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jueves, 1 de mayo de 2014

Espacio de cine Solaris y sus viajes: India y Hungria

Erase una vez una cinematografía que produce el mayor número de largometrajes anuales, la hindú. Erase una vez los espectadores que más asisten al cine durante el año, los hindúes. Erase una vez una cinematografía que llega escasamente a otros países aunque cierta cinefilía tenga encumbrado a Satyajit Ray y se tenga cierto conocimiento de lo que es Bollywood, sobre todo por su influjo en obras como el espasmódico y efectista video clip alargado de nombre Slumdog Millionaire. Incluso, habrá quien tenga cierto conocimiento de cineastas que han trabajado en Estados Unidos o Gran Breataña como Shekhar Kapur (Elizabeth, Las cuatro plumas), Mira Nair (Salaam Bombay, Mississipi masala). Deepa Mehta (Agua, Los hijos de la medianoche) o Gurinder Chadha (Quiero ser como Beckham, Bodas y prejuicios). Ahora se estrena una obra estupenda, 'The lunchbox' (2013), opera primera de Ritesh Brata. Y, probablemente, si Charles Dickens se levantara de la tumba disfrutaría gustoso de su proyección, y probablemente acompañado, con el mismo entusiasmo, de Ernst Lubitsch y David Lean
¿Existe el cine húngaro más allá de Bela Tarr? Es otra de las preguntas que nos haremos en los viajes que realizaremos por el cine del siglo XXI en el Espacio de cine Solaris. Parece que comienzan a estrenarse obras de otros cineastas húngaros, como esta semana la excelente 'El gran cuaderno' de Janos Szasz. Pero también el año pasado, por fin, se estrenó una obra de Benedek Fliegauf, 'Solo el viento' (2012), autor de obras tan disimiles como 'Womb' (2010), con Eva Green o la formalista 'Vía lactea' (2007). Y hay otros cineastas por descubrir. Del mismo modo que hace unos se generó una especial atención a lo que se calificó como 'Nuevo cine rumano', quizá no estaría de más enfocar en una cinematografía que parece gozar de muy buena salud creativa (más allá de que guste o no el autor de El viento que susurraba patatas a los caballos de Turín)

martes, 29 de abril de 2014

El gran cuaderno

Un padre (Ulrich Matthes) regala a sus hijos, gemelos (Andras y Laszlo Gyament), un gran cuaderno, con la pretensión de que relaten las vivencias de las que no podrán ser testigos ni él ni su madre (Gyongiver Bognar), ya que les separará la guerra, como un estruendo que separa del sueño, como la realidad que separa de la armonía. Lo primero que escuchamos en 'El gran cuaderno' (A nagy fuzet, 2013), de Janos Szasz, adaptación de la primera obra de Agota Kristof, es una respiración serena. Lo primero que vemos, los dos rostros de dos cuerpos unidos mientras duermen, los de ambos gemelos. 'El gran cuaderno', película, es el trayecto de una separación. Al fin y al cabo, la guerra es separación, despedazamiento, mutilación, herida. No hay sueño ni armonía ni serenidad. En el gran cuaderno los gemelos dejarán constancia de un aprendizaje. El aprendizaje de la supervivencia, tras ser confinados en la granja de su abuela, con la que su madre mantenía un distanciamiento de ya veinte años. Para la abuela todo es distanciamiento, bofetadas y golpes para remarcar su posición, su distancia. Es su abuela, es su superior. Hay guerras fuera, y hay guerras dentro, en pequeña escala, en la célula básica, primaria, de relación humana, la familia. Las primeras son la expansión de las segundas, como el universo al fin y al cabo se expande, aunque parezca que es más para destruir. Quizá porque lo primario que es el ser humano determina que tienda a destruir, es más fácil, y parece que proporciona satisfacción, lo que da el dominio sobre los demás, sobre el entorno, sobre la naturaleza.
Por eso, los gemelos deberán aprender a distanciarse. Primero, aprenden a soportar el dolor físico, a curtirse. Es el primer paso para no dejarse avasallar, para no plegarse a la voluntad ajena que quiere dominarles. Se golpean mutuamente hasta perder el sentido, lo que suscita la admiración del oficial alemán (Ulrich Thomsen) que se asienta provisionalmente en la vecindad. El segundo paso es despreocuparse de la devastación del alma, no sufrir, no padecer, que nada te importe. Lo tercero, acostumbrarte a ser cruel, aprender a ser cruel, No es que les guste matar, pero es necesario, al fin y al cabo están en guerra. Torturan y matan a toda posible criatura, insecto, pez, anfibio, vertebrado. De este modo, no les costará dar el paso de matar a la criatura más cruel sobre la faz de la tierra, la humana, esa criatura que se solaza con la desgracia ajena, que califica como inferior, como si también fuera animal, ya que a los animales se les considera inferiores, a quien no es de su condición o identidad, como es el caso de los judíos. También aprenden que lo abyecto puede tener la apariencia de lo bello. No hay fronteras ni límites.
La cuestión es aprender a ser sordos y ciegos, tomar distancia, desterrar empatías, como si la misma guerra fuera un juego, un dibujo animado. Lo más difícil, de todas formas, en el proceso de aprendizaje será el asumir la separación. Los gemelos se sienten muy unidos, no soportan que se les separe. Si sienten que a uno se le tortura en la habitación de al lado se derrumbará por mucho que haya aprendido a curtirse, a insensibilizarse con la guerra. Da igual los cuerpos que haya visto despedazarse a su lado, aunque sea de aquellos con los que le une un vínculo de sangre, aunque eso no obsta para que se les sienta como extraños, sean tu abuela, tu madre o tu padre. Quizá en el principio ya se está separado. Desde el momento que nos separan del útero materno, al ser humano no parece suponer esfuerzo alguno distanciarse, cortar lazos, otros cuerpos, como si siguieras cortando el cordón umbilical una y otra vez. Por eso, quizás el regusto en la destrucción y la crueldad. Cortas, una y otra vez. Hay algo de venganza, quizás, por haber sido expulsado de aquel recinto placentero en el que no faltaba suministro alguno. Por eso, las uniones, como la de los gemelos, quizás sean aberrantes, como lo parecen ser la conciliación o la armonía. Las minas y las alambradas separan, las primeras despedazan los cuerpos, separan sus partes, las segundas acotan espacios, erigen fronteras que hacen sangrar, marcan oposiciones, desencuentros, establecen distancias que aprisionan,y escinden, como la llaga de un estigma. Por eso, el trayecto es el de una separación, parece un estado más natural. Esta producción húngara es otra gran película que se estrena este año, mañana 30 de abril.