y funciona ya por trámites.

El azar le enfrentará a la intrahistoria de la economía, le confrontará con aquellos que sufren lo que las teorías no logran resolver, o prefieren ocultar bajo la alfombra de la realidad. Obligado a intervenir en unas conferencias sobre economía en Nueva York, descubre que en su piso, al que no volvía desde la muerte de su esposa, habitan dos inmigrantes ilegales a los que han engañado haciéndoles creer que el dueño era otro que podía alquilarles ese piso. La reacción en principio de Walter es la usual, es su espacio, no el de ellos. Pero algo le hace acogerles. Quizá verse reflejado en su precariedad, y desamparo, aunque sea de otra condición. Quizá la música. Tarek toca afrobeat en clubs de jazz. Walter creará una cercana relación con él aprendiendo a tocar el tambor africano. Lo que supondrá también su despertar vital. Recobra la música en su vida, pero no intentando emular a su esposa, a un fantasma emocional, sino a través de la propia que él genera aunque sea aprendiendo una música que corresponde a otra cultura. En lo otro se recobra a sí mismo, y encuentra su propio impulso o entusiasmo. Hacer de ese tambor africano, que pertenece a otra cultura, su propio instrumento irá en consonancia con su consciencia del otro, de una realidad más frágil que no tiene nada que ver con su mullida ausencia del mundo, como quien ya habitaba la vida con su nombre, como el libro del que habla en las conferencias no lo había co escrito él sino que solo había puesto su nombre.

La detención de Tarek le enfrentará a la consciencia de que hay otros pesares que son causados por el desatino humano. Otros no pueden circular como él por la realidad. De modo elocuente, es por un error de Walter a la hora de cruzar el torniquete del metro, en lo que le ayuda Tarek, lo que propiciará que sea detenido por dos agentes inflexibles. Ante la inevitable naturaleza de la vida, que implica su fin de trayecto en la muerte, no hay rebelión posible, por lo que se había retirado a los márgenes de la realidad cual fantasma que vive con la música de un pasado. Pero sí ante la voluntad humana. Por ello, Walter se enfrentará a la injusticia de un sistema que no ve individuos sino, desde la distancia, representaciones y categorías. Con determinación, mostrará su indignación ante el despropósito de una política de inmigración que señala la abismal separación entre la ajena vista en plano general de la circulación económica y, en primer plano, sus hirientes consecuencias sobre los desposeídos forzados a una errancia de visita, por su condición provisional, pasajera. Su gesto final es toda una declaración de principios, tocando los tambores africanos en el metro. No permitirá que la expulsión del indeseado cuerpo extraño yazca en el olvido. Porque es una realidad que está ahí, aunque se silencie y quiera sumirse en la invisibilidad.

martes, 21 de diciembre de 2021

14 Bandas sonoras 2021

 

14. The Night house - Ben Lovett

13. The green knight - Daniel Hart
12. The power of the dog - Jonny Greenwood
11. Tiempo - Trevor Gureckis
10. Una cuestión de sangre - Mychael Danna

9. News of the world - James Newton Howard
8. Despierta la furia - Chris Benstead
7. The nest - Richard Reed Parry
6. Imperdonable - David Fleming y Hans Zimmer
5. Cruella - Nicholas Britell
4. Spencer - Jonny Greenwood
3. Jat Wedley - El canto del cisne
2. El contador de cartas - Robert Levon Been
1. Pequeños secretos - Thomas Newman

lunes, 15 de abril de 2019

Gracias a Dios

Epístola de cuerpos ultrajados. En Lyon, la ciudad más católica en Francia, la iglesia destaca por encima del núcleo urbano. Eso llamó la atención de Francois Ozon. Por eso, decidió iniciar Gracias a dios (Grace a dieu, 2019), desde esa perspectiva elevada. Las elevaciones de un influjo, de un poder, de una presunta distinción y ejemplaridad. Y lo hace además remarcando un pasaje fundamental de su ritual, la ofrenda del cuerpo de Cristo. La narración de Gracias a Dios ofrece la perspectiva opuesta, su reverso, la realidad de su espejismo, los sótanos turbios de su condición de entidad virtual que vive de la apariencia, y que, incluso, por alguno de sus representantes, disfruta también de los cuerpos de los niños. De la misma manera que, por ejemplo, en Boston, en el 2002, la prensa denunció el recurrente abuso sexual que decenas de eclesiásticos habían infligido a niños durante décadas, narrado en Spotlight (2015), de Tom McCarthy, Ozon se hace eco de las denuncias que en el 2016 realizaron varias de las víctimas de un sacerdote de Lyon, el padre Bernard Preynat, cuyos abusos sexuales permanecían impunes desde hacía 35 años. Las altas instancias, sabedoras de ese abuso, le habían mantenido en su puesto. Lo importante es la apariencia. Gracias a Dios los hechos han prescrito, se le escapó al cardenal Barbarin en una rueda de prensa, con respecto a buena parte de las decenas de casos revelados (que superaron los 70). Aunque rectifique, deja constancia de qué es lo que les importaba, la imagen de la institución, no los niños, no el abuso.
Pero esa priorización de la imagen conveniente no es sólo cuestión de las instituciones. Era una prioridad apreciada también por algunas de las familias. ¿Para qué remover la mierda? dice la madre de quien sufrió durante tres años esos abusos. Otros padres no consideraron que fuera concebible, prefirieron negar su posibilidad como si más bien el niño hubiera exacerbado una muestra efusiva del sacerdote, otros encogieron su voluntad en la resignación o impotencia. Hasta que uno de aquellos niños, treinta años después, en el 2014, decidió enfrentarse a ese silencio medroso, conveniente, hipócrita y cínico. Y abrió una brecha, a la que se unieron otros que también desconocían cuántos otros niños habían sufrido ese mismo calvario en su infancia. Y crearon la web La palabra liberada. Disponían de voz por fin. Se decidían a convertir en palabra lo que arrastraban como una herida no cerrada que no se habían atrevido a exponer, a convertirla en voz sublevada, en denuncia indignada.
Ozon se centra en tres personajes. En el desarrollo narrativo se suceden tres puntos de vista, como si se siguiera el curso de la bola de nieve de un alud, con el añadido de nuevas perspectivas de afectados, y como reflejo de cómo se fue ampliando el número de personas que reconocieron que habían sufrido el abuso sexual en su infancia. Al mismo tiempo, la narración adopta la condición de la piel encallecida que evidencia, como las capas que (se) liberan, la herida no cerrada. En principio, en el pasaje protagonizado por Alexandre Guerin (Melvin Poupaud), adopta la distancia de un informe, amplificado por la utilización de los intercambios epistolares, a través de las voces en off. Como si también se correspondiera a la dedicación del protagonista, dedicado a los servicios financieros. La emoción, el desvalimiento que aún se siente, abre brechas, pero se mantienen contenidas, excepto breves espasmos, como si se intentara que esa fragilidad no alterara la ecuanimidad (por ejemplo, compartir con sus hijos lo que sufrió), y acorde al forcejeo con sus creencias, o con su faceta reverencial, ya que es católico practicante. Hasta que esa faceta, esa confianza, se torna desilusión ante la actitud elusiva por la que optan las altas instancias eclesiásticas.
Lo que no se reconoce no existe. Por eso, Alexandre opta por convertirla en palabra, devolviéndoles con contundencia sus propias concepciones fundacionales: En el principio fue el verbo. Esa resistencia determinada es la que propicia que entre en juego la decisión de enfrentarse a esa actitud institucional, que se verá representada en el expeditivo, y ateo, Francois Debord (Denis Menochet), quien propulsa el combate sin concesiones, mediante el uso de la caja de resonancia de los medios de comunicación, y aúna a los afectados con estrategias compartidas. Ya no son individualidades aisladas en su desamparo. Son un grupo que ejerce una presión. Ese el pasaje que más puede evocar al dinámico estilo narrativo que adoptaba Spotlight. Como un ímpetu que va desgastando la resistencia corácea, y liberando las costras que han retenido el dolor. Por eso, en la tercera parte, centrada en Emmanuel Thomassin (Swan Arlaud) se abre la brecha de las heridas que todos han compartido. El tratamiento del informe deja entrever la convulsión de una huella que siguió siendo pisada en las emociones. Las palabras, o las ideas, la distancia que se había interpuesto, por inercia o coraza protectora, evidencian el cuerpo frágil, herido, que siempre habían portado, como pesadumbre o furia, cuyo reflejo emblemático, manifiesto, son las convulsiones que sufre el cuerpo de Emmanuel con sus ataques epilépticos. El cuerpo habla, es la evidencia manifiesta de la herida que ha permanecido contenida, en fuera de campo, como en fuera de campo se sugieren los abusos que infligía Preynat.
El trayecto narrativo, por tanto, aparte de esa progresiva conjugación de voluntades que se une para enfrentarse a un sistema que niega desde unas alturas que creen bastión de impunidad, es también el de la revelación manifiesta de lo que unos y otros portan, aunque lo contuvieran, como una segunda piel no visible, en algunos casos con una herida más abierta que en otros. O cómo en nuestra sociedad encajamos tantos ultrajes, como si fueran inevitables, o porque la vergüenza y la conveniencia son más poderosas que el impulso de sublevación que implica exponerse. Somos cuerpos, aunque lo disimulemos entre tantas mascaras en las que buscamos anestesia o elusión.

sábado, 31 de diciembre de 2016

14 Bandas sonoras 2017

1. El renacido. Ryuichi Sakamoto, Alva Noto, Bryce Dessner 2. La llegada. Johan Johansson. 3. Animales nocturnos. Abel Korneziowski. 4. Carol. Carter Burwell 5. Midnight special. David Wingo 6. Spotlight. Howard Shore 7. Comanchería. Nick Cave & Warren Ellis. 8. Un holograma para el rey. Johnny Klimek &Tom Tykwer. 9. El contable. Mark Isham 10. Brooklyn. Michael Brook 11. Anomalisa. Carter Burwell 12 . The neon demon. Cliff Martinez 13. Passengers. Thomas Newman 14. Mi amigo el gigante. John Williams.

sábado, 9 de enero de 2016

Spotlight

Quien admirara la extraordinaria serie 'Lou Grant' (1977-82), probablemente admirará 'Spotlight' (2015), de Tom McCarthy, ya que, incluso por el tipo de trabajo lumínico y cromático, parece un excelso doble capítulo de aquella serie algo más de treinta años después. En una y otra vibra ese noble espíritu del periodismo comprometido que desentraña las falacias y se enfrenta a la autoridad, o el sistema, término que emplea el mismo nuevo director de 'The Boston Globe', Marty Baron Lieve Schriver), extraño en la ciudad que irrumpe como un elefante en una cacharrería con su primera decisión de investigar unos posibles casos de pedofilia realizados por sacerdotes católicos, encargo adjudicado a una sección del periódico, denominada Spotlight, dedicada a la labor de investigación en profundidad con reportajes cuya elaboración puede conllevar meses, e incluso, un año. Es la representación quintaesenciada del rigor periodístico que deja de lado la convulsa búsqueda del títular impactante, como Templeton, aquel personaje que el propio McCarthy interpretaba en la quinta temporada de 'The wire', tendente a fabricar noticias para alcanzar notoriedad, y que llega hasta ganar el Pulitzer, inspirado en el periodista Jim Haner (David Simon declaró que Haner nunca había sido penalizado por sus superiores aunque hubieran descubiertos que sus reportajes eran fraudulentos). La acción desentrañadora narrada con modélico dinamismo en 'Spotlight' tuvo lugar durante el 2001, siendo publicado el artículo resultante en enero del 2002. Y destapó miles de casos de abusos sexuales en Boston por parte de sacerdotes católicos.
También se podría establecer cierra equivalencia, en cuanto configuración protagonística, entre los equipos de 'Spotlight'' y 'Lou Grant', entre el jefe del equipo, Robinson (Michael Keaton) y Lou (Edward Asner), entre Sacha (Rachel McAdams) y Billie (Linda Kelsey), serenas y con mente clara, Rezendes (Mark Ruffalo) y Rossi (Robert Walden), ambos menudos y de gestualidad nerviosa, como en permanente hervor. Y en cuanto figuras de superiores, entre el redactor jefe, Bradlee (John Slattery) y Hume (Mason Adams). Ya hay más divergencia entre la propietaria Pynchon (Nancy Marchand) y el nuevo director, Baron. Los personajes están trazados con económica precisión, definidos con escuetos rasgos, sobre todo por su entregada, o más bien consagrada, dedicación a la labor periódistica (tengan relaciones de pareja o no; la figura en segundo plano de la pareja de Sacha; el desastrado hogar de Rezendes; la ausente esposa de Robinson que se niega a acudir a eventos). En este sentido destaca la escueta caracterización de Baron, alguien que siempre parece estar en la redacción realizando alguna labor, bien definido por su mirada entre distraída y reflexiva, y que transpira un talante cabal y templado (una gran interpretación de Schriver, que contrasta con la del personaje protagonista de la excelente serie 'Ray Donovan').
'Spotlight' parece una obra de otro tiempo, como la reciente, y también, revulsiva, 'El puente de los espías', de Steven Spielberg, y adquieren la condición de necesarias, cine de miradas comprometidas que no saben de (auto)complacencias, y que introducen el dedo en la llaga, de las inconsistencias del Sistema (no hay intocables, sí pueden ser demolidas los que se enroscan en sus posiciones de privilegio en las instituciones de poder) y de cualquier ciudadanía del mundo (las alambradas y los muros se colocan por doquier). 'Spotlight' pertenece a la estirpe de aquellos lúcidos y combativos periodistas retratados en el cine de Richard Brooks, sea el que encarnaba Humphrey Bogart en 'El cuarto poder' (1952), frente a la corrupción dominante en la ciudad, Arthur Kennedy en 'El fuego y la palabra' (1960), frente al negocio de los predicadores, Paul Stewart en 'A sangre Fría' (1967), frente a la pena de muerte, o Sean Connery en 'Objetivo mortal' (1982), en la que el Gobierno llega a colocar unas bombas en ciertos elevados edificios de Estados Unidos para incriminar a enemigos de Oriente Medio (en la lid por las riquezas petrolíferas), o la hábil estrategia de adoptar el papel de víctima. Sin olvidar, por supuesto, el referente manifiesto, también en tratamiento visual, tanto para la serie como para la película, de 'Todos los hombres del presidente' (1975), de Alan J Pakula.
En 'Spotlight', esa rabia e indignación de demoler muros y asaltar los templos o palacios de los poderosos para revelar sus abusos e infamias, se hace narrativamente al galope, con un brío contagioso. No son abundantes las composiciones musicales, pero la espléndida banda sonora compuesta por Howard Shore marca el exultante ritmo de la narración, con las vigorosas notas del piano que arrancan en el minuto uno e impulsan el relato en un galope que no cesa hasta que concluye dos horas después. 'El puente de los espías' o 'Spotlight' nos recuerdan que aún no estamos muertos, que hay hombres y mujeres firmes que sí logran transformar el Sistema o, llamemósle, la realidad que tanta veces enquistamos con nuestra corrupción y ciega visceralidad, para que sí sea más justa. Se estrena el 29 de enero esta excelente obra de un cineasta que ya había realizado notables obras como 'Vías cruzadas' (2003) o 'The visitor' (2008) La íntegra magnífica banda sonora de Howard Shore

sábado, 29 de octubre de 2011

Jan A.P. Kaczmarek - The visitor


Otra exquisita banda sonora de este gran compositor polaco, Jan A.P. Kaczmarek, como las de 'Descubriendo Nunca Jamás' o 'Siempre a tu lado', para una excelente película que pasó injustamente desapercibida: 'The visitor' (2007), de Tom McCarthy, que reinicide en las cualidades de su opera prima,'The station agent' (2003). Un estilo nada retórico, en el que se destierra lo accesorio, que fluye a través de situaciones y acciones que definen las circunstancias y las transformaciones emocionales de los personajes. O cómo van conectando con los demás y el mundo de otro modo, más cercano, más empático.

lunes, 24 de enero de 2011

The station agent

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¿Cómo se puede definir el argumento de 'The station agent' (2003), de Tom McCarthy? (Prefiero olvidar cómo se retituló aquí, 'Vías cruzadas') Su mismo título ya define las resonancias con las que juega, aquellas que van más allá de las apariencias, y hacen del símbolo cuerpo de relato, como su narración sabe jugar con las corrientes subterraneas de las emociones en juego. Porque Finbar (Peter Dinklage) es un agente de una estación...abandonada, fuera de servicio. Finbar posee un rasgo físico que le hace destacar. Es enano. En las primeras secuencias vemos sus tránsitos de casa al trabajo en una tienda especializada en juguetes ferriovarios. En su vida no parece haber muchos acontecimientos. El dueño fallece, y hereda esa estación ferroviaria fuera de servicio.

Ahí se traslada y se aposenta. Y establece relación, en principio remisa, con Joe (Bobby Cannavale), un parlanchín (en contraposición al esquivo laconismo de Finbar) dueño de un puesto de perritos calientes, cuya vida está condicionada por la dependencia del cuidado de su padre enferno y, de modo casual, o más bien accidental (porque, por poco, es atropellado por dos veces por ella) con Olivia (Patricia Clarkson), una pintora, separada, y que perdió a su hijo un par de años atrás.
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Es la relación, o progresiva conexión, que se va dando entre estos tres variopintos y contrastados carácteres, la que va guiando la película, en una narración que atiende a los momentos, a los tránsitos, en donde realmente no ocurren muchos aconteceres, y cuando es así, casi son fuera de campo ( como la crisis en la que recae Olivia por la muerte de su hijo y que la hace apartarse temporalmente de esa relación de amistad iniciada), y justo cuando el mismo Finbar se había abierto, saliendo de su hábito de elusiva relación con los demás. El mismo tono fluctúa entre la comedia y drama, tal es su pálpito de captar momentos de sensaciones verdaderas.

Finbar es la representación del 'otro', en cuanto diferencia singular como seña de identidad, una presencia que no encaja, o resulta extraña, 'anómala'. Pero como él dice, es paradójico cómo le han podido ver y tratar de tan diversas maneras por su condición fisica, cuando él es alguien tan anódino sin particular singularidad. Cada uno es un mundo, y es todo un logro cuando aquellos que parecen tan diferentes, o que no se presupone creen una relación cercana, como estos tres personajes, van creando una hermosa relación cómplice en el mismo 'plano'.
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McCarthy hace narración y respiración de ese símbolo de una estación abandonada, fuera de servicio, de ese estátismo en el que parecen prisioneras la vida de los personajes, y dotando a la narración de esa dinámica, muy atinadamente sugerida entre lineas, o entre planos, que va insuflando, de ternura y humor, la desenvoltura con la que los tres personajes van acompasando sus emociones, abriéndose, y creando esa hermosa amistad. A lo que se añade la entrañable relación que Finbar crea con la bibliotecaria (Michelle Williams), lejos de la opresiva relación que padece con su novio.

Hay películas que no se definen por su trama. La linea argumental es concisa, con condensados puntos de giros y conflictos. Ante todo, priman los personajes, su trayecto emocional, su proceso de transformación. Las dos obras realizadas por Tom McCarthy, 'The station agent' (2003) y 'The visitor' (2007) poseen estas características. Y así es su estilo, nada retórico, de precisa planificación, desterrado lo accesorio. Una narración elíptica, sintética, que fluye a través de situaciones que definen las circunstancias y las transformaciones emocionales de los personajes. O cómo van conectando con los demás y el mundo de otro modo, más cercano, más empático.