Translate
Mostrando entradas con la etiqueta William Keighley. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta William Keighley. Mostrar todas las entradas
domingo, 8 de noviembre de 2015
Mares de arena
sábado, 4 de mayo de 2013
En rodaje: Errol Flynn y perrito
miércoles, 3 de octubre de 2012
Howard Hill, el arquero del cine
domingo, 11 de septiembre de 2011
Plácidas pausas de rodaje: Basil Rathbone y Olivia de Havilland.
Basil Rathbone realizando su particular 'Making off', con Olivia de Havilland, durante el rodaje de 'Las aventuras de Robin Hood', de Michael Curtiz y William Keighley, la cual, reconozco, escasamente me entusiasma, entre lo burdamente exagerado y cierto amaneramiento artificioso. Lejos me parece de las grandes obras del género de aventuras, e incluso hasta me parece superior el último acercamiento a la figura del arquero de Sherwood realizada el año pasado por Ridley Scott, sin parecerme tampoco que supere la discreción ( aunque ninguna de las aproximaciones a Robin Hood me parecen muy logradas o consistentes: la que más encanto tiene la elaborada en 1976 por Lester en 'Robin y Marian' ).
sábado, 11 de diciembre de 2010
Plácidas pausas de rodaje: Errol Flynn, escritor, príncipe y mendigo
miércoles, 25 de agosto de 2010
Plácidas pausas de rodajes: Ann Sheridan y el pinguino
Ann Sheridan haciendo nuevas amistades, un simpático pinguino, durante el rodaje de 'El hombre que vino a cenar' (1942), de William Keighley. Un proyecto impulsado por Bette Davis que quería interpretar una papel más ligero tras el que encarnó en 'La loba' (1941), de William Wyler, aunque no quedó muy contenta con el resultado, pese a que tuviera mucho éxito, por la poca inspiración imaginativa en la dirección, y porque no fuera John Barrymore quien interpretara el papel protagonista, por sus dificultades para memorizar. Y tampoco parece que se llevó muy bien con su sustituto Monty Woolley, con quien el productor, Jack Warner, tenía sus reticencias iniciales, aunque hubiera interpretado al personaje sobre el escenario, ya que le preocupaba que se notara demasiado su manifiesta homosexualida
jueves, 27 de mayo de 2010
La calle sin nombre
'La calle sin nombre' (1948)de William Keighley, pertenece a aquella variante génerica dentro del cine negro, recurrente en los años posteriores a la II guerra mundial, del seguimiento de las acciones de las fuerzas policiales, en donde se pretendia transmitir un cierto substrato fiel al retrato real de los procedimientos de sus investigaciones; de ahí que a estas obras se las califique de cine procedural. Un ánimo de documento, tanto por empleo de una voz en off que pareciera relatara el informe de la evolución de un caso, como por las localizaciones reales (desastradas y sombrías, como la zona del puerto o la fábrica donde tiene lugar el tiroteo final), pasando por detalladas descripciones de las fases de la investigación (por ejemplo, en este caso, las técnicas de balistica), se conjugaba con los claroscuros, con la turbiedad expresiva, descarnada, como la impactante secuencia inicial del atraco en un night club en el que uno de los atracadores dispara sin piedad sobre una asustada clienta. En estas obras, ocasiones,era más manifiesto en su estilo ese prúrito documentador, impregnado de un aire más naturalista, como sería el caso de 'La ciudad desnuda' (1948) de Jules Dassin, 'Relato criminal' (1949), de Joseph H Lewis, o 'la casa de la calle 92' (1945) de Henry Hathaway. Pero en otras se propulsaba la atmósfera enrarecida donde los claroscuros parecía que sangraban veneno, como en '13 Rue Madeleine' (1946) de Hathaway, 'The mob' (1951), de Robert Parrish, 'Pánico en las calles' (1950), de Elia Kazan, o la magnifica 'Brigada suicida' (1947) de Anthony Mann.
'La calle sin nombre' está más cerca de estas últimas y rezuma nocturnidad por todos sus poros. Su argumento, el seguimiento de un agente del FBI, Cordel (Mark Stevens), al que se le encarga que se infiltre en una banda de gangsters, sospechosa de haber sido quienes realizaron el atraco al night club, y un posterior a un banco. Aparte de la tensión de que le descubran desde el momento en que llama la atención de Stiles (Richard Widmark), quien mató a la mujer en el night club y al guardia en el banco, en el gimnasio que regenta, se añadirá la amenaza de otra incertidumbre, ya que se tardará en descubrir la identidad de otro inflitrado en las fuerzas del orden (sí, parece un antecedente inspirador de la película hongkonesa, 'Internal affairs' de la que hizo remake Scorsese en 'Infiltrados'. Pero, más allá del tenso brío narrativo y del portentoso trabajo lumínico de Joseph McDonald que logra hacer sentir que se habita entre las sombras, e incluso que éstas habitan a los personajes, destacada la formidable interpretación de Richard Widmark como el frio y contundente gangster y jefe de la banda: Inolvidable su primera aparición, en el gimnasio, cuál emperador, y comiendo una manzana despreocupadamente. O, sobre todo, en esa silenciosa escena en la que apreciamos en su mirada cómo va deduciendo que alguien ha entrado en el cuarto oculto del almacén donde tienen guardadas las armas de los atracos (acción que ha realizado Cordell para conseguir una bala del arma de Stiles -disparando sobre un saco- como prueba que pueda inculparle).
La crudeza de la obra se refleja en escenas como aquella en la que Stiles abofetea a su novia porque cree que es la que los ha delatado, o en la escena final en la fábrica, con abruptos estallidos de violencia descritos con una rasgante sequedad. Pese a que la obra parece construirse como una loa a la eficacia de los procedimientos de las fuerzas de la ley, la conseguida malsana atmósfera, perturbadora, no deja de reflejar la agitada y convulsa situación que vivía el país en aquellos años, en donde los margenes entre el orden y el caos parecían haberse difuminado.
'La calle sin nombre' (1948), de William Keighley, es una notable muestra de cine negro, en su vertiente procedural, enérgica y sombría, de la que Samuel Fuller realizaría una versión en 1955 con 'La casa de bambú'. Destaca un excepcional Richard Widmark,que este mismo año interpretaría otros dos grandes villanos en las esplendidas 'Cielo amarillo de William A Wellman y 'El parador del camino' de Jean Negulesco.
viernes, 16 de abril de 2010
El signo del Zorro
Se podría ver, de entrada, El signo del zorro (The mark of Zorro, 1940), de Rouben Mamoulian, como un reflejo de los tiempos. Frente a la reticencia del gobierno norteamericano a intervenir en la guerra, y seguir prefiriendo mantener cordiales relaciones diplomáticas con el gobierno alemán, en Hollywood alentaba un ánimo comprometido que no cejaba, de modo más directo o de modo más solapado, de concienciar y de llamar la atención, desde mediados los treinta (e igual en el cine británico) sobre la pérfida amenaza que se expandía en Europa (este mismo en año, en la notable El halcón del mar, de Michael Curtiz, se asociaba a las ansias imperialistas de Felipe II de lograr que en el mapa del mundo sólo existiera la palabra "España" con las del tercer Reich). Ambas actitudes podrían equipararse a las de Diego Vega (Tyrone Power) que, cuando vuelve a California de la Escuela Militar de Madrid, se encuentra con que ahora ya no es su padre, Alejandro Vega (Montagu Love), el alcalde sino otro, Don Luis Quintero (J Louis Bromberg) quien, con la ayuda militar del capitán Esteban Pasquale (Basil Rathbone), ejerce el abuso de poder, enriqueciéndose a costa de la población. Su padre, un caballero, no concibe como opción el enfrentamiento armado porque según él implicaría que se rebajaría al nivel de Quintero y secuaces. Diego, entonces, decide optar por la acción, por la resistencia armada en solitario, pero bajo la máscara de otra identidad, la de El Zorro (más claro no se puede predicar sobre la necesidad de que el país tome una postura comprometida). Su mascarada necesitará otra mascarada, actuar como si fuera lo opuesto, un remilgado y melifluo petimetre.
También puede contemplarse al Zorro como una mezcla de Pimpinela escarlata y de Robin Hood. Con respecto al primero, por su doble máscara: De cara a los demás actúa como un atildado y amanerado petimetre que exaspera e irrita a unos, como a su padre o Fray Felipe (Eugene Pallete), que ven en él a una patética figura sin ninguno de los atributos deseables de virilidad, valor o sentido del compromiso, como figura inocua e irrisoria para sus contrincantes, pero a otros, Quintero y Esteban, les parece, de modo conveniente, una figura inocua, incluso risible. Con respecto al segundo, se equipara en su lucha contra quienes detentan el poder, y su propósito de repartir entre el pueblo el botín de sus robos a los tiranos. El signo del zorro supera a la versión realizada dos año antes, Robin de los Bosques (The adventures of Robin Hood, 1938), de William Keighley Michael Curtiz, la supera, por ejemplo, en un importante aspecto: cómo integra de modo armónico la comedia en su trama. Si en Robin de los bosques primaba el trazo grueso, en la de Mamoulian prima la sutil ironía, sobre todo en las secuencias relacionadas con las escenificaciones de Diego como atildado petimetre (en este sentido, hay que alabar la excelente labor del subvalorado Tyrone Power, quien sabe rehuir el riesgo de la afectación con aguda viveza).
En ese juego de máscaras hay que destacar una de las secuencias más logradas, la relacionada con el primer encuentro o diálogo con la que será su amada, Lolita Quintero (Linda Darnell): tras una incursión en el reducto del tirano Quintero, para fugarse se oculta bajo los hábitos de un monje; Lolita cree que es Fray Felipe y solicita una confesión, en la que revela su insatisfacción con su vida y sus dudas si ingresar como monja, lo que Diego (con su rostro en sombras por su capucha; cuyos ojos se visibilizan en específicos instantes; casi como una coreografía de luz y oscuridad) cuestiona haciendo hincapié en sus encantos. Se crea una intensa y sensual situación entre ambos que propicia que ella, cuando advierta bajo el hábito su espada, no lo denuncie ante los soldados que entran. Situación que tendrá su continuación, en cuanto a intensidad sensual, en el baile que compartirán secuencias más tarde, él bajo otra máscara, la de su petimetre personaje: en el baile se revela de un modo más manifiesto lo que las máscaras no pueden esconder, el exultante deseo que ambos comparten, es decir, su sintonía: sus cuerpos conversan, fluyen, de modo natural. Otra singular danza, aunque opuesta, será el magnífico vibrante duelo del climax entre Diego y Esteban (por cierto, sin dobles: Rathbone salió con dos arañazos en su frente, declarando su admiración por la maña de Power). El signo del Zorro es una estimulante y exultante muestra del género de aventuras, como reflejan los mismos acordes musicales del tema principal, compuesto por Alfred Newman, que Max Steiner emulará en otra gran obra del género, El halcón y la flecha (The The flame and the arrow,1950), de Jacques Tourneur.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)