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viernes, 9 de septiembre de 2022

Veinticuatro ojos (Nocturna Ediciones), de Sakae Tsuboi

 

Estos críos, ajenos a ese mundo inquietante, crecen atentos a su propia felicidad y a su propia pena. Ignorantes de que forman parte del gran curso de la historia, crecen simplemente conforme a las leyes de la naturaleza. Doce niños crecen durante los dieciochos años que transcurren, entre 1928 y 1946, en el desarrollo de los acontecimientos narrados en la novela, publicada en 1952, Veinticuatro ojos (Nocturna Ediciones), de la escritora japonesa Sakae Tsuboi (1899-1967), cuya adaptación al cine, dos años después, fue dirigida por Keisuke Kinoshita. Años durante los que acontecen diversos conflictos, sean ofensivas contra socialistas y comunistas en 1928, o sean conflictos armados en 1931 o 1937 con China, o la misma segunda guerra mundial. Son niños que son reflejo, por pasiva, de las tradiciones predominantes o de las tensiones con respecto a los impulsos de cambio. Y también son mirada, de ahí que se remarque en su propio título. Son sujetos cuya vida se ve determinada y conducida por unos valores sociales y culturales que marcan cuál puede ser la vida de un hombre o una mujer por pertenecer a ese género, o por su misma extracción social. Pero también son sujetos singulares con sus particulares deseos y aspiraciones, padecimientos y carencias. El trayecto temporal remarca el deterioro que implica su paso por las privaciones o contrariedades que han sufrido durante ese tiempo. La calidez y ternura que aún se mantiene dieciocho años después entre los supervivientes es un amor resplandeciente que hace sentir las heridas de las ausencias o del dolor sufrido.

Los alumnos son pequeñas piedras de un paisaje o conjunto social. A La profesora Oishi, la llaman Koishi (guijarro). Ella representa el impulso de cambio. En principio, suscita consternación o desconcierto por su diferencia con respecto a su aspecto y su modo de conducirse. Era la primera maestra que veían montar en bicicleta. Y también la primera que iba con ropa occidental (…) era muy diferente a las maestras habituales (…) ¿Por qué habrán enviado aquí una persona tan fuera de lo común precisamente este año? Es un cuerpo extraño en esa aldea retirada. Oishi debe atravesar un largo recorrido para llegar, como deberá cruzar otro tipo de distancia para ser aceptada, ya que en principio a la gente del pueblo le cuesta abrirse con alguien que ven como si fuera casi una alienígena. Incluso, su primera reacción ante lo diferente, por anómalo, es la de la censura. En cierto, momento Oishi imagina que cruza un puente, el cual representa ese anhelo de crear conexión con quienes parecen anclados en una tradición de modo inflexible. Un puente representa la flexibilidad, la posibilidad de la convivencia armónica entre diferentes dinámicas o formas de habitar la realidad. Pero el puente soñado se tornará fractura de talón, y una larga ausencia como profesora. Aunque el vínculo logre establecerse, no solo con los niños, esa fractura ya anticipa las fracturas sociales que se vivirán durante los dieciocho años posteriores.

Oishi sufre por lo que las tradiciones y normativas socio culturales hacen padecer a los niños, por ser mujer o por ser hombre. La maestra se dio cuenta de que ese era el origen del problema: Kotoe pensaba que era la responsable de haber nacido mujer (…) aceptaba renunciar a seguir estudiando como si ese fuera su destino inevitable. Sufre cuando, durante años, pierda la pista de algunas alumnas que fueron vendidas por sus padres o que acabaron abocadas a trabajos míseros por la muerte de su madre. Su ausencia, o su recuerdo, o de modo más específico la incertidumbre por cuál habrá sido su vida, es una herida invisible que recorre la narración hasta las últimas páginas, en las que prima la desolación o consternación por la pérdida de vidas que supone la guerra, y la enajenación en que sume a los hombres ya que se les inculca la idea de que la muerte en batalla es un orgullo. Si hay mujeres que sienten que son ellas las responsables y no los valores discriminatorios y restrictivos de una sociedad, los hombres también son modelados para que sientan que la realización está en la muerte. Esos últimos pasajes narrativos se ven atravesados por la colisión entre Oishi y su hijo mayor quien considera una aberración el dolor y el rechazo a la guerra de la madre. ¿Por qué se prohibía lamentarse por las vidas humanas que las bajas hacían añicos?¿Preservar la seguridad no significaba más bien proteger la vida humana que restringir la libertad del espíritu? (…) Le dio la impresión de que los corazones de cientos de miles o millones de madres de todo japón eran arrojados como una mota de polvo en un vertedero e incinerados con un solo fósforo. El reencuentro final con los alumnos, tras esos pasajes de desolación, e impotencia (dada la férrea convicción de su hijo) es como un brote de luz que dota de aliento a una realidad fracturada que piensa que camina o se conduce hacia una dirección cierta, e inexorable, cuando no es sino un mero espejismo enajenador que genera dolor y desolación a hombres y mujeres.

lunes, 11 de enero de 2021

Alrededor del mundo (Nocturna Ediciones), de Laurent Mauvignier

                      

Habrá recorrido la tierra, acaso para recordar que todos los objetos del mundo se hallan ligados entre sí de una manera u otra y que se tocan unos a otros. Es el recorrido de Alrededor del mundo (Nocturna ediciones), del escritor francés Laurent Mauvignier (1967), que comienza, precisamente, con una imagen, el mapa de una línea de metro. Estaciones, enlaces. La narración se define por la sucesión de estaciones, fragmentos de vidas en distintas zonas del mundo, sujetos ligados entre sí de una mera u otra. Pero ¿Se tocan?. El enlace, más figurativo que el real que se padece en el primer pasaje, es un tsunami, ese que parece hacer tambalear nuestra civilización, y la misma Tierra, fruto de nuestras inconsecuencias e inconsistencias. El enlace es una fisura, una fractura. Un personaje escribe relatos sobre hombres y mujeres, historias de personas sencillas que intentan salir adelante en un mundo hecho para nadie, pero un mundo hecho por nosotros, por la suma de nuestras acciones virulentas, por pasiva o activa. Con los distintos pasajes que se suceden se intenta radiografiar un conjunto de actitudes o de forma de relacionarse con los demás y el entorno, como colectivo, da igual en qué lugar del mundo se viva, que ha generado este colapso o cortocircuito que ahora se revuelve contra nosotros como un tsunami. En otro pasaje, alguien se pregunta qué hacen las ONG, todas las ONG, quiénes nos preocupamos de los demás, de la distribución equitativa, si lo que parece influir como una marea arrasadora es más bien la acción depredadora o explotadora, de los demás o de las reservas naturales, lo que implica la agudización de las desproporciones en la distribución de riqueza en el mundo.

Se ha potenciado, inoculado, la actitud del turista, la mirada del que contempla la realidad como si nada tuviera que ver con él mientras disponga del acceso y suministro requerido. El mundo afuera es un parque temático. Como bien señaló Jean Baudrillard hace unas décadas nuestra realidad es una combinación de parque de atracciones y supermercado (y desgraciadamente, ya como necrosis). Un mundo donde todos los espectadores vienen a asistir al espectáculo desde el interior mismo del decorado, nutriendo el escenario con su presencia y el rumor vago y flotante, ruidoso y fantasmagórico de sus comentarios, de sus cámaras fotográficas, que mediante los flases y los millares de clics crean ese halo sonoro y luminoso, ese aura de prestigio que requiere cada puesta en escena. Vivimos a través de intermediaciones, de pantallas. Los hechos son antes grabados que vividos. Las experiencias son para recordarse con la grabación que para sentirlos. Nos han entumecido, neutralizado, para que nos preocupemos solo de nuestra pequeña parcela, y si disponemos de una copiosa capacidad adquisitiva, de desear más lujos. Otro personaje trabaja para los cables, reales y figurativos que configuran ya nuestra relación con la realidad se reconecten, fluidifiquen, se unan y se intercambien aún más rápidamente sobre autopistas y puentes que abolan las distancias y las disminuyan y supriman, hasta que pronto no quede, sobre la Tierra entera, ni un punto alejado de otro más allá de unos cuantos metros de cableado. Tal es su cometido y su dominio. Tiene el planeta como terreno de juego y de experimentación y anhela transformar el mundo en un inmenso cuerpo conductor. Es la perspectiva aérea de la realidad como un mapa informático. Todos somos puntos, programas y funciones. Es la perspectiva del gestor, la mirada rentabilizadora que domina la realidad como si su materia fuera una serie de circuitos.

Otro personaje quería vengarse de la vida (…) Vengarse como si tuviera motivos para ello, él, que en su vida no había conocido sino el destino del más común de los hombres. La amargura de sentir que no se nos ha concedido lo que deseamos se ha enquistado en nuestra sociedad como dinamos de actitud y conducta en todos los niveles, como niños que reclamamos lo que creemos que nos merecemos, y sino nos revolvemos proyectando el ácido del resentimiento y el despecho. Si la vida no da lo que demandamos, nos congratulamos con las acciones que sentimos que nos resarcen aunque implique actuar como meros ombligos con forma humana. El capricho, o tiranía de la apetencia, que no acepta los límites, en cuanto impedimentos, como proyectil que configura la realidad como un cuerpo conductor que permite acceso inmediato a lo que se desea (y lo que se inocula como necesidad). Alrededor del mundo también introduce el dedo en la llaga del olvido o la amnesia interesada o conveniente de un sistema que se reproduce sobre esas coordenadas mercantiles de injertar necesidades en cascada. El olvido posibilita los mismos errores, las mismas inconsecuencias. Tarde o temprano el pasado incrimina al presente. Lo que el pasado nos enseña es a modificar, a corregir la trayectoria del ahora, del presente. Sí, incrimina al presente para que lo cambiemos porque para él es demasiado tarde. Pero las miradas se inhabilitan al dirigirlas hacia un presente virtual sin tiempo en el que se aspira a no caerse del conducto cada vez más estrecho del embudo mientras la zona más ancha la ocupan los cada vez más escasos privilegiados, una elite con vida de ensueño, basada en la ociosidad y la despreocupación, gentes que parecían sentirse como en casa en todas partes y no tenían problema alguno de pasaportes, jefes o empleadores porque a nadie le debían explicaciones ni justificaciones. La aspiración que se ha inoculado de modo eficiente para que sintamos que el mundo gira a nuestro alrededor.