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domingo, 2 de julio de 2017
Lo mejor del segundo trimestre del 2017
10. Stefan Zweig: Adiós a Europa, Maria Schrader
9. Las películas de mi vida, Bertrand Tavernier
8. La vida de Anna, de Nino Basilia
7. El rey de los belgas, Peter Brosens y Jessica Woodworth
6. Rosalie Blum, de Julen Rappeneau
5. Norman, el hombre que lo conseguía todo, Joseph Cedar
4. Los demonios, de Philippe Lesage
3. Lady Macbeth, de William Oldroyd
2. Bajo el sol, de Dalibor Matanic y (abajo) 1. Personal shopper, de Olivier Assayas.
Fantasmas. Cuerpos que no encuentran su lugar, que no consiguen conectar, que se sienten desclasados, fuera de lugar. Exploradores de espacios que quizá no existan, aunque quizá lo fundamental sea la actitud el propósito que evidencian las faltas de la configuración de un supuesto orden, de una estructura de sociedad, de sentido. La ciudad perdida de Z es como la entidad que no sabes si es sobrenatural o real, si eres tú mismo o es la realidad afuera, esa realidad de ventas y compras, de pantallas e intercambios difusos (Personal shopper).
Soledades. Cómo conectar, cómo sentir junto a otro, seres en el tiempo que nos enfrentamos con los abismos de nuestro pasado, de nuestro incierto futuro o movedizo presente (Rosalie Blum). Cómo nos confrontamos con la decepción, con el contraste entre lo que soñamos y lo que fuimos (Wilson, Colossal). Cómo nos construimos, cómo nos definimos, quiénes somos en el proceso de formación, cómo nos confrontamos con la multiplicidad de emociones, impulsos, deseos, instintos, cómo nos configuramos como adultos, cómo realmente se relacionan los adultos (¿la formación en qué forma derivó?¿cómo se logra lidiar o encauzar con los demonios?). (Los demonios, La chica dormida)
Rivalidades. Los enfrentamientos entre colectivos. Qué es Europa,, qué es el otro, cómo nos relacionamos con los otros, como construcciones identitarias (genéricas, étnicas...sea de otra nacionalidad, religión, género sexual, raza...), máscaras que se injertan, y disgregan y separan: las rivalidades, la ignorancia de cómo es aquella otra cultura. La imperiosa tendencia humana a la destrucción, y a la estigmatización. La brutalidad de su naturaleza básica: El monstruo del impulso a hacer daño. La sublevación de quien sufrió el estigma, la utilización de los mismos recursos: todo depende de la posición. Y ¿Cómo afrontar el daño, la pérdida, por qué la necesidad de la retribución, el victimismo que se convierte en agresión? (Bajo el sol, El rey de los belgas, Stefan Zweig: Adiós a Europa, Déjame salir, Lady Macbeth, Life, Una historia de venganza).
Funciones. El ser humano convertido en agente, en ejecutor de procedimientos, intermediario o estratega, la realidad como escenario de cálculo y conveniencias, alianzas y trámites, pulsos y partidas. Seres en medio sin vida íntima que transitan en un escenario virtual, intangible, como el universo escurridizo de las finanzas que nos domina como dictadura. Mientras, entre las ruinas de lo real forcejean quienes boquean para poder sobrevivir porque se arrastran entre míseros empleos con los que mal sobreviven, sin lograr encontrar la salida, aunque por desesperación piensen que puede estar en otro escenario geográfico, otro país, otro continente (Miss Sloane, Norman, el hombre que lo conseguia todo y La vida de Anna).
Mejor interpretación masculina: Michael Fassbender (Alien:covenant). Joseph Hader (Stefan Zweig: Adiós a Europa). Woody Harrelson (Wilson). Edouard Tremblay Granier (Los demonios). Arnold Schwarzenneger (Una historia de venganza)
Mejor interpretación femenina: Kirsten Stewart (Personal shopper). Ekaterina Demetradze (La vida de Anna). Jessica Chastain (Miss Sloane). Tihana Lazovic (Bajo el sol). Florence Pugh (Lady Macbeth).
Mejor dirección fotográfica: La ciudad perdida de Z (Darius Khondji). Lady Macbeth (Ari Wegner). Una historia de venganza (Pieter Vermeer). La chica dormida (Andrew Commis). Colossal (Eric Kress)
Mejor banda sonora: Miss Sloane (Max Richter). Una historia de venganza (Mark D Todd). Déjame salir (Michael Abels). La ciudad perdida de Z (Christopher Spelman). Life (Jon Ekstrand).
Mejor guión: Norman, el hombre que lo conseguía todo (Joseph Cedar). Personal shopper (Olivier Assayas). Rosalie Blum (Julen Rappeneau). Stefan Zweig: Adiós a Europa (Maria Schrader, Jan Schomburg). Lady Macbeth (Alice Birch).
Mejor edición: Personal shopper. Lady Macbeth. Bajo el sol. Los demonios. Norman, el hombre que lo conseguía todo.
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jueves, 4 de mayo de 2017
Los demonios
La niñez, un cuerpo en formación, una mirada en formación. El primer plano de la excelente producción canadiense 'Los demonios' (Les demons, 2016), opera prima de Philippe Lesage, es un plano de la parte alta de la espalda de una niña de diez años, en proceso de contorsión. Está realizando unos ejercicios junto a otros niños de su clase, entre ellos, el protagonista, Felix (Eduard Tremblay-Grenier). Es un plano que anuncia la condición tan abstracta como física de la narración. Los procesos de formación también son de contorsión, y pueden derivar en distorsión, miradas distorsionadas, turbias, o relaciones distorsionadas, turbias. Las primeras secuencias se modulan a través de la mirada de Felix, como lo será durante el desarrollo de la narración hasta que se produce un desvío de perspectiva, como una fisura en la corriente de superficies engañosas, que revela la distorsión, la mirada enturbiada, extraviada, componente de un paisaje en el que no parece pasar nada, en el que no parece diferenciarse demasiado del resto de episodios que jalonan la narración, que parecen sólo disponer de un hilo que los une, la mirada interrogante, exploradora, pero también sugestionable, idealizadora, mimética, de Felix, que intenta comprender cómo encajan las distintas piezas, cómo la madre de su mejor amigo prefiere realizar desnuda la limpieza de su hogar, cómo la profesora actúa de modo inflexible cuando impide que una compañera te deje un lápiz para dibujar porque te has olvidado del propio, cómo tu mejor amigo puede elegirte el último cuando se seleccionan los integrantes de los dos equipos para un partido en el recreo, o cómo tus padres pueden en pocas horas pasar de sonreírse con aparente complicidad a gritarse e incluso querer pegarse.
En esas primeras secuencias Felix observa el mundo adulto, la relación de su padre con la madre de su mejor amigo, las variaciones de las relaciones entre sus padres, con que facilidad se desvelan los reproches y las tensiones que permanecían agazapadas tras las sonrientes apariencias, y aún más, cómo una discusión acerada entre ambos no parece que determine una fisura irreversible, sino que se encaja como si no hubiera pasado nada relevante. Felix desprecia a otro niño, al que empuja de malas maneras, o luego junto a su amigo, encierra, brevemente, en las taquillas de la piscina, pero comparte un juego sexual en el que el otro niño adopta el rol de mujer. Felix está formando, definiendo. Por eso el 'pero' más bien es un 'y'. Del mismo modo, está fascinado con su profesora, a la que contempla como un ser sobrenatural al que siente que ama. Para él aún los nombres son figuras difusas, homosexual o heterosexual, deseo y amor. Tantea, explora, se deja llevar. La realidad es un espacio extraño, una línea de puntos aún no perfilada. La narración adopta el curso de la deriva en la que parece que se varía de dirección constantemente como si aún no hubiera establecida una singladura concreta. Su relación es armoniosa con sus hermanos, con los que le une un firme vínculo de complicidad. Los miedos le subyugan y sugestionan, sean unos vecinos a los que califican como siniestros o cuando cree ver al fantasma del niño cuya desaparición se denuncia en la televisión, porque se supone que el mismo miedo invoca.
La citada ruptura de perspectiva introduce la interrogante inquietante sobre qué fina línea separa la formación de la distorsión (entremedias, la contorsión que quedó atascada). No es una ruptura expresiva en la narración, los sufrimientos no se diferencian. Un fuera de campo insinúa una tentación, y otro la destrucción del cuerpo que niega la satisfacción. En correspondencia con una realidad y un entorno que parecen dominados por la luminosidad, parece que se arrinconan las turbiedades e insatisfacciones (como Felix se esconde en el armario cuando le superan sus miedos). Unos movimientos de cámara, como si rebotaran, en un piscina insinúan que hay realidades, emociones, relaciones, atrapadas en un bucle que les atenaza. Un niño intenta perfilar su mirada, su forma de sentir, en una realidad que intenta comprender, a través del modelo o reflejo de lo adultos. Sus sensaciones no distinguen, se expresan, pero también, en la perplejidad con que le cuesta encajarlas por las reacciones del entorno, se evidencia la falta de real orientación, como cuando le atemorizan las aseveraciones, de otra niña, en el colegio sobre qué puede provocar la infección del sida. ¿Qué hacer con el cuerpo, qué hacer con las emociones? ¿Por qué a ese niño le maltrata y luego le plantea ese juego sexual? ¿Cómo encaja que también sienta amar a su profesora?
Los demonios surgen de esa carencia de orientación de unos adultos, que parecen simplemente ensimismados en sus particulares conflictos. Por eso la falta de guía en la multiplicidad y en la diversidad de deseos y emociones que no sabe de compartimentos estancos puede derivar en el cortocircuito, en el extravío en los reflejos, como un laberinto cuya salida parece conducir a la oscuridad, a las turbulencias que se ocultan en los fueros de campos, o que se entierran, porque a veces resulta imposible convivir cuando derivan en la tortura de los remordimientos. La narración fluye, mientras se empantana la atmósfera en su recovecos. Cuando estos brotan, como una cadáver en proceso de descomposición, parece que nada varía, como si se siguiera buscando el tesoro que nunca se encuentra. Pero ya se sabe que el saludo del bombero en el inicio de 'Terciopelo azul' (1985), de David Lynch, era la sonrisa protésica que disimulaba las inmundicias y las turbulencias bajo la pantalla de una realidad cuadriculada, como un jardín bien regado, o una piscina en la que todos piensan que están protegidos por el socorrista. Pero nadie sabe realmente cómo siente.
Son muy puntuales las secuencias en las que se utiliza la música. Destaca el uso de 'Finlandia, op. 26', de Jean Sibelius en la introducción de la película.
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