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miércoles, 30 de mayo de 2012
Erwin Kermorvant - Les lyonnais
La hermosa banda sonora de Erwin Kermovant no deja de ser un ajustado reflejo de la (tonificante) intensidad de 'Les lyonnais' (2012), de Olivier Marchal. Curiosa, o casualmente, varias producciones francesas han sido los estrenos más estimulantes de estos dos últimos meses (quitando alguna periférica producción estadounidense, como 'Martha Marcy May Marlene' o 'Take shelter'). Súmese a esta estimulante obra, 'Adiós a la reina' de Benoit Jacquot y, sobre todo, 'Un amour de jeunesse' de Mia Hansen Love (sin olvidar el previo estreno tardío de 'Las malas hierbas' de Alain Resnais), y aunque no me parece que superen la discreción, hay que mencionar las agradables propuestas no carentes de interés de 'Intocable' o 'Las nieves del Kilimanjaro'. Aparte, es la constatación, una vez más, de la notoria superioridad de la producción de nuestro país vecino con respecto a la de aquí. Y, por último, dado cómo está de extendida la consideración de que es mucho más saludable el estado de las producciones televisivas que el de las cinematográficas (cuando menos de habla inglesa), parece que Francia escapa a ese diagnóstico.
jueves, 19 de abril de 2012
Les Lyonnais
Hay una remarcable sintonía entre el cine de Michael Mann y Olivier Marchal (en especial, en su forma de abordar el thriller), que se enfatiza con la coincidencia de abordar la actividad de bandas armadas de delincuentes en sus últimas obras (sin esconder su simpatía por tales figuras, más que por los representantes del orden). La de Michael Mann, 'Enemigos públicos' (2010) se centraba en la actividad gangsteril, en los años 20, con la figura de Dillinger como foco central. La de Olivier Marchal, 'Les lyonnais' (2012), se centra en la de los que formaron la banda de atracadores de 'Los lioneses' a principio de los años 70, hasta que fueron capturados al de 4 años. Los 70, precisamente, es una década que ha marcado a ambos; su cine transpira los modos del contundente y sobrio thriller de aquella década, condimentando con un montaje percutante, y las sombras rugosas sobre las que se desliza su arco dramático. Añádase que en 'Les lyonnais' vibra el aliento peckinpahniano de la amistad, de las lealtades y traiciones, del peso del pasado, de la erosión de tiempo ( y sus transformaciones).
'Les Lyonnais' es un impecable thriller que transita sobre unos patrones narrativos y dramaturgicos ortodoxos, bien reconocible, como se podía apreciar en los excelentes thrillers de James Gray, sostenidos por el influjo manifiesto de construcciones dramáticas de aquella década (cfr. El padrino), pero ambos lo transcienden con su dominio de la puesta en escena, con su ingenio, con su hondura emocional. Y en esto es capital su forma de excepcional forma de iniciar la obra, que marca el resto de la narración como un tizón ardiendo, como unas brasas emocionales de las que no se desprenderá ni en su admirable plano final ( que tan afinadamente juega con el fuera de campo). En la secuencia inicial se nos presenta a Edmond 'Momon' Vidal (Georges Lanvin), en una terraza de un pueblo costero. Su rostro refleja tanto cansancio y pesadumbre, como determinación (esa estirpe del hombre de pocas palabras que condensa en su gesto,en su semblante, toda una actitud vital, como la gravidez de la arrugas interiores de la consciencia que ha dado el paso del tiempo). Su voz 'en off' expresa cómo del pasado no te puedes desprender, cómo marca y pesa, y cómo ignoras cuando eres joven lo que realmente esla vida. Un plano de Momon, ahora joven, encarnado por Dimitri Storoge, en una discoteca, con cambio de eje con respecto al del presente, ya condensa ese grito interior, ese desgarro, esa escisión entre tiempos, que además constata que las sombras del presente tiene sus raices en el pasado. La narrativa combina los dos tiempos. Ese presente, en el que se detona el pasado (su evocación, su despertar), desde el momento en que tiene constancia de que su amigo Serge (Tcheky Karyo),al que no ve desde hace 13 años, ha sido apresado por la policía, y que plantea la interrogante de qué hacer por el aigo cuando se ha abandonado la actividad delictiva desde hace varias décadas.
Si ese presente está dominado por la luz fría, sombría, los ecos del pasado, las intermitenes secuencias que narran las actividades de 'Los lioneses' tienen un tono ambarino, como un fósil que ha vuelto a despertar el pasado del que no se puede librar, como una maldición. La capacidad de Marchal para las escenas de acción, violenta, es tan imponente como la de Mann. Véase el asalto al hospital para liberar a Serge, o en el pasado, el dominio del montaje secuencial con la sucesión de escenas en las que Momony sus compañeros eliminan a los componentes de la banda, de la que eran parte, y cuyo jefe había ordenado que le mataran a Momon por querer independizarse. O la aún más sintética en la que se encadenan lo diversos golpes que realizaron exitosamente. O apuntes mordaces como que el desencadenante, o primer eslabón, de su carrera como delincuentes, de Momon y Serge, fuera porque les condenaran a seis meses de carcel por robar una caja de cerezas. Marchal hilvana admmirablemente, con la inestimable aportación de la música de Erwant Kermorvant, la efusión emocional de esa interconexión de tiempos, de esa herida que nunca se cicatrizó del todo. No deja de ser afortunada idea que ese plano inicial del presente sea el momento en el que ya ha tomado consciencia que es irreversible el poder evitar que se desencadene de nuevo más tragedia, más perdidas, el momento en el que está determinado a de nuevo manchar sus manos de sangre, ese presente 'manchado' (el que se nos narrará) que ya es pasado, como el de décadas atrás, su raíz podrida, de la que no te puede librar que retorne, por mucho que uno quiera poder vivir en la integridad. Ese que podrá desaparecer en fuera de campo, en el plano final, porque siempre ha estado ahí como un fuera de campo, fuera de foco, pero pendiendo como una espada de Damocles.
sábado, 7 de mayo de 2011
MR 73
En un estado de periferia vital vive Louis (un excepcional Daniel Auteuil), el policía protagonista de esta magnifica muestra de neothriller que es 'MR 73' (2008), de Olivier Marchal, de belleza afilada y tenebrosa, y subterránea emoción doliente. Sus refinadas imágenes alientan una inmersión en lo siniestro. Pero poco tiene que ver con esa reciente corriente del cine francés, con títulos como 'Los ríos de color púrpura' (2000), de Matthieu Kassovitz o 'El imperio de los lobos'(2005), de Chris Nahon, que hacía de la estética de lo siniestro su superficial seña, en una mixtura de géneros del thriller y el terror, en la senda abierta ya hace una década por 'Seven' (1995), de David Fincher.
Su espiritu pudiera considerse heredero de aquella variante del cine negro, denominada polar, que durante los 60 y los 70, instauró una nueva mirada sobre el género, con tan variados cineastas como Jacques Deray, Henry Verneuil, Jose Giovanni, Alain Corneau o Jean Pierre Melville, entre otros. Y que tanto, por otra parte, influyó en el nihilista thriller norteamericano de los 70, como a cineastas como John Woo, Quentin Tarantino o Michael Mann. Pero el estilo de Marchal está lejos, por ejemplo, del impersonal y funcional estilo del Verneuil de 'El clan de los sicilianos' (1969), como del rugoso y complejo ascetismo, cual caligrafía oriental que hace del mínimo trazo densa escritura, del cine de Melville. Aunque, sobre todo en 'Mr 73', pudiera sentirse su ceremonial espectro de dolientes texturas, en especial, en cómo carga en las sombras y gestos el peso de un pasado. O cómo hacer de la narración punta de un iceberg de rasgadas emociones contenidas que se palpan en los cuerpos y las acciones.
El estilo de Marchal puede estar más cercano de un cineasta que admira, Michael Mann, en quien, en obras como 'Heat' (1995) o 'Collateral' (2003) se advierte con claridad esa deuda estética del cine de Melville. Personajes que parecen sombras, en una tierra intermedia. De hecho, Marchal reconoce la influencia de la primera en su segunda obra ( y primera estrenada en España), 'Asuntos pendientes' (2003). Aunque, a mi parecer, no tan sujeta, o lastrada en parte, por ciertos amaneramientos visuales, de raigambre publicitaria, como ocurría en 'Heat', en donde, en ocasiones aquel ascetismo melvilleano se convertía en pose y afectaba a su cuerpo dramático. Algo que se delinea con más sustancia en 'Asuntos pendientes', y aplicando como buen alumno el vigor y contundencia física de las secuencias de acción de 'Heat', la principal virtud de ésta.
En ese sentido de sobria y muscular sequedad expositiva, pudiera estar más cerca de un cineasta cuya trayectoria desde los 60 ha dado variadas y brillantes muestras en el género, como John Frankenheimer, y como ejemplo, entre sus últimas obras, las muy apreciables 'Ronin'(1988) u 'Operación reno' (2002). La tenebrosidad patente y subterránea de 'Mr 73' pudiera equipararse con la de la obra maestra de Mann, 'Collateral', entreverada con la fracturada estructura y emoción de esa prodigiosa obra que es 'Los ladrones' (1998) de André Techiné, la cual coincide en disponer de otras de las grandes creaciones de este admirable actor que es Daniel Auteuil, el cual, en 'Mr 73, vuelve a componer uno de los personajes más complejos y fascinantes de las últimas décadas con ese sabio dominio actoral del menos es más.
Marchal reconocía que una de las influencias en 'Asuntos pendientes' es el espiritu de la obra de Alexandre Dumas, 'El conde de Montecristo'. Algo que se advierte en sus primeros planos, uno general de una prisión, y otro de alguien yaciendo entre sombras en el catre de su celda, mientras escuchamos sus lamentos. Pronto sabremos que es un ex policía Klein (Daniel Auteuil). Y el por qué, qué trama de conspiraciones y traiciones, le han llevado hasta esa circunstancia. Marchal nos introduce en el pasado, sin que sea propiamente un flashback, a través de dos acciones paralelas que ya definen en sí la contrapuestas corrientes que se dirimen, y colisionan, en la enmarañada trama.
Por un lado, un atraco a un furgón, narrado con expeditiva energía, y por otro, la celebración de una despedida, el retiro del mejor amigo de Klein. Y el tercer elemento, que enhebra o enturbia y confunde los dos espacios, el de la delincuencia y la ley, o el caos y el orden, la traición y la fidelidad, que no es otro que el personaje de Vebris (Gerard Depardieu) con quien Klein y su amigo se encuentran en el lugar donde se ha producido el golpe. Vebris es un personaje que hace del arribismo ajuste de cuentas con su frustración. De su deseo por la esposa de Klein, y de su envidia por carecer de las cualidades de éste, quien además no posee la ambición, incluso aunque se la ofrezcan, de ascender a comisario jefe. Algo que Vebris anhela, como autoafirmación, ya que vitalmente es un personaje amargado y desvitalizado (bien sugerido en sus relaciones con su esposa). Y, por ello, interferirá, y conspirará, todo lo que pueda para anular, y destruir a su competidor.
Marchal, en 'MR 73', recurre de nuevo a una introducción contundente ( en la proverbial senda que Samuel Fuller procuraba aplicar en sus films sacudiendo al espectador desde la primera secuencia) como a la combinación en montaje alterno de secuencias con personajes sin aparente conexión cuyo enlace, en este caso, tardaremos más en descubrir su interrelación. Esa incertidumbre enriquece la turbadora atmósfera, ya que Marchal pauta con esquinada eficacia unas texturas que atienden, ante todo, a un clima emocional, al estado periferico de las emociones de unos personajes, desgarrados por una sensación de orfandad, presos de un pasado doliente que tienen adherido a su piel y del que aún no se pueden desprender, y de un futuro que parece marcado por ese pasado fantasmal que se resiste a desaparecer y ante al que hay que enfrentarse para recobrar la condición de seres presentes.
Justine (Olive Bonamy) aún no ha superado la muerte violenta de su madre y su padre veinticino años atrás a manos de Subra (Philipe Nahon) quien ahora va a salir de la carcel tras convencer a las autoridades de la prisión de que se ha reformado. Justine no lo tiene tan claro. Y nosotros tampoco cuando somos téstigos de cómo reacciona Subra ante un molesto nuevo compañero de celda. Louis nos es presentado sumido en el alcohol y creando una tensa situación en un autobús cuando a punta de pistola fuerza al conductor a que siga sus indicaciones, y hasta propiciando una acción policial cuando piensan que ha secuestrado el autobús. Louis se siente en un estado vital en donde parece que ha superado sus límites de resistencia, y el desamparo le desborda. Su esposa yace en coma en el hospital. Su vida parece que está a punto de entrar en ese coma.
En este universo de sombrías intemperies vitales huérfanas, de madres violadas y asesinadas o esposas agonizantes,no deja de haber una perversa rima poética en que Louis investigue unos crímenes cuyas víctimas son mujeres salvajemente ultrajadas. Y que en cada caso Louis advierta que todas tenían mascotas, y, detalle que bien define al personaje, se preocupe de buscar un hogar para todas ellas, para sorpresa de sus insensibles, y corruptos, compañeros, e, incluso, adoptando un gato. Marchal teje un áspero y vigoroso thriller, evitando cualquier enfásis o amaneramiento formal, haciendo de lo siniestro cuerpo, temblor y turbación, y emoción que se debate buscando la luminosa armonía que no parece hallarse en un mundo corrupto y violento.
Louis es un hombre que se siente fuera de su tiempo, como si perteneciera a una época pasada, como el arma cuyo nombre da título al film, que se usaba en décadas anteriores. Como si su tiempo ya hubiera pasado. Es un hombre que mira a lo que le rodea con una mirada que no encuentra reflejo en su entorno, como las gafas que porta, cuyas lentes tienen una tonalidad inusual. Es su seña de distinción. Por eso no entiende que una compañera, de la que aprecia su sensibilidad, se sienta atraida por uno de los farrucos policías corruptos. Sí, es un hombre cansado, en el filo de caer en las simas de la apatía o la desesperación, pero resurge porque aún es capaz de sacar aliento de su talante de protector, que no es sino el reflejo de alguien que de verdad se preocupa por los demás. Porque los fantasmas de la atávica condición violenta del ser humano siempre vuelven. Como Subra, a quién Louis detuvo entonces. No hay que bajar la guardia, aunque se pierda pie, porque sino la oscuridad, o la tenebrosa indiferencia, nos devora.
'MR 73' (2008) es una esplendida obra de Olivier Marchal, que recupera el fulgor del 'Polar' de antaño, en el que brilló especialmente Jean Pierre Melville. Una obra tenebrosa, de la que es reflejo el tratamiento lumínico y cromático de Denis Rouden, que hace cuerpo de este descenso a las tinieblas, con un gran personaje como centro, el que encarna magistralmente el gran Daniel Auteuil.
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