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lunes, 5 de octubre de 2015

Presentación jueves 8 Fantasmas y reflejos del cine del siglo XXI

Este jueves 8 a las 8 se presentará mi libro 'Fantasmas y reflejos del cine del siglo XXI', acompañado de Israel Paredes y Carlos Tejeda. Lugar: Madrid On Estudios (Paseo Reina Cristina, 22B) Metro Atocha Renfe o Menendez Pelayo.
“El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado íntegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas, sin haber penetrado en el misterio de las mismas puertas que él ha condenado”. (Solaris, Stanislaw Lem). 'A veces los reflejos tienen más presencia que el objeto que se refleja', se dice en Los límites del control (2008), de Jim Jarmusch.

domingo, 13 de octubre de 2013

Un lac

 photo OIR_resizeraspx2_zps2b9ebb6a.jpg Hay películas que se desprenden de la trama, hay películas que son cuerpo, materia, una partitura de gestos. Hay películas que son un lago, la caricia de la piel de un caballo, un hacha hendiendo un tronco, el sonido de un caudal de agua o el de la nieve estrujada por unos pasos. Hay películas que son proximidad, que nos recuerdan y recuperan como presencias. 'Un lac' (2008), de Philippe Grandrieux es todas esas películas. Sus primeros planos parecen arrollarnos, como esa intensa banda sonora de agua que fluye torrencial, pero lo que hace es raptarnos, envolvernos, constituirnos en ojos que son yemas de dedos, en agua de narración. Cuando su sonido comienza a desvanecerse, sabemos que el telón va a caer. Hay diálogos, escasos, pero perdura la sensación de que fuera una película no hablada, como si nos hubiéramos entregado a los poros de la naturaleza, a los deseos y a las emociones que palpitan y forcejean en los rostros, en los cuerpos, de los personajes que habitan el encuadre, que conviven en ese entorno helado, un innominado paraje helado.  photo 6_zpsff8cbee9.jpg  photo OIR_resizeraspx24_zpseb51afeb.jpg Pero en la naturaleza también hay desenfoques. Los que surgen del atropellado aliento de los deseos y los sentimientos. Esa agitación, esa convulsión, que intenta convertirse en canto. Los cuerpos buscan armonizarse, conciliarse, en la odisea de la proximidad. Inmerso en la naturaleza eres también nieve, eres el vaho de tu respiración, eres la mirada de un caballo, su trote, eres el agua helada que fluye, y que puede hacerse hielo, o que quisiera dejar de ser materia congelada, y volver a ser líquida. Tiemblas, porque buscas darte voz, buscas sentirte en otro cuerpo, la culminación de la proximidad. Las correspondencias tienen su particular partitura, y tu deseo se puede convertir en música desafinada, en una convulsión que se extravía en su gesto. Los deseos no establecen límites, como la naturaleza no construye embalses, fluye.  photo OIR_resizeraspx5_zps4baa919f.jpg  photo 7cdc746dc1f945a3af88991b2362374956_zps7abb2006.jpg  photo OIR_resizeraspx_zpsdcce4b4b.jpg Son ciertas normas, ciertas pautas, las que establecen presas, las que delimitan la proyección de los deseos y de las emociones. Porque puedes desear a tu hermana. Intentas recordarte que lo es, como una señal de tráfico, pero el deseo es un fuego que te incendia, como a tu hermana, a su vez, la presencia de un recién llegado, con quien desnuda su deseo entre cascadas y musgo que parecieran, en ese momento, parte de su piel entrelazada. Y tu deseo se desenfoca porque no encajas la interferencia, la sustracción de un sueño aunque permaneciera suspenso, un sueño preservado en el hielo. Tus manos sentían los poros de la piel de caballo, se sumergía en la negrura de su ojo, se entregaba a la cabalgada, como si fuera a una carcajada; un ritual, una ceremonia, sus ojos en ti, su presencia junto a ti, el incendio junto al hielo. Eres caballo, materia, eres nieve, eres tronco, eres lago. Pero el hacha se hiende en el tronco de tu mirada. Su piel se aleja, con aquella otra mirada, con aquel otro cuerpo, ya distancia, ya un sueño desvanecido, fuera de foco. En otro lago.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Anna Mouglalis & Josh T Pearson - Smell my scent (La vie nouvelle)

Otra conexión con el cine de David Lynch: El uso de las canciones, la música en sí misma, su inclusión, o irrupción, en la narración, como un excurso, como otra deriva, como otra fisura. Las canciones que interpreta Julee Cruise encuentran su equivalencia en esta canción que interpreta Anna Moglalis, con Josh T Pearson a la guitarra, 'Smell my scent', en 'La vie nouvelle' (2002), de Philippe Grandrieux

La vie nouvelle

Carreteras, intemperies, periferias perdidas. Cabezas, mentes, perdidas, emociones que gritan su impotencia, su desesperación, cuerpos que se agreden, muerden, maltratan, dañan. La vie nouvelle (2002), la segunda obra de Philippe Grandrieux, transita, explora, las sendas del cine de David Lynch. Desenfoques, turbulencias. Oscuridad, ruinas, vidas, emociones, abandonadas, derruidas, ultrajadas. La vida nueva no es sino la vida que se arrastraba en el limo en los primeros tiempos, instintos desatados, cuerpos incendiados, emociones torpes, malformadas, vaciadas, o inexistentes, como un emponzoñado grado cero: la letanía turbulenta de las vísceras, el ruido de fondo. No hay relato, sino su despedazamiento, su desintegración, las supuraciones de una desaparición, de una imposibilidad, de una destrucción. Nadie puede ser enteramente de otro, pero sí puede ser destruido. Sino, el grito.  En el inicio, un temblor, un silencio que es pesadumbre. Desenfoques, figuras en un páramo nocturno, abstracción, la trama disuelta, como en un sueño resacoso, entre arcadas. Bulgaria, el tráfico de prostitutas. Casi no hay diálogos, no hay emociones articuladas, sino cegadas, ultrajadas por el ruido de fondo: El sonido, la música, el diseño sonoro, envuelve, arrastra, en una atmósfera que nos transporta a otra dimensión, a una realidad desenfocada, agrietada. Un joven estadounidense (Zachary Knigton) se obsesiona con una prostituta, Melania (Anna Mouglalis). Persigue un sueño, un sueño que se hace necesidad, una necesidad que le apresa como un garfio. Hace el amor con ella como si se dejara llevar por una tormenta, de modo apresurado, torpe, impetuoso. El siguiente cliente de Melania en cambio se lo tomará con calma, un meticuloso proceso de humillación, de degradación, de violencia. El ansia de emociones elevadas ofusca, como un desenfoque que convierte en una figura torpe, como una figura en un cuadro de Bacon que solloza porque no logra convertirse del todo en figura, extraviada en su condición de esbozo.
  La pulsión de dominio, de emborronar al otro, de anularle, de convertir al otro en una mueca desfigurada de terror y desesperación satisface la masturbación de un yo ensimismado en su putrefacción, en una imposibilidad que nunca asimilará, aceptará, sino que convertirá en desprecio a quien puede evidenciarlo, el cuerpo deseado. Hay que destruir, humillar, a lo que te puede revelar, a quien puede hacerte sentir, que no eres nada. En el cine de Lynch la cámara penetra en hendiduras, agujeros. En La vie nouvelle, tras esas dos sesiones, dualidad que es escisión que deriva en herida y cicatriz imposible, la cámara encuadra la ventana de un pasillo del hotel. La cámara se desplaza, hasta que el encuadre lo ocupa el paisaje más allá de la ventana, el mar de cemento, de edificios indistinguibles, de sórdido gris, como una masa informe. Un infierno árido. La realidad hostil, pétrea. El sueño de la medusa, la emoción paralizada.  
  La vie nouevelle es un musical, un musical de carne convulsa, es un trance en el que hay que dejarse arrastrar, sacudir, por una narrativa que se disloca, que se ensucia, que te abofetea, una abstracción que sangra, cuerpos que se atropellan. Los cuerpos bailan como si fueran borrándose. Porque se niegan, porque no saben afirmar, como también reflejaba (ante un espejo, además) el baile final de Denis Lavant en Beau travail (1999), de Claire Denis. En una discoteca, como aquí: Vemos como Melania deriva de una expresión ausente, de unos movimientos exánimes, a un cuerpo que es una refriega de emociones, de gritos que nadie escucha. Queda el negativo, la destrucción del sueño, cuerpos indistinguibles en negativo, un grito, una garganta que parece un rostro, carne, sólo carne. La carne que se pierde cuando quiere convertirse en sueño sublime, porque no se sabe cómo articularlo. O no se pretende. Cuerpos degradados, convertidos en mercancía, en pantalla sucia, en reflejo tembloroso de una incapacidad. Mordiscos, instintos, emociones arrastrándose en el fango. Desenfoques, mentes extraviadas, turbulencias, emociones seccionadas. Oscuridad.