En el nº de Julio-Agosto 2024 de Dirigido por se publican mis textos sobre Fuera de temporada, de Stephane Brizé, Que la fiesta continúe, de Robert Guédiguian, Una madre de Tokio, de Yoji Yamada, El concurso de piano (The chapel), de Dominique Deruddere y, para el Dossier Pánico nuclear, El día en que la Tierra se incendió (1961), de Val Guest, Le troisième cri, de Igaal Niddam y Oppenheimer, de Christopher Nolan.
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domingo, 14 de julio de 2024
lunes, 26 de marzo de 2018
La casa junto al mar
Miradas que construyen puentes. La casa junto al mar es el recuerdo de una infancia, y de los primeros pasos de una juventud, es lo que se ha realizado y lo que no se realizó, e incluso se perdió en el trayecto de la vida, y es la confrontación con una muda necesaria, esa que se desprende de las costras del pasado o de lo que no fue, esa que extirpa la mirada colapsada en las propias frustraciones y heridas y se reinicia como si edificara un nuevo puente en su vida. Los puentes conectan, y posibilitan que el movimiento no se interrumpa. Un puente destaca sobre el pequeño pueblo costero en el que transcurre 'La casa junto al mar' (La villa, 2017), de Robert Guediguian. Un pueblo aislado que asemeja una pacífica Arcadia, y a la vez hace cuerpo de esos desajustes de los tres hermanos con el mundo o la realidad. Un pueblo que, por otro, lado no deja de representar esos sueños de transformación social que quedaron relegados a su condición de sueño, aspecto en el que coincide con el cine de Aki Kaurismaki. Ambos cineastas, que parecen haberse amurallado en su particular mirada irredenta, que se negó a encapsularse como la que parece dominar a esta sociedad tecnificada y virtual, nos recuerdan, desde los pueblos aislados que representan sus cines, y que parecen pertenecer a otro tiempo, que es necesario propulsar la mirada solidaria y empática, en vez de dejarse arrollar por el ensimismamiento o las amarguras.
En la secuencia inicial, el padre sufre un colapso. No se sabe en qué medida es consciente, o en qué grado siente. Sus ojos permanecen abiertos, pero no se sabe cómo mira. Es un cuerpo que aún puede resistir años, como ejemplifican en el hecho de Ariel Sharon durara en ese estado ocho años. Pero ¿Cuál es el estado de los tres hijos?¿Cómo miran?¿Cómo se forjó, o hirió, o deterioró, su mirada desde que dejaron ese paisaje que miraban en su infancia y primera juventud? Armand (Gerard Meylan) permaneció en el pueblo, como si así mantuviera, o regenerara, un modo de vida, la vida de su padre, como rige su mismo restaurante. ¿O no fue más que una justificación por sentirse incapaz de trazar su propia dirección? Angele (Ariane Ascaride) renegó de un lugar que representaba para ella una herida, una muerte. Un plano condensa su mirada, sus emociones, en forcejeo: Observa en un rincón un juguete y luego observa a su padre postrado en la cama. La falta de sonido en los planos que evocan aquel infausto accidente refleja ese grito mudo que aún mantiene amordazado. Angele quizá encontró un refugio en el escenario, una ilusión de movimiento y transformación a través de los personajes que interpretaba. O quizá fuera una mera fuga. Joseph (Jean Pierre Darrousin) se camufla en la máscara de su sarcasmo, de sus ácidas ocurrencias, pero no esconden sino lágrimas de desamparo, como las que evidencia junto a su padre. Acaba de ser despedido de una empresa en la que trabajó diez años, pero ante todo se siente despedido de la vida, aún más porque se abruma con la carga del paso del tiempo, los lastres de la edad, por eso su sarcasmo está teñido de frustración, lo que ha conseguido que se resienta su relación con una mujer veinte años más joven, Berangere (Anais Demoustier). Joseph expresa su amor pero a la vez expresa que ya no puede sentir el mismo entusiasmo, no siente deseos de bailar, sino de replegarse en su mustia amargura.
Como un espacio de tiempo en pausa, fuera del aturdimiento del ritmo cotidiano, los personajes se confrontan con su posición en el mismo tiempo, con respecto al pasado, que también irrumpe con la luminosidad del júbilo de la juventud que aún era impulso y celebración, posibilidad y movimiento, como reflejan las imágenes de una pretérita obra de Robert Guediguian, 'Ki lo sa?' (1986), que protagonizaron hace treinta años los actores que aquí interpretan a los tres hermanos. Pero también con respecto al futuro, para así enfocar su propio presente, quizá su condición encasquillada. Pueden ceder, y encogerse en su impotencia, y dejarse arrollar por los tiempos actuales, como los ancianos vecinos que desesperan porque les han triplicado el alquiler del piso, pero a la vez se niegan a que sea su hijo quien les mantenga. O pueden, en otras miradas, en otras vidas, encontrar direcciones, puentes, que les plantean la posibilidad de una reanimación. Angele encuentra en la mirada entusiasta de alguien veinte años más joven, Benjamin (Robinson Stevenin), como un espectador que la singularizara en el escenario de la vida, esa apertura de luz que corra el telón de resentimientos y heridas no cerradas con el que había taponado su vida. Las direcciones se reajustan para quienes no desean abandonarse a un escenario estanco en el que orbiten sobre sus lamentos. Por eso, la mirada hacia la precariedad e intemperie de quienes se encuentran perdidos en una tierra extraña, unos niños árabes, emigrantes que han llegado a la costa en una patera, posibilitará que esas miradas se abran y desplacen, de su apático y desorientado ombligo a una realidad en la que la intervención solidaria es el real signo de distinción y singularidad. La mirada que conecta. La mirada que construye.
martes, 21 de marzo de 2017
Una historia de locos
Si naces sobre una profusa multitud de cadáveres quizá pueda determinar que tu mente nunca consiga mantener el equilibrio deseado. O, simplemente, te puede sentir un muerto en vida. Establecemos vínculos para sentirnos conectados con los otros, con la realidad, como si el reflejo nos devolviera la confirmación de nuestra presencia, bien definida. Si sientes que te han sustraído el vínculo con la raíz que define el yo que es nosotros, te sentirás como quien vaga a la deriva por causa de una onda expansiva que aún no ha remitido. Esa onda expansiva no ha dejado de borrar ese reflejo, como si no hubieras existido o fuera otra la imagen definida de lo que has sido y eres, de tu falta o herida. Paradojas: Una mujer que ama prefiere no crear vínculo con quien ama porque interfiere en la lucha para recuperar la raíz que fue sustraída, el vínculo dañado con la tierra natal de la que su pueblo, su identidad colectiva, fue desposeído y privado. Paradojas: la madre que no desea nada más que su hijo retorne al hogar revela a quien sufrió el atentado que perpetró que fue su primogénito el causante. Matas, sustraes vida, porque sientes que sino nadie escucha ni que existes ni que ocurrió lo que sufriste. Pero la muerte de aquellos que representan a los que, en el pasado, masacraron a tus antepasados, también implica el daño colateral a quienes incluso ignoran que existe o existió ese conflicto, quienes son unos y otros. Ese escenario tan ajeno que no ha sido ni colateral en su vida, ya que ignorabas su realidad, irrumpe con el estallido de una bomba que casi te deja impedido. Sientes sólo la bomba, no sabes de heridas colectivas ni individuales de aquellos que provocaron tus heridas. Y quizá, en vez de buscar la retribución por el daño sufrido optes por preguntarte por qué lo hicieron, cuál era su desesperación y padecimiento. Quizá pueda calificarse de paradoja. O quizá simplemente abre una interrogante necesaria, esa que sabe cauterizar heridas y cegueras. Sobre paradojas e interrogantes se construye 'Una historia de locos' (Une histoire de fou, 2016), de Robert Guediguien.
Entre 1915 y 1923 el pueblo armenio sufrió un genocidio. El imperio otomano asesinó un millón y medio de armenios. El pretexto: según ellos, los armenios cristianos se habían aliado con los rusos. Los que no fueron asesinados se desperdigaron por el mundo, como figuras errantes que habían sido desposeídas de su tierra. Los turcos negaron incluso que se hubiera realizado asesinatos en masa. Las muertes simplemente eran consecuencia de una guerra civil. Se tergiversaron los hechos. Se negó un sufrimiento, se negó una realidad. Se les despojó de su tierra. Ni lugar ni historia. Otro lugar que buscar, otra historia que los sepultaba. Su seña de identidad, su lenguaje, su religión, su arte, se convirtió en equipaje de errantes que echaron raíces en múltiples lugares, como en Francia, en Marsella, la familia que conforman Hovannes (Simon Abkarian), Anouch (Ariane Ascaride), su hijo Aram (Sirus Shahidi) y su hija pequeña. Hovannes siente que porta consigo esa seña identidad, pero su hijo comparte la idea de quienes opinan que la violencia es el medio de recordar que existen como pueblo, que fueron despojados de su lugar, y que sufrieron un genocidio. La narración se inicia con la ejecución de una venganza, cincuenta años atrás, en Alemania, la de un armenio contra uno de los principales responsables del genocidio. Es el ejemplo que inspira, a inicios de los ochenta, a los que no se conforman con establecer su particular hogar, integrados en otro entorno y otra cultura, sino que necesitan que les reconozcan lo que son, que son, cuál es la tierra, la zona geográfica en el mundo que les corresponde, y la historia que les define. Se establece o instituye otra versión de los hechos, la que plantearon los turcos, y esa es la realidad que quedó configurada. Esa supresión de relato que niega lo que padecieron, y por tanto lo que son, fue explorada en la magnífica 'Ararat' (2002), de Atom Egoyan).
Matar para recuperar la vida de un pueblo, su historia y su sufrimiento, porque sino son muertos en vida, como así se siente Anahit (Razane Jammal), la mujer que no quiere crear vinculo con el hombre que ama, Aram, porque está entregada a su misión de realizar atentados mortales para que se escuche con el estrépito de los disparos y las bombas que existen y que su sufrimiento pretérito se reconozca, que fueron negados y desposeidos. Pero Aram no sólo enfoca en ese propósito que niega las otras vidas, los otros escenarios, que son ignorantes del suyo, como el de Gilles (Gregoire Leprince-Ringuet), el chico que queda malherido por la bomba que hace explosionar Aram, cuando atentan contra el embajador turco en Francia. Gilles ignoraba incluso que existieran los armenios. Dos direcciones se alternan, hasta que coincidan, la progresiva asunción por parte de Aram de que no puede ser indiscriminado el grito de protesta que hace estallar a cualquier con su furia despechada que ofusca y contamina la justa indignación reivindicativa, y la conversión de despecho en comprensión por parte de Gilles, cuando se esfuerce en comprender las motivaciones de aquellos que hicieron estallar las bombas que dejaron sus piernas malheridas. Entremedias, como intersección, la madre que añora a su hijo pero se averguenza de su acto. Su aproximación, sostenida en la repulsa, invita a la comprensión del otro. La víctima se aloja en el espacio que ocupó el hijo que esta ausente para comprender donde se gestó ese escenario que ignoraba que existía y que, por absurdo azar, coincidió con su vida cuando pedaleaba con su bicicleta tarareando una canción que quedó interrumpida, como el curso natural de su vida, por una explosión. Miradas ciegas, miradas que desesperan, miradas que se interrogan, miradas comprensivas. Paradojas que más bien son contradicciones. Paradojas que abren umbrales en vez de heridas: La cordura intentando abrirse paso en una historia de locos.
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