La aparición, o consagración, de Lea Massari vino con una desaparición, la de su personaje en la magnífica La aventura (1961), de Michelangelo Antonioni. Su nombre auténtico era Anna Maria Massetani, que cambió por el de Lea Massari, tras que falleciera su hijo Leon, cuando ella tenía 22 años. Debutó protagonizando La giornata balorda (1960), de Mauro Bolognini, con guion de Pier Paolo Pasolini. Trabajó con Sergio Leone en El coloso de Rodas (1961), Joseph Anthony en La ciudad cautiva (1962), Carlos Saura en Llanto por un bandido (1964), Dino Risi en Una vida dificil (1964), Alain Cavalier en La muerte no deserta (1964), Valerio Zurlini en la sugestiva La primera noche de la quietud (1972), Claude Sautet en la excelente Las cosas de la vida (1970), Antonio Isasi Isasmendi en El perro (1976), Chantal Ackerman en Los encuentros con Anna (1978), que me pareció estupenda hace veinte años y un tanto impostada al revisarla recientemente, Francesco Rosi en la más interesante en intenciones que en resultados Cristo paró en Eboli (1982), Michel Deville en La dama de Azul, René Clement en Como liebre acosada (1972). Aunque sin duda su papel más célebre es el de la madre de Un soplo al corazón (1971), de Louis Malle, que me pareció se quedaba en una tierra intermedia, demasiado tibia.
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martes, 11 de septiembre de 2012
viernes, 1 de octubre de 2010
Michel Piccoli, la sabiduría de los contrastes
Una de las grandes presencias del cine francés desde hace más de 50 años, en el que se da esa alquimia de un singular carisma con una admirable capacidad de encarnar personajes de muy variada índole y registros. Ha protagonizado grandes obras como Mala Sangre (1986), de Leos Carax, con quien acaba de trabajar en Holy motors (2012), La duquesa de Langeais (2006), y La bella mentirosa (1991), ambas de Jacques Rivette, Topaz (1969), de Alfred Hithcock, Pasión (1982), de Jean Luc Godard, Genealogías de un crimen (1997), de Raúl Ruiz, El confidente (1963), de Jean Pierre Melville, Las cosas de la vida (1970) o Max y los chatarreros (1971), de Claude Sautet, Habemus papa (2011), de Nanni Moretti, o La guerra ha terminado (1966), de Alain Resnais. Ha trabajado con tan diferentes cineastas como Michel Deville, Marco Bellochio, Luis Buñuel, Jacques Demy, Agnes Varda, Marco Ferreri, Luis García Berlanga, Costa Gavras, Mario Bava, Jerzy Skolimovski, Ettore Scola, Manoel De Oliveira o Rene Clement. Entre sus últimas obras I Skoni Tou Chronou (2008), de Theo Angelopoulos.
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martes, 14 de septiembre de 2010
Las confesiones del Doctor Sachs
El doctor Sachs (Albert Dupontel) tiene una manía cuyo porqué aclara en los últimos compases ( sí, porque esta extraordinaria obra es pura música) de la narración. Suele, de pronto, ponerse a escuchar el tic tac de su reloj. La raiz de este gesto, al que recurre como boya de serenidad, está en su infancia. Cuando tenía miedo o se sentía desanimado, su padre le abrazaba, y escuchaba el tic tac de su reloj. Es uno de los múltiples detalles que sazonan esta obra puzzle, 'La enfermedad del Doctor Sachs' (1999), de portentoso montaje de miriadas de fragmentos, centrada en un médico de provincias que se implica hasta el fondo con todos sus pacientes, en una sinfonía de voces, a veces en off, en el que se conjuga la suya con la de la de sus diversos pacientes. Por otro lado, ese detalle condensa esa 'enfermedad' a la que alude el título. Si, por ejemplo, la excepcional 'Fuego fatuo' (1963), de Louis Malle, está tramada sobre la melancolía aguda, ésta lo está sobre la empatía aguda, el sentir tanto a los demás, el implicarse tanto con ellos que sus mareas pueden llegar a desbordar y desesperar. Pero no dejará de perseverar en su talante, tan raro y necesario en esta sociedad tan poco proclive a la empatía y sí al lamento que es demanda de atención.
'Las confesiones del doctor Sachs' (1999), es una obra maestra de Michel Deville, un cineasta cuya obra es más que desconocida en nuestro país, cuando está repleta de notables títulos, algunos magníficos entre los que he podido ver caso de 'Peril en la demeure' (1985), 'La lectora' (1988), 'Dossier 51' (1978) o 'Noche de verano en la ciudad' (1990). Esta tuvo la suerte de ser premiada en el festival de San Sebastian, lo que ayudó a que fuera estrenada entre nosotros. Todo un prodigio de montaje que tanto nos hace sentir las encontradas emociones del protagonista como dibujar un contexto, una de las mejores radiografías de nuestra sociedad. Así como una de las más entrañables historias de amor que ha dado el cine reciente.
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