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jueves, 30 de junio de 2022

Mis textos en Dirigido por Julio-Agosto 2022


 En el número de Julio-Agosto 2022 de Dirigido por se publican mis textos sobre Black phone, de Scott Derrickson, y sobre la Trilogía de El padrino para el Dossier Mafia Italo-Americana

miércoles, 4 de mayo de 2022

Doctor Strange en el multiverso de la locura

 

El exceso de celo por el control y el desbocamiento de las emociones son los extremos sobre los que se cimenta el substrato de Doctor Strange en el multiverso de la locura (2022), de Sam Raimi. En las secuencias iniciales, el cirujano Stephen Strange (Benedict Cumberbatch) asiste a la boda de la mujer que ama, Christine (Rachel McAdams). Esta explicita por qué su relación sentimental no había podido funcionar. Strange tiende a querer llevar las riendas. Eso implica poner distancia, no permitir que los sentimientos le desestabilicen. Figuradamente, no usa sus manos, sino un bisturí. No toca sino que maniobra. En la secuencia introductoria, en un espacio extraño, sin contexto, ante la amenaza de unas monstruosas criaturas, Doctor Strange no duda en poner en poner en peligro la vida de una chica, América Chavez (Xochitl Gómez). No es un sueño sino un percance en un universo paralelo, como comprobará cuando tenga que ausentarse de la celebración posterior de la boda para, en las calles de su ciudad, en su entorno familiar, salvar a la chica de una extraña criatura gigantesca, con un solo ojo y tentáculos; aunque su aspecto asemeja, como se evidenciará en la conclusión, al interior del reloj de Stephen (a cuya esfera se dedica un plano tras el sobresaltado previo despertar de Stephen; y otro revelador, desde su interior, en las secuencias finales). Esa chica dispone de la cualidad, o super poder, de poder cruzar todos los diversos universos paralelos. Aunque no controla esa capacidad. Accede a otro tiempo paralelo cada vez que tiene miedo. Representa las emociones retenidas de Stephen, el desbocamiento de su frustración o contrariedad. Al fin y al cabo, como se revelará, el recorrido de Doctor Strange en el multiverso de la locura implicará la confrontación y aceptación de sus miedos. Miedo que transmutaba en exceso de celo de control y consiguiente bloqueo de sus emociones. Su reflejo siniestro o sombra estará representada en quien amenaza a América, Wanda (Elizabeth Olsen). Quiere disponer de su poder porque quiere que predomine en su vida la línea narrativa paralela en la que tiene dos hijos. Quiere controlar que la realidad sea como ella prefiere que sea. En este sentido, se amplía y desarrolla la sugerente e incisiva reflexión, contenida en la excelente serie Wandavision (2021), sobre la negación de realidad, o la no aceptación de la pérdida y la frustración (por la muerte de Vision).

El desarrollo de la narración, de cariz abstracto, como si se relatara el forcejeo de unas emociones en un escenario arquetípico, o quebrado interior emocional (ya que tras la contrariedad de la boda de la persona amada no se retomará el contexto familiar como si este hubiera implosionado en pedazos), implicará la confrontación entre el Doctor Strange y su reflejo siniestro, Wanda, en forma la Bruja escarlata, en, o entre, diversos universos paralelos. La narración, aunque no carece de componentes sombríos, se desprende de la atmósfera turbia o perturbadora de la obra previa, Doctor Strange (2016), de Scott Derrickson. Quizá sea más equilibrada en su conjunto, pero por momentos también prevalece la sensación de brillante artefacto (o despliegue deslumbrante de diseño visual) sobre la tensión o intensidad del trayecto dramático o emocional, así como en la sucesión de múltiples percances destacan algunos pasajes sobre el resto. Particularmente sobresaliente es aquel en el que el Doctor Strange y América cruzan en un breve periodo de tiempo diversos universos paralelos. En cambio, otros pasajes parecen ajustarse al patrón formulario de las impactantes secuencias de acción, acompasadas a la fanfarria musical, más que devenir genuinamente asombrosas o de que estén dotadas de alguna emoción (relacionada con la desesperación de Wanda o la frustración de Stephen). De modo elocuente, cobra más relevancia en los últimos pasajes la figura de Christine. Al fin y al cabo, este trayecto es una confrontación de Stephen con su propia amargura. Al respecto, también es significativo que su Otro más siniestro disponga de un tercer ojo en la frente (y en un entorno derruido), en correspondencia con su arrogante tendencia al control, cual dios o demiurgo, de las situaciones y circunstancias en detrimento de las emociones y los sentimientos. Y que su Otro no-muerto sea fundamental en la consecución de su asunción, como metáfora de su renovación (de actitud).

Resulta interesante también la elección del personaje de América Chávez. Con su nombre parece representar a todo un país, o una circunstancia social definida por el descontrol. Es elocuente también que sea latina, y que disponga de dos madres (sin padre), también eco de los conflictos étnicos y genéricos que han sacudido a la sociedad, como reflejo de sus desencuentros y falta de armonía (por otra parte, conflictos parcelarios cultivados convenientemente por el sistema económico dominante o dictadura corporativa para distraer de cualquier cuestionamiento estructural). Un multiverso de locura, o una sociedad multicultural definida por los desencuentros y la división, como entidades paralelas que no logran conformar una sociedad armónica. Los trayectos emocionales de Stephen Strange y Wanda confrontan con el desquiciamiento, cada vez más acusado en nuestra sociedad, de nuestra tendencia a relacionarnos con la realidad como si fuera una pantalla cuyas narrativas quisiéramos controlar. Y si no se ajustan a nuestras necesidades o nuestros deseos, el cortocircuito de la negación genera el conflicto como la no aceptación de los miedos, que se enquistan en la coraza de la soberbia, imposibilita la conciliación armónica.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Odiseas en la oscuridad: Libranos de los posesos del whatsapp y Sacro mechero de la mujer de la limpieza

La semana pasada, en el pase de prensa de 'Líbranos del mal', entrabas en la oscuridad de la sala y te encontrabas junto a la pantalla a una figura embutida en un chaleco de fuerza que emitía sonidos ininteligibles. O sea, un actor contratado por la distribuidora interpretando a un poseído. Quien entraba podía pegarse un susto, pensar que se había equivocado de sala y había interrumpido alguna actuación o el trance de algún crítico que había sufrido un colapso. Esta mañana, en el pase de prensa de 'Sacro Gra' tuvo lugar otra involuntaria actuación en la oscuridad que no dejó de tener su gracia. Ya comenzada la proyección, una mujer, vestida de blanco y de corpulenta figura, surge de unas puertas junto a la pantalla y con tiento se acerca a la mesa donde se habían colocado unos vasos para la posterior intervención del cineasta. El trayecto, cercano a la odisea, implicaba subirse a una tarima. Con lo que, a la vuelta, tras haber pasado la bayeta sobre la mesa en la oscuridad, la mujer retorna. Y como sabe que tendrá que tiene que controlar cuándo tiene que descender de la tarima, utiliza un mechero que enciende intermitentemente para guiarse en la oscuridad, y no meterse un notable leñazo que, probablemente, nos 'distraería' de la contemplación de la película. La odisea tuvo final feliz y desapareció por las puertas laterales. A quien quizá no hubiera distraído su caída es a la chica que tenía en mi misma fila y que, ya comenzada la proyección, estaba más concentrada en su móvil y un febril envío de mensajes vía whatsapp. Dado que parecía inacabable su trance de poseída, tuve que llamar su atención.con un gesto, al hecho de que es un poco molesta la luz de un móvil mientras se contempla una película. Claro que, de modo más furtivo, no dejó durante la proyección de echar vistazos a su móvil o de enviar mensajes, a veces ocultando la luz y en otras no (consecuencias del trance de estar poseída). Al finalizar la proyección, cinco minutos después, coincidí con ella en una calle. No puedo decir que me sorprendiera que siguiera su mirada prendida en el móvil enviando algún mensaje mientras caminaba sin colisionarse con nadie. Poco después, pasé junto a una taller de posticería. Pero esa es otra historia.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Líbranos del mal

Sí 'Libranos del mal' (Deliver evil from us, 2013), de Scott Derrickson, se hubiera titulado 'Líbranos del tedio', quizá me hubiera convertido. Dispersa, errática, como un conjunto de piezas deslavazadas que nunca parecen encontrar nexo alguno entre unas y otras, extraviada entre imágenes que remiten a atmósferas y relatos de posesiones semejantes vistos ya cientos de veces, no acaba de poseer el cuerpo dramático necesario. Queda alguna secuencia con cierta turbiedad, algún plano suelto, desperdigado, que resulta inquietante, en una espesura que se va encostrando, atascando, y asfixiando el trayecto narrativo. Poco importa ese juego de reflejos o fantasmas entre el descreimiento en transcendencias divinas desde niño del policía protagonista, Ralph (Eric Bana), y esos tres soldados y en particular Santino (Sean Harris, que empieza a parecer encasillado en personajes con algún tipo de trastorno o desquiciamiento, como reflejan sus personajes en la estupenda serie 'Southclife' o en 'Harry Brown' o 'Prometheus), que fueron poseídos por un demonio en una incursión militar en Irak. No deja de ser significativo que la presentación de Ralph sea mientras intenta reanimar infructuosamente a un bebé abandonado en un cubo de basura. Ralph ha lidiado con los horrores de los que es capaz la naturaleza humana, y carece ya de toda fe en modélicas figuras divinas.
El policía recobrará su fe gracias, por un lado, a la intervención de Mendoza (Edgar Ramirez) un sacerdote freelance sin alzacuellos, que además hace flexiones en su habitación para mantenerse en forma, y, por otro, al vencer a la infección que proviene del exterior en forma de un demonio con nombre selvático, jungler. Hay un mal allá afuera, en Irak o en dimensiones transcendentales, responsable de tantas aberraciones y crueldades diarías. Pero la infección también proviene del interior, porque la vida de Ralph cambió, o comenzó a supurar, desde que mató a golpes, años atrás, a un pederasta al que había capturado. Una cosa es la justicia y otra la venganza, y quizá eso parezca extenderse a la intervención en territorio irakí, en otro juego de reflejos. De todos modos, nunca acaban de perfilarse con la suficiente rotundidad los conflictos de ambos personajes (ambos tienen sus lides y traumas pasados, relacionadas con muertes de niños). Ni tampoco se crea, con la necesaria continuidad o progresión, una atmósfera malsana y perturbadora, por mucho que se recurra a una iluminación entre sucia y apagada, y unos colores degradados. Algo que sí conseguía con notable eficacia en 'El exorcismo de Emily Rose' (2005) o 'Sinister' (2012). En cambio, 'Líbranos del mal' resulta aún más insuficiente que su nueva versión de 'Ultimatum a la tierra' (2008). Esperemos que sus dos próximos proyectos anunciados, 'Doctor extraño', con Joaquin Phoenix y 'Two eyes staring' recuperen su dominio de los filos siniestros.

domingo, 30 de diciembre de 2012

6 Estremecimientos 2012: Sótanos, sombras y cintas de super 8

Photobucket Millenium: Los hombres que odiaban a las mujeres, de David Fincher Photobucket Skyfall, de Sam Mendes Photobucket Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay Photobucket La cabaña en el bosque, de Drew Goddard Photobucket Sinister, de Scott Derrickson Photobucket Take shelter' de Jeff Nichols

viernes, 23 de noviembre de 2012

Christopher Young - Sinister-Portrait of Mr. Boogie


Christopher Young compone una ejemplar banda sonora para una película de terror, columna vertebral de la atmósfera desasosegante que se consigue en la notable 'Sinister' (2012), de Scott Derrickson. Hay fragmentos de esta composición, dedic
ada a ese memorable siniestro personaje 'Mr Boogie', que evocan a los acordes de Nine inch nails en los títulos de crédito de 'Seven' (1995), de David Fincher. Young muestra su versatil talento capaz de bandas sonoras tan diversas como 'Rounders', 'Jenniffer 8', 'Atando cabos' o esta obra excepcional.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Sinister

Photobucket 1.Puede quizá sorprender la asociación de dos propuestas que parecen surcar el género fantástico en senderos tan opuestos, una, Holy motors’ (2012), de Leos Carax, explorando o abriendo nuevos senderos (o en los menos explorados, los de Resnais, Lynch…), y la otra, ‘Sinister’ (2012), de Scott Derrickson, haciendo el viaje, aparentemente, a la inversa, a las raíces, al substrato de lo siniestro, del terror, las sombras y el fuera de campo, que como bien se sabe también los crea la luz del proyector. Si traigo a colación la asociación, aprovechando que ambas acaban de estrenarse, es porque la obra de Derrickson me cautivó allí donde sentí que cojeaba el denso planteamiento de ideas de ‘Holy motors’ (2012), de Leos Carax, la orquestación sensorial de las texturas (perturbadoras). Cierto que la obra de Carax transita más lo grotesco o lo sórdido, la lírica miserable y patética, que el terror (o lo siniestro) en su sentido más ortodoxo como hace la obra de Derrickson. Aunque ambas coinciden en interrogarnos sobre la creación de imágenes, la responsabilidad de las formas, la ausencia de mirada o la manipulación de la misma que determina su degradación o enajenación. Puede ser más complejo el entramado conceptual de la obra de Carax ( apasionante para derivar en un interminable debate de ideas), pero la de Derrickson con su más modesta configuración simbólica aporta sugerentes apuntes, que pueden también contemplarse como complemento a las más radical reflexión sobre el género que realiza ‘La cabaña en el bosque’ (2012), de Drew Goddard, ambas dos estimulantes muestras que incitan a pensar que puede darse esa revitalización de un género tan enquistado en estériles formulas. Derrickson, a su modo, como la de Goddard, realiza la reanimación desde la entraña de sus convenciones, de sus ‘tropos’ más característicos. Photobucket Con la obra de Carax, muy sugerente en su cuerpo de ideas, gratamente transgresor en su planteamiento, estimulante intento de abofetear nuestra modorra vital, perdí conexión a partir del pasaje de Mr Merde con Eva Mendes. Aunque poco a poco fui recuperándola, nunca fue de modo completo, como si flotara en el espacio, en la distancia, sin lograr contacto con la nave de la que había sido despedido violentamente. Podía advertir la secuencia de sentido, su orografía conceptual, pero los mapas se me deshilachaban entre la yema de los dedos. No logré sumergirme en el placer del texto. Quizá sea necesaria una segunda inmersión para lograr la conexión que no pude realizar en esta primera. A veces ocurre, y redescubres, o simplemente gozas, no sólo intelectualmente, una obra en posteriores visionados. Quizás mis expectativas colisionaron con una narrativa que buscaba el cuerpo y que gritaba por su perdida en nuestra sociedad cada más virtualizada, más embrutecida y enajenada, que no sabe ya apreciar la belleza (o no quiere), pero que parecía ya lejana, u otra, de la que disfruté en las tres primeras obras de Carax, con las que sentí un maravillado asombro. O quizá soy más generoso de lo que debería precisamente por ese lazo emocional tan hondo que sentí con su cine, y no quiero asumir que es una obra tan apasionante en su aspecto conceptual como fallida en su materialización, cortocircuitada por la amargura y el nihilismo al que el escupitajo al mundo vuelve a caer sobre él. Por ejemplo, Blow up me parece en su trayecto simbólico apasionante, pero desnutrida estilísticamente, como una pálida ilustración, como me pareció el caso de ‘Eye wide shit’ de Kubrick , exangüe a nivel expresivo, incluso hasta rancio, como una mirada revenida que intenta articular su mirada opuesta, la irreverente. Quizá sea el caso de Carax, y aún me agarro al recuerdo de sus tres admirables primeras obras, como quien aún se agarra al recuerdo de la amada que ya es definitivamente parte del pasado, porque ya no se la ama del mismo modo, incluso se la mira como a una extraña. Photobucket 2.‘Sinister’ transita sobre espacios, figuras y convenciones convertidas en formulas, pero aporta algo escaso de degustar en un genero tan degradado como el terror, atmósfera, textura. Hacer sentir el terror. El productor Jason Blum se ha forrado con una serie de producciones de bajo presupuesto. La mina la encontró con ‘Paranormal activity’ (2007), que ya va con la quinta parte en producción, y tuvo otro gran éxito con ‘Insidious’ (2010), de James Wan. ‘Sinister’ es una combinación de ambas. ¿Para que complicarse la vida si han funcionado tan bien las otras en taquilla? La acción transcurre casi en un único espacio, la casa a la que se ha trasladado Ellison (Ethan Hawke), con su esposa y dos hijos, para escribir un nuevo libro, o más bien el libro con el que espera repetir el éxito que consiguió con uno anterior diez años antes, y así logre sacarle de la crisis financiera que sufre. Está tan desesperado por salir de esa precaria circunstancia, y evitar el realizar trabajos alimenticios que no le apetece, como impartir clases, o escribir libros de textos, que no informa a su familia de que en esa casa, meses atrás, los padres y dos de los hijos murieron ahorcados en el jardín, y la hija pequeña permanece desaparecida desde entonces. Y es que explorar ese misterio, y escribir sobre el mismo, es su objetivo. Si ‘Paranormal activity’ se narraba al estilo ‘found footage’ (de imágenes de video o super 8 encontradas), aquí esas imágenes, son las que se proyecta Ellison tras descubrir en el ático una caja con un proyector de super 8 y varias películas (¿quién ha podido dejarla? es lo único que queda en el ático), cada una de las cuales contienen la muerte violenta de varias familias, en distintas casas y en diferentes localidades. Y en todos los casos siempre ha desaparecido uno de los hijos. La revisión de esas cintas propicia que tome ‘contacto’, o crea ver, una enigmática figura, que parece asociada con una criatura sobrenatural de origen babilónico. Es el aspecto argumental que la engarza con ‘Insidious’: la amenaza de criaturas ‘fantasmales’ sobre las figuras infantiles, ya que su apetito se sacia devorando el alma de niños. Photobucket Pero si el interés de ‘Paranormal activity’ se restringía a uno o dos sustos ( de una idea que no daba para más que un cortometraje), e ‘Insidious’, aunque fuera saludada por algunos como una revitalización del género me pareció una obra desequilibrada, con varias secuencias turbadoras, pero un reciclaje de películas o situaciones ya vistas sin la necesaria cohesión o densidad, ‘Sinister’, afina con una propuesta mucho más equilibrada, que incide en los senderos de ‘El resplandor’ (1980), de Stanley Kubrick o ‘El último escalón’ (1999), de David Koepp. Mejor que la primera (de entrada, porque Hawke resulta más efectivo que el repertorio de muecas de Nicholson) aunque quizá no tenga la densidad conceptual de la obra de Koepp, que convertía la narración en el enfrentamiento del protagonista con los fantasmas de su frustración, los de no haber llegado a ser lo que aspiraba a ser en la vida. Pero, en cierta medida, si rascamos, parecidas resonancias podemos encontrar en este escritor que quiere salir del pozo en el que parece sumida su vida, y que parece dispuesto a lo que sea por ese éxito (como subordinar su familia a sus ambiciones; su hija, nada más llegar le muestra su insatisfacción por tanto cambio de domicilio; y no deja de ser elocuente el papel que adquirirá la hija en la narración). Photobucket De hecho, Ellison arrastra un reproche, por un libro anterior, ya que por revolver o escarbar más de lo debido (o más bien desprendido de escrúpulos) provocó consecuencias trágicas. Irónicamente, la figura sobrenatural con la que bregará, se manifiesta, o realiza su influencia, a través de las imágenes, con las que suele cautivar, engañar, seducir a los niños, con un efecto trágico, como el que ha causado con los daños colaterales que han causado la confección de sus obras. Es decir, si esa criatura sobrenatural se visibiliza a través de las imágenes, es la obsesión de Ellison por hacerse ‘visible’, ser alguien, no quedar en la cuneta del anonimato (la no consecución del éxito, comercial, de fama), la que determina las consecuencias trágicas (casi se podría decir que esa criatura es como una ‘emanación’ de su enajenación en busca del éxito, de crear imágenes de éxito, despreocupado de los efectos que causa). Lo cual por otro lado enlazaría con la propuesta de Carax, como un comentario sobre la influencia perniciosa del arte, en el que ya no importa lo que se crea, sino la búsqueda del beneficio, sin importar que se ‘devoren almas (miradas)’. La anterior obra de Derrickson había sido la fallida versión de ‘Ultimatum a la tierra’ (2008). ‘Sinister’ recupera las virtudes de su obra previa, ‘El exorcismo de Emily Rose’ (2005), mucho más sugerente que la tan mitificada ‘El exorcista’ (1973), de William Friedkin: su intenso dominio de las texturas turbadoras, malsanas, de hacer las sombras ‘vivas’, ‘presencias’. Derrickson extrae fructífero partido de la concentración espacial, sin airearla con salidas del protagonista (como si fuera una celda, o su mente). Convierte al espacio en protagonista, a las sombras, a los recovecos (que Ellison ausculta con la luz de su linterna, ¿como si fuera la de un proyector?), como convierte al encuadre a un espacio incierto, que puede ser amenazado, tanto visual como sonoramente, como la propia vida de Ellison. Photobucket Lo que en otros casos, como ‘Insidious’, el ralo perfil de los personajes, sobre todo de los secundarios, se revelaba como carencia, aquí que la obra se focalice en Ellison más bien redunda positivamente en esa concentración dramática. Otros personajes como el ayudante del policía (James Ransone) o el experto en religión (Vincent D’Onofrio) con el que habla por video chat, se convierten en ocasionales y eficaces contrapuntos funcionales. Y no deja de ser un mordaz apunte irónico el que sea el sheriff quien le reciba y quien le despida, como un círculo que parece cumplirse.Derrickson hace vibrante uso de convenciones, de los enigmáticos ruidos en el ático, como si fueran pasos, del proyector que funciona solo en la noche, de apariciones súbitas en el encuadre de elementos anómalos, de la espesura de sombras (que hace sentir que todo es posible) o de la dilatación y exasperación del tempo, cualidad crucial en el género. Pero especialmente brilla en el diseño sonoro, en el uso de la música, en la extraordinaria banda sonora de Christopher Young (como una sutil corriente que se desliza, una vibración que es respiración), que traza esa atmósfera desasosegante en crescendo, que va minando la mente y nervios de Ellison, hasta que intente salir de la casa casi ‘reptando’ de horror, como en una de las secuencias iniciales, sobrecogedora, de una caja en el umbral de la entrada de la casa, que parece alguien haber dejado en mitad de la noche, sale reptando, de espaldas, y gritando, su hijo, inmerso en una de sus pesadillas. Todo un anuncio de lo que será su venidera experiencia, la inmersión en los abismos, los que él mismo genera al abrir cierta caja, quizás la de su mente. Photobucket Photobucket