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domingo, 4 de enero de 2026

25 bandas sonoras del 2'025

25. Babygirl, de Cristobal Tapia de Veer    

24. Weapons, de Ryan Holladay, Hays Holladay, Zach Cregger
23. Wolfman, de Benjamin Wallfisch

22. Amenaza en el aire, de Antonio Pinto
22. La cita, de Bear McCreary
21. Laberinto en llamas, de James Newton Howard
20. F1, de Hans Zimmer

19. The shrouds, de Howard Shore
18. Bugonia, de Jerskin fredkin
17. Sueños de trenes, Bryce Dessner
16. Flow, de Gints Zilbalodis, Rihards Zalupe
15. Eddington, de Daniel Pemberton
14. Jay Kelly, de Nicholas Britell
13. Puñales por la espalda: De entre los muertos, de Nathan Johnson
12. La tutoría, de Ella Van der Woude
11. Vivir el momento, de Bryce Dressner
10. Materialistas, de Daniel Pemberton
9. Caza de brujas, de Trent Reznor, Atticus Ross
8. Una batalla tras otra, de Johnny Greenwood
7. Black bag, de David Holmes
6.Severance, Theodore Shapiro
5. Sinners, de Ludwig Goransson
4. Baltimore, de Stephen McKeon
3. Valor sentimental, de Hania Rani
2. Pure love. de Trent Reznor, Atticus Ross
1. Father mother sister brother, de Jim Jarmusch y Anika

viernes, 12 de julio de 2024

Margot y la boda

 

No es el argumento, o los personajes, lo que uno evoca primero, cual impulso reflejo, cuando se pone a reflexionar sobre Margot y la boda (Margot at the wedding, 2007), de Noah Baumbach, sino los colores y la luz. Una luz encapotada, como los colores plomizos, una textura de ánimos y emociones nubladas, congestionadas, como si no fuera la luz y los colores los que acompañaran o ubicaran a los personajes, sino como si estos estuvieran adheridos a los primeros, flotantes, erráticos, figuras en fuga cuya indecisa condición vital se difuminara en los intersticios de esa luz pesada, como un ámbar espeso que pusiera en evidencia su carencia de campo gravitatorio vital. Y, en especial, el de la protagonista, Margot (Nicole Kidman), que acude a casa de su hermana, Pauline (Jennifer Jason Leigh), en vísperas de la próxima boda de ésta con Malcom (Jack Black). Las primeras imágenes en el tren, junto a su hijo, Toby (Seth Barrish) marcan el tono del resto de la narración, con secuencias y acciones inconclusas, con planos cortados antes de tiempo, como si nos envolvieran en una melodía emocional interrumpida, en una atmosfera vital suspensa y sajada por lo reprimido, por la insatisfacción, como esos gritos de Toby en el espacio entre vagones, ¿Por qué grita?. Quizás, teniendo en cuenta lo que vemos después, la que debiera estar gritando es Margot. Pero ya indica cómo Toby se siente en un entre en su vida, cómo la relación con su madre fluctúa entre lo indefinido y lo oscilante. Una relación definida por la inestabilidad emocional de su madre.

Baumbauch comentó que el titulo invocaba el espíritu de Rohmer, en concreto, Pauline en la playa (1983), algo hay de ese pálpito de cuentos morales alrededor de las elecciones afectivas, de las decisiones y la coherencia entre lo que se piensa o se quiere, y lo que se hace, atropellados en sus propias contradicciones, balanceándose entre lo no dicho y lo dicho, como aquí, que se dice sino en el momento más inoportuno, con una virulencia desproporcionada. Vertiente de turbiedad latente, o palpitante, cuyo reflejo distorsionado son esos misteriosos y hoscos vecinos, de comportamientos tan agresivos, como el hijo que muerde la mejilla a Toby, que nos remite al cine de Ingmar Bergman, ya que su apellido, Vogler, es uno de los más recurrentes en su cine. En la narración se enquista una respiración turbia, enrarecida, como la que podíamos encontrar en La vergüenza o La hora del lobo, como si esos vecinos corporeizaran esa violencia subterránea que rige las relaciones de Margot con su familia. Margot, como el protagonista de La hora del lobo también es artista, una escritora, que va sentando catedra con sus palabras, de modo tajante, y abrupto, y que no esconde sino una aguda falta de autoestima y una crónica indecisión vital. Como le dice a su hermana en un momento dado, a veces desea a su marido Jim, y en otras a su amante, Dick, y en otros momentos a ninguno. No sabe lo que quiere, no sabe qué hacer con su vida ni consigo misma, pese a esa forzada imagen de autoridad que intenta transmitir, con ese afán de intervención o influencia en la vida de los demás, como con su hermana a la que cuestiona su decisión de casarse con Malcolm, al que no considera digno de ella.

Pero, por dentro, Margot está resquebrajada, en suspenso, como cuando, en una de las mejores secuencias, se queda adherida al árbol al que sube, sin poder bajar, mirando a su alrededor, sacudiéndose los insectos que se posan en su mano o entran en su oído, paralizada, incapaz de moverse y descender. O como cuando pierde el hilo en la entrevista, en la librería, a la que la somete, precisamente, su amante, Dick (Ciaran Hinds), tras que le pregunte sobre las asociaciones de su novela con su vida personal, y en concreto con la figura de su padre, y después de que minutos antes de esa entrevista ella le haya sugerido que ha decidido quedarse para estar cerca de él, y Dick se haya mostrado elusivo, diciéndole que él no se lo ha pedido. O, sobre todo, su reacción con Jim, cuando este ha recogido, en la noche, con su coche, pese a las protestas de Margot, a una mujer cuyo perro ha sido atropellado. Margot, después de que Jim incluso haya pagado la asistencia del veterinario, dado que la mujer no disponía de dinero en ese momento, le echa en cara cómo con gestos generosos como ese le hace sentir a ella mal, porque ella hubiera sido incapaz de recoger y ayudar a esa mujer. Le devuelve con su acto contrapuesto, generoso, precisamente la imagen de sí de la que quiere huir. Así se siente ante él o su hijo, aunque lo encubra con sus intemperancias y agresivos reproches que no son sino la cubierta de la falsa imagen de fuerza y dominio, de autoridad, en la que se oculta y autoafirma, como ese árbol del jardín, que al final es talado, y no del modo más preciso (cae sobre la tienda erigida para la boda; acción equivalente a cómo ha desestabilizado con sus palabras a su hermana en su relación con Malcolm). Por eso, incluso, el final es inconcluso, reflejo de su carácter indeciso y dubitativo que no sabe ni mostrarse cómo es ni qué decisiones tomar. Un personaje que seguirá en fuga, corriendo hacia no sé sabe dónde, atrapada en ese espesor plomizo con el que ha recubierto su inconsecuente e irresuelta vida.

domingo, 25 de febrero de 2018

Lady Bird

La mirada contemporizadora. 'Lady Bird' (2017), de Greta Gerwig, se puede abordar como fenómeno, o como película. Comencemos con las cortesías. Christine (Saoirse Ronan) prefiere que le llamen Lady Bird. Es un modo de singularizarse en su entorno, en Sacramento, y en particular del (avasallador) influjo de su madre. La colisión es la dinámica medioambiental de su relación. Una hija que se afirma ante su madre, pero aún así desea ser apreciada por ella. Su padre, Larry (Tracy Letts), afable, calmo, en discreto segundo plano, no ejerce la cachiporra del reproche sino el detalle afectivo, entre el apoyo y la comprensión desconcertada. Podría parecerse a la ecuación familiar de 'Esplendor en la hierba' (1961),de Elia Kazan, pero la intensidad (y el ingenio creativo) de esta no encuentran correspondencia en un convencional relato de adolescente en proceso de formación y un estilo tan aplicado como esterilizado. En la primera, la gama cromática parece palpitar acompasada las contorsiones emocionales de los personajes. En la segunda, la neutralidad cromática delata una mirada contemporizadora.
Hace un mes se estrenaba 'Qué fue de Brad', de Mike White, en la que un hombre se enfrentaba a una edad, los 50, como umbral que pone en cuestión sus logros, por lo que se comparaba con el relato sí realizado de la vida de los otros. Era una mirada en retrospectiva, como si se hubiera culminado un trayecto y se repasara lo materializado o no de los propósitos. 'Lady Bird' enfoca en la edad en proceso de formación y definición, en relación y contraste con los otros, una edad de forcejeos contra los influjos, anuladores o no, de los otros, y con la condición de estos como pantalla de los propios propósitos y sueños, y por tanto aún variables. Christine quisiera romper con lo que es, como el pelo que se tiñe, pero no se encuentra, se ofusca y tantea, con las amistades y los amores. Es un cuerpo que se busca y a la vez huye. Por eso, cambia de dirección de modo brusco, sorprendiéndose a sí misma. Ahora su mejor amiga es Julie, ahora su mejor amiga es Jenna. Ahora siente que se enamora de Danny (Lucas Hedges), ahora siente que se enamora de Kyle (Timothee Chalamet), aunque ciertamente en el tránsito sufriera la consternación de descubrir que Danny siente más atracción hacia los hombres. Es una edad de búsquedas e interrogantes, confusiones y sublevaciones, aunque se acabe siendo aquello contra lo que se rebelaba. La cuestión es sentir que tomas las riendas de tu vida, que das los pasos que tú quieres dar, y no los que quieren otros, tu madre por ejemplo, que des, aunque los pasos luego no difieran demasiado de los de tu madre. Forjar tu futuro, tu propio escenario, tampoco tiene que implicar la negación de lo que fuiste, de lo que te forjó cuando aún te estabas modelando y definiendo. Lo que fue ayer puede engarzarse con lo que vas esculpiendo con tu vida, como capas de una misma piel.
'Lady Bird' no ofrece nada nuevo bajo el sol, ni en su construcción dramática ni en su estilo. En ambos sentidos es un obra aplicada, a una plantilla o molde en los retratos de iniciación a la vida, y en la ejecución de un intercambiable estilo indefinido característico de esas producciones de presupuesto medio que ya no hay quien califique de independientes, como aún por mecanismo reflejo de etiquetación, se calificaban en los 90. En ese sentido, más genuina, así como más sustanciosa e ingeniosa, resultaba una obra aquí no estrenada, 'The myth of american sleepover' (2010), de David Robert Mitchell. El estilo de Gerwig no difiere demasiado del de Noah Baumbach, con el que ha colaborado en varios guiones, pero desluce al lado de la singularidad de 'Frances Ha' (2012), una obra que se nutría de ciertos referentes cinéfilos (europeos), como por ejemplo en la carrera que emulaba otra de 'Mala sangre' (1986), de Leos Carax, pero la película, como esa misma secuencia, conseguía perfilar su propia personalidad. Algo de lo que, en cambio, carecía la desmañada 'Mistress America' (2015), que parecía hasta hecha con desgana, como quien no da relevancia a la decisión estética por la que opta. 'Lady Bird' se queda en medio, como su primera colaboración con Baumbach, aunque sólo como actriz, 'Greenberg' (2010).
'Lady Bird' es una obra sin aristas que sabe situarse en el esterilizado territorio de lo políticamente correcto, de la avenencia que no abre heridas sino que integra (bien lejos de las complejas rugosidades de 'Wonder wheel', de Woody Allen, de quien ha renegado, por plegarse a la desquiciada corriente inquisitorial, como si pudiera salpicarle la infección de su estigma). Quizá por esas circunstanciales turbulencias ha adquirido tanta relevancia y, por lo tanto, quizá por ello se han sobredimensionado sus cualidades. Entre tanta resaca se presenta como unas aguas mansas que resultan fotogénicas para arrimarse a la imagen conveniente de progresía. Más allá de esa condición de fenómeno, se caracteriza por la eficiencia de una aplicación delineada con tiralíneas, desplegada con precisión narrativa, con alternancias en la modulación, entre las que destacan los briosos pasajes en los que se suceden breves secuencias, a veces de un sólo plano, o en las que se produce, de modo abrupto, un giro en la narración, en la concepción que Christine tiene de otros, en suma de su relación con la realidad, acorde con una edad, o un proceso, en el que la variabilidad linda con la volubilidad, porque, al fin y al cabo, no se deja de corregir el enfoque, y lo que se cree enfocado quizá era un desenfoque. Conclusión: Christine asume que es Christine y no un personaje que intenta despegarse de la película de su entorno. Y lo que era esa película, como los escenarios que la componían como capítulos de una rutina y unos rituales, queda adherida a ella, como un telón de fondo bajo la superficie que no tiene por qué, necesariamente, cortar sus alas.

lunes, 24 de agosto de 2015

Mientras seamos jóvenes

La sombra de Woody Allen es alargada aunque él sea más bien menudo. El cine se constituye, y más con el tiempo, de reflejos, pero a veces son un tanto deslucidos. En 'Y tú de repente' (Trainwreck, 2015), de Judd Apatow se reutiliza una imagen icónica del cine de Allen, la pareja sentada en el banco frente al puente (Queensboro bridge), de la película 'Manhattan' (1979). El gag, ella realiza una felación, define el trazo grueso de la película, y la imagen que remite a otra imagen define la sobreabundancia de referencias ( a series, películas) que surcan su desarrollo narrativo porque una parte consustancial de la relación con la vida (cada vez más virtualizada) es referencial (y el espectador y el creador cada vez confluyen más, o este remarca cada vez más que lo ha sido), y la referencia, la imagen que remite a imagen, deriva en una oda a la convención. En cambio, hay reflejos que al menos son más indirectos, porque se buscan otros ángulos, y plantean una reflexión sobre la misma condición de la realidad como dinámica de reflejos, sobre la falsificación y la autenticidad en nuestra sociedad. En 'Mientras seamos jóvenes' (While we're young, 2014), de Noah Baumbach, Josh (Ben Stiller), el protagonista realiza un documental, como lo hacía el personaje de Woody Allen en 'Delitos y faltas' (1989). En'Hannah y sus hermanas' (1986) el protagonista se preocupaba sobre su muerte que ya cree probable e inminente, cuando teme sufrir un cáncer cerebral, en este caso Josh se preocupa por su decadencia, porque ya es alguien con artrosis aunque no imaginara que se podía padecer con cuarenta y cuatro años.
No es la interrupción lo que teme sino el deterioro, y se enfrenta a la consciencia de que ya no es alguien con proyectos, como cuando se es joven, pero aún así es alguien todavía en proyecto, porque lleva grabando y montando ese documental desde hace diez años, un documental sobre un intelectual izquierdista, cuya duración se ha extendido hasta lo disparatado, ya que nada quiere cortar. Josh se ha estancado. No consolidó su carrera creativa tras un primer documental que fue recibido con admiración, un documental que cuestionaba las élites del poder político militar, senda en que quiere seguir desentrañando a través de las reflexiones del intelectual, de modo tan exhaustivo en su búsqueda de la precisa visión de conjunto que se ha visto abocado a la falta de medida, paradójicamente a la imprecisión. Quiere abarcar tanto que se desenfoca en el mismo proceso. Por lo tanto, su vida más bien parece truncada. Está en una circunstancia intermedia, suspensa, entre la consciencia de lo desperdiciado y la obcecación por lo que aún podría generar pero no logra perfilar, entre la indecisión, la indefinición, y el impulso de crear que no ha menguado, aunque dé vueltas alrededor de sí mismo desde hace tiempo. Y esa indefinición aún sigue dominándole como refleja el hecho de que se ciegue con un reflejo, el reflejo de su juventud, la juventud que podría haber sido, porque representa determinación, la que a él parece faltarle, la actitud que sí lleva con decisión a cabo los proyectos.
Y como aún no la ha asumido se ofusca en querer sentirse joven a través de la amistad y complicidad con alguien casi veinte años más joven, Jamie (Adam Driver): un sombrero se convierte en su reflejo objetual, en el fetiche de una ilusión. Porta un sombrero de fieltro como él, e intenta actuar como él, o recuperar la sensación que actúa como él, como alguien que puede generar 'realmente', de que vive de nuevo 'afuera', no en esa reclusión en que se había convertido su relación de pareja con Cornelia (Naomi Watts), una relación satisfactoria pero enquistada en una vida sedentaria de vida hogareña, con escasa vida social, que había determinado que se apartaran de la realidad, como quien se detiene en el arcén. Y Josh se ve entre lo que podría terminar de ser, la pareja de amigos que van a ser padres, como definitivo apuntalamiento de esa estabilidad que parece ya inmovilidad, y lo que aún podría ser, a través esa pareja joven que vive aún en una realidad no perfilada del todo, entre cierto revitalizante caos, aún en proyecto y prueba. Pero todo reflejo puede ser un espejismo, reflejo del propio autoengaño, de lo que se niega a ver en sí mismo para recuperar de verdad una determinación que no sea un sucedáneo, una falsificación, porque ya no es joven fisicamente, y porque debe tomar decisiones con su trabajo, no demorarse más ni quedarse suspendido en un proceso atascado en un bucle. Como con su obra, debe dar a su vida unos cortes que no se atreve a dar, porque la vida, además de generar supone cortar y desprenderse. Aquel reflejo, Jamie, es falso, por eso se enerva cuando descubre que su proyecto de documental, en el que le estaba ayudando, y que había hecho pasar por revelación espontánea, estaba ya predeterminado como una escenificación. J
Jamie es alguien que todo lo graba, un ojo que todo lo mira como si fuera una materia para ficción aunque sea un documental, porque entre documento y ficción se diluyen las fronteras pero no como transgresión e interrogante (como la obra que cuestionara sus límites) sino como confusión y enajenación (la no distinción que hace prevalecer la escenificación o lo ficcionalizable): ya no se distingue cuándo se es 'ser escénico' y cuándo no. Josh se enerva porque Jamie le convierte en parte de una ficción, como otro reflejo más de esta cultura de la virtualización conectada a pantallas (como la mirada adherida a la pantalla de los móviles, emblema ya de nuestro tiempo, como evidencia el bebé dominando con desenvoltura las teclas del móvil en la secuencia de clausura). Pero también se enerva con el reflejo de sí mismo, porque hay en él un exceso de celo en su exigencia de autenticidad que le había hecho perder el paso en la consecución de su labor creativa, y había perdido el foco de la perspectiva, anegado entre abstracciones y ambiciones intelectuales. La realidad no es un plano en potencia, una secuencia posible, ya la ficcionalizamos lo suficiente con nuestras vicisitudes cotidianas que no dejan de ser combinación de dramatizaciones entre lo consciente o lo inconsciente.
La mirada se puede perder en sí misma cuando quiere desentrañar la realidad hasta el último resquicio, como en el otro extremo se puede convertir en un simulador que se relaciona a través de potenciales ficcionalizaciones que parecen reales, documentos, porque la realidad es 'materia de grabación' en potencia, materia y referencia para una escenificación (y ser proyectada, publicada). Y el contacto con lo real se difumina cada vez más porque la mirada se ve abducida de modo más acrecentado por la caverna platónica de las variedades de tamaños de las múltiples pantallas que constituyen una relación con la real cada vez más referencial y virtual. El destino de la experiencia parece ser convertirse en imagen, en la imagen que certifique, o magnifique la vivencia, como ya se piensa en el comentario que se hará en las redes sociales de lo que se vive: nuestra vida es protagonista ante el ojo de una cámara, como los espectadores que saludan a la cámara que recorre el público en un evento deportivo: por un instante son 'visibles', son protagonistas de la vida: la disponibilidad de tantas cámaras amplifica esa posibilidad. Ya muchas veces la propia vivencia se realiza pensando en su posterior representación, en que la grabación que será contemplada por otros, como quien actúa pensando en potenciales espectadores: por lo tanto, la vivencia es una escenificación. Ya se piensa en la vivencia, en la acción, como 'materia' de una 'película' (de su visualización), por lo tanto, lo real se diluye cada vez más con la mediatización.
Y por eso, como se refleja en Y tú de repente, quizá la mujer que no se ajusta al modelo convencional, que no le gusta el deporte e ignora quiénes son las estrellas de la NBA,y folla con muchos hombres, acaba bailando como una cheerleader en una pista de baloncesto para demostrar al hombre que ama que puede adaptarse a la 'pantalla referencial' de su mundo, aunque suene más a capitulación y plegarse al orden establecido de las convenciones que a un proceso de maduración emocional para saber comprometerse con otro. Hay dos comedias en Y tú de repente que no convergen, una cuando aparece en escena Tilda Swinton, y sólo aparece en media docena de escenas, como un soplo de distinción en un marasmo prosaico, una gracia histriónica que remarca la poca inspiración del resto de componentes que son quienes dominan la otra prescindible comedia que suena a refrito de refritos. A Apatow le habían achacado que en sus obras sólo parecía plantear una perspectiva masculina, y sus personajes femeninos definirse por su condición de complementos o pantallas. En este caso, la guionista es mujer, a la vez, la protagonista, Amy Schumer (quien por lo que parece se ha convertido en la nueva esperanza de la comedia estadounidense), pero no difiere mucho de lo visto en anteriores comedias de Apatow. Más de lo mismo, y con mucho sabor rancio. Y nada que ver con la perspectiva femeninas, carente de complacencia por otro lado, de las dos mejores obras de Baumbach, las excelentes Frances Ha (2012), que sí sabe oscilar, a diferencia de la de Apatow, entre la comedia y el drama, co escrita con la protagonista, Greta Gerwig, y Margot en la boda (2007), obra de matriz bergmaniana, con cuya sombra alargada de influencia coincide también con Allen.

viernes, 7 de febrero de 2014

En rodaje: Noah Baumbach, Jennifer Jason Leigh y Jack Black

Noah Baumbach, Jennifer Jason Leigh y Jack Black durante el rodaje de 'Margot y la boda', cuyo título invoca el espiritu de Rohmer, en concreto, 'Pauline en la playa', algo hay de ese pálpito de cuentos morales alrededor de las elecciones afectivas, de las decisiones y la coherencia entre lo que se piensa o se quiere, y lo que se hace, atropellados en sus propias contradicciones, balanceándose entre lo no dicho, y lo dicho, como aquí, que se hace sino en el momento más inoportuno, con una virulencia desproporcionada.

Frances Ha

A Frances (Greta Gerwig) le dicen que parece mucho más vieja de la edad que tiene, 27, pero mucho menos madura. Frances está y no está, va y viene, inicia un paso de baile, pero no se si sabe si lo culminará, quizá se tambalee, quizá idee una fabulosa coreografía. Su vida comienza gestarse, aún está lejos de concluir. Su apellido es Halloran. Ha es lo que cabe en su buzón. Aún tiene mucho que delinear con sus pasos de baile de la vida. Aún es como una niña. Añora esa sensación que sentía con su amiga Sophie (Mickey Hupner), que reflejan las primeras secuencias de 'Frances Ha' (2013), de Noah Baumbach, cuando ambas compartían piso, como si dieran los primeros pasos en el mundo, como si aún no hubieran dejado atrás esa sensación de mundo aparte, inmune, de los juegos y de las fantasías de la adolescencia cuando la vida aún es proyecto, cuando han empezado a despegar, porque ya abandonaron el hogar paterno, pero aún no parece haber turbulencias en el vuelo y quizá haya que realizar aterrizajes de emergencia. Pero mientras Frances no conecta y encaja, y rompe su relación, porque prefiere esa sensación de recreo en el que aún no tienes que crecer, ni todavía definir coreografías en las relaciones, su amiga Sophie sí da pasos, sí decide cambiar de piso con otras personas, sí se muestra decidida a establecer un proyecto de vida o de relación, que supone asumir desencuentros y colisiones provisionales, vómitos en la medianoche cuando lloras tu decepción o contrariedad. Porque, en ocasiones, en la coreografía que eliges en la vida te pueden dar un pisotón, pero no implica que la dejes inconclusa, que la abandones.
Frances se siente artista, quiere ser artista, bailarina, pero no es rica, y parece que sólo los que son de familia pudiente encuentran un camino fácil para realizarse como tales. Rechaza trabajos que no considera que sean los adecuados, como si los senderos sólo pudieran ser los de su deseo, las rutas que establece en su camino, pero quizá no sean sino rutas hacia callejones sin salida donde te ciegas con las brasas del orgullo. Y prefiere trabajar de camarera que de secretaria donde quería ser profesora. Hay momentos en que la película vibran los reflejos de otras latitudes cinematográficas. Cuando encuentra otro provisional recreo,o guarderia de talante juvenil, con Lev y Benji, pareciera que entráramos en la ruta de 'Extraños en el paraiso' (1984) de Jim Jarmusch. Cuando la aceptan como compañera de piso, corre por las calles de New York al son del 'Modern love' de David Bowie, como Denis Lavant en 'Mala sangre' (1986), de Leos Carax. Pero no se encasquilla la película en alusiones cinéfilas ni en juegos de reflejos autocomplacientes, como quien sueña con otros tiempos que no fueron los suyos. Como en 'Margot y la boda', la gran obra de Baumbach, palpitaban los tenebrosos ecos del Bergman de 'La hora del lobo', 'Persona' o 'La vergüenza'. En Frances también alienta la atorada quietud, pero sin amargura sino con la extrañeza de quien pestañea por la luz del sol tras quedarse dormido en un lugar que no les resulta familiar, de los personajes que parece que se mueven, pero no lo hacen, como en la obra de Jarmusch.
También la agitación de alguien en formación y colisión como el personaje de Lavant en la de Carax. Siente que el escenario se mueve pero no ella. Siente que se quema y no sabe cómo articular lo que piensa y siente ni qué. A veces es un remolino, a veces un amasijo en derrota que no desea sino postrarse. Viaja a Sacramento, y pasa unos días, en época navideña, en casa de sus padres. Es como un círculo, como otra burbuja aislada, otro compartimento estanco, en su propia vida. Le esperan, en el aeropuerto, abajo, mientras ella desciende por las escaleras mecánicas. Y después de un tiempo, que parece un suspiro, como hace aliento el montaje secuencial de secuencias breves, les contempla, abajo, mientras asciende por las escaleras mecánicas, cuando se despide, como un mundo que no quisiera abandonar, como añora aquella armonía, aquella sensación de refugio, que sentía con su amiga Sophie, la conexión cortada con la vida que la hace gravitar suspendida en la realidad sin encontrar un sendero que sea a la vez nido.
Viaja a París por impulso, y aquella ciudad, la de la luz y la de tantas fantasías e idealizaciones, es como tantas otra ciudades, sus calles como las de tantas calles de otras ciudades. Las librerías pueden estar cerradas cuando quiere entrar en una, y come sola en una terraza. Pasea en la orilla del Sena, pero sus aguas son las de tantos ríos. Y de nuevo recibe la llamada de quien añora en su intemperie interior, o de lo que representa, la llamada de su amiga, Sophie, que incluso no sólo se aleja porque se casa y forja su proyecto de vida sino que abandona el país. Aún más lejos. Distancias. Y desconcierto, como esas películas francesas en blanco y negro, de Truffaut o Garrel, cuyo oxígeno de figuras desorientadas, erráticas, aún desenfocadas, en formación y colisión, vacilantes y desgajadas, respira 'Frances Ha'. Pero no, suena la música de Georges Delerue, pero su atmósfera es propia, no es sucedaneo, ni impostura (algo que a veces afecta y anquilosa, quizá por autocomplacencia, quizás por torpeza, a sus referentes), no hace sentir que se transita en una réplica trasladada a New York, como los ecos del cine de Woody Allen, en concreto de 'Manhattan' (1979), tampoco derivan en quiste. Su blanco y negro también es el de la realidad que aún no se perfila. La voz indecisa, que inicia movimientos que no culmina, que da pasos en falsos, que retrocede o da zancadas, tropieza o da un grácil salto como una exquisita filigrana, son los de Frances, la protagonista de esta pieza que no deja de estirarse como si se buscara mientras se encuentra,