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sábado, 5 de agosto de 2017

Lovecraft - La alargada sombra del tentáculo

Se ha publicado, y ya a la venta, LOVECRAFT - LA ALARGADA SOMBRA DEL TENTÁCULO, un libro coordinado por Ramón Monedero y Antonio Rentero, en el que he colaborado con el texto LA SOMBRA ALARGADA DE LOVECRAFT Y SUS LABERINTOS. INSPIRACIONES NO ACREDITADAS, en el que rastreo su influencia en diversas producciones cinematográficas, en obras, entre otros, de Jacques Tourneur, William Cameron Menzies, Don Siegel, James Wan, Paul W Anderson, Clive Barker, Victor Salva, Val Guest, Peter Hyams, Neil Marshall, Roy Ward Baker, Frank Darabont, Jack Arnold o Denis Villeneuve.

jueves, 17 de enero de 2013

Los decorados de El ladrón de Bagdad

Photobucket Photobucket Photobucket Imágenes aéreas de la construcción de los decorados para 'El ladrón de Bagdad' (1940), diseñados por William Cameron Menzies, también uno de los cinco directores que tomaron la batuta del rodaje, aunque constaron sólo tres en los títulos de crédito: Ludwig Berger, Michael Powell y Tim Whelan. El quinto fue Vincent Korda.

El laberinto (The maze)

Photobucket ‘El laberinto’ (The maze, 1953), de William Cameron Menzies es un sugestivo cruce entre las mefíticas emanaciones de lo innombrable del universo de Howard Philip Lovecraft y el terror de biblioteca de Rhode Montague James (‘La herencia de Whistminster’), o del relato ‘Aventura de un hermano desconocido’ de la magnífica ‘Los tres impostores’, de Arthur Machen, con ese imponente decorado del gran laberinto construido a la vera del castillo escocés de la familia de los McTeams, en el cual, en la noche, una luz parece arrastrarse con un inquietante sonido. También pueden advertirse resonancias de ‘Rebeca’ (1940), de Alfred Hitchcock o del cine de Jacques Tourneur. De este, ‘Yo anduve con un zombie’ (1943), se cruza con la película de Hitchcock, ya que, variante de ‘Jane Eyre’, de Charlote Bronte, pertenece a esa estirpe de obras en las que una mujer se enamora de un hombre (de ‘posición’) de enigmática condición o que esconde un doliente secreto (la proyección amorosa, idealizadora, ‘hacia arriba’, se ve contrastada, en el proceso del relato con las sombras que revelan la condición a ras de suelo del amado/idealizado). Photobucket Photobucket En ‘El laberinto’ Kitty (Verónica Hurst) está enamorada del último descendiente de los McTeam, Gerald (Richard Carlson). A punto de casarse, Gerald recibe una carta de su padre (con el que no se ha tratado en los últimos quince años) instándole a que acuda al castillo (en el que ha ocurrido algo siniestro, como nos indica el prólogo, en el que ya hábilmente se juega con el fuera de campo: un cuerpo inerte tras el respaldo de un gran sillar y la alusión a ‘algo’ en el exterior). Pasan los días, y Gerald no da señales de vida, hasta que en una carta, además dirigida a la tía de Kitty, Edith (Katherine Emery), manifiesta que da por roto su compromiso (con una intrigante frase tachada, en la que se alude a una posible muerte a evitar como razón). Kitty no se amilana, y decide acudir al castillo donde se encuentra con un Gerald cuyo rostro parece haberse surcado por el peso de veinte años más (caracterización, por otro lado, que recuerda a la de Laurence Olivier en ‘Rebeca’), y cuya actitud es tan distante como elusiva, e incluso, su conducta, en ocasiones, brusca. Photobucket Hay un recurso que llama la atención en la elaboración del fascinante siniestro diseño visual: los encuadres con bastante aire por encima de los cabezas de los actores, que introduce una sensación de desequilibrio (especialmente, en los planos medios; como los de la misma narradora, la tía Edith), como de opresión, ya que da más presencia, sobre todo en planos generales, a los sobrecogedores espacios del castillo, como si fueran prolongaciones de ese inmenso laberinto exterior, inmensidades que rezuman puntos de fuga, un infinito, el de lo posible, donde no se puede encontrar o sentir refugio . El universo se ha abierto a confines donde lo innombrable, lo inconcebible, ha encontrado una brecha a través de la que aposentarse en nuestro mundo. Pasadizos sombríos, angostos, sombras que parecen reptar tras las puertas, emitiendo un desasosegante sonido que asemeja al de un chapoteo, extrañas huellas en el suelo, restos de algas en habitaciones con escasos muebles, árboles de ramas retorcidas en un sendero de entrada que hacen sentir que algo invisible te va a atrapar con sus garras, laberintos en cuyo recodo no sabes qué puede acechar (con esa sensación de amenaza que transpiraba la secuencia del cementerio en ‘El hombre leopardo’, 1943, de Jacques Tourneur). Photobucket Los magníficos decorados (hay que recordar que Menzies fue director artístico de obras como ‘Lo que el viento se llevó’, ‘Sinfonía de la vida’, ‘Así acaba nuestra noche’ o ‘Arco de triunfo’) parecen segregar una sensación malsana, una malformación enquistada en sus cimientos, como si los que susurran en la oscuridad se hubieran adueñado de sus grietas, ensombreciendo el rostro del amado con la gravedad de la pesadumbre. Ciertamente, en ocasiones, llegar al ser amado implica superar todo un laberinto, y asumir que el príncipe, el ideal, tiene también bastante de rana, de criatura que se arrastra a ras de suelo intentando comprenderse a sí mismo y al extraño universo que habita.