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miércoles, 30 de octubre de 2024

Sin novedad en el frente (1930)

 

"Este relato no es una confesión ni tampoco una acusación y mucho menos una aventura, ya que la muerte no es ninguna aventura, para quienes se enfrentan a ella cara a cara. Sencillamente trata de hablar de una generación de hombres a quienes a pesar de haber escapado de las bombas, la guerra destruyó". Son las palabras que abren la admirable Sin novedad en el frente (All quiet on the western front, 1930), de Lewis Milestone. Con respecto a que no es acusación, habría que entrecomillarlo, dado su contundente, y bien explicito, planteamiento antibelicista, como su acerada crítica a los fervores patrios combinada con su apología de la igualdad más allá de uniformes o identidades. A este respecto es célebre la magnífica secuencia en la que el protagonista, Paul (Lew Ayres),atrapado en un cráter en plena batalla durante horas, intenta mantener vivo al francés que ha malherido, mientras manifiesta que uno y otro, sin esos uniformes podrían haber sido amigos (una hermosa manera de reflejar el absurdo arbitrio de las guerras, o cualquier hostilidad, de la anatemización del otro por portar otro uniforme o tener otras externas señas de identidad). Apunte mordaz es el del cabo Kat (Louis Wolhelm) cuando señala que deberían reunirse reyes y generales y demás picatostes, incluidos empresarios (los que organizan las guerras en suma), en un campo y dirimir ellos solitos sus diferencias. En suma, también hay que entrecomillar las declaraciones de Erich Maria Remarque, autor de la novela que se adapta, cuando dijo que era apolítico. La obra se editó en 1929, en 1932 abandonaría Alemania, y en 1933 sus obras serían quemadas públicamente.

Con respecto a la destrucción de esa generación, hay un plano que condensa su destino o futuro. Ese plano general del aula vacía, tras que todos los alumnos hayan acudido a alistarse sugestionados por la arenga de su profesor. La secuencia precisamente se abre con elocuente travelling de retroceso desde los soldados que marchan fuera hasta el interior del aula donde el profesor está arteramente asociando la gloria de la guerra con la realización de sus sueños. La transición de ese plano del aula vacía es también elocuente, a un plano de los jóvenes entrando en el recinto militar. De una instrucción a otra. Por la bóveda de entrada es como si se introdujeran en un túnel. En las concisas y breves secuencias que relatan su instrucción (que tiene bastante de vía crucis, con el rostro casi pegado al barro en todo momento), hay un agudo recurso dramatúrgico que apunta hacia el absurdo de quienes viven la guerra como si fuera un escenario en e que representaran un papel. En este caso, las invectivas son sobre esa siniestra figura recurrente en estos escenarios, la del sargento de instrucción (ser que hace el grito su seña de identidad). La ironía es que todos les conocen, es el cartero del pueblo (presentado previamente cuando orgulloso informa a un tendero que le han llamado a filas). Todos le reciben entre bromas y palmadas en el hombro, lo que le indigna, ya que las irrisorias distancias establecidas por el rango militar son transgredidas (no es ya el cartero, ni un hombre, es el sargento, o un hombre es su más pleistocénica noción).

Hay otro gran detalle dramatúrgico. En su primer lance de batalla, en la noche entre las enfangadas trinchera, uno de los jóvenes es abatido, y antes de morir, grita que se ha quedado ciego. Desde ese momento los jóvenes empezarán a ver que la guerra nada tiene que ver con cómo la había presentado su profesor. La obra está repleta de extraordinarias secuencias. La tensa exasperación de los largos días y largas noches en los refugios mientras son bombardeados, lo que provoca que algunos de ellos no lo resistan, y prorrumpan en gritos desesperados, salgan corriendo aunque peligre su vida, o se zafen de la multitud de ratas. Las escenas de batallas están narradas de un modo portentoso (pone en entredicho la consideración de que las primeras películas del sonoro fueran escénicas, su dominio del montaje, tenso, febril, sigue siendo proverbial, y hasta no superado (nada que envidiar a las primeras secuencias de Salvar al soldado Ryan, de Spielberg, lo mejor de una obra que me parece nocivamente capciosa). Son esplendidos los pasajes en el hospital cuando convalece Paul herido (con el sombrío detalle de esa amenaza de la estancia a la que llevan cuando te consideran ya moribundo), o el permiso de Paul en su pueblo, y su enfrentamiento con el profesor, expresando a los alumnos cómo lo que no hay en la guerra es gloria, lo que es recibido por ellos como una muestra de cobardía. Hay asombrosos usos de la elipsis: La sucesión de planos del soldado que porta orgulloso las botas de un compañero al que han cortado un pierna (descarnada esa secuencia en la que en su inconsciencia se preocupa más de heredar esas botas que del estado de su amigo o lo que supone para él ya no poder usarlas), marchando, corriendo en combate, o siendo abatido ya muerto. O del fuera de campo: la conversación con la chica francesa en su dormitorio (tras que Paul y dos compañeros hayan cruzado en la noche desnudos el río), encuadrando las sombras mientras se les escucha reconociendo la fugacidad de su encuentro. O el desgarradamente lírico detalle final de la muerte de uno de los soldados (no revelo quién para quien no la haya visto), encuadrando su mano cuando intenta alcanzar a una mariposa. Como el encuadre final, las figuras superpuestas de los jóvenes soldados marchando sobre la imagen de un cementerio, es la más afilada réplica a aquel vacío del aula tras la virulenta y enajenadora arenga de su profesor.

lunes, 17 de mayo de 2021

Arco de triunfo

                             

Arco de triunfo (Arch of triumph, 1948), de Lewis Milestone es un áspero y sombrío melodrama, en cuyas dos horas y cuarto casi no hay casi respiro. Las sombras, presencia constante, son tan oscuras que parecen supurar. La narración está dominada por una espesura de negrura (delineada por el admirable trabajo de iluminación de Russell Metty). Era la segunda ocasión en que Milestone dirigía una adaptación cinematográfica de una novela del escritor alemán Erich Maria Remarque, tras la también excelente Sin novedad en el frente (All quiet on the western front, 1930), que adaptaba la homónima novela publicada un año antes, la cual había provocado las iras del tercer Reich, por lo que fue quemada en las hogueras. Remarque fue otro de tantos que abandonó Alemania al ascender al poder Hitler. Emigró a Suiza, y a finales de los 30 a Estados Unidos. La novela Arco de triunfo fue escrita, durante su exilio, entre 1939 y 1945, año en el que fue publicada primero en inglés. Milestone se involucró de tal manera que cuando el primer guionista, Irwin Shaw, no quiso proseguir tras cinco meses de trabajo porque no divergía de lo que pretendía Milestone, optó por desarrollar el guion junto a Harry Brown. El resultado fue una obra de cuatro horas, que fue cortada, y reducida a dos horas (aunque ampliada en doce minutos cuando fue restaurada). La censura también intervino. Joseph Breen exigió que fuera mitigada la crudeza de ciertas secuencias violenta. Arco de triunfo, como otras películas que adaptaron novelas de Remarque, Tres camaradas (Three comrades, 1938), de Frank Borzage, Tiempo de amar, tiempo de morir (Time to love, time to die, 1958), de Douglas Sirk o Así acaba nuestra noche (So ends our nignt, 1941), de John Cromwell, se vertebran sobre una relación amorosa destinada a la tragedia, en los desoladores tiempos de guerra (o preguerra). Con la tercera, además, coincide en centrarse en un personaje refugiado, Ravic (Charles Boyer), un cirujano alemán cuya situación, como la de los protagonistas la película de Cromwell, al no disponer de papeles, pende constantemente de un hilo: si son apresados serán deportados del país, aunque pueden intentar regresar de nuevo (hasta la próxima vez que sean otra vez deportados), o transitar de país en país cual figuras errantes. Los nombres no reflejan sino esa condición fantasmal. Ravic no es su real nombre sino uno de tantos que usa como falsa identidad de hombre sin papeles.

El comienzo de Arco de triunfo es impactante: Ravic, sentado en un café, entrevé a través de las cristaleras a Haake (Charles Laughton), un oficial nazi. Un expresionista flashback, que juega con las desmesuradas sombras y perspectivas especiales (sin contornos), evoca cuando Ravic y su esposa fueron torturados por Haake, y  ella murió al no poder resistir las torturas. Como contraste, la iluminación se hace blanquecina, sin sombra alguna, en la secuencia que nos muestra a Ravic intentando, infructuosamente, salvar a una mujer en la mesa operatoria; una mujer que musita el nombre de un hombre; una mujer que morirá por las inadecuadas condiciones en la que le fue realizado un aborto; una mujer que nombra a quien ama pero como señala Ravic, quién sabe dónde estará ese hombre; todas las ilusiones románticas quedan reducidas a un entorno blanquecino donde se pierde la vida, como una pantalla que se ha desintegrado. Torturar, salvar, sombras, luces.

Ravic vive en un hotel de refugiados en el que habitan huidos de las torturas o de la desolación (una galería de rostros derrotados y dolientes), pero también un grupo de defensores del alzamiento franquista, a quienes el mejor amigo de Ravic, Morosov (Louis Calhern), ruso, muestra un total desprecio cuando intentan que se unan a su celebración. Ravic, en uno de sus paseos, cual sombra exiliada, por las solitarias calles, en este caso bajo la lluvia, se encontrará con una sombra extraviada, Joan (Ingrid Bergman), al borde de cometer suicidio. Su amante, al que acababa de abandonar, ha muerto repentinamente. Ravic la salva y ayuda, encontrándole trabajo en el club donde trabaja Morosov de portero. Su historia se gesta a trompicones, por la reserva de él, como quien contiene la mecha de una explosión que dispone del rostro de quien abrió en sus entrañas una herida aún no cerrada, y por el ofuscado atolondramiento de quien no sabe cómo desenvolverse con sus emociones, y necesita taladrar esa reserva para percibir la brecha que evidencia que él la corresponde del mismo modo. Ese forcejeo incluso está presente, con provocaciones de celos, en el momento de pausa de tiempo de permiso en el horror (como los días que viven los protagonistas de Tiempo de amar, tiempo de morir) cuando disfrutan de unos breves días en la costa francesa. Pero también la circunstancia y el azar intervienen, de modo más determinante, para dificultar la relación. El azar entra en juego, pero a la contra, cuando Ravic, ya de vuelta en París, por atender a una mujer accidentada en la calle, y así salvarla, sea detenido y expulsado del país.

Esa divergencia, o contraste, de actitud y carácter dota de una cualidad singular a una historia de amor particularmente turbia y menos convencional de lo habitual. Ravic es más templado, alguien ya curtido en la precariedad, el dolor, las esperas, la amenaza permanente sobre su vida y la vulnerabilidad, mientras Joan es más frágil (o menos capaz de afrontar la fragilidad), más inconstante y menos madura. No es capaz de afrontar la soledad y el dolor, la incógnita sobre la espera de la vuelta de Ravic, por lo que opta por acogerse (refugiarse) en los brazos de otro hombre (que la ama). Pero cuando Ravic regrese tres meses después no logrará aceptar su reacción tan razonable y templada  (o dicho de otro modo, como señala el mismo Ravic, ella hubiera apreciado signos indicativos de su amor en su desolación manifiesta o en un arrebatos de celos). Ese equilibrio y esa calma de Ravic contrasta con la desaforada conducta de Joan, inestable, y escénica (como si viviera una obra teatral en la que la temperatura del amor se mide por la temperatura de la dramatización de los gestos). Sus emociones la desbordan, como, ofuscada, no logra discernir con precisión.
Ravic, al mismo tiempo, no ha olvidado a Haake. En cierta secuencia confluyen ambos dramas en el espacio y tiempo, en un café: Ravic está pendiente de Haake, que le ha visto (aunque no sabe si porque le ha reconocido), y espera que se acerque a él, y a la vez entra en escena Joan que sigue sin aceptar que Ravic no parezca, o se muestre, lo afectado que debiera: el horror real contrastado con una exasperada e inmadura dramatización. Sus actitudes colisionan de modo irreparable. Enfocan el amor de modo distinto. Las sombras desquiciadas prevalecen. Joan necesita seguridad y amor, pero no puede encontrar la primera en Ravic, por su situación vulnerable e incierta. Por eso su amor no puede fructificar, porque ella necesita encontrar la seguridad en otro, y no resulta posible mantener esas dos relaciones a un mismo tiempo. Ironía sangrante: quien le reportaba seguridad (material) será quien, por un arrebato de celos, dispare sobre ella. El falso refugio resultó una trampa de sombras movedizas. Ravic, infructuosamente, intentará salvarla, en unas hermosas secuencias finales en la que su luz vela junto a la cama donde ella agoniza con las sombras que no pudo esquivar.

 

sábado, 7 de julio de 2018

Ocean's eight

La aplicación de una formula. Ocean's eleven (2001), de Steven Soderbergh se revelaba como un modelo de cómo no sólo realizar un remake sin quedarse en mera copia, sino además realizar una variación dotada de una sugestiva singularidad. Superaba al acartonado original, La cuadrilla de los once (1961), de Lewis Milestone, por varios cuerpos de distancia. Ocean's eight (2018), de Gary Ross, es un modelo de cómo realizar una variante que parece una mera y poco sugestiva copia del modelo, Ocean's eleven, con la única singularidad diferenciadora de que son mujeres y no hombres quienes conforman el grupo de ladrones. Sus dos horas, aunque transcurran más o menos fluidamente, cumplimentan la esforzada aplicación de una formula o un engranaje narrativo.
De hecho sus inicios son semejantes. En una, Danny Ocean (George Clooney) y en otra, Debbie Ocean (Sandra Bullock), declaran en prisión ante el comité que tiene que valorar su actitud para decidir si les conceden la libertad condicional. Debbie expresa cómo no tiene intención alguna de reincidir en la actividad delictiva, en la cual incurrió por influencia familiar (en concreto, su hermano Danny). La posterior secuencia se inicia con una de las escasas ideas ingeniosas de puesta en escena de Ocean's eight. La cámara encuadra un monitor en el que se ve a Debbie recogiendo sus pertenencias y realiza una panorámica hacia ella. Con ese detalle, el reflejo, ya se nos insinúa que sus palabras poco tenían de sinceras. Era una representación que resultó convincente. Nada más salir, con sus escuetos 45 dolares, ya realiza una serie de acciones que evidencian que su actitud poco tiene que ver con lo que había asegurado. En unos grandes almacenes efectúa un alarde de picaresca para llevarse varios productos, y con la misma habilidad logra quedarse con la habitación de un hotel haciéndose pasar por quienes acaban de dejarla. Ya establecida y definida su actitud, y su forma de ser, contacta con una amiga, Lou (Cate Blanchett), a la que plantea su idea de realizar un robo. Podría apuntarse que el objetivo, el Touissant, un collar de diamantes, de la marca Cartier, aprovechando la Met Gala, en beneficio del Instituto de diseño de moda, en el Museo de arte Metropolitano de Nueva York, se acomoda al tópico de lo femenino, por la fascinación por las joyas, pero en esta obra no se incide en ninguna particular diferenciación genérica, ni siquiera en sus tópicos. Eran hombres en las anteriores obras, y ahora son mujeres, sin más. Son conductores de un relato, con las peculiaridades de sus personajes. Ya planteado el objetivo, se procede al reclutamiento de las otras componentes del grupo, cinco, Amita, la perista (Mindy Kaling), Tammy, la proveedora (Sarah Paulson), Nine ball, la hacker (Rihanna), Constance, la ratera (Awkwafina) y Rose, la diseñadora (Helena Bonham Carter), porque la sexta, Daphne (Anne Hathaway), una modelo que portara el collar, no es consciente de que está siendo utilizada para ese propósito.
El estilo de composición de planos no difiere del de Soderbergh en Ocean's eleven. También se recurre a puntuales cortinillas que separan personajes o acciones. Y la música de Daniel Pemberton efectúa también una labor camaleónica con respecto a la de David Holmes. Pero falta la particular fluidez musical del estilo narrativo de Soderbergh. Porque una de las cualidades de Ocean's eleven era su espíritu y musicalidad cool. Algo de lo que, paradojicamente, carecía la versión interpretada por Sinatra y su pandilla del Rat pack, quienes precisamente se convirtieron, o eso pretendían, en imagen de lo cool. Y este aspecto que se hacía cuerpo narrativo, constituyéndose en una de sus más notorias virtudes, su afinada modulación entre ingrávida, elegante y vivaz, no era sino también reflejo de una idea que sostiene la dinámica dramaturgia, y con la que también coincidirá la notable El buen ladrón (2002), de Neil Jordan: el afán de superación.
Hay recursos dramatúrgicos o narrativos que se repiten: en Ocean's eleven, Rusty (Brad Pitt) reprochaba a Danny que hubiera omitido el detalle de que una motivación personal estaba incluida en el objetivo. En este caso, Lou se lo reprocha a Debbie. Pero si en Ocean`s eleven densificaba el trayecto dramático, y perfilaba su mordaz subtexto (la recuperación de un amor que se convertía en emblema de antítesis de nuestro sistema social y económico), en Ocean's eight, no adquiere la suficiente consistencia dramática el prurito de venganza que siente Debbie con respecto al galerista Claude (Richard Armitage), el amante que la delató, o a la cargó con la culpabilidad de la que así él se eximía, cuando fueron detenidos por la policía por fraude. Si en Ocean's eleven se lograba transmitir el pasado compartido entre Danny y Tess (Julia Roberts), la combinación de sintonía y divergencias, en este caso, no se siente esa historia compartida, la huella de ese pasado. Ni siquiera que pudieran tener algún tipo de relación. El presente no se perfila porque el pasado se siente difuso. Pudiera buscarse una correspondencia con la joya que se quiere robar: una joya que se reemplaza por una falsa, y que por eso sea utilizado Claude como acompañante de la modelo que porta la joya, pero no es suficiente esa vaga condición metafórica para dotar de la mínima sustancia al conflicto íntimo o personal. En Ocean's eleven se sentía esa motivación íntima como el impulso inspirador. En Ocean's eight, queda tan diluida que parece un mero complemento accesorio. No aporta, aun de modo sintético, ningún filo dramático
En Ocean's eleven la tentativa del atraco se realizaba no sólo contra un emblema de esta sociedad materialista de la ostentación y la opulencia, los casinos de Las Vegas (en concreto, sobre tres), sino también implicaba la superación, para Ocean, de un fracaso pretérito, el sentimental, y su recuperación en un nuevo reinicio. Tess, su anterior pareja, lo era ahora, precisamente, del dueño de esos casinos, Dominic (Andy Garcia). Ocean, mediante el proceso o la realización del atraco, le revela a Tess cómo Dominic, por su forma de reaccionar, prioriza el dinero o la posesión al amor. Así que la jugada tiene doble jaque mate al rey. En Ocean's eight ni posee particular relevancia alegórica ni singularidad en el conflicto o trayecto personal. El decorado o escenario, el museo, ejemplifica la condición más bien ornamental, o condición fetichista (de un modelo y unas convenciones) de la representación. O cómo una dramaturgia asentada en la representación (y el juego de las apariencias) en este caso se evidencia como una capa más de una representación, o más bien un producto, confeccionado meramente sobre reflejos.
Ocean´s twelve (2004), al menos, sin ser una obra redonda, no ocultaba su condición de juego, tanto en privilegiar más su faceta de comedia, con livianos ánimos deconstructivistas, donde que diluían la relevancia del mismo robo, o su preparación, jugando con la contrariedad de las expectativas, como en constituirse en una variación, al estilo free jazz, del original. Importaba más jugar con las piezas que con la orquestada construcción de las piezas, como era el caso de Ocean's eleven. Un simple divertimento, sí, pero al menos realizado con gracia, algo que no podía decirse de la tercera, agarrotada al plegarse a una estructura más férrea, la de la primera, pero revelándose como pálida emulación. Sólo quedaba la mecánica. De Ocean's eight puede decirse que al menos no transmite esa desidia. Aun sin particular inspiración la dinámica narrativa fluye con desenvoltura. Se resiente, levemente, cuando reincide en la aplicación de la plantilla, por resultar previsible con el giro imprevisible. La aparente liviandad de Ocean's eleven resultaba engañosa, como su juego estructural con los tiempos. Lo que se nos narraba después de esa primera entrevista en la cárcel no es que fuera un flashback propiamente dicho, sino una aguda ordenación estructural ya que el posterior comienzo de esa narración del pasado coincidía con la anterior salida de la cárcel de Ocean, y cómo reúne a sus diez compinches para perpetrar ese robo que ha planeado minuciosamente en sus años de reclusión. Esa segunda estancia en la cárcel, de menor duración (por transgredir la libertad condicional), no era, paradójicamente, sino la conclusión de un logro, una aparente reclusión que no era sino el movimiento sacrificado para ejecutar el jaque mate. Y, por otro lado, el golpe de efecto del robo estaba vinculado con el juego con las falsas apariencias con el que plantean el mismo atraco ( ironía ya que el sistema se sostiene sobre las falsas apariencias): su proceso o realización real se nos desentrañará posteriormente, jugando, con habilidad, con la construcción de los climax narrativos convencionales. En Ocean's eight se recurre a parecido golpe de efecto. Pero, de nuevo, más que necesidad orgánica de la narración, rezuma pereza formularia: tras la realización del robo, los pasajes más dinámicos y efectivos, se recurre a dos giros que replantean la narración, porque revelan dos nuevos ángulos, de la perspectiva o participación de un personaje, y del mismo robo. Pero resultan tan innecesarios como fútiles, como la introducción del inspector de seguros que interpreta James Corden, que no aporta nada a la narración, en un sentido u otro, ni como deriva excéntrica ni como generador de conflicto. Se desprenden del personaje del modo más insípido, como si no supieran qué hacer con él. Personajes y giros que parecen más bien añadidos postizos.
Ocean's eleven no dejaba de constituirse, a desapegado ritmo cool, en sencilla, pero eficaz, alegoría de golpe al sistema. No era sólo una película de robos, ni de fulgores de cuerpos, colores e iconos. Su heterodoxa condición, camuflada bajo sus vistosos ropajes narrativos, se ejemplificaba en el quizá más hermoso momento de la película. Ese travelling lateral que mostraba los rostros risueños de los otros diez compinches, junto a la luminosa fuente, contemplando el edificio donde han perpetrado felizmente el robo. O cómo la ilusión, el afán de superación, ha vencido al capcioso espejismo. De Ocean's eight se podría rescatar la singularidad que aporta Helena Bonham Carter a su personaje, o el buen hacer, como suele ser habitual, de Sarah Paulson o Cate Blanchett (que parece ser la única que, por cómo diseña su apariencia y gestualidad, se esfuerza en transmitir una actitud cool), las cuales lidian con personajes sin particular relevancia dramática. También hiede a aplicación de plantilla el cumplimiento de la cuota multiétnica: entre las componentes, una hindú, una afroamericana y una asiática. La segunda domina el arte de la informática como uno de los componentes afroamericanos de Ocean's eleven, Basher (Don Cheadle), y la oriental, una trilera que sabe cómo usar sus manos para robar, también se define por sus habilidades físicas, como The amazing Yen (Shaobo Quin), el contorsionista de Ocean's eleven. Pero, en suma, el aplicado engranaje de Ocean's eight carece las irreverentes resonancias, así como de la elegancia y vibración vital y lírica de Ocean's eleven. No hay ningún memorable final catártico sino otro que debiera suscitar una sonrisa pero no genera sino un rictus, como si meramente fuera la exitosa culminación de un engranaje. Y los mecanismos que funcionan aplicadamente más bien suscitan indiferencia. Por eso, se olvidan nada más finalizar la proyección.

sábado, 10 de marzo de 2018

Camino a la gloria

En ‘Camino a la gloria’ (Road to glory, 1936), de Howard Hawks, un hombre toca el piano en un sótano de un edificio abandonado mientras caen las bombas y se queda prendado de una enfermera que busca refugio. Un hombre lleva un día gimiendo, mientras agoniza, entre alambradas, y los soldados de un pelotón, en el refugio de una trinchera, se desquician porque escuchan el sonido constante de los picos bajo tierra que realizan los zapadores alemanes; cuando llegue el silencio sabrán que explotará la bomba bajo sus pies. Contrastes en la guerra. Sonidos de las emociones relegadas, acordes de una sensibilidad que ha sido confinada a unos oscuros sótanos porque ahora prevalecen los sonidos de un horror, el de la siembra de alambradas y explosivos. Distintos tipos de guerras, o de bombas, las que caen del cielo, o las de la decepción y el daño sentimental. El pianista en cuestión es el teniente Denet (Fredric March), quien se va a unir al pelotón del capitán La Roche (Warner Baxter), el cual acaba de despedirse de la enfermera que ha cautivado a Denet, Monique (June Lang, que probablemente componga la enfermera más chic, elegante y sensual del cine).
La Roche es alguien a punto de quebrarse, necesitado de aspirinas y coñac para mantener su lucidez y estabilidad en pie, y así continuar siendo un oficial admirado por todos (las apariencias son engañosas: hay quien duda de su capacidad por ese detalle, como lo hacían del ‘quemado’ y alcohólico Dean Martin de ‘Río Bravo’(1959), quien había sido alguien muy competente hasta que la decepción amorosa le convirtió en una piltrafa). Denet, como impetuoso e impulsivo que es, resulta demasiado avasallador en su primer acercamiento a Monique, y ante los gemidos del soldado que agoniza entre las alambradas opta por enviar a dos hombres para que lo rescaten, aunque le hayan dicho que ya se intentó antes, causando la muerte de otros dos soldados). Incluso, él saldrá, sorteando las balas, para salvar la vida de uno de ellos. En cambio, La Roche es más expeditivo, un disparo certero sobre el soldado para zanjar su sufrimiento. Con respecto a los ruidos de la zapa, que enerva a los soldados (que depara una de las mejores secuencias de la película), La Roche les insta a que resistan (es la médula del combatiente: resistir), mientras que Denet les alivia diciendo que saldrán de ahí pronto, lo que suscita el reproche de La Roche por colocarle a él en la posición de villano.
‘Camino a la gloria’ es una nueva adaptación de ´Les croix de Bois', de Roland Borgeles, tras 'Las cruces de madera' (1932),de Raymond Bernard, de la que reutiliza planos de las secuencias de combate. Supone la segunda colaboración de Hawks con William Faulkner (que coescribe el guión con Joel Seury). Había escrito los diálogos de la adaptación de su propio relato ‘Turn about’ en la también excelente ‘Vivimos hoy’ (1933), cuya acción dramática también acaecía en pleno conflicto bélico. Sólo se necesitan tres breves secuencias sucesivas para trazar la atracción sentimental que se consolida entre Denet y Monique. Y, por otro lado, resuelve con una extraordinaria secuencia cargada de sombras dolientes la pesadumbre de un conflicto que les desgarra a ambos (en la que March, de nuevo, demuestra sus soberanas aptitudes de actor, su dominio del sutil gesto, su naturalidad desbordante): tras que Denet se entere de lo que La Roche siente por Monique ambos pugnan entre el amor que sienten y sus cargos de conciencia por La Roche: para Denet, es además una cuestión que excede a ellos tres. Particularmente hermoso el detalle de la sonrisa que ilumina el rostro de Monique cuando le agradece que no quiera besarla, tras que le haya dicho que no la ama. Sabe que un beso no puede mentir.
A mitad de narración irrumpe un personaje que amplifica (y complejiza) las tensiones dramáticas, el veterano de guerra, el sexagenario que ha dicho, al alistarse, que tenía 48, Morin (Lionel Barrymore), quien resulta ser el padre de La Roche. El y el sargento que interpreta Gregory Rattoff protagonizan uno de esos memorables excursos a los que solía tender Hawks (como Ford o McCarey), en la escena en la que dirimen si no notificar que ha llegado la carta que señala el traslado de Morin. Las escenas de combate, el prototípico asalto a las trincheras enemigas, cruzando el campo socavado por las bombas no desmerece de las secuencias de ‘El gran desfile’ (1925), de King Vidor, ‘Sin novedad en el frente’ (1930), de Lewis Milestone o ‘Cuatro de infanteria’ (1931), de G.W. Pabst (posteriormente, quizá sólo ‘Capitán Conan’, 1996, de Bertrand Tavernier alcanza tal poderío expresivo). Magnífica es la secuencia en la que Denet tiene que establecer, con seis de sus hombres, un enlace telefónico. Todos son vulnerables. El héroe, aquel que se había lanzado sobre una granada (que no explotó) para salvar a sus compañeros, puede sufrir una crisis nerviosa que propicie que lance otra granada que mate a varios compañeros. Y quien se convierte en el bastión anímico de los demás puede sentir cómo se quiebran sus entrañas por la decepción amorosa, como su vista se pierde, quizá porque la lucidez y la contemplación de tanto abismo de frente le ha acabado arrasando como una explosión en suspensión. La guerra continúa, los reemplazos sustituyen a los muertos, y las aspirinas y el coñac los sigue tomando quien está al mando, aunque su rostro no sea el mismo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Al filo de la oscuridad

El comienzo de ‘Al filo de la oscuridad’ (Edge of darkness, 1943), de Lewis Milestone, ese pueblo noruego sembrado de cadáveres, tanto de habitantes del mismo como de soldados alemanes, puede evocar al de ‘Beau Geste’ (1939), de William A Wellman (otra variante se dará años después, en el excelente western, ‘Chuka’, 1967, de Gordon Douglas). Aunque sin estar tan remarcado el cariz fantasmagórico, enigmático, que poseía aquel, unos legionarios apostados en las almenas para defender un fortín en pleno desierto que no eran sino cadáveres, exceptuando uno que parecía reverencialmente colocado. En la obra de Milestone, se resalta, sin énfasis, el horror, o el aspecto alucinatorio, la huella de un desquiciamiento, la guerra: el amasijo de cuerpos que recuerda a los de las pinturas de El Bosco; la aparición de uno de los habitantes, Kaspar (Charles Dingle), visiblemente trastornado, al que los alemanes que acaban de llegar fusilan sin miramientos. Un flashback nos relatará lo que ha llevado a tal enfrentamiento sangriento, una narración coral que remarca el protagonismo de un colectivo, de una comunidad, de modo aún más acentuado que en una producción precedente, centrada también en la resistencia noruega frente a la invasión nazi, la notable ‘Ataque al amanecer’ (1942), de John Farrow, en la que ante todo destacaba la figura del personaje que interpretaba Paul Muni.
Aquí no es la figura del principal líder, Gunnar (Errol Flynn), quien ‘guía’ la narración, quien acapara el núcleo dramático, o adquiere más presencia escénica. La narración refleja esa diversidad en una estructura que pareciera, en ocasiones, segmentadas en episodios. Así resaltan fragmentos como aquel en el que Lars (Roman Bohnen) sufre la humillación de los soldados alemanes en el hotel que han establecido como su cuartel, frustrado porque no ha tenido el valor de expresarles su desprecio, ni enfrentarse a sus risas despectivas. Algo que sí será capaz de realizar, enfrentarse, el profesor del pueblo, septuagenario, Sixtus (Morris Carnovksky), que se resiste a ceder su casa, aunque la reacción será aún más agresiva, ya que será violentamente golpeado, y lanzado por las escaleras, por el comandante Koenig (Helmut Dantine), y luego objeto de más mofa y zarandeos por parte de los soldados, teniendo que contemplar en la plaza del pueblo cómo queman sus libros y pertenencias. El valor y la indecisión. Y los posicionamientos.
El doctor Sternsgard forcejea con su indeterminación, ya que no acepta la presencia de los alemanes, como sí hace su hermano, Kaspar, empresario que ha fundido los intereses económicos con la imposición de la fuerza (fundiendo dictaduras), pero no es capaz de involucrarse en la resistencia, como hace su hija, Karen (Ann Sheridan). Pero la vuelta de su hijo, Johan (John Beal), que corroborará las sospechas de los demás, su colaboración con los alemanes (ya que el doctor confiaba en que fuera una ‘debilidad’ circunstancial, como también el mismo hijo, en el que se aprecia una pusilánime voluntad, parece señalar), y, sobre todo, la violación que sufre su hija por un soldado alemán, le harán tomar definitivamente partido, comprometerse (incluso fieramente: la secuencia en la que golpea con su bastón, con rabia, en la calle, a un soldado alemán).
El esplendido guión de Robert Rossen (que colaboraría de nuevo con Milestone en la excelente ‘Un paseo bajo el sol’, 1945, y la irregular ‘El extraño amor de Martha Ivers’, 1947) sabe definir con proverbial precisión cada personaje y cada conflicto que sufren, como el amor en silencio, reprimido, a través de miradas, entre la dueña del hotel , Gerd (Judith Anderson), y un soldado alemán, o la desesperada resistencia de Johan por volver a convertirse en un delator, sin que pueda evitarlo. Si Farrow deslumbraba con varios sorprendentes planos secuencias en ‘Ataque al amanecer’, Milestone lo hace con varios travellings laterales que resaltan el vínculo entre los personajes, como el que realiza sobre el rostro de los líderes de la resistencia, como contraplano a la conversación entre Gunnar y Karen, cuando ésta convence al primero de que no se deje llevar por la furia, y busque venganza porque la han violado. O el posterior, cuando cavan la zanja antes de ser fusilados, y se van dando la mano o besando como despedida. Y, como culminación, el que ‘afirma’ su determinación cuando avanzan inexorables hacia el cuartel alemán en el definitivo asalto que convertirá su resistencia en victoria.

domingo, 24 de julio de 2016

Las 24 mejores escenas bélicas

Hoy hace 18 años que se estrenó en Estados Unidos 'Salvar al soldado Ryan', de Steven Spielberg. Su secuencia inicial, con todo merecimiento, es una de las escenas más admiradas dentro del género bélico. Otra cuestión es ya si la película en conjunto merece el mismo reconocimiento. Hay obras más populares, e incluso con más prestigio, que podrían ser cuestionadas, del mismo modo que otras menos o nada difundidas merecen una consideración de la que carecen por mero desconocimiento. Hay obras que suelen citarse una y otra vez en las antologías, pero igual es así por mero automatismo, porque se ignoran muchas otras, o porque cuando se elevan los altares se tiende a seguir reverenciando lo mismo como si fuera inevitable. ¿Incluiría obras tan populares como 'Salvar al soldado Ryan', 'La chaqueta metálica' o 'Platoon' en una antología de cien mejores películas del género? Probablemente, no. Y en cambio sí, entre las primeras, situaría obras escasamente conocidas como 'Fuego en la llanura', 'Fugitivos del desierto' o 'El aguila y el halcón'. Esta es mi selección de 18 de las mejores escenas bélicas. Son todas las que están, aunque no todas las que son. Pero tampoco era cuestión de alargar demasiado la batalla.
Alas. Las secuencias finales de 'Alas' (1927), de William A Wellman, primera ganadora en los Oscar, son sobrecogedoras. Tras narrar el triunfo en la batalla decisiva del ejercito aliado, la victoria se tiñe de desoladora amargura. Desgarradora es la secuencia en la que David (en un avión alemán que ha sustraido en una base del enemigo tras que fuera abatido su propio avión) es disparado repetidamente por su amigo Jack (cegado por el dolor de creer que, precisamente, David ha muerto, ha abatido enemigos con una furia arrolladora), sin que este advierta en los gestos desesperados de David, que se agita en su carlinga con impotencia, que es su amigo a quien dispara. Más allá de que fuera algo rara vez visto, un beso entre hombres (aunque aún más agitó las plateas el beso en la boca de David a su madre cuando se despide de ella), la secuencia en la que Jack abraza a su amigo agonizante, y le besa como si fuera a restituirle la vida con esa acción, es de una inconmensurable belleza y emoción, de un calibre equiparable al que destila la emoción hecha cine de 'Amanecer' de Murnau, la otra triunfadora de los primeros Oscar.
Sin novedad en el frente. En su primer lance de batalla, en la noche entre las enfangadas trinchera, uno de los jóvenes es abatido, y antes de morir, grita que se ha quedado ciego. Desde ese momento los jóvenes empezarán a 'ver' que la guerra nada tiene que ver con cómo la había presentado su profesor en la escuela. La obra está repleta de extraordinarias secuencias. La tensa exasperación de los largos días y largas noches en los refugios mientras son bombardeados, lo que provoca que algunos de ellos no lo resistan, y prorrumpan en gritos desesperados, salgan corriendo aunque peligre su vida, o se zafen de la multitud de ratas. Las escenas de batallas están narradas de un modo admirable, y pone en entredicho la consideración de que las primeras películas del sonoro fueran 'escénicas', su dominio del montaje, tenso, febril, sigue siendo proverbial, y hasta no superado. A este respecto es célebre la magnífica secuencia en la que el protagonista, Paul (Lew Ayres),atrapado en un cráter en plena batalla durante horas, intenta mantener vivo al francés que ha malherido, mientras manifiesta que uno y otro, sin esos uniformes podrían haber sido amigos (una hermosa manera de reflejar el absurdo arbitrio de las guerras, o cualquier hostilidad, de la anatemización del otro por portar otro uniforme o tener otras externas señas de identidad).
Cuatro de infantería. El título en español, 'Cuatro de infanteria', no es que sea muy preciso, ya que son dos soldados los que tienen un mayor protagonismo. El título original es 'Westfront 1918', ya que es la descarnada vivencia de lo que es estar en el frente, además del añadido de ser en los últimos coletazos de la guerra (lo que acentúa el aspecto desolador, porque el absurdo y horror se amplifica con el cataclismo de una derrota ya inminente del ejercito alemán), el punto nuclear de esta película que, como pocas, incide en la locura desquiciada y horror de la vivencia bélica. Las secuencias bélicas del último tramo, modélicas aún hoy en día, son estremecedoras, conjugando la planificación fragmentada con largos travellings, y hasta cámara subjetiva. Pocas veces se ha sentido que ese espacio, casi informe, es como un infierno, de figuras indiscernibles, entre explosiones y cadáveres como una alfombra en el barro. Momento sobrecogedor: Uno de los soldados grita cuando dentro de uno de los cráteres ocultan con tierra una mano que sobresale del barro. Son los gritos de mentes ya rotas los que dominan las últimas secuencias, en los hospitales en la retaguardia,voces y mentes ya trastornadas que han vivido el horror y han quedado inmersas en el mismo. Hay obras que siguen siendo necesarias, y más cuando son un prodigio creativo como esta dolorosamente hermosa obra.
El aguila y el halcón. Pocos héroes se pueden encontrar más sombríos, más consumidos por la desesperación y menos satisfechos con sus gestas, porque sus condecoraciones celebran la pérdida de vidas, como Young (extraordinario Fredric March), en ‘El águila y el halcón’ ( 1933), de Stuart Walker: “Pensaba que la guerra era como el polo, un deporte que practicar, una competición en la que superar a los pilotos del otro bando, pero no es sino quemar carne, quebrar huesos y verter sangre. Sembrar muerte”. Actitud, en principio, opuesta a la suya es la de Crocker (Cary Grant), con el que mantiene cierta rivalidad. Le niega la posibilidad de que sea piloto porque no le ve capaz, decisión que no sienta nada bien a Crocker. Tras la muerte de sus primeros cinco observadores, Crocker será el sexto; él mismo ha solicitado el puesto porque anhela ser testigo de cómo en algún momento al héroe se le quiebran los nervios. No tiene el sentido caballeresco del combate, ni el aprecio a la vida, sea la de un compañero o del enemigo: cómo ametralla al alemán que se ha lanzado en paracaídas, acción que es reprendida por Young (que evita que lo haga con otro). Pero esa animosidad o rivalidad se irá limando, hasta el entendimiento o proximidad, que deriva en un bellísimo final, comparable al de otra extraordinaria obra cuya acción dramática ocurre en tiempos de guerra, ‘Adiós a las armas’ (1932), de Frank Borzage. Tras que Young haya dado un amargo brindis de gracias por la nueva condecoración concedida, que culmina con la fractura de su desesperación: lanza el vaso, rompiéndolo, mientras grita ‘la guerra para vosotros’, Crocker escucha un disparo y descubre que Young se ha suicidado (su cuerpo yace sobre los muelles de una cama, otra más vaciada, por otra muerte, la de el joven observador que cayó al vacío; un vacío que ha pesado demasiado sobre Young, sobre el que no ha sabido volar). Crocker, antes de que amanezca, llevará el cadáver al avión para, después de ametrallar las alas y al cuerpo de Young, simular que ha muerto en combate. Ni John Ford rodaría un final tan desgarradoramente bello para ‘imprimir la leyenda’, en el que no deja de resonar el grito de un dolor insondable por esa barbarie llamada guerra.
Camino de la gloria. En 'Camino de la gloria' (1935), una de las obras menos comentadas de Howard Hawks, pero que no desmerece al lado de sus más reconocidas películas, hay distintos tipos de guerras, o de bombas, las que caen del cielo, o las de la decepción y el daño sentimental. Una dualidad que definía su abordaje de los géneros, como se evidencia en sus célebres y complejas comedias y películas del oeste. Las escenas de combate, el prototípico asalto a las trincheras enemigas, cruzando el campo socavado por las bombas no desmerece de las secuencias de ‘El gran desfile’ (1925), de King Vidor, ‘Sin novedad en el frente’ (1930) o ‘Cuatro de infanteria’ (1931), (posteriormente, quizá sólo ‘Capitán Conan’, 1996, de Bertrand Tavernier alcanza tal poderío expresivo). Particularmente brillante es la secuencia en la que Denet (excelente Fredric March) tiene que establecer, con seis de sus hombres, un enlace telefónico. Todos son vulnerables. El héroe, aquel que se había lanzado sobre una granada (que no explotó) para salvar a sus compañeros, puede tener una crisis nerviosa que propicie que lance torpemente otra granada que mate a varios compañeros.
El orgullo de los marines. Schmid combatió en la batalla de Guadalcanal. En la noche del 21 de agosto de 1942, él y dos compañeros se enfrentaron con su puesto de ametralladora a 800 soldados japonés. Al amanecer, uno de sus compañeros había muerto, el otro había resultado herido en un hombro, y él había quedado ciego por la explosión de una granada (disparando el resto de la noche según las indicaciones de su compañero). Abatieron a 200 soldados japoneses. En 'El orgullo de los mariones' (1945), de Delmer Daves, el pasaje bélico, el de la citada secuencia con la ametralladora, es breve, pero de una descarnada contundencia y opresiva tensión, que hace sentir que estuviéramos con ellos en ese comprimido receptáculo del puesto. Lo que ocupa más metraje en la narración es todo el proceso de rehabilitación de Schmid (el gran John Garfield), sobre todo psicológica, ya que implica la asunción de su ceguera, que si tiene arreglo puede ser tras que pasen años, y además sólo de modo parcial.
A bayoneta calada. La guerra congela las emociones: Si no conviertes a los otros en representaciones, no sobrevivirás. Si en la confrontación en primer plano es necesario tomar esa distancia, por otro lado, no es lo mismo mirar desde el simulacro en la distancia que vivir la guerra en primer plano. Porque, en 'A bayoneta calada' (1951), de Samuel Fuller, al cabo Donne (Richard Basehart), destacado oficial en la academia, en cuanto capacidad táctica y decisión, (cerebro y agallas, en palabras de unos soldados, son los atributos de un buen oficial), ya en el campo de batalla, le aterra la posibilidad de tomar la responsabilidad del mando. Por eso, es sólo cabo. Y, por eso, está tan pendiente de que sus superiores en la jerarquía, tres en concreto, no pierdan la vida. No carece de valor, pero no quiere que ninguna vida dependa de él, una escisión que es un absurdo dentro de otro absurdo, y que queda certeramente reflejado cuando se ofrece voluntario para cruzar un campo de minas y llegar hasta un malherido sargento, cargar con él a sus espaldas, y volver sobre sus pasos. Fuller filma la secuencia con un opresivo uso de la fragmentación, los planos cortos y la cámara subjetiva, entresacando toda la tensión del momento y la contradicción que alienta la acción de Donne, ya que sí, realiza todo un acto audaz, pero en buena medida lo hace porque si le salva él podrá evitar la posibilidad de encontrarse al mando del pelotón. Cruel y cáustica conclusión: Después de lograr cruzar por dos veces el campo de minas, cuando supera el trance por fin, el sargento está muerto.
Tiempo de amar, tiempo de morir. En las secuencias iniciales de ‘Tiempo de amar, tiempo de morir’ (1958), de Douglas Sirk, un cadáver desenterrado en la nieve parece que llorara. Lágrimas de hielo que se funde, por esos hombres que han pasado ya no saben cuántas veces por ese pueblo, del que ya sólo quedan ruinas, la huella de una destrucción que no parece tener fin, como el errar de estos soldados alemanes en tierras rusas, que van y vienen, exhaustos y desanimados. Hombres que han perdido la noción del tiempo, como si vivieran en un interminable bucle; especulan sobre cuando pudo morir el oficial que desentierran en la nieve, como si lo hicieran sobre algún descubrimiento arqueológico de lejanas eras. Lágrimas que pesan ya demasiado en alguno que opta por dispararse un tiro como forma de escapar de ese abismo de horror y absurdo, al que ya no puede devolver la mirada, porque ve reflejado su condición de esbirro del caos, en el que su finalidad parece ya sólo fusilar a civiles. El primer beso de Ernst, soldado de permiso, y Elizabeth es ante el agua, interpuesto en el encuadre un árbol, que sorprendentemente ha florecido a causa del calor provocado por la caída de las bombas; una anomalía, como su propio amor, al que se ha permitido florecer brevemente; una rara avis, un efecto colateral imprevisto, de la avasalladora destrucción que sólo cultiva ruinas. En la demoledora y magnífica secuencia final, Ernst fallecerá junto al agua, tras realizar un acto generoso, un acto anómalo en mitad de la guerra, perdonar la vida a unos prisioneros a los que libera (uno de los cuáles le devuelve el favor matándole: Ernst no puede salirse del escenario, sigue siendo una representación, un uniforme). El último plano (uno de los más desgarradoramente bellos que ha dado el cine) es el de su reflejo en el agua, intentando, desesperada e infructuosamente, recuperar la carta de su amada. Eso es lo que fue, un reflejo, una ilusión, una anomalía, a la que se permitió dotar de cuerpo durante unas escasas semanas. Por algo lloraba aquel cadáver desenterrado en la nieve.
Fugitivos del desierto. 'Fugitivos del desierto' (1958), de J Lee Thompson, se centra en la peripecia de cuatro personajes cruzando el desierto con su camioneta de la cruz roja, en un momento crítico, en 1942, para el ejercito británico, que se retiraba de Tobruk a El Alamein, mientras el ejercito alemán le iba arrebatando terreno. El trayecto está narrado con un admirable fisicidad, atenta al detalle, haciendo sentir el sol, la arena, la sequedad, el agotamiento. Los personajes en el primer tramo, superan un campo de minas, y tienen que pasar el 'peaje de control' de una tanqueta alemana, pero el trance fundamental que pondrá a prueba su resistencia y capacidad de superación es superar un extenso territorio conocido como 'La depresión', al que califican como un 'puddin de arroz', por su traicionera textura, cercana también a la de una jalea rojiza que puede transformarse en fatales arenas movedizas, y en donde también tendrán que lograr superar una alta elevación de arena con el camión, combinando ingenio y fortaleza. Thompson nunca ha estado tan inspirado
La colina de los diablos de acero. Los soldados transitan un espacio exterior, pero pocas películas tan claustrofóbicas, tan opresivas como 'La colina de los diablos de acero' (1958), de Anthony Mann. Los personajes parecen 'encerrados' (como si no pudieran salir, como en 'El ángel exterminador', de Luis Buñuel), cautivos en una prisión mineral (en otra dimensión, otro planeta), hasta sus desplazamientos parecen exasperadamente trabajosos, como si se desplazaran en una espesura ralentizada. El entorno es un continuo obstáculo, una amenaza persistente: como en la brillante secuencia del paso del 'pasadizo' que tienen que sortear, de dos en dos, porque cada ciertos segundos lanzan tres bombas los coreanos ( aunque de repente, la frecuencia varía, la rutina se trastoca, no saben cuándo lanzarán las siguientes; ¿qué hacen?). Claro que luego tienen que superar un campo de minas, y ya por último acceder a aquella colina 'numerada', que dominan los coreanos, una colina tan desoladora, inhóspita y terrible como la que da título a la también magnífica película, o inmersión en el horror de la guerra, de Sidney Lumet 'La colina' (1964). 'Hombres en guerra/Men in war' es el título original de esta inmersión en el grado cero de la guerra, por tanto, en una alucinación, en un desesperado pasaje al horror, a la primigenia violencia mineral del hombre 'El batallón no existe, el regimiento no existe, El cuartel general no existe, Los Estados Unidos no existen, ellos no existen', son palabras del teniente Benton (excepcional Robert Ryan) en los últimos pasajes de este calvario, que asemeja a una alucinación que parece negación de vida, de razón, por unas tierras más áridas, pedregosas, quemadas por el sol, un paisaje mineral en el que no parece brotar vida (aunque haya quien intente ponerse unas flores en su casco, para, precisamente, morir a continuación).
Fuego en la llanura. Hay planos de la magistral 'Fuego en la llanura' (1959), de Kon Ichikawa, que parecen extraidos de una pintura de El Bosco. El protagonista, El soldado Tamura (Eiji Funakushi), atraviesa escarpados, agrestes o áridos espacios cubiertos por una 'manta' de cadáveres. Por eso, 'Fuego en la llanura' se constituye, quizá, en la película más tétrica y descarnada en su forma de abordar y representar, de un modo tan extremo, el paisaje de la guerra, pero nunca sin cargar tintas, ni incurrir en la afectación ni en el subrayado, sino siempre con una afilada distancia. El paisaje que refleja Ichikawa, en los estertores de la guerra, en 1945, en el frente filipino, asemeja al de una hecatombe nuclear. El mismo Ichikawa fue testigo de primera mano de los efectos de la bomba atómica,y reconoce que desde entonces sintió que tenía que hablar contra/de los horrores de la guerra. Lo que se nos narrará es el viaje de Tamura hacia la localidad donde están realizando la evacuación de un ejercito al borde de la derrota,ya que en el hospital de nuevo le rechazan, convirtiéndose en uno de tantos 'indigentes', que no están en su compañía o pelotón pero tampoco atendidos por los médicos, sino en una especie de tierra de nadie o limbo como figuras errantes, al margen. En este infierno no hay piedad y la condición humana alcanza extremos inconcebibles de degradación.Particularmente memorable es la desoladora secuencia en la que los soldados salen corriendo, ante la amenaza de bombardeo, dejando desamparados a los enfermos, que se arrastran fuera de las chozas, sin poder evitar la caída de las bombas.
Invasión en Birmania. Un hombre, Muley (Charlie Briggs), asciende por un estrecho sendero de una escarpada montaña portando sobre su espalda el peso que debería cargar los lomos de la mula que lleva. Y lo hace porque la mula, exhausta, no podía con aquel peso. Lo hace porque sino la mula hubiera sido sacrificada. Lo hace pese que él esté exhausto, tanto que cuando alcanza la cumbre, fallece. Exhausto como los compañeros de su pelotón, llamados los merodeadores de Merrill, el hombre que les guía, el general que les manda, un pelotón que ha recorrido selvas y llanuras y montañas de Birmania, un pelotón, que en principio eran 3000 hombres y del que,tras recorrer 1.500 kilómetros, sólo sobrevivirán una décima parte. En 'Invasión en Birmania' (1962), de Samuel Fuller , hay un conflicto, un enfrentamiento, pero también un desgaste físico, y Fuller retrata con minuciosidad esa demolición de los cuerpos, y de los ánimos. Los cuerpos resisten, siguen andando aunque no puedan, aunque pidan descanso. Los merodeadores de Merrill en varias ocasiones, tras varios enfrentamientos, creen que ya llegó su momento de la pausa. Porque los cuerpos y las emociones lo necesitan, se supone que tienen un límite. Pero una y otra vez se les niega el permiso que esperan disfrutar, su merecida recompensa por tanto sacrificio. Y siguen con su marcha entre ríos y selvas y enfrentamientos con los japoneses. Y desesperan. Parecen atrapados en un círculo, como refleja ese extraordinario movimiento de cámara que sigue el desplazamiento circular del teniente Stock (Ty Hardin) sobre las construcciones, que asemejan sarcófagos, del laberinto en Shadazup en el que se han enfrentado con los japoneses (a veces, disparándose entre ellos, aunque esto sería cortado del montaje definitivo por petición del ejercito, nada contento con deprimente tono de la narración). Se desplazan en un fatal círculo simbólico aunque recorran miles de kilómetros. Por eso, es tan conmovedora y hermosa esa secuencia en la que un hombre sacrifica su vida por una mula.
La gran evasión. 'La gran evasión' (1963), de John Sturges, es la exultante vitalidad hecha celuloide. Es la experiencia de la narración como puro viaje, trance de avatares del hombre enfrentado a su circunstancia, su ingenio y dinámica determinación como ese túnel que socava los obstáculos y restrictivos límites de la realidad. Su impulso de acción frente a una realidad que es rígida prisión. Y también es una sutil reflexión sobre el azar y el destino, sobre la voluntad en colisión con los imponderables y los propios límites, no sólo los condicionados por los otros. Aquel que suministra el camuflaje, las vestimentas que portarán en la huida, será el que accidentalmente hará visible su fuga. Aquel que excava los túneles será el que dificulte el proceso de huida por sus ataques de ansiedad por la claustrofobía. Ironías del destino o del azar. O quién sabe con qué materiales está tramada la vida. 'La gran evasión' es un preclaro ejemplo de cómo conjugar el dinámico desarrollo de una trama pautada con precisión y el afinado trazo a la hora de perfilar los personajes, y más siendo una obra con tal amplitud de caracteres. Los pasajes que narran, en concreto, la huida del personaje de Steve McQueen con la moto, perseguido por múltiples enemigos, en camiones, coches y motos, es uno de los más vibrantes que ha proporcionado el género. No lo conseguirá, e incluso se quedará literalmente a un palmo de cruzar esas alambradas que le separan de su liberación, pero su espíritu representa la resistencia que no cede al desaliento, la pelota que no deja de golpear el muro aunque se le encierre en un calabozo denominado nevera que no logrará congelar su impulso vital de lograr la anhelada libertad.
El tren. El dilema que palpita en 'El tren' (1964) es claro. ¿Valen igual las vidas humanas que unas obras de arte, y más cuando estas, se convierten en emblema de un tesoro nacional, en representación de una identidad patria?. El conflicto surge cuando el ejército alemán, ya en retirada al final de la guerra, debe abandonar Paris. Y el coronel Von Waldheim (Paul Scofield), un amante apasionado del arte, decide llevarse todas las pinturas del museo del Louvre en un tren hacia Alemania. Las fuerzas de resistencia francesa están decididas a impedirlo. Claro que el sabotaje se complica porque el tren no puede ser destruido, lo que conlleva que se haga doblemente difícil la misión, sobre todo, y he ahí el dilema, porque supondrá poner más vidas en peligro para impedirlo, asumiendo que son sacrificios inevitables. La importancia de una maquina como protagonista, y objetivo, de la trama, impregna a la misma narración, tramada como un afinado mecanismo de relojería, en la que las estrategias y tácticas son las que hacen avanzar la acción, en ese duelo, o partida de ajedrez a contrarreloj, entre los intentos de la resistencia por impedir que ese tren salga de Francia, y las previsiones alemanas para dinamitar y eliminar sus propósitos y a quienes colaboran. Esa condición de escenario en el que ya se ha convertido este pulso, o misión, en donde los humanos ya son actantes, encuentra su correspondencia en los magníficos pasajes que narran cómo la resistencia usa la táctica de hacerles creer a los alemanes que el tren va en la dirección que creen, cambiando los letreros de las estaciones, pero desviándoles de su trayecto. Las imágenes finales alternando planos de las pinturas y de los cadáveres de los sacrificados es el remate elocuente de una obra ejemplar en su modulación narrativa y seca como un fustigazo en su rasgón de un tenebroso y doliente dilema, donde el escenario se superpone a la vida.
Comando en el mar de la China. La carrera en zig zag a campo descubierto de los dos últimos supervivientes del comando hacia la base inglesa mientras intentan eludir los disparos de los soldados japoneses apostados en la selva de la que han salido corriendo, complementada con los acordes de la memorable banda sonora de Gerald Fried, es el portentoso corolario de 'Comando en el Mar de la China' (1970), de Robert Aldrich, una obra que derrocha acidez sobre los absurdos de la guerra y los desatinos de las rigideces de las jerarquías de la institución militar, sobre su sordidez y brutalidad. El admirable vigor narrativo del que hace gala Aldrich, sin que la tensión desfallezca por un momento, y convirtiendo a la espesura de la selva en crucial personaje (espacio que dificulta y condiciona; laberinto que hay que superar) o al sonido ambiental (de animales) como efectivo recurso que sedimenta una creciente atmósfera opresiva (como esa metáfora del embudo, en referencia al camino de vuelta a la base del comando, que usa el oficial japones al mando que les persigue). La citada secuencia final, en la que se dilata la revelación de quién de los dos ha sobrevivido, si el británico encarnado por Michael Caine o el único estadounidense del comando, el cintado héroe tardío al que hace alusión el título original (Too late heroe), interpretado por Cliff Robertson, es un excelso broche para una obra que 'captura' el aliento del espectador y no lo suelta hasta esas catárticas imágenes finales.
La cruz de hierro. Orson Welles, en su momento, le envió una carta a Sam Peckinpah en la que le decía que 'La cruz de hierro' (1976), le había parecido, desde 'Sin novedad en el frente' (1931), de Lewis Milestone, la mejor película bélica de soldados en acción de combate. Desde luego, pocas más sobrecogedoras. Si Baudelaire hablaba de la belleza convulsa, la obra de Peckinpah encarna esa idea, en especial el climax en el que la palabra 'Demarcación' se convierte en la contraseña que, desafortunadamente, más bien invita a que el horror y el caos y la miseria humana dominen el campo de batalla de la vida. El protagonista, el sargento Steiner (James Coburn) encuentra en la guerra una paradójica sensación de hogar, la que proviene del compañerismo con los hombres a su mando. Esa solidaridad, complicidad y entrega, encarnación de un genuina amistad, que no he visto expresada con tal intensa y elocuente rotundidad en otra película del género. En contraposición, la mezquindad de su oficial superior, aristócrata prusiano, es tan grande que, como Steiner se niega a declarar que Stransky se comportó como un héroe en combate para que así consiga su anhelada cruz de hierro, que Steiner sí posee (al que califica como 'un trozo de hierro'), no le avisará a él y sus hombres cuando se traslade el resto del ejercito, dejándoles solos y 'vendidos' al ejercito ruso que va a tomar sus líneas, por lo que el pelotón de Steiner tendrá que sufrir un via crucis para superar las líneas enemigas antes de retornar a base. Por eso, ese desolador final citado, una de las cumbres del género y del cine, en el que son ametrallados por sus propios compañeros, resulta tan soberanamente desgarrador. Sólo resta el grito de impotencia, furia y desesperación aunque se acribille a la mezquindad . O la carcajada, con la que finaliza la película, la que sabe que todo es absurdo, accidental, porque la Razón hace tiempo que fue decapitada. En esa secuencia brilla el uso del montaje. Un recurso del lenguaje que nadie ha dominado ( o ha llevado a tales radicales cotas de hacer del cine inmersión sensorial en una experiencia) como Peckinpah. Por muchos avances que haya habido después, y mucho cine de acción que se haya realizado, nadie ha sido capaz de superar la refinada musical elaboración de sus escenas de acción ni, sobre todo, ha sabido extraer esa emoción que hace sangrar las entrañas.
El cazador. La selva del otro infierno (¿sueño o despertar?). Elipsis sin transición. Del canto de los amigos en el bar, en el espacio hogar, al campo de batalla. Mike despierta, inconsciente tras algún enfrentamiento. La película de la guerra no es como se esperaba. Caos, crueldad, carne desgarrada, dolor, muerte. Un vietnamita lanza una bomba en un refugio oculto en el suelo, en donde están hacinadas mujeres y niños. Ametralla a una mujer, con una niña en sus brazos, que sobrevive. Mike le abrasa con un lanzallamas. Mike sigue en la fragua, entre fuegos. No son las vacaciones que esperaba. ¿Es una pesadilla o realmente ha despertado? La caza ya no es una acción en la distancia con una criatura nada amenazante como un ciervo, que sólo huye. La guerra es dispararse a la sien, no se puede condensar mejor lo que es. Quien sobrevive es porque ha tenido la suerte de que la bala haya perforado la sien de otro. El núcleo de la vivencia del infierno de la guerra es una cruel competición, para entretenerse, de ruleta rusa entre los prisioneros. Mike ya no dispara a ciervos, ahora sabrá qué es lo que puede sentir un ciervo, si de la pistola con la que se apunta a su sien surje una bala que destroce su cerebro. La guerra es ajenidad, el otro es representación, no puedes pensar que la bala perfora otro cuerpo, que otra vida se desvanece, sólo eliminas un símbolo. 'El cazador' (1978), es una inmensidad de la se dijeron inmensas estupideces sobre su discurso ideológico. Todo por no saber mirar.
Apocalipsis now. El trayecto, o precipitación en el abismo, la pérdida y extravío de todo referente enfrentado a la esencial condición bárbara del ser humano, como una intensidad emocional que desgarra con más rotundidad con las secuencias recuperadas de los actos sexuales con las bailarinas en los helicopteros, y de la estancia en la colonia francesa, hace que el tramo final, el encuentro con Kurtz, adquiera, ahora en el 'Redux', un cuerpo espectral más armonizado, más coherente aún si cabe, con el desarrollo de ese desprendimiento de todo lazo con la razón. Ya no sólo tenemos ese despojamiento del sinsentido de la acción militar, de su condición de representación y espectáculo escénico, del primer combate, reflejo de la enajenación de quienes se creen su papel, como el Kilgore (Robert Duvall) que porta un sombrero de caballería, y pone la música de las Walkirias de Wagner en el asalto de los helicópteros al poblado vietnamita, como se embriaga con el olor del napalm y fuerza a unos soldados a hacer surf en mitad de una batalla. Es una memorable secuencia de introducción en la guerra como representación escénica que ha alcanzado la condición icónica en la memoria cinéfila. Es portentosa, pero es un eslabón más en una sucesión de secuencias extraordinarias que van desvelando y desnudando la absurda y alucinatoria entraña de la guerra, a través del nocturno espectáculo de las bailarinas para los soldados en medio de la selva, la injustificada ejecución de los vietnamitas de la barcaza (ya no hay distancia, como desde los helicopteros, es un cara a cara con la incoherencia de sus actos), y la ceguera de esa noche moral que ya les envuelve cuando cruzan hacia 'el otro lado del espejo', en el encuentro con los que combaten en un puente contra un enemigo invisible, perdidos y trastornados entre trincheras y drogas para entumecer y anular su sensibilidad (mientras otros suplican, lanzándose al rio, para que la barcaza les saque de ese infierno).Del espectáculo al horror.
Capitán Conan. Cuando se estrenó 'Salvar al soldado Ryan' (Saving private Ryan, Steven Spielberg, 1999) Bertrand Tavernier arremetió contra su capciosa manera de representar la violencia. Calificaba su presunto realismo de estetizante, y de enaltecedor de la propia violencia. En 'Capitan Conan' (1996), elude toda espectacularización en su tratamiento de los combates. Adopta un punto de vista distante, sin énfasis en las acciones, para romperlo con detalles puntuales que ejercen de contraste, ya sea un soldado que permanece paralizado entre el trasiego de soldados sorteando las bombas y disparos del enemigo, una música sacra con una voz infantil que enlaza una serie de escenas de transición o los gritos de una matanza que se oyen fuera de campo en un túnel. El primer tramo de Capitán Conan nos sitúa en el frente de Oriente de la primera guerra mundial, en las últimas refriegas en Bulgaria, silenciado por la versión oficial. Como fuera de las normas establecidas funciona el comando de élite que lidera Conan (magnífico Philippe Torreton). No usan el uniforme reglamentario, y disfrutan de la dispensa de doble paga o de alimentos, que son inimaginables para los soldados corrientes, como recompensa al efectivo trabajo sucio que realizan en sus incursiones. Son los que hacen la guerra cara a cara. El despropósito más doloroso proviene del juicio por deserción contra un joven soldado. ¿Era cobardía o simplemente, como apunta Conan, que no valía para combatir? Poco importa cuando su juicio está condicionado por el rechazo que provoca en superiores de su misma casta aristocrática que lo ven como una vergüenza. Ni las preguntas ni los cuestionamientos tienen cabida. El joven soldado como el mismo Conan, ahora expedientado, son ya presencias molestas. Todo se dirimirá trágicamente en otra acción, un enfrentamiento contra el movimiento bolchevique insurgente, que tampoco constará en ninguna versión oficial. Los soldados no son más que piezas de un puzzle, útiles para cumplir una función, pero en cuanto cambia el escenario su papel puede variar, y si antes eran necesarios ahora pueden ser prescindibles.
Salvar al soldado Ryan. La secuencia inicial de 'Salvar al soldado Ryan', de Steven Spielberg, es prodigiosa. Nos sumerge en la vivencia del combate, en su caos, en su confusión, en su fragor y agitación, como si fuéramos sacudidos, zarandeados como los mismos soldados que intentan alcanzar la orilla, entre el aire y el agua, sin lograr encontrar orientación ni suelo firme, mientras alrededor otros cuerpos son mutilados o perforados. Es la experiencia descarnada, casi física, que parece superar los límites entre la pantalla y el cuerpo, tal es la sugestión que por medio de su entrecortado montaje y diseño sonoro logra transmitir. Es una lección ejemplar de dominio de lo concreto, como lo había sido el primer tramo de 'La lista de Schindler', cuando meramente narra con modélica precisión la ascensión socio económica del arribista Schindler. Posteriormente, cuando introduce la mirada moral, ambas películas se hunden en la reiteración de lo maniqueo. Sus trayectos dramáticos son rudimentarios, en la distinción rígida de unos y otros, héroes o víctimas y villanos, hasta la infame manipulación de sus conclusiones para soliviantar nuestros peores instintos (el ojo por ojo, el júbilo por la desgracia ajena). .'Salvar al soldado Ryan' se constituye en un maniqueo via crucis donde los sacrificados soldados norteamericanos se enfrentan al inclemente monstruo alemán. El horror proviene de la crueldad de aquellos 'ogros', a los que no sensibilizaba ni siquiera al perdonarles la vida, mientras ellos se entregan a una ejemplar misión en la que se pone en riesgo varias vidas para salvar la del citado soldado(aunque desafortunadamente no se incida, pese a que lo señale uno de los soldados, en el absurdo de tal decisión). Afortunadamente el cine de Spielberg será más sutil y menos infeccioso en su mirada moral en obras excelentes como 'Munich' o 'El puente de los espías'.
La delgada línea roja. La delgada línea roja' (1998), de Terrence Malick, es la antimateria intelectual y emocional de 'Salvar al soldado Ryan'. En una secuencia nuclear, excelsa combinación de movimiento de cámara de acercamiento y movimiento interior a través de la expresión de un soberano actor, Tall (Nick Nolte) contempla a los hombres felices por haber sobrevivido a una nueva batalla. En su rostro se debaten todas esas emociones, en el fondo quisiera ser como Stavros, el hombre que priorizó la vida de sus soldados antes que las ordenes de superiores. La desolación late en su expresión porque no cejará en seguir representando su papel y enviando a los hombres a la muerte. Es un hombre desgarrado, y rendido a su máscara. Este plano es casi como el corazón de la película, el gozne que da paso irreversiblemente a que el corazón de las tinieblas se adueñe de la película y de la vida de estos hombres atrapados en la tela de araña de este bárbaro teatro.¿Se ha visto más dolorosa y desgarrada secuencia de una batalla como la que tiene lugar después, y que significativamente, comienza con los soldados caminando entre la niebla, cuando atacan el poblado donde están los soldados japoneses, y donde la atrocidad y la desesperación no han alcanzado cotas semejantes de intensidad, de un lírismo tan sangrante, como si ya se clamara al cielo un impotente por qué, por qué esta loca ansía de destrucción, donde se ultraja ya sin limites a otro ser humano, llegando a arrancar sus dientes?.Ya no hay salida. Todos aquellos que han querido buscar la armonía, el amor o preocuparse por la vida de los otros, morirán, perderán la luz de un amor, ya no correspondido, o serán retirados del 'tablero de juego', retirados del campo de batalla. El resto es silencio. El silencio de la naturaleza que vibra en las aguas, testigo de la ciega y arrogante inconsecuencia del ser humano.
Jarhead. La tercera parte de 'Jarhead' (2006), de Sam Mendes, enfrenta a la promesa del hecho físico del combate, que es más bien el encuentro con el Acontecimiento más que el deseo en sí de combatir, es dejar la espera y que por fin ocurra algo, pero el acontecimiento es un sinsentido. La distancia de la imagen es distinta a la vivencia del hecho. Si al final de la instrucción, antes de realizar el viaje a Irak, todos jalean con entusiasmo las imágenes del ataque de los helicópteros al son de la valkiria de Wagner en 'Apocalipse now', como inyección en la distancia de enemigo que hay que destruir, la confrontación con el hecho en si lo que revela es precisamente su condición apocaliptica, tiznada de absurdo y nausea. Han sido entrenados para entrar en combate, han sufrido ese vía crucis para tal propósito, y este no se realiza, lo que abunda en el desquiciamiento de su vivencia, porque era eso lo único que les sostenía. Todo queda en la distancia, entre los residuos de ese despropósito. En cambio, son bombardeados por el enemigo, e incluso disparados por aviones del propio ejército que los confunde con iraquíes. Swofford (Jake Gyllenhaal) espera como un acontecimiento, cual bautizo de índole religiosa, ese instante de vivir el combate. Se queda de pie mientras son bombardeados. Mendes, en esta admirable secuencia, realiza un travelling sobre el rostro de Swofford recibiendo la arena sobre su piel, mientras se distorsiona y difumina el sonido. Y descubre que se ha orinado en los pantalones. El miedo brota entre la enajenación. Convulsos momentos que pautan la consciencia de un sinsentido: En su marcha se encontrarán con un cementerio calcinado de coches y cadáveres. Swofford se sentará junto a uno de esos cadáveres en una hondonada y vomita. En el nocturno paisaje, encendido de rojo por las llamas de las torres de petróleo ardiendo, aparece un caballo impregnado de petróleo ante Swofford, el cual queda perfilado como una sombra ante aquellas torres de fuego. El sargento intentará incentivarle contándole porque se siente satisfecho con su vida en el ejercito y no añora las comodidades del hogar, pero su discurso integrador colisiona con la mudez y la mirada ajena de Swofford que ya no cree en el supuesto papel o cometido que debían realizar.
En tierra hostil. El sargento James (un excelente Jeremy Renner) es un desactivador de bombas. Habría que remontarse a 1959, con la interesante 'Ten seconds to hell', de Robert Aldrich, para pensar en una obra centrada en tan tensa dedicación como la de los artificieros ( en aquel caso alemanes). La singularidad de James es que tal acción la desarrolla con un desapegado estoicismo, y hasta desprecio de las normas de ejecución, que exaspera a algún compañero de su equipo. Claro que no todo es lo que parece, y lo pone en evidencia su relación con un niño irakí. La secuencia en que cree que es el que han asesinado para colocarle una bomba en su interior que él tiene que desactivar descosiendo la sutura en la piel de su vientre, es de lo más elocuente. Una contundente secuencia que define al personaje, que se resiste a simplemente explosionarla.
El francotirador. No deja de ser elocuente que en el climax amenace una tormenta del desierto (así fue calificada la primera operación bélica en Irak, La guerra del Golfo entre 1990 y 1991), que difuminará la percepción de las figuras en la nube de polvo. Será en esa secuencia cuando Kyle (Bradley Cooper) tome consciencia de que, efectivamente, debe volver a casa. Siente, por fin, que quiere volver a casa, como si recobrara su mirada, como si despertara de un sueño, o de un estado enajenado de mirada difuminada. Y para ello ha tenido que eliminar a su propio reflejo, el francotirador enemigo o rival. Esta conclusión se diferencia notoriamente, por sus sutiles matices, de la conclusión de 'Corazones de acero' (que vanagloria al soldado patrio frente a las huestes enemigas de superior número). Son asediados por los soldados irakíes apostados en una azotea, como si se equiparara esta con las torres gemelas. En ese instante, entre lágrimas, Kyle llama a su esposa para decirle que quiere volver. Y antes de ser recogido por sus compañeros, cuando ya no se distinguen las figuras entre la tormenta de polvo (cuando él ya ha comenzado a clarear su mirada), pierde el arma. Su padre le dijo que nunca la dejara atrás, y esta vez la deja, o la pierde cuando intenta salvar su vida. La cámara realiza un travelling de acercamiento hacia ese arma, como si fuera el travelling de acercamiento hacia una mirada que deja atrás, la mirada de la distancia del francotirador, la mirada que daba círculos alrededor de sí misma, la mirada que no sabía volver. La transición, el posterior plano es extraordinario, una de las más admirables ideas de puesta en escena de la filmografía de Eastwood. No hay transición clara, sino difusa. Un plano general de Kyle en un bar. Una figura solitaria en un bar de escasa luz con poca presencia humana alrededor. Parece un limbo. Su esposa le llama, y él le dice que está 'aquí'. Ha vuelto, está en Estados Unidos, pero aún está en un espacio intermedio. No ha podido dirigirse directamente a la casa, porque le cuesta cambiar de realidad. Las lágrimas le superan: la mirada ya no puede mirar sólo desde la distancia (donde el otro es mera representación).