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sábado, 31 de enero de 2015
10 Secuencias 2014
10. Joven y bonita, de Francois Ozon
Secuencia final: Encuentro de Isabelle con Alice, o con aquella que podría ser, o, por fin, con su propio reflejo que comienza a perfilarse. Isabelle, hasta entonces, se mueve por golpes de viento, esos que sacuden las hormonas, y la mirada se arrastra ciega tras su incierta e imprevisible estela. En los primeros compases se ve propulsada a la distancia de la extrañeza, esa que surge del desencuentro entre lo soñado y lo real (por eso se duplica, se ve a mí misma en el acto amoroso como si fuera otra. Toma consciencia que aún son muchos reflejos en los que tiene que contemplarse, antes de definirse, de tomar elecciones firmes, cuando ya la mirada enfoca, y ese el trayecto de la narración de 'Joven y bonita', hasta llegar a ser esa mujer, con nombre de espejo, Alice (Charlotte Rampling) con la que se encuentra en las últimas escenas, las que densifican el relato y lo fracturan y dan cuerpo, esa mujer que la contempla como la última mujer que vio a su marido vivo, la última mujer que vio su marido antes de morir. Junto a ella contempla el último escenario de aquel con quien compartió tantos escenarios, escenarios ajenos para esta adolescente que piensa, en primera instancia, que aquella mujer quiere el usual servicio, porque Isabelle cree que representa para Alice lo mismo que para otros clientes. Pero no es así. Es otro umbral. Aquella mujer con nombre de espejo, aquella mirada, es una brecha hacia el mundo adulto, hacia sus sombras. Hacia ese tipo de relatos que quisiéramos escuchar, y vivir. Y que Isabelle necesitará explorar para así crecer. Por eso, la narración concluye con Isabelle contemplándose en el espejo, ya se no hay distancia consigo mismo, ya no se duplica, ni se siente escindida. Ya es.
9. Orígenes, de Mike Cahill
La secuencia en que la realidad se revela como una danza de signos inciertos e intrigantes que llevan en la dirección que se desea sin saber cómo. Ian pierde paso, a la vez que lo encuentra, en su percepción de la vida, aunque tras la inesperada y sorprendente revelación (el misterio de la formación) la interrogante la deje como un fleco suelto que no le interesa explorar como dirección (como la percepción ya predeterminada que no quiere ver la sombra en su mirada fija). A través de una concatenación de signos intrigantes (una sucesión de onces, 1+1=2, en un boleto, en la hora, en unos reflejos, en un autobús que llega y en el que se monta...), en los que aprecia, o más bien siente, una secuencia, un sentido, en forma de rapto, se deja llevar por la circulación, por el fluir de la realidad (no hay intencionalidad ni propósito ni deducción lógica; no es el yo el que guíe, aunque más que dejarse guiar por el enigmático pero atrayente flujo de lo real, fluye una interconexión intuitiva entre el yo, la mirada, y la secuencia de signos). Ese trayecto le dirige hacia un signo que remite a lo que él busca desde hace varias noches. En una valla publicitaria descubre los ojos de la chica, Sofi (Astrid Berges-Frisbey), la chica (con el rostro oculto, menos sus ojos) con la que había conectado de modo inmediato en una fiesta de disfraces, como si una fuerza de atracción les dominara, y que había desaparecido sin darle posibilidad de comunicación, es decir, sin dirección. El movimiento de cámara envolvente, que es inversión, pues se realiza desde su rostro a su espalda, para distinguir lo que mira asombrado, encuentra su réplica, su duplicación, en uno parecido en las secuencias finales, y que completa un trayecto que vulnerará de modo definitivo su concepción de la realidad, su mirada fija, su negación de una realidad transcendente, más allá de los límites de nuestra percepción, de lo que se puede probar según lo aceptado, en la perspectiva científica, como prueba. Lo visible se ve desestabilizado por lo invisible. Las rígidas certezas por la interrogante, por lo insólito, por el asombro.
8. Nebraska, de Alexander Payne
Secuencia de reencuentro con la casa de la niñez. Reencuentro con los primeros pasos, con las ruinas del eco de sus primeras miradas, cuando el horizonte era un semillero de posibles, y aún no sabía que podía ser una suma de vallas publicitarias que vendían sueños que rara vez existen, o cuando menos sólo sirvieron para que, como tantos otros, estacionara su vida, contemplando la vida pasar, contemplando los coches que pasan frente a tu casa, mientras dejas que conduzcan tu vida, y a donde ha llegado no es sino un paraje sin color, un estacionamiento. Quizá recuperar un compresor de aire sea un cálido consuelo, aunque quizás haya una confusión y se coja el que no era (en una de las secuencias más afortunadas de la película), como así ha sido su vida; no es la vida que creía que estaba cogiendo, o que iba a coger. En la bellísima secuencia en la que recorre las habitaciones, ahora desastradas, vacías, con sillas rotas y cabeceros de cama quebrados, se confronta con el hecho de que no importa cómo recuerdas lo que vives o fuiste, o lo que recuerdas o lo que has dejado de recordar, porque lo cierto es que duele. Duele apreciar porqué tu vida nunca se completó su perfil como esperabas, incluso se convirtió en algo renqueante. Lo que transpira ese momento, pese a ese dolor que asoma nítido, como otros primeros pasos, es el hecho de que ha cogido aliento por un segundo. Por eso Podría recorrer al volante la calle del pueblo de tu infancia, pero no como el millonario que todos admiraban con sonrisas falsas a interesadas, sino como el forajido o sheriff que ha desenfundado su mirada y avanza desafiante por la calle, con la mirada firme. Por un instante, no era el que miraba pasar los coches, sino quien conducía hacia algún horizonte que no era papel pintado con falsas promesas.
7. El pasado, Asghar Fahradi
La secuencia final que enlaza con la secuencia inicial, el gesto final que enlaza con los gestos extraviados en una maraña sentimental. Una sinfonía incompleta de manos que no logran interpretar la música de los otros ni incluso su propia música. En la primera secuencia, resalta un brazo con muñequera, aquel con el que saluda Marie a Ahmad cuando le recibe en el aeropuerto. Una lesión física que sugiere, como metáfora, una lesión anímica en esa relación a punto de finalizar definitivamente, quizá porque la firma de unos papeles no basta para finalizar ciertos flecos emocionales sueltos. Algunas lesiones quizás no estén visibilizadas, evidenciadas, de ahí, quizá, el comportamiento desconcertante de Marie. O así se lo parece a Ahmad, su nueva pareja, como si reflejara un rescoldo de resentimiento, aunque desde la perspectiva de Samir parezca más bien rescoldo de la llama de una atracción que no se ha apagado. Para él, si dos personas discuten después de cuatro años sin verse es porque algo aún palpita entre ellos. Perpectivas distintas: marañas: emociones y sentimientos que aún necesitan muñequeras. La película finaliza con la espera de respuesta de otro brazo, de una mano, lo que podría ser el indicio de que la esposa de Samir despierta de su estado en coma (como a mitad película, Marie pone la mano sobre la de Samir, aunque quizás más bien espera una respuesta esclarecedora de sí misma). Esa imagen final es la espera de un gesto, como tanta espera de incógnitas resueltas surcan la narración, esperas de esclarecimientos de las motivaciones de los personajes, para los demás, e incluso, en algunos casos, para sí mismos.
6. The grandmaster, de Wong Kar Wai
El último encuentro de Gong Er (Zhang Yiyi) y Yip (Tony Leung). Un cuerpo secuencial dividido y conjugado en un diálogo de primeros planos, como loo sentimientos se sitúan, exponen,a l fin, en primer plano, y dos figuras en un decorado que es el espacio de un pasado que no fue y un futuro que no será, un sentimiento que nunca logró hacerse presente, camuflado bajo los escenarios. Y un corolario: el cuerpo que danza, porque logró revelar sus emociones, danza en la nieve, como la que caía cuando recibió aquel fatal golpe que propiciará su pronta muerte. Hay rostros surcados de dorado, que pueden convertirse en ámbar, como esos sentimientos que no se expresaron, esas palabras que no se dijeron, esas acciones que no se realizaron. Y que se revelan cuando ya es demasiado tarde. O quizás el logro sea simplemente revelarlo, aunque confirmes que nunca hubieras sobrepasado la orilla. Puedes conocerte a ti mismo, sentir que algo conoces del mundo, pero sabes que no lograste conocer las otras cosas vivientes, que no dejaron de ser reflejos, humo. Quizás porque se arrastró la vida a una partida de ajedrez, ese ir y venir. Y, ahora, tras exponer lo que no has dejado de sentir como una llama permanente en silencio, la vida se revela un pasadizo de perfiles difusos, un fantasmal decorado, como si surcaras la espesura de la lluvia, en la que quizá siempre has transitado como un perro vagabundo, quizá abandonado. Un decorado que parecía, a simple vista, un lugar de artes marciales. Pero era sólo eso, apariencia. Y como las gotas de lluvia, como el humo de tantos sueños no realizados, te desvaneces. Pero antes danzas en la nieve con tu sonrisa desplegada, porque logró, por un instante, aún tardío, la emoción expandirse.
5. Winter sleep, de Nuri Bilge Ceylan
Las miradas en las secuencias finales: El plano previo a que aparezca el título de la película le muestra a Aydin de espaldas. Es un movimiento de cámara hacia su nuca. El trayecto narrativo es el recorrido hacia quizá la consecución de una transformación, la consecución de una mirada frontal a los demás, la mirada que considera a los demás, la mirada consciente de los demás. En las secuencias finales: Las miradas de Aydin: Una mirada a un conejo que ha disparado, una mirada desde la distancia al pueblo donde vive, una mirada a su esposa, Nihal (Melisa Sozen), que le mira desde una ventana, la mujer de la que se había distanciado, la mujer que le reprocha que ha convertido su vida en vacío y dolor, sin dejarle un resquicio para que se sienta ella misma, la mujer a la que, dada la imposibilidad de superar esa distancia, y reconvertirla en proximidad, le había prometido que se alejaría de ella para no abrumarle con su ausencia de cuerpo presente. Se lo dice a sí mismo, mientras se miran, ella desde la ventana, con un cristal interpuesto. Quizá él abandone el teatro en el que ha convertido su vida, un teatro alejado de los demás, distancia que ha interpuesto, inconsciente de sus dolores y precariedades, como si el sistema social fuera inevitablemente implacable, como lo es la naturaleza, en esencia cruel.
4. Ida, de Pawel Pawlikowski
La secuencia del suicidio de Wanda. En los encuadres predomina el aire, el vacío, en la parte alta del encuadre, como si las figuras, las cabezas, porque sobre todo predominan los primeros planos, estuvieran, o fueran, atornilladas contra el suelo, como si un abrumador peso se cerniera sobre los cuerpos, aplastados, destinados a una condición de amasijo postrado. Los encuadres son fijos, rezuman quietud, reclusión. El tiempo, la duración, se despliega, disidente, dentro de los encuadres, y entre sus junturas, como el tiempo que quisiera liberarse. Wanda no deja de fumar cigarrillos, que enciende con cerillas. A veces, le cuesta encender alguno. Como le cuesta ya de nuevo encender su vida. Su mirada se ha extraviado hace tiempo, se ha hecho sombra, hastío, desesperación. Ya se ha postrado demasiado. No deja de soltar su melena, pero sus entrañas permanecen mordidas, y sangra. Los otros rostros, los de los hombres, no logran hacerle sentir que haya direcciones. No hay embriaguez que alivie los cadáveres que porta en su interior. No hay música, sólo silencio. Suena la música cuando desaparece del encuadre para reaparecer de nuevo, encaramarse al alfeizar y saltar al vacío. Porque el vacío predomina ya no sólo en la parte alta del encuadre, sino en todo el encuadre de su vida, y desaparece. En cambio, Ida sí se sostiene sobre ese vacío, por eso se postra ante otros símbolos, otras efigies.
3. Sólo los amantes sobreviven, de Kim Jarmusch
La música de Adán, el baile de Eve, coreografía que gira como un disco de vínilo, la conexión entre dos cuerpos entrelazados, haya o no una distancia física entre ambos, el abrazo no dejan de sentirlo. La narración hecha música, un talante hecho música, la música de una conexión emocional. Adam habita, recluso, un refugio aislado del universo, como si fuera un Tesla que compone música, sobre todo con la mujer que ama, Eve. Se desplazan entre ellos como una corriente eléctrica, y con el coche, por entre los espacios deshabitados, como si su presencia fuera el aliento que los dotara de vida. Danzan con su mente, en el ajedrez, o con sus cuerpos. Sus gestos se acompasan. La mente humana está despoblada, como los espacios que rodean la casa en la que vive Adam en Detroit, un lúgubre decorado de edificios abandonados que extravió el don de la música. Donde hubo un teatro con espejos que reflejaban los candelabros ahora hay un mortecino aparcamiento, en el que los cuerpos, ya juntos, se apoyan el uno en el otro, como la cámara también danza, viven y danzan y se embriagan en otro tiempo, otra frecuencia, otro tipo de corriente eléctrica que quizá sólo conociera alguien como Tesla, una de esas raras mentes pobladas. Por eso sólo quedan vivos los amantes, los que saben beber la sangre de la vida, la entraña de la vida, los que aspiran a beberla, a palpar y sentir su música, fluir en la embriaguez, la transcendencia de los sentidos. Y así fluye la narración de 'Sólo los amantes sobreviven', como si la embriaguez aún fuera posible, como si se desperezara entre sueños, como si se sacudiera el entumecimiento, y despertara.
2. Perdida, de David Fincher
En 'Perdida', hay una transición que condensa con qué mordaz corrosión esta excepcional obra desentraña una infección, la que se extiende entre el primer beso y la acción de introducirte un algodón en la boca para realizar el análisis correspondiente de saliva cuando tu esposa ha desaparecido y se teme que esté muerta y te consideran sospechoso. El otro, la otra, es una nuca, como una pantalla, un enigma sobre el que proyectamos y que intentamos descifrar. Por eso, comienza la narración con las preguntas, ¿qué piensa? ¿qué siente?. Y ese rostro a mitad de trayecto narrativo, desvelando su airada sublevación, revela su actitud, cómo es y qué siente, y a su vez su escenificación (las gafas oscuras, lo no visible o escamoteo, la simulación). Un dilatado montaje secuencial, de alrededor de seis minutos (acompasado a la sublime composición de Trent Reznor y Atticus Ross, 'Thecnically, missing'/técnicamente, perdida', uno de los pasajes más deslumbrantes que ha deparado el cine en mucho tiempo. Y a partir de entonces las fisuras no dejan de abrirse, y el hedor y las purulencias abrirse paso entre las apariencias que, en el segundo tramo se convierten en combate en las trincheras de las pantallas, allí donde la imágenes se cultivan para conseguir el efecto deseado en la percepción y valoración de los demás. Porque las preguntas aquellas de cómo siente o qué piensa, cuando el tiempo transcurre y se aposentan y enturbian las marañas y las cicatrices, y el azúcar en polvo que te envuelve como una nube de ensueño se ha convertido en gélidos copos de nieve de decepción (la bellísima secuencia de su primer beso, y la revelación para ella de que él tiene una amante), irrumpe la pregunta de ¿qué nos hemos hecho el uno al otro? Porque tras distanciarse, o en el proceso de distanciarse, han tendido a manipularse, controlarse y dañarse, mientras mantenían las apariencias. Porque las apariencias son las trincheras donde tiene lugar la cruenta contienda.
1. A propósito de Llewyn Davis, de los Hermanos Coen
La secuencia del gato que observa las estaciones pasar. La secuencia del hombre que observa la sombra del gato desvanecerse malherida en la intemperie de la noche. Llewyn se desplaza recurrentemente por pasillos angostos, tanto que las puertas en cada pared casi se tocan, para acceder a las casas donde le acogen en sus sofás, o si ya está ocupado, en el suelo. Llewyn no tiene dinero. Su presente es más que incierto, un pasillo que parece angostarse cada vez más. No tiene hogar. Está un poco perdido. Y porta un gato que no es suyo, un gato que se ha escapado cuando dejaba el piso de una de esas amistades que le acogen. Un gato cuyo nombre ignora, con lo que será difícil llamarle si se pierde o fuga. Un gato que intenta que no se pierda, aunque es difícil cuando él parece un tanto a la deriva. Un gato que contempla con perplejidad la sucesión de estaciones por las que pasa el metro en el que viaja. La vida de Llewyn también es una sucesión de estaciones que pasan. El viaje no parece conducir a ninguna parte. Pierde gatos, como pierde el horizonte. O más bien abandona gatos, como ha abandonado en sí mismo lo que le conectaría con los demás. En la noche, en medio de ninguna parte, entreve la sombra del gato que abandonó y que acaba de atropellar. No era el mismo que había perdido al principio pero lo parecía porque quizá fuera él mismo ya que se siente atropellado desde el momento en que le han dicho en la prueba musical que no tiene mucho futuro como cantante. Las estaciones no es que pasen, es que ya incluso le atropellan. Aunque aún no acabe de discernir que él no ha dejado de atropellar a los demás, hombre de gesto adusto, desangelado, en cuyo semblante una sonrisa sería un fenómeno paranormal. Llewyn es incapaz siquiera de cuidar un gato, que no sabemos si es el de Schrodinger. Pero una cosa es que la realidad sea incierta, o difícil de descifrar o de entender, o que no sea capaz de reconocer su talento, y otra que su resentimiento se transforme en atropello de crueldad o desprecio o mera indiferencia hacia los demás. Así nunca encontrará su hogar. Sólo el gato, porque se llama Ulises
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miércoles, 31 de diciembre de 2014
20 Bandas sonoras 2014
Probablemente, no estén todas las que son, pero sí que esta selección de veinte bandas sonoras de obras estrenadas este 2014 me parece que congrega a buena parte de las más destacadas. En cabeza, la música compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross para 'Perdida'. Pocos cineastas como David Fincher conjugan de un modo tan elaborado como exquisito narración, montaje y música. Orquesta sus narraciones, como también hacen Christopher Nolan (Zimmer ha compuesto sus dos obras maestras con él, 'Origen' e 'Interstellar`), Dennis Villeneuve (en 'Enemy', tanto visual, en su uso de luz y color, como en la narrativa musical, aplica el planteamiento de Fincher, o integrándola con su particular personalidad) o Mike Cahill. Si ha habido numerosos casos de obras que se apoyan sobremanera en las bandas sonoras, de modo enfático además, estos cineastas vertebran sus narraciones sobre la música, como si fueran partituras, se deslizan sobre las mismas. Sus narraciones fluyen, por eso son algunos de los cineastas más destacados del cine sensorial que se ha desplegado en este siglo. No ha estado más cerca la narración cinematográfica de la música que en este siglo, es sin duda uno de los grandes avances en el desarrollo del lenguaje cinematográfico, lo que no ha dejado de suscitar los consiguientes descoloques, sobre todo porque sus estructuraciones narrativas no son remarcadamente heterodoxas, pongamos como el cine de Alain Resnais en los 60. Han logrado armonizar ambas tendencias (las que priorizan la trama o la atmósfera) abriendo nuevos puertos narrativos ( o de relación y conexión). Jarmusch, en su última obra, también despliega acordes narrativos, pero su personalidad es única, un caso aparte. La elección de la música ha sido crucial en su cine. Pero hay casos en los que la música adquiere una relevancia predominante (conductora, como una corriente de agua), caso de 'Dead man' (1995), y en sus dos últimas obras, 'Los límites del control' (2008), en la que incluso se desprende de los conectores más recurrentes (la trama y la caracterización psicológica) y 'Sólo los amantes sobreviven'.
1. Perdida (Trent Reznor y Atticus Ross
2. Sólo los amantes sobreviven (Jozef Van Wissem y Squrl)
3 Interstellar (Hans Zimmer)
4. Joven y bonita (Philippe Rombi)
5. The grandmaster (Shigeru Umebayashi)
6. Enemy (Danny Bensi y Saunder Jurriaans)
7. El pasado (Evgueni Galperine)
8. Her (Arcade fire)
9. Nunca es demasiado tarde (Rachel Portman)
10. Joe (Jeff McIlwain y David Wingo)
11. Orígenes (Nill Bates y Phil Mossman)
12. Locke (Dickon Hinchliffe)
13. Los canallas (Tindersticks)
14. El gran Hotel Budapest (Alexandre Desplat)
15. En algún lugar sin ley (Daniel Hart)
16. Nebraska (Mark Orton)
17. Byzantium (Javier Navarrete)
18. The boxtrolls (Dario Marianelli)
19. Al filo del mañana (Christoph Beck)
20. Snowpiercer (Marco Beltrami)
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jueves, 13 de noviembre de 2014
Interstellar
1.Antes se miraba hacia arriba, hacia el firmamento, el universo era un lugar por explorar y descubrir. Ahora se mira hacia abajo, hacia el polvo en el que nos amortajamos en vida, indiferenciados, envejeciendo hasta que nos desvanezcamos sin que nadie lo haya advertido porque ya nos habíamos desvanecido antes. Así se siente Cooper (Matthew McConaughey). Ingeniero y piloto, ha devenido en granjero. Hay que sobrevivir, alimentar a un mundo que parece ya no necesitar de mentes preparadas, dotadas o inquietas, sino de cuerpos, funciones, que suministren a un mundo definido por la carencia, tanta que está al borde de la extinción. Cooper se siente insignificante, invisible, y siente que sus dos hijos, Tom, y sobre todo, la más inquieta y dotada, Murph, no tendrán posibilidades de aspirar a un cultivo de sus facultades, para alcanzar logros elevados, sino conformarse con los cultivos a ras de suelo, los de su granja, una vida rudimentaria encostrada en la repetición mecánica. Carencias, un mundo que arrincona las inquietudes intelectuales, que embrutece las mentes, que relega a funciones rudimentarias o de supervivencia, por debajo de la preparación recibida o de las aptitudes. Un mundo de polvo y viento. Vida como erosión, un horizontes de nubes de polvo como amenaza constante. No puedes mirar hacia arriba. No hay firmamento. No hay aspiraciones que contemplar. Nada que explorar. Sólo resta inclinar la cabeza, encorvar el gesto, y mirar hacia el polvo. Polvo somos y en polvo nos convertiremos, y hay que asumirlo pronto, como si viviéramos la vejez desde pronta edad, porque asumimos pronto el fin, una ineluctabilidad: sólo hay la posibilidad de una dirección, de descenso, no de ascensión. Esa frustración amarga y reconcome a Cooper. El trayecto de 'Interstellar' (2014), de Christopher Nolan, es el que cruza al otro lado del espejo, el que materializa el fantasma de un deseo, el que desafía esa ineluctabilidad. Cooper asciende, cruza un agujero negro, accede a otras galaxias, para lograr esa significación, y proveer también de significación a su hija. Ese espejo, umbral al otro lado, lejos pero tan cerca, es, significativamente, una librería, la de su hogar, el umbral del cultivo de la mente. El infinito, el firmamento, está en una biblioteca.
En el trayecto transita por dos planetas, ambos definidos por el agua, la materia que simboliza las emociones. En uno predominan las grandes olas, el otro es un planeta helado. Los conflictos emocionales fluctúan entre la agitación, la superación de las emoción sobre la razón, la desmesura de las reacciones, y el distanciamiento, el rechazo, la negación que se hace muralla y coraza. Entre padre y e hija se creó una distancia que hizo cerco helado de esa agitación, de ese conflicto no resuelto entre ambos. Murph no aceptó que su padre tuviera que realizar ese viaje interestelar que suponía indefinidos años de separación. Su gesto se vuelve nuca que no mira. Se siente, además, traicionada. Y es la traición imprevista la que definirá la estancia en el planeta helado. Te sientes traicionado y te conviertes en una superficie helada que niega ya todo acceso emocional. A veces, la razón no es la herramienta adecuada, porque las apariencias pueden ser engañosas, aunque parezcan más favorables. Ademas, en nuestra cultura aún se da más crédito a que lo que se dice sea lo que es que a la intuición, a la literalidad que a lo difuso que aún no hemos encajado dentro de unos límites, y aún linda con lo sobrenatural, como el sentimiento sigue siendo un territorio hostil, no dominado, entre las agitaciones y las heladas, en el que aún no se ha logrado aplicar como cartografía la suficiente inteligencia para saber realizar la adecuada inmersión. Cuando tienen que decidir a qué planeta tienen que dirigirse, Cooper pone en cuestión el criterio de la doctora Brand (Anne Hathaway) porque piensa que le influye, o más bien interfiere y ofusca, el hecho de que está enamorada. Brand argumenta que le guía la intuición. Cooper se fía de los datos visibles, los que explicitan que hay comunicación y que son datos positivos. Del otro planeta, donde está el hombre que ama la doctora, no hay noticias en tres años. Cooper se deja engañar por lo falaz que se oculta en lo visible, en las apariencias. Hay una interesante revalorización, o apología, del sentimiento, de la intuición, como en la también notable 'Orígenes', de Mike Cahill. No frente a la razón, sino frente a cierto cuadriculamiento, que transita en los estrechos márgenes de lo funcional y lo literal.
Como en 'Origen', hay una ambigüedad subyacente narrativa (por cuanto también se puede contemplar el espacio mental), en una equilibrada conjunción entre narración externa e interna (subtexto), que traza un trayecto simbólico, con la figura del laberinto como sinuoso recorrido. Cooper viaja hacia la distancia para alcanzar la proximidad. Un laberinto, con ecos de la obra de Escher, que transfigura el concepto de la percepción temporal y espacial (en el esclarecimiento o conclusión del trayecto se conjugan los diversos tiempos: Murph es niña y adulta a un mismo tiempo al otro lado del espejo, de la biblioteca). Es un trayecto alquímico, un transito hacia las profundidades. Por eso el fuego adquiere una presencia de limpieza, de eliminación del lastre de un pasado, de esa enajenadora dedicación que convertía en polvo. Cooper se hace fantasma para lograr ser de nuevo cuerpo, para ser lo que aspiraba a ser, para sentir que se realiza, y no degrada en la degeneración de una vida que es desperdicio, polvo en el que no es nada, nada de lo que podría ser. Una vida de asfixia, no de infinitos que se expanden y realizan a través del despliegue de una biblioteca. En 'Interstellar', además de impulsar esa revalorización del sentimiento, también se apologiza por el cultivo del conocimiento, la sublevación del pensamiento, la lectura y estudio como umbral de ascensión. Es lo que suministra oxígeno. Sino, estamos muertos, polvo somos en vida.
2.'Interstellar', se despliega en la estela, u órbita, del cine de Tarkovski. De hecho, en la configuración física, telúrica, de la granja, entre el viento y el polvo, se inspiró en 'El espejo' (1975). En su entraña de confrontación con los fantasmas interiores, de la narración como espejo interior en desplazamiento, se alinea con 'Solaris' (1972). Aunque su sentido de la duración, de la coreografía narrativa, se acerca más al de la notable adaptación que realizó Steven Soderbergh en el 2002. Se ha citado, como referente, a '2001. Odísea del espacio' (1968), de Stanley Kubrick, pero afortunadamente no tiene el espeso sentido del montaje de esta. Su narración es líquida, un viaje sensorial, musical (una narración que es partitura: la extraordinaria banda sonora de Hans Zimmer se conjuga organicamente con el montaje), característico, o logro, de algunos de los cineastas en este siglo XXI, de David Fincher a Apichatpong Weerasethakul, pasando por Philippe Grandrieux o David Lynch (todos en la órbita del cine de Resnais en los sesenta). En una primera visión, quizá no alcance las excelencias de las mejores obras de Nolan, 'Memento' (2000), 'Insomnia' (2002) u 'Origen' (2010), aunque mi impresión mejoró considerablemente con respecto a la primera y tercera en las sucesivas revisiones. Es una obra con sugestivos pliegues que se van descubriendo a medida que se reflexiona sobre ella. Como la misma realidad o la mente, con sus distintos niveles, como bien exploraba en 'Origen'. Un cine que desafía a los cuadriculados límites de la percepción, e incentiva la conexión intuitiva. Esa escurridiza materia de la que está hecha el amor. Por eso, su conclusión es la apuesta por su rescate.
Magnífica la banda sonora compuesta por Hans Zimmer, reeditando excelsamente la fructífera colaboración en 'Origen'.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Orígenes
Hay trayectos que son más sugerentes que su conclusión. Las preguntas abren ángulos, las respuestas enfocan en una dirección. No quiere decir que la conclusión de 'Orígenes' (I origins, 2014), de Mike Cahill, se empantane en la mirada que reduce su campo de visión. Abre brecha con la posibilidad en la presunción de toda mirada concluyente. Aunque en la interrogante vibre la fe en una respuesta. Como en su anterior obra 'Otra tierra' (2011), se edifica sobre la duplicación, sobre la dualidad. A través de la mirada de un científico, Ian (Michael Pitt), que estudia la evolución del ojo en la naturaleza, los diez estadios diferentes de desarrollo, se pone en cuestión la mirada que quizá se cierra cuando cree que se está abriendo más de lo que suele ser habitual (de la convención, o de la norma). La mirada es el centro de la reflexión, y el diapasón de la narración, que empapa la percepción como hace el agua cuando nos restregamos el rostro por primera vez tras despertar. En una secuencia, quizás una de las más hermosas vistas durante este año, Ian pierde paso, a la vez que lo encuentra, en su percepción de la vida, aunque la interrogante la deje como un fleco suelto que no le interesa explorar como dirección (como la percepción ya predeterminada que no quiere ver la sombra en su mirada fija). A través de una concatenación de signos intrigantes, en los que aprecia, o más bien siente, una secuencia, un sentido, en forma de rapto, se deja llevar por la circulación, por el fluir de la realidad (no hay intencionalidad ni propósito ni deducción lógica; no es el yo el que guíe, aunque más que dejarse guiar por el enigmático pero atrayente flujo de lo real, fluye una interconexión entre el yo, la mirada, y la secuencia de signos). Ese trayecto le lleva hacia un signo que remite a lo que él busca desde hace varias noches. En una valla publicitaria descubre los ojos de la chica, Sofi (Astrid Berges-Frisbey), la chica (con el rostro oculto, menos sus ojos) con la que había conectado de modo inmediato, como si una fuerza de atracción les dominara, en una fiesta de disfraces, y que había desaparecido sin darle posibilidad de comunicación, es decir, sin dirección.
El movimiento de cámara envolvente, que es inversión, pues se realiza desde su rostro a su espalda, para distinguir lo que mira asombrado, encuentra su réplica, su duplicación, en uno parecido en las secuencias finales, y que completa un trayecto que vulnerará de modo definitivo su concepción de la realidad, su mirada fija, su negación de una realidad trascedente, más allá de los límites de nuestra percepción, de lo que se puede probar según lo aceptado, en la perspectiva científica, como prueba. Lo visible se ve desestabilizado por lo invisible. En su trabajo, quiere encontrar el estadio cero, y demostrar que de la nada, de lo inexistente, se puede suministrar visión. Ian cuestiona de modo visceral la concepción creacionista, y la perspectiva, o creencia para él, de Sofi sobre la existencia un universo espiritual. Sofi equipara la mirada de estadio cero, que desconoce que exista la luz, porque su organismo no está dotado de la función visual, a la del ser humano que niega la existencia del alma o de Dios. A lo que Ian considera discernimiento, Sofi lo califica como limitación. En el título original se remarca el yo (I). Ian se puede equiparar fonéticamente al yo soy (I am). Más que en el territorio de debate, que puede enturbiarse, o emborronarse, con reductoras resonancias religiosas (Dios, la reencarnación...el misterio, o la transcendencia, tiene nombre), Cahill hace cuerpo, a través de su narración sensorial, atmosférica (él mismo es el responsable del montaje), de la inestabilidad que propicia la interrogante sobre la mirada, sobre la percepción. En la citada secuencia en la que Ian se deja llevar por el flujo de lo imprevisible que parece poseer un hilo invisible, se aposenta unos sedimentos que son fructíferas arenas movedizas.
La realidad está tejida sobre lo incierto, y hay límites que resulta necesario evidenciar, afrontar, y por tanto, transgredir, cuestionar, de alguna manera. Lo incierto es una quemadura que se intenta contrarrestar con vendas de certezas que instituyen una noción de la realidad con límites fijos. La secuencia de acontecimientos que posibilitan el reencuentro con Sofi sugiere que las direcciones son imprevisibles, y que quizá hay un hilo invisible que establece las sinapsis, las conexiones, de lo real. Lo real es relacional, apuntaba Hegel, pero hay un territorio desconocido, enigmático aún, en la configuración de la realidad, en el montaje que relaciona personas y sucesos. Hay una desconcertante trama en lo difuso. Ian desprecia como infantil la perspectiva de Sofi, calificándola como 'mágica', aunque los pasos que le hayan llevado a ella, la creación y consolidación de una relación, no dejen de ser enigmáticos. Y eso revela en la perspectiva de Ian un atasco que no quiere considerar, como quien niega la posibilidad de una trama invisible, inadvertida, en lo que más bien califica de azar o aleatoriedad, y así nunca ascenderá de nivel, permanecerá a ras de suelo (y en un ascensor que queda atascado se produce el principal requiebro en la narración, en la vida de Ian). Otra cuestión es que eso que se califica de mágico, se asocie con la noción de lo trascendente con cariz religioso. En la búsqueda de duplicaciones, o de encontrar su prueba, la incógnita o lo insólito adquieren una dimensión teleológica, que conducen, o restringen, lo incierto a direcciones con peaje en nociones familiares de lo sobrenatural.
En esa paradoja logra sostenerse 'Orígenes'. Su trayecto parece que va cerrando ángulos, pero en su proceso ha logrado abrirlos. Como en su visión de las relaciones sentimentales, a través de la vivencia subjetiva de Ian, siembra interrogantes sobre la naturaleza de las conexiones, y sobra la raíz de las decisiones, sobre cómo se percibe al otro, y lo que condiciona y transforma la mirada del otro. Quizás el olvido de la experiencia que ha transfigurado, o de la persona, de la mirada, que ha dotado de cuerpo a la noción de la excepcionalidad en tu vida, a la vez que de luz en la oscura fijeza de tu mirada, no sea sino un repliegue en unos límites confortadores, pero no singulares sino entumecidos (como quien pretende cauterizar una quemadura con la anestesia), en los que vives sin luz porque prefieres olvidar que has vivido plenamente esa luz con la enigmática piel de una conexión excepcional que se suele calificar como amor. Y ahí es donde 'Orígenes' asciende, como una interrogante que se suspende sobre una revelación. Y parpadeas.
Se estrena el 14 de noviembre.
PD: Hay secuencia tras los títulos de crédito.
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