Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Stephane Lafleur. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stephane Lafleur. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de diciembre de 2015

12 películas que deberían haberse estrenado en el 2015.

Antes de realizar cualquier lista que destaque lo que se considera mejor, o las preferencias, entre lo estrenado este año, hay que realizar una en la que se destaquen las grandes obras que no se han estrenado, o se siguen sin estrenar. Las magníficas películas que seleccioné el año pasado por estas fechas siguen sin estrenarse en pantallas comerciales. En la lista de este año abundan las producciones que son de hace un año o dos, pero hay algunas de hace cuatro, o hasta seis. También puedo decir, como lo hice el año pasado con respecto a 'Museum hours', de Jem Cohen, u 'Hotel Mekong', de Apichatpong Weerasethakul, que en esta lista también hay obras que considero entre lo más sobresaliente de este siglo (y cuando digo sobresaliente, quiero decir entre las diez obras que más me han conmocionado o asombrado), caso de las obras de Ramon Zurcher y Anocha Suwichakornpong. También suscribiría lo escrito el año pasado. No varía demasiado: Obras que nos incitan a mirarnos desde otros ángulos, como una mirada que nos sorprende por la espalda, y que nos hace advertir perspectivas que no habíamos contemplado. Representan, en su mayor parte, ese cine inmersivo que me fascina y cautiva, y que me parece el principal rasgo caracterizador del cine de este siglo, su avance más singular: su progresiva fusión con la música. En el principio del cine, predominaba su vinculación con el lenguaje teatral, después con la narración del relato novelado decimonónico, donde era dificil percibir en primera instancia las fisuras. Y cada vez más, con insignes exploradores previos en los sesenta, como Resnais o Delvaux, la narración se despliega como música, las fisuras se evidencian, la atmósfera deja la huella del vaho en el cristal, sobre el que nuestra mirada dibuja tenues trazos. Aún se hacen obras espléndidas que recuperan la sabiduría e ingenio de la puesta en escena del calificado como cine clásico, caso de 'El puente de los espías', de Steven Spielberg. Estas obras, en cambio, transitan otros senderos, más deshilachados en apariencia, porque no es la trama, en su concepción de la novela decimonónica, el aspecto gravitatorio fundamental. Suponen otro desafío. Te hacen sentir la intemperie, y los dedos de la mirada torpemente intentan perfilar la cartografía de esos territorios desconocidos en los que los recovecos, las sombras, lo que se escurre entre los planos o fuera de los encuadres, se despliega como este universo en el que habitamos pero rara vez logramos mirar de frente.
1. Tu dors Nicole (2014), de Stephane Lefleur. Tercer largometraje de ficción de Stephane Lafleur. Se lo dice en una de las secuencias finales la madre del niño que cuida. Un niño de diez años, Martin (Godefroy Reding), cuya voz es la de un adulto (Alexis Lefevbre). Nicole no sabe aún con certeza cuál es su voz. Nicole tiene 22 años pero parece habitar una edad indefinida en una realidad indefinida que parece fuera del tiempo, del mismo modo que sus padres están fuera, de viaje. Es un espacio aparte, un espacio de ensueño, en blanco y negro porque aún no sabe cómo combinar la gama de colores en su realidad, en ese tiempo entre medias que es un verano, en el que aún parece que se puede desparramar como si fuera una niña, junto a su amiga Veronique (Catherine St Laurent), y perder el tiempo, y luego buscarlo, o dejarse precipitar en su mullida abstracción mientras no se hace nada y te preguntas qué hacer.
2. 'Mary is happy, Mary is happy' (2013), de Nawapol Thamrongrattanarit. Mary porta siempre el mismo vestuario, parece un uniforme, pero más bien equivale al traje de un astronauta, porque la realidad es extraña, y desconcertante, y cuesta enfocarla, y orientarse para trazar un mapa preciso. Sobre todo, lograr que se esté quieta, y no sea tan inestable e imprevisible. El trayecto de esta extraordinaria obra es el que disloca la relación mediatizada con la realidad y concluye con la irrupción irremisible, e incontrolable, de lo real, de la naturaleza, como un bosque que irrumpe delante de la casa donde creciste cuando entonces, cuando eras una niña, no existía. Esa mediatización de la mirada se evidencia en el uso narrativo de los mensajes del twitter. 401 mensajes vertebran la narración.
3. 'Kumiko, the treasure hunter' (2014), de David Zellner. ¿Y si sólo nos quedaran las historias?. Persigues una ilusión porque aún te resistes a convertirte en un espectro en vida. En la pantalla en blanco de la imaginación los sueños son fortuna, aunque en la realidad esa pantalla se convierta en el lienzo de un paisaje nevado en el que te desvaneces como un fantasma errante en un país extranjero, aunque ya vivías exiliada, aunque ya no vivías. Esta espléndida obra está inspirada en la versión distorsionada de la muerte de Takako Konishi en el 2001, cuyo cadáver se encontró en la nieve en Detroit Lakes, Minnesota. Takako se había suicidado, con una sobredosis de alcohol y otras sustancias tóxicas. Pero los medios convirtieron su muerte en un relato extravagante, propiciado por un malentendido en la conversación con un policía. Según los medios, Takako buscaba el dinero escondido en la nieve por el personaje de Steve Buscemi en 'Fargo' (1995), de Hermanos Coen.
4. '36'(2013), de Nawapol Thamrongrattanarit Parece que algo, un edificio, un cuerpo, existe, si queda registrado como imagen. Si se conserva no se convierte en fantasma. El título de esta exquisita opera prima de poco más de una hora, '36' (2013), se refiere a los 36 planos estáticos de los que se compone esta escurridiza y liquida narración de fantasmas de amor y sueños entrevistos y odisea de una memoria que no quiere que el cuerpo soñado al menos no deje de ser imagen. 36 planos estáticos como fotografías, aunque los actores se salgan del encuadre, ilusión de permanencia que se ve vulnerada.
5.'El extraño gatito' (2013), de Ramon Zurcher. Hay miradas, las de los niños, que tantean la vida, miradas aún sin tiempo, miradas que comienzan a desenvolverse en la espesura. Y hay otras miradas en las que ya pesa la vida discurrida, miradas que parece espesura difícil de descifrar. Se percibe la agitación de las mareas. El fuera de campo de esas miradas parece abarrotado, y no parece poder nombrarse, o discernirse de modo definido. En esta prodigiosa producción alemana , abundan los planos dilatados sobre algún personaje, mientras en fuera de campo se escucha a otros. Instantes que puntúan el aislamiento,lo que no parece poder aflorar, o no se ha dejado aflorar, aunque se esté rodeado de otros, lo que ha quedado quizá enquistado en el interior, aquello que se soñó, aquello que se esperaba que fuera encuadre, y no fuera de campo.
6. 'En terrains connus (2011), de Stephane LaFleur. Si pierdes un brazo, la realidad ya no será un territorio familiar. Si no sabes arrancar la moto de nieve, y siempre tienes que pedir ayuda a tu padre, la realidad es un territorio familiar, demasiado familiar, que no funciona. El cineasta canadiense Stephane Lafleur tiene un gran talento para hacer cuerpo de la extrañeza. Es uno de esos cineastas que reconstituye la mirada, como si no hubiera sido mirada antes. Maryse (Fanny Mallette) es testigo de cómo un hombre pierde un brazo en la fabrica donde trabaja. Lo ve desde la distancia. Y ya mirará la realidad desde esa distancia que te hace sentir separada, desgajada, como si se hubiera roto la conexión, como si hubiera perdido un brazo en su interior. Mira su brazo como si percatara por primera vez de su presencia, como algo que podría perder. Contempla a su marido en su bicicleta con la que simula con la pantalla que le acompaña que corre una etapa del Tour, como si fuera de otra dimensión con la que no puede comunicarse. Sus lágrimas son signos que ni siquiera procura entender.
7. 'The myth of the american sleepover' (2010),de David Robert Mitchell. Como si la noche pudiera ser perpetua, el espacio proscrito, el espacio de los susurros, y las travesuras y transgresiones entre las sombras. En esas fiestas juegas, aún en el espacio difuso de las fantasías, compartes confidencias, juegas a truco o verdad, te sientes carne de adulto exponiéndote como si tus emociones tuvieran consistencia, sustancia, y juegas a quebrar límites en los que se pueden revelar lo que se quiere mantener oculto, lo que se supone que no conviene que sea de conocimiento ajeno. Eres un ser social realizando sus ensayos. Es el mito de las fiestas de pijamas americanas. Esa es la traducción del título original, en correspondencia con el mito de la juventud, capítulo previo a 'It follows' (2014), sobre la adolescencia y sus sombras, esa edad de transición, un movimiento que busca una dirección y un sentido, y se encuentra con desvíos, estaciones de paso y callejones sin salida.
8. 'Respire' (2014), de Melanie Laurent. ¿Por qué permitimos que los sentimientos nos asfixien?¿Por qué hacemos daño con la misma facilidad con la que respiramos, incluso a los que presuntamente amamos?. En esta excelente obra , la adolescente Charlie (Josephine Jaspy) no entiende por qué su madre, Vanessa (Isabelle Pasco), se pliega siempre a la voluntad de su padre, como si fuera el muñeco de un ventrílocuo que dependa de lo que el otro disponga o decida, permisiva con sus cambios de humor, y sus veleidades. Se queda devastada cuando él la abandona, pero se reclina receptiva, sumisa, cuando él retorna, aunque sea provisionalmente. Saca la lengua, y se deja acariciar. Charlie no lo entiende, lo cuestiona, pero no sabrá evitar que le ocurra lo mismo con su amiga Sarah (Lou de Laage). Lo que parece, en principio, una excepcional conexión íntima, de tal calibre que la ambigüedad se cierne sobre sobre sus afectos, se torna en una sucesión de humillaciones y crueldades.
9. 'Little accidents' (2014), de Sara Colangelo. Los accidentes ocurren cuando menos lo esperas. La vida se define por la imprevisto, por mucho que se intente establecer previsiones, y se intente enjaularla con el afán de control. No somos inmunes, sino vulnerables, siempre. La mina donde trabajas se puede hundir, un tropiezo puede provocar que te abras la cabeza con una roca, tu hijo puede desaparecer y pasan los días y no sabes qué ha podido sucederle, dónde está, si está vivo o muerto. Y la desesperación, el extravío de las emociones que se sienten sin centro, la pesadumbre, te quita la respiración. Esta excelente opera prima de Sara Colangelo hace cuerpo de esa desesperación con una narración opresiva que no se libera ni con el grito del dolor que rasga tus entrañas cuando muere un ser querido.
10. 'Mundo injusto' (Adikos Kosmos, 2011), de Filippos Tsitos. Parece el sueño de un taxidermista. Un mundo en el que hubieran dejado de dar cuerda a Monsieur Hulot. O quizá más bien un mundo al que han dejado dar cuerda porque desapareció del encuadre de la vida Monsieur Hulot. El mundo es un encuadre al que parecen haber extraído las caja de bombones o las casas de muñecas del cine de Wes Anderson. Quizá sea un maqueta, ya sea porque parece que hayan extraído la vida de esas calles en las que ya no se aprecia casi movimiento de gente. Las elipsis parecen absorber los gestos cansados de quienes ya no sienten su vida, que debieron dejar atrás en alguna parada lejana de una línea de autobús que no recuerdan. Los encuadres destacan por su medida simetría, reflejo de una falta de simetría en unas vidas desmoronadas, de pintura descascarillada. No dejan de caerse, pero siguen levantándose.
11. 'Algo debe romperse' (2014), de Ester Martin Bergsmark. Producción sueca dirigida de una cineasta que hasta ahora había realizado documentales. Es un obra que hace cuerpo de esa sensación de no sentirse parte del aquí, de esa fractura, de esa dificultad de lograr establecer unos nexos. Una narración impresionista, deslizamiento de vibraciones, con fugas y detenciones, pausas y excursos que son trances a un mismo tiempo, un recorrido sinuoso que capta un estado de ánimo, unas sensaciones y unas emociones, el calado de las aproximaciones, la aspereza de los distanciamientos y la colisión con las miradas ajenas. 'Something must break' es la canción de Joy división de la que toma su título esta estimulante obra. “Dos caminos a elegir/ante el filo de una navaja/quédate atrás/o impúlsate adelante”son algunas de sus estrofas.
12. 'Mundane history' (2009), de Anocha Suwichakornpong. Anoche soñé que Terrence Malick era thailandés. Uno de los pasajes más deslumbrantes, y alumbradores ( y de paso controvertidos) que ha deparado el cine de este siglo es aquel excurso de 'El árbol de la vida' (2011) en la que la narración se despliega en el espacio y el tiempo, al son de la música de 'Lacrimosa' de Zbigniew Preisner, y cuyo momento culminante es la iluminadora confrontación entre los saurios a la orilla del río. Dos años antes, en otro cautivador despliegue en el espacio y el tiempo, acontece un excurso, más breve, en el que encuadre y travelling conjugan mirada y movimiento en el espacio de la galaxia sideral, un desplazamiento entre estrellas hacia un luminoso astro (al son de la música del grupo malasio Furniture). Desplazamiento, movimiento, en contraste con la parálisis física, y anímica, de uno de los dos protagonistas, Ake, inmovilizado a causa de un accidente. Ese excurso acontece tras que le señalen que su padre sufre también cómo él por su condición inmovilizada. Su mirada, su consciencia, se abre hacia al otro, su ensimismamiento en su desgracia se hace consciencia de la alteridad, de la mirada de los otros.

jueves, 20 de agosto de 2015

Continental, un film sans fusil

Un día decides dejar de realizar el mismo recorrido. Decides que no quieres que tu vida sea circular en la misma línea de autobús día tras días. Decides que no quieres realizar las mismas acciones, decides que no quieres detenerte en las mismas paradas. Y te sumerges en la oscuridad, y desapareces. No eras mientras eras algo, ahora eres porque ya no eres. Nada es seguro, para qué seguir engañándose. La oscuridad siempre estaba ahí aunque no quisiera verla. Incluso en el propio interior, en la propia mirada. En la secuencia inicial de la excelente 'Continental, un film sans fusil' (2007), opera prima del cineasta canadiense Stephane Lafleur, un hombre desciende del autobús detenido en mitad de la noche y se interna en la oscuridad del bosque, y ya se convierte en una foto borrosa en los carteles que indican su desaparición, por si alguien le viera. Aunque, ¿quién ve a quién? El relato se alterna a través de cuatro perspectivas, cuatro bailarines solitarios, como un cuerpo que se hubiera descosido, la esposa, Lucette (Marie Ginette Guay), el hombre que ocupa su puesto de agente de seguros, Louis (Real Bossé), la recepcionista del hotel en el que se aloja Louis, Chantal (Fanny Mallette), y el hombre que arreglará el casette de esta cuando se estropee, Marcel (Gilbert Sicotte), quien a su vez es paciente del socio dentista de Lucette.
Emociones a la deriva, que sienten como tiemblan los raíles sobre los que se sostienen sus frágiles líneas de vida. Lucette asiste a clases de baile, pero ha perdido el paso porque no entiende por qué ha desaparecido su esposo, si no había una razón visible, por lo menos para ella. De repente, ocurre, y cambia todo el escenario, y quien estaba a tu lado durante años ya no está porque revela que no estaba del todo contigo, había algo en él que no habías advertido. Y sus objetos, sus prendas, permanecen, y son lazo con el pasado, con el recuerdo, pero también agujero negro porque impiden mirar hacia el futuro. Louis parece el pasado del desaparecido, el que un día quizá desaparezca como él, el que realiza su trabajo como un autómata, mientras la insatisfacción se va propagando en su interior como un tumor. Intenta persuadir a sus clientes de que encontrarán la paz de espíritu si deciden contratar el seguro pero se percibe que su vida se está desintegrando lentamente. Las conversaciones telefónicas con su esposa delatan una distancia, una crispación que se ha ido sedimentando pero no ha explotado; cuando su esposa le pregunta si está con alguien, él alza el teléfono para que escuche el silencio; aunque en la habitación de al lado no deja de oír cada noche los forcejeos amorosos de una pareja que, más adelante, para su sorpresa le planteará si le apetece mirar mientras lo hacen. También Chantal se ha fijado en él, como si fuera esa figura que pueda hacer sentir que la vida palpita con un acontecimiento, en vez de sentir que eres alguien que esperas, y esperas. Y esperas aparecer.
Pero Louis parece más bien una figura entumecida que se difumina en la distancia porque también siente que todo es lo mismo, la misma línea, las mismas palabras, las mismas puertas que se cierran ante él, ancianos que necesitan de oxígeno para respirar a los que intenta vender un seguro, cuando a él falta el aíre porque va perdiendo la motivación. Y Marcel es el futuro de lo que se va ya degradando, unas encías ya deterioradas, un silencio solitario que pesa en el hogar, un silencio de añoranzas de quien ya no está contigo pero desearía que estuvieras. Y se tiñe el pelo, pero la piel de la realidad no se puede teñir. Y de nuevo, vuelve a apostar, en las máquinas de juego, como si de ese modo intentara mantener la ilusión de que aún lo posible alienta en él, no una cuesta abajo en la que se irán sumando las pérdidas. A veces, quizá lo más apropiado sea desaparecer, en vez de seguir con la inercia del movimiento mecánico, como quien ya conduce en círculos sin saberlo, y pierde conexión. En otras, cuando menos lo esperas, apareces, o reapareces, porque sabes conectar, o reconectar de nuevo, y sientes que hay dirección, y a tu lado quizá haya alguien que te hace sentir que los viajes reales son los que realizas dentro de tí a través de alguien. A veces, ocurre.

jueves, 6 de agosto de 2015

En terrains connus

Si pierdes un brazo, la realidad ya no será un territorio familiar. Si no sabes arrancar la moto de nieve, y siempre tienes que pedir ayuda a tu padre, la realidad es un territorio familiar, demasiado familiar, que no funciona. El cineasta canadiense Stephane Lafleur tiene un gran talento para hacer cuerpo de la extrañeza. Lo logra en su primera obra 'Continental, un film sans fusil' (2007), en su tercera y última obra, la admirable 'Tu dors Nicole' (2014) y lo consigue en la segunda, y también estupenda, 'En terrains connus (En territorios familiares, 2011). Es uno de esos cineastas que reconstituye la mirada, como si la realidad no hubiera sido mirada antes. Maryse (Fanny Mallette) es testigo de cómo un hombre pierde un brazo en la fabrica donde trabaja. Lo ve desde la distancia. Y ya mirará la realidad desde esa distancia que te hace sentir separada, desgajada, como si se hubiera roto la conexión, como si hubiera perdido un brazo en su interior. Mira su brazo como si percatara por primera vez de su presencia, como algo que podría perder. Contempla a su marido en su bicicleta con la que simula con la pantalla que le acompaña que corre una etapa del Tour, como si fuera de otra dimensión con la que no puede comunicarse. Sus lágrimas son signos que ni siquiera procura entender. Todo parece solucionarse, en este paisaje adormilado cubierto de nieve, con irse a tumbar un rato. En ese paisaje parece que tiene más vida el muñeco de elevada altura zarandeado por el viento. En la bolera aparta la espalda cuando él, en un gesto inercial, pone su mano sobre ella, aunque ni se percata de que ella rehuye el contacto.
Benoit (Francis La Haye), su hermano, busca en la nieve quizá algún tesoro con su maquina de detectar metales. Quizá intenta detectar vida, como cuando la usa sobre el cuerpo de su padre, otro ser de otra dimensión con el que no se entiende. No consigue arrancar la moto de nieve, pero su padre siempre lo logra. Quizá porque Benoit sigue desubicado, fuera de lugar, también ha debido perder un brazo en su interior, o no ha crecido como debiera. Detecta bajo la nieve un cochecito de juguete, y se lo regala al hijo de su amante, un niño que siempre le recibe como un perro que le gruñe. Hay cierto desajuste entre la realidad y él, y en cierta medida es como un niño que aún no ha logrado perfilarse como adulto, o amodorrarse como un adulto, sea en simuladores o abotargado en un sofá frente a la televisión.
Aparece alguien del futuro, no de un futuro lejano, sino el de la vuelta de la esquina, dentro de siete meses, y ese hombre que aparece de la nada, le avisa de que su hermana tendrá un accidente fatal si van a cierto lugar. Hay direcciones que no se tienen que tomar, aunque a veces sea difícil discernir qué dirección se quiere tomar, cuál es la adecuada, para qué seguir, por qué no detenerse, como esa grúa en el jardín de la que se quiere desembarazar Maryse pero sigue sin hacerlo. A veces, ya no deseas arrancar, ni simular, prefieres ondear el muñón de tu brazo porque te hace sentir que realmente estás vivo, que no quieres quedarte anestesiado, como un muñeco de nieve, en un territorio familiar, demasiado familiar. Necesitas accidentes para desentumecerte, para despertar. Quieres dar la vuelta campana y mirar desde otro ángulo, ese desde el que sientes cómo aún brota tu aliento.

domingo, 21 de junio de 2015

Tu dors Nicole

No hacer nada es todo un arte. Puede resultar placentero, puede resultar exasperante. Y la vida puede constituirse de muchos momentos de nada, tránsitos o estados de pausa. No hacer nada puede ser una grata elección o una condena. Como puede resultar complicado decidir qué hacer. Tanto que la mejor opción puede irse a un país que sino representa un universo opuesto al propio, al familiar, Canada, al menos sí es diferente, y lejano. Por lo menos, allí brota algo, los geiseres. Porque Nicole (Julianne Coté), tiene en la sensación de que en su vida no acaba de brotar nada, como si fuera una vida en un territorio intermedio entre la infancia y la vida adulta, y los territorios intermedios también se pueden confundir con los atascos. Nicole siente que está dormida en vida. 'Estás dormida Nicole' es la traducción del título de esta magnífica producción canadiense 'Tu dors Nicole' (2014), tercer largometraje de ficción de Stephane Lafleur. Se lo dice en una de las secuencias finales la madre del niño que cuida. Un niño de diez años, Martin (Godefroy Reding), cuya voz es la de un adulto (Alexis Lefevbre). Nicole no sabe aún con certeza cuál es su voz. Nicole tiene 22 años pero parece habitar una edad indefinida en una realidad indefinida que parece fuera del tiempo, del mismo modo que sus padres están fuera, de viaje. Es un espacio aparte, un espacio de ensueño, en blanco y negro porque aún no sabe cómo combinar la gama de colores en su realidad, en ese tiempo entre medias que es un verano, en el que aún parece que se puede desparramar como si fuera una niña, junto a su amiga Veronique (Catherine St Laurent), y perder el tiempo, y luego buscarlo, o dejarse precipitar en su mullida abstracción mientras no se hace nada y te preguntas qué hacer. Pero hay dedicaciones que antes resultaban divertidas y ya no.
Y en la noche despierta y también erra, y camina en la noche, o corre en la calle, o contempla a los vecinos que sacan a pasear a sus perros para que hagan sus deposiciones que luego recogen con aspiradoras, o bebe leche mientras observas a alguien dormir, alguien cuya presencia parece ayudar a despertarla porque le atrae. Le cuesta dormir, quizá porque se duermes con su vida.Sus días parecen cautivos de la repetición como los cientos de prendas colgadas de sus perchas en el almacén de donaciones en el que trabaja. Siente que flota, pero quiere brotar. Nicole se siente como un gran muñeco de peluche que lanzan a un rincón apartado. Porque su realidad parece apartada, por mucho que se desplace en su bicicleta, con cuyo candado no deja de tener dificultades para abrir, como su propia vida, que se le resiste. La realidad es una composición músical que se ensaya, pero no parece que aún se encuentre la conexión necesaria entre las diversas piezas, como le pasa a su exigente hermano, Remi (Marc Andre Gredon), quien siempre acaba insatisfecho con alguno de los componentes de su grupo que, exasperado, acaba marchándose. Y puede que pase con el nuevo batería, Amant (Pierre Luc Lafontaine), la nueva pieza en el entramado difuso de la vida de Nicole, la pieza que no sabe cómo encajar, porque quizá le atraiga, y más si hay alguna interferencia como su amiga Veronique.
Una silla es una silla, una mesa es una mesa y un batería es un batería. Hay que saber distinguir. Hay que empezar a diferenciar. En el principio, la secuencia inicial, Escucha el sonido de unas cascadas cuando despierta, pero no es una cascada real, sino un efecto sonoro, y es una habitación ajena, junto a otro cuerpo indiferenciado cuyos rasgos concretos no importan mucho con quien acaba de disfrutar del sexo. Resulta complicado encajar esas piezas. Entre lo ajeno, lo indiferenciado y lo irreal resulta complicado establecer cimientos. Y cuando comienza a escuchar una música que sí puede gustarle, y empezar a tocar su propio instrumento, la voz que empieza a encontrar en ese territorio indefinido de voces de adulto en cuerpos de niño y mujeres que dejan atrás al muñeco de peluche gigante que gustaba ser porque es un placer hacer nada en esos veranos en los que el tiempo parecía disponer de prorrogas, quizá se enfrente a las decepciones, y los despidos, y los cerrojos que no logran abrirse, y las amistades que se rompen, y los amores que no se cumplen. Pero quizá, también, empieza a sentir que, realmente, Islandia está dentro de ella. Y entonces, brota.