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sábado, 7 de noviembre de 2020

Mis textos en Dirigido por (Noviembre 2020)

                                    
En Dirigido por (Noviembre 2020) se publican mis textos sobre la sobrevalorada Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rosellini y Bajo el sol de Roma (1948), de Renato Castellani, para el dossier Del fascismo al Neorrealismo, y de Llamada a las doce (1965), de J Lee Thompson, para la sección En busca del cine perdido

sábado, 17 de marzo de 2018

Años difíciles

Un régimen fascista dura años implantado en el poder, pero cuando cae todos se declaran antifascistas. ‘Años difíciles’ (Anni difficili, 1948), de Luigi Zampa, relata la historia de uno de esos hombres a los que no se saluda en la calle, porque es común y corriente, y que como otros muchos como él, se ven zarandeados por los vaivenes de la historia, por la pusilanimidad o la irresolución. El relato comienza en 1934, cuando Aldo (Umberto Spadaro), funcionario por trabajo, y funcionario vital como otros muchos que componen la masa indistinta (aunque no estén de acuerdo con lo que vitorean o rechazan), se encuentra en la tesitura de perder su trabajo porque no está inscrito en el partido fascista. Once años después es despedido, precisamente, al acabar la guerra, por pertenecer a ese partido fascista en el que no creía pero en el que se inscribió por necesidad, para sobrevivir, porque no sabía cómo actuar, porque no encontró el apoyo, la orientación, en su entorno. En las primeras secuencias pide consejo en su familia pero su mujer o su hija le instan a que se adapte a las circunstancias, a que pliegue o subordine sus convicciones y no se complique la vida (ni la de su familia). También lo solicitará entre aquellos que representan el pensamiento disidente, y que se reúnen en la farmacia (la disidencia como analgésico, más que como embriaguez), pero tampoco le aclaran nada, perdiéndose en absurdas lides dialécticas, en tiras y aflojas o un quítame esas pajas entre unos y otros.
El ámbito familiar condensa, además del aspecto pragmático adaptativo, una de las dos formas que facilita el asentamiento de estados como el fascismo. Por un lado, el anhelo de sentirse importantes: el primer indicio se percibe en la relación de la hija con el vecino, descendiente de aristócratas; la madre se muestra orgullosa, porque une clases, o lima las diferencias instituidas; implica acceder a los privilegios que se ansían; no hay anhelo realmente de cambiar el estado de cosas (es la aspiración del que ‘está abajo’ de estar entre los que disfrutan de los privilegios: todo es cuestión de posición).De hecho, la hija llegará a ser toda una instructora de los valores del fascismo (como profesora). Por otro lado, el ámbito clandestino refleja cómo la irresolución, y la falta de valor para poner en peligro la vida, el status, la estabilidad, la seguridad material, impiden que realmente se dé un enfrentamiento con la fuerzas opresoras (Aldo se lo escupe al final: en las manifestaciones todos vitoreaban, aunque luego silbaran en privado). Es la inercia y la conveniencia de plegarse a la corriente predominante. Poco han cambiado las cosas: Véase alrededor, sin necesidad de mover mucho el cuello.
Esta espléndida obra adapta ‘Il vecchio con gli stivali’, una novela breve de Vitaliano Brancati, una de las figuras fundamentales del cine italiano en aquellos años (guionista de ‘Te querré siempre’ o ‘Dové la libertá…?, ambas de Roberto Rosellini, ‘Volcano’ de William Dieterle o ‘Guardias y ladrones’ de Monicelli y Steno, o autor de la novela adaptada en la magnífica ‘El bello Antonio’, 1960, de Mauro Bolognini). Supuso su primera colaboración, de seis, con Luigi Zampa, con quien estableció una fructífera alianza creativa. Fue una de las primeras obras, tras la conclusión de la guerra, que levantó ampollas, colisionando con la censura, por su substrato político manifiesto, por su falta de complacencias. En la posterior, y también excelente, ‘El arte de apañarse’ (1953), la sexta de sus colaboraciones conjuntas, se nos relata el trayecto del perfecto camaleón que se adapta a toda circunstancia, a cualquier cambio en el poder, que puede reportarle ventajas, convirtiéndose en comunista, fascista, demócrata cristiano, socialista o lo que fuera, según el caso.
Aldo no es un camaleón, sino alguien que no sabe cómo reaccionar, alguien que deja que sucedan las cosas, al que las circunstancias superan o desbordan, y ve cómo dañan la vida de quienes ama, como la de su hijo Giovanni (Massimo Girotti), tampoco nada afín a las ideas fascistas, pero que, aunque no soporte la sumisión a la que se ven abocados, como en el mismo ejército, también decide tragar, y tener que sufrir la guerra, para morir del modo más absurdo. El plano final de Aldo, declarando que todo ha resultado demasiado caro para él, resulta demoledor, una desgarradora llamada de atención para unos tiempos en los que se sigue soportando una injusta circunstancia como si sólo fueran un puñado de desaprensivos los que lo rigieran. Todos, o muchos de nosotros, hemos sido, en algún momento, o somos Aldo. Aunque deberíamos llamarnos Spicacci, quien, en ‘Proceso a la ciudad’ (1954), también de Zampa, decide, con la rabia de la indignación moral, procesar a toda una ciudad, cómplice de una ley no escrita que propicia la alianza de míseros intereses y el ‘empeño’ de las vidas. Si se opta por bajar la cabeza quizá sea demasiado tarde cuando se reaccione, y ya sólo quede llorar el excesivo precio pagado por meramente sobrevivir y no perder lo poco que se tenía.

viernes, 9 de febrero de 2018

Te querré siempre

‘Te querré siempre’ (Viaggio, in Italia, 1954), de Roberto Rosellini iba a ser, en principio, una adaptación, realizada por Rosellini junto a Vitaliano Brancati y Antonio Petrangeli, de 'Dúo', de Colette, pero ya en marcha la producción se descubrió que sus derechos habían sido adquiridos. Rosellini redactó cinco folios que fueron pista de despegue para un rodaje que, para desesperación de George Sanders, acostumbrado a otro tipo de dinámica, se gestó sobre la improvisación. Los personajes se perfilaban durante el mismo rodaje. 'Te querré siempre': Un viaje, una pareja. Ingleses en Italia. Un territorio extraño en el que ambos se descubren como extraños. La relación se torna contienda, entre el impulso de despertar la relación, y la fuga porque se siente que ya es un tejido muerto que más bien asfixia. Tras ocho años, ¿la relación se ha vaciado, se ha revelado la conexión como un espejismo dilatado por la inercia, o puede ser reanimada, como si fuera necesario extraer un quiste sebáceo de los sentimientos?
Ella, Katherine (Ingrid Bergman) viajará, se desplazará, entre los muertos, entre estatuas, museos, piedras, ausencias de cuerpos que son ascéticas imágenes, fósiles de una poesía perdida, arrumbada en su pasado, en lo que quizá no fue. La expresividad de los gestos, el descaro de los cuerpos, de aquellas figuras de piedra, la turbarán, porque las sentirá más vivas que a ella misma. Se reconocerá en aquellas vidas, que no eran otras, sino como puede serlo la propia. Pero ¿cómo es la propia?¿Se desplaza en su propia vida, en su presente, o su presente se ha inmovilizado como un mausoleo? Los tiempos se funden, ayer es hoy, aquel rostro es el suyo, aunque este no lo encuentra al despertar en una tierra extraña.
En su viaje, su mirada se queda prendida de las mujeres embarazadas o que pasean con un coche de niños. Sorprendida, como si advirtiera una constante que pareciera pertenecer a otra realidad. Estatuas y carne que gesta. Siente que su vida se ha paralizado, que ya no da a luz, como un oquedad que ya no fuera advertida. En el inicio, observa cómo su marido, Alex (George Sanders), ríe con otra mujer durante una cena de grupo. Su mirada se encoge, se agazapa, y se despliega en desprecios hacia él que escupe en su soledad, calificándole de presuntuoso, o a través de aviesas provocaciones indirectas, como la evocación de un poeta inglés que conoció, como si dejara caer vidrios rotos para que él los pise, para que su mente se retuerza con los celos y se desprenda de esa indiferencia que a ella tanto molesta.En la primera secuencia, en el primer plano, ambos viajan en coche. Ella conduce. Él despierta.”¿Dónde estamos?”, pregunta. “No tengo ni idea”, responde ella. Como si hablaran de su relación. Esa indiferencia de quien parece ya tender a quedarse dormido, por falta de motivación, es la que enerva a Katherine. Y despliega sus tácticas en forma de garras. Esas que buscan un despertar. Cuando ambos comparten la misma sensación de que, después de ocho años, se han percatado de que son extraños el uno para el otro, él comenta que tiene un lado bueno, pueden replantear la relación como si fuera un inicio. Katherine responde con una mirada de afilada ironía. Siente que su respuesta es más un sarcasmo indiferente que un sentimiento convencido. Siente que él no deja de replegarse en la indiferencia que le distancia.
Él, Alex , viajará, se desplazará, entre vivos, con mujeres con las que tantea la opción de otra historia, de otro sendero, quizás una distracción, quizás recordarse que está vivo. Pero cuando lo que tantea se revela como un callejón sin salida, encoge los hombros, como si no tuviera mayor importancia la contrariedad. Cuando, en cambio, se le ofrece la posibilidad, rechaza esa opción. Alex navega a la deriva, aunque se siente al pairo, detenido en una escenificación anquilosada, la inercia de una máscara que amordaza su voz, que atenaza sus poros. Su matrimonio ya no respira. Porque ambos no son sinceros con el otro, pero ni siquiera consigo mismos. Ella le pregunta si su compañía le resulta aburrida. Él responde que le aburre no hacer nada. Pero ¿qué es hacer nada?. Hasta ese momento, después de ocho años de matrimonio, nunca han pasado tanto tiempo solos, sin nadie alrededor. ¿Qué hacen juntos? Ambos declaran que su relación parece varada, incluso desintegrándose, como una piedra que se descascarilla. Y afilan los cuchillos con los sarcasmos y los reproches para emborronar definitivamente los perfiles que se difuminan.
Pero los gestos contradicen lo que expresan. Alex contiene el gesto cuando ella, a punto de freír unos huevos, le reprocha con virulencia, su cinismo, su mezquindad. También la mira con sorpresa (qué soberano actor Sanders) cuando la escucha reír estruendosamente en una fiesta. Posteriormente, le preguntará si se ha divertido, ella elusiva afirmará que él si se ha divertido, a lo que él replica preguntando si ella sabe percibir cuándo se ha divertido. Los filos se enmarañan, las miradas se rehuyen, las emociones se esconden en el incendio de su silencio, de lo no compartido. Las palabras no manifiestan lo que en las entrañas se agrieta. A ella le descomponen los celos pensando lo que podrá estar haciendo Alex en Capri, pero cuando retorna sus palabras sólo manifiestan trivialidades, mientras que su gesto espera un acercamiento de él; pero apaga la luz, como si no estuviera expectante. Signos apagados, silenciados, piedras que taponan las emociones, que hacen de los gestos escollos que asfixian al otro.
Reflejos. En la primera secuencia, cuando viajan en el coche (decisión de ella, en vez de tomar el avión que prefería él, un viaje más largo en vez de uno breve: quizá ya hay algo latente que se quiere propiciar pero no se explicita), se cruzan con varias manadas de ganado, como si fuera un reflejo de su vida conyugal, de su inercia, cual ganado, en su rutina de vida. Cuando la relación se quiebra, y se agrieta la piedra que la anquilosa, se desplazan entre las ruinas, en Pompeya, tras ser testigos de cómo en la ceniza se perfilan los cadáveres carbonizados de un hombre y una mujer, quizás su reflejo siglos atrás (como ellos, al inicio, en las hamacas, los ojos cerrados, ella evocando a su amigo poeta, evocación, más bien táctica y aviesa, que abre fisuras en sus miradas cerradas). Sienten sus ruinas, su condición de cadáveres, abrasados en su interior porque han convertido la relación en corazas defensivas, esperas del gesto de aproximación, de afecto, del otro, mientras escupen antes de que el otro les escupa la lava de otro sarcasmo, de otro reproche. Una procesión, la agitación de una muchedumbre, de una vida que contrasta con el vaciado de las ruinas, les reanima en su atasco, les hace rescatarse, como una súbita resurrección, como si se descubrieran, en un instante que es epifanía, en el absurdo de vida inmóvil con la que se habían abocado a la condición de piedra, coraza y lanza. Ahora las emociones brotan, manan en sus palabras, vivas, acompasadas a su abrazo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Alemania, año cero

'Alemania, año cero' (Germania, anno cero, 1948), de Roberto Rosellini, es una película sobre las ruinas. Hay cuerpos que se desplazan entre ellas, cuerpos que buscan su lugar, que intentan salir y mantenerse a flote en la espesura de esas ruinas. La realidad se ha quemado, como si retornara a un grado cero desde el que brotar de nuevo, con las huellas dentadas de lo que fue arrasado, el recuerdo de una representación que fue cancelada. Los cuerpos intentan enterrar ese pasado, y construir otro escenario, otra realidad. Edmund (Edmund Moeschke) es un cuerpo en formación, un niño que nos es presentado en un cementerio, enterrando a unos muertos, haciéndose pasar por mayor de lo que es, ya que necesita el dinero para ayudar a su familia, en la que se ha convertido en el principal suministrador de sustento. Su padre está enfermo, postrado en la cama, su hermana consigue algún dinero vendiendo cigarrillos a los estadounidenses, y su hermano se niega a registrarse en la policía porque teme que tenga secuencias funestas para él que se sepa que combatió en el ejercito alemán hasta el final.
El padre, Mr Kohler (Ernst Pittschau) se lamenta de la estupidez de los de su generación, de aquellos que no estaban de acuerdo con el ideario nazi, pero permitieron que los acontecimientos les atropellaran como al resto del mundo No intervinieron, se mantuvieron al margen, y ahora son el recuerdo enfermo, el vestigio de una corrupción, la de la pasividad. La hermana Eva (Ingetraud Hinze) se resiste a tener a que prostituirse, a tener que aceptar que para sobrevivir tenga que cruzar ese umbral, hacer de la realidad, de la vida, una prisión de presente una condena. Su hermano Karl-Heinz ( Franz-Otto Krüger) es la negación, el gesto que se agita en una negación que no quiere mirar ni al pasado ni al futuro, que clava sus uñas en la palma de sus manos y aprieta sus dientes, como si así el mundo fuera a desaparecer, incapaz de realizar un gesto, de tomar una decisión, de afrontar su pasado.
Edmund, el cuerpo sin pasado, el cuerpo que intenta forjar un futuro, se desplaza entre las ruinas, que parece fueran absorbiendo, paulatinamente, su ímpetu, su energía, como si asistiéramos al relato de una desaparición, el de un cuerpo que intenta abrirse paso y afirmarse, el de un cuerpo que intenta construir una realidad. Es el relato de una vampirización, el de las ruinas, o más bien el de los ecos que aún palpitan entre las ruinas, ecos que son la convulsión que se manifiesta en su familia. Edmund colabora para enterrar un pasado y construir un futuro pero el peso de las ruinas le supera. El relato se inicia con Edmund enterrando a un muerto y finaliza con su suicidio. Un cuerpo joven que decide desaparecer de una realidad despedazada, de unas ruinas que han ido asfixiándole. Si el ideario nazi se vertebraba sobre la eliminación del que consideraban el débil, el imperfecto, o el inferior, Edmund se enfrentará a una disyuntiva, en donde la figura del débil adquiere otras resonancias, que son las de la mera supervivencia.
El referente de su antiguo profesor, Herr Henning (Erich Gühne), residuo de aquel ideario, condiciona e influye, como interferencia, en su decisión. Ya no es eliminar al débil para crear un mundo sólo de cuerpos superiores sino eliminar al débil para que algunos, otros, cuerpos puedan sobrevivir entre las ruinas. Edmund decide sacrificar al cuerpo más débil en su familia, el cuerpo que lastra a los otros componentes, el cuerpo que impide que puedan salir a flote entre las ruinas, el cuerpo de su padre enfermo, que representa la amargura de quienes no se enfrentaron a los que han dejado el escenario en ruinas. Matar esa amargura es matarse a sí mismos, matar el recuerdo de una disconformidad, como si se quisiera borrar el pasado sin afrontar las responsabilidades, las de la pasividad, las de aquellos que dejan hacer, sin intervenir. Es la incapacidad de superar esas ruinas, de construir sobre unos cimientos que no estén corruptos con la mirada que niega, esconde o ignora, lo que acaba aplastando su aliento de futuro

miércoles, 28 de agosto de 2013

Plácidas pausas de rodaje: Ingrid Bergman

 photo 55e5b250ac9b4e09bfc202fb112b5044_zpsdb7f566c.png Ingrid Bergman en una pausa de rodaje de 'Te querré siempre' (Viaggio in Italia, 1954), de Roberto Rosellini

viernes, 3 de mayo de 2013

Te querré siempre

 photo OIR_resizeraspx4_zps6892f63d.jpg Un viaje, una pareja. Ingleses en Italia. Un territorio extraño en el que ambos se descubren como extraños. ‘Te querré siempre’ (Viaggio in Italia, 1954), de Roberto Rosellini, quien escribe el guion junto a Vitaliano Brancati. Ella, Catherine (Ingrid Bergman) viajará, se desplazará, entre los muertos, entre estatuas, museos, piedra, ausencias de cuerpos que son ascéticas imágenes, fósiles de una poesía perdida, arrumbada en su pasado, en lo que quizá no fue. La expresividad de los gestos, el descaro de los cuerpos, de aquellas figuras de piedra la turbarán, porque las sentirá más vivas que a ella misma. Se reconocerá en aquellas vidas, que no eran otras, sino como puede serlo la propia. Pero ¿cómo es la propia?¿Se desplaza en su propia vida, en su presente, o su presente se ha inmovilizado como un mausoleo? Los tiempos se funden, ayer es hoy, aquel rostro es el suyo, aunque este no lo encuentra al despertar en una tierra extraña.  photo OIR_resizeraspx3_zpsdf6a8733.jpg Él, Alex (George Sanders), viajará, se desplazará, entre vivos, con mujeres con las que tantea la opción de otra historia, de otro sendero, quizás una distracción, quizás recordarse que está vivo. Pero cuando lo que tantea se revela como un callejón sin salida, encoge los hombros, como si no tuviera mayor importancia la contrariedad. Cuando, en cambio, se le ofrece la posibilidad, rechaza esa opción. Alex navega a la deriva, aunque se siente al pairo, detenido en una escenificación anquilosada, la inercia de una máscara que amordaza su voz, que atenaza sus poros. Su matrimonio ya no respira. Porque ambos no son sinceros con el otro, pero ni siquiera consigo mismos. Ambos preguntan al otro si su compañía le resulta aburrida. Ambos declaran que su relación parece varada, incluso desintegrándose, como una piedra que se descascarilla, y afilan los cuchillos con los sarcasmos y los reproches para emborronar definitivamente los perfiles que se difuminan.  photo OIR_resizeraspx8_zpse35a3fd7.jpg Pero los gestos contradicen lo que expresan. Alex contiene el gesto cuando ella, a punto de freír unos huevos, le reprocha con virulencia, su cinismo, su mezquindad. También la mira con sorpresa (qué soberano actor Sanders) cuando la escucha reír estruendosamente en una fiesta. Posteriormente, le preguntará si se ha divertido, ella elusiva afirmará que él si se ha divertido, a lo que él replica que ella no sabe percibir si se ha divertido o no. Los filos se enmarañan, las miradas se rehúyen, las emociones se esconden en el incendio de su silencio, de lo no compartido. Las palabras no manifiestan lo que en las entrañas se agrieta. A ella le descomponen los celos pensando lo que podrá estar haciendo Alex en Capri, pero cuando retorna sus palabras sólo manifiestan trivialidades, mientras que su gesto espera un acercamiento de él; pero apaga la luz, como si no estuviera expectante. Signos apagados, silenciados, piedras que taponan las emociones, que hacen de los gestos escollos que asfixian al otro.  photo OIR_resizeraspx6_zps3389d947.jpg Reflejos. En la primera secuencia, ambos viajando en el coche (decisión de ella, en vez de tomar el avión: ya hay algo latente que se quiere propiciar pero no se explicita), se cruzan con varias manadas de ganado, como si fuera un reflejo de su vida conyugal, de su inercia, cual ganado, en su rutina de vida. Cuando la relación se quiebra, se agrieta la piedra que la anquilosa, se desplazan entre las ruinas, en Pompeya, tras ser testigos de cómo en la ceniza se perfilan los cadáveres carbonizados de un hombre y una mujer, quizás su reflejo siglos atrás (como ellos, al inicio, en las hamacas, los ojos cerrados, ella evocando a su amigo poeta, evocación que abre fisura en sus ‘miradas cerradas’).  photo OIR_resizeraspx7_zpsc7e7aa89.jpg  photo OIR_resizeraspx5_zps86e9ffec.jpg Sienten sus ruinas, su condición de cadáveres, abrasados en su interior porque han convertido la relación en corazas defensivas, esperas del gesto de aproximación, de afecto, del otro, mientras escupen antes de que el otro les escupa la lava de otro sarcasmo, de otro reproche. Una procesión, la agitación de una muchedumbre, de una vida que contrasta con el vaciado de las ruinas, les reanima en su atasco, les hace rescatarse, como una súbita resurrección, como si se descubrieran, en un instante que es epifanía, en el absurdo de vida inmóvil que les había abocado a la condición de piedra, coraza y lanza. Ahora las emociones brotan, manan en sus palabras, vivas, acompasadas a su abrazo.  photo d1b6dc7e00464e21958b1644df432851_zps49fd1f67.jpg  photo 0bab2ba03470473d86bdb8600e914416_zps9d5f70bd.jpg  photo 82311f88368640a2a3361385dfabcec0_zpsaae7448f.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zps87e74e02.jpg  photo OIR_resizeraspx_zpscecb6f23.jpg

viernes, 5 de agosto de 2011

Plácidas pausas de rodaje: Roberto Rosellini, Vittorio Da Sica y Federico Fellini

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Vittorio Da Sicca y Roberto Rossellini, actor protagonista y director de 'El general de la Rovere' (1959), ríen con Federico Fellini, de visita en el rodaje (de una peícula que hace decenios que no reviso; que recuerdo como interesante aunque no apasionante; aunque la verdad, lo que se dice apasionar, pocas veces, o de modo puntual o intermitente, me ha suscitado tal impresión o emoción el cine de Rossellini). 'Te querré siempre', 'Alemania, año cero', 'Roma, ciudad abierta', bien, pero apasionar (esa entusiasta voracidad de querer revisarla varias veces)...