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miércoles, 8 de diciembre de 2021

Lem. Una vida que no es de este mundo (Impedimenta), de Wojciech Orliński

 

La fiebre del heno, publicada en 1976, una de las más sugerentes novelas del escritor polaco Stanislaw Lem, plantea cómo la cadena de sucesos de la vida puede estar tramada por la mera aleatoriedad pese a que intentemos inferir una trama de sentido, una velada causalidad. En la novela, se piensa que tras unos crímenes se puede rastrear una combinación de factores que desvelará una aviesa conspiración. Pero la película de la realidad es el ruido del proyector que chirría con meras casualidades. Durante la guerra, las personas morían sola y únicamente por elegir la calle equivocada al volver  a casa. Lem se había salvado del progromo de Leópolis porque justo cuando su grupo debía ser asesinado –igual que los anteriores-, los alemanes suspendieron la matanza. Simplemente, en el momento y lugar equivocado y estás muerto; la película de tu vida concluye, sin más. La experiencia del padecimiento de la guerra, como judío, fue capital en la vida de Stanislaw Lem. Pudo haber tomado una de esas calles equivocadas y ser uno de los miles de judíos que murieron. Wojciech Orlinski dedica los primeros pasajes su biografía, Lem. Una vida que no es de este mundo (Impedimenta), que enfoca como la historia tal como la conozco, no como lo que es, a aquellos años en los que intentaba sobreponerse a los horrores que contemplaba alrededor, en su ciudad de Leópolis, imaginando historias que acontecían en las estrellas, en la distancia que parecía inmune. La imaginación era una brecha, y era sublevación, configuraba otra realidad que era fuga y rèplica, una distancia que era refugio y reflejo (reflexión).Fue de los pocos judíos que sobrevivió a las continuas y sucesivas matanzas que se realizaron en su localidad. En septiembre de 1941 se creó el campo de trabajo, luego de exterminio, Janowska, en el que murieron doscientas mil personas. De nuevo, entre ellos, muy posiblemente, podría haber estado Lem si hubiera ido a parar al gueto y si los progromos le hubieran afectado. La <<gran acción judía>>, en el verano 1942, supuso la ejecución de decenas de miles de judíos. En febrero de 1943 había sido asesinada el 90% de la población judía. Lem logró hacerse con los <<papeles fuertes>>. Oficialmente estaba empleado como automechaniker y autoelectriker, aunque no dispusiera del necesario conocimiento, y consiguió documentos falsos que le calificaban como armenio.  Pero lo terrible no solo fueron las crueles aberraciones que realizaron los alemanes sino los propios colaboracionistas. Las preguntas sobre el exterminio y la responsabilidad moral de aquellos que participaron de forma involuntaria atormentaron a Lem durante toda su vida.

Solaris, una de sus grandes creaciones, publicada en 1959 era una obra sobre las segundas oportunidades, o la posibilidad de enmendar los errores que nos atormentan. Aunque durante su escritura le prestó demasiada atención al océano. No advirtió que en el centro de la historia debía estar la relación entre Kelvin y Hanrey, como sí sucede en los dos filmes, un acierto de estos. No sería muy benévolo con Andrei Tarkovski cuando este intento compartir su enfoque cinematográfico de la novela. Más bien poco receptivo, incluso hostil, y sin interés alguno en conocer la obra del cineasta ruso, que realizaría con Solaris (1972), otra de sus obras maestras. En cambio, si lo sería con Steven Soderbergh, cuando realizó, treinta años después, una muy sugerente nueva variación, pese a que también se desmarcara de la novela en aspectos sustanciales. En la obra palpitaba la confrontación con la inconsecuencia de las acciones del ser humano, su capacidad, por activa o pasiva, de infligir daño o de no ser sensible a lo que sienten o necesitan los demás (ese fenómeno que parece de ciencia ficción denominado empatía). Aquella enigmática materia oceánica estelar evidenciaba las inconsistencias emocionales del ser humano, sus quistes sebáceos, sus remordimientos, arrepentimientos y represiones. Probablemente, una fantástica posibilidad con la que soñaba durante los años en los que cada día temía por su vida en su ciudad natal. Aunque como pudo comprobar muchos seres humanos ni siquiera sienten remordimientos ni arrepentimiento. Quizá por eso fue uno de los pocos en advertir las vertientes negativas que podía disponer internet. No sólo facilitaba un acceso más rápido a la información o podía suponer una herramienta de agilización de los procesos de conocimiento entre las personas. Ya intuyó las numerosas arenas movedizas o marañas de ese avance tecnológico ya asentado en nuestras vidas, del cual se podía encontrar un antecedente en La nebulosa de Magallanes, publicada a principios de los cincuenta: La biblioteca de Triones <<almacena, sin excepción todas las creaciones del trabajo intelectual>> y cada ser humano puede usarla para comunicarse <<gracias a un simple artefacto de radiotelevisión>>. Esa capacidad de ver ese ángulo nada (auto)complaciente está enraizada en la mirada directa al abismo que anida en nosotros y que miró de frente durante la guerra, y al que sobrevivió. Por eso, dado lo que pudo contemplar, no podía sino disponer de reparos con respecto a los avances de la ciencia y tecnología: si a un mono se le da un ordenador, lo primero que hará será usarlo para golpear a otros monos. La ciencia y la tecnología no nos hace mejores personas: cuanto más potentes sean las herramientas que nos den, tanto más horrorosas serán las cosas que haremos con ellas.

Lem fue considerado un visionario. Orlinski considera que alcanzó la categoría de genio en 1956 con Diario de las estrellas. Y en 1964 <<el medievo robótico>> se convirtió en algo extraordinario en la ciencia ficción de todo el mundo. Pero también sufrió lo que pasó antes y sigue pasando con artistas o pensadores cuya obra tarda en reconocerse, incluso, mientras viven. ¿Para qué se escribe si parece que no suscita reflexiones, debates, transformaciones? Eso se preguntaba Lem  ¿Dónde estaba el fracaso? La mayor fama y riqueza se la habían traído libros que él mismo no respetaba (como Astronauta, por ejemplo). Lem estaba más orgulloso de sus libros posteriores, que <<no tienen críticas>> : Solaris, Summa technologiae y Memorias encontradas en  una bañera. En estos textos, Lem abordaba importantes temas psicológicos y culturales, pero nadie había querido discutirlos con él. ¿No sigue siendo tónica en el presente, manifiesto sobre todo en las redes sociales, en donde parece importar más dejar constancia del propio dictamen, o la delectación fetichista, que el planteamiento de reflexiones y dialécticas a partir de las obras estrenadas o publicadas? Por añadidura, hay que asumir otro ángulo: la resonancia de autores como Lem, pese a su notoriedad o reconocimiento, es reducida. Se aspira a escribir para toda una sociedad, pero suele ser para un limitado número de lectores. Su resonancia no es la de los deportistas o cantantes. La superficie de las pantallas en las que embriagarse y proyectarse como delegación de sueños. La dirección opuesta del influjo del océano de Solaris. Otro tipo de estrellas. Nuestras ficciones. Lem supo desnudar esas tramas y mirar de frente el esqueleto de lo real, la aleatoriedad y la arbitrariedad. Y nuestras inconsecuencias e inconsistencias. Lem de nuevo estuvo a punto de morir en 1976 por las irresponsables condiciones higiénicas durante su operación de próstata. Pudo haberle matado la mugre física como durante la guerra pudo haberle matado la mugre de la bestialidad humana. Sobrevivió en ambos casos. En otra de sus grandes obras, La investigación, publicada en 1957, se especula sobre la causa de unos intrigantes fenómenos. ¿Por qué, en diversos lugares, se encuentran cadáveres a metros de distancia de la morgue donde habían sido depositados? Lem no quedó satisfecho con su conclusión, y supuso una de sus más notables crisis. Quizá no fuera un defecto. Ni un reflejo de los riesgos de su proceso de escritura, ya que no contemplaba cuál sería el destino o la meta del curso narrativo, con el que se encontraba durante el mismo desarrollo. Quizá fuera una de sus más agudas intuiciones. A veces, no hay manera de encontrar la explicación a diversos fenómenos. Y no tiene por qué determinar desesperación o frustración, sino un incentivo para proseguir con el intento de esclarecer esa serie de territorios desconocidos de la que está constituida la vida y nuestro mismo comportamiento. El más sugerente desafío, como si aplicáramos en nuestra mirada y actitud al propio océano de Solaris.

domingo, 23 de mayo de 2021

El invencible (Impedimenta), de Stanislaw Lem

 

Beau Geste, de Percival C Wren, publicada en 1924, y adaptada al cine en 1939, dirigida por William A Wellman, dispone de uno de los más intrigantes inicios: un destacamento militar de la legión extranjera francesa, en el desierto africano, se encuentra con un siniestro decorado, un fortín en el que los cadáveres de los soldados están colocados en cada parapeto en posición de defender un ataque, a lo que se añade el desconcertante hecho de que dos cadáveres estén dispuestos de otra forma, uno de ellos, incluso, en una posición yacente como si se le hubiera dedicado una respetuosas exequias fúnebres. En Horizonte final (1997), de Paul W Anderson, la tripulación de la nave estelar Lewis & Clark se encuentra en el interior de la Event horizont, desparecida siete años antes en un agujero negro (que había creado artificialmente para realizar un salto en el tiempo), con un solo cadáver mutilado, sin ojos, flotando en el puente de mando. En ambos casos, ¿qué ha ocurrido? En El invencible (Impedimenta), de Stanislaw Lem, publicada originariamente en 1964, tres años después de Solaris, la nave estelar de guerra Invencible llega al planeta recién descubierto Regis III, con la intención de descubrir qué ha sido de otra nave de guerra con sus mismas características, El condor. Primero se encuentran con una configuración que no saben si son las ruinas de una ciudad o si son residuos de una maquinaria. Se enfrentan con lo ignoto, con aquello que resulta complicado identificar, o comparar con algo conocido. Lo que habían denominado ciudad en realidad no se parecía en lo más mínimo a los asentamientos de la Tierra. Oscuras moles de superficies erizadas como las púas de un cepillo, no semejantes a nada que hubieran visto ojos humanos, se erguían hundidas a una profundidad desconocida en las dunas móviles. Sus formas, que resultaban imposibles nombrar, alcanzaban varias plantas de alturas. No tenían ventanas ni puertas, ni siquiera paredes; unas parecían entretejidas redes onduladas en un sinfín de direcciones, muy tupidas, con nudosidades gruesas en lugar de junturas (…) la regularidad ajena a las formas vivas revelaba su presencia a través del caos de la destrucción.
Posteriormente, se encuentran con la nave Condor, o con una circunstancia tan desconcertante como enigmática y turbadora. El caos de los camarotes, las provisiones intactas, la posición y la distribución de los cadáveres, las instalaciones dañadas, todo eso significa algo, Pero ¿Por qué un cadáver, a diferencia del resto, está congelado? Las pesquisas no encuentran rastros que puedan determinar una explicación precisa, o indicar cuál pudo ser la causa que generó su destrucción. Ni siquiera resulta efectivo el <<auscultador de tumbas>>. Cuando alguien llevaba muerto poco tiempo o cuando el cuerpo no había llegado a descomponerse, debido a la baja temperatura, era posible <<escuchar el cerebro>>, o más bien la última manifestación de la conciencia. Pero no se puede escuchar nada en los cerebros de los muertos, como si hubiera sido incluso vaciado el rastro de su vivencia o experiencia. Solo piensan, o sienten, una certeza. Tiene que haber una amenaza al acecho. Algo o alguien provocó la muerte de todos ellos. Pero cuando comienzan a percibir su presencia, resulta complicado discernir o comprender qué es, cuál es su constitución o naturaleza, y cuál su propósito (¿funcionan por intención o reacción? Y otra cuestión. ¿Sienten que hay una amenaza porque no entienden qué ha pasado? Por tanto, ¿esa manifestación que les resulta incomprensible es realmente una amenaza?
En La investigación Lem se interrogaba sobre la causalidad. O planteaba cómo puede haber fenómenos cuya causa quizá no logremos comprender. Su misterio será irresoluble por nuestros propios límites. En La fiebre del heno se interrogaba sobre la aleatoriedad o azar, o cómo la más sorprendente combinación de hechos o elementos puede dar como resultado una serie de hechos con respecto a los que quizá, por esa repetición, pensábamos que debían responder al plan o propósito de alguien. En Solaris indagaba en los espacios que no exploramos en nosotros mismos, espacios emocionales con los que nos confrontamos, los espacios de los remordimientos, arrepentimientos o la no asunción de la pérdida o de los sueños truncados, agujeros negros en nuestro firmamento interior que preferimos no explorar y en cambio mantener arrinconados como estrellas muertas por miedo, vergüenza u orgullo. En El invencible explora la dirección opuesta, la relación con el exterior, con los territorios desconocidos, con la Otredad o lo diferente, o cómo el afán de conquista o apropiación y dominio se superpone sobre la comprensión, la interrogante y la asunción de lo que no es como nosotros, sino diferente, y quizá de una manera que no logremos siquiera comprender (y que por esa diferencia quizá consideremos una amenaza). Establecemos límites (incluso en nosotros mismos, como cercados o sombreados emocionales convenientes) o no asumimos nuestros propios límites (de conocimiento) o queremos imponer nuestros límites a otros.  ¿Cuántos fenómenos así, extraordinarios y ajenos al entendimiento humano, puede ocultar el Universo?¿Acaso tenemos que llegar a todas partes con una gran potencia destructora a bordo de nuestras naves para aplastar todo lo que contradice nuestra forma de ver las cosas?. Por algo la nave se llama invencible. Pero un personaje se pregunta si su actitud es la adecuada, si ese planeta no es más bien un territorio desconocido que a lo largo de millones de años ha creado su propio equilibrio, no dependiente de nadie ni de nada, más allá de las fuerzas radioactivas y de las fuerzas materiales, una existencia activa y dinámica que no es ni mejor ni peor que la de los compuestos proteicos llamadas animales o seres humanos. Y lo que haya ocurrido, más allá de que se sepa cómo o por qué, quizá sea el reflejo de que es otra realidad con otras coordenadas o dinámicas. No algo que contradice ni amenaza, ni algo que haya que someter o neutralizar. El universo dispone de múltiples realidades, algunas de las cuales nunca conoceremos ni lograremos comprender. No somos el centro del universo. << No todo, ni en todas partes, es para nosotros>>