Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Jim Sheridan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jim Sheridan. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de julio de 2022

Odio en las entrañas

 

El héroe y el traidor, el hombre íntegro y el esbirro del sistema, pueden no sólo estar representados en dos figuras distintas, en el minero Kehoe (Sean Connery) y el detective, de la agencia Pinkerton, infiltrado entre los mineros bajo el nombre de McKenna, McParlan (Richard Harris), sino forcejear en un mismo personaje, y es lo que data de singular distinción al desarrollo dramático de Odio en las entrañas (The Molly Maguires, 1970), una de las grandes obras de Martin Ritt, junto a El espía que surgió del frío (1965) y Hombre (1967), cuya acción dramática transcurre en el entorno minero de Pensilvania, en 1876. McParlan es un complejo personaje, rebosante de contradicciones. Tomó la decisión de convertirse en esbirro del sistema, lo que es decir de quien domina el escenario social, laboral y económico, porque estaba harto de no tener nada en sus bolsillos, como de sentirse el último en la fila o de siempre mirar hacia arriba. Por eso, no cree que sea posible que Kehoe, y sus tres amigos, que conforman el grupo clandestino The Molly Maguires, bajo la apariencia legal de la organización fraternal católico irlandesa Antigua Orden de los Hiberniananos, logren sus propósitos de conseguir, con sus sabotajes y acciones violentas, unas mejores condiciones laborales para los mineros. Y no lo cree factible simplemente porque piensa que la dignidad no es algo al alcance de los pobres. La dignidad sólo se consigue pagándose. No cree que haya posibilidad de que fructifique la lucha contra las injusticias de un sistema que les oprime, sumiéndolos en la mirada encorvada y el silencio resignado del entumecimiento. Pero James no podrá evitar sentir simpatía por el último bastión de la integridad, encarnado en Kehoe, un hombre al que aún hierve la sangre ante la opresión, como tampoco podrá evitar enamorarse de Mary (Samantha Eggar), quien aún cree en los actos justos. Por eso, en ocasiones, tras que Kehoe y sus amigos superen sus dudas y le acepten como integrante de los Molly Maguires, intenta convencerles de que desistan en sus propósitos, o arriesga su vida para salvar la uno de ellos, Frazier (Art Lund), o participa con entusiasmo en la irrupción de Kehoe en el almacén para conseguir un digno atuendo para el fallecido padre de Mary, e, incluso,es quien inicia el proceso de destrucción del establecimiento. Gestos que delatan su simpatías. Durante la narración, repetidamente, bascula, por lo que suscita la duda sobre qué actitud se decantará ya que resulta manifiesto, por un lado, cómo se siente atraído por esa necesidad de un gesto disidente frente a un sistema que considera injusto aunque la derrota esté anunciada y, por otro, resulta patente su convicción con respecto a acomodarse a la pragmática de la supervivencia.

La magnífica Odio en las entrañas se basa en el libro Lament for the Molly Maguires, de Arthur H. Lewis, publicado en 1965. Tanto Ritt como el guionista, Walter Bernstein, fueron incluídos, en los primeros años de los cincuenta, en las listas negras que les impedían trabajar en Hollywood, en el caso de Bernstein, o en la televisión, en el caso de Ritt, por sus filiaciones o simpatías comunistas. Durante ocho años Bernstein tuvo que trabajar con seudónimo o usar a otro guionista como tapadera, experiencia que serviría de base para La tapadera (The front, 1976), de Ritt, quien durante cinco años no pudo conseguir trabajo en la televisión. Ya cuando comenzó a remitir la persecución inquisitorial pudo realizar su primera película como director, Donde la ciudad termina (Edge of the city, 1957), en la que reflejaba su experiencia a través de los conflictos laborales entre los trabajadores en los muelles. Ritt propuso a Connery que fuera el protagonista de Odio en las entrañas durante el rodaje, cuatro años antes, de Hombre, aprovechando que el actor visitaba a su esposa, Diane Cilento. Odio en las entrañas se estrenó el mismo año que la excepcional La hija de Ryan, de David lean, o que La vida privada de Sherlock Holmes, una de las mejores obras de Billy Wilder, y ninguna fue un éxito. Quizá obras fuera de su época por su sereno clasicismo que ponían en cuestión desde el interior de unas formas poco heterodoxas la posibilidad de la rebelión o de la materialización de los sueños por las miserias o incapacidades humanas. Y es que la heterodoxia más rigurosa no es la que hace alarde de ello. Ritt reconoció que su fracaso, tanto en taquilla como crítico, marcó de modo negativo el resto de su carrera. Connery fue declarado veneno para la taquilla en cualquier producción que no fuera dentro de la franquicia de James Bond, a la que tuvo que retornar al año siguiente. Aún su condición de estrella pudo propiciar la producción de la magistral La ofensa (1972), de Sidney Lumet. Pero su carrera entraría en fase de perfil bajo, aunque protagonizara una obra convertida en objeto de culto como la sobredimensionada El hombre que quería ser rey (1975), de John Huston, o excelentes como la minusvalorada Objetivo mortal (1982), de Richard Brooks. Recuperaría su estatus de estrella a finales de los ochenta, con En el nombre de la rosa (1986), de Jean Jacques Annaud y la mediocre Los intocables (1987), de Brian de Palma. Harris, que provee una de sus mejores interpretaciones, sino la más afinada, no había alcanzado ese estatus de estrella pero su carrera entraría en progresivo declive durante dos décadas, sobremanera en los ochenta, hasta que recuperó la consideración como actor de carácter con El prado (1990), de Jim Sheridan y Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

Odio en las entrañas se inicia con un dilatado movimiento de cámara en el exterior de la mina, y prosigue con una larga secuencia centrada en las actividades en el interior, y las maniobras de preparación de un sabotaje que culminará, cuando posteriormente, ya fuera de la mina, Kehoe salga también de plano, con una explosión. Casi un cuarto de hora de narración hasta que se escucha una línea de diálogo. Kehoe y sus amigos representan esa silenciosa actividad saboteadora e insurgente en un fuera de campo que el sistema pretende extirpar, ya que necesita una callada, por amordazada, sumisión, como bien refleja la primera ocasión en la que McParlan/McKenna hace cola para recibir su primer salario semanal, y es testigo impotente de cómo cualquier excusa, en relación a gastos de equipo, es válida para reducir su salario casi a la nada. Su contención, su silencio, es elocuente, porque, pese a que sea un infiltrado cuya misión es descubrir quiénes componen The molly maguires, la sensibilidad ética aún pervive en él. Esa expresión ya apuntala que no es solo un hombre cínico que va a cumplir un cometido asignado, y anticipa esas contradicciones que definirán sus acciones a medida que se vaya involucrando en ese entorno, afianzando su amistad con Kehoe y enamorándose de Mary. Han sido numerosas las obras sobre agentes infiltrados, en especial en film noirs o thrillers. Hay casos, como en la notable Donnie Brasco (1997), de Mike Newell, en los que el infiltrado crearará también un lazo afectivo y cómplice. En el caso de la película de Newell, el agente infiltrado Joseph Pistone (Johnny Depp), que usa el nombre Donnie Brasco como tapadera, se cuestionará su mismo trabajo y se sentirá responsable de las consecuencias que su labor va a tener en aquel con quien había creado un lazo de amistad, Lefty (Al Pacino), el hombre que le respaldó para que lograra integrarse en la organización gangsteril. En Odio en las entrañas, McParlan no cuestionará su labor, o no sufrirá esa crisis, aunque por momentos intente que renuncien a sus propósitos. Quiere mantener ese lazo afectivo que ha creado sin que quede dañado por su intervención de infiltrado. Pero la persistencia en sus insurgentes acciones saboteadoras, en su irreductible compromiso ético combativo, determinará que McParlan deba tomar partido, y su opción no será la integridad, que considera como vía al fracaso y las privaciones, sino la supervivencia que comporta disfrute de privilegios.

Odio en las entrañas destaca por sus bellas composiciones de cariz pictórico, obra de James Wong Howe, por la afinada combinación de texturas de colores de los decorados, materia ambiental y vestuario, como si los personajes fueran emanaciones de ese mismo entorno (y los hogares brotaran del barro). Cuerpos, objetos o los despojados interiores de las casas están entrelazados como si fueran componentes de un organismo. McParlan/McKenna es un intruso, un cuerpo extraño que disimula su naturaleza, a diferencia de quienes representan la opresión, los policías uniformados al mando del capitán Davies (Frank Finlay). Pese a su decisión de convertirse en traidor, o de apostar por su condición de hombre subordinado o esbirro del sistema, aun espera que Mary priorice su amor. Pero para ella, que ha estado esperando abandonar el cautiverio de ese modo de vida definido por las privaciones, hay un límite que no puede traspasar. Se puede soportar el peso de lo que representan las manchas de hollín en los cuerpos de los mineros, pero no la mancha de una traición que representa la degradación de la integridad en favor de la supervivencia. Para McParlan la supervivencia, la vivencia en unas condiciones materiales dignas, justifica cualquier acción por indigna e indecente que sea en términos éticos. Para Mary no. McParlan aún buscará en Kehoe, en su celda, como quien intenta rebañar un residuo de integridad, el resquicio de ese lazo auténtico que se creó entre ambos, pero McParlan ya no es McKenna para Kehoe. Ha muerto como morirá Kehoe en la horca que prueban en el patio mientras McParlan cruza a su lado para abandonar el plano, como Kehoe tras la primera explosión. El fuera de campo que representa (la acción de) McParlan, o el sistema al que sirve, es el que domina el escenario de realidad.

viernes, 6 de febrero de 2015

No confíes en nadie

Despropósito nº 2. 'No confíes en nadie' (Before I go to sleep): Ejemplo de película cuyo interés finaliza en la enunciación de su premisa: Mujer amnésica que cada día despierta sin recordar nada y que al final se enfrentará con la revelación sorpresiva de que...(En los puntos suspensivos colóquese la opción que se prefiera, da igual que no sea aquella por la que se inclina el desarrollo del guión, porque así encontrará algún incentivo a la hora de pensar o evocar una película que se parece a otros cientos de películas que quizá haya dirigido algún clon del director, Rowan Joffe, o de quien Joffe sea clon. Diálogos de productores: -Pero ¿no crees que alguien adivinará cuál será esa sorpresa final? -Bueno, así se sienten más listos cuando termine la película -También es verdad, de todos modos sería importante que contáramos con actores famosos, incluso de prestigio, para que no se notara que es un guión de tres al cuarto que han podido ver ya quince mil veces -Sí, había pensado en Daniel Craig, Naomi Watts o Rachel Weisz. -¿No protagonizaron una de este estilo? Creo que era de Jim Sheridan -Es verdad, la había olvidado, había también una revelación de esas sorprendentes, pero no me acuerdo de más. -Bueno, tampoco se acordarán de esta -Probablemente, pero habrán pagado en taquilla, -Hay que ver. No acordarse de una película en la que un personaje no se acuerda de nada o no se acuerda de que no se acuerda. -Así pagarán por otra más de este estilo -Y les dará conversación para la salida del cine, que ya me olía yo el final, que vaya tomadura de pelo, no te puedes fiar de lo que te venden...Qué haría la gente sin poder quejarse... -Encima, les damos temas de conversación. Si es que cumplimos una importante función social...

miércoles, 21 de noviembre de 2012

10 películas de boxeo predilectas

Photobucket 1.Million dollar baby (Clint Eastwood, 2005) Photobucket 2.Nadie puede vencerme (Robert Wise, 1949) Photobucket 3.Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980) Photobucket 4.Cuerpo y alma (Robert Rossen, 1947) Photobucket 5.The bóxer (Jim Sheridan, 1997) Photobucket 6.El luchador (Walter Hill, 1975) Photobucket 7.El triunfo del espíritu (Robert M Young, 1989) Photobucket 8.Cinderella man (Ron Howard, 2006) Photobucket 9.Gentleman Jim (Raoul Walsh, 1943) Photobucket 10.Campeón (Mark Robson, 1949) El boxeo es un deporte que no sólo no me gusta, sino que me repele. Pero ha dado pie a obras de lo más sugerentes, porque propicia ese cuadrilatero, esa violencia y esa competitividad por ser el mejor, la parábola sobre el cuadrilatero en el que suele convertirse la propia vida, y de modo más específico, esta sociedad industrial capitalista que tanto incentivva la competitividad y la 'zanahoria' complaciente de ser el número uno. Eastwood lo condensó contundentemente, a modo de abismo, en 'Million dollar baby'. No hay piedad. La integridad no es lo que se recompensa. Cualquier medio es válido. Wise, Rossen o Robson también lo reflejaron con abrasiva lucidez, aunque la del segundo diera un respiro a la posibilidad de que la integridad no fuera sometida por la falta de escrúpulos que ve a los seres humanos como piezas en un tablero, como peones sacrificiales en la batalla del cuadrilatero, de la vida, de la que salen casi siempre impunes los que la rigen desde las sombras. También puede ser el reflejo de otras inconsistencias, de otras estulticias, de otros cuadrilateros las de los fanatismos nacionalistas, como refleja 'The boxer'. O de la barbarie de los exterminios, como en 'El triunfo del espíritu' en la que un prisionero griego tiene que sobrevivir peleando porque el que es derrotado acaba en una cámara de gas, una obra por cierto muchísimo más bella, conmovedora, y revulsiva, y menos maniquea, que otra que tuvo gran reconocimiento en su momento, 'La lista de Schindler'. O el cuadrilatero de la precariedad económica, el que también se refleja en 'El luchador', supervivencia a ras de suelo, a puño desnudo. O el del ego inflamado, la enajenación del que se ve el dueño del ring, y espera que los demás se adapten y acomode al cetro de sus puños, de su voluntad, como en 'Toro salvaje'. Otras obras también merecen consideración, caso de 'El campeón' (1931), de Vidor (pudiera haber ocupado la posición de la de Robson, si no lo he hecho es porque la tengo más lejana en la memoria), y también, aunque ya menos logradas, 'The fighter' (2009), de David O'Russell, 'Más dura será la caída' (1956), de Mark Robson, 'Invicto' (2002), de Walter Hill o 'Requiem por un campeón' (1962), de Ralph Nelson. Sé que muchos echarán en falta 'Fat city' (1972), de John Huston, pero la última vez que la revisé me supuso gran decepción. La recordaba como una notable obra, pero en esta ocasión no pude ni terminarla. Me parecía desvaída, y hasta su realismo sórdido, impostado. En esta antología integraría una fabulosa secuencia, uno de los más bellos y elocuentes flashback que ha dado el cine, el de 'El hombre tranquilo', la muerte en un combate que reflejaba la miseria de una violencia, la de la degradación de un tipo de vida, que impulsó al protagonista a buscar su opuesto, la Arcadia soñada.

viernes, 6 de julio de 2012

Elmer Bernstein - The field - 01. The Land


Además de suponer una 'resurrección' para la carrera de Richard Harris, más que errática entre películas poco destacadas en la década anterior, 'The field' (1990), interesante obra de Jim Sheridan, además de en su reparto (añádase a John Hurt), brilla en el exuberante derroche creativo de Elmer Bernstein que realiza una oportuna transfusión de intensidades a la demasiado comedida (correcta, demasiado correcta) realización de Sheridan.

viernes, 4 de marzo de 2011

Gavin Friday - In the shadow of a gun (the Boxer)


De rasgante intensidad es la gran banda sonora de Gavin Friday (que también canta en este tema) para la esplendida 'The boxer' (1997), la mejor obra de Jim Sheridan, con una (otra) antológica interpretación de Daniel Day Lewis.

miércoles, 12 de enero de 2011

Pete Postlethwaite, tocando la maestría

Photobucket
El 2 de enero falleció a los 64 años un inmenso actor, Pete Postlethwaite, que merece el más reverencial de los homenajes. Aunque su salto a un reconocimento más amplio fue a raíz de su excelente interpretación, como el padre del personaje de Daniel Day lewis, en la un tanto efectista 'En el nombre del padre' (1993), de Jim Sheridan (quien pienso se superó ampliamente con 'The boxer'), ya me había quedado sobrecogido y admirado por la imponente presencia y el talento de este actor nacido en Warrington (en el condado del gato de Alicia, Cheshire), en la extraordinaria 'Voces distantes' (1988), de Terence Davies, dando cuerpo a ese violento padre que sojuzga a sus tres hijos y a su esposa. Quizá una de sus creaciones más memorables sea la del minero músico en la notable 'Tocando el viento' (1996), pero su versátil talento destellaba en cualquier personaje que interpretaba, fuera el cazador de 'Parque Jurásico II', el inquietante abogado de Keyzer Sozé en 'Sospechosos habituales' (1995),de Bryan Singer (1997) o el gangster de su última interpretación, en la notable 'The town' (2010), de Ben Affleck. Fuera protagonista, como en la interesante 'Entre gigantes' (1998), de Sam Miller, o figura secundaria como en 'El país del agua' (1992), la mejor obra de Stephen Gyllenhal, que adaptaba la gran obra de Graham Swift, 'El último mohicano' (1992), de Michael Mann, 'Origen' (2010), de Christopher Nolan, 'Atando cabos' (2001) de Lasse Hallstrom o 'El jardinero fiel' (2005), de Fernando Meirelles, y hasta en despropósitos como 'Romeo y Julieta' (1996), de Baz Luhrmann o insulsos remakes como 'Dark water' (2005) de Walter Salles. Su recuerdo se mantendrá como la figura invisible del gato de Cheshire.