25. Puñales en la espalda: De entre los muertos, de Rian Johnson24. Ghostlight, de Alex Thompson y Kelly O'Sullivan23. A tres kilómetros del fin del mundo, de Emanuel Parvu22. Un gran viaje atrevido y maravilloso, de Kogonada21. Black bag, de Steve Soderbergh20. A complete unknown, de James Mangold17. Bala perdida, de Darren Aronofsky16. Misión imposible: Sentencia final, de Christopher McQuarrie13. Materialistas, de Celine Song
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miércoles, 31 de diciembre de 2025
Mis 25 películas del 2025
domingo, 9 de febrero de 2025
Mis textos en Dirigido por nº Febrero 2025
lunes, 2 de enero de 2023
Another year
El cine de Mike Leigh es de los que mejor nos hace conscientes de la gravedad. Hay un centro de gravedad de realidad. La pantalla no es un espacio aparte en el que distraerse, aligerarse, de nuestra realidad cotidiana, sino con el que confrontarse, de modo más descarnado, con nuestro peso vital, o de qué manera, o en qué grado, está constituido de lastres y costras emocionales. El último, y portentoso plano, de Another year (2010) te deja estampado contra el rugoso suelo, un primer plano de Mary (Lesley Manville), en el que se difumina el sonido de la conversación alrededor, como quien desaparece en su propia soledad (definitivamente aislada). Es un golpe seco que confronta con la materia de las emociones en su desnuda intemperie. Por eso su cine puede resultar tan incómodo. No es complaciente ni siquiera con la desgracia. Su celuloide muerde la vida, como un electroshock que despierta. Sólo hay que pensar en cuánto se abrazan sus personajes, en cómo se reafirma la necesidad de abrazar, y la de compartir, y extraer, expresar lo que se retiene dentro, lo que se enquista y hace sentir infeliz, frustrado, desolado. Y cómo se remarca que, aunque las circunstancias sean precarias o adversas, o no cambien ni puedan cambiar, la relación con la realidad (los demás y uno mismo) se fundamenta en la actitud. Ese plano final conecta con el inicial de un personaje de breve pero imponente presencia, Janet (extraordinaria Imelda Staunton), una mujer que acude a su doctora para que le cure su insomnio recetándole unos somníferos (como si fuera meramente pulsar una tecla) sin querer preguntarse si se debe a una insatisfactoria circunstancia (con cuya raíz debería confrontarse). En dos secuencias, ésta y una posterior con la psicóloga terapeuta del centro, Gerry (Ruth Sheen), se palpa toda una vida comprimida en su gesto tenso, como si estuviera a punto de explotar, incapaz de comprender o aceptar que haya algo, aparte de unas pastillas, que solucionen su malestar, elusiva a hablar de su vida íntima, porque como llega a reconocer al final (la terapeuta parece que con sus preguntas está pugnando por horadar acero) considera que en su vida no es posible el cambio. Cuando Gerry le pregunta en una escala de uno a diez cómo puntúa la felicidad en su vida, replica uno. Janet, como otros personajes en la obra de Leigh, parece resignada a cohabitar con la insatisfacción congestionada, con la convicción de que no es posible un cambio que sea mejora en sus circunstancias vitales. Mary es otra variante de mujer de mediana edad de vida insatisfactoria (o quizá otra aspirante a convertirse en figura espectral comprimida), ya que no es casada con hijos sino soltera y se define por su conducta ansiosa y agitada, y una locuacidad que parece una mecha que anuncia una inminente explosión.
En Another year, otro año más en la vida, dividida en cuatro partes, correspondientes a cada estación, hay un centro de gravedad, la cálida, entrañable, generosa y conciliada pareja formada por Tom (Jim Broadbent) y Gerry (sí, como los dibujos animados, a los que alguien hace referencia; de hecho, en el mejor de los sentidos, es lo que parecen, tan razonables, tolerantes y comprensivos son). Su forma de habitar la vida, las relaciones, es el opuesto al ensimismamiento, siempre atentos y acogedores con los demás, como preocupados por el medio ambiente (tienen además una pequeña huerta en la que cultivan diversas hortalizas), esto es, los efectos que nuestras acciones crean en los demás, en el mundo. A su alrededor, como satélites que se nutren de su luz, oscilan personajes enmarañados en la decepción, la frustración y la ansiedad, como Mary, compañera en el trabajo y amiga de Gerry, o Ken (Peter Wight), quienes sienten, además por su edad, superados los 50, que las oportunidades de encontrar algo llamado felicidad, serenidad, se les escapa. Su desamparo resulta lacerante, Su ansiedad se refleja en su forma de beber y fumar, una crispación y desesperación contenida que resulta más dolorosa (no exenta de turbiedad porque se palpa su fractura emocional) por el sobrio tratamiento formal de Leigh atento a las acciones, gestos o miradas, y al contraste, que es colisión, entre éstos personajes en precipitación emocional y el conciliado relajo vital que transpira la pareja formada por Tom y Gerry. La inestabilidad y la templanza.
Cómo es una cuestión de actitud se refleja en otro personaje, también solo, Joe (Oliver Maltman), el hijo treintañero de Tom y Gerry, al que frecuentemente preguntan cuándo se echa novia. En Joe no hay crispación ni desesperación, su circunstancia la lleva con serenidad, lo que sea será, ni le domina la ansiedad ni se ensimisma en su carencia. Contrapuesto a la ansiedad desesperada de Ken, que casi se convierte en avasallamiento sobre Mary, quien, por su parte, aunque viva pareja circunstancia vital, le rehuye hasta cruelmente, no deja de ser elocuentemente irónico, como si esa actitud fuera la que pueda atraer un cambio que sea mejora, el que Joe encuentre pareja, Katie (Karina Fernandez). El pasaje de Otoño es fabuloso. Joe les presenta a Katie a sus padres, pero también estará presente Mary, quien, ya claramente insinuado en sus gestos y miradas previamente, está enamorada de Joe, y no reacciona nada bien ante la revelación. En vez de alegrarse de la felicidad de los otros, de Joe, su conducta con Katie es más que áspera. Es admirable cómo orquesta Leigh la secuencia en la cocina con los cinco personajes, puntuando la planificación con los gestos y miradas de los personajes, por la tensión que va generando la actitud de Mary, sin que las palabras que se entrecrucen lo expliciten sino de modo indirecto. Por eso, ese plano final, es la más contundente expresión de que no hay mayor enemigo que el ensimismamiento (que al fin y al cabo, te aísla). Pocos cines hay tan terapéuticos, o que señalen y hurguen en la herida de la falta de inteligencia emocional, como el cine de este gran director británico, que nos recuerda lo importante que es abrirse y darse (abrazar) a los demás. La felicidad hay que darla, no exigirla. Y para eso no hay que ser un dibujo animado, como demuestran Tom y Gerry.
viernes, 23 de septiembre de 2022
Indefenso
Indefenso (Naked, 1993), de Mike Leigh es una singular variante, tenebrista y grotesca, de La odisea de Homero, contada con ruido y furia por un airado que parece que recuperó el aliento, perdido en el limbo del olvido como aquel globo en el que desaparece el protagonista de Charlie Bubbles (1966), de Albert Finney, de los jóvenes airados del Free cinema que brotaron como un revulsivo hervor, a finales de los cincuenta, sacudiendo las entrañas de su sociedad, como el músico interpretado por Richard Burton en Mirando hacia atrás con ira (1959), de Tony Richardson o el obrero encarnado por Albert Finney en Sábado noche, domingo mañana (1960), de Karel Reisz, aunque pronto fueron sustituidos (¿anulados?) por las más inocuas y menos incómodas burbujas o globos o cortes de pelo de cazo a lo beatle del Swinging london. Claro que en esta odisea no hay manera de volver al hogar, ni aunque sea tardando veinte años, no hay dirección hacia el pasado, ni hacia el futuro, sino una carrera a la fuga, apretando el acelerador de un coche robado, o a la pata coja como un dibujo animado que han sorprendido fuera de la viñeta. La odisea de fuga de Johnny (David Thewhlis) comienza en Manchester y toma dirección a Londres tras un encuentro sexual que se torna agresión en un oscuro callejón (como si el cuerpo de la mujer fuera un punching ball y el coito una descarga de furia biliosa); ahí empieza su carrera en precipitación (aunque se irá apreciando que es alguien a la carrera desde hace mucho tiempo) que, de entrada, implica robar un coche con el que se dirigirá a Londres (sustraer de los otros, aunque sea en sentido figurado, se revelará que es una tónica habitual en él). Aunque tampoco será su punto final de destino porque el hogar de Londres, en el que vive una exnovia, Louise (Lesley Sharpe), junto a una amiga, Sophie (Katrin Cartlidge), presente pero un poco extraviada, y otra, Sandra (Clare Skinner), ausente incluso cuando se haga presente (presa de los espasmos ante el caos de quien necesita un mundo en donde todo esté en su correspondiente clasificador), no será sino otra casilla de la que salir huyendo tras coquetear y acostarse con Sophie, y coquetear de nuevo aunque sin acostarse con Louise, porque realmente Johnny no parece tener claro qué quiere, ni a quién, por eso sigue a la fuga, que es también fuga de sí mismo.
Johnny erra por la noche londinense, y se suceden los encuentros de este Ulises, que más bien parece un despojo evadido de una obra de Samuel Beckett, con unas patéticas variantes de Calipso, Circe, las sirenas o cíclopes de Homero (aunque probablemente sea Johnny el más patético de todos): Archie (Ewan Bremmer), un escocés que grita el nombre de una mujer, Maggie, a la que busca, y que parece sacudido por multiples tics (hilarante este episodio en el que brilla sobremanera la excepcional condición de dialoguista de Leigh); Brian (Peter Wight), un guarda de seguridad, cuyo trabajo Johnny califica como el más aburrido del mundo (como si hubiera comido loto y se hubiera olvidado de sí mismo, como en la obra de Homero), y sueña con vivir en una retirada casa en la costa irlandesa, aunque, aún así, es capaz de replicar a Johnny que no desperdicie su vida (que no deja de ser la amarga apostilla de quien se ha resignado a una vida enajenada a aquel, Johnny, que aún se resiste en la disidencia de una errancia que realmente es extravío, un desperdicio en la mera negación). Johnny se cruza también con mujeres que parecen anegadas en la desesperación, la apatía o indefensión que no se puede maquillar, cuerpos magullados como si sus emociones heridas gritaran por sus poros, como esa mujer, que parece una esquirla de un cuadro de Bacon, a la que contemplan Brian y Johnny en una ventana del edificio de enfrente, y a la que Johnny visita (y rechaza despectivamente cuando ve un tatuaje de una calavera en su cuerpo), o la chica del Café (Gina McKee), que parece amordazada por una decepción que la ha convertido en un cuerpo sonámbulo, aunque por un instante despierte y grite para que la deje seguir a la deriva en su soledad.
En el relato se interfiere otra línea paralela que parece desconectada, durante buena parte del relato, pero que representa un revelador contrapunto, quizá el virus contaminante que generó el extravío de figuras como Johnny. Sebastian (Gregg Cruttwell) es la encarnación del yuppie que brotó como un hervor de ácido en los ochenta, la encarnación de la arrogancia y la vanidad, el tipo que se apoderó de la realidad social tras su bing bang de los 80, dejando en los márgenes a tipos como Johnny. Sebastian es ese depredador que se apropia de los espacios y de las vidas de los demás, que las toma y golpea cuando quiere, por capricho, sin escrúpulos (como ejemplifica cuando toma la casa donde viven las chicas, al revelar que es su casero, como si fuera su feudo). Es el tipo que ha convertido a alguien como Johnny, alguien con una capacidad intelectual, culto, en un ser escindido que ha degenerado en un ser a la deriva. Pero ¿son tan diferentes? Al fin y al cabo Johnny parece alguien atropellado por sus propias contradicciones (ya que sexualmente es tan agresivo como Sebastian; ambos no parece que hagan el amor sino que agredan a las mujeres con las que practican el sexo). Ambos parecen compartir suficiencia. La diferencia es que mientras Sebastian parece haber sido desde siempre un ser vacío, un vacío abisal que absorbe a los otros, Johnny se ha perdido hace tiempo y ya no parece poder encontrarse, por eso su odisea no tiene sentido ni dirección. Se ha refugiado en el sarcasmo que linda con el desprecio, la rabia de la frustración, o una avasalladora pulsión de instinto que es más bien expresión de una desesperación, desconcierto o extravío vital. Esconde su indefensión tras una coraza hostil. No parece posible la vuelta atrás, como ya no hay riendas, sólo dejarse arrastrar por el movimiento que es desbocamiento, como un cuerpo que arde por dentro hasta que acabe consumido.