12. La serpiente Cósmica (Errata naturae), de Jeremy Narby11. Un tratado de estética japonesa (Alpha Decay), de Donald Richie10. Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru9. El héroe (Blatt & Ríos), de Lee Child8. El club de los desayunos filosóficos (Acantilado), de Laura J. Snyder
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miércoles, 22 de diciembre de 2021
12 Libros 2021
martes, 13 de abril de 2021
Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru
miércoles, 6 de enero de 2021
martes, 17 de noviembre de 2020
Otoño (Nórdica libros), de Ali Smith
En todo el país, el país se hacía añicos. En todo el país, los países se alejaban a la deriva. En todo el país, el país estaba dividido: una valla aquí, un muro allá, una línea trazada aquí, una línea cruzada allí. Un telón de fondo, un contexto, un país fracturado, el referéndum del Brexit, no somos Europa, no somos otros, somos solo nosotros, ingleses, desde que Thatcher nos enseñó a ser egoístas y no solo a pensar, sino también a creer, que la sociedad no existe. En ese contexto de añicos, una narrativa fracturada. Solo el tiempo y su marea. Otoño (Nórdica libros), de la escocesa Ali Smith (1962), de quien la editorial ya había publicado los magníficos relatos de La historia universal, se inicia con un sueño en un espacio fronterizo, una orilla, con cuerpos de vivos y muertos, un espacio impreciso, como lo es el estado de quien sueña, el centenario Gluck, ya que unos piensan que parece abocado a un coma permanente, pero hay quien, como la treintañera Elisabeth piensa que es solo un largo sueño. ¿Cómo no va a dormir si la realidad afuera interpone fronteras como fauces dentadas? Ella vive su particular pesadilla burocrática en su intento de conseguir un pasaporte (¿no es con zeta sino con ese el nombre inglés de Elisabeth?). Otro tipo de vallas, diferentes a las electrificadas que rodean un centro de alta seguridad en los que recluir a los no deseados inmigrantes. Elisabeth sufre una transformación abisal cuando escucha en la radio a un político soltar, como quien azuza a una jauría, <<Por muchos que huyáis, vamos a por vosotros>>. La narración parece estructurada, como un cuerpo descompuesto, por el efecto de esa frase, que refleja el sentir de un buen número ciudadanos, los que anatemizan con pintadas las casas de los indeseados por no ser como ellos, por no ajustarse a su cuadrícula mental, su rigor mortis de seña de identidad. Su dificultad para conseguir ese pasaporte parece que evidenciara la imposibilidad de huir de una sociedad cada vez más electrificada por los muros y las vallas que interpone con respecto a los que considera que no son como ellos.
El corte de fondos destinados a las casas donde alojan a los niños que solicitan asilo se corresponde con la sensación de desajuste de Elisabeth. Aunque ya lo ha sentido, vivido, desde su infancia, desde que inició su relación con aquel vecino que su madre pensaba (temía) que era gay, y de cuyas intenciones desconfiaba como si pudiera ser una amenaza para su pequeña hija. La narración alterna tiempos, como un tejido deshilachado. Ese sueño inicial, esa pesadilla burocrática, es el reflejo de una realidad que ha perdido contornos por imposición de aduanas y vallas y muros. ¿Para qué son las vallas? (…) Las ortigas no dicen nada. Las inflorescencias no dicen nada. Las florecitas en lo alto de sus tallos. Elizabeth no sabe cómo se llaman, pero lo que dicen es: nada. Entre los resquicios de aduanas y vallas y muros, una bella amistad, esa que ha superado el tiempo, y se ha mantenido despierta entre esas trabas que entumecen y ofuscan el discernimiento con los relatos que nos contamos y enhebran una realidad que es más bien la distorsión de un relato. Querrás decir que existe la verdad y existe la versión inventada de la verdad que nos contamos del mundo.
Mediante esos relatos asignamos a los demás representaciones, signos que los diferencian, que los convierten en rivales o indeseables, por etnia, género, tendencia sexual, nacionalidad o por el tamaño de sus lóbulos, lo cual pone en cuestión el grado de evolución de la especie. Es una cuestión de (amplia) perspectiva, una cuestión de actitud que enfoca al otro no como una pantalla. En el relato del señor Gluck sobre el encuentro entre un hombre uniformado con una metralleta y un hombre vestido de árbol, éste replica: yo no digo que tu ropa sea estúpida. Entre Gluck y Elisabeth, más allá de su gran diferencia de edad, su género o tendencias sexuales, se crea un conexión o sintonía que enfoca a una cuestión crucial, la cuestión fundamental: No nos queda más que esperar que las personas que nos quieren y nos conocen un poquito nos vean como somos de verdad. En última instancia eso es lo que importa, y poco más. ¿En qué medida sabemos mirar, discernir, a los demás, o en qué medida nos esforzamos, más bien anclados en la inercia de filtrar las relaciones con los otros a través de las representaciones de las diferentes clasificaciones? ¿Por qué nos cuesta aún tanto a los seres humanos no relacionarnos con los demás como singularidades en vez de hacerlo a través del filtro de las representaciones o uniformizadoras señas identitarias? Nos atoramos, y embrutecemos, con la edificación de tantos muros y tantas vallas. Y los mismos relatos que nos hacemos sobre la realidad y nosotros es papel pintado con la materia del hormigón. Pero ¿no son, en realidad, las historias, las que abren los ojos, más bien, la infinita caída de las hojas? Somos tiempo, somos mareas. Y solo con esa consciencia se pueden materializar, o hacer acto de realización, los despertares que se gestan en las reales conexiones. Por eso, la narración que empezaba con un sueño y una pesadilla concluye con un despertar. En el principio, o cuando unos ojos que no son los tuyos te permiten ver dónde estás y quién eres.lunes, 26 de octubre de 2020
Mengele Zoo (Capitán Swing y Nórdica libros), de Gert Nygardshaug
Los libros de Historia
le habían contado sobre el sufrimiento humano
y la brutalidad del ser humano, sobre el deseo por el poder y sus
obscenidades, sobre la necesidad y la miseria, pero aún no había encontrado el
verdadero libro de historia, aquel que contara sobre la brutal destrucción de
la naturaleza, sobre la soberbia del hombre ante las plantas y los animales, el
libro de historia que pusiera al ser humano en el lugar que le corresponde: la
mayor alimaña del planeta. Sustancialmente, esa es la razón del título
elegido para esta primera obra de una trilogía, Mengele Zoo (Capitán Swing y Nórdica libros), del escritor noruego Gert Nygårdshaug (1946). Somos la mayor
alimaña del planeta. Hemos configurado un
mundo a imagen y semejanza del doctor Josef Mengele, quien durante la
segunda guerra mundial realizaba crueles y aberrantes experimentos con animales
y humanos. Mengele Zoo es un visceral cuestionamiento de nuestra inconsecuencia
e inconsciencia. Fue publicada hace treinta años, y su publicación ahora en
castellano no hace sino dejar en evidencia que hemos alentado el crecimiento de
nuestro tumor, como un virus que se expande inclemente y voraz. Las sociedades con sus ciudades, coches, asfalto y petróleo son un
cuerpo sin cabeza, un amenazante tumor canceroso que crece sin control. Este
es el relato de la gestación de una conciencia combativa. Mino, su
protagonista, cuando es un niño en una apartada aldea de una selva tropical, se
fascina con las mariposas, con su deslumbrante y sorprendente belleza, a la que
vez que se sobrecoge con la crueldad que despliegan los soldados que imponen su
cruel capricho, y los gringos que
arrasan la selva para la extracción de petróleo o caucho. Había otros muchos países con armeros, soldateros, carabinero y gringos
voraces que trabajaban para una u otra compañía. Asediaban a la gente pobre,
mataban animales inocentes y destruían los grandes bosques. Y así seguirían y
seguirían hasta que en el mundo solo hubiera gringos y coches. Entonces todo el
planeta apestaría.
jueves, 24 de septiembre de 2020
Arde el musgo gris (Nórdica libros), de Thor Vilhjamasson
Daba gracias por gozado de la espléndida belleza de las montañas que hacían que la mente se elevara muy por encima de las preocupaciones cotidianas, de sus pequeñeces y nimiedades. Le había venido bien ponerse en camino, separándose así de sus libros, de su hogar, de los poetas latinos que buscaban la belleza y rechazaban lo que pasaba al hombre aquí abajo, la desventura y la apremiante necesidad que ahogaba tantas cosas desde su misma cuna, y las mutilaba y desfiguraba. En esa travesía, en ese recorrido desde la restricción de la mirada de juez a la mirada comprensiva fluye, o eso intenta, el protagonista, el juez y poeta Asmandur, que se desplaza (físicamente) para ejercer de juez contra dos hermanos acusados tanto de relación incestuosa como de realizar un aborto. Su desplazamiento (emocional o mental) no concluye sino en un grito que evidenciará el desajuste que hay en él entre el poeta y el juez. Se siente representante de la actitud que puede rescatar al ser humano, a sus conciudadanos, de las ciénagas de su naturaleza desfigurada y desorientada. Con aquella urgencia que sentía de escribir poesía para aliviar su alma, y de aprovechar al máximo sus energías para su propia salvación y para elevar a su pueblo a la misión que había soñado para él, la misión que veía como un deseo de la providencia divina; alcanzar la madurez y cumplir lo que a aquella nación correspondía. Pero quizá sea su actitud la que apuntala el desenfoque, el extravío. Los jóvenes se aman. Se les puede enfocar desde esa perspectiva o condenar por infringir la ley de los hombres (o esa entelequia llamada divina que no es sino extensión de la propia restricción de miras de los seres humanos) por realizar incesto. La joven tenía bien alta la cabeza, y exhortaba a su amante a alejar de sí toda inquietud acerca de lo que pudieran pensar los demás, y a gozar las cosas mientras duraban. Pero el juez parece enfocar desde la mirada que ve a los otros como representaciones que ajustar a un molde, por eso las desprecia, aunque en teoría se considera valedor o salvador de las mismas. Se sentía violento, no le apetecía lo más mínimo tener que dedicarse a aquello. La gente a la que había interrogado le parecía insustancial. Muy lejanos. Así que este es mi pueblo, pensó, y sintió repugnancia. El juez representa esa actitud que se siente por encima, y mira por encima, o juzga a los demás desde el prisma de un modelo (que se asocia con un mito o entraña de tradición) pero no sabe establecer un vínculo frontal ni comprensivo. Tú, el individualista. Tú, que crees en la fuerza del individuo, Pero abominas de la debilidad. Lo débil y lo pequeño, ¿nunca piensas en eso?¿Nunca piensas en cómo se siente el reo? Lo que vive en su pecho. Su deseo de vivir. Sus sueños. El naufragio de su deseo. Las esperanzas que luchan contra la desesperación. Tú, que eres poeta. (…) ¿Cómo puedes ser dos personas en una sola? El poeta con el deber de comprender lo que intenta vivir. Y el juez implacable que se cierra ante aquello que no concuerda con los párrafos de esas artificiales leyes nuestras?
El juez es la actitud que apuntala respuestas, y pretende que la realidad, y los demás, se ajusten a ese patrón o modelo. La narración, con su misma estructura escurridiza y sinuosa, alienta las interrogantes sobre qué es lo que sabemos de nosotros, y por tanto de los otros, o por qué un ser humano es capaz de matar, qué es lo que le puede conducir a realizar tal acto, o sobre si nos esforzamos en disponer de la necesaria mirada flexible, con una perspectiva realmente amplia, para ser capaces de comprender la fragilidad de los demás, en vez de tender al juicio tajante y restrictivo que tan fácilmente puede derivar en infligir daño a otro con cualquier justificación (legitimada). Somos débiles y contradictorios. No podemos vivir sin destruir otras vidas. Pero eso no ha de alegrarnos, sino apenarnos. En un poema de la Edda (la raíz de la mitología escandinava) destaca la máxima el hombre era el gozo del hombro. O no hay nada mejor que la compañía de otro ser humano. La cuestión es interrogarse por qué complicamos tanto la posibilidad de ese goce. Allí no se acurrucaba cada uno en su rincón como mensajero de alguna desgracia, allí, el insignificante no era rechazado como huésped, allí reinaba la concordia entre las personas, y el hombre era el gozo del hombre.