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sábado, 7 de enero de 2023

10 Obras literarias del 2022

1. Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de Tezer Ozlu.

2. Tiempo sin lluvia (Chai Editora), de Cynan Jones.

3. El caballo ciego (Muñeca infinita), de Kay Boyle

4. Cosas pequeñas como esas (Eterna Cadencia), de Claire Keegan

5. Hombres fatales. Metamorfosis del deseo masculino en la literatura y el cine (Acantilado), de Elisenda Julibert

6. Los abandonos (Sexto piso), de Russell Banks.

7. Rendición. En busca de la existencia en un planeta dañado (Errata naturae), de Joanna Pocock.

8. Caso clínico (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnett.

9. La vida después (Chai Editora), de Donald Antrim

10. Sin fallos (Blatt & Ríos), de Lee Child.

lunes, 20 de junio de 2022

Los abandonos (Sexto piso), de Russell Banks

 

Se siente como una de esas naves robóticas de exploración espacial que se ha salido de los campos gravitatorios de los nueve planetas del sistema solar y nunca cae ni choca con nada para acabar fuera del sistema solar. El escritor estadounidense Russell Banks (1940), autor de las excelentes novelas Como en otro mundo y Aflicción, convertidas en magníficas películas, El dulce porvenir (1997), de Atom Egoyan y Afflición (1997), de Paul Schrader, ya utilizaba esta metáfora en el primero, y más extenso, de los ensayos que componían su anterior obra publicada, en el 2016, Voyage. En aquel caso, la confrontación era directa con su real yo durante un real desplazamiento, en el Caribe, con quien se convertiría en su cuarta esposa, Chase Twichell. Un ensayo que era un desplazamiento, en cuanto exposición de su pasado. Una exposición que intentaba ser desentrañamiento, porque su finalidad, por otra parte, era su compartición con quien intentaba cimentar una relación íntima. Y eso implicaba afrontar, y compartir sin filtros de relatos u omisiones convenientes, los errores y abandonos, las torpezas y ofuscaciones de pretéritas relaciones sentimentales que habían conducido a cierta sensación de deriva vital. Ese pasado es también el que comparte el protagonista de la fascinante ficción Los abandonos (Sexto piso), cuyo desarrollo se fundamenta en un pulso entre un yo real y un yo ficticio, entre la carne y el relato, entre la mirada que intenta ahondar en la imagen como propósito iconoclasta o rapaz y la mirada que intenta desvelar la convulsión de lo real tras la imagen instituida que corresponde a un hombre que, en circuitos minoritarios o especializados, se convirtió en icono o emblema, como es el caso de Leonard Fife, documentalista afamado por sus planteamientos sobre la presunta objetividad del film y el metanivel cinematográfico, que se distinguió por exponer a la luz la corrupción, falsedad e hipocresía de gobiernos y empresas, y que afianzó su estatus icónico en el hecho de que fue uno de aquellos sesenta mil estadounidenses que huyeron al norte a finales de los sesenta para evitar que el gobierno les destinara a matar o morir en Vietnam.


Fife es, para otros, esa imagen de hombre a contracorriente. Es como le consideran y conciben. Es la imagen con la que trata Malcom, el documentalista que fue alumno suyo décadas atrás, quien pretende ahondar en esa imagen para exponer sus bambalinas, o si hay suerte, su reverso, su condición ficcional, su inconsistencia, pero en cambio, a Fife, cuerpo ya degradado y consumido por el cáncer, cuerpo que es ya lastre y dolor, ya no le importa la imagen que proyecte. Ya no hay trabajo que hacer, proteger y promocionar. Ninguna ambición profesional que realizar. Nadie a quien impresionar. Nada que ganar ni perder. Ya no tiene futuro, y sin futuro no hay nada que su pasado pueda boicotear ni desbaratar. En el pasado cultivó el relato conveniente de que sin uno de sus documentales Francis Coppola no hubiera tenido la inspiración para realizar Apocalipsis now. Malcom quiere explorar la consistencia de esos relatos, pero el foco de Fife es más amplio con respecto a sí mismo, sobre su propia consistencia, por eso se obceca en enfocar donde él prefiere enfocar, los años previos a la formación de esa imagen, el hombre real y sus forcejeos y aturullamientos vitales, el hombre que buscaba definirse, que probaba direcciones y erraba, el hombre que perdió pie durante un tiempo acoplándose a otra imagen, la que demandaba un entorno para que se integrara. Por eso sus dos primeras relaciones sentimentales, o matrimonios, no se fundamentaban, realmente en una conexión, sino en lo que proyectaban sobre él o lo que para él representaba integrarse en un entorno. ¿Cuántas veces no creemos amar, o amamos, por lo que la persona o la circunstancia representa? Con el tiempo tomó consciencia de que no estaba enamorado de su primera mujer, con la que se casó sin aún cumplir veinte años por el hecho de que ella estaba enamorada de él, es decir, cómo le concebía y miraba, cómo le sublimaba. Se sentía especial a través de esa mirada. Y con su segunda mujer, fue una particular posesión que duró cinco años, condicionada por la próspera condición, y confortable actitud convencional, de la familia de ella. Un espacio protésico que se asemejaba a un bunker cubierto de terciopelo. Como quien despierta de un sueño tomó consciencia de que no quería ser un funcional e integrado hombre de negocios que prioriza la pragmática, sino alguien que nada a contracorriente, como representaba la imagen del artista que no se integraba en el sistema. Ninguno de ellos, ninguno de los locos, desde luego, y tampoco de los bohemios, habría aceptado ser director general de una empresa que fabricaba polvos para los pies (…) acabará licuándose y evaporándose si acepta la oferta. Se convertirá en gas invisible, inodoro.

Pero el mismo Fife se pregunta por el propósito de la exposición detallada de los desatinos de su pasado. Se pregunta si al desenterrar su pasado intenta transformar la vergüenza en ira y rechazo, esto es, lanzar balones fuera ¿Quiere desprenderse de responsabilidades y buscar justificaciones en condicionamientos externos? Se repite a sí mismo que es un relato cuya principal oyente es su esposa, desde hace treinta años, Emma, como si quisiera, ya en la agonía y despedida escénica, mostrarse en su completa desnudez. Pero ¿no será la mera desesperación del cuerpo que ya siente que va a desaparecer y se esfuerza en dejar constancia de lo que fue?, porque, en buena medida, somos nuestros recuerdos, y ¿qué es de estos cuando morimos sino los compartimos?. Desaparecen con nosotros. Pero el cuestionamiento se amplía con la interrogante sobre la veracidad de esos recuerdos, una interesante variación, o ampliación, con respecto a la exposición en el ensayo previo del Banks real. En Los abandonos, Emma cuestiona que sea veraz lo que él comparte, por eso suplica a Malcom que no se tenga en cuenta como confesión real, esto es, que no se registre como tal. Fife ha mezclado en su mente toda clase de cosas. Repite las palabras de Emma: es la medicación. Recuerdos, alucinaciones, ficción y cine, historias ajenas, fantasías (…) son cosas mal recordadas o imaginaciones suyas. ¿El documentalista que luchó para exponer lo real tras las corruptas pantallas de la conveniencia delira cuando intenta exponer cómo fue o quién era aquel que vacilaba, y se tropezaba, incluso consigo mismo, cuando intentaba convertirse en alguien con el que poder decir 'soy yo', no el que otros quieren que sea, no la imagen que otros proyectan sobre mí?Cuando no tienes futuro y el presente no existe salvo como conciencia, la única identidad que posees es el pasado. Y si, como el de Fife, el pasado es un embuste, una ficción, entonces no puedes decir que existas salvo como personaje de ficción. Al contar su vida a Emma, Fife no pretende corregir su historia, intenta seguir vivo. Quizá, más allá de todos sus esfuerzos por ser lo que aparentaba ser, era un ser que se anegaba, de modo consciente o inconsciente, en las mentiras y en la reserva de las omisiones, un personaje construido según las circunstancias y las necesidades. Quizá era meramente, más allá de todas esas ficciones de identidad, un robótico ser a la deriva que no sabía amar o ser amado. Los cambios, revisiones y modificaciones de su realidad solo han sido cambios, revisiones y modificaciones de sus necesidades ¿Qué soy yo, entonces?, le pregunta ¿Cuál es mi centro y cómo demonios puede localizarse?

miércoles, 22 de diciembre de 2021

12 Libros 2021

 

12. La serpiente Cósmica (Errata naturae), de Jeremy Narby

11. Un tratado de estética japonesa (Alpha Decay), de Donald Richie
10. Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru
9. El héroe (Blatt & Ríos), de Lee Child
8. El club de los desayunos filosóficos (Acantilado), de Laura J. Snyder
7. La desaparición de Adele Bedeau (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnet
6. Un reflejo velado en el cristal (Hoja de lata), de Helen McCloy
5. Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno (Errata naturae), de Roy Scranton
4.  Coníferas (Acantilado), de Marta Carnicero Herranz
3. Rápido, tu vida (Errata naturae), de Sylvie Schenk
2. Filosofía felina (Sexto piso), de John Gray
1. El corazón de las tinieblas (Eterna cadencia), de Joseph Conrad

viernes, 12 de noviembre de 2021

Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida (Sexto piso), de John Gray

                           

Los gatos son felices siendo ellos mismos, mientras que los humanos intentan alcanzar la felicidad huyendo de sí. Esa es la mayor diferencia entre los gatos y las personas (…) Los seres humanos son criaturas autoescindidas que dedican la mayor parte de la vida a actividades de sublimación (…) Los gatos no planifican su vida: la viven según se les presenta. Los humanos no pueden evitar convertir la suya en relato (…) Atemorizados por la finitud de sus vidas, los seres humanos inventaron religiones y filosofías en las que el sentido de sus vidas no se interrumpa tras estas (…) los relatos que ellos mismos han fabricado para sí toman entonces el control, y las personas pasan así sus días en este mundo tratando de ser el personaje que han inventado. El escritor británico John Gray, en el magnífico ensayo Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida (Sexto piso) contrasta o contrapone la actitud, o forma de habitar la realidad, de los humanos con la de los gatos. Es una forma de exponer cuán retorcida es la especie humana o cuánto nos hemos complicado la vida desde el principio de los tiempos. Los seres humanos necesitan distraerse de sí mismos, enajenarse con sublimaciones o rituales, huir de la confrontación consigo mismos, quizá simplemente porque no saben qué hacer consigo mismos (como si el acontecimiento no pudiera residir en nosotros mismos).  La circunstancia vivida en los momentos más críticos de la pandemia corroboraba la frase de Pascal, que Gray menciona en varias ocasiones: los seres humanos no saben sentarse quietos en una habitación. Más bien se ha definido por lo que Gray califica como una serie de contorsiones involuntarias. El ser humano se ha enredado con construcciones conceptuales, sea mediante la religión o la filosofía, para establecer unas coordenadas que doten de sentido a este trayecto que se llama vida, como si además, de ese modo, sentido y felicidad pudieran entrelazarse cuando el primero fuera vislumbrado. El ser humano ha generado relatos, que no dejan de ser ilusiones con apariencia de respuestas, porque no sabe desenvolverse con las incógnitas y las interrogantes (y estas están relacionadas con el asombro).

El yo con el que los humanos se identifican es una construcción de la sociedad y la memoria (…) los otros animales no comparten sus vidas con semejante espectro. La mayoría carece de una imagen de sí mismos. Para ellos, la supervivencia no significa la continuación de la existencia de un yo imaginado, sino la de la vitalidad de su cuerpo. Somos tan autoconscientes como fácilmente sugestionables y moldeables (como cuerpo de ser social). Como criaturas sociales nos formamos como identidades con una serie de expectativas, que disponen de una condición programática, pero con el desarrollo de la película de la vida irrumpen los conflictos entre lo que se suponía que uno es o debe desear y necesitar y lo que realmente necesita o desea. Supuestos entran en conflicto con querencias, que puede tornarse colapso, con las ansiedades, síntoma de un desajuste o insatisfacción entre el papel que se supone que deben cumplir o el guion de vida al que ajustarse y lo que sienten (lo que el cuerpo emocional clama): el peón del sistema se topa con una brecha que no sabe cómo codificar: el estado de alarma reclama una reestructuración de la forma de habitar la realidad. Vivir como gatos que son ya es sentido de la vida suficiente para ellos. Los humanos, sin embargo, no pueden evitar buscar un significado que trascienda sus propias vidas (…) Los gatos no necesitan autoexaminar sus vidas, porque no dudan de que vivir valga la pena. La autoconsciencia humana ha generado esa agitación perpetua que la filosofía ha intentado en vano mitigar. Y decir filosofía es decir la religión o el psicoanálisis u otros modos de intentar insuflar o implantar un sentímiento una armonía, una comprensión que implique además solución, arreglo, el reajuste de una avería en un sistema, porque somos criaturas más cercanas al mecanismo, cual autómatas, que cualquier otro animal. Los seres humanos pueden ser más intercambiables que los gatos. Cada uno es singularmente él mismo y tiene de más de individuo que muchos seres humanos. Y desde luego, son menos crueles que los humanos. Los humanos pueden ser más irreflexivos que ningún otro animal. No hay bestia como el ser humano.

El gato, a lo largo de la historia,  ha representado extremas consideraciones. Es como una incógnita que puede ser cualquier posibilidad. Han sido divinizados pero también han sido considerados manifestaciones de lo siniestro, perseguidos, y sufrido masacres. También han sido considerados, como cualquier otro animal, seres sin alma, por lo tanto sin capacidad de sufrimiento (una negación conveniente para seguir viéndolos como mero alimento o como meros seres funcionales de carga, transporte o vigilancia). El mismo autor del Pienso luego existo, René Descartes, realizaba experimentos para probar que los animales no sienten lanzando gatos por la ventana. Puede que el odio a los gatos sea una cuestión de envidia. Muchos seres humanos llevan vidas de reprimido sufrimiento. Torturar a otras criaturas es un consuelo, pues con ello se les infligen a estas padecimientos aún peores  (…) se ensañan porque saben que no son infelices como ellos (…) mientras que los gatos viven siguiendo su naturaleza, los humanos viven reprimiendo la suya. Los seres humanos se complican mucho la vida en el territorio de los deseos y los sentimientos. Por algo un concepto como inteligencia emocional dispone de relevancia después de tantos siglos de despropósitos, desencuentros e inconsistencias en ese territorio, en el que aún las emociones y los deseos nos desbordan (o paralizan). En cambio, los gatos no aman para distraerse de la soledad, el aburrimiento o la desesperanza. Aman cuando el impulso los lleva a hacerlo, y cuando disfrutan de esa compañía. Cuántas veces creemos amar o desear a alguien cuando no es sino el deseo de estar con alguien, por necesidad de amar, o paliar el aburrimiento vital. Los pasajes relacionados con el amor a los gatos de Patricia Highsmith y Mary Gaitskill, reflejan la singularidad de esa relación amorosa entre humanos y animales que carece de los retorcimientos de las relaciones entre los humanos, exenta de crueldades y mezquindades. Estaba despojado de toda vanidad y crueldad, también de todo remordimiento y arrepentimiento, sentimientos que siempre entran en juego en el amor entre personas (…) el amor que los animales sienten por nosotros y el que sentimos por ellos no es tan retorcido. Al respecto, el gato dispone de una cualidad singular entre cualquier otra de las especies consideradas como mascotas. Quizá sean ellos los que nos han domesticado a nosotros y no nosotros a ellos. Gray apunta que una de las razones puede ser el hecho de que no es un animal gregario, como lo es el ser humano. No hay manadas, rebaños, bandadas ni congregaciones felinas. Que los gatos no reconozcan a ninguno de los suyos como líder puede ser uno de los motivos por lo que no se someten a los humanos.
Es un animal, motivo por el que también resulta inquietante para algunos, cuyo estado de quietud puede ser perturbador. Su capacidad de observación parece inagotable, todo parece llamar la atención. Todo movimiento parece un hecho inaudito, algo de lo que preguntarse por su misma naturaleza. Convivir con un gato implica convivir con la interrogante del asombro, mientras que el ser humano tiende a buscar el entumecimiento de las confortables respuestas. En realidad, el mundo interior de los gatos tal vez sea más lúcido y vívido que el nuestro. Sus sentido son más agudos y su atención cuando están despiertos no está nublada por ensoñación alguna. (…) la falta de ego de los felinos tiene algo en común con la <<ausencia mental>> típica de la tradición zen. Quien alcanza ese estado ausente no pierde su mente. <<Ausencia mental>> significa ausencia de distracciones, es decir, estar plenamente  absorto en lo que se está haciendo. En los seres humanos, ese estado rara vez es espontáneo. Por añadidura, hay algo que siempre he pensado de este animal que cuando duerme parece que su semblante despliega la sonrisa del infinito. Parecen criaturas que han nacido para ser acariciadas. El ser humano dispone de ese privilegio, frente a otras especies, pueden acariciar. Con los gatos parece que la caricia alcanza uno de sus estados más depurados (para ellos y para quien les acaricia), y nos confronta con una de las evidencias más manifiestas, que bien podría considerarse el núcleo de la vida: Para los humanos, la contemplación es una ruptura con su vivir diario, para los gatos, es la sensación de la vida misma (…) los gatos nos enseñan que perseguir un sentido es como buscar la felicidad, una distracción. El sentido de la vida es una sensación táctil o un olor que llega por casualidad y, antes de que hayas dado cuenta, ya se ha ido.

viernes, 11 de junio de 2021

La desaparición (Sexto piso), de Julia Philips

                                

Crees que estás a salvo, pensó. Te cierras en banda y mantienes tus reacciones a raya para que nadie, ni un inspector, ni un padre, ni una amiga puedan entrar. Obtienes un título universitario y un buen trabajo. Tienes tus ahorros en divisas extranjeras y pagas religiosamente tus facturas (…) Crees que has conseguido cierto nivel de protección, pero no es así, al final te das cuenta de que estás indefensa, expuesta a todo el mundo que has conocido. Una niña cuenta a su hermana pequeña un relato sobre un tsunami. No sabe que minutos después sus vidas sufrirán un tsunami que conmocionará y alterará sus vidas. Un hombre les dice que les llevará a casa, pero les conduce a no saben dónde y para qué. La vida está tramada por los imprevistos, por los callejones sin salida, quizá insalvables, quizá solo aparentes, porque quizás los genera nuestra misma sensación de impotencia o confusión. El mismo espacio geográfico en el que transcurre La desaparición (Sexto piso), de la escritora estadounidense Julia Philips (1989), Kamchatka, pareciera su reflejo espacial. Aunque Kamchatka ya no era un territorio cerrado por ley, la región estaba separada del resto del mundo por su propia geografía. Al sur, al este y al oeste solo había océano. Al norte, a modo de muro que la separaba de la Rusia continental, se extendía kilómetros de montañas y tundras. Por eso, todos se preguntan dónde pueden estar esas niñas, a dónde se las han llevado. Y cómo ¿Por barco? Incógnitas e interrogantes sacuden las vidas, definidas por los flecos sueltos, de las vidas alrededor de esa desaparición, porque La desaparición está constituida por capítulos (relatos) que son perspectivas de diversos personajes relacionados con las niñas de modo próximo (una madre) o lejano, como el eco o la resonancia de fondo para la incógnita o fractura vital  irresuelta de un conflicto personal, también definido por el desconcierto o la sacudida de un imprevisto que vuelca su realidad, como la revelación de un tumor, o la decisión de la madre de tu mejor amiga de que no eres la mejor compañía para ella por lo que no puedes verla fuera de la escuela, o la relación que inicias con otro hombre que te atrae, aunque de un modo diferente, a tu novio, uno en una ciudad, y otro en otra, o el hecho de que muera el hombre que  te había rescatado de la pesadumbre que te costaba superar por la muerte del anterior hombre que habías amado, o la desaparición de tu perro por el descuido del novio de una amiga. Estamos expuestos a la aleatoriedad y a las negligencias, veleidades y los caprichos de los demás. Pero también a nuestra propia confusión. La realidad puede no ser cómo imaginábamos pero tampoco nosotros mismos. Lo que sentimos quizá no se defina por la consistencia. Max era adorable, guapísimo, pero no era el héroe que él pretendía ser y en el que ella fingía creer.

La vida es extraña. A  veces sientes que te han abducido, no entiendes tu realidad alrededor. Los primeros días después del secuestro, Katia estuvo nerviosa, susceptible, nerviosa por todo. Sus amigos le parecían alienígenas. No era capaz de encajar a las hermanas desaparecidas dentro de la tipología delictiva que conocía. El soborno era, por ejemplo, algo normal para Katia. Hay quien piensa que las niñas fueron abducidas por extraterrestres; su hermana le mira, como a todos los que componen su vida alrededor como extraños con los que no encaja. ¿Qué ha hecho con su vida? ¿Por qué fue la peor versión de lo que pudiera haber sido?  Cuando Nadia se quedó embarazada, hace años, se prometió a sí misma que se convertiría en una persona mejor. Pero no sabía qué hacer ni por dónde comenzar. No sabes cómo se ha configurado esa realidad en la que te sientes atrapada, y en la que te sientes una extraña, incluso contigo misma. ¿Cómo tu vida se ha convertido en una versión adocenada, un sucedáneo? La historia de su matrimonio: Un poco de amor, alguna que otra rabieta y aguas oceánicas para aburrir. O en una prisión en la que literalmente sientes que has desaparecido, tras tener un hijo, relegada a una mera función como decorado de fondo en la relación marital. Ella no estaba hecha para quedarse en casa y amamantar un bebé. Ella deseaba cosas más oscuras, más extrañas, fuera de los límites. ¿Cómo nos relacionamos o cómo podemos conseguir que se sostenga de modo consistente una relación? Con la distancia todo parece mejor. Todo el mundo parece más agradable cuando no tienes que escucharlo continuamente (…) Querer a quienes tienes cerca…eso es lo difícil. ¿Fue el mundo claro alguna vez? Hay quien echa de menos aquella época, aun una niña, cuando el mundo era claro, olía a humo y hierba, y miles de renos pasaban junto a ella. ¿Cómo se pudo convertir en esa niebla difusa? ¿Surge de una misma?

En ocasiones, también generamos esa niebla, por nuestros prejuicios y las consiguientes discriminaciones. Hemos tendido a categorizar, a afirmarnos frente a otros, que calificamos como rivales o seres inferiores. En Kamchatka es manifiesto en la distinta consideración que dispones si eres ruso o nativo (even). Sus abuelos siempre hablaron con afecto de los pueblos nativos, del modo en que fueron arrinconados, sovietizados. Sus tierras pasaron a ser públicas, redistribuyeron a los adultos en comunidades de trabajo, y en los internados estatales empezaron a inculcar el marxismo-leninismo a los niños. Las dos niñas desparecidas son rusas, y hay quienes se preguntan si nadie se preocupó de la misma manera de la chica desaparecida tres años antes porque era even, hija de un don nadie. Parece que el esfuerzo es otro según quien eres, o a qué escala perteneces. No son los únicos quistes de prejuicio en una sociedad que parece más bien atorada, corrompida. Hay gente a la que le da igual lo especial que seas. Van a castigarte igualmente. Sus vecinos, sin ir más lejos, no dudarían en denunciar a una chica con novia, por muy lista que fuera (…) Como no hagas lo que se supone que tienes que hacer, como bajes la guardia, irán a por ti (…) Tal ver el amor de Lada haya acompañado a Masha todo este tiempo que ha estado fuera, pero eso no bastaba para mantener a nadie a salvo. Por eso, esa atención también parece una forma de disimular otras brechas para una sociedad que, como el espacio geográfico, parece atascada en un callejón sin salida. Qué considerada era la policía poniendo tanto empeño en dar con dos cuerpecitos blancos. Era la excusa perfecta para ignorar el resto de problemas de la ciudad, la corrupción, las injusticias, los conductores ebrios, los infames pirómanos (…) Para la ciudad era como si Lilia no hubiera existido. Los reporteros se comportaban como si las hermanas hubieran inventado este verano el acto de desaparecer. Pero seguramente fue esa invisibilización el motivo por el que Lilia se fue (…) el hecho de que el futuro no va a depararte nada mejor. Sentirte atrapada en tu propia familia. Hay distintas formas de sentirte atrapado (o invisible), en diversas escalas, sea por tu condición étnica, o simplemente de modo individual, en tu familia o relación sentimental, por confusión o indefinición, como si los personajes se guiaran por coordenadas quebradizas, o no las sintieran como las propias, por eso se sienten extraños, criaturas que han sido secuestradas o abducidas, condenadas a vivir una vida, unas relaciones, que sienten como un cautiverio, con unas coordenadas que son errores. Y se preguntan cómo salir, cómo dejar de desaparecer en una vida que no sienten como propia o como pensaban que podría haber sido. ¿Pero no es una misma una península con un callejón de salida incorporado cuando te preguntas a quién quieres realmente o si quieres realmente a quien crees que quieres? ¿No somos territorios desconocidos en los que resulta difícil discernir cuáles son sus coordenadas precisas? ¿No somos figuras que parecen desvanecerse, como si nos escurriéramos con respecto a nosotros mismos, a la vez que intentamos percibirnos de una manera precisa? Nunca sabremos si el tsunami vendrá de fuera o de nosotros mismos.

lunes, 5 de abril de 2021

El diccionario del mentiroso (Sexto piso), de Eley Williams

                               

¿Sabía la gente que los pliegues que hay en el cielo del paladar son diferentes y distintivos en cada individuo, como las huellas dactilares, y que cada palabra que uno dice ha sido liberada y pulida y amortiguada y magullada por dichos pliegues de una distinta manera? ¿Cuál es nuestra singularidad distintitiva? ¿Cómo encajamos esa singularidad en un modo de vida establecido, con sus normas, con sus coordenadas de lo que es decible o visible, un diccionario implícito al que adaptarse, y con el que relacionarse con los demás, cual código de circulación? Nos ajustamos, incluso tememos hacernos visibles, o nos camuflamos bajo personajes que configuramos para integrarnos o sentirnos singulares aunque sea con una voz impostada. El cielo de nuestro paladar queda nublado. Nuestra mirada se esconde, la voz se encoge o traviste. En El diccionario del mentiroso (Sexto piso), primera novela de la escritora británica Eley Williams, se alternan dos relatos, separados por algo más de un siglo. En ambos casos, sus personajes protagonistas, fingen u omiten lo que son. En 1899, durante los cinco años que llevaba trabajando en el Nuevo Diccionario Enciclopédico Swansby, Peter Wincerworth había ideado, fingido y perfeccionado un falso defecto del habla. En cambio, Mallory, que un siglo después realiza tareas en la misma editorial, no se atreve aún a salir del armario. Yo creo que no siempre hay que explicarle todo a todo el mundo, es la justificación con la que intenta protegerse de sus miedos, aunque fluya armoniosamente su relación con la vivaz Pip, quien se expone  y expresa abiertamente sin sentido del rubor o pudor. Mallory teme las explosiones de la vida, como esas desconcertantes amenazas telefónicas que recibe en la editorial. Por eso se esconde en la pregunta ¿habría una sutil diferencia entre alguien que no ha salido del armario y tener un esqueleto en el armario?. Peter sabe cuál es su función. Recibía varias palabras, así como fuentes para idear sus definiciones, y él tenía que cribarlas, evaluarlas y anotarlas. Pero Mallory no sabe con precisión cuál es su tarea. Es la única empleada, como quien es arrojada al mundo sin saber cuál es su función, y a la vez temerosa de exponerse. En un caso, una realidad férrea o rígidamente codificada a la que plegarse y en otro, una realidad cuyas coordenadas resultan imprecisas.

La conexión entre ambos tiempos se produce a través de la peculiar tarea que le endosa su jefe a Mallory. La búsqueda de las palabras fantasmas, <<palabras que no tienen una existencia real>>. Palabras inventadas, como cuerpos extraños en el diccionario. Como si el universo del otro lado del espejo de Lewis Carroll hubiera abierto una brecha en el código de circulación. ¿Son infracciones o subversiones? En cierto momento, Mallory se pregunta qué efecto distinto hubiera sido si el conejo blanco no portara un reloj de bolsillo sino un reloj de arena, el cual puede simbolizar no una cosa sino su opuesto, puede simbolizar desesperanza como necesidad de disfrutar del momento. ¿Por qué elegimos el ángulo con el que enfocamos la realidad¿¿Por qué ese y no otro? ¿Miramos la realidad de un modo demasiado rígido, fosilizamos la relación con la realidad demasiado fácilmente con el diccionario de lenguaje, o maneras de expresión y definición, instituido? Es cuando entran en juego las preguntas claves: ¿Qué incluirías en tu diccionario personal? (…) ¿Qué cosas del mundo quiero definir para que los demás no las pasen por alto? Una palabra para cuando estés perdidamente enamorada de alguien y las dos os dedicáis a deciros bobadas de un modo tan disculpable (…) Una palabra que aluda a la enorme amabilidad de la gente que, sin que nadie la vea, abre las ventanas para liberar a los insectos que quedan atrapados en el interior de las habitaciones. Una palabra para cuando te sorprende algún aspecto de tu físico. El diccionario del mentiroso no es sino la sublevación del diccionario propio de la mirada singular distintiva.

Mallory teme lo que quiere o puede decir, por eso se acopla (o se restringe). Peter, en cambio, nunca se había dado cuenta de que necesitaba creer que una polilla podía gritar llena de furia. Ama a una mujer que no sabe, con certeza, si ama a otro. Se siente inseguro, pero su grito comienza a abrirse paso, porque confinar el lenguaje es una cosa imposible, una fantasía, algo detestable, realmente era como atrapar mariposas dentro de un vaso. Los signos de la realidad se pueden parecer a una espesura difusa y ambigua. Por eso, decide subvertir el código de relación con la realidad, como un gesto de sublevación, o sabotaje, y decide que su voz distintiva se haga oír, incluso en el mismo diccionario que instituye lo que puede decirse, o cómo decirse y definirse. Decide introducir sus propias palabras o definiciones, su singular universo. Podría definir ciertas partes del mundo que sólo él era capaz de ver, o de las que se sentía responsable. Podría controlar todo un universo de significados nuevos, triunfos privados y elevadas y novedosas verdades (…) Una rebelión privada, una mentira sin víctima. Bien pensado, ¿quién podría afirmar que estaba en posesión de la verdad? ¿Quién podía arrogarse el derecho a definir una palabra? Al fin y al cabo, la amenaza que se siente, y determina que te escondas o camufles, y no expongas tu singularidad distintiva, no es sino una imposición, intencional (que puede ser reflejo de un mero capricho o extravío), o simplemente instituida como un código normativo de costumbre (y no por ello con fundamento: lo que estamos convencidos de que es una certeza puede revelarse que no lo es). Y la vida no es un código que, de modo inevitable, aplasta las polillas molestas en vez de liberarlas, sino un territorio desconocido, de naturaleza imprevisible, y elástica, por cuanto tu relación con la realidad, en continuo movimiento, como quien se desplaza por los bordes de los mapas donde no conocería los nombres de ningún punto de referencia, puede modificarse, de acuerdo a las interacciones o conexiones que se establezcan, y por ello las definiciones pueden variar, como tu forma de percibir y discernir, y de relacionarte contigo mismo, los otros y esa realidad incierta. En parte, es también una partida de ajedrez, tu singularidad distintiva realiza sus movimientos, tanteos, como se reacciona a los movimientos de la realidad impredecible. En suma, una relación que se define por sus futuros indefinidos y sus expectantes véase también.

lunes, 8 de febrero de 2021

Un par de cómicos (Sexto piso), de Don Carpenter

                               

¿A quién le importa si hacemos o no otra película? ¿Quién va a ver estas cosas? ¿Qué les estamos haciendo a sus mentes? (…) ¿Cuánto llevaba vivo y qué importaba todo aquello? No tenía ni mujer ni hijos, mis padres habían muerto hacia mucho, quería a mis parientes pero no los soportaba, ¿Con que había contribuido a la existencia, realmente?¿Qué había hecho con mi vida salvo cobrar mis cheques, embolsarme el dinero y joder sin compasión a cualquiera que se me acercase? Un par de cómicos (Sexto piso), del escritor estadounidense Don Carpenter (1931) es una obra con personajes a la deriva. Son referente admirativo en la pantalla y los escenarios, en la que conforman un dueto que recuerda, en cierta medida, al de Dean Martin y Jerry Lewis, pero se sienten desdibujados, como figuras colapsadas cuyas emociones les superaran como un fiebre que nunca remite. ¿Realmente desean o quieren lo que creen que desean y quieren o meramente están atrapados en una vida que se asemeja a una impetuosa corriente de aire?

Un par de cómicos es la segunda de las obras que conforman la Trilogía de Hollywood, que integran The True Life Story of Jody McKeegan (1975) y Turnaround (1981). Carpenter había escrito guiones para un par de películas, The forty hour mile (1970), de Gene Levitt y Payday (1973), de Daryl Duke, y un capítulo de las series El gran Chaparral y The outsider.  Un par de cómicos se publicó originariamente en 1979. Sus dos protagonistas son dos comediantes formados en los sesenta que, tras actuar en clubs y en programas televisivos, se convierten durante los setenta en figuras de cierto éxito. Una película al año y las actuaciones en Las Vegas durante el mes de agosto son la red sobre la que se sostiene su carrera. Pero su vida realmente, no se sostiene sobre ninguna red. Ni menos la impulsa. La narración comienza con la desaparición de uno de ellos, Jim. La narración prosigue con la evocación que realiza el otro, Dave, una evocación fragmentada, como fracturada está su vida, carente de una brújula definida. Quien desaparece, en cierto momento, desnudo en la habitación de una casa que no es suya se entrega a una quejumbrosa letanía sobre que si la vida era dolorosa, que si la vida era aburrida, levantarse por la mañana era como salir arrastrándose de debajo de un montón de basura. Su vida es una sucesión de carambolas sin dirección, entre fiestas en las que ligan, sobre todo Jim, con múltiples mujeres, en un estado constante de embriaguez que implica una neutralización de la memoria, como si no vivieran en el tiempo, y su presente fuera una dimensión aparte, una mera coctelera que transmite una engañosa sensación de movimiento. Pero el tiempo siempre abre brechas, incluso aunque la vida se asemeje a una centrifugadora.

Se dejan llevar por esa corriente que parece posibilitar que su vida sea una mullida sucesión de circunstancias placenteras, pero su insatisfacción es palpable. Jim contempla en una casa, más bien mansión, los múltiples vestidores, como si cada prenda se multiplicara por cien, y exclama que me da nauseas todo este descalabro doméstico. Entierran en lo alto de un monte al abuelo de Dave, una muerte que suscita en él un torrente de lágrimas que parecen catalizar la desesperación contenida. Arrojan fuera de la carretera a una camioneta desde la que disparan a las aves. Y entretanto, conocen más mujeres, con alguna de las cuales creen inclusive que se enamoran. Aunque quizá se cuelgn como si necesitara sentir algo especial por alguien en esa deriva en la que todo parece tan indistinguible e intercambiable, tan fácil y tan mullido, como si desplazaran en una nube. En cierta ocasión conversan sobre un tejado, lo que refleja su desubicación, la falta de cimientos sólidos de una vida insatisfactoria, cual superficie tan liviana, rebosante de placeres, con la crema de los egocéntricos, con la que sienten que encajar a la perfección (y se lo dicen a sí mismos con ácida causticidad), que parece grata y radiante. Pero es una ilusión, como las películas que protagonizan o las representaciones en las que actúan. La misma narración adopta esa doble vertiente, esa doble capa de narración que en su superficie parece un ligero discurrir, sin trama, incluso deshilachada, pero así es, o así sienten su vida. Una apariencia risueña que contiene una entraña sombría. Una apariencia en movimiento para una entraña paralizada. De hecho, su primer éxito en el escenario se basó en un equívoco. Dave, por la embriaguez, se quedó paralizado en el escenario, pero su parálisis comenzó a suscitar las risas. Su colapso se convertiría en marca de estilo de la pareja. Así son sus vidas, una parálisis que parece un frenesí.



miércoles, 9 de diciembre de 2020

Por los buenos tiempos (Sexto piso), de David Keenan

                             

Cada uno de nosotros se sentía aislado a su manera. Atrapado en su propio bucle. A pesar de que el bucle principal, nuestra conflictiva historia irlandesa, nos contenía a todos (…) Todos estábamos atrapados en una red de mentiras. Los irlandeses venimos así de fábrica. Ante la duda, miente; si te preguntan, invéntate lo que sea; si te interrogan, niégalo todo (…) Era algo que no hacíamos nunca: nunca nos cuestionábamos nada; de hecho mentíamos. Nos mentíamos a nosotros mismos más que a ninguna otra persona. No nos quedaba otra. ¿Cómo, si no, íbamos a hacer lo que hacíamos, día sí, día también? Como le dieras al tarro, estabas acabado.  La acción dramática de los Por los buenos tiempos (Sexto piso), del escritor escocés David Keenan (1971), transcurre a finales de los setenta, en Irlanda, en los años posteriores al Domingo sangriento de 1972, los años en que los integrantes del IRA que habían sido encarcelados realizado en 1976 la protesta de las mantas (reemplazando los uniformes por mantas) o la huelga de hambre en 1981 que condujo a la muerte a Bobby Sands. Los jóvenes protagonistas de Por los buenos tiempos son su eco, como la obra, publicada en el 2019, es también eco de nuestro presente. Los tres jóvenes protagonistas tienen sus tres réplicas en universo de los seres con superpoderes, Neutrino, la anomalía y el chico de los rayos X en el Universo de la Antimateria. Si algo define la cultura de nuestro siglo, en concreto el cine, no son los movimientos o las corrientes de ruptura, sino los superhéroes. Lo cual amplifica la ironía de que una criatura tan diminuta como el coronavirus nos esté apalizando (de un modo tan merecido, por otra parte: somos los supervillanos de este relato). Vivimos con cada más suficiencia (si es posible) y nuestra enajenación se ha quintuplicado con las extensiones virtuales de las que tanto dependemos y tanto nos mediatizan.  


Xamuel y sus amigos Tommy y Barney también vivían, en la década de los setenta, su particular película. Su Antimateria era Gran Bretaña, cuya bandera, para ellos, no difería de la esvástica, y contra la que luchaban los fantasmales héroes del IRA que flotaban inadvertidos por sus calles. Su vida ras de suelo está definida por la precariedad y la privación (incluida la educación). Ninguno de ellos sabía leer ni escribir; básicamente eran analfabetos. Yo era el más joven pero al menos había ido al colegio (…) Para ellos la ortografía era como un juego de azar. ¿Qué pueden hacer con su vida? ¿Cómo se rebelan contra la asignación en el plantel de la vida de una posición más bien poco lustrosa? El espacio cero de su vida desnuda era un agujero negro que asemejaba a un aullido de rabia y frustración. Y pensé en todos los maniquíes que han existido, todos encerrados en garajes y almacenes, algunos mancos, otros cojos, tirados de cualquier manera, en sótanos por toda Irlanda del Norte, y justo entonces me vi a mismo flotando, sobrevolando Arnagh, y vi como los tejados de las casas salían volando y los paredes se despegaban sin hacer ruido, dejando al descubierto aquellos rostros atrapados, mirando hacia arriba, sin decir nada, y yo, mirándolos a ellos, exactamente igual. Una vida así necesita ser maquillada con el olvido. Necesita que los superpoderes sean los del olvido. Necesitan una película en la que sentir que son los protagonistas y que apalizan a la realidad, como desahogo y, aún más, que la dominan. Necesitan una mascarada, como aquellas en las que los monarcas se confundían con la gente corriente, y nadie podía distinguir quiénes eran unos y otros. Una mascarada para olvidarse de quiénes son. No necesitan más que sentir que son unos personajes.

La relación a través de pantallas, y no únicamente materiales, ha sido parte consustancial de la relación de los seres humanos con su realidad circundante. No me hace falta un mapa de la Tierra Media para cargarme a un atajo de protestantes. Se llaman <<juegos de rol>>. Lo que hay que hacer en estos juegos es fingir que eres otra persona. Pero ojo: el objetivo no es ganar. El objetivo es interpretar tu papel. Necesitamos ficciones. Necesitamos sentirnos parte integrantes de un conflicto que nos haga sentir que es factible el Acontecimiento, para no sentir que somos meros maniquíes que aúllan su vacío. Todo quedaba representado por una cara desfigurada, mirando hacia arriba, gritando, llena de rabia y de frustración. La narración es un exuberante relato de ruido y furia y dolor y desesperación, una narrativa que parece supurar como un cuerpo que forcejea desesperadamente. Y por momentos, sale a la superficie, y se mira en el espejo y mira su propia su máscara, como cuando Xamuel contempla en la televisión las consecuencias del atentado mortal que ha realizado. Es raro de cojones cuando tú eres el único testigo de algo sobre lo que todo el mundo conjetura. Guardas en tus manos un gran secreto. Tienes el privilegio de estar entre bastidores y de ver cómo se crea la historia. Los puntos engranajes, a la vista, girando. Y tienes que añadir tu propia distorsión, tu propia deformación arbitraria. Los cuerpos revientan, los cuerpos son destrozados, mutilados, pero no dejan todos de actuar en una representación en la que prefieren olvidarse, como si esa ficción, esa lucha contra la Antimateria, fuera la finalidad que pudiera dotar de sentido a su inexistencia sustancial. Cada uno son su propio bucle dentro de otro gran bucle, cada uno son su propia deformación arbitraria dentro de una función escénica que todos nutren como ciegos durmientes ya que a ellos mismos les nutre como su necesaria Matrix. Sus pasamontañas son sus máscaras, sus signos de identidad, su falta de rostro real. Todo es un baile. Un baile de moléculas y átomos, átomos que bailan a ciegas, como Tommy y yo, bailando con nuestros pasamontañas. Incluso aquel que piensas que conoces desde siempre puede no ser como imaginas. En ese mundo de facciones con siglas que no son solo dos sino múltiples ramificaciones, con otras siglas, en cada bando, aunque unos y otros sean lo mismo, también quien crees que es tu mejor amigo puede ser alguien que flota entre bandos como una materia elástica, porque, al fin y al cabo, ante todo, y más que nada, se pensaba que era una estrella de cine. En esa realidad surcada de heridos, de vidas que desaparecen, de bombas y pistoletazos en la cabeza, de crueldad y saña, no importa lo que es real ni lo que es verdad, importa seguir interpretando al personaje que te ha tocado en esa función. Si tu nombre ficticio es Anomalía, ya deja claro que no hay sentido alguno en lo que llamas realidad sino solo un absurdo que duele y supura. ¿Qué es verdad? ¿Y qué significa que algo sea verdad?¿Serías capaz de enfrentarte a esa verdad?¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?¿Y si la verdad fuera una fosa llena de cadáveres nauseabundos?¿Y si la verdad fuera el dolor ciego en el centro del mundo?