
Una
figura de inmóvil presente. Se llama Don Johnston (Bill Murray),
como el actor, pero con una 't'. Nos lo presentan como espectador,
como una figura en letargo, contemplando una película sobre Don
Juan, The
private life of Don Juan
(1934), de Alexander Korda, en concreto, la secuencias de un falso
funeral del icono del seductor, porque Don Juan está presente entre
los asistentes. Don es un falso muerto, porque está vivo, pero no
parece muy presente. Don viste de negro, como Don Juan, aunque no
porta capa, sino una (la) prenda menos lustrosa, un chandal. Don no
deja de ser un trasunto fantasmal de la actitud donjuanesca, un
residuo del que ha pasado por la vida a la deriva sobre la superficie
de las cosas. Ahora parece al pairo. Hay quien abandona el barco
varado de su vida, la mujer con la que convivía, Sherry (Julie
Delpy). Como ella le reprocha, no parece saber lo que ella quiere ni
lo que él mismo quiere, como si fuera una maquina, como los
computadores con los que se enriqueció, un figura inmóvil sin
propósito. Hay cosas que arriban, una carta, rosa, como el vestido
que porta la mujer que le abandona. A veces la vida te da extrañas
sorpresas. La carta le revela que una mujer con la que mantuvo una
relación veinte años atrás tuvo un hijo de él. Lo de revelar es
un decir. Más bien es una incógnita, aunque está tan atorado en su
congelado ensimismamiento que ni la interrogante le despierta, y debe
ser impulsado por un vivaz vecino de origen etíope con aficiones
detectivescas, Winston (Jeffrey Wright), aquel que sí ha realizado
lo que le reprocha Sherry no tener interés en crear, una familia, un
proyecto de vida. Aunque no sólo es el enigma el que le pone en
movimiento. En parte, es una huida, de unas flores marchitas, las que
evidencian el abandono de Sherry. Quedarse en el hogar es asfixiarse
con un cuerpo en descomposición, aunque quizá aún no sea
consciente de que es el de su propio reflejo.

Flores
rotas
(Broken flowers, 2005), de Jim Jarmusch, nos invita a una particular
búsqueda que, al fin y al cabo, es la de sí mismo, recobrar la
condición carnal de cuerpo en el mundo. Las cuatro visitas a las
cuatro novias del pasado supondrán enfrentarse al espejo de lo que
es, de lo que fue, y de lo que pudo haber sido. Nos narra la odisea
del que aprenderá que la vida está hecha de encrucijadas y de
incógnitas ante las cuáles uno debe probar direcciones e indagar en
el porqué de las cosas, y en cómo son los que viven alrededor suyo.
En su trayecto, reflejos de una vida de diseños de realidades, de
comunicaciones rotas. Don se ha enriquecido con la informática, pero
parece desenvolverse mejor con las máquinas que con los seres
humanos. Laura (Sharon Stone) organiza los armarios de las personas.
Dora (Frances Conroy) y su marido Ron (Christopher McDonald) se
dedican a vender casas prefabricadas y terrenos con paisajes. Carmen
(Jessica Lange) es comunicóloga, solventa los problemas de
convivencia entre animales y humanos. Representan las carencias de
Don, lo que necesita amueblar o construir en su vida, su carencia de
capacidad comunicativa, o simplemente de interés.
Hay
realidades en las que se advierten los temblores en su superficie,
como en la del agua la vibración de un seísmo, caso de las miradas
entre Dora y su marido, entre tanta sonrisa y disposiciones de comida
como en un retablo, fisuras que serán flecos sueltos para el que
irrumpe en esa realidad, porque además su mirada se enfoca hacia el
esclarecimiento de quién puede haber enviado esa carta. Los detalles
rosas no dejan de ser irónicos destellos que más bien abren
hendiduras en el casco de su barco, sea el albornoz de Laura, la
tarjeta de Dora, los pantalones de Carmen, la maquina de escribir de
Penny. Sus realidades se evidencian como una incógnita, en la que
además no puede tener la certeza de si aún se aprecian residuos de
su influencia o de su recuerdo, como en el collar de Dora, que piensa
que quizás sea el que él le regaló, cuando no es así.

El
trayecto se irá enrareciendo progresivamente con cada encuentro,
como si se cerrara el cuello de un embudo sobre Don, en cuya búsqueda
parece cada vez más extraviado, más desconcertado. A medida que se
suceden los encuentros, la receptividad es menor, la tercera no
quiere pasar más tiempo con él que lo justo y la cuarta es
expeditiva en su rechazo, como una puerta que se cierra con
contundencia. Hay una quinta mujer, pero está muerta. Visita su
tumba en el cementerio, aunque quizá se esté visitando a sí mismo.
La realidad es incertidumbre, y su percepción está atascada. Los
signos rosas parecen una carcajada que señalizan que no hay señales
de tráfico que indiquen la dirección correcta. Y no hay conejo
blanco al que seguir. O quizás no sabe verlo, aunque reciba otra
carta, porque ahora el deseo ofusca todo discernimiento. Ahora
necesita creer que sí puede haber un hijo que reconocer. Si en la
secuencia inicial Don contemplaba en la película un falso funeral,
recibirá una lección con una falsa carta. Don Juan sufre la
venganza de una mujer despechada, de una de las flores que rompió y
marchitó, Sherry. Ahora ya no piensa en mujeres, no son lo que busca
en el horizonte o pantalla de su vida, sino el hijo que no quiso
tener y que ahora sí desea que exista. Por eso, cree que es el chico
que ve a la salida del aeropuerto, y al que más tarde, al volver a
cruzarse con él, invita al un sandwich, un chico que se muestra
elusivo cuando alude a la relación con su padre. Ya piensa que su
hijo es una realidad, no una invención (sancionadora).
Al
final, figuradamente, despierta en medio de un cruce de calles,
mientras la cámara se mueve en círculo alrededor suyo. Cualquier
dirección puede ser tomada, pero no sabe cuál. Ha salido a la
intemperie, pero aún no sabe cómo salir de sí mismo. Una figura
inmóvil que busca el signo, la mirada, que le haga sentirse
presente, mientras aún sigue dando vueltas en su desconcierto, entre
un pasado que ya le abandonó y un futuro de incógnitas en el que
cualquier rostro pudiera ser el de un hijo que no existe (de hecho,
irónicamente, el del pasajero con el que se cruza su mirada en un
coche que pasa es el del mismo hijo del actor, Homer Murray).