
El multimillonario Harry Kendall Thaw asesinó, el 21 de
junio de 1906, al arquitecto Stanford White delante de los espectadores que
atendían a la representación de Mam’zelle Champagne en el Madison Square
Garden. No dejaba de ser su acto otro pasaje de la representación dramática que
su enajenada e inestable mente había generado. En la secuencia inicial de La muchacha del trapecio rojo (The girl
in the red velvet swing, 1955), de Richard Fleischer, se define con precisión
la fisura (en la mente de Thaw) de esa animadversión. Stanford White (Ray Milland)
y su esposa ocupan la mesa que Thaw (Farley Granger) había reservado, aunque
haya aparecido una hora y tres cuartos más tarde. Para Thaw no es excusa,
acostumbrado como está a que complazcan sus caprichos. Esa contrariedad le
irrita sobremanera porque Stanford White representa para él aquel que no
permite que ocupe, socialmente, el
espacio que quiere protagonizar. Es una figura que ocupa el primer plano de la
notoriedad por sus creaciones arquitectónicas. En el escenario social es una
figura admirada y requerida. Thaw siente que le relega a un segundo plano, pese
a que se esfuerce denodadamente, haciendo uso de su dinero, con la organización
de fiestas. White es arquitecto. Ha cimentado, y erigido, su prestigio con su
labor. Thaw, en cambio, se aprovecha de los cimientos concedidos por
nacimiento, gracias a la riqueza cosechada por su padre con el negocio
ferroviario y el carbón. Thaw quiere que su posición social, simplemente
afirmada en su opulencia económica, sea la que ratifique su protagonismo en
cualquier compartimento del escenario social. Ha crecido con la convicción de
que su voluntad debe ser complacida. Para él no es la creatividad la seña de
distinción sino la riqueza acumulada. La economía marca la posición de clase y
remarca la servidumbre. Quien más tiene
o más puede comprar, según él, es quien debe ser el centro de atención social
y, por lo tanto, complacido antes que nadie. White ha construido con su talento
una sombra que ensombrece su aspiración de notoriedad. El fundamental conflicto
estará relacionado con el escenario afectivo y sexual. Thaw se enamora de la
actriz Evelyn Nesbitt (Joan Collins), quien a su vez está enamorada de
Stanford. ¿Su enamoramiento también implica una compulsiva necesidad de apropiarse
de lo que ocupa, aunque sea por
influjo, White?


El guionista
austríaco Walter Reisch propuso a Charles Brackett la idea. Ambos habían colaborado,
junto a Billy Wilder, en Ninotchka
(1939), de Ernst Lubitsch, y junto a Richard L Breen, en Casado y con dos suegras (The mating season, 1951), de Mitchell
Leisen, La modelo y la casamentera (The
model and the marriage bróker, 1952), de George Cukor, El hundimiento del Titanic (Titanic, 1953), de Jean Negulesco o Niagara (id, 1953), de Henry Hathaway.
En esta ocasión, ambos elaboraron el guion sin un tercero, y Brackett produjo
la película para Fox (reincidirían en la misma colaboración cuatro años después
en la también estupenda Viaje al centro
de la tierra, 1959, de Henry Levin). Richard Fleischer, con su singular y
refinado dominio de las composiciones, desarrollaría otro agudo análisis contextualizador de una mente
desquiciada y enajenada en tal extremo que borra la realidad que le perturba, o
que no satisface su compulsiva ansia de dominio escénico, mediante el asesinato.
Otras variantes serán sus magníficas Impulso
criminal (Compulsion, 1959), El
estrangulador de Boston (The Boston strangler, 1968) y El estrangulador de Rillington place (10, Rillington place, 1970). El actor Farley Granger interpreta otra
variante del infractor de la ley tras sus personajes de Los amantes de la noche (They live by night, 1949), La soga (The rope, 1948), de Alfred
Hitchcock, Nube de sangre (Edge of
doom, 1950) y Side Street (1950), de
Anthony Mann, personajes más sensibles, desbordados por la circunstancias, e
incluso febriles en su desesperación. La arrogante y contenida tortuosidad de
su personaje en La muchacha del trapecio
rojo puede estar más próxima a la abyecta indiferencia del manipulador
sentimental que había interpretado en Senso
(1954), de Luchino Visconti. Marilyn Monroe fue la opción inicial para
interpretar a la protagonista, pero se negó, por lo que fue sancionada por la
Fox.


Evelyn es la chica del trapecio rojo (o en la versión
original, del columpio de terciopelo rojo). White en una de sus habitaciones de
la planta superior de su (refinadamente decorada) casa dispone de ese columpio,
componente de una habitación que fue diseñada para un cliente que, por
problemas económicos, no pudo pagarla por lo que Stanford se quedó con ella,
como un decorado ornamental, el decorado de un sueño (romántico). En lo alto,
una ventana circular, un óculo, que White asocia con la luna, hacia la que se
balancea la persona que ocupa el columpio. Junto a ese columpio se besan por
primera vez Evelyn y White. Pero Evelyn no conseguirá balancearse en ese
columpio, en un sentido figurado, porque White será una luna escurridiza y
voluble, más bien definido por la indeterminación. Óculo, en latín, es ojo. La
mirada de White no la enfoca con la determinación y constancia que ella quisiera.
En cierta secuencia, por dos veces, le insta a que se marche, y por dos veces
la coge del brazo para que se quede. White siente lo mismo, pero por la
diferencia de edad (él tiene 48 años y ella dieciséis) y su condición de casado
(con su esposa ausente, necesitada de un tratamiento médico en una clínica
europea), opta por interponer distancia, aunque en ocasiones no pueda evitar
dejarse arrastrar por su sentimiento y deseo, por lo que se convierte en una
voluntad oscilante y desconcertante que aboca, finalmente, a Evelyn a una
crisis nerviosa por esa indeterminación.


Esa fluctuación contrasta con el empecinamiento de Thaw
quien más bien actúa como una flecha que no cede al desaliento por su
insistencia en conseguir los favores de Evelyn. Pero tampoco podrá balancearse
en el columpio, aunque se case con ella, porque la luna que quiere alcanzar no
dejará de orbitar alrededor de otro, aquel que siempre ocupa el espacio que quiere protagonizar. En un entorno helado, rodeado
de nieve, durante su viaje por Europa, discutirá agriamente con Evelyn. Su
obsesión con White convierte su relación en una constante cámara de torturas en
forma de abrumadores interrogatorios. Su enajenación, su necesidad de que el
escenario de la realidad sea el que él desea que sea, intenta denodadamente que
la versión de la realidad sea la que él prefiere: White no es alguien
idealizado por Evelyn sino alguien que la degradó, aprovechándose sexualmente
de ella.


En cierto tramo de la narración de La muchacha del trapecio
rojo, la figura de White es meramente una perturbación, para uno y otra. Al ser un fuera de campo presente, valga la paradoja, es un
cuerpo que rasga, con cada aparición (en un restaurante, en el teatro) ese
decorado con el que Thaw se esfuerza en ocultar el decorado de los sueños
truncados de Evelyn (que a su vez, por extensión, evidencia el sueño truncado
de Thaw). Esa figura es el recordatorio, para una y otro, de su vida inmóvil.
No hay balanceo ni luna de ensueño que poder alcanzar. El matrimonio, para Evelyn,
parece el purgatorio en el que penar su frustración, como si hubiera elegido al
torturador más retorcido para contrarrestar con otro tipo de sufrimiento el
dolor de lo imposibilitado por la indeterminación de White. Para quien vive,
como Thaw, en un escenario, más que en un espacio real, esa figura es la
constante intrusión de un actor que no debería ser parte de su obra, un personaje
que debería desaparecer. Por eso le dispara como si su drama escénico fuera más
importante que cualquier representación que acontezca en un escenario. Evelyn,
por su parte, será abocada a convertirse, meramente, en una figura escénica.
Tras ser repudiada por la madre de Thaw, ya que la consideran el cuerpo virulento
que infectó a su hijo, será la muchacha del trapecio rojo sobre un manifiesto
escenario teatral. Quien fue maltratado objeto de deseo y fue sujeto de deseo frustrado ya solo es impersonal
pantalla de ilusión en un escenario que asemeja a una vitrina. Una luna de
alquiler provisional para otros sueños. Su balanceo queda expuesto como un
impulso que es mera ficción que concluye en sí misma.