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lunes, 24 de agosto de 2015

Mientras seamos jóvenes

La sombra de Woody Allen es alargada aunque él sea más bien menudo. El cine se constituye, y más con el tiempo, de reflejos, pero a veces son un tanto deslucidos. En 'Y tú de repente' (Trainwreck, 2015), de Judd Apatow se reutiliza una imagen icónica del cine de Allen, la pareja sentada en el banco frente al puente (Queensboro bridge), de la película 'Manhattan' (1979). El gag, ella realiza una felación, define el trazo grueso de la película, y la imagen que remite a otra imagen define la sobreabundancia de referencias ( a series, películas) que surcan su desarrollo narrativo porque una parte consustancial de la relación con la vida (cada vez más virtualizada) es referencial (y el espectador y el creador cada vez confluyen más, o este remarca cada vez más que lo ha sido), y la referencia, la imagen que remite a imagen, deriva en una oda a la convención. En cambio, hay reflejos que al menos son más indirectos, porque se buscan otros ángulos, y plantean una reflexión sobre la misma condición de la realidad como dinámica de reflejos, sobre la falsificación y la autenticidad en nuestra sociedad. En 'Mientras seamos jóvenes' (While we're young, 2014), de Noah Baumbach, Josh (Ben Stiller), el protagonista realiza un documental, como lo hacía el personaje de Woody Allen en 'Delitos y faltas' (1989). En'Hannah y sus hermanas' (1986) el protagonista se preocupaba sobre su muerte que ya cree probable e inminente, cuando teme sufrir un cáncer cerebral, en este caso Josh se preocupa por su decadencia, porque ya es alguien con artrosis aunque no imaginara que se podía padecer con cuarenta y cuatro años.
No es la interrupción lo que teme sino el deterioro, y se enfrenta a la consciencia de que ya no es alguien con proyectos, como cuando se es joven, pero aún así es alguien todavía en proyecto, porque lleva grabando y montando ese documental desde hace diez años, un documental sobre un intelectual izquierdista, cuya duración se ha extendido hasta lo disparatado, ya que nada quiere cortar. Josh se ha estancado. No consolidó su carrera creativa tras un primer documental que fue recibido con admiración, un documental que cuestionaba las élites del poder político militar, senda en que quiere seguir desentrañando a través de las reflexiones del intelectual, de modo tan exhaustivo en su búsqueda de la precisa visión de conjunto que se ha visto abocado a la falta de medida, paradójicamente a la imprecisión. Quiere abarcar tanto que se desenfoca en el mismo proceso. Por lo tanto, su vida más bien parece truncada. Está en una circunstancia intermedia, suspensa, entre la consciencia de lo desperdiciado y la obcecación por lo que aún podría generar pero no logra perfilar, entre la indecisión, la indefinición, y el impulso de crear que no ha menguado, aunque dé vueltas alrededor de sí mismo desde hace tiempo. Y esa indefinición aún sigue dominándole como refleja el hecho de que se ciegue con un reflejo, el reflejo de su juventud, la juventud que podría haber sido, porque representa determinación, la que a él parece faltarle, la actitud que sí lleva con decisión a cabo los proyectos.
Y como aún no la ha asumido se ofusca en querer sentirse joven a través de la amistad y complicidad con alguien casi veinte años más joven, Jamie (Adam Driver): un sombrero se convierte en su reflejo objetual, en el fetiche de una ilusión. Porta un sombrero de fieltro como él, e intenta actuar como él, o recuperar la sensación que actúa como él, como alguien que puede generar 'realmente', de que vive de nuevo 'afuera', no en esa reclusión en que se había convertido su relación de pareja con Cornelia (Naomi Watts), una relación satisfactoria pero enquistada en una vida sedentaria de vida hogareña, con escasa vida social, que había determinado que se apartaran de la realidad, como quien se detiene en el arcén. Y Josh se ve entre lo que podría terminar de ser, la pareja de amigos que van a ser padres, como definitivo apuntalamiento de esa estabilidad que parece ya inmovilidad, y lo que aún podría ser, a través esa pareja joven que vive aún en una realidad no perfilada del todo, entre cierto revitalizante caos, aún en proyecto y prueba. Pero todo reflejo puede ser un espejismo, reflejo del propio autoengaño, de lo que se niega a ver en sí mismo para recuperar de verdad una determinación que no sea un sucedáneo, una falsificación, porque ya no es joven fisicamente, y porque debe tomar decisiones con su trabajo, no demorarse más ni quedarse suspendido en un proceso atascado en un bucle. Como con su obra, debe dar a su vida unos cortes que no se atreve a dar, porque la vida, además de generar supone cortar y desprenderse. Aquel reflejo, Jamie, es falso, por eso se enerva cuando descubre que su proyecto de documental, en el que le estaba ayudando, y que había hecho pasar por revelación espontánea, estaba ya predeterminado como una escenificación. J
Jamie es alguien que todo lo graba, un ojo que todo lo mira como si fuera una materia para ficción aunque sea un documental, porque entre documento y ficción se diluyen las fronteras pero no como transgresión e interrogante (como la obra que cuestionara sus límites) sino como confusión y enajenación (la no distinción que hace prevalecer la escenificación o lo ficcionalizable): ya no se distingue cuándo se es 'ser escénico' y cuándo no. Josh se enerva porque Jamie le convierte en parte de una ficción, como otro reflejo más de esta cultura de la virtualización conectada a pantallas (como la mirada adherida a la pantalla de los móviles, emblema ya de nuestro tiempo, como evidencia el bebé dominando con desenvoltura las teclas del móvil en la secuencia de clausura). Pero también se enerva con el reflejo de sí mismo, porque hay en él un exceso de celo en su exigencia de autenticidad que le había hecho perder el paso en la consecución de su labor creativa, y había perdido el foco de la perspectiva, anegado entre abstracciones y ambiciones intelectuales. La realidad no es un plano en potencia, una secuencia posible, ya la ficcionalizamos lo suficiente con nuestras vicisitudes cotidianas que no dejan de ser combinación de dramatizaciones entre lo consciente o lo inconsciente.
La mirada se puede perder en sí misma cuando quiere desentrañar la realidad hasta el último resquicio, como en el otro extremo se puede convertir en un simulador que se relaciona a través de potenciales ficcionalizaciones que parecen reales, documentos, porque la realidad es 'materia de grabación' en potencia, materia y referencia para una escenificación (y ser proyectada, publicada). Y el contacto con lo real se difumina cada vez más porque la mirada se ve abducida de modo más acrecentado por la caverna platónica de las variedades de tamaños de las múltiples pantallas que constituyen una relación con la real cada vez más referencial y virtual. El destino de la experiencia parece ser convertirse en imagen, en la imagen que certifique, o magnifique la vivencia, como ya se piensa en el comentario que se hará en las redes sociales de lo que se vive: nuestra vida es protagonista ante el ojo de una cámara, como los espectadores que saludan a la cámara que recorre el público en un evento deportivo: por un instante son 'visibles', son protagonistas de la vida: la disponibilidad de tantas cámaras amplifica esa posibilidad. Ya muchas veces la propia vivencia se realiza pensando en su posterior representación, en que la grabación que será contemplada por otros, como quien actúa pensando en potenciales espectadores: por lo tanto, la vivencia es una escenificación. Ya se piensa en la vivencia, en la acción, como 'materia' de una 'película' (de su visualización), por lo tanto, lo real se diluye cada vez más con la mediatización.
Y por eso, como se refleja en Y tú de repente, quizá la mujer que no se ajusta al modelo convencional, que no le gusta el deporte e ignora quiénes son las estrellas de la NBA,y folla con muchos hombres, acaba bailando como una cheerleader en una pista de baloncesto para demostrar al hombre que ama que puede adaptarse a la 'pantalla referencial' de su mundo, aunque suene más a capitulación y plegarse al orden establecido de las convenciones que a un proceso de maduración emocional para saber comprometerse con otro. Hay dos comedias en Y tú de repente que no convergen, una cuando aparece en escena Tilda Swinton, y sólo aparece en media docena de escenas, como un soplo de distinción en un marasmo prosaico, una gracia histriónica que remarca la poca inspiración del resto de componentes que son quienes dominan la otra prescindible comedia que suena a refrito de refritos. A Apatow le habían achacado que en sus obras sólo parecía plantear una perspectiva masculina, y sus personajes femeninos definirse por su condición de complementos o pantallas. En este caso, la guionista es mujer, a la vez, la protagonista, Amy Schumer (quien por lo que parece se ha convertido en la nueva esperanza de la comedia estadounidense), pero no difiere mucho de lo visto en anteriores comedias de Apatow. Más de lo mismo, y con mucho sabor rancio. Y nada que ver con la perspectiva femeninas, carente de complacencia por otro lado, de las dos mejores obras de Baumbach, las excelentes Frances Ha (2012), que sí sabe oscilar, a diferencia de la de Apatow, entre la comedia y el drama, co escrita con la protagonista, Greta Gerwig, y Margot en la boda (2007), obra de matriz bergmaniana, con cuya sombra alargada de influencia coincide también con Allen.

miércoles, 2 de octubre de 2013

The bling ring

 photo OIR_resizeraspx2_zps079f3a2d.jpg Hay películas ante las que me siento como un extraterrestre. O me pregunto si lo soy. O si quizá aún no he despertado. No puede ser que tenga yo algún tipo de vínculo con las criaturas que han gestado lo que veo en la pantalla. Me ha pasado recientemente con 'Juerga hasta el fin' (This is the end, 2013), de Seth Rogen y Evan Goldberg. Sentí que, efectivamente, el fin de la especie humana está cerca. Me resulta difícil encontrar algún adjetivo que lo describa, quizá un grito de horror. Aún más agónico porque superaba a la última película del patrón Judd Apatow, 'Si fuera fácil' (2012). Quiere decir que ya son muchos, que se propagan y extienden. Es como si la raza humana se vertiera en el sumidero de la insustancialidad quintaesenciada. Lo peor es que son gente corriente y moliente que se puede encontrar en cualquier rincón del planeta, ahora y hace veinte años cuando yo tenía podía tener su edad. La diferencia es que estos disponen de los suficientes millones para materializar sus caprichos, y que además se los distribuyen por todo el mundo. Cada uno puede realizar lo que le salga de su sistema límbico, pero hay algo apocalíptico en que sensibilidades como estas tengan tanta proyección. O quizás es que soy un extraterrestre y me pierdo algo. Quizá no había suficiente sitio debajo de mi cama para que cupiera la correspondiente vaina y me convirtiera en otra legumbre que se desternilla con el caca pis semen. Y qué casas tienen, entre qué lujos viven, con todos los aparatos últimos modelos. ¿No hay algo aberrante en todo esto o hay que encajarlo como cualquier otro puñetazo al estómago que nos meten los que dominan el escenario económico?. Y cuántos no serían como estos si dispusieran de las mismos recursos económicos. Pero, bueno, son inocuos bufones que se dedican a hacer el ganso, incluso, parece, que a reírse de sí mismos. Es un mundo feo este. O un tanto desorbitado.  photo OIR_resizeraspx8_zps84ab0512.jpg  photo OIR_resizeraspx_zps451505a7.jpg Claro que ¿Por qué va a haber algo obsceno en esa estancia con cientos de zapatos o en esa otra con cientos de joyas en la mansión con decenas de habitaciones de Paris Hilton como nos muestran en 'The bling ring' (2012), de Sofia Coppola?. De algún modo, en esta, las veinteañeras protagonistas (incluido el chico, al que le encanta ponerse zapatos de tacón) son el complemento femenino de los engendros masculinos de 'Juerga hasta el fin' o de la película de Apatow. Entre unas y otra, dos actrices, Leslie Mann, esposa de Apatow, que aquí interpreta a la instructora de cómo saber elegir bien el sueño a realizar y cómo, una de las madres de una de las jóvenes rémoras fetichistas de la ostentación, Nickie, interpretada por Emma Watson, quien se defiende contundente cuando teme una posible amenaza de violación colectiva de los protagonistas de 'Juerga hasta el fin'. A estas chicas les pone la ostentación ( The bling ring, el anillo ostentoso). Si viven cerca de la pantalla, de las mansiones donde habitan las estrellas (Megan Fox, Orlando Bloom o Lindsay Lohan) a las que le gusta vivir en esa inflamación de ostentación, por qué no realizar unas pequeñas dosificadas rapiñas en sus lujosas casas de muñecas ¿Acaso con todo lo que poseen se pueden dar cuenta? Aunque, cierto, como indica el chico, Marc (Israel Broussard), mejor no coger el perro para venderlo, porque la falta de un perro quizá se note algo más.  photo OIR_resizeraspx6_zps4f89583a.jpg Al fin y al cabo, eres joven, quieres sentirte que eres el protagonista de un escenario, que puedes ser inmune (aunque un coche se estrelle contra el tuyo por no mirar por dónde conduces, porque vas un tanto colocada), que puedes disfrutar de todo lo que hay en los escaparates y mostradores si estás acostumbrada a vivir a su lado, además de unas buenas rayas, mientras das algún paso de baile en una discoteca de moda a la que asisten algunas estrellas. Como en 'Spring breakers'(2012), de Harmony Korine, se baila también al ralentí, y también se da la sensación de que los cuerpos desaparecen (el único momento sexualizado es cuando una de ellas se excita al encontrar una pistola, e irrumpe en la habitación de su novia, en plena noche). Son, más bien, perchas o reflejos. Habitan los espejos. No dejan de retratarse con su móvil, espasmo ya de nuestro tiempo de ensimismamientos. Su banalidad se disimula con el maquillaje del glamour, de las ropas y sus complementos. Se sienten complementos, ¿por qué no sentirse la estrella cual grupo salvaje que camina al ralentí por las calles sembradas de tiendas de ropas y complementos?. No tienen muchas inquietudes vitales, así que sólo queda la pasarela, jugar a que eres la de la pantalla, que eres como aquella que es tu idolo, Lindsay Lohan, quien si ve que le gusta una joya de 25 000 dolares, ¿por qué no cogerla?  photo OIR_resizeraspx5_zpsc7c9f9a9.jpg Hay una supuración que va perfilándose como una grieta a medida que progresa la narración. Lo terrible no es que haya celebridades, modelos desde la pantalla dominante, como esa u otras que no tengan limites en la ostentación (casas, aviones, joyas, ropa), símbolo de una cultura predominante, como bien se reflejaba en 'Inside job' (2010), o que exista el fetichista grupito protagonista, todas de buenas familias acomodadas sin ninguna apretura, cual groupies o club de fans, o réplicas y reflejos, sino que en cualquier nivel de la escala social hay muchos y muchas que vivirían, o les gustaría vivir, como esas estrellas. Se aspira a subir de posición, no a transformar una sociedad con desproporcionado desequilibrio en la distribución de riquezas. O si ya posees lo suficiente, por qué no más, si puedes. Sofia Coppola con 'Somewhere', exploraba la inanidad, aunque se encasquilló y acabó poseída por ese vacío que pretendía retratar, que ya se condensaba más que suficiente en la primera secuencia, a la vez metáfora de lo que se convertiría la película, un disco rayado.  photo OIR_resizeraspx4_zps845abc02.jpg 'The bling ring' explora la banalidad. No hay un personaje con un mínimo de sustancia. Y aunque no acabe poseída por la banalidad, tampoco es que logre trascenderla, quedándose en un indefinido medio camino. Parece, en principio, que va a transitar la mordaz sátira, con ese comienzo en el que Nicki, tras haber sido detenida, declara que ella ha aprendido mucho de la experiencia, y que quiere dedicarse a las causas de beneficencia e incluso convertirse en líder del país. Pero no acaba de lanzarse del todo a la piscina ácida (pongamos, como podían hacer Billy Wilder en 'Bésame tonto', 1964, o Alexander MacKendrick en 'No hagan olas, 1967), y comienza a tomar desvíos, con la apariencia de incursiones en los sombríos abismos de la banalidad. Pero pronto revelan que no son sino inmersiones en las texturas que 'ponen' a Sofia Coppola, cual directora DJ a la que le gusta jugar con planos en el que se privilegia la música, y el resto de la banda de sonido desaparece o se amortigua. Coppola también se ensimisma bastante en las superficies, en las apariencias, y se queda colgada, en suspenso, tan ligera que soplas y se desintegra.  photo OIR_resizeraspx3_zpse9264eaf.jpg Hay, eso sí, algún plano inspirado como ese plano general de la casa iluminada con cristaleras (cual casa de muñecas/pecera) en las que se ve a los protagonistas realizando una de sus incursiones, o esos juegos estructurales en los que se alternan declaraciones posteriores de los componentes del grupo ya detenido, comentando las acciones ya pasadas, pero sin que tampoco se convierta en la necesaria arista sangrante que parece pedir la narración, la cual acaba derivando en una narración cool/guay, en el que algo se sacude la alfombrilla para mostrar las purulencias de tanta vida de pantalla y mentalidades protésicas que no dejan de vivir en un mundo virtual como ya se remarca, como guinda, en el plano final, en el que Nickie, que está relatando su experiencia en la cárcel en un programa televisivo, se dirige a cámara para suministrar la dirección de su página web. Pero realmente no hay dirección. Efectivamente, This is the end.

martes, 26 de febrero de 2013

Si fuera fácil

 photo rudd_40_opt_zps80c9cbd8.jpg Kurtz no había visto nada cuando dijo sus célebres últimas palabras, ‘El horror, el horror’. El corazón de las tinieblas, el apocalipsis ahora, el horror es lo que se ha calificado como ‘la nueva comedia norteamericana’, o más específicamente, ‘Si fuera fácil’ (This is 40, 2012), la última obra de quien ha sido calificado como el reanimador del género (¿Lo está reanimando o rematando?) en la última década, Judd Apatow. Quizá, realmente, está película sea un descarte de la serie ‘American horror story’, y la familia protagonista sean otros espectros que se han propagado por la humanidad apoderándose de todos los hogares. La familia Apatow, pues quienes interpretan a la esposa y a las dos hijas, son su esposa e hijas en la vida real (que tiene trazas de ser una vida de aterradores clichés, ¿ o lo real es una sucesión de clichés?), y él se ha representado en un actor con perpetua apariencia de terso adolescente o maniquí con apariencia humana, Paul Rudd, quizás sean vainas a las que colocaron un humano debajo de la cama, pero no tuvo éxito la ‘posesión’, y ha dado como resultado esta mutación denominada ‘homo convencionalis’ con aliño de escatologifilia y peterpanitis.  photo 121214_MOV_thisis40_opt_zps9083b83d.jpg A Apatow cumplir los cuarenta le ha debido suponer un auténtico cataclismo porque sus neuronas han salido en estampida, y se han chocado, de entrada, con la infausta década de los 80. Y es que parece que se está dando un preocupante retorno a aquellos tiempos de melodramas lacrimógenos de baja estofa a los que se denigraba calificándolos de estrenos tv de pantalla grande, cuando la producción televisiva no gozaba del reverencial reconocimiento que tiene ahora, sino que era símbolo de degradación, aquel tiempo de comedias descerebradas tipo ‘Porky’s’ o de películas de acción con hombres músculo. De hecho, donde se puede rastrear la genuina ‘nueva comedia americana’ es en ciertos trailers, como el de la última y venidera película de Guillermo Del toro, ‘Pacific grim’ (2013), combinación de Mazinger Z + Godzilla + Transformers + Cloverfield, que coincide con la resurrección, en los últimos años, de otros ciborgs con forma humana, que protagonizaban aquellos relatos de demolición en los 80, como Stallone, Schwarzenegger o Bruce Willis, este con una nueva entrega, la quinta, de ‘La jungla de cristal’. Aunque, por si no fuera poco con demoler nuestras neuronas con las andanzas de McLane, inenarrable variante de esa serie parece ese delirio, de próximo estreno, de nombre ‘Olympus has fallen’ (2013) de Antoine Facqua, en el que un agente, encarnado por Gerard Butler, se enfrenta a unos terroristas que han tomado la Casablanca y secuestrado al presidente. Lo dicho, esta es la nueva comedia americana. De risa de puro ridículo, pero, por otro lado, maldita la gracia que hace, porque da miedo ¿Todo esto tiene que ver con algún tipo de rearme de las fuerzas más reaccionarias que cierran filas, aquellas que gestaron, o consolidaron, en aquella década de los ochenta este capitalismo voraz salvaje depredador que se reafirma en sus posiciones haciendo pertinente defensa del orden establecido? ¿De ahí también el resurgimiento, en forma de apología, de los vigilantes o justicieros, como el remake en preparación de ‘El justiciero de la ciudad’, con Willis como posible protagonista, o manifiesto en la recientemente estrenada ‘Gangster squad’ (2012), de Ruben Fleischer, donde se nos vende que en la tierra de las oportunidades todo es maravilloso tras que hayas eliminado la suciedad de los delincuentes. ¿Y dónde encaja en ese panorama apocalíptico esa versión licuada del peterpanismo que representa Apatow? Es el perfecto comparsa (esbirro, peón) más preocupado de su patético ombligo que así permite que se sigan realizando las barbaridades a gran escala de esta dictadura corporativista económica que vivimos (padecemos).No es que las primeras comedias de Apatow productions carecieran de interés o gracia, sean las que él dirigió, ‘Virgen a los cuarenta’ (2005) ‘Lio embarazoso’ (2008), o algunas de las que produjo, como ‘Supersalidos’ (2007), de Gregg Motola, ‘Paso de ti’ (2007), de Nicholas Stoller, o ‘Superfumados’ (2008), de David Gordon Greene, cuando menos estimables, y con apuntes ingeniosos ( y algunos como Motola y Greene, más inspirados como directores). Aunque cierto es que los méritos que se destacaban de las obras que dirigía Apatow estaban más relacionados con sus guiones que con su estilo, bastante rudimentario, casi de pega y corta, en ocasiones (sobre todo en esta última) dejando manchones de cal entre plano y plano. Pero este año sus producciones reflejan una alarmante regresión. ‘Sácame del paraíso’ (2012), de David Wain, autor de una comedia aún más nefasta, ‘Mal ejemplo’ (2008), y ‘Eternamente comprometidos’ (2012), de Nicholas Stoller eran ejemplo de cómo desaprovechar premisas, o planteamientos, el contraste entre formas de vida o cómo incurrir en los más burdos clichés a la hora de abordar los maridajes de las relaciones sentimentales, de su constitución o cimentación.  photo this-is-40-leslie-mann-paul-rudd-600x399_opt_zpsf678da3d.jpg Pero el despropósito alcanza su cenit con ‘Si fuera fácil’, que además supura autoindulgencia y autocomplacencia por los cuatro costados, o mejor dicho, orificios, porque su columna vertebral más que la de la crisis de los cuarenta (oh, no somos ya niños, jóvenes, somos adultos, nos descomponemos camino de la vejez y de la putrefacción) es el ‘caca culo pis teta’, que es la manera que tienen los niños de intentar conjurar sus miedos o su rabia o frustración ( como bien se reflejaba en el funeral de ‘Fanny y Alexander’, 1983, de Ingmar Begman; ya sé que no hay que esperara de Apatow que haga ‘Escenas de un matrimonio, 1972, pero sirva de detalle iluminador de cómo Bergman incluso sabía utilizar con mucha más pertinencia y ‘gracia’ la escatología), porque ya se sabe que los psicólogos lo recomiendan (liberar la agresividad con unos cuantos juramentos y escatologías varias, que la corrección extrema es muy perniciosa; pero se entiende que no a la cara de los demás), así que Apatow dedicada dos horas y veinte a decir caca culo pis teta, con pedos, semen y otras emanaciones o fluidos.De hecho, su protagonista, Pete (Paul Rudd) realiza sus escapadas de aislamiento de un mundo de afuera frustrante (por ejemplo, no logra afianzar su estabilidad laboral con su empresa discográfica) encerrándose durante largo tiempo en el baño haciendo crucigramas mientras hace la pamema, sentado en la taza del wáter, de que está cagando, perdón, haciendo sus necesidades.  photo This-Is-40-Paul-Rudd_opt_zps86edfe25.jpg Hay dos secuencias que definen ese ‘sugestivo’ arco conceptual en el que oscila la película. En la primera, Debbie (Leslie Mann), o sea la esposa, sorprende, para su perplejidad, a su esposo abierto de patas sobre la cámara mirando un espejito enfocado hacia su ano. Con una expresión entre la repulsión y el temor, le pregunta algo así como ‘What the f*** are you doing? Pete siente que algún problema debe tener en tal zona de su cuerpo, y solicita a Debbie que le ayude y eche un vistazo, a lo que ella en principio se muestra remisa, porque le parece ya superar ciertos umbrales de confianza que entierran la relación en el sumidero del prosaísmo (ella que intenta insuflar algo de revitalización a su vida sexual, pero sólo se encuentra con alguien que hace gracietas con sus pedos en la cama; ay, ¿donde quedó la sublimación romántica?). Esa secuencia condensa el dramatismo del conflicto que sufre la pareja (la música del romanticismo, los fuegos artificiales de la pasión sexual, se han extraviado en una relación orgÁnico escatológica pragmática).  photo this-is-40-featurette-is-the-apatowiest-thing-youll-see-all-week_h_opt_zps4fd5c8fe.jpg La otra secuencia tiene como centro neurálgico conceptual Megan Fox, o sus tetas, o lo que esta chica neumático representa (quizás también sea un robot como los de ‘Transformers’, o Stallone y compañía; e incluso el mismo Michael ‘Espasmos de montaje’ Bay): Desi (Megan Fox) trabaja en la tienda de Debbie, y en cierta secuencia se quita el vestido para quedar en ropa interior y suscitar las palabras de admiración de Debbie sobre sus maravillosas tetas que tantea y palpa de modo reiterado ( con bis incluido); no faltarán posteriormente secuencias de la chica en bikini nadando bajo el agua, o admirada por otros dos peterpanes que intentan ligarla.En suma, Apatow está más perdido que los protagonistas de la serie ‘Perdidos’ que, en ingeniosa, perdón, artrítica ocurrencia, se convierte en otra referencia constante (la hija mayor, Sadie, enganchada a todas las nuevas tecnologías, se está tragando toda la serie). Si la serie durante temporadas se convirtió en una estimulante exploración del principio de incertidumbre, para finalizar con una decepcionante conclusión en la que sólo faltaba que sonara alguna canción del grupo ‘Viva la gente’ o el ‘Imagine’ de ‘John Lennon’ para provocar la apertura de venas, la comedia de Apatow supura aún más convencionalidad.  photo this-is-40-image-00158R_opt_zps30ddfaf7.jpg La comedia se domestica, o se degrada (exuda mediocridad) y regresiona a la ‘pleistocénica’ adolescencia ( ¿realizará Apatow una secuela de ‘Mira quién habla’?). Cierto que hay oasis de comedias dramáticas con sustancia, ‘adultas’, a la par que ingeniosas, como la espléndida ‘Un lugar donde quedarse’ (2009), de Sam Mendes, complemento y reverso luminoso de su magistral ‘Revolutionary road’ (2008). O la muy sugerente ‘Amor y letras’ de Josh Radnor, que se estrenará dentro de pocas semanas. Quizá Apatow está también muerto como los protagonistas de ‘Perdidos’, o quizá sea un robot (peterpanesco, eso sí). Desde luego le vendría muy bien, como al Alex de ‘La naranja mecánica’, que le utilizaran como cobaya para otro experimento ‘Ludovico’ mientras en un bucle de largos años, como largas resultan sus películas kilométricas, le proyectaran las ‘screwball comedies’ que dirigieron en los 30 y 40 cineastas como Hawks, McCarey, Lubitsch, Leisen, Capra o Sturges. Ojalá sí fuera fácil hacer películas cómo las que realizaban estos insignes cineastas.