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viernes, 24 de mayo de 2024

El empleo del tiempo

 

¿En qué empleamos el tiempo cuando se nos despide de la vida programada? El tiempo se aparca, es fisura de desplazamientos, que será rellenado con otras imposturas que restituyan la circunstancia de haber dejado de ser actor en el escenario laboral. Quien es parte de una impostura no puede dejar de ser un actor en una representación aunque ya no sea parte de ella. Debe, necesita, proyectar, a los demás, en especial, sus seres más cercanos, su familia, que (el escenario de) la realidad no ha variado. No puede sentir que ha sufrido una avería, que ya no sea percibido como era percibido. No puede sentir en la mirada de los otros su fracaso, que simplemente ya no es. ¿Qué eres si dejas de ser una pieza funcional en un sistema? El empleo del tiempo (L'emploi du temps, 2001), de Laurent Cantet, con guion de Cantet y Robin Campillo, es una sobrecogedora obra maestra. Es una de las tres obras inspiradas en un suceso real, acaecido en 1993. Jean Claude Romand mató a su esposa, sus dos hijos, de cinco y siete años, y sus padres, porque no quería que descubrieran que, durante dieciocho años, su vida era una impostura. No era, como decía, un médico que ocupaba un alto cargo en la Organización mundial de la salud. De hecho, ni había finalizado la carrera. Su sustento provenía de estafas de inversión y venta de falsos fármacos contra el cáncer. Emmanuel Carrere escribió una novela inspirado en él, El adversario (2000), que fue adaptada al cine, dirigida por Nicole GarcÍa, en el 2002. Las otras dos películas se desmarcan más en su argumento, al menos de su vertiente criminal, tanto la española La vida de nadie (2002), de Eduard Cortés como El empleo del tiempo. Ambas mantienen el substrato de la vida como impostura, cómo se puede mantener una mentira durante un largo tiempo. Una extrema expresión de la idea de somos como nos presentamos a los demás. Puedes vivir una mentira, actor inconsciente, convencido de que la realidad es lo que aparenta (como debe) ser, sobre lo que ironizaba El show de Truman (1998), o de modo intencional, tramar tu vida sobre la escenificación.

En El empleo del tiempo, se comienza con un primer movimiento: el cuerpo ausente que hace creer a su familia, su esposa, que nada ha variado. Entre las llamadas que realiza narrándole acciones, reuniones, que no realiza, Vincent (Aurelien Recoing), es un hombre que, mientras conduce, compite con un tren a ver si llega antes a un cruce, o que canta la canción que escucha en su casete. No hace nada pero hace creer a su esposa, Muriel (Karin Viard), que no deja de hacer cosas que impide que pueda ir a casa todas las noches. Ya esa carrera con el tren define su carácter competitivo, cómo no ha recurrido siquiera al subsidio de desempleo, aunque eso le sitúe en una posición de carencia de ingresos, porque no quiere reconocer, compartir, que ha sido despedido de su trabajo. Es incapaz de reconocerlo a sus allegados, e incluso se inventa un falso empleo mientras se desplaza en el vacío. Convierte su vida en una sucesión de mentiras, de desplazamientos que hace en función de un nuevo trabajo que no tiene, o de trapicheos con los que busca engañar a conocidos para financiarse su falta de empleo. Pide a su padre un préstamo de doscientos mil francos, llega a reconocer que dejó su trabajo hace un mes (no que fue despedido de esa consultoría en la que llevaba trabajando once años) y que está en conversaciones para conseguir otro empleo. Su segundo movimiento de representación será más sofisticado, urdir un fraude de inversiones, de acuerdo al esquema Ponzi, esto es, hacer creer que se realizan unas inversiones pero realmente el planteamiento es poder pagar a los primeros inversores con el dinero de los nuevos inversores. Esa representación implica, en primer lugar, sentirse parte del tipo de empresa, para lo que se paseara por sus instalaciones como si fuera alguien que acude a su cita. Lo importante es adoptar un lenguaje, una terminología, con la que hacer creer a los inversores que sabe de lo que habla. En varias ocasiones, será echado, sea de las instalaciones de la empresa (donde se había quedado una hora) o de un parking en el que se queda a dormir, por vigilantes.

Los imprevistos empezarán a desestabilizar su proyecto, su escenificación, al disponer de más aspirantes a la inversión de lo que esperaba, un amigo del amigo al que primero se lo plantea, o un amigo con el que se reencuentra, lo cual acentúa sus cargos de conciencia. Por añadidura, hay quien advierte lo que realiza porque él mismo basa su vida en la escenificación, el fingimiento o disimulo. Jean Michel (Sergei Livrozet) se dedica al tráfico ilegal de mercancías. Pero advierte que el plan de Vincent se sostiene sobre cimientos débiles. Será más bien Vincent quien comenzará a trabajar con él en la tarea del tráfico ilegal, lo que le permitirá conseguir cierto dinero. Se convierte en el reflejo distorsionado de su labor como empleado legal, en una posición de prestigio. Un agente económico ahora en el escenario no visible, sin prestigio, de la ilegalidad. Pero también pieza de un proceso o engranaje económico. La vida como sistema de intercambio y venta de mercancías tangibles o no tangibles. El valor expresivo de esta obra está en su trabajo del tiempo, ese desplazamiento sin dirección (como un actor en pausa tras las bambalinas, a la espera de que vuelva a entrar en el escenario, que es en lo que ha convertido la relación con sus allegados, un teatro de invenciones). En ese no desplazamiento se hace manifiesto cómo esta sociedad se sustenta sobre un tiempo programado. Un guion de vida, con sus rutinas y entramados de caracterizaciones y dinámicas y estrategias, y el valor crucial de la imagen, de lo que proyectas, y cómo te perciben los demás. Es fundamental cómo te perciben los otros, qué idea tienen de ti. En el trabajo de los espacios, del color, de las materias se ahonda en el reflejo de un mundo deshabitado, gélido y nublado, un mundo de cristal donde la emoción se ahoga. Una tramoya de imposturas que se revela trampa, como un espacio nevado donde se revela la pérdida en la que se define unas formas de vida (en un espacio nevado dispone de una casa en la que se oculta). Las emociones se desvanecen, se difuminan, anuladas por el entorno, convertidas en simulacros, en cuerpos que son ficciones, imposturas. Desaparición, los espacios indiferenciados. No hay realidad más allá de la vida ritualizada en los compartimentos establecidos de hogar y empresa. Cuando una de las ruedas del engranaje se quiebra, el autómata no sabe cómo emplear su tiempo, cómo presentarse a los demás. Se quiebra, avería, realmente, por la vergüenza de no ser (sentirse) una función más y no proyectar la imagen que (se) supone debe proyectar. Hasta que la mentira se desvela y el escenario de simulación legitimado se restituye cuando retorne al escenario de dinámica laboral como aspirante a un puesto de empleo.

martes, 3 de enero de 2023

Mis 10 películas preferidas del 2022

 

1. Memoria, de Apichatpong Weerasethakul

2. Benediction, de Terence Davies
3. París, Distrito 13, de Jacques Audiard
4. Mantícora, de Carlos Vermut
5. Despidiendo a Yang, de Kogonada
6. La chica y la araña, de  Ramon & Silvan Zurcher
7. Mr. Wain, de Will Sharpe
8. Arthur Rambo, de Laurent Cantet
9. Sundown, de Michel Franco
Un año, una noche, de Isaki Lacuesta

miércoles, 2 de marzo de 2022

Mis textos en Dirigido por nº Marzo 2022


 En Dirigido por nº Marzo mis textos sobre Arthur Rambo, de Laurent Cantet, A tiempo completo, de Eric Gravel, Código emperador, de Jorge Coira, BigBug, de Jean Pierre Jeunet y las series Reacher y Feria: la luz más oscura

domingo, 8 de julio de 2018

Lo mejor del semestre 1º 2018

10. Amante por un día, Philippe Garrel. Alt: 1945 (Ferenc Torok, Lean on Pete (Andrew Haigh), Los hambrientos (Robin Aubert), Custodia compartida (Xavier Legrand.
9. El taller de escritura, Laurent Cantet
8.Lucky, John Carroll Lynch
7. Hannah, Andrea Callaoro
6. Caras y lugares, Agnes Varda y JR
5. Call me by your name, Luca Guadagnino
4. El museo de las maravillas, Todd Haynes
3. El hilo invisible, Paul Thomas Anderson
2. Annihilation, Alex Garland
1. Una, Benedict Andrews.
Mejor actriz: 1. Frances McDormand (Tres anuncios en las afueras). 2 Charlotte Rampling (Hannah). 3. Rachel McAdams (Disobedience). 4. Rooney Mara (Una). 5. Marina Fois (El taller de la escritura). Alt: Melanie Thierry (Marguerite Duras. París 1944), Margot Robbie (Yo Tonya).
Mejor actor: 1. Chris Plummer (Lean on Pete). 2. Ben Mendelsohn (Una). 3.Harry Dean Stanton (Lucky). 4. Daniel Day Lewis (EL hilo invisible). 5. Denis Menochet (Custodia compartida). Alt: Woody Harrelson (Tres anuncios en las afueras), Steve Carell (La última bandera).
Mejor guión: 1. El hilo invisible (Paul Thomas Anderson). 2. Call me by your name (James Ivory). 3. Una (David Harrower). 4. 1945 (Gábor T. Szántó, Ferenc Török). 5. El taller de la escritura (Laurent Cantet, Robin Campillo). Alt: Hannah (Andrea Pallaoro, Orlando Tirado), Lucky (Logan Sparks, Drago Sumonja)
Mejor dirección fotográfica: 1. El museo de las maravillas (Edward Lachman). 2. Hannah (Chayse Irvin). 3. Amante por un día (Renato Berta). 4. Disobedience (Danny Cohen). 5. Yo, Tonya (Nicolas Karakatsanis). Alt: Sin amor (Mikhail Krichman), Heartstone. Corazones de piedra (Sturla Brandth Grøvlen)
Mejor montaje: 1. Una (Nick Fenton).2. Hannah (Paola Freddi). 3. Los hambrientos (Francis Cloutier) 4. Aniquilación (Barney Pilling). 5. Lucky (Robert Gajic). Alt: 1945 (Bela Barsi), El hilo invisible (Dylan Tichenor), Call me by your name (Walter Fasano).
Mejor banda sonora: 1. Jonny Greenwood (El hilo invisible). 2. Aniquilación: (Geoff Barrow, Ben Salisbury). 3. El museo de las maravillas (Carter Burwell). 4. 1945 (Tibor Szemzö ). 5. Una (Jed Kurzel). Alt: Thelma (Ola Flottum), Loving Vincent (Clint Mansell)

domingo, 20 de mayo de 2018

El taller de escritura

El cuerpo de la realidad. Un guerrero, en un vídeo juego, se desplaza por una montaña y cuando llega a la cima, dispara unas flechas hacia el resplandeciente sol, hacia la distancia. Simplemente, dispara. Un cuerpo, humano, no virtual, flota en el mar, boca arriba. Encuadrado en un plano general, que evidencia distancia. Un rostro, el del chico que flotaba en el agua, Antoine (Matthieu Lucci), mira con inseguridad a su alrededor; parece una mirada que tantea, y que a su vez se siente expuesta. Es un primer plano, en el que se concentran las dos anteriores imágenes. Es un rostro que se tornará pantalla de las proyecciones e interrogantes de los otros. Se encuentra en el taller de literatura que ese día comienza a impartir Olivia (Marina Fois) a un pequeño grupo de jóvenes de alrededor de veinte años. En pocos planos ya se han condensado la circunstancia, y las ideas, o interrogantes, que vertebrarán la narración de El taller de escritura (L'atelier, 2017), de Laurent Cantet.
Antoine se singulariza. Por su propia voluntad, por la distancia que parece interponer. No parece sentirse parte del grupo, o cómodo con esa circunstancia. Cuando ese primer día salen del taller todos corren para coger el autobús, menos él, que en cambio ralentiza el paso. Y también desde la perspectiva de los otros. De modo negativo, para el resto de sus compañeros que, progresivamente, también establecerán su distancia, en cuanto rechazo, debido a los repetidos enfrentamientos durante la elaboración del argumento de la novela que urden entre todos, por comentarios suyos que consideran de índole racista con respecto a sus compañeros de ascendencia árabe. ¿O se deben a su torpeza como intenta matizar él? Para Olivia también se singulariza, pero mientras los compañeros rápidamente establecen una imagen definida de él, para ella se convierte en enigma, interrogante. Considera que efectúa propuestas interesantes con respecto al argumento que crean pero parece que no deja de buscar la provocación. Se encuentra bloqueada con su nueva novela, y se pregunta si indagar en cómo es ese chico, y por qué, puede ser la clave de acceso para encauzar su propia obra. Claro que su aproximación ¿se debe a un real deseo de conocer cómo es o está más bien motivada por interés, como el vampiro que succiona vida ajena meramente para su beneficio, en su caso su novela, como él la achaca?
En la dos primeras imágenes se condensa una escisión, entre lo virtual y lo real, entre la vida proyectada, la fantasías donde el tiempo se destierra y parece infinito, y la aridez de la vida cotidiana, en la que, en cambio, el paso de tiempo se arrastra como una cadena. Y se plantea en diferentes direcciones, en Antoine, con respecto a Antoine, pero también en todos ellos (lo que les une aunque a él le distingan como si no tuviera que ver con ellos). Ya en las primeras conversaciones entre los alumnos algunos de ellos resaltan la falta de acontecimiento, de aventura en sus vidas. No eres un guerrero, sino un cuerpo que flota a la deriva, como una suspensión permanente, en espera de un acontecimiento. El tercer plano de la película, el rostro de Antoine, se constituye en la interrogante nuclear. ¿Quién es Antoine? ¿Cómo siente, cómo mira? Para los otros, primero, y ya únicamente, se convierte en una imagen, un emblema. Es el representante de una mirada xenófoba. Antoine expresa, repetidamente, que a él no le interesa introducir elementos políticos en la trama que debaten, pero será ese aspecto el que, para los otros, lo defina, desde su enquistada percepción. Su alusión al atentado en el Bataclan es el disparadero de ese callejón sin salida en el que quedará atrapado en la consideración de los otros. Se queda atrapado en un nosotros, los xenófobos, del mismo modo que él ha aludido a su compañera de ascendencia árabe como un vosotros. Las representaciones les desenfocan y restringen. En cambio, en sus propuestas argumentales alude a una violencia que no parece tener contexto, como si evidenciara un simple malestar o rechazo, como ese guerrero virtual del plano inicial. Dispara al sol, como quien dispara a una vida insatisfactoria (como él lo hará a la luna con una pistola). Olivia se pregunta quién es ese chico que parece buscar la soledad, que se rodea, por las imágenes que ve en las redes sociales, de amigos que juegan con armas mientras se entintan los rostros con pinturas de camuflaje, y que cuelgan vídeos de políticos de extrema derecha. ¿Es lo que parece, por tanto, un emblema, alguien que se mueve ante todo por esas ideas?
En la narración de El taller de escritura se alternan las secuencias que atienden al progreso de la elaboración del argumento de la novela en las sesiones del taller, por tanto, las perspectivas de los otros, los alumnos y la profesora, los que proyectan o se interrogan sobre Antoine, con pasajes de la vida de Antoine. Es decir, conjuga en la estructura la acción, un personaje definiéndose por sus acciones, y el contrapunto de los que establecen su relato, urden e interpretan, lo convierten en personaje, sea con prontas respuestas (la imagen que ya lo define y cosifica), o con interrogantes (que pueden contener intereses subjetivos más que deseo de discernir). En las secuencias relativas a Antoine, Cantet muestra, y así define a través de unas imágenes a un personaje, más allá de las ideas o las proyecciones o interrogantes con la que se esfuerzan en enfocarle otros. En estas secuencias Cantet recupera la inspiración de su magistral El empleo del tiempo (2001), inspiración que pareció menguar en las irregulares Hacia el sur (2005) o La clase (2008), o en las discretas Foxfire (2012) y Regreso a Ithaca (2014). En El empleo del tiempo Vincent era despedido de su trabajo, pero era incapaz de reconocerlo a sus allegados, por lo que se inventaba un falso empleo mientras se desplazaba en el vacío. Convertía su vida en una sucesión de mentiras, de desplazamientos que hacía supuestamente, cara a los demás, en función de un nuevo trabajo que no tenía, o de trapicheos con los que buscaba engañar a conocidos para financiarse su falta de empleo. El valor de la obra residía en su trabajo del tiempo, ese desplazamiento sin dirección (como un actor en pausa tras las bambalinas a la espera de que vuelva a entrar en el escenario, que es en lo que se había convertido la relación con sus allegados, un teatro de invenciones), en que se hacía manifiesto cómo esta sociedad se sustenta sobre un tiempo programado. Y en la significación expresiva de los espacios, del color, de las materias que ahondan en reflejar un mundo deshabitado, gélido y nublado, un mundo de cristal donde la emoción se ahoga.
En El taller de escritura, Antoine se siente despedido de la vida, o más bien no logra conectar con ella, es un cuerpo entremedias que flota pero no es, que se impregna de su alrededor, aunque no se sienta del todo vinculado, como quien reproduce un repertorio pese a que no esté del todo convencido del mismo. Al fin y al cabo, tantea, tartamudea en su relación con la realidad, tropieza con ella y consigo mismo mientras intenta perfilar esa relación. Por eso tiende a la soledad, a los baños en lugares aislados, en un paisaje rocoso, como así parece para él a la vida, una escurridiza distancia a la que dispara porque siente que se encuentra lejos de cualquier centro. Quizás mucha violencia, como Antoine intenta reflejar en sus sugerencias argumentales, broten del mero aburrimiento, del sentir que no pasa nada en la vida, de sentirse distancia, ausencia, virtualidad por mucho que se ejerciten los abdominales para recordarse que es cuerpo. Antoine es como un actor en pausa en un espacio luminoso que quema y difumina los contornos. Un actor que busca su voz mientras forcejea con sus contradicciones y desconcierto. En las secuencias finales, Antoine concreta cómo se siente en el texto que expone a sus compañeros, y profesora. La respuesta es la mirada que se encoge porque ha sido incapaz de realmente discernir al otro, emborronados por las proyecciones de esquemáticas representaciones o por la mera absorción interesada de quien se nutre de los otros como si fueran funciones. En suma, el otro antes imagen que cuerpo, ficción que singularidad. Somos los relatos que nos hacemos de la realidad y de los otros. Y esa puede ser nuestra condena. La condena de los límites y filtros que interponemos en nuestra relación con la realidad.

viernes, 19 de enero de 2018

120 pulsaciones por minuto

Cuando las palabras son cuerpos que no quieren dejar de serlo. En 'La resurrección de los muertos' (2003), la opera prima de Robin Campillo, que inspiraría años después una más afinada versión televisiva, 'Les revenants' (2012-15), creada por Fabrice Gobert, 70 millones de muertos durante los diez años previos retornaban a la vida, 13.000 de ellos en la localidad francesa en la que se centra la acción dramática. La adaptación implicaba la recuperación de relaciones interrumpidas, aunque tal posibilidad estuviera empañada por el extrañamiento del desconcierto. Además, lo que se añora, o lo que se perdió, ¿cómo vuelve?¿qué relación hay entre lo que fue y lo que puede ser años después si a los vivos sí les afecta la posibilidad del cambio?¿Qué permanece, en suma?. En su tercera obra, '120 pulsaciones por minuto' (2017), unos vivos forcejean para intentar no ser los muertos anunciados por la contracción del virus que ha contaminado y afectado su cuerpo, el VIH. Dos décadas después retorna a las pantallas un acontecimiento que entre los ochenta y los noventa fue centro de atención mediática y sombra de opresiva influencia en la vida cotidiana, en particular, en la sexual (y que ya durante este siglo ha sido orillada, o relegada al olvido mediático, porque su pervivencia o amenaza acontece principalmente en Africa). Un acontecimiento, por otro lado, que implicó, en principio, que la homosexualidad se encontrara en el centro escénico del huracán, no sólo como víctima física sino como víctima del estigma de transmisor, como si fuera el exclusivo coto de propagación y padecimiento (cuando en Africa, por ejemplo, la predominante vía de transmisión ha sido heterosexual: es decir, en un caso u otro, por la no utilización de protección sexual).
La narración de '120 pulsaciones por minuto' se centra en el grupo activista gay ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power/Coalición del sida para desatar el poder), que se gestó en Francia en 1989, dos años después que en Nueva York, y del que formaron parte el propio director, y el coguionista. Philippe Mangeot. Su propósito: sacudir la indiferencia y paliar la ignorancia de instituciones y sociedad, para que se tomara consciencia de la real condición de la enfermedad (los diferentes modos de transmisión y sus principales afectados), se le dedicara la atención necesaria, se ejecutaran las pertinentes medidas de prevención, y se aplicara el adecuado tratamiento: al respecto, principalmente, combatieron el que consideraban erróneo o negligente enfoque de las empresas farmacéuticas (así como reclamaban que se reconociera a los enfermos como interlocutores legítimos).
Sus reuniones y debates, así como sus manifestaciones y actividades de protesta, se ven puntuadas por transiciones en las que sus integrantes bailan en la penumbra de luces estroboscópicas de una pista de baile, como cuerpos que no quisieran dejar de latir, que quisieran seguir siendo cuerpos en movimiento, como si sus contorsiones de baile fueran los espasmos de quienes, por ser seropositivos, sienten que su vida está amenazada por una muerte anunciada. Sus palabras y propósitos, reflejo de una condición colectiva, que no es sino el sublevado y rabioso, pero también desesperado, intento de contener la amenaza de una muerte que puede ser inminente, como una espada de Damocles que se cierne sobre ellos, encuentra su reflejo específico, singularizado, en una relación que se gesta y se consolida, y que se verá truncada precisamente cuando uno de ellos muere por la enfermedad. Dos cuerpos que entre sí contrastan, el bullicioso Nathan (Arnaud Valois) y el calmo Sean (Nahuel Pérez Biscayart). Sus cuerpos entregados al sexo se tornarán cuerpo sustraído de energía y dominado por las llagas y pústulas, cuerpo sin aliento al que el otro cuerpo, abatido por el lamento, viste por última vez, como lo hizo el propio Campillo con un novio.
Se podría considerar '120 pulsaciones por minutos' como un ejemplo de cine asambleario, ya que buena parte de su metraje se centra en los debates del grupo activista. Aunque estilísticamente, más que de la rutinaria y desmañada 'Tierra y libertad' (1995), de Ken Loach, esté más cerca de una obra de la que Campillo fue guionista, 'La clase' (2008), de Laurent Cantet, por su vivaz montaje, que intenta causar la impresión de realidad captada al vuelo, como si no fueran personajes sino personas cualquiera, y a la vez representativas, por eso no se ahonda particularmente en la caracterización de los personajes. Resulta más una narración arquetípica, en la que se dota más relevancia al conjunto, a la condición de colectivo, en el que las singularidades adquieren una puntual condición emblemática (el primero cuya enfermedad se agrava, y fallece; la relación sentimental entre dos de los componentes). En este sentido, ante todo, son sombras indiferenciadas, como las que bailan en la oscuridad, entre luces espasmódicas, que a su vez conforman un cuerpo, miembros de un conjunto. Claro que la cohesión narrativa se resiente de ese delicado equilibrio entre conjunto y singularidad, dando como resultado una narración descompensada e irregular, que se espesa en el bucle de la reiteración, aunque se propulse, de modo pasajero, sea con las mismas transiciones (valga la paradoja) o con la intensidad que sí brota en los pasajes finales de convalecencia y muerte, como si fuera el electrochoque que reanimara una narración cortocircuitada por una excesiva duración que propicia que deje en evidencia unas costuras de construcción narrativa y dramática no tan firmes y sí más bien redundantes.