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miércoles, 1 de octubre de 2025

Alien: Planeta Tierra

 

Noah Hawley, director de la minusvalorada Lucy in the sky (2016), vuelve a demostrar con Alien: Planeta Tierra (2025), como hizo con la excelente serie Fargo (2014-2024), cómo puede partir de material ajeno para desarrollar una singular mirada que se conjugue, como un inspirado híbrido, con el modelo, como una hibrida es la singular protagonista de esta excelente serie. Alien: Planeta Tierra literalmente comienza en el principio del principio, con una secuencia que emula la inicial de Alien (1979), con el despertar de los tripulantes de una nave, Maginot, equiparable al Nostromo de la película de Ridley Scott, ya que, además de situarnos en el mismo periodo de tiempo, nos indica que su función es la misma, reunir (cual reclutamiento) una serie de criaturas depredadoras, como el xenomorfo, por orden de una corporación (Weyland), para lo cual todo tripulante es prescindible, como para cada empresa el empleado es un mero peón funcional intercambiable. Porque, al fin y al cabo, en aquel periodo de afianzamiento del capitalismo salvaje, el xenomorfo, esa criatura a la que no le afectan los escrúpulos, los remordimientos ni las fantasías de la moralidad, cuya sangre es ácido, era su más afinado emblema. Por ello, en atinada ocurrencia de Hawley, la Tierra está ya regida por cinco corporaciones, acorde a esta dictadura corporativista en la que vivimos pese a que se disimule bajo el camuflaje de una democracia representativa. En este caso, a diferencia del Nostromo, la nave sí llega a tierra, o más bien se estrella, haciendo honor a su nombre. Maginot fue la mayor línea de defensa militar construida; Francia la construyó en la frontera con Alemania e Italia, entre 1922 y 1936, pero tras la segunda guerra mundial representaría un descalabro defensivo: la metáfora con respecto a lo que representa es patente: la brecha por la que unas criaturas depredadoras, recolectadas por una corporación como peones utilitarios, o posibles más efectivos empleados (sin necesidad de salario) que incrementen el dominio competitivo o mayor control del escenario de la realidad, pueden expandirse por la Tierra. El hecho de que caiga en los dominios de Prodigy, corporación rival regida por Boy Kavalier (Samuel Blenkin), posibilita un enfrentamiento que, en primera instancia, parece financiero.

La singular aportación de Hawley es la creación de unos híbridos, mentes humanas, de cuerpos de niños terminales, injertadas en cuerpos sintéticos, entre los que destaca la primera creada, Marcy/Wendy (magnífica Sidney Chandler). Kavalier los bautiza con los nombres de los niños perdidos de Peter Pan, ya que son niños que, efectivamente, no podrán envejecer. Pero él no es un transgresor Peter Pan, nada que ver con ese nombre de Niño caballero/Boy Kavalier, ya que no es sino un pequeño hombre mezquino que disfruta haciendo daño, como bien apuntará Wendy, por mucho que se diga a sí mismo que solo aspira a conversar con quienes dispongan de mentes superiores (como si él también lo fuera): la secuencia en la que dialoga con esa criatura alienígena en forma de ojo con mini tentáculos incrustada en la órbita de una oveja, mientras expresa cómo le gustaría saber qué es lo que piensa, es de lo más elocuente. A diferencia de Alien: Romulus (2023), de Fede Alvarez, un decepcionante refrito de elementos de varias películas previas de la franquicia, con personajes también jóvenes, pero sin particular distinción, Alien: Planeta tierra sabe cómo combinar ciertos componentes de la película fundacional con nuevas aportaciones. Incluso con la música. En cierta ocasión, los acordes de la extraordinaria banda sonora de Jerry Goldsmith se combinan con otros de la compuesta por Jeff Russo, los cuales parecen evocar a los de los títulos de crédito de la magnífica serie House of cards (2013-2018), protagonizada por otro ser, encarnado por el gran Kevin Spacey, con metafórico ácido en las venas, en el escenario político. Inclusive, cuando vuelve atrás en el tiempo, en el quinto capítulo, cual variante de la primera película, y relata lo que propició que la nave Maginot se estrellara, apuntala las bases del planteamiento de una disputa de poder entre corporaciones, en la que cualquier medio es válido para la consecución del dominio de la realidad, equiparable a una enajenación en la que los demás son meras piezas de un tablero con el que se juega como un niño que se despreocupa de las consecuencias de sus acciones para los demás. Boy Kavalier es alguien que cree que es como prefiere verse, a diferencia de quien se interroga sobre lo que es, como la hibrida que no cree que sea Marcy ni Wendy, una niña o una adulta. No sabe quién es, pero sabe que no le gusta cómo actúan los que se denominan adultos. Incluso, no considera que sean ellos quienes sufran averías que necesitan de reajustes sino quizá los humanos. Uno de las más sugerentes ocurrencias es que sea capaz de comunicarse, con perturbadores sonidos, con los xenomorfos. Quienes son recolectados o creados como posibles más competentes peones funcionales establecerán una singular alianza de sublevación.

Los dos espléndidos primeros episodios, dirigido por el propio Hawley, y la parte inicial del tercero (en la que Wendy se enfrenta con el alien), constituyen una particular excelente película, en la que el espacio derruido del edificio sobre el que ha colisionado la nave ((irónicamente, su planta baja es un centro comercial), y el interior de esta, se convierte en un tétrico espacio, cual mansión gótica, de corredores laberínticos que se revela como un museo de los horrores, ya que el xenomorfo no es la única agresiva criatura alienígena que ha sido recolectada. Esas peculiares criaturas serán recluidas en sus particulares vitrinas en el dominio del niño grande que es Kavalier, quien, como los otros adultos de la narración, sean humanos, sintéticos o cibernéticos, aquellos que creen que mandan, y manipulan, para su conveniencia, son los reales monstruos. El xenomorfo ejercía de hiperbólico espejo de una mentalidad utilitaria económica en Alien. En Alien: Planeta Tierra, junto a los hÍbridos, representa la constatación de que, antes de con humanos, es preferible estar con los animales, los cuales son honestos (sin dobleces ni retorcimientos), como apunta Wendy, o como canta Eddie Vedder en los títulos de crédito del último capítulo: I'd rather be with an animal/Preferiría estar con un animal. La conclusión posibilita posibles direcciones para una aún no confirmada segunda temporada pero es una mordaz conclusión en sí.

lunes, 6 de junio de 2022

Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de Tezer Ozlu

 

Quiero abrirme a algo, correr hacia algún lugar, abarcar el mundo. Intuyo que el mundo es muy distinto a como nos lo hacen vivir, a como nos lo han enseñado. La excepcional Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de la escritora turca Tezer Ozlu (1942-1986) es una obra para quienes han sentido, o no han dejado de sentir, que los contornos de la realidad eran demasiado estrechos. Aunque parezca indicarlo su título no es una obra centrada en el periodo de tiempo de la infancia, sino una obra sobre, o para, quienes en la infancia no pensaban o sentían que el entorno en que habían nacido, o en el que eran educados, era el único encuadre de la vida sino unos límites que transgredir o atravesar para conocer otros mundos, que parecían tan lejanos. Tezer observaba los autobuses que iban y venían y pensaba en lo que no conocía. La realidad no era la circulación que conocía por hábito y rutina, como si fuera un basamento incuestionable. Tezer leía El bulevar de la niebla y se sentía como los barcos que aún no zarpan, y se sienten varados. Soñaba con puertos en la distancia. Y esa nostalgia de lo que no se conoce desgarra como un ansia que colisiona con un techo bajo. Tezer veía El mensajero (1970), de Joseph Losey, y sentía como su piel, por dentro y por fuera, se erizaba con la multiplicidad de enigmas que se insinuaban como posibilidades en la secuencia en la que el niño protagonista contemplaba, desde lo alto de la mansión, la distante luna, lo que era decir el amplio universo. Las frías noches de la infancia no es para los que aceptan dócilmente unos límites dados en los que integrarse como un código de circulación en el que desplazarse por la vida con la inercia de lo previsible. Es para quienes desde pronta edad se preguntaron por qué debería asumir, y convertir en parte de su propia piel, lo que se consideraba en su entorno, familiar y social, como natural, como norma. Es para quienes se han sentido como la protagonista de la magnífica Lucy in the sky (2019), de Noah Hawley, cuando contempla la Tierra desde el espacio, y siente esa suma de estructuras, rutinas y (aparente) continuidad de lo que se denomina, consensuadamente, como realidad, no solo pequeña e insignificante sino como una ficción cuya película se descascarilla y deja ver su arbitrariedad. ¿En qué elemento nos desplazamos, cuál habitamos?

Las frías noches de la infancia es una obra para quienes, a veces, pierden pie y se ven arrastrados por la apatía que es reflejo de una impotencia o incapacidad para superar unos límites que se sienten como barrotes que son marea impetuosa. No se alimentan de emociones y sentimientos. Creen en lo que hacen. Mientras defienden la <<revolución>> intentan proteger el lugar que ocupan en el fluir de un orden determinado (…) ¿Qué es el ser humano? ¿Qué es el mundo? ¿Qué son las dimensiones o la evolución? ¿Quién soy?¿Qué soy? Tezer fue ingresada en un sanatorio psiquiátrico cuando tenía veinticinco años. Las preguntas que intentaban descifrar la realidad, y a la vez abrirla en canal como una ilusión que es espejismo, como una falsa estructura que no abre nuestras mentes sino que las domestica, mecaniza e incluso atrofia, se apelotonaron en su mente, y atropellaron sus emociones. Tezer no supo lidiar con ese malestar, y su sublevación no fue digerida como aguda interrogante sino como síntoma de una avería para el dócil cuerpo funcional que debe ser un ser social que simplemente debe pensar en cómo encajar en el engranaje social. La vida es algo que nos plantan delante como un cuerpo extraño que, por ahora, hay que aceptar y entender. Solo más tarde podremos vivirla y descubrir su verdad (…) constantemente estamos preparándonos para una vida complaciente. Pero ¿con qué?. Tezer quería la felicidad de una vida que no se apoya las cosas. Tezer quería buscar, sentir, en la experiencia de la vida esa transcendencia que no se encuentra en los constreñidos límites que configuran nuestra conforme vida de rutinas e inercias en la que, como cuerpos placados, solo forcejeamos para que nuestra posición sea la más confortable y la menos precaria. Es una vida sustentada, y tramada, en y sobre cosas. Como las somos nosotros. ¿Habrá mucha gente que, en un breve instante infinito, transcienda todo tipo de sucesos, la esencia de la existencia humana, el tiempo y los sentimientos? No lo sé. Hay instantes que van más allá del tiempo, los hechos, los sentimientos, las montañas, los árboles de ancho tronco y largas ramas, el Mediterráneo verde azulado, los océanos que lo prolongan, el cielo estrellado que se finde con los océanos en el horizonte y el sol que se eleva por encima de las montañas.

Para quien siente y piensa que nos atoramos demasiado en límites, o que el ser humano tiende, como criatura pragmática que es, a instituir límites que poder controlar, la vivencia de los sentimientos y de las sensaciones se revela como el núcleo de la vida, ese momento de la sensación verdadera, como reflejaba el título de la excelente novela de Peter Handke, en el que experimentas la pletórica plenitud. Pero Tezer también se pregunta por qué lo complicamos todo tanto, porque las relaciones sentimentales derivan en escenarios de conflictos, discrepancias y desencuentros. Por qué puede resultar tan complicada esa conciliación. ¿Por qué somos incapaces de resolver nuestras crisis?¿Por qué nos esforzamos en ser hombre y mujer, esposa y esposa, sin ser amigo?¿Es así como hay que ser con veintipocos años? (…) A nuestra gente se le impide desde que son niños que amen, que acaricien. Se les pervierte. Se les descarría. Los cuerpos no son caricias, conversaciones de piel, sino cuerpos que poseer o que son poseídos, conductores instrumentales de un pulso de egos. Pese a esa perplejidad, pese a esos límites emocionales que tendemos a interponer, o que no logramos superar en nosotros mismos, como si no supiéramos articular las emociones y privilegiáramos nuestra vertiente reptiliana, que es impulso, instinto y reacción, Tezer aún sueña con esa posibilidad de una plenitud. Esa promesa del más hermoso logro del que es capaz el ser humano, esa conexión o sintonía con otra persona, en donde fluyen y se conjugan cuerpos y emociones. Me han enseñado el sacramento de la belleza, de amar a alguien, de acariciar la piel de alguien, de unirse a alguien, y disfrutar de dicho sacramento (…) Este momento que consagra la unión de dos personas. Infinito. Este momento que reconcilia todos los instantes de la existencia. La vida humana debería ser la esencia de infinitud que existe en la unión de dos personas (…) la conmoción que experimentan dos personas al abrazarse debería ser la esencia del universo.

sábado, 9 de enero de 2021

Mis 10 series del 2020

                                   

Historias del bucle

 

Fargo (4ª temporada)
Gambito de Dama
Zerozerozero.
Devs.
The outsider
La maldición de Bly Manor
Killing Eve (3ª temporada)
Perry Mason
Don't look deeper

miércoles, 6 de enero de 2021

Mis 10 películas del 2020 ( y un par de codas)

 

1917. Sam Mendes

Estoy pensando en dejarlo. Charlie Kaufman
Lucy in the sky. Noah Hawley
Richard Jewell. Clint Eastwood
Tesla. Michael Almereyda
Lo que arde con el fuego. Paul Dano
Sobre el infinito. Roy Andersson
Mank. David Fincher
La profesora de piano. Jan Ole Gerster
Verano del 85. Francois Ozon
1ª coda: Un (muy) tardío estreno: Under the skin
2ª coda: Otro (muy) tardío estreno: Knight of cups

viernes, 1 de enero de 2021

12 Bandas sonoras del 2020


 Una vida oculta. James Newton Howard

Knight of cups. Hanan Townshend

Possesor. Jim Williams
Under the skin. Mica Levi

The invisible man. Benjamin Wallfisch
Lucy in the sky. Jeff Russo

Tesla. Jeff Paesano

Un momento en el tiempo (Waves). Trent Reznor& Atticus Ross.

Aguas oscuras. Marcelo Zarvos

Soul. Trent Reznor & Atticus Ross

Mank. Trent Reznor & Atticus Ross.
1917. Thomas Newman




sábado, 4 de enero de 2020

Lucy in the sky

Te miras desde la distancia, y tu realidad, la realidad que conoces, esa suma de estructuras, rutinas y (aparente) continuidad, te parece pequeña, insignificante. Una ficción cuya película se descascarilla y deja ver su arbitrariedad. ¿Por qué mantienes una relación desde hace seis años con esa misma persona?¿Cuál es el fundamento de esa realidad en la que circulabas por inercia como si cada pieza estuviera en el sitio que le correspondiera?. Forjamos la relación con la realidad protegidos por un traje de astronauta o de apicultor, sin darnos cuenta de que flotamos en un espacio irreal, un relato que hemos construido y adoptado como el que es y debe ser, como si fuera ya un presente continuo, inmunes, protegidos de los aguijones, sobre todo de los más incisivos, los aguijones de las interrogantes sobre si esa realidad en la que circulamos, y creemos conducir, no será arbitraria, podía haber sido otra, porque resulta complicado asumir que las expectativas no se cumplen y lo que quizá parecía extraordinario resulta ser ordinario, como cuando crees que te enamoras de alguien, y sientes que percibes lo excepcional que resalta en el cuadro general, y repentinamente esa percepción desaparece. ¿Estaba todo en tu cabeza?¿Dónde flotabas? Y si sientes que tu vida ya la percibes desde otro ángulo que evidencia su arbitrariedad, como si todo fuera extraño, quizá te veas impelida a la deriva, como cuando sales fuera de la nave, en el espacio interestelar, y pierdes contacto, y flotas en la nada, en la extrañeza que carece ya de contornos precisos. ¿En qué elemento te desplazas, cuál es el que habitas? Esto es lo que plantea Lucy in the sky (2019), excelente opera prima de Noah Hawley, que se saldó con un estrepitoso fracaso en taquilla, en Estados Unidos, y fue vapuleada por la crítica que, de entrada, la enfocó desde el ángulo erróneo. No es una película realista, aunque esté inspirada en un caso real, las actividades criminales de la astronauta Lisa Novak, tras que se perdiera el rumbo, y entrara en modo enajenamiento, al enamorarse del astronauta William Oefelein, e intentar secuestrar a su novia.
Hawley ha buscado otra dirección, tan singular como la que demostró en las tres temporadas de Fargo estrenadas hasta este momento, y en Legion, especialmente en su primera temporada. Es una apasionante abstracción sobre la alteración de la percepción, sobre las distancias desde las que enfocamos la vida y la realidad, y en qué medida lo que vivimos es lo que ocurre en nuestra cabeza (de lo que la vivencia del sentimiento amoroso es una de sus expresiones más emblemáticas y definitorias), y por extensión, los difusos límites entre lo real y lo ficticio sobre los que se teje nuestra relación con la realidad. En la tercera temporada de Fargo ya se jugaba desde los títulos de crédito con el título Esto es una historia real/This is a real story. Van desapareciendo las palabras, hasta que queda solo story/historia. Entre la realidad y la ficción son muy difusos los límites. De entrada, por cuanto establecemos relaciones o nos planteamos propósitos como una trama o historia, como una ficción, en donde lo consciente y lo inconsciente, lo intencional y lo no intencional, se combinan en distintos grados.
Las primeras secuencias de Lucy in the sky nos presentan a Lucy (Natalie Portman), flotando en el espacio, durante su primera misión en el espacio. Pero no es sólo una acción, es ante todo una mirada o perspectiva. En cascada se suceden imágenes de su vida en la tierra. En pocos minutos se ha establecido la ruptura y extrañeza con respecto a la relación con la realidad, esa que sentimos cuando nos sentimos fuera, desconectados, de la realidad, o entorno en el, que vivimos. Esa extrañeza empapa la narración, como una modulación que es compás subterráneo, como si se hubiera sedimentado otra forma de habitar la realidad. Fluye una narración impresionista acompasada a la magnífica banda sonora de Jeff Russo. Lucy, casada con Drew, con quien mantiene una relación sentimental desde hace seis años, se queda prendada del astronauta Mark (Jon Hamm), pero a partir de cierto momento, acompasado al creciente desajuste que siente con respecto a la realidad, se torna obsesión, y enajenación, como si fuera el vínculo con la nave, dado que ha perdido contacto con la realidad que hasta entonces era su ámbito familiar, su estructura base. Ya no siente que sea la misma, su relación con la realidad ha variado, se ha producido una desconexión. Como si se hubiera invertido su posición con respecto al resto. Ha cruzado un espejo y ya no siente, ni percibe, del mismo modo. Su percepción y concepción de la realidad se ha trastocado, pero en su desconcierto, sin aún ser consciente de lo que la supera, no sabe como encajar las piezas que proporcionen impresión de realidad equilibrada, con centro gravitacional. Ha perdido contacto con esa nave, pero cuando también lo pierde con lo que se revela que no es más que una ilusión que gestaba en su cabeza, ya que Mark no la corresponde, y sólo quería una fugaz relación epicúrea, queda a la deriva, errabunda, con los circuitos de su mente desajustados (la modificación de su aspecto, peluca rubia incluida, es su reflejo).
En su desorientación y desajuste buscó otro traje de buzo protector, la ilusión de enamoramiento, pero no era sino una búsqueda de apoyo y anclaje en la intemperie de ese espacio intermedio que implica el extrañamiento con respecto a una realidad que antes sentía como estructura base pero ahora siente como ajena y distante. Pensaba que era su guía en la reestructura de su relación de la realidad, en otro escenario codificado, con contornos y coordenadas precisas, como quien le enseña cómo dirigir la bola contra los bolos. No percibe que está viviendo una muda y transformación, como el capullo que se convierte en crisálida, generando otra relación con la realidad. Como refleja su bello plano final, la dirección que debía tomar era otra, la asunción de los aguijones de la realidad, sin pantallas protectoras, sin trajes de buzo aislantes. La mirada expuesta y desnuda, afirmada en sí misma.

martes, 27 de junio de 2017

Fargo y The leftovers ( 3ª temporada)

Carrie Coon protagoniza las dos extraordinarias secuencias finales de las terceras temporadas de 'The leftovers', creada por Damon Lindelof, en este caso también la última, y 'Fargo', creada por Noah Hawley, En ambas, la actriz dialoga con un contrapunto masculino. En una es complemento (anhelado), en la otra, oponente. En una, se consuma la superación de una distancia interpuesta pese al (suspendido) deseo de proximidad. En la otra, la actitud que no niega al otro se afirma como resistencia ante una distancia ineludible con respecto a la actitud (infecciosa) que considera a cualquier (indistinguible e intercambiable) otro como una presa que devorar, anular, parasitar, absorber, en suma, negar. En una priman, los primerisimos planos, en la otra, los medios, con el añadido de un tercer componente, el fuera de campo. Ambas secuencias definen a ambas magníficas series, y la elección estética de la planificación también. 'The leftovers' se trama sobre la confrontación con la pérdida, y cómo enfocar y reconducir el extravío consiguiente, con la dificultad de su asunción, con la necesidad de la conexión como nutriente esencial y con la dificultad de reestablecer y consolidar la conexión cuando las pérdidas abren boquetes que no parecen cicatrizar nunca. 'Fargo', por su parte, sobre el pulso entre las pulsiones destructivas, depredadoras, carroñeras, competitivas y dañinas de la naturaleza humana y la actitud generosa, armónica, conciliadora, solidaria y confiada.
En ambos casos, el relato cobra presencia como personaje. En 'The leftovers', el relato se revela como la necesidad de contrarrestar la desolación. El relato es el antídoto contra la oscuridad. Y no hay oscuridad más amenazadora que la incógnita de la muerte. Si la perdida es por que sí, como si la vida se rigiera sobre la aleatoriedad, el desamparo puede resultar abrumador. Requiere fortaleza asumir que esa es la dinámica de la real, que el relato es aún más, incluso, una forma de doma, más que de dotar de sentido. El relato no es consecuencia del discernimiento, es imposición de una estructura frente al caos. Se buscan estructuras, rituales, cultos de diversa configuración, que hagan sentir que hay un sentido en lo terrible, que hay continuidad de algún modo, que hay una reparación, que hay otro escenario de vida, puede ser el que acontece tras la muerte, que reconfigura de modo consolador las heridas y el extravío. Te ahogas pero de un modo u otro, encontrarás ese oxigeno vital reparador, pero para ello hay que pagar la cuota del seguimiento de un culto o la privación sacrificial (quizá permanecer cinco años sobre una tribuna, hasta que caes muerto). Si hay un relato, podrá haber catarsis. En esta temporada, en el tercer episodio se establece una correspondencia o reflejo con la magistral 'La última ola' (1977), de Peter Weir, incluida amenaza de una apocalíptica inundación y la participación del actor aborigen David Gulpilil (que allí intepretaba a Chris, el introductor en la quiebra o alteración de la percepción como si llamara a cruzar umbrales a otra dimensión (que no es sino mirar la realidad desde otro ángulo), y aquí a Christopher Sunday, el hombre que Kevin sr, encarnado por Scott Glenn, cree que le proveerá del baile y la canción que conseguirán prevenir el apocalipsis).
‎'Hemos perdido nuestros sueños, pero cuando vuelvan, no sabremos lo que significan', expresaba David (Richard Chamberlain), el abogado protagonista de 'La última ola', cuando reprocha a su padre (reverendo, otro 'mago', como el hechicero maorí) que le educara en un sentido de la realidad que ahora ha descubierto sin significado, porque nada le había instruido sobre una vida tramada sobre misterios, que no tienen que ver con los 'misterios' que explica desde su púlpito su padre. Hay otros que no son (facilmente) explicables. ¿Qué es lo que ocurre cuando de repente llueve granizo como piedras desde un cielo sin ninguna nube en el que resuenan truenos?. Quizás no sabemos realmente lo que es 'posible', y nuestra percepción y conocimiento de la realidad es más que limitada, de lo que llega a percatarse David. En uno de los pasajes previos a esa conversación, desde su coche ve el trafico de vehículos y personas, aquel que ve día tras dia, sumergidos bajo el agua (ve incluso las mismas figuras, como el hombre que porta una palmera, o ve el mismo autobús con el mismo anuncio de un zoo: ¿acaso no habitamos nosotros mismos un zoo de barrotes invisibles?). Su percepción de la realidad se ha visto alterada, ya no mira con los mismos ojos que antes. Esa alteración de la percepción que también siente Kevin, aunque en su caso como reflejo aún de su extravío, de su movediza, fluctuante, relación la realidad. Otro aspecto que evidencia que, más allá de ese vínculo específico en ese magnífico tercer episodio, la película de Weir se evidencia como fundamental influencia en la concepción de 'The leftovers'. Nuestra civilización occidental, como se planteaba ya entonces, en la obra de Weir, sigue hundiéndose en su ensimismamiento e incapacidad de conexión (incluso con uno mismo).
Kevin (Justin Theroux) busca el simulacro de la asfixia colocándose una bolsa de plástico en la cabeza, como si intentara recrear el umbral de la muerte, como en una línea intermedia difusa, que no es umbral, parece haberse atascado su vida, quizá porque es incapaz de respirar, de volver a reconectar, o consolidar la conexión establecida, ahora con Nora (Carrie Coon), sin que se enturbie la percepción, sin que pierda pie porque no distingue lo real del delirio: la fisura de lo irresuelto, aunque conscientemente crea que sabe cuál es su posición ante la realidad (su indignada reacción al libro que está escribiendo Matt sobre él, como si fuera una figura con relevancia crística, un fetiche de resonancias sobrenaturales en forma humana que puede encarnar la posibilidad de salvación), pero descubre que no es tan firme: su escepticismo se confunde con la ofuscación, la enajenación de lo que no ha asumido, porque en su fuera interno aún forcejea un impulso, una brasa, que necesita creer que sí hay consistencia en el relato catártico, el relato reparador que reconfigure la realidad como un escenario con estructura, un escenario en el que la reparación es factible, tarde o temprano. Es un forcejeo interno, en las difusas capas de lo no consciente.
Nora también niega, pero también se deja guiar o arrastrar, como Kevin, por ese impulso o esa brasa que no explicita, ni reconoce, no sólo a quien ama, Kevin, sino puede que hasta sí misma. Si una enigmática organización plantea que es factible que contacte con sus dos hijos desaparecidos en extrañas circunstancias, sin más, sin que haya habido una explicación que haya podido hacer comprender el por qué de esas desapariciones súbitas, aparentemente al azar, de una parte de la población mundial, Nora, aunque explicite que su propósito es investigar la posibilidad de un fraude, en su fuero interno siente la quemazón de querer constatar que quizá si sea posible. Y la enajenación del dolor no superado la arrastra como una inundación. Por eso, es tan hermosa esa secuencia final, ese reencuentro de Nora y Kevin quince o veinte años después, en ese lugar de retiro de Australia en el que se apartó del mundanal ruido Nora, como quien carga, como liberación, todos los pecados o errores de la naturaleza humana, como la cabra sacrificial. Pero Kevin no cejó en la búsqueda. Y el reencuentro se produce, y la reconexión, sin relatos de por medio (a los que incluso recurre Kevin en su primer contacto, cuando inventa el modo en el que la ha encontrado).
Durante la narración los personajes se han confrontado con su condición de generadores de relatos, como si se creyeran personajes en una películas (películas que no saben que se montan), con un propósito que cumplir como si fueran parte de un relato (ya preestablecido, al que deben ajustarse), y se enfrentan a su reverso (como Matt, con ese otro espacio de diferente o contraria forma de habitar el relato de la vida, ese crucero de orgías epicúreas, con personaje que dice ser Dios y un león como fetiche: ¿qué somos entre las divinidades y los animales, no somos como estos pero nos queremos creer los primeros, y por eso los inventamos?; o Kevin sr, con el mismo vacío: '¿y ahora qué?' dice, tras constatar que no ha habido ningún apocalipsis; o Kevin con el absurdo de su enajenación, con el que le confronta, precisamente, Christopher Sunday: ¿por qué se creía impelido a actuar de un modo, como si hubiera un propósito que realizar, si realmente, en su fuero interno, no creía en ello? En la secuencia final, ambos se sonríen, ya superada la inundación de esa pesadumbre que les atascaba y enajenaba, como un obstáculo invisible que llevaran incorporado en sus entrañas (y en el que los relatos adquirían la condición de desvío de la infección). Es un reinicio, el reinicio de una historia que tejerán ambos entre ellos.
En 'Fargo' ya se juega desde los títulos de crédito con el título 'Esto es una historia real/This is a real story'. Van desapareciendo las palabras, hasta que queda solo 'historia'. Entre la realidad y la ficción son muy difusos los límites. De entrada, por cuanto establecemos relaciones o nos planteamos propósitos como una trama o historia, como una ficción, en donde lo consciente y lo inconsciente, lo intencional y lo no intencional, se combinan en distintos grados. Los hermanos gemelos Emmit y Ray (ambos encarnados por Ewan McGregor) se afirman en un pulso, una película que se montan, y sobre la que se afirman, cuyo emblema es un sello, cuya imagen, significativamente es Sisifo empujando la piedra. Un elemento constitutivo de vivir la vida como ficción es la repetición, es la vertiente desquiciada de la ritualización: se convierte más que en oxígeno, en aire viciado, pero este se constituye en nutriente (que genera tumores vitales). Establecer la vida como una trama implica plantear planes, por lo cual se pretende que la realidad se ajuste a los propósitos. Las previsiones intentan evitar los contratiempos.
Desde los inicios de la excelsa filmografía de los Hermanos Coen, 'Sangre fácil' (1984), se plantea cómo las urdimbres se enfrentan a una piedra que tarde o temprano te puede aplastar, el azar y la injerencia de la voluntad de los otros. Ray, agente de la condicional urde un plan para recuperar lo que considera que es suyo, ese sello que, por otra parte, es emblema de la frustración de uno, Ray, y del éxito del otro, Emmit, próspero empresario que se ha enriquecido con los aparcamientos, mientras que Ray siente aparcada su vida en la zona gris u oscura de las privaciones, de la precariedad, en suma, de la mera supervivencia. Contrata a un delincuente de cuya libertad condicional se encarga, Maurice (Scoot McNairy), para que sustraiga ese sello. Pero el azar y la injerencia de la voluntad de los otros (en este caso, el nublado mental de Maurice) entra en juega para enmarañar y complicar todo del modo más funesto. Por un golpe de viento, al abrir la ventanilla, Maurice pierde el papel en el que se indicaba el nombre de la víctima, Emmit Stussy, y la dirección en Eden Prairie. Maurice recuerda sólo parte, el apellido, y la primera parte de la localidad, Eden. Busca en un listín, pero lo que encuentra es otra dirección, otro Sussit en otro Eden, Eden Valley. Y la conclusión es el fracaso, obviamente, en la búsqueda, con el añadido de la infausta decisión de Maurice de torturar, hasta provocar su muerte, a quien, inevitablemente, ignoraba de qué le está hablando. Esto propicia una situación que complica, inesperadamente, a Ray ya que hay un crimen de por medio, a lo que se suma la reacción desesperada de Maurice que plantea un chantaje. Será la resolución de la mujer que Maurice ama, Nikki (Mary Elizabeth Winstead), delincuente con la condicional (lo que presupone que no deberían mantener una relación afectiva ya que supondría el despido de Maurice), la que consiga evitar que la piedra continúe su descenso para arrollar a Maurice. Un bloque de aire acondicionado es el arma que destroza la cabeza del elemento descontrolado.
Estos hechos, con los que resulta complicado aparentemente establecer conexión, ponen en marcha una sucesión enmarañada de malentendidos y equívocos, que se amplifican con la irrupción de un enigmático y turbio personaje, MV Varga (David Thewlis), que entra en escena para complicar la vida de Emmit, y su socio, Sy (Michael Stuhlbarg), ya que, declara, no consideraba que fuera un préstamo el dinero que proporcionó a Emmit dos años atrás para propulsar la empresa sino una inversión. Si Emmit sufre la presión desde abajo, del que no tiene nada, en una ficción a pequeña escala (familiar), sufrirá la arrolladora presión de un difuso e indefinido arriba (a gran escala), al que resulta más complicado detener, el artero y carente de escrúpulos agente económico entre sombras que se enriquece de otros mediante la disuasión violenta y las marañas financieras (su gula económica encuentra un contrapunto burlesco en su bulimia: come profusamente, pero todo lo vomita).
En el magnífico inicio del cuarto episodio la voz de Billy Bob Thornton nos introduce, de nuevo, a los personajes principales, como si fueran instrumentos músicales, y por tanto personajes, de 'Peter y el lobo' de Prokofiev. Emmit es el pájaro/flauta, Ray, el pato/oboe, Nikki, la gata/clarinete, Sy, el abuelo/fagot, los sicarios de Varga, los disparos de los cazadores/timbales, Varga, el lobo/trompa y la agente de policía Gloria (Carrie Coon), las cuerdas/Peter. En el excepcional tercer capítulo cobra relevancia un libro de ciencia ficción que se titula 'Planet wyh' (distorsión de 'why', un planeta por qué, en el que los porqués se distorsionan, como es el caso del nuestro). Se utiliza como contrapunto la animación, el relato de un robot que perdió al humano que servía, y se dedica, infructuosamente, en una paisaje de destrucción, a repetir como frase ' Puedo ayudar'. Así se siente Gloria, como confesará en el noveno capítulo a quien se constituirá en cómplice y aliada, la agente Cloud (Olivia Sandoval), cuando los distintos casos que parecen no conectados en principio, empiezan a perfilar una posible conexión. Gloria se siente frustrada, porque no parece que sus propósitos de ayuda, de encontrar la solución, la verdad, sean fructíferos; de entrada siempre colisiona con la mente cerril y cuadriculada de su superior, Dammik (Shea Wigham), que siempre desprecia sus asociaciones, especulaciones y propuestas, como si carecieran de fundamento y fueran meras exageradas fantasías (es decir, se monta historias cuando todo es más simple: ve donde no hay). No parece que los sensores electrónicos la reconozcan, sean los que abren las puertas en los establecimientos, o los que hacen funcionar los grifos de agua o jabonetas en lugares públicos, lo que le hace sentir, además, que no existe. O es como si no existiera. Además, desprecia los ordenadores (ni los sacó de las cajas; cuando Vargas intenta indagar sobre ella, no logra encontrar información alguna, porque ella no existe en la red). Parece, también, fuera de tiempo.
Es significativo que la funesta aleatoriedad fuera determinante de que el erróneo Stussy al que mataron fuera su abuelo adoptivo; le afecta personalmente. Remarca, como si se hurgara en una herida, esa impotencia, ese desamparo. Intenta dotar de armonía a la realidad, repararla, pero la realidad, además de ignorarla, parece siempre averiarse por esa aleatoriedad o la persistente tendencia humana a hacer daño. En un momento dado, su opuesto, Varga, dice que el problema no es que haya mala gente, sino buena gente, porque de ese modo ¿a quién le importaría nada? Gloria es buena gente, y le importa, y se esfuerza, pese a que a su superior nada parezca importarle sino la fácil y cómoda resolución que parece poner todo en su sitio, porque las piezas parecen encajar, da igual, incluso, que hayan podido ser manipuladas, como la maraña que urde Varga con las apariencias, en el noveno capítulo, cuando ella está a punto de lograr resolver todas las piezas del rompecabezas, lo que en el inicio del último capítulo determina que Gloria decida renunciar, abandonar su trabajo, desistir de luchar contra el caos y las marañas que urde la retorcida mente humana (Varga) o acepta la obtusa mente humana (Dammik), porque no parece que sea posible contener el arrollador curso de esa piedra. ¿Para qué realiza su tarea?
Pero hay otras alianzas que quizás propicien la resistencia y la victoria, la alianza con quien no abandona o no huye para simplemente salvar el pellejo y no salir escaldado, como es el caso de Nikki, que decide enfrentarse a quien le privó de quien más amaba y, aún más, quiso suprimir su vida, su presencia en el escenario del tablero del juego. Lo inconcebible quizá sea posible, como evidencia esa extraña y sorprendente secuencia en la bolera, en el episodio ocho, en la que una inesperada intervención, quién sabe de qué naturaleza, Marrane (Ray Wise), que parece una singular conexión con Twin Peaks, le ayuda a proseguir su huida de los sicarios de Varga. Más allá del enlace de esta excepcional secuencia con 'El gran Lewobski' (1997), de los Coen, por escenario y singularidad de la aparición de un personaje que parece fuera del relato, que evidencia, mediante la extrañeza, la naturaleza ficticia del mismo relato y de la propia vida (en la obra de los Coen, es el mismo narrador, y en este caso, una condición más enigmática), se hace necesario mencionar el uso del fuera de campo. En esta secuencia, la cámara se desliza y abre encuadre. Al lado de Nikki, se descubre la presencia a su lado de Marrane. El fuera de campo es un recurso expresivo que evidencia lo imprevisible, lo latente, lo que puede ocurrir, lo incontrolable, lo que puede irrumpir en el encuadre de la vida y reconfigurarlo, trastornarlo, desestabilizarlo, el espacio larvario de lo aleatorio y azaroso. Es también el espacio de lo escurridizo, lo que escapa al discernimiento más allá de las fachadas de las apariencias. En la primera temporada de Fargo destacaba la secuencia en la que el personaje de Billy Bob Thornton entraba en un edificio cargándose a quien encontraba a su paso, mientras la cámara permanecía fuera encuadrando la fachada. En otra secuencia de enfrentamiento violento, era la niebla la que ejercía de difusa materia, a través de la cual no sabías quién podía irrumpir y desde dónde. La realidad es una materia difusa de fachadas y niebla que cuesta atravesar para discernir.
En el último capítulo de esta temporada, el enfrentamiento final en el último capítulo, entre Varga y sus hombres, y Nikki y su cómplice, Wrench (Russell Harvard), el delincuente sordo, acontece también fuera de campo. Es, al fin y al cabo, el enfrentamiento entre quien ha fundamentado su enriquecimiento en el hábil uso escénico del fuera de campo, Varga (la figura que irrumpe en un escenario económico para desestabilizarlo y apropiarse del mismo; una figura que apuntala su poder en su misma condición escurridiza enigmática), y la figura sublevada que utiliza parecidos recursos de urdimbre conspiradora, jugando también, de modo escurridizo, con las apariencias, para demoler su posición de poder, como es el caso de Nikki. En la secuencia final, tiempo después, Peter se enfrenta al lobo o marionetista, Gloria se enfrenta a Varga, detenido cuando intentaba entrar de nuevo en el país, con otra identidad. El fuera de campo, en este caso, adquiere relevancia porque abre una incógnita: ¿qué vencerá, lo que representa Varga, o lo que representa Gloria?. Varga afirma que entrará alguien que solucionará su situación, mientras que Gloria, sonriente, afirma que serán unos agentes que afianzarán su arresto. La cámara encuadra la puerta. La incógnita queda en suspenso. Al fin y al cabo, el pulso perpetuo en la misma realidad. En la conclusión de The leftovers se afianza el 'con', la conexión con el otro (que implica la asunción del 'sin', de la pérdida, de su inexorabilidad, y de su condición imprevisible, hasta aleatoria), y en 'Fargo', se afianza el 'contra' o 'frente a', la resistencia frente al caos, frente a la tendencia humana a infligir daño, frente al enmarañamiento. La firmeza de la ilusión de que la armonía puede ser posible.