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Mostrando entradas con la etiqueta Michael Winterbottom. Mostrar todas las entradas
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martes, 1 de octubre de 2013
Punishment Park y La doctrina del shock
viernes, 5 de octubre de 2012
En rodaje: Michael Winterbottom, Samantha Morton y Tim Robbins
martes, 11 de enero de 2011
Michael Winterbottom, irreverencia y eclectismo
Michael Winterbottom. Un cineasta tan variado y ecléctico como irregular en logros, pero siempre interesante en planteamientos, aunque algunos parezca que se queden a medio gas, caso de su próximo estreno por estos lares 'El demonio bajo la piel' (2010), a la que quizá falte esa turbiedad que sí lograba reflejar o transmitir la versión que realizó Bertrand Tavernier de la obra de Jim Thompson que se adapta, '1280 almas', en 'Coup de torchon' (1981).
Mis cinco preferencias en la obra de Michael Winterbottom: 'Wonderland' (1999), 'Código 46' (2003), 'El perdón' (2000), '24 hour party people' (2002) y 'Tristam Shandy' (2006).
24 hour party people
'24 hour party people' (2002), de Michael Winterbottom, no es un musical, aunque el ambiente musical sea su centro de atención, en concreto, la nueva ola musical que se gestó en Manchester, desde sus primeros pasos en 1976, con el primer concierto de Sex pistols (al que acudieron 42 personas, pero que dado el número de personas que dijo después haber asistido, pareciera que habían sido 500), hasta 1992, y 'filtrado' a través de la perspectiva de Tony Wilson, quien lanzó a grupos como Joy Division o Happy mondays, primero en el programa que dirigía en Granada televisión, y luego creando la productora Factory Records, y habilitando un local donde promocionarla mediante conciertos, 'La factoria, y luego 'La hacienda'. Tampoco es un documental, aunque adopte las formas de éste, como si fuera un reportaje que recoje los principales acontecimientos del periódo, con la 'guia' del citado Wilson ( estupendo Steve Coogan), con 'apartes' en los que se dirige a la cámara, comentando, anticipando y apostillando la narración de los hechos. ¿Una ironia sobre el mismo postmodernismo, jugando con esa autoconsciencia de un artificio, en el que se explicita que incluso lo que se narra más que hechos acaecidos pueden pertenecer a la leyenda? ¿Es una satira, una caricatura? ¿la ironia socavando la presunción de retratar la realidad, ante la que sólo se puede realizar una acercamiento desde lo subjetivo, y puntuando su condición dislocada? Y si se juega con el 'estilo documental' para poner en evidencia la representación, dinamitando la posible captación de la verdad, huidiza y caótica, fragmentaria, ¿cómo acercarse a un mundo que es escenario, y que 'representa' una imagen sublime, es decir, los artistas, en este caso, los músicos, sino desnudando cómo tras los fulgores de la creación artistica, más allá del escenario, aquello que nos embriaga, lo que prima es el patio de recreo de unos adolescentes, entre caprichos, inconsistencias, disipaciones y egos inflamados, y un tanto neuróticos, y apuntando que es necesario desinflar ese globo del endiosamiento al artista, que muchas veces tiene más pies de barro que la vasija de un alfarero?.
En '24 hour party people' no tiene desperdicio la presentación de los asistentes a ese primer concierto citado, por mediación de Wilson, tambien presente, la mayoria de ellos luego conocidos músicos, e intercalando, al centrarse la imagen en uno de los que bailaban dando botes, a uno que es un cartero...que siguió siendo simplemente un cartero; o la escena en la que la mujer de Wilson le sorprende a este en una furgoneta, siendo objeto de una felación, y al volver al interior de la discoteca, se enrolla con otro; Wilson, al entrar de nuevo, la sorprende follando en los lavabos, y no se le ocurre otra cosa que pedirle las llaves del coche, y añadir, con expresión agraviada, que a él sólo se la habían mamado, y ella está follando, es algo muy dierente. La cámara le sigue, y enfoca a otro hombre que dice que él era en quien estaba inspirado el hombre que está follando con la esposa, y que las cosas no ocurrieron así; es una de tantas leyendas sin rigurosa base.
No estaría de más recordar una obra anterior, la esplendida Velvet goldmine (1998) de Todd Haynes, donde se utilizaba como vertebrador narrativo (o de mirada enfocadora),en busca de lo 'real', la figura de un periodista, encarnado por Christian Bale, que realizaba una encuesta sobre aquellos que conocieron a la principal figura del glam rock, Brian Slade (Jonathan Rhys Meyer), un trasunto de David Bowie, partiendo, precisamente, de un hecho real, aunque transformándolo en juego con la leyenda: la 'representación' que Bowie realizó en el escenario 'matando' a su personaje Ziggy Stardust, utilizado en la película como si de verdad hubiera ocurrido así, y alguien hubiera asesinado de de verdad a Slade, y unido con la idea de que fuera la reencarnación de Oscar Wilde.
Comparte con la de Winterbottom su demolición sin complacencias de lo que habita tras la máscara del escenario, unos rostros humanos también en fuga, o humanos, demasiado humanos. Una realidad de nuevo atrapada en lo caótico, donde el embriagarse, o el lujo de poder hacerlo, tiene mucho de contrarrestar el vacio, o de no tener demasiadas inquietudes vitales.
Claro que Winterbottom incide, en especial, en su aspecto irrisorio (sobre todo en las figuras del grupo Happy monday, lo más cercano a lo descebrebrado visto en tiempo: Ya su segunda escena, previa a su lanzamiento como grupo estelar, les define: Matando a 300 palomas con veneno de rata), mas que dramático, ya señalado en la introducción, en la primera secuencia, en donde se iróniza sobre su misma condición simbólica, cuando somos testigos de Wilson haciendo un reportaje sobre un vuelo en ala delta, y cayendo una y otra vez, haciendo referencia al mito de Icaro, simbolo, que él mismo enuncia, de aquello que se nos va a narrar ( si es que alguien sabe de qué habla cuando se refiere a Icaro, como él mismo dice). Esto es, unos personajes un tanto inconscientes que echaron a volar, con más entusiasmo que rigor, y a los que se les quemaron las alas, sino, las neuronas. Otro momento, otro excurso burlón, que condensa esta mirada es esa escena en la que Wilson observa cómo un pato, en vez de un perro, guía a un rebaño, y comenta que todos hacen aquello que pueden hacer, esa es la moraleja, excepto el pato. ¿Sabían lo que hacían o eran el 'pato', o este quisieran haber sido pero no pudieron?. ¿O realmente es complicado, y hasta fútil, buscarle el sentido a algo, cuando todo está del reves?
No por otro motivo, la película acaba con Wilson y sus amigos drogándose en el ático de lo que fue su famoso local, 'La hacienda', ahora reconvertido en discoteca donde ya rige el discjockey (ya son otros tiempos, en los que hasta se dispara por un quitame esas pajas, o esa droga es mía, o no eres de mi banda), teniendo una alucinación en la que cree ver a Dios con su propio rostro. Sí, qué buena es esta droga, es la última frase. Si algo se puede decir, es que eso desde luego lo disfrutaron ( o que me quiten lo bailao, aunque esté entre tanto 'zumbao').Y sí, el sentido de la realidad de Wilson, pese a su voluntarioso entusiasmo que propició que fueran conocidos grupos como los citados, no era muy notoria. No hizo contratos a los grupos que producía, y su sentido del negocio era nulo, ya que gastaban más en el diseño de las carpetas, o en la mesa de reuniones (antológico el cabreo que pilla su compañero cuando le dice que ha pagado doscientas mil libras), o en pagar viajes a las Islas Barbados a Happy mondays (para que graben un disco, porque estaba de moda irse a un sitio 'exótico' a hacerlo, como los New order que se tiraron dos años haciéndolo en ibiza, o los mismos Happy que volvieron con una maqueta con sólo musica, sin voz del cantante, tras haberse dilapidado cientos de miles en droga y juergas). Lo que, claro, redundaba en que los beneficios fueran escasos...o directamente números rojos. Es lo que tiene dejarse llevar, ante todo, por el entusiasmo, como el niño que disfruta con su mecano, aunque en forma de escenario musical.La mirada, en suma, es irreverente, y cáustica, pero siempre distendida, un tono travieso para hablar de un patio de recreo. Y es que los 'acontecimientos', como este creativo brote musical, están impulsados, en muchas ocasiones, por personajes un poco extraviados, caprichosos o inmaduros, o en sempiterno estado colocado. Pero, bueno, al menos, queda siempre la sustancia, o sea, la música.¿O, quizás, y ante todo, el sentido del humor? (Wilson ahora de nuevo trabaja para la misma cadena de televisión en cuyo programa descubrió a esos grupos, y es el asesor de la película, lo que demuestra que sabe reirse de sí mismo).
La estupenda '24 hour party people' (2002) desconcierta, como la misma filmografía de su director, Michael Winterbottom, en donde nos encontramos con tan variedad temática, y hasta de estilo, de obras como Besos de mariposa (1995), Jude (1996), Contigo o sin ti (1999), Bienvenido a Sarajevo (1997), Nine songs (2004), o las más depuradas ya, El perdón (2000), Código 46 (2003) o Wonderland (1999) , precisamente en las que su acercamiento es menos convencional, y logrando una mayor entidad dramática, con géneros como el western, la ciencia ficción o el drama (linea costumbrista Loachiana). Reincidió en ese esa mirada de adoptar las señas estilisticas del 'documental' en In The world (2003), Camino de Guantanamo (2006) o Un corazón invencible (2007). Y en esta linea de juego con la representación, en'Tristam Shandy' (2006), a través del rodaje de una película sobre la obra de Thomas Hardy, y en donde el paisanaje humano también esta visto, desde ese tono satírico, como quien asistiera a un universo caótico con poco fundamento, y en donde se insinua que más allá de la misma representación, o su intento de plasmar una realidad, sólo resta las triviales vidas de aquellos que lo intentan.
Code 46 - Free association - 05 - Inside - Outside
La banda sonora compuesta por el grupo Free association (entre cuyos integrantes está David Holmes, compositor de alguna banda sonora para Steven Sorderbergh) es uno de los aspectos más destacados de la muy sugerente 'Código 46' (2003), de Michael Winterbottom, cienci ficción de los sentimientos, exquisito cine sensorial y alegoría sobre un mundo que alienta lo impersonal y reglamenta hasta lo que debes olvidar.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Código 46
Ciencia ficción de los sentimientos. Una sensación de ingravidez alienta el fluir de la narración, como unos sentimientos y sensaciones que no acaban de cuajar en un universo ‘reglamentado’ que no los dejara liberarse. ’Codigo’ 46 (2003), de Michael Winterbottom, no es una película de ciencia ficción convencional, como tampoco lo era su aproximación al paisaje del western en la también excelente ‘El perdón’ (2000). No es el argumento o la trama la que cobre más peso, no, lo que guía es una música de emociones, casi como una trip hop movie ( a lo que ayuda la envolvente música de Free association en impecable armonía con las imágenes), una música en diálogo con un espacio. Un espacio de ciencia ficción, en cuanto es futuro, pero en mayor medida en cuánto simbólico, como si fuera un espejo de nuestro tiempo. Pero tampoco el discurso, su aparato alegórico, se obvia demasiado, entretejido en esa narración ante todo atenta a los momentos y emociones en juego. El argumento es sencillo. William (Ton Robbins) es un investigador que posee una cualidad, la empática, y es enviado a una Corporación, ‘La esfinge’, encargada de dar los pases o ‘papeles’ legales para que uno puede trasladarse a otras ciudades, y hay quien los está emitiendo o facilitando, desde dentro de modo ilegal. Sí, este mundo ya no está hecho de fronteras de países, sino delimitado entre un espacio privilegiado, estas ciudades del futuro, y un ‘afuera’ en el que viven los no privilegiados, que desean acceder al primero. No es casualidad que la representación de éste, aunque sea un espacio colindante a una de esas grandes megaurbes como Shangai, tenga la apariencia de un desértico espacio árabe.
Un apunte de diferenciación sin énfasis que nos habla de cómo hoy en día existen esos espacios tan contrastados. El espacio de las megaurbes está tejido por un rígido control de sus componentes, ya desde su misma fecundación in Vitro, donde la clonación es parte de una realidad. Otro apunte sobre la impersonalidad de nuestra sociedad occidental, con una particularidad añadida, el citado Codigo 46, y es que nadie que comparta con otro aunque sea un 25 % de sus genes puede iniciar una relación reproductiva. Otro comentario sutil sobre este mundo de xenofobia o racismo que no acepta aún la mezcla de razas o etnias, por considerarlas inferiores, o elementos molestos; cada uno en su sitio. Una paradoja en un mundo donde precisamente la identidad se está diluyendo, en esta impersonalidad extendida, pero donde se pretende sentir la ilusión de identidades diferenciales, privilegiadas, claro. Ironizado también en la película, pues el inglés que se habla tiene injertos de otros idiomas, sobre todo el castellano, pero también expresiones francesas o pekinesas. Una lengua mestiza que no acepta el mestizaje ‘genético’. Y es que la posición, en el entramado de detentaciones de poderes y privilegios, siempre será la dinamo de la sociedad. William conoce en ‘La esfinge’, en el desarrollo de su investigación, a una mujer, Maria Gonzalez (Samantha Morton). Sabe que ella es la que falsifica esos ‘papeles’, pero se enamora de ella, y durante un día viven un intenso romance. Ella no quiere que se vaya, pero él debe volver, a su ‘casilla’, a su familia y trabajo.
La trama da un giro cuando él vuelve, dado que como era de esperar su empresa descubre su ‘error’, pero le cuesta encontrarla, hasta que descubre que por haber quedado embarazada de alguien con el que comparte material genético, o sea él, no sólo le han interrumpido el embarazo sino que le han borrado de su memoria los momentos que compartió con él. Otra paradoja, que resalta la voz en off de María, que guía la narración, también detalle que incide en esa efusión ante todo emocional que guía la narración, pues puede ser desde su evocación sentimental:¿Cómo echar de menos a quien no recuerdas? Claro que aunque no recuerdes, y hayas sido manipulado, la atracción debería saltar de nuevo. Y se sucede una segunda oportunidad, en la que él ahora está dispuesto a romper con su ‘casilla’, abriéndose, juntos, hacia un afuera, el espacio aún no reglamentado, aun no privilegiado, pero en donde las emociones puedan expresarse libremente. Paradojas si consideramos que el mundo occidental es el considerado ‘mundo libre’. Winterbottom incide en esa captación de instantes, como hacia en aquellos ‘apartes’ en la estupenda ‘Wonderland’ (1999), allí musicalizados por Michael Nyman, como fugas emocionales de los corsés de una realidad condicionada. La narración se fragmenta en esos instantes, rompiendo raccords en secuencias, buscando el pálpito de la respiración de esos momentos, ya sea caminando por la calle, bailando, esperando en el aeropuerto, privilegiando, en suma, la emoción y las sensaciones, el fluir interior, que puede ser el de la evocación de ella, como el de esa colisión entre un mundo tan ‘controlado’ y controlador y unas emociones que no logran expandirse. Pero por unos momentos lo logran. Ese es el mayor merito de esa sugerente película, hacer de las emociones y sensaciones música, al fin y al cabo, el acto más transgresor en este mundo tan codificado y compartimentado, cual Esfinge impenetrable y ‘deshabitada’. Pueden parecer que brotan en una atmósfera de ensueño, pero es cuando estamos más despiertos…
'Código 46' (Code 46, 2003), de Michael Winterbottom,con guión de Frank Crottel Boyce, es una de las más sugestivas y singulares obras de ciencia ficción de esta década, un exquisito ejemplo de cine sensorial, aunque sus cimientos estén construidos sobre una sutil y crítica construcción alegórica sobre estos tiempos en donde la impersonalidad y el control subordinan al mestizaje y a la emoción espontánea. Una de las más destacadas de este heteróclito cineasta inglés, del que vale la pena recordar, sobre todo, 'El perdón', 'Wonderland' o '24 hour party people', aunque interesantes también son, por ejemplo, 'El beso de la mariposa', 'Jude', 'Tristam Shandy', 'A mighty heart' o 'Welcome to Sarajevo'
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