1. Memoria, de Apichatpong Weerasethakul2. Benediction, de Terence Davies3. París, Distrito 13, de Jacques Audiard5. Despidiendo a Yang, de Kogonada6. La chica y la araña, de Ramon & Silvan Zurcher7. Mr. Wain, de Will Sharpe8. Arthur Rambo, de Laurent Cantet9. Sundown, de Michel FrancoUn año, una noche, de Isaki Lacuesta
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martes, 3 de enero de 2023
domingo, 22 de diciembre de 2019
10 películas predilectas de la década (2010-2019)
En A propósito de Llewyn Davis (2013), de los Hermanos Coen,Llewyn Davis (Oscar Isaac) no quiere sólo existir. Se resiste a ser lo que no quiere ser. Se resiste a ser un hombre que no estaba allí. Tiene las cosas claras, no quiere volver a ser marino en un buque mercante, sabe cuál es su esencia, por eso quiere vivir de la música, esa es su aspiración, su sueño. Quiere una vida con esencia. Pero la indefinición es parte de su vida, o define su vida, valga la paradoja, como lo es la misma definición de la música que interpreta: Si no es nueva y nunca envejece, es folk. Llewyn se desplaza recurrentemente por pasillos angostos, tanto que las puertas en cada pared casi se tocan, para acceder a las casas donde le acogen en sus sofás, o si ya está ocupado, en el suelo. Llewyn no tiene dinero. Su presente es más que incierto, un pasillo que parece angostarse cada vez más. No tiene hogar. Está un poco perdido. Y porta un gato que no es suyo, un gato que se ha escapado cuando dejaba el piso de una de esas amistades que le acogen. Un gato cuyo nombre ignora, con lo que será difícil llamarle si se pierde o fuga. Un gato que intenta que no se pierda, aunque es difícil cuando él parece un tanto a la deriva. Un gato que contempla con perplejidad la sucesión de estaciones por las que pasa el metro en el que viaja. La vida de Llewyn también es una sucesión de estaciones que pasan.
A ghost story (2017), de David Lowery. Es una inmersión que transgrede coordenadas temporales y un poema musical sobre el tiempo, sobre la duración. Por tanto, se define, y evidencia, a través de la duración de los planos y las elipsis temporales, incluso en un mismo plano (M saliendo por tres veces de casa, hasta que la última es la definitiva; la nieve que se torna luz resplandeciente). Un contraplano puede corresponde a un tiempo futuro. Un movimiento de cámara nos desplaza a otro tiempo. El tiempo varía, el tiempo se repite. La construcción en bucle confronta con la repetición de la pérdida, sea quien sea, como inevitable pasaje de cada vida. Es otro ángulo pero es el mismo. Todos y cada uno, en un momento dado, desaparecemos. El futuro, como ese elevado reascacielos que se construye sobre el solar donde la pareja, y otros inquilinos, vivieron, no difiere del principio, cuando unos colonos en el siglo XIX intentaron erigir la primera construcción antes de ser muertos por los indios. El tiempo pasa pero no difiere la historia. Toda historia concluye. Permanece el sueño de la permanencia.
Un árbol flotante emerge, luego un segundo, un tercero y un cuarto, etcetera. Sus raíces se extienden en el aire, algunos detalles son más visibles, algunas hojas recuperan su forma como dos almas errantes que reconstruyen su universo. Un río aparece en el jardín. Mekong hotel (2012), de Apichatpong Weerasethakul es un río que aparece en la pantalla. Se extiende como esa frase, una paradoja que refleja y condensa la constitución de esa aparición. Un árbol emerge, un río aparece en el jardín. Es una obra que reconstruye, la vida no deja de regenerarse, transformarse, su narración lo hace cuerpo, música, sensación. Su narración habita, respira. Lo que revela no deja de ser misterio, como el agua se escurre entre las manos. El hotel Mekong se encuentra en una frontera, entre Laos y Thailandia, pero en su interior se diluyen las fronteras. Confluyen el escenario y los bastidores, el tiempo pasado y el presente, realidades paralelas, el documento y el sueño, como si fueran habitaciones de un mismo edificio, espacios que se comunican. En la primera secuencia el compositor y músico Chai Bathana, en compañía del director, como si se diera a la llave de contacto para arrancar la narración, intenta recordar los acordes de su composición. La música de su guitarra española domina la narración, incluso superponiéndose a las voces de los actores. Hay alguna secuencia en los que estos, tras finalizar una escena, miran a cámara. También miran a la distancia, que puede ser la del tiempo.
Museum hours (2013), de Jem Cohen, está dedicada a los trabajos de John Berger. Parece su soberana aplicación. También me recordaba a las texturas y capacidad de observación de los detalles, de los que extraerle una resonancia abstracta, de un autor, precisamente, austríaco, Peter Handke. Palomas en una hondonada que parecen un hervor y que parecen brotar cuando alzan el vuelo; flores y plantas en la blancura de la nieve; un ciego que camina con su bastón en la acera helada; calles y casas que parecen recién construidas, porque cada primavera pintan las casas por los turistas. Detalles, múltiples detalles que brotan con su inmensidad para el ojo despierto que se pregunta y capta lo que aparece ante su mirada. Correspondencias. Rostros que se asemejan al de un cuadro, rostros que se acercan y te hablan en una lengua que no entiendes pero te transmiten un sentimiento de paz. Una mujer anciana, vestida de negro, asciende un camino, mientras comienza a caer la nieve y parece la imagen de la determinación ante cualquier obstáculo o adversidad. O quizá lo que resalta en la imagen, el centro, sea aquel alto edificio al fondo, o la fila de coches en caravana, en la que resaltan las luces rojas, como un rosario encendido. O quizá sea el mismo camino, el cual quizá sea el principal obstáculo para la anciana. Pero también está el fuera de campo, aquella casa donde se esculpen lápidas, y que nos hace sentir lo efímero de la vida, su condición de tránsito, y recuerda a aquella tienda por la que pasábamos cada día, como un elemento familiar en el paisaje o pantalla de nuestra mirada, en el que quizá no nos percatamos porque era otro elemento que componía el tejido de una pantalla en la que las partes pierden su condición de singularidades, de inmensidades. Y un día la tienda cierra, y su ventana está tapiada, y se convierte en una singularidad que nos hace cambiar el paso, la mirada, y observar a nuestro alrededor cada detalle como una respiración que se alza pletórica pero puede desaparecer en cualquier instante. Hay películas que no terminan, hay películas que no pueden terminar.
En El extraño gatito (2013), de Ramon Zurcher, La niña hace música con el cristal de su copa, y grita acompasada cada vez que se usa la batidora. Habla con volumen alto, aunque su abuela duerma. Entre una y otra, entre esa exuberancia y ese reposo que es también cansancio, entre ese cuerpo que mira a la vida como una espesura sobre la que aún configurar muchos mapas a los que asediar con preguntas y ese cuerpo que ya no mira, sino que se ausenta, porque ya no espera más, o mira como si se mirara a sí misma, su vida, a través de su hija, una vida que parece ya persiana que se cierra, respira el maremagnum de incógnitas de la vida, el forcejeo entre lo que se constituye como encuadre, y quizá no es lo que se deseaba que se constituyera como encuadre, y el fuera de campo de lo irresuelto, de lo aplazado y soñado. Ahí es donde se agita la mirada de la hija que es madre. Esa mirada intermedia, que parece en medio de todo, por eso se mira con su hija, y mira el vacío más allá de su encuadre, y del nuestro, de lo que no logramos captar de los otros, de lo que aún no se logra captar de uno, de lo que no se ha logrado perfilar en la propia vida y es hilo suelto, como su carcajada se despliega cuando una bombilla explota súbitamente. Porque quizá haya mucho que no ha explotado en su interior, muchas polillas que no han echado a volar, o que fueron pronto comidas por el gato que ronronea. Por eso se pincha con la aguja. A ver si aún hay sangre. El extraño gatito es asombro y enigma. Es un encuadre en el que palpitan los múltiples fueras de campos que definen nuestra vida en la relación con los otros y con nosotros mismos. Es una fisura que nos mira. Y nos despierta.
El arte de la transfiguración de la narración, la transfiguración de una mirada: luces y sombras. Historia de una pasión (A quiet passion, 2016), de Terence Davies. Emily Dickinson se enamoró de un predicador, un hombre que parecía vivir más en la idea que en el cuerpo, casado con una mujer que representaba la cuadrícula de la rigidez y la restricción. Sus ojos parecen querer salir despedidos de sus cuencas cuando espera con expectación el parecer del predicador sobre sus poemas. La presentación del predicador es una imagen de luz, su figura perfilada como un fulgor, como un velo de la mente, superpuesto sobre las cortinas de una de las ventanas de la casa. Es un sueño, una idea. Una luz que también es una sombra: cuando la vida se ha hecho ya más sombra que posible luz, retiro y vida que no fue, Emily imagina, o sueña con, la sombra indefinida de un hombre que entra en el hogar y asciende a las escaleras. Una de las secuencias más bellas que ha dado el cine, y probablemente una de las que mejor ha reflejado la sublimación amorosa, la falta o ausencia, la sombra añorada que desea materializarse en cuerpo de amado.
En De óxido y hueso (2012), de Jacques Audiard, dos accidentes tienen lugar en el agua. Con respecto al primero, una de las más bellas y conmovedoras imágenes que ha dado nunca el cine: Catherine reencontrándose con la orca que provocó el fatal accidente, cada uno a un lado del cristal; un único plano general, dilatado: La orca responde a los gestos de Catherine en una sinfonía coreográfica de gestos cómplices. No hay resentimiento, no hay amargura, sino asunción y conciliación. En el segundo, Alí se fractura las manos golpeando el hielo para sacar a su hijo del agua. Este rescate también servirá para romper el hielo que se había creado con quien se había caído la primera vez, con quien él había interpuesto el hielo de la distancia, porque aún no sabía ser rescatado.
En Blade Runner (1982), de Ridley Scott, el garfio con la vida eran los recuerdos. Soy mis recuerdos. Si los recuerdos son implantados, ¿qué soy? ¿Siento las notas de música, o las siento a través de un injerto, como si mi vida fuera un mero sucedáneo?. En Blade runner 2049 (2017), de Denis Villeneuve, la secuencia nuclear, bellísima, está relacionada con un personaje que genera los recuerdos de los replicantes. Paradoja: la vida se genera desde el aislamiento. ¿No vivimos aislados en nuestras burbujas de pantallas virtuales? Pero ¿quién vive si se generan las proyecciones desde el aislamiento?. Y de ahí, de la desolación de esa consciencia, brotan las lágrimas desesperadas y el grito impotente. Y la nieve cae y hace soñar con lo real que no se logra atrapar con los dedos, porque siempre hay un cristal que parece interponerse. Hasta que una mano se pose y abra la herida de los recuerdos que se doten de cuerpo.
En La casa de la tolerancia (L’Apollonide, 2011), de Bertrand Bonello, la cautivadora y compleja narrativa de Bonello tiende a la deriva, descentrada, en un ‘entre’ que fluctúa entre realidades, estilos y perspectivas; entre un impresionismo que contrasta el escenario y las mascaradas con los espacios entre líneas de los rostros desmaquillados y las apariencias desgarbadas, de las ilusiones, de las complicidades, de los aprendizajes, de la naturalidad, las excursiones en el campo y los chapuzones en el agua, cuando se estiran y abrazan, cuando dejan de ser reflejos o muñecas, cuando son cuerpos que se afirman en su anhelo de vivir, fuera del escenario de la degradación, donde sus cuerpos pueden descomponerse por el contagio de la sifilis. Una de las secuencias más extraordinarias de la película, el baile de las chicas, un rasgón de intensidad, un desgarrador momento de pausa, fuga, descarga y liberación transitoria, está modulado esa emoción a través del 'Night of white satin' de Moody Blues (fascinante cómo juega expresivamente con el amortiguamiento y la supresión fugaz de la música, que vuelve a retomar con una fuerza arrebatadora).
En Sólo los amantes sobreviven (Only lovers left alive, 2013), de Jim Jarmusch, Para cada uno de la pareja de amantes el otro es su firmamento. La narración se despliega con un plano de las estrellas en el firmamento que se transmuta, en asociación de montaje, en disco de vinilo que gira. Música en movimiento. Su relación es la música que les dota de movimiento, de impulso de vida. La cámara también gira sobre ambos, en respectivos planos cenitales, en sus diferentes ámbitos, en sus distintos hogares. La música les conecta, porque ambos comparten la habitación de la música de su emoción entrelazada, la embriaguez del amor que les propulsa como si generaran un firmamento propio. Y así fluye la narración, como si la embriaguez aún fuera posible, como si se desperezara entre sueños, como si se sacudiera el entumecimiento, y despertara. Ambos están entrelazados, da igual si hay interpuesta distancia, o yacen juntos abrazados. Se desplazan como una corriente eléctrica por entre los espacios deshabitados, como si su presencia fuera el aliento que los dotara de vida. Danzan con su mente, en el ajedrez, o con sus cuerpos. Sus gestos se acompasan. Si este mundo no sabe usar la imaginación, queda el exilio, convertirse en un vampiro, dejarse fluir por la imaginación y los cuerpos y emociones que se muerden hasta el tuétano donde vibra la luz entre las sombras de la lucidez, allí donde se saborea la música. Cuando Eve viaja hacia el postrado ánimo de Adam, lee unas palabras que escribió Marlowe: El amor no se altera con sus cortas horas y semanas sino que todo lo resiste hasta el final de los tiempos. Si estoy errado, y que eso se pruebe, yo nunca he escrito ni ningún hombre amado.
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sábado, 12 de diciembre de 2015
12 películas que deberían haberse estrenado en el 2015.
Antes de realizar cualquier lista que destaque lo que se considera mejor, o las preferencias, entre lo estrenado este año, hay que realizar una en la que se destaquen las grandes obras que no se han estrenado, o se siguen sin estrenar. Las magníficas películas que seleccioné el año pasado por estas fechas siguen sin estrenarse en pantallas comerciales. En la lista de este año abundan las producciones que son de hace un año o dos, pero hay algunas de hace cuatro, o hasta seis. También puedo decir, como lo hice el año pasado con respecto a 'Museum hours', de Jem Cohen, u 'Hotel Mekong', de Apichatpong Weerasethakul, que en esta lista también hay obras que considero entre lo más sobresaliente de este siglo (y cuando digo sobresaliente, quiero decir entre las diez obras que más me han conmocionado o asombrado), caso de las obras de Ramon Zurcher y Anocha Suwichakornpong. También suscribiría lo escrito el año pasado. No varía demasiado: Obras que nos incitan a mirarnos desde otros ángulos, como una mirada que nos sorprende por la espalda, y que nos hace advertir perspectivas que no habíamos contemplado. Representan, en su mayor parte, ese cine inmersivo que me fascina y cautiva, y que me parece el principal rasgo caracterizador del cine de este siglo, su avance más singular: su progresiva fusión con la música. En el principio del cine, predominaba su vinculación con el lenguaje teatral, después con la narración del relato novelado decimonónico, donde era dificil percibir en primera instancia las fisuras. Y cada vez más, con insignes exploradores previos en los sesenta, como Resnais o Delvaux, la narración se despliega como música, las fisuras se evidencian, la atmósfera deja la huella del vaho en el cristal, sobre el que nuestra mirada dibuja tenues trazos. Aún se hacen obras espléndidas que recuperan la sabiduría e ingenio de la puesta en escena del calificado como cine clásico, caso de 'El puente de los espías', de Steven Spielberg. Estas obras, en cambio, transitan otros senderos, más deshilachados en apariencia, porque no es la trama, en su concepción de la novela decimonónica, el aspecto gravitatorio fundamental. Suponen otro desafío. Te hacen sentir la intemperie, y los dedos de la mirada torpemente intentan perfilar la cartografía de esos territorios desconocidos en los que los recovecos, las sombras, lo que se escurre entre los planos o fuera de los encuadres, se despliega como este universo en el que habitamos pero rara vez logramos mirar de frente.
1. Tu dors Nicole (2014), de Stephane Lefleur. Tercer largometraje de ficción de Stephane Lafleur. Se lo dice en una de las secuencias finales la madre del niño que cuida. Un niño de diez años, Martin (Godefroy Reding), cuya voz es la de un adulto (Alexis Lefevbre). Nicole no sabe aún con certeza cuál es su voz. Nicole tiene 22 años pero parece habitar una edad indefinida en una realidad indefinida que parece fuera del tiempo, del mismo modo que sus padres están fuera, de viaje. Es un espacio aparte, un espacio de ensueño, en blanco y negro porque aún no sabe cómo combinar la gama de colores en su realidad, en ese tiempo entre medias que es un verano, en el que aún parece que se puede desparramar como si fuera una niña, junto a su amiga Veronique (Catherine St Laurent), y perder el tiempo, y luego buscarlo, o dejarse precipitar en su mullida abstracción mientras no se hace nada y te preguntas qué hacer.
2. 'Mary is happy, Mary is happy' (2013), de Nawapol Thamrongrattanarit. Mary porta siempre el mismo vestuario, parece un uniforme, pero más bien equivale al traje de un astronauta, porque la realidad es extraña, y desconcertante, y cuesta enfocarla, y orientarse para trazar un mapa preciso. Sobre todo, lograr que se esté quieta, y no sea tan inestable e imprevisible. El trayecto de esta extraordinaria obra es el que disloca la relación mediatizada con la realidad y concluye con la irrupción irremisible, e incontrolable, de lo real, de la naturaleza, como un bosque que irrumpe delante de la casa donde creciste cuando entonces, cuando eras una niña, no existía. Esa mediatización de la mirada se evidencia en el uso narrativo de los mensajes del twitter. 401 mensajes vertebran la narración.
3. 'Kumiko, the treasure hunter' (2014), de David Zellner. ¿Y si sólo nos quedaran las historias?. Persigues una ilusión porque aún te resistes a convertirte en un espectro en vida. En la pantalla en blanco de la imaginación los sueños son fortuna, aunque en la realidad esa pantalla se convierta en el lienzo de un paisaje nevado en el que te desvaneces como un fantasma errante en un país extranjero, aunque ya vivías exiliada, aunque ya no vivías. Esta espléndida obra está inspirada en la versión distorsionada de la muerte de Takako Konishi en el 2001, cuyo cadáver se encontró en la nieve en Detroit Lakes, Minnesota. Takako se había suicidado, con una sobredosis de alcohol y otras sustancias tóxicas. Pero los medios convirtieron su muerte en un relato extravagante, propiciado por un malentendido en la conversación con un policía. Según los medios, Takako buscaba el dinero escondido en la nieve por el personaje de Steve Buscemi en 'Fargo' (1995), de Hermanos Coen.
4. '36'(2013), de Nawapol Thamrongrattanarit Parece que algo, un edificio, un cuerpo, existe, si queda registrado como imagen. Si se conserva no se convierte en fantasma. El título de esta exquisita opera prima de poco más de una hora, '36' (2013), se refiere a los 36 planos estáticos de los que se compone esta escurridiza y liquida narración de fantasmas de amor y sueños entrevistos y odisea de una memoria que no quiere que el cuerpo soñado al menos no deje de ser imagen. 36 planos estáticos como fotografías, aunque los actores se salgan del encuadre, ilusión de permanencia que se ve vulnerada.
5.'El extraño gatito' (2013), de Ramon Zurcher. Hay miradas, las de los niños, que tantean la vida, miradas aún sin tiempo, miradas que comienzan a desenvolverse en la espesura. Y hay otras miradas en las que ya pesa la vida discurrida, miradas que parece espesura difícil de descifrar. Se percibe la agitación de las mareas. El fuera de campo de esas miradas parece abarrotado, y no parece poder nombrarse, o discernirse de modo definido. En esta prodigiosa producción alemana , abundan los planos dilatados sobre algún personaje, mientras en fuera de campo se escucha a otros. Instantes que puntúan el aislamiento,lo que no parece poder aflorar, o no se ha dejado aflorar, aunque se esté rodeado de otros, lo que ha quedado quizá enquistado en el interior, aquello que se soñó, aquello que se esperaba que fuera encuadre, y no fuera de campo.
6. 'En terrains connus (2011), de Stephane LaFleur. Si pierdes un brazo, la realidad ya no será un territorio familiar. Si no sabes arrancar la moto de nieve, y siempre tienes que pedir ayuda a tu padre, la realidad es un territorio familiar, demasiado familiar, que no funciona. El cineasta canadiense Stephane Lafleur tiene un gran talento para hacer cuerpo de la extrañeza. Es uno de esos cineastas que reconstituye la mirada, como si no hubiera sido mirada antes. Maryse (Fanny Mallette) es testigo de cómo un hombre pierde un brazo en la fabrica donde trabaja. Lo ve desde la distancia. Y ya mirará la realidad desde esa distancia que te hace sentir separada, desgajada, como si se hubiera roto la conexión, como si hubiera perdido un brazo en su interior. Mira su brazo como si percatara por primera vez de su presencia, como algo que podría perder. Contempla a su marido en su bicicleta con la que simula con la pantalla que le acompaña que corre una etapa del Tour, como si fuera de otra dimensión con la que no puede comunicarse. Sus lágrimas son signos que ni siquiera procura entender.
7. 'The myth of the american sleepover' (2010),de David Robert Mitchell. Como si la noche pudiera ser perpetua, el espacio proscrito, el espacio de los susurros, y las travesuras y transgresiones entre las sombras. En esas fiestas juegas, aún en el espacio difuso de las fantasías, compartes confidencias, juegas a truco o verdad, te sientes carne de adulto exponiéndote como si tus emociones tuvieran consistencia, sustancia, y juegas a quebrar límites en los que se pueden revelar lo que se quiere mantener oculto, lo que se supone que no conviene que sea de conocimiento ajeno. Eres un ser social realizando sus ensayos. Es el mito de las fiestas de pijamas americanas. Esa es la traducción del título original, en correspondencia con el mito de la juventud, capítulo previo a 'It follows' (2014), sobre la adolescencia y sus sombras, esa edad de transición, un movimiento que busca una dirección y un sentido, y se encuentra con desvíos, estaciones de paso y callejones sin salida.
8. 'Respire' (2014), de Melanie Laurent. ¿Por qué permitimos que los sentimientos nos asfixien?¿Por qué hacemos daño con la misma facilidad con la que respiramos, incluso a los que presuntamente amamos?. En esta excelente obra , la adolescente Charlie (Josephine Jaspy) no entiende por qué su madre, Vanessa (Isabelle Pasco), se pliega siempre a la voluntad de su padre, como si fuera el muñeco de un ventrílocuo que dependa de lo que el otro disponga o decida, permisiva con sus cambios de humor, y sus veleidades. Se queda devastada cuando él la abandona, pero se reclina receptiva, sumisa, cuando él retorna, aunque sea provisionalmente. Saca la lengua, y se deja acariciar. Charlie no lo entiende, lo cuestiona, pero no sabrá evitar que le ocurra lo mismo con su amiga Sarah (Lou de Laage). Lo que parece, en principio, una excepcional conexión íntima, de tal calibre que la ambigüedad se cierne sobre sobre sus afectos, se torna en una sucesión de humillaciones y crueldades.
9. 'Little accidents' (2014), de Sara Colangelo. Los accidentes ocurren cuando menos lo esperas. La vida se define por la imprevisto, por mucho que se intente establecer previsiones, y se intente enjaularla con el afán de control. No somos inmunes, sino vulnerables, siempre. La mina donde trabajas se puede hundir, un tropiezo puede provocar que te abras la cabeza con una roca, tu hijo puede desaparecer y pasan los días y no sabes qué ha podido sucederle, dónde está, si está vivo o muerto. Y la desesperación, el extravío de las emociones que se sienten sin centro, la pesadumbre, te quita la respiración. Esta excelente opera prima de Sara Colangelo hace cuerpo de esa desesperación con una narración opresiva que no se libera ni con el grito del dolor que rasga tus entrañas cuando muere un ser querido.
10. 'Mundo injusto' (Adikos Kosmos, 2011), de Filippos Tsitos. Parece el sueño de un taxidermista. Un mundo en el que hubieran dejado de dar cuerda a Monsieur Hulot. O quizá más bien un mundo al que han dejado dar cuerda porque desapareció del encuadre de la vida Monsieur Hulot. El mundo es un encuadre al que parecen haber extraído las caja de bombones o las casas de muñecas del cine de Wes Anderson. Quizá sea un maqueta, ya sea porque parece que hayan extraído la vida de esas calles en las que ya no se aprecia casi movimiento de gente. Las elipsis parecen absorber los gestos cansados de quienes ya no sienten su vida, que debieron dejar atrás en alguna parada lejana de una línea de autobús que no recuerdan. Los encuadres destacan por su medida simetría, reflejo de una falta de simetría en unas vidas desmoronadas, de pintura descascarillada. No dejan de caerse, pero siguen levantándose.
11. 'Algo debe romperse' (2014), de Ester Martin Bergsmark. Producción sueca dirigida de una cineasta que hasta ahora había realizado documentales. Es un obra que hace cuerpo de esa sensación de no sentirse parte del aquí, de esa fractura, de esa dificultad de lograr establecer unos nexos. Una narración impresionista, deslizamiento de vibraciones, con fugas y detenciones, pausas y excursos que son trances a un mismo tiempo, un recorrido sinuoso que capta un estado de ánimo, unas sensaciones y unas emociones, el calado de las aproximaciones, la aspereza de los distanciamientos y la colisión con las miradas ajenas. 'Something must break' es la canción de Joy división de la que toma su título esta estimulante obra. “Dos caminos a elegir/ante el filo de una navaja/quédate atrás/o impúlsate adelante”son algunas de sus estrofas.
12. 'Mundane history' (2009), de Anocha Suwichakornpong. Anoche soñé que Terrence Malick era thailandés. Uno de los pasajes más deslumbrantes, y alumbradores ( y de paso controvertidos) que ha deparado el cine de este siglo es aquel excurso de 'El árbol de la vida' (2011) en la que la narración se despliega en el espacio y el tiempo, al son de la música de 'Lacrimosa' de Zbigniew Preisner, y cuyo momento culminante es la iluminadora confrontación entre los saurios a la orilla del río. Dos años antes, en otro cautivador despliegue en el espacio y el tiempo, acontece un excurso, más breve, en el que encuadre y travelling conjugan mirada y movimiento en el espacio de la galaxia sideral, un desplazamiento entre estrellas hacia un luminoso astro (al son de la música del grupo malasio Furniture). Desplazamiento, movimiento, en contraste con la parálisis física, y anímica, de uno de los dos protagonistas, Ake, inmovilizado a causa de un accidente. Ese excurso acontece tras que le señalen que su padre sufre también cómo él por su condición inmovilizada. Su mirada, su consciencia, se abre hacia al otro, su ensimismamiento en su desgracia se hace consciencia de la alteridad, de la mirada de los otros.
domingo, 22 de febrero de 2015
El extraño gatito
Un perro contempla cómo un gato ronronea. Un niño contempla cómo el perro contempla al gato ronronear. El gato ronronea mientras mira a la abuela dormir. Su abuela, que duerme mucho, casi siempre parece que está durmiendo, mira a su hija (Jenny Schily) mientras prepara la cena. Es una mirada en la que parece condensarse toda una vida, el peso del tiempo, recovecos inmensos, flecos sueltos, temblores que nunca se hicieron nombre. Su hija, que es madre, se mira con su pequeña hija, aunque son dos, pero ambas son hijas. La mujer que es hija y madre mira hacia el fuera de campo,más allá de la ventana, donde los nombres nunca podrán dotar de luz o dirección a esas miradas que son fisuras. Una botella de cristal se bambolea en varias ocasiones dentro de una cazuela. Hay quien la califica como botella mágica. La bombilla de la cocina explota de repente, hay quien apunta que ha sido causado por el corcho la botella, que no ha podido contener las chispas que contenía tras haber sido llenada por la madre. En la madre, parece que hay muchas chispas que aún no han saltado, se percibe en sus miradas a los demás, al vacío. Todos comen, y la madre contempla el interior de un vaso de leche, parece que hay un pelo, pero se lo bebe hasta el fondo. Sobre la mesa hay un hilo suelto, una aguja, con la que se pincha suavemente un dedo. Muchos hilos sueltos se sienten en esa mirada. Hay otras miradas, las de los niños, que tantean la vida, miradas aún sin tiempo, miradas que comienzan a desenvolverse en la espesura. Y hay otras miradas en las que ya pesa la vida discurrida, miradas que parece espesura difícil de descifrar. Se percibe la agitación de las mareas. El fuera de campo de esas miradas parece abarrotado, y no parece poder nombrarse, o discernirse de modo definido. En la prodigiosa producción alemana 'El extraño gatito' (Das merkwürdige katzhen, 2013), de Ramon Zurcher, abundan los planos dilatados sobre algún personaje, mientras en fuera de campo se escucha a otros. Instantes que puntúan el aislamiento,lo que no parece poder aflorar, o no se ha dejado aflorar, aunque se esté rodeado de otros, lo que ha quedado quizá enquistado en el interior, aquello que se soñó, aquello que se esperaba que fuera encuadre, y no fuera de campo.
Hasta el pasado se evoca a través de escuetos planos que son asediados por el fuera de campo, o en los que se remarca un aislamiento en el que se tantea a lo que hay alrededor: Un pie del que está sentado en el cine sobre el tuyo, y no te atreves a apartarlo. Quizás porque no quieres, quizá no sea una perturbación. Hay quien se deja envolver por la ceniza que flota, y luego sale corriendo. Hay quien lanza gajos, como si fueran los pétalos de una flor que contienen una interrogante que explora la realidad. La hija pequeña escribe un relato sobre un niño que no puede parpadear, un niño sin aromas en sus pulmones. Su madre se tumba junto a él, y decide que tampoco parpadeara. Madre e hija se miran como si no parpadearan nunca más. A veces ella le abofetea cuando tiene un pronto de soberbia. Quizá cuando se miran se contemplan en el pasado, o en el futuro que puede ser, o como enigma de lo que aún resulta difuso. 'El extraño gatito', transcurre en un piso, sobre todo en una cocina. Hay quien diría que es la vida que puede ver en cualquier otra cocina. Pero es una obra dotada de una rara singularidad, de esa magia de un celuloide que se mueve sin saber cómo, y rompe luces para dejar asomarlas oscuridades siempre en fuera de campo, en gestos y sobre todo miradas. Los objetos tienen tanta presencia como los personajes. Hay padres e hijos y abuelos y amistades que circulan por el encuadre, pero también listas de la compra, anotaciones de la tensión que se ha tomado, papeles arrugados con fragmentos de un relato, pelotas, helicópteros que vuelan por control remoto, bolígrafos de tinta negra, cigarrillos, mochilas con luz incorporada y una polilla.
La niña hace música con el cristal de su copa, y grita acompasada cada vez que se usa la batidora. Habla con volumen alto, aunque su abuela duerma. Entre una y otra, entre esa exuberancia y ese reposo que es también cansancio, entre ese cuerpo que mira a la vida como una espesura sobre la que aún configurar muchos mapas a los que asediar con preguntas y ese cuerpo que ya no mira, sino que se ausenta, porque ya no espera más, o mira como si se mirara a sí misma, su vida, a través de su hija, una vida que parece ya persiana que se cierra, respira el maremagnum de incógnitas de la vida, el forcejeo entre lo que se constituye como encuadre, y quizá no es lo que se deseaba que se constituyera como encuadre, y el fuera de campo de lo irresuelto, de lo aplazado y soñado. Ahí es donde se agita la mirada de la hija que es madre. Esa mirada intermedia, que parece en medio de todo, por eso se mira con su hija, y mira el vacío más allá de su encuadre, y del nuestro, de lo que no logramos captar de los otros, de lo que aún no se logra captar de uno, de lo que no se ha logrado perfilar en la propia vida y es hilo suelto, como su carcajada se despliega cuando una bombilla explota súbitamente. Porque quizá haya mucho que no ha explotado en su interior, muchas polillas que no han echado a volar, o que fueron pronto comidas por el gato que ronronea. Por eso se pincha con la aguja. A ver si aún hay sangre. 'El extraño gatito' es asombro y enigma. Es un encuadre en el que palpitan los múltiples fueras de campos que definen nuestra vida en la relación con los otros y con nosotros mismos. Es una fisura que nos mira. Y nos despierta.
Una de las obras más sublimes que he visto en los últimos años
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