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lunes, 14 de diciembre de 2020

La regla del juego, de Jean Renoir (Colección Telemark/Providence), de Nacho Cagiga

                        

La vida y Renoir. El rio y su cine, que fluye como la vida misma. He aquí un tema, el tema quizás. Porque en Renoir prima ante todo su empeño en captar la vida. Al cineasta francés siempre se le ha identificado con la Vida, así con mayúsculas, y podría decirse que, para los entusiastas del cine de Jean Renoir, el orden de los factores no altera el producto, como evidencia Nacho Cagiga en su libro sobre La regla del juego. El amor está en el jardín, segundo de la Colección Telemark, centrada en películas específicas, de la editorial Providence. Desde que la cinefilia militante o sacramental comenzó a propagarse y afianzarse Renoir es uno de los cineastas que más adoradores o acólitos ha congregado. Se puede decir que hay un altar cinéfilo dedicado a él, a diferencia de otros coetáneos, merecedores de reivindicación (o, al menos, más atención), caso de  Jean Gremillon, Marcel Carné o Sacha Guitry. Cagiga cita, entre los cineastas admiradores, a Alain Resnais, Jacques Rivette o Satyajit Ray, a los que se podría añadir a Mike Leigh, quien admira particularmente Las reglas del juego, la obra que Cagiga analiza de modo pormenorizado, y con marcado entusiasmo, y que también califica como su film más antológico, su mayor obra, aunque apostille que su arte alcanzo su más depurado esplendor en sus cinco últimas obras en color.

La conexión con el gran cineasta británico es manifiesta si se piensa en la excepcional Secretos y mentiras (1996), un relato coral que, como La regla del juego, da a cada personaje la oportunidad de dar sus razones. Incluso, se puede calificar a ambas obras como un espejo puesto en nuestro camino para ver nuestras virtudes y defectos, y así poder sacar conclusiones, antes que nada, sobre nosotros mismos. Esa es una característica que define al cine de Renoir, en general, y sobre el que Cagiga reflexiona en el primer apartado. La atención a la perspectiva plural, o las aparentes diferencias, en general formales o normativas, que revelan sus similitudes. Más allá de cómo nos denominemos, o en qué apartado nos ajustamos, con qué seña de identidad o posición social, todos estamos hechos de la misma materia. No diferimos en el territorio movedizo de las emociones. Y esa afirmación nos lleva a la concepción renoiriana de la vida como un flujo incesante y mudable. La elipsis, la circularidad, el ritual de eterno retorno de las cosas que no se bañan dos veces en el mismo río, constituyen la materia del artificio renoiriano. Formalmente, su cine se caracteriza por los planos largos, con movimiento o sin movimiento de cámara, pero con diversos personajes, que entran y sale de cuadro, de la que es quintaesencia La regla del juego. Es una característica que le conecta con Robert Altman, y de modo específico por compartir con La regla del juego escenario de diferencias de clases, aristócratas y sirvientes, una de sus mejores obras, Gosford park (2000). Para Renoir es tan importante, señala Cagiga, lo que aparece en cuadro como lo que potencialmente puede aparecer, o desaparecer del mismo. Por eso, es tan relevante, en un sentido distinto al de Ernst Lubistch, lo que ocurre tras las puertas. La parte por el todo deja en elipsis e invisible aquello que no percibimos, exactamente igual que en los fragmentos que habitamos, y que Renoir exprime. Hay una continuidad entre lo que se ve y lo que no se ve, en lo que selecciona (enfoca) y sugiere. Importa el flujo entre el campo y el fuera de campo, e incluso entre los términos del mismo encuadre, a veces como contraste. Renoir es un cineasta cuántico incluso antes de que este término pudiera ser acuñado. La vida sin principio ni fin, el acontecer de la(s) historia(s) humanas. Las ficciones de las que está hecha la materia, nuestros sueños, pesadillas, desvelos y ensoñaciones. Para Renoir el mundo es un teatro que se presenta y representa ante la misma audiencia que actúa en los diferentes escenarios que hay en la sociedad. La realidad o la vida como escenario es otro de los aspectos que vertebran su enfoque. Quiere captar el flujo de la vida, su ebullición, pero no lo desliga de la concepción de que esa marejada de emociones y deseos, con sus variaciones y fluctuaciones, está entrelazada con la ficción escénica. Somos, conscientes o inconscientes, actores y directores de puesta en escena, a la par que impulsos que se explayan o que se retienen. Generamos escenarios que apuntalamos como realidad instituida, con normas, códigos, estructuras y compartimentaciones; es decir, naturalizamos un escenario. Como el de las clases sociales y sus diferentes privilegios y funciones, en el que indaga en La regla del juego, para desbrozar los componentes que unen a unos y otros más allá de que unos detenten una posición socio económica y otros otra, con lo que implica que unos sean función e instrumento de los otros. Lo que une y equipara a unos y otros es el mismo escenario conflictivo: el sentimental.

Renoir, según Cagiga, logra transcender un argumento de corte folletinesco y mundano, un melodrama al estilo burgués decimonónico, en el que se apoya para desplegar sus coreografías seriales, como sucesivos movimientos musicales que son combinaciones o variaciones de diferentes personajes. Una coreografía que evidencia una partitura desafinada. Curiosamente, como también indica Cagiga, el mismo Renoir interpreta al personaje comodín. Octave, siempre en medio de todos los grupos, todavía con el disfraz de oso que no puede quitarse, con el enfado en aumento, mientras todo se desmorona, nos da la pauta del caos en que todo se ha precipitado. Es elocuente que porte ese disfraz de oso, personaje intermedio, entre la apariencia de humano o de animal, alguien que no es de clase alta pero tampoco sirviente, disfrazado y a la vez expuesto. La simulación y la naturalidad entran en colisión, como la animalidad y los rituales escénicos sociales. De ahí que cobre tanta relevancia, en su parte central, la larga escena de la caza. Como el punto de inflexión de la película, nos remite a la vida como escenario, como un juego de espejos, baile de disfraces o un teatro de vanidades. Cagiga destaca en particular, sobre la perspectiva más social y política, la antropológica y psicológica (lo que no implica que no esté presente la primera). Renoir desentraña un teatro que quiere dejar al desnudo más allá de las posiciones de unos y otros en ese sistema escénico. Quiere revelar las confusiones y los extravíos, las inconsecuencias y las veleidades de unos personajes que como todos nosotros, son sombras espectrales en ese extraño fragmento de realidad y ficción al que denominamos existencia. Para Renoir, la vertiente fundamental, aquella en la que el ser humano se realiza, y en la que, por añadidura, evidencia su distinción, una actitud consecuente y empática en vez de caprichosa o instrumental, es el amor. ¿Qué podemos esperar de una sociedad que se divierte fundamentando sus valores en la posesión de otro ser humano, ya sea un criado, un amante o alguien que ha dejado de querernos?

 

martes, 18 de agosto de 2020

Pasaje a la India

 

Pasaje a la India (Passage to India, 1984), de David Lean, es una fascinante inmersión en los recovecos del sentimiento amoroso, y una aguda reflexión sobre cómo se gesta y se proyecta, y cuáles son las circunstancias o estados que lo condicionan e influyen. Ya había sido explorado por Lean, con resultados excepcionales, en su precedente obra maestra, rodada catorce años antes, La hija de Ryan (1970), así como en otras previas de igual calibre como Breve encuentro (1945), Amigos apasionados (1949) o Doctor Zhivago (1965). Quizá solo otro cineasta británico, Alfred Hitchcock, y el alemán Max Ophuls, han abordado con tal agudeza los vericuetos del escenario amoroso. En este caso, el contexto, o espacio de contrastes, remite a la extraordinaria Lawrence de Arabia (1962), donde la fascinación por un espacio diferente o exótico actúa como detonante o revelación (de una carencia o un desajuste; el otro lugar puede revelarse como el que se siente el propio, o una irreparable condición fronteriza, o el que evidencia los inestables cimientos de lo propio) . Por otra parte, era otra especie de Amor lo que sentía Lawrence, no sobre un individuo, sino sobre un espacio o más bien una forma de vida que contrastaba con aquella de donde él provenía: Esa cultura, la inglesa, que como bien definía la protagonista de Breve encuentro está compuesta por personas retraídas o tímidas, y en donde el peso de esos difusos y pantanosos términos como dignidad, decencia o sensatez se convierten más bien en corsés de la expresión de los sentimientos o emociones. Y esto era signo de los tiempos cualquiera que fuera este, tanto la década de los 10 que retrata La hija de Ryan, la de los 20 de Pasaje a la india o la de los 40 de Breve encuentro y Amigos apasionados. Y, no nos engañemos, pese a los cambios sociales acaecidos, aún presente en los 70 y 80 cuando fueron rodadas sus dos últimas obras. No es que hablara de otros tiempos, es que era, dejando de lado aspectos específicos de cada tiempo, reflejo también de los presentes.

La adaptación de la novela de E.M Forster, publicada originariamente en 1924, fue un proyecto anhelado por diferentes directores. Ya a inicios de los sesenta por Satyajit Ray y el propio David Lean. Pero el escritor rechazó sus propuestas. Tras su fallecimiento, en 1970, sus herederos también se mostraron poco receptivos con respecto a los intentos de Joseph Losey, James Ivory y Waris Hussein (que había realizado una adaptación televisiva en la década anterior). El productor John Brabourne conseguiría diez años después los derechos de la novela que había aspirado a conseguir desde hacía dos décadas. Brabourne y su socio Richard Goodwin habían producido la adaptación de la novela de Agatha Christie, Asesinato en el Orient Express. Lindsay Anderson comentaría tiempo después que había rechazado la propuesta de dirigir la adaptación de Pasaje a la India. Brabourne, que admiraba particularmente Doctor Zhivago, se lo propuso a Lean, quien no había conseguido materializar su propósito de realizar una nueva versión de Motín a bordo, aunque en buena medida su extensa inactividad, catorce años, era debida a la decepción por el recibimiento crítico de La hija de Ryan, de modo aún más exacerbado y virulento que Doctor Zhivago;  hubo quienes la consideraron, peyorativamente, fuera de tiempo, anacrónica, o sea, cine vetusto, cuando es más moderna, y por supuesto más derrochadora de ingenio y complejidad expresiva y conceptual, que obras, más aclamadas, que superponían la tesis ( el posicionamiento subrayado) a la poesía y la sutilidad. Se había estipulado que la adaptación de la novela la efectuara la escritora Santha Rama Rau, que había conocido a Forster, y había adaptado la novela a los escenarios teatrales. Precisamente, no convenció a Lean que pareciera sobre todo una adaptación teatral por la sobreabundancia de diálogos en espacio interiores. Lean dedicaría nueve meses a la adaptación de la novela, así como posteriormente se haría responsable del mismo montaje.

Pasaje a la India nos narra el viaje de Adela (Judy Davis) y su futura suegra Mrs. Moore (Peggy Ashcroft) a la ciudad hindú de Chandrapore, donde el prometido e hijo, respectivamente, de ambas, Ronny (Nigel Havers), ejerce de juez. Si hay algo que queda prontamente definido es que los ingleses ejercen su papel de dominadores de una colonia con unos marcados aires de superioridad, los cuales implican no relacionarse con los hindúes (sería mancharse o rebajarse con seres de más baja categoría); los mismos coches surcan las calles como si los hindúes fueran interferencias; provocan de hecho que caigan de la bicicleta Aziz (Victor Bannerjee) y su amigo Ali (Art Malik). Es una actitud que llama la atención de ambas recién llegadas, puesto que, antes de conocer el lugar, más bien sentían fascinación por este otro mundo; es un espacio, ribeteado por lo imaginario, que les cautiva e incita querer conocerlo; sumergirse en su atmosfera o modo de vida, es un natural impulso reflejo para ellas. No entienden ni comparten esa rígida y anquilosada actitud; de modo aún más acusado la mujer ya más madura (la disonancia de perspectiva con su hijo es notoria; cuando otros británicos declaran su arrogante desprecio de clase con respecto a los hindúes, Mrs Moore mira hacia atrás; el siguiente plano es metafórico: es la evocación del mar abierto que contemplaba la noche que conoció a Aziz). Los efectos del contacto con un mundo tan diferente al suyo en cuanto hábitos o enfoque vital, por un lado, y en cuanto ambiente, más solar, por otro, serán prontamente manifiestos en dos mujeres con una disposición o curiosidad que las hace receptivas a que sus sentidos despierten o se propulsen como no acaecía en su encorsetada y retraída cultura británica. Claro que esa receptividad, ese anhelo, no se ha desprendido de los lastres culturales que traen consigo, lo que condiciona el consiguiente conflicto consigo mismas; en especial Adela, quien transferirá la culpa o vergüenza que siente por no poder lidiar con los sentimientos inhibidos sobre el elemento detonador, responsable indirecto (como pantalla) de tentar lo que Adela es, más bien, incapaz de expandir, es decir, sus sentidos y emociones; culpabiliza a quien provoca en ella unas sensaciones que la superan en vez de asumir que el cortocircuito se debe a la incapacidad de expresar sin restricciones sus deseos y emociones (cautiva en la oscura cueva de sus represiones).

Lean ya anticipa desde la primera secuencia esa colisión, constituida de fascinación y miedos, cuando Adela acude a la agencia de viajes para concretar los detalles del mismo (el exterior, desde el que contempla el escaparate, es lluvioso; en primer término, un barco, la idea del desplazamiento, del contacto con lo que no es familiar y puede hacer sentir, más allá de la rutina, que se experimente el acontecimiento). En el interior, observa las pinturas o fotografías en las que se aprecia el paisaje y las figuras de la India, y en concreto, las cuevas de Marabar, donde se producirá el estallido o conflicto nuclear de esa colisión de emociones alteradas o desajustadas. Ya los movimientos de cámara hacia los cuadros introducen un elemento desestabilizador, una fisura en el propio discurrir del relato, esa mezcla de atracción e inquietud, esa intuición de sensaciones desconocidas, de sensualidad aún no expandida, virgen. Lean condensa con brillantez en su inicio, como en la previa La hija de Ryan, la cuestión sustancial de la proyección del deseo y el sentimiento amoroso. En La hija de Ryan, la joven protagonista contempla desde las alturas a la figura del hombre del que está enamorada, que camina por la playa. Las elevaciones de la sublimación desde las que proyecta lo que anhela sentir y que generará el conflicto cuando la experiencia concreta, tras casarse con él, sea decepcionante para ella, porque lo que siente no es sino un deslustrado reflejo de lo que anhelaba sentir. En Pasaje a la India esas cuevas, esa imagen de oquedades en una piedra, despierta en ella la atracción de lo que desconoce, la vivencia de la experiencia sensual y sexual. Es una incógnita (una fisura en una piedra). El anhelo será desbordado por la incapacidad de lidiar con esas avasalladores sensaciones que no sabrá cómo articular, cómo expresar (al otro).

Hay una secuencia previa  (que no está en la novela de E.M Forster) que anticipa ese conflicto en las cuevas de Marabar: la excursión en solitario de Adela a las ruinas de un templo (de nuevo otras imágenes, un aire sagrado enturbiado quizás por la mirada medrosa). Contempla fascinada esas esculturas, con figuras en posiciones o interacciones explícitamente sexuales; Adela se empapa de unas sensaciones que invocan un erotismo aún retenido. De repente, hacen acto de aparición una manada de monos que comienzan a chillarla agresivamente, lo que determina la rápida y agitada huida de Adela, como si su sexualidad que empezara a manifestarse se topara con el miedo a liberarla. No es casualidad que después de esta secuencia, si antes había confesado sus dudas a su prometido sobre su futura boda, ahora de nuevo se reafirme en su proyecto conjunto marital. Esto nos señala cómo está de escindida o presa de contradicciones, entre un deseo sexual que la desborda y la falta de inspiración, al respecto, que le suscita aquel con quien se supone que debe casarse, un desajuste que no sabe cómo encajar, y anuncia el porqué de su desquiciada conducta posterior, cuando sí sienta esas sensaciones, ese deseo, por Aziz. Un cortocircuito que alcanzará su cenit en la larga secuencia de las cuevas de Marabar.

Pero el contraste o la colisión no es solo entre los miedos y la falta de hábito para expandir los deseos o las emociones. Es también entre la restrictiva mirada que contempla la vida, o el mundo, en función de la propia parcela de vida (realidad instituida) y la amplitud o diversidad de lo real. Si el primer conflicto lo vive la mirada en formación, la de la joven, el segundo se vehiculará a través de la mirada de quien ya ha vivido, y ha sentido su desajuste con respecto a su reducido escenario de realidad, la mujer que ya ha alcanzado la ancianidad. Mrs Moore es una mirada receptiva a cruzar un umbral, a un fuera de campo, aunque el peso de los años desperdiciados (en una vida convencional) la hayan entumecido. Resulta manifiesto en la secuencia nocturna en la que Mrs Moore contempla el amplio horizonte del mar desde un templo hindú; varios movimientos de cámara hacía ella se acompasan a su inquietud por algo incierto que no sabe qué es, por eso se vuelve, y mira repetidamente a su alrededor como si algo fuera a ocurrir, hasta que en la tercera ocasión distingue una sombra en la oscuridad, que no es sino la del ingenuo doctor Aziz, con quien, a partir de entonces, creará una muy cálida relación de afecto. Pero Lean ha dotado esos momentos de una pátina fantástica, como si se hubiera cruzado otro umbral de sensaciones. Y revelador de esas encontradas emociones es la alusión del Doctor Aziz a esa hermosa vista del mar que es tan fascinante, pero en la que a veces uno descubre cadáveres flotando, y además esta infestada de cocodrilos bajo sus plácidas aguas. Condensa en una imagen esa combinación o coexistencia de fascinación y miedos.

La admirable capacidad de Lean de crear, en la larga secuencia de las cuevas de Marabar, con un brillante uso del diseño sonoro, una atmósfera tan sensual, como desestabilizada, ante fuerzas o signos atávicos, recuerdan al Peter Weir de La última ola o Picnic en Hanging Rock. Primero, Mrs Moore en una de las cuevas, donde las voces se amplifican con el eco, sufre un ataque de ansiedad, sintiéndose ahogar entre la multitud. Al salir comenta, mirando a la luna, inmensa, que domina el encuadre en primer plano, que con la vejez se toma consciencia de que sólo somos pasajeros en una vida sin sentido ni Dios. Ha experimentado la más honda vulnerabilidad, enfrentada a su propia insignificancia en un espacio extraño que la ha hecho conectar con nuestra condición primigenia, nuestra insignificancia entre ecos que nada significan. En el caso de Adela su sofoco se debe a la sensualidad que la desborda. Aquellas cuevas no dejan de tener ciertas resonancias con el sexo, o genitales, femeninos. Un espacio oscuro que se penetra, como el deseo desatado nos hace sentir más expuestos o vulnerables que nunca, y cruzar ese umbral es asumirlo, asumir esa liberación sin miedos. Es la espacialización del choque entre deseo y represión. Adela es guiada por el doctor Aziz a unas cuevas en lo alto y allí, inmersa en esa oscuridad, en la que se introduce, se enfrenta a sus emociones encontradas, entre aquellas condicionadas por su cultura que la inclinan a casarse por alguien que no ama ni por el que siente deseo, como el juez Ronny, pero son convenientes, sensatas y dignas, y las que la incitan a desbordarse por esa sensualidad, que este otro espacio despierta en ella, más consecuente consigo misma (su sensación verdadera), pero que implicaría romper con su cultura, o desasirse de sus constreñidos condicionantes. Quisiera, pero no puede.

Lean hace palpable lo que Adela siente, lo que en ella suscita Asiz: sus preguntas sobre su esposa, que murió tiempo atrás; su expresión cuando le tiende la mano,  y cuando la coge; su nerviosismo o sofoco, en la oscuridad, cuando él la busca entre las cuevas: la elipsis es elocuente: el siguiente plano es el de un flujo de agua; no sabe cómo armonizar con su deseo sexual, y la vergüenza le domina como si fuera un cuerpo en llamas que no sabe cómo articular lo que desea o siente. Como señalaba Mrs Moore en una secuencia previa, después de tantos siglos seguimos sin saber comprendernos. En esa elipsis hay más contenido (o más bien retenido), ya que después vemos corriendo cuesta abajo a Adela con los brazos ensangrentados ¿Qué ha ocurrido? Ella declarará que el doctor Aziz quiso violarla, pero hay detalles que nos hacen pensar que no todo es tan claro. Vemos cómo se araña ella misma los brazos, dominada por su ataque de histeria. Esa elipsis es coherente, porque, al fin y al cabo, es resultante de lo que Adela se ha negado a sí misma (lo que no quiere recordar de los hechos es lo que no quiere asumir de lo que siente o necesita y, sobre todo, de su incapacidad para expresar su deseo), como lo es que sea ella misma, ya recuperada, en el posterior juicio al doctor Aziz, la que reconozca en su testimonio la verdad, que no sufrió el ataque de nadie. Todo fue fruto de esas sensaciones que la desbordaron en aquel imponente lugar que despertaba nuestras fuerzas más atávicas, del deseo y liberación de los sentidos, tan contrarias a una rígida sociedad o cultura como la occidental, y en concreto, la envarada británica.

Solo quienes disciernen con la mirada flexible y desprejuiciada, caso de Mrs Moore o el profesor Fielding (James Fox), no dudan de que Aziz sea inocente, lo que determina que se enfrenten con su entorno, o con los que son presuntamente los suyos, sea por lazo de sangre o nacionalidad. Fielding o Mrs Moore no restringen su relación de realidad a los cercos de lo nuestro o propio, frente a lo otro (que no solo es diferente sino inferior). De nuevo, como en obras previas, Lean armoniza con ejemplar magisterio, el conflicto individual y el colectivo. El juicio a Aziz se convierte en emblema de una fricción, entre las dos culturas, que ya alcanza un estado terminal, un preámbulo a la liberación de una imposición colectiva. David Lean, con su aguda mirada cuestionadora, modula las emociones, sentimientos y sensaciones de un modo tan táctil como desnudo, y rasga los velos que ocultan o reprimen nuestras inconsecuencias e incapacidades, las ficciones que constituyen nuestra enajenada relación con la realidad. 



sábado, 11 de junio de 2016

E.T - 34 años después: Sombras y luces - Siete curiosidades

Hoy se cumplen 34 años del estreno de E.T (1982),de Steven Spielberg. Si enfocáramos primero en la superficie de las cifras, hablaríamos de la película más taquillera hasta ese momento, desbancando a 'La guerra de las galaxias', posición que mantendría durante nueve años hasta que otra película de Spielberg, 'Parque Jurásico', tomara el relevó. Por algo le pusieron a Spielberg el apodo de El rey Midas. Un cineasta que se convertiría en representación de un cierto tipo de cine, del que esta película podría ser emblema: de hecho, elegiría la imagen del niño que porta a E.T en la cesta de su bicicleta ascendiendo hacia el cielo, perfilado contra una resplandeciente luna llena, en el logo de su productora, Amblin Entertainment. Pero 'E.T' es mucho más de lo que parece, desde luego no precisamente sensiblera, sino conmovedora, no precisamente complaciente, sino punzante en su sustancia, reflejo por otro lado de un cineasta más escurridizo de lo que parece, como evidencia su irregular y variada filmografía, en especial su más inspirado, y más turbio y siniestro, periodo: el que va de la desoladora 'Inteligencia artificial' (2001) a 'Munich' (2005). Y, además, bien que podía enlazarse con su última magistral obra, 'El puente de los espías' (asóciese la relación entre Elliot y E.T con la también muy bella amistad que conecta a los personajes de Tom Hanks y Mark Rylance).
Ese mismo año produjo otro éxito que también exploraba el imaginario infantil, aunque en su vertiente más siniestra, 'Poltergeist', de Tobe Hooper. Si en esta exploraba los miedos nocturnos de la niñez, en 'E.T' ahondaba en el sentimiento de orfandad y desamparo. La criatura extraterrrestre era el reflejo del niño humano, Elliot (Henry Thomas). De hecho, la primera vez que se encuentran, la criatura extraterrestre es una sombra que se aproxima a él tambaleante. Perdido en el bosque tras que su nave parta sin él, E.T encontrará en Elliot la figura que le acoja. Uno y otro conectarán de tal modo que sentirán lo que siente el otro. La idea originaria surgió de la propia vivencia infantil de Spielberg, hijo de padres separados, que creció sin padre, por lo que inventaría, por esa falta, un amigo imaginario. E.T anhela volver a casa, con la que intenta comunicar (teléfono mi casa/phone home, se convirtió en una frase tan célebre que se integró en el acervo cultural), como Elliot siente que su hogar está incompleto. Padece la sensación de falta de hogar. Tras liberar a las ranas que un profesor intentaba que mataran para un experimento (como luego E.T también será objeto de experimento por parte de los científicos de las agencias gubernamentales, durante el cuál le dan por muerto durante un tiempo), Elliot recrea una escena de 'El hombre tranquilo', de John Ford, con una compañera de clase que le gusta, a la que besa, como John Wayne a Maureen O'Hara, escena que al mismo tiempo está viendo E.T en la televisión (resulta fascinante la orquestación de diversos reflejos en la construcción de la película). Y 'El hombre tranquilo' no deja de ser la historia de un hombre que busca la sensación de hogar, con su vuelta a su pueblo natal, Innisfree.
E.T, que se denominó 'A boy's life/Vida de un niño' durante el rodaje (para que no se filtrara a los medios su planteamiento) es una obra desde la perspectiva de los niños. Durante los primeros treinta minutos los adultos son sombras, figuras difusas, incluso amenazadoras. Es un mundo incomprensible, con el que Elliot no se siente vínculo. Una criatura del espacio no deja de ser el doble con el que sentir la conexión que había perdido con su entorno. Las alturas de los adultos no eran acogedoras, pero sí la mirada de quien proviene de las alturas pero le mira a la misma altura, como si fuera a la vez un padre y un amigo íntimo. E.T aporta luz, guía de luz (como la que emana de su dedo como una dirección) a la vida de Elliot.El único adulto con el que parece crear una sintonía es el que encarna Peter Coyote, el hombre a quien durante la parte inicial se le identifica por sus llaves (como a Elliot le faltaba, en sentido figurado, la llave para encontrar el hogar, tras la ausencia de su padre). Un hombre que, de hecho, reconoce que había querido materializar ese encuentro con una criatura extraterrestre desde que era niño ( y por eso también está presente en la despedida final): 'E.T', combina sabiamente la comedia y lo fabuloso, lo tierno y lo siniestro, con una precisión equiparable a la previamente conseguida por Spielberg en 'Tiburón' (1975), otro relato con criatura extraña que irrumpía en un entorno, aunque en ese caso si de modo amenazador y no conciliador . Y extrae una poderosa emoción de la progresión dramática, en parte conseguida por la ocurrencia de rodar las secuencias en orden cronológico para que los niños se involucraran de modo más profundo con el desarrollo de la historia, por lo que no costó demasiado expresar la emoción manifestada en la secuencia final de la despedida. Para celebrar la onomástica de una película que crece con el paso del tiempo destaquemos siete curiosidades de su preparación y rodaje.
La niña con fiebre y la bestia. En cierto momento del rodaje Drew Barrymore olvidaba una y otra vez sus líneas de diálogo, lo que exasperó de tal modo a Spielberg que perdió los estribos y la gritó. Poco después se enteró de que ella había acudido al rodaje con elevada fiebre, por lo que la pidió disculpas abrazándola mientras ella lloraba
La galaxia de Yoda y E.T. En escena de Halloween en la que ET hace un gesto de reconocimiento cuando se cruza en la calle con alguien disfrazado de Yoda, se sugiere que son de la misma galaxia. En la escena del bar de 'La guerra de las galaxias' había unas criaturas semejantes a E.T.
Lágrimas por un perro y la niña punk. En la audición para seleccionar al actor que interpretara a Elliot, Henry Thomas tras no ser muy convincente en la prueba, improvisó una escena en la que, para expresar tristeza, pensó en el día que murió su perro. Sus lágrimas conmovieron de tal modo a Spielberg que decidió darle el papel al momento. Drew Barrymore convenció a Spielberg por la inventiva de un relato en el que ella era la líder de un grupo de punk.
El alien hindú. El cineasta hindú Satayajit Ray escribió en 1964 un guión titulado 'The alien'. Columbia Pictures mostró su interés, como algún actor, caso de Gregory Peck, en colaborar con él. Para este proyecto se consideró a Brando y Peter Sellers como protagonistas. Pero cuando Ray llegó a Hollywood en 1967 se encontró con que se habían apropiado de sus derechos. Brando abandonó el proyecto, y aunque se intentó reemplazarlo por James Coburn, Ray se hartó de las maquinaciones hollywoodienses y retornó a Calcuta. Columbia intentó durante las siguientes décadas reanimar el proyecto varias veces sin conseguirlo. Cuando se estrenó 'ET' (1982), hay quien, como Arthur C Clarke, señaló sus similitudes con 'The alien'. Ray declaró que estaba convencido de que no se hubiera realizado si no hubiera estado su guión circulando por los despachos en Hollywood, aunque Spielberg negara que lo hubiera leído.
El guión que surgió de otro guión. El guión comenzó a escribirse durante el rodaje de 'En busca del arca perdida'. En las pausas, Spielberg le contó el argumento de su proyecto 'Night skies' a la escritora Melissa Mathison, que ese encontraba en el rodaje junto a su novio entonces, y después marido, Harrison Ford. De esa historia en la que unos extraterrestre aterrorizan a una familía asediada en su casa rural (premisa que no difiere de la posterior 'Señales'), a ella le conmovió particularmente la subtrama en la que un niño autista, en un hogar roto, establecía amistad con el único extraterrestre amistoso. Mathison escribió una primera versión en dos semanas que convenció inmediatamente a Spielberg. Se escribirían dos versiones más, en las que se eliminó un amigo de Elliot, así como se añadiría la sugerencia de Spielberg sobre una escena en la que E.T se emborrachara. La guionista realizaría un cameo, como enfermera, pero no aparecería en el montaje definitivo.
El sueño del extraterrestre y los peluches. El gag de la secuencia en la que la madre mira en el armario de Elliot, y no distingue el rostro de E.T entre el resto de los muñecos de peluche, fue originado en un sueño del cineasta Robert Zemeckis
Piezas para el diseño de un extraterrestre. La inspiración para diseñar el semblante de E.T resultó de una combinación de Albert Einsitein, el poeta Carl Sandburg, Ernest Hemingway y un doguillo. Carlo Rambaldi, que ya había realizado el diseño de los extraterrestres en 'Encuentros en la tercera fase' fue elegido para elaborar el de E.T. Para su cuello extendible se inspiró en su propia pintura 'Woman of delta'.. La productora Kathleen Keennedy contrató a especialistas de un Instituto visual para diseñar los ojos, ya que su expresividad era cuestión crucial. Se crearon cuatro cabezas. Dos enanos y un niño de 12 años sin piernas portaron el vestuario de E.T.

domingo, 31 de agosto de 2014

La diosa

Interpones una distancia, y las circunstancias, la injerencia de otros, la transforma en otra difícilmente superable. No es lo mismo el espacio que las dimensiones trascendentes del símbolo. En la fascinante 'La diosa' (Devi, 1960), de Satyajit Ray, Umaprasad (Soumitra Chaterjee) quiere poner distancia con la influencia paterna, con todo lo que implica (con respecto a una tradición y una manera de enfocar la realidad), y abrirse a otro mundo, trazar su propio sendero, por lo que decide trasladarse a la ciudad para conseguir ya graduarse en la universidad. Su padre es un zamindar, un rico terrateniente, representante de una tradición instituida. En su mismo nombre, Kalikinkar (siervo de Kali), se evidencia cuán devoto es de la diosa Kali. Entremedias, queda una mujer, la esposa de Umaprasad, Doyamoyee (Sharmila Tagore), como una pieza estirada desde dos extremos, mientras su voluntad, y su equilibrio emocional se va desmoronando. En las primeras secuencias, que transcurren durante una fiesta tradicional, ya se evidencia, por su gesto, que cierta tristeza la abruma Una tristeza que se hace interrogante cuando cuestiona a su marido el por qué de su viaje, que implicará un distanciamiento, si ya dispone del dinero suficiente. No logra entender lo que significa ante todo para Umaprasad, esa empancipación de un yugo y una influencia que implica subordinación. Y Dotamoyee se convertirá en una especie de rehén, de cautiva. No de modo voluntario, porque la obsesión de el propio Kalikinkar (Chhabi Biswar) también es un cautiverio. Kalikinkar tiene un sueño en el que siente la revelación de que Dotamoyee es la encarnación de la diosa Kali. Umaprasad deberá retornar para intentar deshacer esa especie de hechizo que ha convertido a la esposa que había dejado atrás para apuntalar su propia independencia en un símbolo religioso venerado. 'La diosa' es la narración de ese forcejeo entre dos perspectivas que deriva en un desmembramiento emocional, el de Dotamoyee.
En las primeras secuencias se percibe cuánto adora el suegro a su nuera. Pareciera que esa conversión, a partir del sueño, en símbolo de un cuerpo del que le separa una insalvable distancia, es la particular exacerbación de un deseo sublimado. Si el hijo pretende emanciparse, estableciendo una distancia, que implicará separación, en primer lugar física, por su traslado a otra ciudad, y sobre todo emocional e intelectual, el padre establece, o instituye, una distancia, aunque sea de modo involuntario, una distancia más complicada de superar, una distancia que es apropiación porque conserva en su espacio, físico y simbólico (el feudo de una tradición), a la mujer que ama su hijo ( y quizás él). En este aspecto, para comprender la dimensión de esa lucha, y la dificultad a la que se enfrenta Umaprasad, que deriva en su impotencia final, y en la agónica desesperación de Doyamoyee, al verse cautiva de una condición simbólica, hay que tener en cuenta el contexto, todas las implicaciones de un tiempo y de una cultura. Para Ray es un homenaje al 'Renacimiento bengalí' movimiento ideológico que se cuestionó los fundamentos de la tradición hindú, replanteamiento en el que fue decisiva la influencia del pensamiento occidental. La acción se sitúa en 1860, en Bengala. El padre representa los dogmas fundamentales del hinduismo entonces, entre ellos el papel subordinado de la figura de la mujer, el sometimiento de su voluntad.
Este aspecto adquiere una dimensión desoladora en el trayecto dramático que padece Dotamoyee. No se diferencia mucho de ese loro al que saluda en varias ocasiones, un ornamento fuera de un espacio propio, porque su voluntad no cuenta, no se le permite volar. Vive en un jaula, cautiva. Su posibilidad de movimiento se reduce al simbólico, puede convertirse en representación de una diosa, como en el de un demonio que devora la piel de los niños, según lo que represente en cada momento para los otros. En cierto momento, ella misma duda de si será realmente la reencarnación de Kali. Su desconcierto le hace perder pie. La posibilidad de salvar alguna vida la sitúa en un territorio movedizo en el que es presa de la sugestión, de la ilusión de convertirse en una figura relevante, fundamental, necesaria, referencial. No es, por un momento, una voluntad dependiente de las decisiones ajenas, las masculinas. Un deseo de sentirse alguien, de sentirse relevante (esa tristeza de sentirse relegada, de no sentirse razón prioritaria para las decisiones de su marido en el inicio) confunden su discernimiento, y ofuscan sus decisiones. Hay, como suele caracterizar el cine de Ray (cine de estados, táctil, narración que es inmersión) un hermosísimo empleo de los espacios, tanto en su resonancia significante como en su fisicidad (la marea baja en el momento en que el piensan huir marido y mujer, y corporeiza esas dudas en Dotamoyee: los botes en secano, el agua que se ha retirado, como el signo de una imposibilidad).
Y no digamos de las luces y sombras (el momento en el que marido y esposa se abrazan en su habitación, dos sombras que han perdido el perfil, dos sombras dolientes que han perdido la imagen, la nitidez de hacer cuerpo, de realizar, sus voluntades y sueños). El extravío del padre encuentra su ancla, su justificación, en su devoción religiosa. No hay espacio para la intrusión de una perspectiva racional que puede alterar el escenario (sólo las derivas irracionales que pueden convertir en un demonio a quien consideraban el día anterior una diosa). Desde luego, no en aquella època. En 1960 esta obra levantó sus ampollas entre los sectores más ortodoxos del hinduismo, lo que provocó que las autoridades tardaran años de conceder permiso para su exportación a otros países. Significativamente,cuando eso pudo darse, Ray realizó alguna breve modificación de montaje que hizo más demoledora y abrupta su conclusión, como si no dejara espacio para cierta catarsis aun en la tragedia. No dejaba de ser una forma de indicar que los extravíos del pasado aún persistían de modo manifiesto en aquel presente.

miércoles, 16 de julio de 2014

Imágenes de un rodaje: Pather panchali

Satyajit Ray en varios momentos del rodaje de 'Pather panchali' (1955)

Storyboard de Pather panchali

Pasajes del storyboard de Satyajit Ray para 'Pather panchali' (El camino de la vida), 1955.

Pather Panchali

En 'El camino de la vida' no hay trama, sino un tapiz donde cada instante, cada figura, es parte de un conjunto,ya sea un insecto desplazándose por el agua,o dos hermanos corriendo emocionados al escuchar que llega el hombre de los dulces. El tiempo es fugacidad y acontecimiento, como ese tren que ven pasar en el campo de juncos.La accidentalidad de la Muerte y la celebración de la vida se entreveran en cada momento.

El camino de la vida' (Pather Panchali,, 1955), de Satyajit Ray, es la primera de las que componen la denominada 'La trilogia de Apu', al que aquí vemos ya niño, aunque su aparición sea ya avanzada la narración, puesto que él es un componente más de esta visión panteista donde todos son parte de un conjunto, como la hojas de los árboles, o las gotas de agua de un rio. Esa armonía y equilibrio que destila su narración puede evocar la del cine de Ozu.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Satyajit Ray y Marlon Brando, proyecto frustrado, posible inspiración de ET

Satyajit Ray estuvo a punto de colaborar con Marlon Brando en 1967. Ray había escrito un guión titulado 'The alien'. Columbia Pictures había mostrado su interés. Como algún actor como Gregory Peck había demostrado su interés en colaborar con él. Para este proyecto se consideró a Brando y Peter Sellers como protagonistas. Pero cuando Ray llegó a Hollywood se encontró con que se habían apropiado de sus derechos. Brando abandonó el proyecto, y aunque se intentó reemplazarlo por James Coburn,Ray se hartó de las maquinaciones hollywoodienses y retornó a Calcuta. Columbia intentó durante las siguientes décadas reanimar el proyecto varias veces sin conseguirlo. Cuando se estrenó 'ET' (1982), Hay quien señaló sus similitudes con 'The alien'. Ray declaró que estaba convencido de que no se hubiera realizado si no hubiera estado su guión circulando por los despachos en Hollywood, aunque Spielberg negara que lo hubiera leído.