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martes, 15 de octubre de 2013

Road to nowhere

 photo OIR_resizeraspx8_zps2d7bb489.jpg Los directores de cine 'no queremos admitir realmente cuánto tiempo gastamos obsesionados con los sueños de otra gente', reconoce Haven (Tygh Runyan) a Laurel (Shannyn Sossamon), la mujer que ama, y protagonista de la película que está rodando, de la que se fascinó mientras realizaba el casting. Doble gestación en paralelo, de un rodaje y de una relación. Ahora es también la protagonista de la película de su vida, aunque ambas pantallas se confunden. Quizás sea su sueño, o quizá esté soñando el de otros, a través del personaje, Velma, que ella interpreta en la película que ruedan. Se lo dice tras ver 'El espíritu de la colmena' (1982), de Víctor Erice, la segunda de las tres obras que contemplan a lo largo de la narración. Las otras dos son 'Las tres noches de Eva' (1941), de Preston Sturges y 'El séptimo sello' (1957), de Ingmar Bergman. Una mujer que se desdobla, identidades inciertas, percepciones masculinas ofuscadas; la figura incierta, enigmática, que la mirada transfigura, idealiza; y el juego y la muerte. El juego ya se evidencia en el hecho de que la película que rueda Haven se titula igual que la que dirige Monte Hellman, 'Road to nowhere' (2013), camino hacia ninguna parte. Hellman no había rodado ningún largometraje desde hacía veintiún años, desde la poco estimulante, 'Posesión alucinante' (Silent night, deadly night III, 1989).  photo f24a498d219b476781df44eb7aef0af4_zps5623ed10.jpg  photo OIR_resizeraspx2_zps7bdf825b.jpg Los títulos de crédito iniciales, que se suceden durante las primeras secuencias, son los de la película cuyo rodaje será el centro de atención del relato posterior. Centro, es un decir, ya que el relato se descentra, se escinde, se difumina, entre las secuencias del rodaje y las montadas ya de la película. Hay instantes en los que, en principio, es difícil advertir en cuál se está. Y esa difuminación se hará más progresiva, con saltos más breves entre ambos espacios, el de la ficción y la realidad. Además, el guión de la película que se rueda está inspirado en sucesos ocurridos en el pasado reciente, que acabaron trágicamente. Personajes, como Bruno (Waylon Payne), que fueron partícipes de aquellos sucesos, aunque fuera periféricamente, interfieren con las huellas de ese pasado en el presente, como la protagonista, Laurel, se difuminara con la mujer que encarna, Velma, a través de la mirada de otros. Aquella mujer, Velma, murió trágicamente entonces, envuelta en cierta oscura trama, como ella también en la realidad.  photo OIR_resizeraspx5_zpsdb4ebd05.jpg  photo OIR_resizeraspx7_zps71547a2b.jpg Del mismo modo que hay secuencias centradas en los ensayos de los actores, sean ante la cámara o con el guión, en donde asistimos al proceso de cómo hacer sentir real lo representado, a través de las distintas formas de decir los textos, con diferentes entonaciones y gestos, hay secuencias reales que parecen parte de una escenificación. O en otra dirección, cómo se enmaraña esa relación entre realidad, y ficción, esa obsesión por los sueños ajenos, la ficción, que se enreda con la proyección del sueño amoroso.¿Esa necesidad que siente Haven de ella, tanto como actriz como mujer, cuál es su raíz y su condición? Bruno hay algún momento en que la llama Velma en vez de Laurel en el fragor de una discusión. El actor que interpreta al protagonista masculino en la película que se rueda, Cary (Cliff De Young), está envuelto en parecidos trapicheos en la ficción y en la realidad, lo que dificulta aún más la distinción. Laurel es protagonista de dos películas, delante de la cámara, y fuera de ella, y su personaje se refleja en el pasado a través de sus acciones ilícitas, como el padre de Velma, Nestor (Fabio Testi), la ve como si fuera su hija, aunque sepa que no lo es.  photo OIR_resizeraspx6_zps959f8d91.jpg El comienzo es extraordinario: los planos de dilatada duración, la predominancia de los silencios, imprimen en la narración la sensación de que algo va a quebrar esa aparente armonía; transmite la sensación de que va a sonar un disparo en cualquier momento. Vemos al director, Haven, con una chica, Nathalie (Dominique Swaim), ante una cámara y un portatil, sin saber aún cuál es ese espacio cerrado; posteriormente vemos a Laurel sentada en la cama secándose el pelo, mientras se suceden los títulos de crédito de la película que rueda Haven. Un coche llega ante una casa, en la que el conductor entra. La cámara permanece en la misma posición, ante la casa, silenciosa. Hasta queun buen rato después suena un disparo. Laurel, o más bien su personaje, Velma, coge el coche y llega a un túnel oscuro; se perfila su sombra mientras rompe en sollozos. Se dirige junto a un lago. Súbitamente, en profundidad de campo, cae una avioneta sobre el agua.  photo OIR_resizeraspx_zpsab5c3372.jpg Esa incertidumbre, esa sensación de que cualquier cosa puede ocurrir, y en el momento más inesperado, se aposentará sobre el relato, y la dominará. No sabremos, como ya en esta secuencia previa, en la que ya hay dos tiempos, el de la realidad y la ficción, cuándo la transición se realiza de una a otra. En el plano final de 'Carretera asfaltada en dos direcciones' (1971), se simulaba que el celuloide se quemara, como s el proyector se hubiera atascado. En las secuencias finales, Haven filma con su cámara a la policía apostada fuera del edificio. Como si ya sólo quedara el gesto de filmar. Entre los títulos de ambas películas, 'Carretera asfaltada en dos direcciones' y 'Camino hacia ninguna parte', sólo falta establecer el vínculo de un verbo. Prevalece la imagen, la proyección, el sueño, la certidumbre de lo incierto. P.D: 'Road to nowhere' es un homenaje de Hellman a Laurie Bird de la que se enamoró durante el rodaje de 'Carretera asfaltada en dos direcciones' (1971). La actriz se suicidaría en 1979, cuando mantenía una relación sentimental con Art Garfunkel.  photo OIR_resizeraspx4_zps54cac35a.jpg

jueves, 29 de agosto de 2013

Harry Dean Stanton, Travis o la herida silenciosa


Travis, la herida silenciosa que surge del desierto, de una condena por el dolor infligido. La recuperación de la voz no es la recuperación de quien fue, son nuevos pasos, cicatrización que es restitución. Harry Dean Stanton coincidió con Sam Shepard en 1983, en el festival de Santa Fé. Compartió su cansancio con los papeles que le tocaba interpretar. Tenía hambre de personajes con una particular hondura. No imaginaba que Shepard le llamaría poco después para ofrecer el memorable protagonista de París, Texas (1984), de Wim Wenders. Stanton, o su rostro, fue la culminación de otro viaje, de la cicatrización de otra herida, en la memorable secuencia final de la prodigiosa Una historia verdadera (1999), de David Lynch, con quien ha reincidido en varias ocasiones desde Corazón salvaje (1990) a Inland empire (2006), pasando por Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992) o uno de los episodios de Hotel room (1992). Amigo íntimo de Francis Coppola ha trabajado con él en El padrino II (1974) y Corazonada (1982). Dios sus primeros pasos actorales, no acreditado, en Falso culpable (1956), de Alfred Hitchcock, y después de pequeños papeles en producciones televisivas, o cinematográficas, como en el último segmento de La conquista del oeste (1962), de Henry Hathaway, en el que interpretaba a uno de los secuaces del bandido que encarnaba Elli Wallach, consiguió su primer papel de cierta resonancia con Monte Hellman en A través del huracán (1966), quien le propulsaría a cierta notoriedad con su personaje en Carretera asfaltada en dos direcciones (1971), y colaborando de nuevo en Cockfight (1974). En los 60 participó en La leyenda del indomable (1966), de Stuart Rosenberg o En el calor de la noche (1967), de Norman Jewison. En los 70 conseguiría personajes de más entidad, en Dillinger (1973), de John Millius, Pat Garret y Billy el niño (1973), de Sam Peckinpah, Adiós muñeca (1975), de Dirk Richards, y aún más en Libertad provisional (1978), de Ulu Grosbard, Sangre sabia (1979), de John Huston, Alien (1979), de Ridley Scott, y en los inicios de los 80, en La muerte en directo (1980), de Bertrand Tavernier o 1997: Escape de Los Ángeles (1981), de John Carpenter. En este década también conseguiría resonancia con su personaje en Repo man (1984), de Alex Cox e interpretaría a San Pablo en La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese. En las siguientes, este excelente actor, que ya cuenta con 87 años, ha trabajado también en Atrapada entre dos hombres (1997), de Nick Cassavettes, La milla verde (1999), de Frank Darabont, El juramento (2001), de Sean Penn, Un lugar donde quedarse (2011), de Paolo Sorrentino o Siete psicópatas (2012), de Martin McDonagh. Además, es guitarrista y cantante. Tiene una banda, The Harry Dean Stanton band, que combina jazz, pop y tech-mex.