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viernes, 3 de septiembre de 2021

Una libertad luminosa (Impedimenta), de T.C Boyle

                            

En Los terranautas (Impedimenta), la anterior novela del escritor estadounidense T.C Boyle, ocho científicos, cuatro hombres y cuatro mujeres eran utilizados, como cobayas de un experimento o ensayo, para comprobar de qué manera es factible una posible colonia extraterrestre, confinados en el interior de un cúpula de cristal, con las más idóneas condiciones de alimentación (sana y equilibrada), y aislados (todo lo que acontecía fuera, los tiroteos, los cambios de régimen, las maniobras políticas, los desastres y las plagas y el continuo y desesperado sufrimiento de la masa humana formaba parte de otra realidad). Las circunstancias pueden ser las más idóneas, pero en la pequeña escala la dinámica de relaciones tampoco se puede evitar tender, en un sentido figurado, a los tiroteos y los desastres virulentos emocionales. En Una libertad luminosa (Impedimenta), el propósito de quienes también se califican como científicos es la consecución del ser grupal, la conciencia de grupo, la convivencia armónica de un conjunto social. Quien es el líder, mesías o inspiración de ese grupo, Timothy Leary, apunta en cierto momento que estamos en una estación espacial, nuestra propia estación espacial. Y aquí nosotros ponemos las reglas, no somos como los cuadriculados. Esas propias reglas, que implican transgresión, según Leary, barre los jueguecitos, los roles y las mierdas que la sociedad te ha impuesto como una marca; hace tabula rasa y te permite partir de cero, como si fueses un recién nacido. Un capital instrumento para conseguir esa reconfiguración de la relación con los demás, uno mismo y la propia realidad, la droga, en concreto, el ácido lisérgico, El Delysid, LSD-25, porque posiblita reconfigurar la percepción y concepción de la relación con la realidad, los demás y nosotros mismos. En principio, en su germen en Harvard, es un proyecto científico, de nombre Psicolobina. La idea era obtener una muestra lo más amplia posible de experiencias individuales y, a continuación, buscar conexiones que pudieran conducir al desarrollo de un método que se pudiera aplicar en tratamientos de forma eventual. Un propósito médico, un propósito sanador. Pero las experiencias que proporciona su consumo a Leary y sus amigos (o círculo o banda) que fundamentalmente, implican, una apertura sensorial y epicúrea, cuyo centro es el sexo, deriva en un desmarque que parece liberar del peso de la gravedad de las inercias de las rutinas y costumbres (o nuestra tendencia a plegarnos y acomodarnos a casillas predeterminadas), como si flotaran en otro espacio de realidad (en esa particular estación espacial); un escenario aparte de los códigos de circulación socioculturales establecidos (denominada normalidad). Encuentra su primera correspondencia geográfica, en otro país, Méjico, en su estancia en un hotel en la playa de Zihuatanejo, en donde se confrontarán, por primera vez, con la perspectiva ajena (la otra mirada, la mirada sancionadora de la normalidad) que no ve su propósito como una investigación científica, un ensayo o experimento de otro tipo de sentir y relacionarse, sino como una serie de infracciones disolutas. Ninguno de los artículos hacía referencia al aspecto científico de todo aquello, a la terapia, a la búsqueda del conocimiento, a la apertura mental ni a la liberación de improntas; hablaban solo de drogas, de mujeres en topless y de sexo promiscuo. Una cosa es verdad, todo era cierto, pero no se ajustaba a lo que se decía en la prensa sensacionalista.

Una perspectiva imprecisa desde la mirada ajena, pero ya anticipa que también desde la mirada partícipe que sublima un propósito cuando su realidad colisiona con ofuscaciones y limitaciones. Su convicción en su propósito, o en creer que principalmente les motiva una transgresión (de una concepción de la realidad y de relacionarse como conjunto social), La libertad de explorar tu cerebro sin preocupaciones, sin reproches y sin que el mundo exterior estuviera al tanto, sin los retrógrados, los no iluminados, la masa de personas que vivían vidas desesperadas, silenciosas y que no alcanzaban a intuir la existencia de algo más allá del trabajo, de los sueños y de aquello que sus ojos miopes les ofrecían en un bucle continuo, desde que nacían hasta que morían, les impulsa a establecer su estación espacial en una mansión en Millbrook, otro espacio aparte, aislado, donde deciden convivir cerca de treinta personas, incluidos los hijos de algunos de ellos, para lograr convertirse en un solo organismo conectado y sincronizado con cuanto le rodeaba. Las interferencias no tardarán en manifestarse. Las interferencias que implican tomar consciencias de que quizá no enfocaban de modo preciso su propia capacidad y actitud. Es decir, el primer impedimento es el yo, nuestra falibilidad, nuestra colisión con la contradicción y la inconsistencia. Por eso, el título original es "Outside looking in". Quizá ya en Méjico la perspectiva ajena de las mentes cerradas y de personas a las que no les interesaba descubrir nada nuevo, había advertido, aun parcialmente, y desde su propio desenfoque cuadriculado, que cada vez más, parecían enfocados hacia fuera en lugar de hacia su interior, las fiestas se habían convertidos en una razón de ser en sí mismas. La acción está ubicada temporalmente en el inicio de los sesenta, refleja la gestación de la ruptura que se intentó en esa década, y por qué no se materializó (en cuanto reconfiguración de un conjunto social), como desde otro ángulo enfocaba sagazmente la también excelente Los sesenta, de Jenny Diski.

Resulta sugerente el punto de vista por el que se opta. La pareja que conforman Fitz y Joanie, que tienen un hijo de quince años, Corey. En especial él, quien al principio es alguien que no quería meterse en problemas por culpa del alcohol ni por esa nueva droga milagrosa ni por nada que pudiera poner en peligro lo que más le importaba en el mundo: el título, el trabajo, la casa,  una vida mejor para Joanie y Corey. En primera lugar, el consumo de la droga reanima una varada relación marital de trece años. ¿Reactiva o no es más que un espejismo? ¿La ilusión no pondrá en evidencia sus desajustes? Durante esa convivencia se establece que para materializar una convivencia armónica, o ser grupal, hay que transgredir, extirpar, uno de los principales obstáculos para superar la tendencia al encapsulamiento vital (la relación con los demás desde el bastión del yo), esto es, La posesividad –yo, mío, exclusividad, matrimonio, propiedad – era el enemigo de la conciencia grupal y de la armonía, con la relación paterno filial. Pero ¿Qué ocurre si el enfoque como madre entra en colisión?¿No hay padres que quieren que sus hijos se ajusten a una plantilla o que no incurran en los mismos errores que cometieron, como si fueran una página en blanco que modelar?  La fricción entre dos enfoques, que son como materia y antimateria, provoca un cortocircuito. Otra inconsistencia queda aún más patente en Fitz, quien, durante toda esa supuesta evolución, no alcanza una perspectiva más lúcida y consecuente, sino un desenfoque progresivo que se pregunta qué está haciendo, porque no se sentía cómodo con nada, como si el mundo fuera un armario ropero donde todas las prendas hubieran encogido en la secadora y tuviera que estirarlas para volver a meterse en ellas. Su fijación u obsesión con una chica de diecinueve años, o una mente en formación que parece desplazarse a la deriva, no es sino el reflejo de quien, partícipe en un experimento o ensayo social supuestamente transgresor que podía proporcionar una experiencia más compleja, consecuente y amplia de la relación con la realidad, más bien se había convertido en una mente flotante, desorientada, enfrentada a su propia inconsistencia. Miras dentro y no ves sino una lluvia de asteroides de emociones en colisión. ¿Podemos seguir llamándonos científicos? Y si no es así ¿Qué somos?¿Místicos?¿Fiesteros?¿Báquicos? La exploración del espacio interior, que hemos aprisionado con cuadrículas, deja en evidencia nuestras inconsistencias, incapacidades y contradicciones, en especial como seres sociales. La transgresión se difumina en la mera superficie de un afuera en el que nuestro interior se agita desorientado, porque, como planteaba Boyle en su anterior obra, todo el mundo está dentro de una burbuja de creación propia, nos guste o no.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Los terranautas (Impedimenta), de T.C Boyle

 

Los recursos de la Tierra se agotaban, el calentamiento global empezaba a reconocerse como un hecho científico y no de ciencia ficción, y si el hombre iba a evolucionar para desempeñar algún papel en todo aquello en lugar de no ser más que otro organismo condenado en un planeta condenado, si la <<tecnosfera>> iba a reemplazar a los procesos puramente biológicos, entonces tarde o temprano tendríamos que sembrar vida en otra parte. El escritor estadounidense T.C Boyle (1948) escribió Los terranautas (Impedimenta) hace cuatro años pero situó la acción dramática en 1994, porque se gestaba el comienzo del confinamiento en la progresiva virtualización de nuestra relación con la realidad, cada vez más conectados a pantallas, de las que cada vez somos más extensiones que a la inversa, y cada vez menos conectados con nuestro entorno y los demás, y sí más ensimismados o encapsulados, más dependientes de lo que me o nos afecta. Boyle ubica el confinamiento de ochos personas cuando se gestaba la revolución informática, el dial-up, internet, los ordenadores estaban presentes en el 36% de los hogares del país. Ese confinamiento de dos años es un experimento o un ensayo: ocho científicos (cuatro mujeres y cuatro mujeres) utilizados como cobayas para comprobar de qué manera es factible una posible colonia extraterrestre, confinados en el interior de un cúpula de cristal (Ecosphere 2). Son cuatro mujeres y cuatro hombres para no herir susceptibilidades en el escenario de los géneros, pero sí suscita irritación susceptible con respecto a la vertiente étnica el hecho de que casi todos parecen unos estupendos especímenes de la raza blanca, más allá de que sus cualidades científicas no se pongan en cuestión. Quién se lo plantea es una de las tres personas cuya perspectiva alterna la narración, una mujer de raza oriental, Linda. Es quien se queda fuera de la selección de este segundo intento (ya que el primero fracasó cuando una de las científicas se cortó accidentalmente un dedo). El resentimiento domina sus pensamientos y actos. Las otras dos perspectivas corresponden a otra mujer, Dawn, y un hombre, Ramsey, sobre los cuáles sobrevuela desde las primeras páginas la posibilidad de una relación, o de una disonancia que difumina los límites o pone en interrogante los cimientos de una atracción; o qué prevalece como motivación en la apuesta de una relación, y en su afianzamiento, sea pasajero o más duradero; somos impulsos, necesidades y conveniencias (¿sobre qué fundamentamos nuestras decisiones?).

Esa doble perspectiva, desde fuera y desde dentro, amplifica las inconsistencias que acaban por minar los proyectos. Íbamos a comer sano, a ser sanos, a vivir pegados a la tierra. Todo lo que acontecía fuera, los tiroteos, los cambios de régimen, las maniobras políticas, los desastres y las plagas y el continuo y desesperado sufrimiento de la masa humana formaba parte de otra realidad. Ahora estaba dentro – no solo durante un turno de ocho horas, sino para quedarme-, y la seguridad que me transmitía, su serenidad merecía la pena de cuanto hubiera hecho, sido y anhelado. Lo que los hechos demostrarán es que hay otro tipo de tiroteos, no necesariamente literales, a los que tiende el ser humano en sus relaciones con los demás, como también a las maniobras para conseguir las ventajas o beneficios, o materializar las aspiraciones o ambiciones personales. Son definitorios los cambios de las dinámicas de relaciones, reflejo de la veleidad del ser humano, según los intereses pero también según la poca consistencia de lo que se piensa o siente (o se cree pensar o sentir), que suele ser detonante, en sentido figurado, de plagas y desastres a pequeña escala, conflictos que evidencian nuestra condición virulenta cuando se reacciona, o actúa de modo intencional, de modo dañino. En ese particular escenario a pequeña escala de ocho personas se desenfundarán garras y colmillos, como en los primeros pasajes se anticipa con el conflicto territorial entre dos hembras simias, que constatarán o certificarán cómo es nuestra criminalmente expansiva especia, una pandemia, una pandemia todo, el apocalipsis enconándose en la sangre.

Otros aspectos que nos definen: nuestra realidad asumida como ficción. Es un antecedente del programa Gran hermano. La dirección intenta determinar cómo deben comportarse, cómo deben presentarse ante los demás (de modo específico, ante los turistas que les observan como atracción, y las cámaras que les graban). Es decir, se les intenta programar, lo que derivará en conflicto con quienes no tienen intención de plegarse a esas demandas. Otro aspecto crucial, que se ha agudizado desde entonces, y que complica que mejoremos el grado de degradación al que hemos sometido al planeta con nuestra irresponsable conducta, es la superpoblación: El principal problema al que se enfrentaba nuestra especie, la raíz de todas las desgracias mundiales, la razón misma por la cual necesitábamos lugares como la E2 sin ir más lejos, era la superpoblación. La cuestión de la dieta también cobra particular relevancia. La dieta sana por la que optan propicia el desprendimiento de grasas pero también la nostalgia por la comida rápida o la dieta carnívora predominante de casi todos ellos. Habíamos tenido la vida de un estadounidense normal en el país más sano conocido y aún así acabamos acumulando aquellas toxinas en el cuerpo solo por haber vivido y respirado y consumido alimentos y bebido agua en la E1, y si eso no os dice nada, no sé qué lo hará. Es otro de los factores, ese consumo desorbitado y voraz (que considera lo rico una hamburguesa, una pizza y una coca cola), que ha determinado que aboquemos la realidad a esta circunstancia en la que un virus se ha revuelto contra nosotros para ver si de esta manera logramos modificar nuestras actitudes (un necrótico modo de vida). Nos ha abocado a un confinamiento, pero como los personajes de Los terranautas, estamos constatando con nuestras reacciones, con nuestras inconsistencias, que desde luego nos merecemos lo que no está pasando dado como demostramos que queremos que las cosas sigan igual que cuando apareció en nuestra invisible cúpula de realidad este incordio de virus que no tenemos intención de escuchar. Porque como bien expresa Boyle,  no sientes la incomodidad de los otros más de lo que sientes su dolor, todo el mundo está dentro de una burbuja de creación propia, nos guste o no.