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miércoles, 22 de diciembre de 2021

12 Libros 2021

 

12. La serpiente Cósmica (Errata naturae), de Jeremy Narby

11. Un tratado de estética japonesa (Alpha Decay), de Donald Richie
10. Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru
9. El héroe (Blatt & Ríos), de Lee Child
8. El club de los desayunos filosóficos (Acantilado), de Laura J. Snyder
7. La desaparición de Adele Bedeau (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnet
6. Un reflejo velado en el cristal (Hoja de lata), de Helen McCloy
5. Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno (Errata naturae), de Roy Scranton
4.  Coníferas (Acantilado), de Marta Carnicero Herranz
3. Rápido, tu vida (Errata naturae), de Sylvie Schenk
2. Filosofía felina (Sexto piso), de John Gray
1. El corazón de las tinieblas (Eterna cadencia), de Joseph Conrad

martes, 13 de abril de 2021

Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru

                           

Una guerra cuyo uniforme era la piel, o quizá algo más difuso, algo que cabría llamar <<el carácter sueco>> (…) Un país donde yo ya no sabía si me atrevía a quedarme. Yo no era solo un origen que buscaba un futuro en las pantallas del mundo occidental. Me apoyaba en fragmentos de otro mundo, otra gramática con la que ordenar el tiempo y el espacio. Era musulmán, y durante aquellos años empezaba a creer que aquello, en Suecia, me convertía en un monstruo. Tanto 22 de julio (2018), de Paul Greengrass como Utoya. 22 de julio (2018), de Erik Poppe, se centraron, desde distintos ángulos, en la matanza de setenta y siete jóvenes en la isla noruega de Utoya y la muerte de ocho, por la detonación de una bomba, en Oslo, con 200 heridos entre ambos escenarios, el 22 de julio del 2011. El criminal consideraba que representaban la actitud que permitía la integración de inmigrantes en la sociedad noruega. Su acción era un gesto de guerra. Las víctimas, en la isla, eran, según él, los hijos de los liberales de la sociedad que estaban atentando contra la identidad y territorialidad de lo propio, como si permitieran la degradación paulatina del país por la contaminación de individuos de otras etnias y culturas. ¿Quién había sido, en realidad, el primer sueco, aquel que había decidido que los demás eran suecos? No existía, y allá donde debería estar había un hueco, un agujero en el interior de la palabra sueco, que a veces hacía que las risueñas casas de mis compañeros de clase parecieran recortadas de plástico y papel. Un vacío (…) Habíamos nacido en Suecia sin ser suecos, y eso nos había hecho irreales. Sabía que solo con la muerte volveríamos a ser reales. En la cuarta obra de los casos del departamento Q, Expediente 64: los casos del departamento Q (2018), de Christoffer Boe, se equiparaba las esterilizaciones que se realizaron en Dinamarca a más de 100.000 mujeres, entre finales de los 30 y principios de los sesenta, con las que se aplican a mujeres de otras etnias integradas en la sociedad danesa. Las primeras fueron reales y las segundas eran ficticias, pero su incisión metafórica resultaba elocuente sobre los tumores extendidos en la propia sociedad nórdica, epítome del bienestar social. En Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), el escritor sueco Johannes Anyuru (1979) utiliza un atentado ficticio como metáfora, primera capa o punto de partida de una espiral (tan turbia como capciosa: la percepción de la realidad se envenena con el filtro de pantallas con las que contaminamos nuestra relación con los otros). El atentado lo efectúan tres jóvenes musulmanes, dos hombres y una mujer, con chalecos bomba, que irrumpieron en una librería donde se presentaba un libro caracterizado por sus dibujos, en ese difuso filo entre lo irreverente y lo despectivo, sobre los musulmanes. La narración de esa circunstancia se interrumpe en un momento crítico, cuando un cuchillo va a ajusticiar al dibujante irreverente. ¿Qué pasó en realidad aquella noche? Después de que apagaras la cámara. El hilo de la espiral comienza a desenredarse en ese gesto, ese gesto de apagar la cámara. Quien la apaga era la mujer que participa en aquel atentado (mientras pensaba que todo podría haber sido distinto). Quien se lo pregunta es un escritor, al que ella solicita su presencia en su lugar de reclusión, Tundra. Un escritor en el que se rastrean ecos del propio autor, hijo de ugandés y sueca. La narración no deja de ser una sucesión de interrogantes, desde diversos ángulos, como una serie de reflejos, sobre su circunstancia de musulmán de piel negra en una sociedad como la sueca.
Una cámara se apaga, y se inician múltiples interrogantes para una realidad que parece contaminada por un exceso de pantallas en las que los demás son meras representaciones, que se convierten en encarnizados campos de batalla. ¿Quiénes somos y quiénes nos creemos que somos y sobre qué inflexibles y ofuscados cimientos establecemos nuestra identidad y por qué esa enconada necesidad de afirmarnos siempre con respecto a otro? Una mujer que cree ser otra, abre, como una herida que es grito, ese absurdo sobre el que generamos tantos cruentos conflictos. Una mujer que es identificada como una mujer que se había criado en Bruselas y se había convertido al Islam a los catorce años, según decía su familia para estar con el que por entonces era su novio, un chico de la misma edad con raíces marroquíes. Una chica que desapareció, aunque luego su familia supiera que fue arrestada por el servicio de seguridad belga y enviada en secreto a la prisión de al-Mima, en Jordania; tras salir, por todo lo que sufrió allí, permaneció durante meses en estado catatónico. Todo eso ocurrió dos años antes del atentado en la librería. Lo sorprendente, para el escritor, es que la chica no hable flamenco sino sueco, y que afirme que es otra que vivió otra realidad en la que existían campos de concentración en Suecia, vivencias cuyo relato comparte con él. ¿Quién es y, sobre todo, por qué esa chica recluida dice que es quien no es, alguien que ha venido del futuro? La realidad es según el relato que estableces. Y quizás la realidad sea otra, e incluso pueda ser corregido su presente, según el relato que establezcas, o te injerten. Un relato puede ser el reflejo de una necesidad de modificar la realidad, incluso de evitar un futuro que temes que sea. Un relato puede ser un conveniente injerto para hacerte sentir que no eres quien sufre sino quien inflige daño.
En las novelas policíacas nórdicas suele ser recurrente la exploración del pasado, a través de la investigación crímenes que acaecieron tiempo atrás. Ya no creo que el tiempo sea una línea recta. Ya no creo que esta historia, ni ninguna historia que ninguna persona pueda contar, tenga un solo comienzo, sino varios. Y, en realidad, nada termina. En Se ahogarán en las lágrimas de sus madres, el tiempo se fractura, no solo pasado y presente, sino imaginario y real, como si la ficción y lo real confundieran los límites, en correspondencia con una sociedad que se ha infectado con el virus de las pantallas de un conflicto xenófobo, qué es ser sueco, quién no es como yo, una película que genera anatemización, violencia latente o manifiesta. Por eso,  ¿Cómo puedes vivir en una sociedad que está remarcando que no eres uno de ellos, que no eres uno de los suyos, y además eres una supuración, una infección? ¿Cómo puedes reaccionar? La protagonista, en una red social, puso una imagen que no era la suya, la imagen de una chica que se consideraba que sí era sueca. ¿Qué era ella? ¿No les empujaban a querer ser alguien distinto? ¿A qué podían llamar lo propio? ¿Qué podían considerar verdadero si no dejaban de remarcarles que eran una impostura, que pretendían ser lo que no podían ser? ¿No les empujaban a buscar una salida a través del resentimiento? Si les despojaban de la posibilidad de disfrutar de la consecución de su sueño en su propio escenario de realidad, ¿no les abocaban a buscar su sueño en la rabia que se revolvía, con violencia manifiesta, contra la permanente violencia de su desprecio? En la narración se repite una frase: Todo podía haber sido distinto. Pero ¿dónde, en qué y en quiénes, está el origen de la infección? Si se plantea que su génesis está en un hecho violento como el atentado de la librería, en esa amenaza a nuestro mundo occidental que se ha enquistado como un lugar común veraz cuando es otra ficción instituida, eso exculparía o absolvería a la sociedad que anatemiza a quien no categoriza como uno de los nuestros/suyos.  Si una acción violenta de ese calibre la realiza un musulmán es un atentado terrorista pero si la realiza quien no lo es no se le cataloga con esa concepción ni se extiende a todo un colectivo sino que se señaliza como mera acción desquiciada individual. La narración se interroga sobre ese origen, y cómo, incluso, puede lograr hacer sentir culpables a quienes son rechazados, como si ellos fueran los causantes de un terror, los monstruos. Aunque se desmonte la falaz manipulación, cómo injertar esa convicción de que se es más amenaza que víctima, no obsta para que se sienta que parece una historia sin término, dado como está enquistado ese virus  de cosificación y anatemización del otro, con violencia larvada o manifiesta, en la naturaleza humana. Vivíamos una época en la que cada piedra del mundo había visto suficiente crueldad humana como para volar en mil esquirlas

martes, 17 de noviembre de 2020

Otoño (Nórdica libros), de Ali Smith


 En todo el país, el país se hacía añicos. En todo el país, los países se alejaban a la deriva. En todo el país, el país estaba dividido: una valla aquí, un muro allá, una línea trazada aquí, una línea cruzada allí. Un telón de fondo, un contexto, un país fracturado, el referéndum del Brexit, no somos Europa, no somos otros, somos solo nosotros, ingleses, desde que Thatcher nos enseñó a ser egoístas y no solo a pensar, sino también a creer, que la sociedad no existe. En ese contexto de añicos, una narrativa fracturada. Solo el tiempo y su marea. Otoño (Nórdica libros), de la escocesa Ali Smith (1962), de quien la editorial ya había publicado los magníficos relatos de La historia universal, se inicia con un sueño en un espacio fronterizo, una orilla, con cuerpos de vivos y muertos, un espacio impreciso, como lo es el estado de quien sueña, el centenario Gluck, ya que unos piensan que parece abocado a un coma permanente, pero hay quien, como la treintañera Elisabeth piensa que es solo un largo sueño. ¿Cómo no va a dormir si la realidad afuera interpone fronteras como fauces dentadas? Ella vive su particular pesadilla burocrática en su intento de conseguir un pasaporte (¿no es con zeta sino con ese el nombre inglés de Elisabeth?). Otro tipo de vallas, diferentes a las electrificadas que rodean un centro de alta seguridad en los que recluir a los no deseados inmigrantes. Elisabeth sufre una transformación abisal cuando escucha en la radio a un político soltar, como quien azuza a una jauría,  <<Por muchos que huyáis, vamos a por vosotros>>. La narración parece estructurada, como un cuerpo descompuesto, por el efecto de esa frase, que refleja el sentir de un buen número ciudadanos, los que anatemizan con pintadas las casas de los indeseados por no ser como ellos, por no ajustarse a su cuadrícula mental, su rigor mortis de seña de identidad. Su dificultad para conseguir ese pasaporte parece que evidenciara la imposibilidad de huir de una sociedad cada vez más electrificada por los muros y las vallas que interpone con respecto a los que considera que no son como ellos.

El corte de fondos destinados a las casas donde alojan a los niños que solicitan asilo se corresponde con la sensación de desajuste de Elisabeth. Aunque ya lo ha sentido, vivido, desde su infancia, desde que inició su relación con aquel vecino que su madre pensaba (temía) que era gay, y de cuyas intenciones desconfiaba como si pudiera ser una amenaza para su pequeña hija. La narración alterna tiempos, como un tejido deshilachado. Ese sueño inicial, esa pesadilla burocrática, es el reflejo de una realidad que ha perdido contornos por imposición de aduanas y vallas y muros. ¿Para qué son las vallas? (…) Las ortigas no dicen nada. Las inflorescencias no dicen nada. Las florecitas en lo alto de sus tallos. Elizabeth no sabe cómo se llaman, pero lo que dicen es: nada. Entre los resquicios de aduanas y vallas y muros, una bella amistad, esa que ha superado el tiempo, y se ha mantenido despierta entre esas trabas que entumecen y ofuscan el discernimiento con los relatos que nos contamos y enhebran una realidad que es más bien la distorsión de un relato. Querrás decir que existe la verdad y existe la versión inventada de la verdad que nos contamos del mundo.

Mediante esos relatos asignamos a los demás representaciones, signos que los diferencian, que los convierten en rivales o indeseables, por etnia, género, tendencia sexual, nacionalidad o por el tamaño de sus lóbulos, lo cual pone en cuestión el grado de evolución de la especie. Es una cuestión de (amplia) perspectiva, una cuestión de actitud que enfoca al otro no como una pantalla. En el relato del señor Gluck sobre el encuentro entre un hombre uniformado con una metralleta y un hombre vestido de árbol, éste replica: yo no digo que tu ropa sea estúpida. Entre Gluck y Elisabeth, más allá de su gran diferencia de edad, su género o tendencias sexuales, se crea un conexión o sintonía que enfoca a una cuestión crucial, la cuestión fundamental: No nos queda más que esperar que las personas que nos quieren y nos conocen un poquito nos vean como somos de verdad. En última instancia eso es lo que importa, y poco más. ¿En qué medida sabemos mirar, discernir, a los demás, o en qué medida nos esforzamos, más bien anclados en la inercia de filtrar las relaciones con los otros a través de las representaciones de las diferentes clasificaciones? ¿Por qué nos cuesta aún tanto a los seres humanos no relacionarnos con los demás como singularidades en vez de hacerlo a través del filtro de las representaciones o uniformizadoras señas identitarias? Nos atoramos, y embrutecemos, con la edificación de tantos muros y tantas vallas. Y los mismos relatos que nos hacemos sobre la realidad y nosotros es papel pintado con la materia del hormigón. Pero ¿no son, en realidad, las historias, las que abren los ojos, más bien, la infinita caída de las hojas? Somos tiempo, somos mareas. Y solo con esa consciencia se pueden materializar, o hacer acto de realización, los despertares que se gestan en las reales conexiones. Por eso, la narración que empezaba con un sueño y una pesadilla concluye con un despertar. En el principio, o cuando unos ojos que no son los tuyos te permiten ver dónde estás  y quién eres.

lunes, 26 de octubre de 2020

Mengele Zoo (Capitán Swing y Nórdica libros), de Gert Nygardshaug

                         

Los libros de Historia le habían contado sobre el sufrimiento humano  y la brutalidad del ser humano, sobre el deseo por el poder y sus obscenidades, sobre la necesidad y la miseria, pero aún no había encontrado el verdadero libro de historia, aquel que contara sobre la brutal destrucción de la naturaleza, sobre la soberbia del hombre ante las plantas y los animales, el libro de historia que pusiera al ser humano en el lugar que le corresponde: la mayor alimaña del planeta. Sustancialmente, esa es la razón del título elegido para esta primera obra de una trilogía, Mengele Zoo (Capitán Swing y Nórdica libros), del escritor noruego Gert Nygårdshaug (1946). Somos la mayor alimaña del planeta. Hemos configurado un mundo a imagen y semejanza del doctor Josef Mengele, quien durante la segunda guerra mundial realizaba crueles y aberrantes experimentos con animales y humanos. Mengele Zoo es un visceral cuestionamiento de nuestra inconsecuencia e inconsciencia. Fue publicada hace treinta años, y su publicación ahora en castellano no hace sino dejar en evidencia que hemos alentado el crecimiento de nuestro tumor, como un virus que se expande inclemente y voraz. Las sociedades con sus ciudades, coches, asfalto y petróleo son un cuerpo sin cabeza, un amenazante tumor canceroso que crece sin control. Este es el relato de la gestación de una conciencia combativa. Mino, su protagonista, cuando es un niño en una apartada aldea de una selva tropical, se fascina con las mariposas, con su deslumbrante y sorprendente belleza, a la que vez que se sobrecoge con la crueldad que despliegan los soldados que imponen su cruel capricho, y los gringos que arrasan la selva para la extracción de petróleo o caucho. Había otros muchos países con armeros, soldateros, carabinero y gringos voraces que trabajaban para una u otra compañía. Asediaban a la gente pobre, mataban animales inocentes y destruían los grandes bosques. Y así seguirían y seguirían hasta que en el mundo solo hubiera gringos y coches. Entonces todo el planeta apestaría.

Este es el relato de una odisea. Mino cruza fronteras, océanos, conoce poblados diversos y ciudades, viaja durante un tiempo con un mago que, gracias a una sustancia con la que se embadurna el cuerpo, se presenta como un cuerpo en llamas, es recluido en prisión,  y torturado, por haber matado al oficial armero que ejercía la crueldad con sus vecinos, estudia los rostros de la diversidad de personas con las que se cruza,  y constata que predomina en sus semblantes la indiferencia, y sino el odio y brutalidad, el miedo, la angustia y la tristeza, y en algún puntual caso la alegría. Ya había llegado a una conclusión: la mayoría de los habitantes de esta ciudad, eran superfluos, no hacían nada especialmente provechoso. Eran armeros sin uniforme ni pistolas. Es algo que también constata cuando viaja a Estados Unidos porque quiere ver en primer plano cómo es la gente común y corriente que permite que el sistema sea lo que sea. Más allá de las decisiones que toman empresarios y gobernantes, o el Banco Mundial, el ciudadano medio es cómplice de un sistema que arrasa con su entorno y otras especies en un constante ejercicio de exterminio y desertización. Mientras seguimos mirando al ombligo de nuestra particular parcela de vida, se sigue extrayendo el aliento del entorno que habitamos, no como si fuera un conjunto del que formáramos parte, sino como si fuera nuestro suministro de recursos. No solo el actual sistema debía ser derribado y aniquilado para siempre, la imagen del ser humano también debía ser destruida. Mino conformará, como un cuerpo en llamas de indignación, el Grupo Mariposa, un pequeño grupo de activistas (que otros llaman terroristas) que se dedicarán a atentar y matar a los que con sus decisiones destruyen entornos naturales, indiferentes a las vidas que afectan, y destruyen, sean humanas o de otras especies, como si fuera una máquina que borra sin preocuparse del hecho de que nada crecerá a su paso. Exigen la condonación de las deudas de los países que deben plegarse a la explotación de su entorno natural por parte de empresas extranjeras para meramente sobrevivir como sociedad (esa prisión de horizonte en la que nos encarcelan para seguir permitiendo las acciones destructoras y explotadoras), la liberación de los entornos naturales y las compensaciones económicas para los afectados por esa virulenta actividad depredadora económica. Había entendido que difícilmente surgirían nuevas guerras de grandes dimensiones en el mundo, ahora era el turno de otra guerra, la del terror sistemático contra quienes tenían el poder de destruir, causar peste y oprimir. Aquellos que nunca habían entendido los importantes desplazamientos de las hormigas, la comunicación entre las hojas, los magistrales sentidos de los animales y la necesidad de reproducción del todo.

Mino durante su infancia conoce de primera mano la crueldad del ser humano en cualquier escala, qué fácilmente infligimos daños sin remordimientos ni arrepentimientos, o qué fácilmente aceptamos con indiferencia las aberraciones que se infligen a otros,  o a la naturaleza, porque nos basta con que nuestra particular parcela de vida aparente estabilidad (e inmunidad). Seguimos teniendo hijos porque se desea satisfacer la propia ilusión, pero no se dispone de visión de conjunto sobre la creciente superpoblación y el hecho de que eso suponga un incremento de explotación y destrucción de reservas naturales. No hay visión de conjunto, solo del propio ombligo (de la propia apetencia). ¿Cuántos millones podía alimentar el planeta sin que esto afectara al equilibrio ecológico a largo plazo? Del mismo modo, hoy en día, con la irrupción del Covid-19 en nuestra vida, están los desean que todo vuelva a ser como antes, que acabe pronto esta molesta interrupción de la cinta corredera (con el soma del suministro incesante y la satisfacción de nuestros caprichos y el enganche a la extensiones tecnológicas de las que somos ya extensiones) y el sistema siga con su engranaje, y están los que consideramos que el virus es la reacción de un naturaleza que se revuelve para no ser aniquilada del todo. Es un equivalente de este Grupo Mariposa que protagoniza esta excelente novela. Nos intenta concienciar, despertar, con contundencia, pero nos puede la comodidad de guiarnos por el capricho y la apetencia. Es más cómodo no pensar en las consecuencias de nuestros actos, no sentirnos responsables ni esbirros de ningún sistema. La alimaña solo se preocupa de sí misma.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Arde el musgo gris (Nórdica libros), de Thor Vilhjamasson

                              

 Asmandur pensó que tal vez habría otro rostro debajo de aquel que lo miraba; en el que podría verse el bullir de su alma, si se pudiera retirar aquella máscara moldeada por los elementos. En las producciones cinematográficas islandesas que llegan a nuestras pantallas resalta el contraste entre la magnificencia de la amplitud su paisaje y la asfixia que destila la vida de sus habitantes, sea de un entorno urbano o rural. En obras como Sparrows (2015), de Runnar Runarsson o Heartstone, corazones de piedra (2016), de Guðmundur Arnar Guðmundsson, predomina la sensación de restricción y ensimismamiento, la dificultad de conjugar la expresión de sentimientos y de lidiar con lo que piensan los demás. En la mordaz Buenos vecinos (2017), de Hafsteinn Gunnar Sigurdsson, un árbol es el elemento de conflicto, entre unos vecinos, que desata sus miserias. Esa emponzoñada y retorcida constricción de aduana vital se amplía a la relación del extraño como evidenciaba Y respiren normalmente (2018), de Isold Uggadottir, centrada en el contraste de la vida de dos mujeres, una mujer islandesa que sufre las agonías de la precariedad (incluida pérdida de piso),e inicia un trabajo como aduanera, y una mujer de Guinea-Bissau que será deportada, precisamente, por la intervención de la primera, al advertir una anomalía en su pasaporte (o de qué modo tan fácil nos convertimos en esbirros de un sistema que nos asfixia u oprime). Y también se extiende al mismo entorno, como si mediante círculos concéntricos que se amplían en su eco se acentuara esa restrictiva actitud que nos encierra en nuestro ombligo, como con agudeza planteaba La mujer de la montaña (2018), de Benedikt Erlingsson, en la que, mediante los actos saboteadoras de una insumisa mujer, se cuestionaba la política económico-empresarial que ignora, y más bien, desprecia las consecuencias de la implantación de unas empresas en el medio ambiente y en las vidas de los habitantes. En suma, ¿sabemos relacionarnos con los demás, sean los de nuestro entorno o foráneos, y con el mismo entorno? ¿Quién conoce a otro? ¿Te conozco yo a ti?¿Me conoces tú a mí? Nos amamos. Nos gozamos. Y después volvemos a convertirnos en dos seres humanos. ¿Qué es lo que sabemos de nosotros? Son interrogantes o cuestiones que atraviesan y alientan Arde el musgo gris (Nórdica libros), de Thor Vilhjamasson (1925-2011). Ese desencuentro de diálogo se expresa a través de la diversidad de su estilo y su estructura fractal. Un estilo exuberante, lírico, que detalla la materialidad de la naturaleza, se despliega en excursos en el territorio del mito, o del impresionismo de las emociones, y un estilo más sobrio, acorde a la crónica judicial, o las conversaciones dialécticas. En la obra confluyen las miserias humanas con las quimeras heroicas. O su desajuste. ¿Acaso la nación no tenía nada en común que no fuera la miseria y los fantasmas? Las antiguas sagas, claro. ¿Pero no eran solamente los héroes, las quimeras?. En el núcleo de la novela, o de sus fragmentos que asemejan a añicos, el forcejeo dialéctico entre el acto de matar y la fragilidad humana, los extremos que enfocan sobre la condición del ser humano. En la espesura del entremedias, difusa, la lacerante interrogante del por qué. Pero cuál debe ser el modo de enfocar. ¿Cómo podemos juzgar si quizá no sabemos comprender?.

Daba gracias por gozado de la espléndida belleza de las montañas que hacían que la mente se elevara muy por encima de las preocupaciones cotidianas, de sus pequeñeces y nimiedades. Le había venido bien ponerse en camino, separándose así de sus libros, de su hogar, de los poetas latinos que buscaban la belleza y rechazaban lo que pasaba al hombre aquí abajo, la desventura y la apremiante necesidad que ahogaba tantas cosas desde su misma cuna, y las mutilaba y desfiguraba. En esa travesía, en ese recorrido desde la restricción de la mirada de juez a la mirada comprensiva fluye, o eso intenta, el protagonista, el juez y poeta Asmandur, que se desplaza (físicamente) para ejercer de juez contra dos hermanos acusados tanto de relación incestuosa como de realizar un aborto. Su desplazamiento (emocional o mental) no concluye sino en un grito que evidenciará el desajuste que hay en él entre el poeta y el juez. Se siente representante de la actitud que puede rescatar al ser humano, a sus conciudadanos, de las ciénagas de su naturaleza desfigurada y desorientada. Con aquella urgencia que sentía de escribir poesía para aliviar su alma, y de aprovechar al máximo sus energías para su propia salvación y para elevar a su pueblo a la misión que había soñado para él, la misión que veía como un deseo de la providencia divina; alcanzar la madurez y cumplir lo que a aquella nación correspondía. Pero quizá sea su actitud la que apuntala el desenfoque, el extravío. Los jóvenes se aman. Se les puede enfocar desde esa perspectiva o condenar por infringir la ley de los hombres (o esa entelequia llamada divina que no es sino extensión de la propia restricción de miras de los seres humanos) por realizar incesto. La joven tenía bien alta la cabeza, y exhortaba a su amante a alejar de sí toda inquietud acerca de lo que pudieran pensar los demás, y a gozar las cosas mientras duraban. Pero el juez parece enfocar desde la mirada que ve a los otros como representaciones que ajustar a un molde, por eso las desprecia, aunque en teoría se considera valedor o salvador de las mismas. Se sentía violento, no le apetecía lo más mínimo tener que dedicarse a aquello. La gente a la que había interrogado le parecía insustancial. Muy lejanos. Así que este es mi pueblo, pensó, y sintió repugnancia. El juez representa esa actitud que se siente por encima, y mira por encima, o juzga a los demás desde el prisma de un modelo (que se asocia con un mito o entraña de tradición) pero no sabe establecer un vínculo frontal ni comprensivo. Tú, el individualista. Tú, que crees en la fuerza del individuo, Pero abominas de la debilidad. Lo débil y lo pequeño, ¿nunca piensas en eso?¿Nunca piensas en cómo se siente el reo? Lo que vive en su pecho. Su deseo de vivir. Sus sueños. El naufragio de su deseo. Las esperanzas que luchan contra la desesperación. Tú, que eres poeta. (…) ¿Cómo puedes ser dos personas en una sola? El poeta con el deber de comprender lo que intenta vivir. Y el juez implacable que se cierra ante aquello que no concuerda con los párrafos de esas artificiales leyes nuestras?

El juez es la actitud que apuntala respuestas, y pretende que la realidad, y los demás, se ajusten a ese patrón o modelo. La narración, con su misma estructura escurridiza  y sinuosa, alienta las interrogantes sobre qué es lo que sabemos de nosotros, y por tanto de los otros, o por qué un ser humano es capaz de matar, qué es lo que le puede conducir a realizar tal acto, o sobre si nos esforzamos en disponer de la necesaria mirada flexible, con una perspectiva realmente amplia, para ser capaces de comprender la fragilidad de los demás, en vez de tender al juicio tajante y restrictivo que tan fácilmente puede derivar en infligir daño a otro con cualquier justificación (legitimada). Somos débiles y contradictorios. No podemos vivir sin destruir otras vidas. Pero eso no ha de alegrarnos, sino apenarnos. En un poema de la Edda (la raíz de la mitología escandinava) destaca la máxima el hombre era el gozo del hombro. O no hay nada mejor que la compañía de otro ser humano. La cuestión es interrogarse por qué complicamos tanto la posibilidad de ese goce. Allí no se acurrucaba cada uno en su rincón como mensajero de alguna desgracia, allí, el insignificante no era rechazado como huésped, allí reinaba la concordia entre las personas, y el hombre era el gozo del hombre.

domingo, 28 de junio de 2020

Vestida de corto (Nórdica libros), de Marie Gauthier

Felix pensó que podría vivir bajo el nuevo techo, sentirse a gusto en aquella casa extraña, olvidar la suya, olvidar a sus padres. Sería una visita sin identidad, procedente de ninguna parte y con una bolsa y un papel en el bolsillo como único pasaje. Aprovecharía el hecho de no tener ya pasado alguno. Su vida comenzaría a partir de ahora. Quería salir de la infancia, alejarse de aquellos a quienes había conocido hasta entonces, deshacer los vínculos. Cuando la vida es un territorio desconocido, cuando tu mirada se reinicia como si nada fuera familiar. Félix tiene catorce años, es un cuerpo y una mirada que se zambulle en la realidad como si fuera un elemento ignoto por descubrir, experimentar, nombrar. Una suma de interrogantes con las que asombrarse y discernir. ¿Qué es la realidad? ¿Los contornos estipulados o marcados en un mapa por unas coordenadas que se supone referencia? Siempre había sabido imitar a los adultos, hacer lo que esperaban de él. Pero nadie le había dicho nunca a dónde conduciría todo aquello. Félix viaja a un entorno que no conoce, para realizar un trabajo físico, extenuante. La realidad es una miríada de posibilidades pero también un hueco oscuro que no se sabe qué puede deparar. El asombro puede convivir con lo terrible, lo posible está impregnado de la promesa de lo pletórico como de la desolación. En el techo había una marca de sangre de un color desvaído por el tiempo, justo encima de la cabeza de Félix. Ahí es donde viven los fantasmas, donde lucha cada noche a lamparazos de petróleo. Félix dormía contra ese vacío, sin saber lo que había dentro.
En ese entorno destaca una figura, Gil, de deciseis años, la hija de su jefe. Tenía una manera muy suya de moverse, recta y agil a un tiempo, pero con algo más que latía ahí, enmarañado. Esa pantalla fascinante como enmarañada se convierte en cuerpo y representación de su inmersión en la intrincada materia de la realidad. La pantalla también dispone de voz, su perspectiva se alterna con la de Félix. Es un cuerpo que se gesta, que explora y se explora, que se abre para fundirse con la materia de la realidad. Su exuberancia no quiere saber de límites sino de exploraciones y se despliega como un elemento más de la naturaleza que conecta con otros cuerpos, con la multiplicidad de sensaciones que puede deparar la vivencia del deseo. Como si pudiera llegar a cualquier sitio, como si para ella no hubiera fronteras. Es un cuerpo que abre fronteras, porque para ella no existen, y es a la vez centro, no solo para Félix. Gil era como un imán. Fácil de encontrar. Era el centro del pueblo, el centro de todo. La narración de Vestida de corto (Nórdica libros), de Marie Gauthier, ganadora del Premio Goncourt a la mejor primera novela 2019, se define por su fluencia impresionista, por su sensorialidad, es una escritura que se escancia desde la inmersión en las vivencias. Es una narración que se despliega desde dentro, como si fuéramos parte de las corrientes y mareas de las sensaciones y emociones. Gil se enfrenta al tiempo, a su condición de cuerpo y presencia que progresa y se deteriora, que crece y espera, que ansía y se tropieza y tiembla. Es materia en el tiempo. De repente, sentía unas enormes ganas de envejecer, de que llegara la mañana, el mediodía, las cinco de la tarde, cuando la luz estaba en su cenit. Nunca hasta entonces se había bañado de ese modo en sudor, todos los días, retorciéndose bajo el sol durante horas. Con la ropa pegajosa, el pelo empapado y la nuca chorreando. Lo aceptaba, así lo quería, en la carretera se dejaba hacer. El tiempo pasado, los días de trabajo, los días de sol.
Gil, sobre todo, se confronta con la vida como suma de interrogantes que no sabes dónde esconde las restas. Pero, en el fondo, ¿qué conocía de aquella chica misteriosa, con una doble vida, la escuela y los autobuses escolares, pero también los senderos, los taludes, las habitaciones de hotel? Aquel cuerpo que parece una línea recta a la vez que una maraña se revela como el núcleo y la exuberancia que se desparrama, una paradoja que resulta difícil perfilar, así como fácil desear sumergirse en su movimiento desbordante. Es el sueño de una vida sin contornos. Félix no sabía dónde se localizaba el deseo en esa criatura. Cuáles eran sus parámetros de clasificación. ¿O era todo un gran desorden? Intentaba levantar los velos y tocar la esencia. Dejaba de lado a los hombres y trataba de encontrar la carne bajo la blusa. Quería conocer su sabor, el extremo donde podría tomarla. Pero la ligereza de Gil siempre acababa inquietándolo. La falta de contornos abre hendiduras, sobre todo las de los límites que angostan. Son múltiples las direcciones que insinúa la vida, las coordenadas rebotan entre los reflejos y los imprevistos de toda singladura. Lo pasajero puede ser pletórico aunque la ilusión sueñe con lo duradero. Gil le había salido al paso como una vela, y se había alejado como una marejada. Es imposible apoderarse de las olas. Nunca se dejan atrapar. Lo único posible es sumergirse en ellas.

miércoles, 1 de abril de 2020

El hijo perdido (Nórdica libros), de Marghanita Laski

¿Y mi rostro?¿También me ha transformado este mágico resplandor? Si me miraran ahora, ¿verían no al extraño, detestado intelectual a quien deben despreciar temerosos, sino al alegre tío, amoroso hermano, solícito hijo? Esas interrogantes que zarandean la mente del escritor inglés Hilary Wainwright como un huracán, ya desde la primera página, nos ubican en su desorientación. La primera frase del libro alude al hecho que inspira el título, El hijo perdido (Nórdica libros), de la escritora británica Marghanita Laski (1915-1988), pero la novela es el trayecto del maridaje de un padre que siente que alguien debía levantar la enmarañada red que lo envolvía de aquel modo tan inextricable. La narración se inicia en 1943, en la que Hilary asiste a una celebración navideña con su hermana, madre y sobrinos. Su mujer, Lisa, murió en Francia, durante la guerra aún en curso. Pero no sabe qué ha sido de su hijo de dos años y medio. La narración se desarrollará, sobre todo, dos años después cuando alguien le notifique que cree haber encontrado a su hijo. ¿Quiere encontrarlo? Esa es la primera pregunta. Y que se la haga ya define al personaje. He tenido más de dos años para volverme invulnerable a las emociones. Ahora puedo vivir sin consuelo. Me consuelo con vivir en mis recuerdos. Lo único importante ahora es que nadie perturbe mis recuerdos. Hilary se embarca en esa búsqueda. Viaja a Francia, pero parece un viajero que al mismo tiempo quisiera regresar. Se desplaza a la vez que no deja de recular. Su actitud se define por las contradicciones. Por impulsos que colisionan, superado por un vaivén de impulsos y deseos, como un mar encrespado de emociones. Quiere pero no quiere. La búsqueda le enfrenta con sus heridas aún no cerradas del todo.
En la narración se efectúa un sugerente diálogo entre la circunstancia personal y la colectiva. Entre una sociedad, como la francesa, magullada por la vergüenza y la indignación. Cada vez que ve a un extraño, ¿no se pregunta qué hizo bajo la ocupación? Unos resistieron y otros colaboraron. La realidad es una espesura en la que no sabes qué dirección señala cada rostro, si los pantanos de la doblez y la conveniencia o un suelo firme. Pero ¿todo es tan fácil de delinear? ¿Cómo se juzga esas acciones? No creo que realmente nos estemos decepcionando a nosotros mismos. Creo que fingimos esto y lo otro porque debemos avergonzarnos de demasiadas cosas, incluso de la verdad. Es una cuestión que también se asocia con el discernimiento de cómo se puede desenfocar cuando se percibe y juzga desde una idea que puede representar a un grupo, ya que es una perspectiva que no sabe de matices y circunstancias. Durante años hemos pensado en términos de grupos y movimientos, nunca de individuos. Hemos aceptado el juicio de los grupos y hemos subordinado a ellos nuestra moral. Ahora sé que eso fue un error. (…) Lo único que parece cierto es que cada uno de nosotros deberíamos hacer el bien que tenemos cerca, cuyo fin podemos ver, y así sabremos que hemos hecho algo positivo.
El protagonista es inclemente, un perfeccionista intolerante. Él mismo lo sabe. Pero ¿Cómo puede serlo con otros y no consigo mismo cuando se ve dividido entre emociones encontradas? Establece un vínculo, que se va afianzando, con ese niño de cinco años, Jean, que puede ser su hijo como si no. ¿Qué siente, qué quiere? Aún más, ¿Importa si realmente es su hijo? ¿No resultaría tan curativo y beneficioso para él como para el niño? Hilary no puede evitar oscilar entre impulsos contrarios, y el deseo que siente por una mujer, Nelly, se convierte en el cuerpo depositario de su ansia de huida; la promesa de sexo sin responsabilidades, sin contornos de realidad, en oposición al compromiso que implicaría reconocer a aquel niño como su hijo, enmarañarse en una comedia en vez de confrontarse desnudo con el temblor de su vulnerabilidad. Quiere que imite sus halagos, su respeto, su devoción… todo el simulacro del amor. Se niega a actuar en mi comedia y me exige ser el bufón de la suya (…) Lo único que deseaba es estar solo y dormir para dejar atrás las decisiones y los recuerdos. Unos pasajes, con una y otro, en un circo y en una feria, reflejan cómo es él más bien el niño perdido que ansía esa ternura, ese vínculo afectivo, que niega de modo explícito, como quien tiene miedo de lanzarse al agua, porque simplemente tiene los ojos cerrados, apretados. El desvalimiento del niño es manifiesto, casi convertido en suplica desesperada, mientras que él lo contiene, o forcejea con su ímpetu porque lo teme. Ese maridaje de emociones es una atracción de feria de la que no quiere descender porque teme a una realidad que sembró de heridas sus emociones. Quizá abriendo sus ojos logre que cicatricen.
La novela, publicada en 1949, fue comprada por el actor John Mills para ser adaptada al cine, pero acabó siendo convertida en un drama más liviano, aderezado con las canciones de su protagonista, Bing Crosby, El niño perdido (1953), de George Seaton, para disgusto de la escritora, que veía como eran desnaturalizadas las aristas de su obra, sobre todo por despojar de las turbiedades del contexto, reflejo del individual. Quizá sea parangonable a esta novela la excelente producción británica Hunted (1952), de Charles Crichton, áspera, sombría, centrada en la relación de un niño (Jon Whiteley) y un adulto (Dirk Bogarde), en este caso un criminal en fuga. Pero, sustancialmente, también se revela que el adulto se siente desamparado y desorientado. Una luz plomiza domina el blanco y negro de la película, y una atmósfera equiparable se enrosca en la narración de la novela. En una y otra, niño y adulto se sienten maltratados por la vida, seres a la deriva que se encuentran a través de ese vínculo que se gesta y afianza entre ellos.

lunes, 9 de marzo de 2020

El precio de la amistad (Nórdica libros), de Kjell Askildsen

Willy Hassel caminaba por el sendero del bosque por el que solía caminar, con la esperanza de vivir una experiencia. Lo que se puede encontrar en los senderos de los relatos de El precio de la amistad (Nórdica libros), del escritor noruego Kjell Askildsen (1929), adquiere la condición de acontecimiento, de experiencia en su sentido más depurado, aunque sea imprecisa o paradójica. De algo te percatas, como si a la vez sintieras que algo se quiebra, y desintegra. ¿Estaba ahí o no? Sus senderos disponen de bifurcaciones que más bien asemejan a la perspectiva de un grabado de Escher: ¿Es posible que tantos pensamientos no hayan logrado su propósito? ¿Qué significa “propósito”? Si hay que preguntarse ya no sólo cuál puede ser el propósito sino qué significa propósito sin duda la perspectiva con la que se enfoca la vivencia de la realidad es como si se desentrañara todos los engranajes que dejan al desnudo que nos desplazamos en un arbitrio en el que cualquier mínima decisión es una ilusión. ¿Por qué decidimos actuar o reaccionar de un modo? Aún más ¿por qué deseamos lo que deseamos? Lo comprendía. Ella es distinta a mí, pero también bastante parecida. Creo que suele ser así: la mayor parte de la personas son distintas pero bastante parecidas. O tal vez no. Lo síes ya se confunden con los noes, las bifurcaciones son paralelas, transversales o se entreveran sinuosamente. Qué es lo que es parecido y qué distinto. La extrañeza se asienta en los relatos como si habitáramos ese otro ángulo que nos enfoca como criaturas anómalas. Si somos instantes, nuestros impulsos nos pueden revelar como una multiplicidad potencial. Lo que ahora sentimos, deseamos, no será así momentos después. El relato puede variar. La identidad no es una estructura homogénea, no sólo somos rutinas, costumbres, repeticiones que son resortes. ¿Estamos tan seguros de que sentimos o deseamos lo que sentimos y deseamos?
En el relato Gerhard P parte de una circunstancia emocional que se define por la fractura, esa que abre de un tajo nuestra vida, y hace necesaria una recomposición, que quizá no sea recuperación, no como antes, ya es otro el escenario de la vida. Un par de semanas después de que, a la edad de cuarenta y tres años, Gerhard P. perdiera a sus padres en un accidente de coche, se posó sobre él una tranquilidad que no entendía y que en algunos momentos le generaba cierto sentimiento de culpa. En dos breves páginas se concentra una conmoción. Sus frases se definen por las elipsis, y esos huecos entre las frases son intersticios que vibran como la pieza extraída cuyo fantasma aún se palpa. Las palabras, y los huecos entre ellas, tiemblan. Por eso, en una frase puede decir sobre la configuración de la sala que nada se quedaría como estaba, y pocas líneas después todo era como él recordaba que había sido siempre. Pocas líneas separan una frase de otra, pero poco es lo que separa esa sima de un sentimiento con el otro. Y a la vez tanto que parece un horizonte que se dilata sin fin. Por eso, cuando pensó: Aquí estoy, constata una paradoja, contiene lo que se rompe y lo que se anhela sentir recompuesto. La sucesión es también simultaneidad. Las emociones se yuxtaponen, forcejean entre sí. Es un aquí estoy también hecho de añicos además de cimientos en proceso. Un estado suspenso, paradójico. No es tan fácil precisar lo que se puede sentir. ¿De qué materia están hecho los flecos sueltos y los vacíos de la que ya no es o incluso quizá no pueda ya ser?
Los relatos de El precio de la amistad, escritos entre 1998 y el 2004, de modo más radicalizado que los escritos anteriormente, como los reunidos en No soy así (Nórdica libros), se asemejan, más que nunca, a palabras y frases que forcejean por no convertirse en añicos, o quizá añicos que forcejean por recomponerse. Y a la vez evidencian la firmeza de una luz tan clara que parece haber desprovisto a la realidad de cualquier interposición que interfiere en la percepción de lo que es, una fluencia incierta, como un vértigo, y una calma desprovista de cualquier ruido. Es el sonido puro que colinda con el silencio de la serenidad. Si intentara equiparar su lectura con la emoción que me suscitó alguna película optaría por Aniquilación (2018), de Alex Garland. Sabes que has vuelto de una experiencia que no tiene parangón, y no estás seguro de si eres el mismo que ha vuelto. Pero la percepción es otra. Recorrer los senderos de los relatos de El precio de la amistad es como desplazarse entre recodos en los que dejaba distintos objetos en lugares que no les correspondían, y su propósito, ese sobre el que la interrogante no deja de cernirse sin precisar todos los contornos de lo que se siente o quiere, es para que alguien lo encontrara y no entendiera por qué estaba allí colgado. Pero estos relatos se definen por la paradoja. Una casa roja, detrás de ella nada más que brezo y cielo. Nunca se ve por allí a nadie, pero no puedes saber si está habitada o no, porque no te acercas a ella. Así que es necesario aproximarse lo más posible, y sumergirse. Ser esas palabras, y esas elipsis, esos huecos entre las palabras que contienen territorios desconocidos que son las incógnitas de las que estamos constituidos. Y se palpan, con una luz tan nítida, que parece que hemos vuelto al principio de este sendero denominado vida. No sabía qué hacer. En realidad, sabía que daba igual lo que hiciera .