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miércoles, 31 de julio de 2024

Teresa Raquin

 

En La obra maestra desconocida, el relato de Emile Balzac que que inspiraba La bella mentirosa (La belle noiseuse, 1991), de Jacques Rivette, el pintor que lleva diez años pintando La belle noiseuse busca lograr ese retrato que no sea copiar, sino expresar, es decir que se sienta que respira, la experiencia interior, lo invisible, lo que somos más allá de la carcasa, de nuestra apariencia o imagen: 'La Forma es, en sus figuras, lo que es para nosotros: un medio para comunicar ideas, sensaciones; una vasta poesía. Toda figura es un mundo, un retrato cuyo modelo ha aparecido en una visión sublime, teñido de luz, señalado pon una voz interior, desnudado por un dedo celeste que ha descubierto, en el pasado de toda una vida, las fuentes de la expresión. Ustedes representan a sus mujeres con bellas vestiduras de carne, con hermosas colgaduras de cabellos, pero ¿Dónde está la sangre que engendra la calma o la pasión y que causa peculiares efectos?' En otra novela de Zola, La bestia humana, que adaptaron al cine tanto Jean Renoir (en la homónima producción de 1938) como Fritz Lang (en Deseos humanos, 1954), la red ferroviaria es el emblema de la vida, en la que el tren, paradójicamente, representación del movimiento, se convierte en el espacio donde se efectúa la fisura, el crimen, que transforma el escenario, pero hacia una espiral. En Teresa Raquin (Therese Raquin, 1953), de Marcel Carné, la protagonista, Therese (Simone Signoret), vive una vida que es copia, y conoce a alguien que la hace respirar, sentir de nuevo la sangre que engendra pasión y la calma de la dicha, sentirse viva.

En la primera secuencia de Teresa Raquin se condensa esa sensación de vida estacionada. Su marido Camille (Jacques Duby), y la madre de éste, Georgette (María Pia Casilio), contemplan con entusiasmo una partida de petanca. Camille pregunta por Therese. Cambia a un encuadre, en primer término, están ambos, y en segundo término, de espaldas a ellos, y contemplando el río, se encuentra Therese. Camille no entiende que mire a la nada, el río, en vez de un acontecimiento, para él, tan apasionante como una partida de petanca. Therese replica que es mirar lo de siempre. Aunque Camilla no vea mucha diferencia en contemplar cómo fluye una corriente, pero para Therese el río es la imagen del movimiento que ansía insuflar en su vida, y que encuentra en el rostro, en la expresión y mirada de Laurent ( Raf Vallone), un camionero italiano. Therese lleva una vida dedicada a cosas tristes, las tareas domésticas, o contar dinero en la tienda de muebles de la que es dueño su marido. Está acostumbrada a no tener nada, sólo a soñar (esos bellos planos en los que mira a través de la ventana de su dormitorio a una pareja que se besa en la calle). La falta de movimiento de la vida que tiene está reflejada, irónicamente, en ese juego de carreras de caballos que realizan Camille y su madre, como un ritual cada jueves, con un par de amigos de la madre. La precisión, una admirable capacidad de condensación, es una de las más destacadas virtudes de esta esplendida obra. En un tren se rasga un telón establecido, una vida detenida, pero ¿hacia dónde podrán ir con su vida los dos enamorados sino en precipitación? Tras que en el forcejeo entre Laurent y Camille este se caiga del tren, se condensa lo que supondrá su futura vida, en una magnífica utilización del sonido y el fuera de campo; sobre los rostros de Therese y Laurent se sobreimpresiona las luces de un tren que cruza en otra dirección, como una descarga de ruido y luz que les conmociona (ella se abraza a él conmocionada). Así se sentirá Therese, aún más cuando, vea el cadáver de su marido. De nuevo, concisión: un plano del cadáver cubierto con una sábana al lado de las vías; un plano general de Therese junto a los policías ascendiendo hasta las vías; el plano medio sobre policía y Therese cuando le muestran el cadáver, y el gesto horrorizado de ella, mientras el policía la presiona con frases acusatorias.

Otro (fascinante) personaje interfiere, en el último tramo, en la realización de su dicha, en la consecución de poder dar forma a su amor: Riton (un estupendo Roland Lesaffre), un testigo que viajaba en el tren y que , en vez de notificar a la policía que es incorrecta la declaración de Therese, opta por hacerles chantaje. Un singular personaje que sirvió en la guerra, en la que fue prisionero y fue herido en numerosas ocasiones, cuya constante sonrisa parece un filo, aunque sea repetidamente abofeteado por Laurent ( en una admirable secuencia de una opresiva carga de tensión), alguien que viaja en moto, y quiere montar su negocio de bicicletas, alguien que intenta desafiar al destino, creando su ruta de escape. Pero no hay movimiento, desplazamiento en su vida (de hecho, será atropellado por un camión), como el tren para Laurent y Therese fue el fin de trayecto, en una estación clausurada, porque aquel delicado cuerpo de Camille pesaba menos vivo que ahora muerto. Como la prisión, la inmovilidad a la que se ve confinada la madre de Camille, cuando sufre un ataque que le deja sin habla, reflejada sobrecogedoramente en esos primerísimos planos de ojos abrasivos, de quien impotente sabe cuál fue la causa de la muerte de su hijo (y no puede hacer nada para que Therese herede su fortuna). Hay planos de otras figuras que evidencian cómo los otros son piezas inconscientes de una aleatoriedad fatal (el de la niña que el camionero sorteó, y por ello atropelló a Riton; el de la amiga de Riton a la que dijo que enviara la carta a la policía si él no volvía a las cinco). El destino de unos y otros parece marcado por una sucesión de azares absurdos y pulsiones incontroladas, una maquinaria ante la que no son sino meras frágiles marionetas que pugnan infructuosamente por encontrar su propio escenario.

lunes, 14 de diciembre de 2020

La regla del juego, de Jean Renoir (Colección Telemark/Providence), de Nacho Cagiga

                        

La vida y Renoir. El rio y su cine, que fluye como la vida misma. He aquí un tema, el tema quizás. Porque en Renoir prima ante todo su empeño en captar la vida. Al cineasta francés siempre se le ha identificado con la Vida, así con mayúsculas, y podría decirse que, para los entusiastas del cine de Jean Renoir, el orden de los factores no altera el producto, como evidencia Nacho Cagiga en su libro sobre La regla del juego. El amor está en el jardín, segundo de la Colección Telemark, centrada en películas específicas, de la editorial Providence. Desde que la cinefilia militante o sacramental comenzó a propagarse y afianzarse Renoir es uno de los cineastas que más adoradores o acólitos ha congregado. Se puede decir que hay un altar cinéfilo dedicado a él, a diferencia de otros coetáneos, merecedores de reivindicación (o, al menos, más atención), caso de  Jean Gremillon, Marcel Carné o Sacha Guitry. Cagiga cita, entre los cineastas admiradores, a Alain Resnais, Jacques Rivette o Satyajit Ray, a los que se podría añadir a Mike Leigh, quien admira particularmente Las reglas del juego, la obra que Cagiga analiza de modo pormenorizado, y con marcado entusiasmo, y que también califica como su film más antológico, su mayor obra, aunque apostille que su arte alcanzo su más depurado esplendor en sus cinco últimas obras en color.

La conexión con el gran cineasta británico es manifiesta si se piensa en la excepcional Secretos y mentiras (1996), un relato coral que, como La regla del juego, da a cada personaje la oportunidad de dar sus razones. Incluso, se puede calificar a ambas obras como un espejo puesto en nuestro camino para ver nuestras virtudes y defectos, y así poder sacar conclusiones, antes que nada, sobre nosotros mismos. Esa es una característica que define al cine de Renoir, en general, y sobre el que Cagiga reflexiona en el primer apartado. La atención a la perspectiva plural, o las aparentes diferencias, en general formales o normativas, que revelan sus similitudes. Más allá de cómo nos denominemos, o en qué apartado nos ajustamos, con qué seña de identidad o posición social, todos estamos hechos de la misma materia. No diferimos en el territorio movedizo de las emociones. Y esa afirmación nos lleva a la concepción renoiriana de la vida como un flujo incesante y mudable. La elipsis, la circularidad, el ritual de eterno retorno de las cosas que no se bañan dos veces en el mismo río, constituyen la materia del artificio renoiriano. Formalmente, su cine se caracteriza por los planos largos, con movimiento o sin movimiento de cámara, pero con diversos personajes, que entran y sale de cuadro, de la que es quintaesencia La regla del juego. Es una característica que le conecta con Robert Altman, y de modo específico por compartir con La regla del juego escenario de diferencias de clases, aristócratas y sirvientes, una de sus mejores obras, Gosford park (2000). Para Renoir es tan importante, señala Cagiga, lo que aparece en cuadro como lo que potencialmente puede aparecer, o desaparecer del mismo. Por eso, es tan relevante, en un sentido distinto al de Ernst Lubistch, lo que ocurre tras las puertas. La parte por el todo deja en elipsis e invisible aquello que no percibimos, exactamente igual que en los fragmentos que habitamos, y que Renoir exprime. Hay una continuidad entre lo que se ve y lo que no se ve, en lo que selecciona (enfoca) y sugiere. Importa el flujo entre el campo y el fuera de campo, e incluso entre los términos del mismo encuadre, a veces como contraste. Renoir es un cineasta cuántico incluso antes de que este término pudiera ser acuñado. La vida sin principio ni fin, el acontecer de la(s) historia(s) humanas. Las ficciones de las que está hecha la materia, nuestros sueños, pesadillas, desvelos y ensoñaciones. Para Renoir el mundo es un teatro que se presenta y representa ante la misma audiencia que actúa en los diferentes escenarios que hay en la sociedad. La realidad o la vida como escenario es otro de los aspectos que vertebran su enfoque. Quiere captar el flujo de la vida, su ebullición, pero no lo desliga de la concepción de que esa marejada de emociones y deseos, con sus variaciones y fluctuaciones, está entrelazada con la ficción escénica. Somos, conscientes o inconscientes, actores y directores de puesta en escena, a la par que impulsos que se explayan o que se retienen. Generamos escenarios que apuntalamos como realidad instituida, con normas, códigos, estructuras y compartimentaciones; es decir, naturalizamos un escenario. Como el de las clases sociales y sus diferentes privilegios y funciones, en el que indaga en La regla del juego, para desbrozar los componentes que unen a unos y otros más allá de que unos detenten una posición socio económica y otros otra, con lo que implica que unos sean función e instrumento de los otros. Lo que une y equipara a unos y otros es el mismo escenario conflictivo: el sentimental.

Renoir, según Cagiga, logra transcender un argumento de corte folletinesco y mundano, un melodrama al estilo burgués decimonónico, en el que se apoya para desplegar sus coreografías seriales, como sucesivos movimientos musicales que son combinaciones o variaciones de diferentes personajes. Una coreografía que evidencia una partitura desafinada. Curiosamente, como también indica Cagiga, el mismo Renoir interpreta al personaje comodín. Octave, siempre en medio de todos los grupos, todavía con el disfraz de oso que no puede quitarse, con el enfado en aumento, mientras todo se desmorona, nos da la pauta del caos en que todo se ha precipitado. Es elocuente que porte ese disfraz de oso, personaje intermedio, entre la apariencia de humano o de animal, alguien que no es de clase alta pero tampoco sirviente, disfrazado y a la vez expuesto. La simulación y la naturalidad entran en colisión, como la animalidad y los rituales escénicos sociales. De ahí que cobre tanta relevancia, en su parte central, la larga escena de la caza. Como el punto de inflexión de la película, nos remite a la vida como escenario, como un juego de espejos, baile de disfraces o un teatro de vanidades. Cagiga destaca en particular, sobre la perspectiva más social y política, la antropológica y psicológica (lo que no implica que no esté presente la primera). Renoir desentraña un teatro que quiere dejar al desnudo más allá de las posiciones de unos y otros en ese sistema escénico. Quiere revelar las confusiones y los extravíos, las inconsecuencias y las veleidades de unos personajes que como todos nosotros, son sombras espectrales en ese extraño fragmento de realidad y ficción al que denominamos existencia. Para Renoir, la vertiente fundamental, aquella en la que el ser humano se realiza, y en la que, por añadidura, evidencia su distinción, una actitud consecuente y empática en vez de caprichosa o instrumental, es el amor. ¿Qué podemos esperar de una sociedad que se divierte fundamentando sus valores en la posesión de otro ser humano, ya sea un criado, un amante o alguien que ha dejado de querernos?

 

viernes, 31 de mayo de 2019

EL CERCO Y EL INFINITO. ESCENARIOS DEL SENTIMIENTO EN EL CINE DEL SIGLO XXI. YA A LA VENTA EN LA WEB DE LA EDITORIAL 8MM

SUMARIO: INTRODUCCIÓN. ANÁLISIS DE PELÍCULAS: 1. Deterioros, degradaciones, desconexiones, rupturas. La duquesa de Langeais (Jacques Rivette, 2007) Amour (Michael Haneke, 2012) En un lugar sin ley (David Lowery, 2013) Amor bajo el espino blanco (Zhang Yimou, 2012) Deseo, peligro (Ang Lee, 2007) Lejos del cielo (Todd Haynes, 2002) Revolutionary road (Sam Mendes, 2008) Delta y Pleasant days (Kornel Mundruczo, 2002 y 2008 ) Twentyninepalms (Bruno Dumont, 2004) Respira (Melanie Laurent, 2014) Like someone in love (Abbas Kiarostami, 2012) Cherry pie (Lorenz Marz, 2014) Después del amor (Joachim Lafosse, 2016) Los climas (Nuri Bilge Ceylan, 2006) 5x2 (Francois Ozon, 2005) Martes, después de navidad (Radu Muntean, 2010) To the wonder (Terrence Malick, 2012) Euphoria ( Ivan Vyrypaev, 2006) Nubes de verano y Mujeres en el parque (Felipe Vega, 2002 y 2006) 2.Desenfoques, distorsiones, perturbaciones, proyecciones, sublimaciones y pruebas de enfoque La vie nouvelle (Philippe Grandrieux, 2002) Shame (Steve McQueen, 2011) Zoo (Robinson Devor, 2007) Paraíso: amor (Ulrich Seidl, 2012) La pianista (Michael Haneke, 2001) Canibal (Manuel Martín Cuenca, 2013) Más allá de las colinas (Cristian Mungiu, 2012) Hadewijch (Bruno Dumont, 2008) Hombres, mujeres, niños (Jason Reitman, 2014) Blue jasmine (Woody Allen, 2013) Elle (Paul Verhoeven, 2016) Young adult (Jason Reitman, 2011) 36 (Nawapol Thamrongrattanarit, 2013) En la ciudad de Sylvia (Jose Luís Guerin, 2008) Aloys (Tobias Nolle, 2016) Two lovers (James Gray, 2008) Her (Spike Jonze, 2013) Phoenix (Christian Petzold, 2014) La mejor oferta (Giuseppe Tornatore, 2012) Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008) Behind the candelabra (Steven Soderbergh, 2013) y The girl (Julian Jarrold, 2013) La Venus de las pieles (Roman Polanski, 2013) Pasiones secretas y Los ángeles exterminadores (Jean Claude Brisseau) It follows (David Robert Mitchell, 2014) The myth of the american sleepover (David Robert Mitchell, 2010) Attenberg (Athina Rachel Tsingari, 2010) Mary is happy, Mary is happy (Nawapol Thamrongrattanarit, 2013) L'age atomique (Helene Klotz, 2012) Cuando tienes 17 años (André Techiné, 2016) Un amour de jeunesse (Mia Hansen-Love, 2011) Somersault (Cate Shortland, 2004) Tu dors Nicole (Stephane Lafleur, 2014) Joven y bonita (Francois Ozon, 2013) 3. Donde la emoción perdió su centro: Penumbras, fluctuaciones, extravíos, indecisiones, intemperies y extrañezas. Aliados (Robert Zemeckis, 2016) La ciudad de las estrellas (Damiel Chazelle, 2016) Asuntos privados en lugares públicos (Alain Resnais, 2007) Las hierbas salvajes (Alain Resnais, 2009) Para todos los gustos (Agnes Jaoui, 2000) Un cuento francés (Agnes Jaoui, 2013) Juegos secretos (Todd Field, 2006) All the real girls (David Gordon Green, 2003) The good girl (Miguel Arteta, 2002) El tiempo de los amantes (Jerome Bonnell, 2013) Margot y la boda (Noah Bambauch, 2007) Knight of hearts (Terrence Malick, 2015) Castillos de arena (Olivier Dahan, 2014) Enxaneta (Alfonso Amador, 2013) 10.000 KM (Carlos Marquet-Marques, 2014) ¿Qué hora es allí? (Tsai Ming Liang, 2001) Traición (Kirill Serebrennikov, 2012) Deseando amar (Wong Kar Wai, 2000) Bajo la arena (Francois Ozon, 2000) El pasado (Asghar Farhadi, 2013) 3 corazones (Benoit Jacquot, 2014) 45 (Andrew Haigh, 2015) Tokyo blues (Tran Anh Hung, 2010) The grandmaster (Wong Kar Wai, 2013) The invisible woman (Ralph Fiennes, 2013) After (Alberto Rodriguez, 2009) Je l'aimais (Zabou Breitman, 2009) Mud (Jeff Nichols, 2013) Una nueva amiga (Francois Ozon, 2014) Frantz (Francois Ozon, 2016) Antes del frío invierno (Philippe Claudel, 2014) The deep blue sea (Terence Davies, 2011) L'Annulaire (Diane Bertrand, 2006) Puro vicio (Paul Thomas Anderson, 2014) 4. Reinicios, despertares, gestaciones y alquimias de amor Villa Amalia (Benoit Jacquot, 2009) Calle Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg, 2015) My blueberry nights (Wong Kar Wai, 2007) Una vida en tres días (Jason Reitman, 2013) 17 fois Cecile Cassard (Christophe Honoré, 2002) Restless (Gus Van Sant, 2011) Monster's ball (Marc Forster, 2001) La desaparición de Eleanor Rigby (Ned Benson, 2014) Concussion (Stacie Passon, 2013) Una pareja perfecta (Nobuhiro Suwa, 2005) Pit stop (Yen Tan, 2013) Flandres (Bruno Dumont, 2006) The spectacular now (James Ponsoldt, 2013) Magia a la luz de la luna (Woody Allen, 2014) The lunchbox (Ritesh Batra, 2013) Embriagado de amor (Paul Thomas Anderson, 2002) Amelie (Jean Pierre Jeunet, 2001) La camarera Lynn (Ingo Haeb, 2014) De óxido y hueso (Jacques Audiard, 2012) Vendredi soir (Claire Denis, 2002) Algo debe romperse ( Ester Martin Bergsmark, 2014) Carol (Todd Haynes, 2015) Loving (Jeff Nichols, 2016) Rumba (Dominique Abel, Fiona Gordon y Bruno Romy, 2008) Antes del atardecer (Richard Linklater, 2004) Un lugar donde quedarse (Sam Mendes, 2009) Antes del anochecer (Richard Linklater, 2013) Tropical malady (Apichatpong Weerasethakul, 2004) Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013) https://editorial8mm.com/libros/el-cerco-y-el-infinito-escenarios-del-sentimiento-en-el-cine-del-s-xxi/

sábado, 3 de febrero de 2018

Alto, bajo, frágil

En ‘Alto, bajo, frágil’ (Haut, bas, fragile, 1995), de Jacques Rivette, Ida (Laurence Cote), no sabe quien es, aunque a los demás les recuerda siempre a alguien. Mira hacia atrás, pero no ve nada, sólo un agujero negro, en el que sus piernas no tienen pies. Delante tiene un espejo, un mundo en el que transita, intentando encontrarse entre la maleza de reflejos, intentando encontrar a su madre, intentando averiguar quién cantaba una canción cuya melodía se ha engarfiado en su mente. Intenta dotar de una melodía definida a su vida. Ida no es de las tres protagonistas quien más tiempo ocupe en pantalla, pero de algún modo, esquivo, como un enigma que nunca dejará de estirarse en las sombras, es su aliento, la interrogante que quiere hacerse danza, el escenario que quiere ser realidad, como un verbo que al fin logra conjugarse. Máscaras, reflejos, identidad. Lo real es relacional.
Hay un bar en el que canta Sarah (Anna Karina), que se llama Backstage (bastidores), y Roland (Andre Marcon) tiene un negocio que implica suministrar atrezzo para los escenarios teatrales. Habilita, convierte en habitables, en apariencia de habitable, los decorados vacíos, como los fantasmas los de la vida, los de la mente, ese vaho que se intenta condensar para precisar quiénes somos en esa extraña trama que es la vida, de callejones sin salida o hendiduras imprevistas. De un cajón, en la empresa donde trabaja como mensajera, extrae Ninon (Natalie Richard) un dinero. En otro, secreto, hay unos papeles fundamentales que pueden desvelar los negocios sucios del padre de Louise (Marianne Denicourt).
Louise ha salido del hospital hace poco, ha recobrado su cuerpo tras estar un tiempo en coma. Debe habilitar el decorado vacío de su vida, un reinicio. Ninon nos es presentada como un cuerpo que danza, que le gusta desplazarse, agitarse. Es testigo de un crimen, huye, cambia de escenario, se convierte en otra. Es un cuerpo que se modifica, que busca el cambio, que se transforma, que quiere dejar de ser fantasma, de ser clandestina; no quiere ocultarse, le gusta exponerse, quiere ser ‘descubierta’ por la mirada que la reconozca como pareja de baile, no como testigo de una muerte.
En un momento dado, los personajes comienzan a cantar, y bailar. Mientras Ida intenta averiguar a quien pertenece aquella canción que no logra identificar, las conexiones, sus tanteos y exploraciones, que se gestan entre Louise y Ninon, o Ninon y Rolando, o más tarde entre Louise y Lucien (Bruno Todeschini), se manifiestan en canciones y bailes. Anhelamos ser cuerpos, danza, canción. Lucien seguía a Louise. Alguien sigue a alguien porque le vigila, como ángel protector, o porque le acecha, quizá porque se ha quedado prendado, y persigue una obsesión. Ambas razones son ciertas con respecto a Lucien, aunque en principio fuera la primera, pero, imprevistamente, se dio la segunda. Se hacen cartografías, previsiones, planes, pero el azar, lo imprevisto, también juega. ¿Quiénes somos? ¿Quiénes parecemos? La identidad es algo extraño, sin duda frágil, más cuando se hace evidente que nos desplazamos entre escenarios, intentando descifrar lo que se hila entre bastidores. Buscamos dar nombre, pero sobre todo cuerpo, a esa melodía que perseguimos y que quizá nos haga sentir presencia, música y danza. O quizás la encontremos, y prefiramos salir corriendo. Podemos ser altos, o bajos, pero en la caja que nos porta en la vida nunca dejará de poner ‘Frágil’.

sábado, 13 de febrero de 2016

Le coup du berger

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La vida como escenario, las relaciones como mascaradas. Erase una vez una mujer a la que su amante regala un abrigo de pieles, por lo que tiene que urdir el modo en que pueda quedárselo sin que su marido sospeche su procedencia. Trama un relato según el cual casualmente había encontrado el billete de una consigna, pero inventar un futuro no es tan fácil como inventar un pasado. La estratagema necesita que sea el marido quien recoja el objeto para evitar posibles suspicacias si lo hiciera ella. Para su sorpresa, el marido no retorna con el abrigo sino con otro objeto, sin valor alguno. Es una anécdota, hecho real o leyenda, que ha tenido distintas variaciones. En Day-time wife (1939), de Gregory Ratoff, el embuste de Jane (Linda Darnell) sobre encontrar casualmente el boleto de un prestamista es para ocultar que se lo ha regalado su jefe (con el que no mantiene relación de ningún tipo), ya que no le había comentado a su marido, Ken (Tyrone Power), que había conseguido un puesto de secretaria (para indagar por qué los esposos tienden a mirar hacia otro lado, o sea no a sus esposas). Lo que confirmará, posteriormente, el intercambio de prendas es precisamente la infidelidad del marido con su secretaria (y todo finaliza con el reajustamiento del foco del marido sólo en su esposa). En un relato, que data de 1948, el objeto sustitutorio es un libro de Alfred Kinsey, Comportamiento sexual del hombre, una ironía sancionadora, por parte del marido, que revelaba que era conocedor de la infidelidad de su esposa.
Jacques Rivette realizaría en 1956 su tercer cortometraje sobre esa historia, Le coup de berger, y tres años después Roald Dahl escribiría un relato La señora Bixby y el abrigo del coronel que Alfred Hitchcock dirigiría en 1960, como uno de los episodios de Alfred Hitchcock presenta. Mismo año en que se utilizaría como uno de los pasajes dramáticos de Página en blanco, de Stanley Donen. Hay reveladoras variaciones. En el cortometraje de Hitchcock, se ironiza sobre todo con el azar como travestida apariencia de la imprevista injerencia de otros manipuladores y farsantes. La réplica es una duplicación: unos y otros simulan y engañan. En la resolución, la señora Bixby descubre que su marido, dentista, oculta también una relación paralela cuando ve salir de su consulta a su secretaria vestida con el abrigo de pieles. En Página en blanco, el marido, Victor (Cary Grant), recurre a la estratagema, consciente de la relación de su esposa (Deborah Kerr) con un millonario estadounidense (Robert Mitchum), porque sabe que el enfrentamiento directo dañaría cualquier posible rehabilitación de la relación. Es una forma de insinuarles que lo sabe, y una táctica para lograr que su esposa vuelva con él. Los impulsos entran en colisión, o duelo, con las estrategias, mientras sacuden a los personajes las interrogantes de qué es la realidad, qué son los sentimientos, o qué es una relación.
¿Cómo discernir, o separar, el escenario de lo real, la escenificación de lo espontáneo, si estamos tramados, o tramamos nuestras acciones/actuaciones, con proyecciones, expectativas, transferencias, manipulaciones, urdimbres, fingimientos y disimulos? Es una interrogante recurrente en el cine de Rivette, quien difumina las fronteras como interrogante que deja en evidencia su convergencia que puede ser fusión, o confusión. ¿Quién es el otro? ¿Cuánta proporción hay de carne y cuánta de máscara? Por eso, Rivette lo plantea como un juego de ajedrez, o plantea cómo las relaciones se pueden convertir, o enfocarse, como una partida de ajedrez. El título alude a una estrategia con la que uno de los contendientes logra la victoria porque sabe anticiparse a los movimientos del otro. El juego se relaciona con las máscaras y los reflejos. Claire nos es presentada reflejada ante un espejo, y en varias ocasiones, en concreto, en la casa de su amante, Claude (Jean Claude Brialy), se mira en dos ocasiones en el espejo, para acicalarse. Apariencia, ensimismamiento, mirada que ante todo se mira a sí misma (en otra escena, como extensión, él porta las gafas oscuras: es el momento previo a que ella le exprese su consternación porque no estaba el abrigo anhelado sino uno miserable de piel de conejo (como en la obra de Ratoff): le demanda que haga algo: pero ¿qué va a hacer si no puede 'ver' o imaginar qué ha podido suceder?. En otras, en su hogar, se refleja en el espejo, pero no se mira: revela su doblez. En esta versión, la resolución es aún más caustica: en una fiesta que organizan quien acude con el abrigo es su hermana Solange (Anne Doat). Precisamente, la excusa que había dado a su marido, Jean (Ettiene Loinod), al inicio, cuando va a ver a su amante, es que iba a ver a su hermana. Por tanto, en todo momento el marido era consciente de su engaño, y ese gesto final es una manera de restregárselo sarcásticamente. Ironía es también que, en una secuencia previa, Claire le deje probar un abrigo a su hermana, y que su reacción, cuando señala que puede quedarse con un abrigo suyo, le suscite la observación de que la nota extraña en las últimas semanas. La manipuladora y fingidora no es capaz de discernir su vida alrededor, la simulación de los otros.
Reflejos y ficciones: Durante la cena en la que se esfuerza en convencer a su marido de que vaya a recoger en la consigna lo que esté relacionado con ese boleto, él se mueve alrededor con mirada aparentemente distraída, enervándola con su falta de interés. Incluso, se levanta y da unas pinceladas a un retrato en proceso de su esposa, y cuando retorna a la mesa dirige su mirada hacia un cuadro en el que está retratada su esposa desnuda, y con el pelo corto (lo que delata que fue hace tiempo). Con dos miradas hacia dos retratos, en proceso y del pretérito, y su escurridiza coreografía de movimientos y gestos, condensa su relación presente, desdibujada, el deterioro o modificación de la relación, y su intuición de las procelosas intenciones de su esposa, ya máscara más que desnudez, como su relación es ya más un escenario en el que predominan las simulaciones. Una difusa transparencia, como el cristal de la copa de champán que observa Claire en el plano final. Una de sus posteriores grandes obras es La duquesa de Langeais, pero su título original es No toqueis el hacha, frase que refleja cuando el juego escénico deriva en combate, cuando el escenario supera a los contendientes por exceso o efecto. En Le coup du berger aún predomina una silenciosa confrontación, no explicita, sino elusiva, una sucesión de batallas sostenidas sobre el fingimiento y el escamoteo mientras las máscaras mantienen la apariencia de una alianza civilizada, almohadillada en las inercias, sin manifestar tensiones ni insatisfacciones. Jean nos es presentado tocando el piano junto a la ventana. Es la música de quien piensa en alguien en otro escenario fuera de campo. Las presencias están ausentes. PD: En la secuencia de la fiesta entre los invitados están Jean Luc Godard y Francois Truffaut.Tras el seudónimo de Etienne Loinod está otro futuro director, Jacques Doniol Valcroze, uno de los cofundadores de Cahiers du cinema. Uno de los coguionistas, también a cargo de producción, es Claude Chabrol. El ayudante de dirección es Jean Marie Straub.

"Le coup du berger" ("Scholar's Mate") from Short films / Cortometrajes on Vimeo.

sábado, 30 de enero de 2016

Jacques Rivette sigue vivo en la pista de circo

Siempre pensé que Jacques Rivette era un cineasta del siglo XXI décadas antes. Entre los cineastas de la Nouvelle vague, siempre me pareció el más radical, de modo menos aparatoso, o aparente, que Godard, más escurridizo, por eso más desconcertante. Por eso, se ha mantenido entre sombras, en un discreto (la discreción de la sutileza, y de no absorber luces de focos) segundo plano, lejos del impacto de Truffaut (más facilmente digerible, las formas convencionales de quien cuestionó a predecesores, mucho más inspirados, por ese mismo motivo: la mirada de Truffaut refleja cómo no queremos asumir que somos más convencionales de como nos queremos ver) o del controvertido Godard (cuyas interrogantes sobre el lenguaje a veces fueron eficazmente dinamitadoras, como en Pierrot le fou, o eficazmente rastreadoras de la prostitución de la mirada, como en Vivir su vida, pero a veces podían convertirse en meras carreras por salas de museos, ruido pero poca nuez sustancial). Rohmer encontró su pequeña parcela en las recogidas cámaras en la que se dirimían, entre susurros, los dilemas sentimentales (aunque a veces perdía pie en sus incursiones en periodos pretéritos como en las poco afortunadas La marquesa de o La duquesa y el inglés), uno de esos cineastas, como Allen, a los que se consideraba más cineastas de verbo (muy lúcido, eso sí). Y Chabrol, tras unas primeras décadas irregulares, encadenó una serie de obras excelentes en los noventa en la que depuró su soterrada mirada mordaz sobre la abyección humana desplegándose con agudeza dentro de los límites de un género criminal.
Rivette se deslizaba en silencio, sin atraer demasiadas miradas, con alguna excepción como su sublime 'La bella mentirosa'.Aunque esta y otras obras previas fueran extraordinarias, caso de 'La banda de las cuatro', 'El amor por tierra' o 'Alto, bajo, frágil', por ejemplo, sus obras del siglo XXI alcanzaron una depuración admirable: Y le revela como uno de los más lúcidos diseccionadores, como su admirado Hitchcock, de los escenarios,fantasmas y reflejos sentimentales: La duquesa de Langeais, Vete a saber, Historia de Marie y Julien o El último verano. En mi libro 'Fantasmas y reflejos del siglo XXI' aparecen textos sobre las tres últimas, Sobre su despedida, ya que sabía que su enfermedad avanzaba (además en el organo de su distinción, la mente: somos cómo nos deterioramos, así lo que generamos), escribí este pasaje: 'Rivette hace de su cine arte de lo posible, espacio posible de cura, que se sumerge a través del artificio en las entrañas de la vida para revelarla, enfocarla. Y hace de su lenguaje juego, expansión y estiramiento, despojándose de cualquier corsé de representación, como libera los corsés emocionales. La acción alterna los encuentros, diálogos, de los personajes, que en ocasiones parecieran en un escenario, por sus gestos y movimientos (e incluso, dirigiéndose a la cámara), con las actuaciones en la pista del circo, las cuáles en sí establecen un diálogo, un sutil juego de reflejos, con lo que acontece (o aconteció) a los personajes. Pero 'Quien sabe', las últimas palabras que se escuchan, en el último diálogo entre Kate y Vittorio, sentados en las gradas (¿último?¿quién sabe?).(...)
'El último verano' (36 vues du pic St.Loup, 2009), es la fascinante y revitalizante, aún teñida con la sombra de la melancolía, última obra de Jacques Rivette. Una obra que es tanto homenaje al arte, a la luminosidad del artificio que esclarece las sombras de la realidad, como de despedida. Un admirable guion repleto de sutilezas, de enigmas, juegos y revelaciones de jubiloso sentido de la representación. Un canto de amor a la pista del circo, del Arte y de la Vida.' Su cine es de los que con más ingenio y agudeza, me ha hecho ver que hay muchos otros ángulos desde los que mirar, reflexionar y representar la realidad. 'La pista de circo es el lugar más peligroso del mundo, y también el lugar donde todo es posible'. En la vida estás permanentemente expuesto, y cualquier cosa puede ocurrir. Lo imprevisto, la música del azar, pende sobre la ruta de la vida. No sabes lo que puede suceder en la próxima curva, quizás el motor de tu coche falle. No sabes qué 'aparecerá' tras cualquier recodo, qué cruce de caminos, o destinos, o azares'. Porque '¿Quién sabe?'

miércoles, 29 de julio de 2015

El cine de Sara Driver: La mirada de la metamorfosis.

Y en la mirada se realiza la metamorfosis. Y entre los pasadizos de los sueños y las sinuosidades de la realidad se desliza.
Instigadora de la imaginación. “I just want to instigate imagination somehow”/Tan solo quiero instigar la imaginación de alguna manera'. Sara Driver, como su cómplice y colaborador y pareja Jim Jarmusch, nos instiga con sus obras a usar la imaginación. A la cineasta le gusta ese verbo, instigar. Así consta en Strummer (1993), el cortometraje que montó, con material rodado en vídeo por Jarmusch, sobre la grabación, en el estudio de sonido en una granja de Gales, de la extraordinaria banda sonora compuesta por Joe Strummer para su segundo largometraje, When pigs fly (1993): “instigado por Sara Driver”. En los títulos de crédito de Sólo los amantes sobreviven (Only lovers left alive, 2013), de Jarmusch, este la reconoce como instigadora e inspiradora. No cuesta ver mucho en ambos protagonistas un reflejo, en cierta medida, de ellos mismos. De su conexión y complicidad íntima, de su distancia (falta de afinidad) con el mundo predominante, con una dinámica, o más bien, inercia social, que cuestionan, de entrada por su escaso o nulo uso de la imaginación (en su mirada hay pluralidad de universos, mientras que la sociedad actual parece restringida entre límites de pobre relieve e intercambiables voces). De hecho, hasta se pueden advertir ciertas consonancias entre la nihilista opción por el aislamiento y la postración en la melancolía de los protagonistas masculinos de Sólo los amantes sobreviven y When pigs fly (1993).
Jarmusch ha reconocido que logró hacer su primera obra, Permanent vacation (1990) gracias a la determinación de Sara Driver, quien ejercía de ayudante de dirección y encargada de la producción, ya que nunca ve problemas sino qué soluciones se pueden encontrar. Driver realizó también tareas de producción en las posteriores Extraños en el paraíso (Stranger than paradise, 1984) y (como solucionadora de problemas/troubleshooter) Bajo el peso de la ley (Down by law, 1986), además de intervenir como actriz en pequeños papeles en las dos primeras y en Mistery train (1989). Ejerció de consultora de guión en Ghost dog (1999) y aportó la idea que inspiró, o puso en marcha, Flores rotas (Borken flowers, 2005). Entremedias se separaron por un tiempo ya que advirtieron que eran más colaboradores creativos que amantes. Se habían distanciado, y poner distancia entre ambos reactivó la conexión en la proximidad (como los vampiros de Sólo los amantes sobreviven viven separados por kilómetros de distancia pero siempre se sienten cerca).
Jarmusch sí logró hacerse un nombre en las periferias de la independencia (e incluso es de los pocos cineastas que es propietario de las películas que ha realizado). En cambio, Sara Driver y otros de su generación que comenzaron a hacer cine a finales de los setenta e inicios de los ochenta no lograron consolidar una carrera cinematográfica, cuando menos con la deseada continuidad. El estilo y forma de mirar de aquellos y aquellas integrantes del movimiento underground No wave cinema (1976-1985), si se diferenciaba del cine mainstream. Era radical en sus planteamientos, no como el predominante cine independiente que se consolidó en los 90, en la estela de Sexo mentira y cintos de video (sex, lies and videotapes, 1989), y apuntalado con las obras de Quentin Tarantino, más bien una sucursal del mainstream en producciones de bajo presupuesto, o reducto de obras caracterizadas por la excentricidad lindando con la extravagancia (personajes o comportamientos anómalos), o por dar más espacio a los personajes y los diálogos (según la ecuación de que en el cine de más presupuesto ocurren cosas y en el de menos presupuesto hablan de cosas).
Entre los cineastas que surgieron entonces, Amos Poe dirigió en el periodo de efervescencia, The foreigner (1978), Subway riders (1981) o Alphabet city (1984), pero en los 90 sólo estrenó el falso documental Triple Bogey by par five hole (1991), en la que Philip Seymour Hoffman realizaba una de sus primeras apariciones en pantalla, y la comedia siniestra Actores asesinos (1998), de la que se podría decir que seguía la estela tarantiniana sino fuera porque esa ecuación de humor y violencia caracterizaba ya algunas de sus primeras obras; en los últimos quince años ha alternado los trabajos documentales o experimentales. Eric Mitchell, además de actor, como en la excelente, y muy reivindicable, El fin de la noche (The end of the night, 1990) de Keith McNally, dirigió la singular Underworld USA (1980), la cual quebraba las nociones de naturalismo con actores que recitan y decorados que remarcan el artificio espacial; su última obra fue en 1985, The way it is, con Steve Buscemi; desde entonces se ha centrado más en la pintura y la ilustración. Sheila McLaughlin dirigió solo dos obras, la excelente y descarnada Commited, 1984, sobre la reclusión de la actriz Frances Farmer, y la sugerente Las alucinaciones de Agata (She must be seeing things 1987); desde 1997 se dedica a la acupuntura. Rachel Reichman realizó la excepcional The riverbed, 1986, un sorprendente viaje sensorial a través de la percepción de una chica autista, y Work, 1997; posteriormente sus créditos son como editora.
Sara Driver ya remarcó su heterodoxa singularidad cuando no mostró preocupación alguna porque su primera obra, la adaptación de un relato de Paul Bowles, You are not I (1981), en la que Jarmusch fue su coguionista y director de fotografía, fuera una obra de 48 minutos, ni corto ni largo. Una obra entremedias, como sus mundos narrativos. No le importaba, era la duración que requería la obra, y no se iba a plegar a otras consideraciones. Porque el sentido del tempo, ya que sus narraciones son coreografías de modulación, es crucial en su obra, como el diseño de sonido (de los 12.000 dolares de presupuesto de You are not I, 8.000 los dedicó al diseño sonoro): por eso, sus obras fluyen, cual trances, son inmersiones en la extrañeza que es interrogación, sean más tenebrosas (You are not I) o más risueñas (When pigs fly): en este sentido, es crucial la conjugación con las composiciones musicales, particularmente destacable en las muy contrastadas bandas sonoras compuestas por Phil Kline y Joe Strummer para, respectivamente, You are not I y When pigs fly: la primera sostiene la narración como un sombrío rumor de fondo, y la segunda dispara la narración, como un sueño largamente retenido, con una convulsión sonora que asemeja a la vivaz vibración de una coctelera.
Sara Driver realizó en 1987 su primer largometraje, Sleepwalk. En 1990 Bed and boars, un episodio de la serie Monsters. En 1994 un cortometraje, una breve ráfaga de diez minutos, sobre el barrio de Bowery en el Lower East side en Nueva York, dentro de la serie Postcards from New York (Postales de Nueva York): The Bowery-Spring es un fascinante documental narrado desde el otro lado del espejo, una ensoñación excéntrica, de nexos dislocados, como los otros pasos de baile que se conjugan en sus obras de ficción (o el arte de cambiar el paso en la narración y en la mirada del espectador). Transmite la sensación de que es una ciudad de verdad habitada, y una ciudad aparte, porque sus habitantes sí parecían disponer de cuerpo y relacionarse con el mundo alrededor aunque se cayera a trozos, indigentes que viajarían a Florida en invierno con el dinero cobrado con sus cheques de la Seguridad social. Es un espacio de posibles: en la calle, en cualquier esquina te puedes encontrar con lo inusitado, o quizá, sucesivamente, con cuatro diferentes personas que no habías visto en mucho tiempo. Así es la ciudad en la mirada de Sara Driver, como lo son sus propias narraciones, saltos en la imaginación que nos trasladan a otra forma de habitar y mirar la realidad, siempre en los intersticios donde los límites son transgredidos, porque la naturaleza de la imaginación es elástica.
Realizó su último largometraje, When pigs fly, en 1993, en buena medida gracias a que Jim Jarmusch constaba en los títulos de crédito como productor ejecutivo, algo que se ha negado a repetir cuando se ha dado la oportunidad de que le financien algún nuevo proyecto. Si necesita esas muletas para poder realizar una obra prefiere no hacer uso de ellas. Por eso no ha logrado realizar ningún proyecto en veintidós años, caso de una adaptación de una novela de Jane Bowles, Dos damas muy serias (unos posibles productores le preguntaron “¿no hay protagonista masculino?” Y ella les replicó: “¿cuál es el título?”). Otro proyecto, Deaf, dumb and blonde, fue considerado inviable porque no veían posible beneficio en una producción que pretendía realizar casi sin sonido alguno (la protagonista: una mujer sorda que recuerda su pasado cuando oía). Y tampoco encontró financiación para Gone with the mind (sobre un científico de mediana edad que vive con su madre) o They live among us (una comedia de horror sobre chicas estudiantes que se convierten en reinas abejas). Dos obstáculos considera la cineasta que han sido determinantes para que no haya podido levantar sus proyectos (que no son precisamente de concepción ortodoxa): En la industria estadounidense manda el capitalismo, no el amor al arte. Y además es una industria dominada por hombres en la que hay un muy escaso porcentaje de directoras.
Actualmente, intenta propulsar un proyecto para el que aún no ha encontrado dinero ni siquiera para disponer de una cámara, que tendrá que comprarse, Tales of the hanging head. Lo de la cabeza ladeada (hanging head) es ocurrencia de Marjani Satrapi, la directora de Persepolis (2007). Habían asistido al Kusterdorf film festival, que dirige Emir Kusturika desde que lo creó en el 2008. En el taxi en el que se marchaban, Marjani observó que dormía de un modo bastante raro, por cómo balanceaba la cabeza, y ella le contestó: “no, es que se me está relatando todo un guión en la cabeza”. Y Marjani apostilló que debía titularlo Tales of the hanging head. Con este proyecto intenta recuperar la importancia del mito y el arquetipo (una de las singularidades de su propia obra, de complejos substratos alegóricos) en las leyendas, fábulas y relatos de los diversos folclores, y en concreto, alrededor de la metamorfosis, un concepto también recurrente en su mirada narrativa a través del planteamiento de unos relatos que cuestionan los límites, siempre en la difusa zona fronteriza entre los sueños, lo fantasmal o lo imaginario, y la realidad.
Cuando impartía clases en la universidad de Nueva York advirtió que sus alumnos desconocían bastante de los mitos clásicos, detalle que no deja de ser quizá elocuente de cierta perdida de densidad en la mirada de un espectador medio que no parece necesitar de complejos estratos sino gozar ante todo de superficies, como si las peripecias se desprendieran de transcendencia, de relación especular (epifánica, interrogante) con la propia realidad. Los relatos ya no son reflexiones, revelaciones, iniciaciones, relatos ejemplares, sino fugas. El arquetipo, en el territorio del subtexto, se diluye como un fantasma, porque el espectador predominante no parece necesitarlo. No parece necesitar mirar más allá de unos ciertos límites, los de la peripecia externa, unos códigos de circulación que se agotan en su propia formulación, en su capacidad de impacto, en su condición de espejismo de novedad, en el eficiente rapto de la voluntad durante su enunciación cual inoculación de una sustancia alucinógena. Y por eficiencia se considera la correcta aplicación de las reglas del verosimil en el contexto de la peripecia narrativa. Las miradas no tienden a interrogarse ni excavar en las pantallas como en la propia realidad. Se fugan en las vibraciones de los ornamentos narrativos, visuales y sonoros.
Los cineastas que son su inspiración y referencia practicaron la demolición de certezas, caso de Andrei Tarkovski, Jacques Rivette, Luís Buñuel y sobre todo, su cineasta predilecto, Jacques Tourneur. En concreto, para Sleepwalk recomendó a sus colaboradores que vieran, o revisaran, Stalker (1979) de Tarkovski o Celine y Julie van en barco (Celine et Julie vont en bateu, 1974), de Rivette. Sus obras son historias fantasmales, como lo era otra obra que admira, El gato negro (Kuroneko, 1968), de Kaneto Shindo, o la obra que, terminado el rodaje de When spigs fly, descubrió que se había rodado décadas atrás en los mismos escenarios alemanes, Nosferatu (1923). Su mirada es la de la exiliada que no ha perdido el impulso de la disidencia. Por eso, nos transmite que vivimos en muchos mundos pero parece que tendamos a vivir en un espacio reducido. Reflejó en Sleepwalk, adelantada a su tiempo, la tónica de vida de nuestros vidas, la relación predominante con una pantalla física. Así somos, sonámbulos de percepción entumecida. El cine de Sara Driver es como el mordisco del vampiro que nos revitaliza. Nos espera en su singular bosque de celuloide, en el que las brújulas convencionales poco tienen que hacer, y nos acecha con una traviesa sonrisa, como las fantasmas de El gato negro. Es un cine que traza laberintos en el laberinto como un duelo de cartografías, porque no da nada por sentado, y no le gusta clausurar nada, sino abrir brechas, como en el cine coreográfico de Jacques Rivette. Es una inmersión en la zona de Stalker. Ella es una acechadora/Stalker. Se mantiene al acecho con la realidad, y la sorprende cuando cambia los muebles del escenario, y nos sorprende a nosotros, porque nos los cambia en nuestras miradas. Su cine es inyección de vida: los cerdos efectivamente vuelan.
You are not I (1981) es una inmersión en esa difusa frontera entre el dentro y el afuera. Un accidente en el tráfico de la realidad, y ya no son piedras lo que sostienen esa muda normalidad de acciones ritualizadas. Las direcciones son inciertas como si se siguiera el rastro sinuoso de una niña conduciendo un cochecito entre los charcos donde quién sabe qué reflejos te puedes encontrar. Habitamos la realidad como un tráfico en el que realizamos siempre las mismas acciones. Pero ¿quién nos lo ha indicado? ¿Alguien con un megáfono, como se apunta en una película, cual director de escena a la muchedumbre de extras?. ¿Por qué convertimos el decurso de nuestra vida en la repetida ejecución de una sucesión de resortes que no cuestionamos? ¿Esa normalidad es deseable, es la aspiración que nos realiza? ¿No es una realidad espectral esa normalidad de la que se supone que hay que desear formar parte? ¿No es un código de tráfico arbitrario? En You are not I palpita una negación, un rechazo. El deseo de no ser lo que se supone que se debe ser. Es la negación de quien está dando esos pasos entre la adolescencia y la primera juventud en los que la sublevación palpita frente a un horizonte de vida clasificada y compartimentada en la que se supone que hay que ingresar. Ese tú no eres yo (You are not I) es en buena medida la afirmación de una propia singularidad, una forma de mirar y sentir que no se identifica con la mayoritaria y consensuada en el mapa instituido de la normalidad, la institución de realidad en la que realmente se está recluido aunque se sienta que se realiza como otro conductor más en el tráfico de la vida ritualizada.
La mirada de Ethel (Suzanne Fletcher) es la mirada que proviene del otro ángulo. Traspasa las verjas tras las que estaba confinada, en un sanatorio psiquiátrico, inmovilizada por su condición de persona anómala, calificada, cosificada, como trastornada, un no-alguien no funcional, una mente averiada que debe ser apartada del tráfico (en una habitación de paredes despojadas; la normalidad decora la realidad, la rellena con accesorios que hagan sentir que brota vida en lo que no es sino una sucesión de simulaciones). En las primeras imágenes unas fotos fijas de dos pacientes del sanatorio asidas a esas verjas. En el encuadre irrumpe Ethel y la cámara se desliza al son de su desplazamiento, y el encuadre se abre, y muestra, revela, un accidente de coche en profundidad de campo. Es una mirada que abre fueras de campo. Es una mirada que irrumpe, un accidente en el tráfico de la realidad, en esa realidad que todo lo convierte en cifras y piedras. Una solidez llamada realidad, una sucesión de piedras acordes a la mudez de la normalidad, las voces apresadas en un tráfico que las convierte en voces indiferenciadas, muñecos de ventrílocuo, caja de resonancia de quien, entidad abstracta, realidad instituida, con su megáfono indica cuáles son los rituales a ejecutar una y otra vez. Ethel introduce piedras en las bocas de los cadáveres, equiparación con su lengua muerta en vida. Palabras, verbos sobre cuerpos muertos, desaparecidos. La voz deviene piedra, ya no concibe en el mundo muerto del tráfico del orden. Entre los cadáveres, confundirán a Ethel con otra accidentada, y la llevarán al hogar de su hermana.
Ethel es otra, no es ellos, no es normal. No es como todos. En sus ojos habitan sus sombras, prendidas bajo sus párpados. Su voz interior, esa voz separada de la realidad con la que no conecta, hilvana el relato como una modulación acompasada a una música, murmullo de fondo, como un rasgón en el telón, que es trance, y desajuste, ya que hay sonidos que se corresponden con los de la escena, como Ethel es una irrupción, un cuerpo extraño en el tráfico de la realidad (realidad como convención y sucesión de trámites; por lo tanto, fantasmal; y su irrupción, su mirada, la desentraña). En su mirada hay una gasolinera más en el recorrido hasta la casa de su hermana. Hay un elemento añadido que altera el conjunto, como la narración sonámbula altera nuestra percepción. Ya la realidad no se percibe como una materia compacta en la que todos los elementos están cohesionados con sus correspondientes nexos. Se revela una ilusión. Los signos de la realidad instituida se revelan como corchos flotando en una materia líquida. Lo real es un flujo incierto, una deriva. La mirada de Ethel invierte el ángulo, como en la casa de su hermana sentirá que los muebles han sido cambiados de posición. Ella proviene del otro lado del espejo, y con su mirada reajustamos la relación con la realidad. Con su mirada no hay piedras. En su mirada lo posible puede transfigurar la percepción, configuración y concepción de la realidad.
Introduce la piedra en la boca de su hermana, y un fundido en negro se convierte en puente a otra realidad en la que ella permanece, en sombras, en el hogar, como si las sombras de su mirada se hubieran desplegado en el entorno. Inversión de posiciones, su mirada ahora edifica la realidad: ella y sus sombras son las residentes en el hogar, transfiguración de la normalidad gris, y en el sanatorio, su hermana, reclusa en correspondencia a la reclusión que padecía sin ser consciente de ello en su vida normal, es quien escribe las reflexiones que Ethel ha hilvanado con su voz durante el relato. En la transferencia de asignación de lugares, Ethel toma habitación en su no lugar real, abismático y ambiguo, en el tiempo de una conciencia alterada, insumisa a la designación de su posición, reclusión, en el mundo (¿por qué ella en ese lugar y yo en este?¿Qué nos separa?). Los reflejos en el espejo colisionan y se (con)funden. No hay ya límites, sino exilio. Esa presencia proyectada de su hermana en el sanatorio, en su lugar, revela en la narración una metafísica de la ausencia, la carencia de centro y estable fundamentación.
La mirada de Ethel, la apropiación de la enunciación, su modificación, se convierte en interrogante y fisura que desmonta todo cimiento de instituida certeza en nuestra relación con la realidad (y afirma la posibilidad de la modificación), como la modulación, o el deslizamiento expresivo, de la narración, una brecha que abre una fisura donde pensábamos que sólo había piedra sobre piedra edificando la realidad conocida en su tráfico de normalidad. Esa con la que nos relacionamos como quien pulsa la misma tecla una y otra vez, hasta que quizá sangre el dedo como una interrogación que nos hace cambiar el paso y mirar la realidad de otro modo.
En Sleepwalk (1986), Nicole (Suzanne Fletcher, como si la Ethel de You are not I hubiera sido recluida y poseída en el universo de la normalidad, de tráfico de teclas, de su hermana) es traductora. Pero más bien una realidad se le impone. Su labor se concentra en pulsar unas teclas con la mirada puesta en una pantalla. Conectada a pantallas no es lo mismo que conectada a lo real. La relación con la realidad se ve constreñida o abocada a realizar las mismas acciones, dar teclas como trámites o inercias, gestos mecánicos. Y no sólo ella, sino todos a su alrededor, como sus compañeros de trabajo, cada uno en su particular tarea que no deja de ser la misma, la mirada constreñida en una pantalla reducida. La realidad se convierte en un amasijo de signos sin nexos coherentes, diluida la percepción en un entumecimiento que ya no discierne más allá de una pantalla que absorbe y enajena la mirada. Signos que se supone portan sentido pero realmente no se diferencian de la incoherencia de unos signos chinos para un profano. ¿Qué realidad traducimos?¿O más bien la fotocopiamos, como un producto en serie? Hay una misteriosa mujer china que se llama Ecco Ecco. ¿No es la realidad, sus días, una sucesión de ecos de un mismo día de una realidad que se reproduce una y otra vez con parecidos signos que parece que dicen pero no dicen ya (piedras, signos incoherentes)?.
Quien roba el texto en chino que encargará a Nicole que lo traduzca apunta que faltan las primeras páginas. No hay primeras páginas, porque no sabes cuándo comenzó la cinta corredera en la que se confinó la vida reducida de las acciones ritualizadas, las vidas de miradas secuestradas, ya extensiones de las mismas labores que se realizan una y otra vez. Y el dedo sangra, y el relato se transfigura, y el relato transita las difusas fronteras entre la realidad y el sueño como si cruzara a una zona en la que las coordenadas son otras, como los distintos niveles en los que se detiene su ascensor parecen acceso a varias realidades (posibles, desconcertantes). La mirada de un niño, la mirada de un perro, es la recuperación de lo que podría ser. Un niño pide que le ayude a cruzar la calle, y ella lo hace, pero el niño vuelve al punto de partida para esperar volver a cruzar. ¿No es lo que Nicole ha hecho con su vida, nunca cruzar del todo a ningún lado, siempre en la misma acera, atrapada en el mismo gesto que no avanza? Y tras ese primer paseo de vuelta a casa, la realidad ya no es aquella en la que nunca cruzamos umbrales porque siempre permanecemos en la misma acera, en el mismo compartimiento de realidad, con la mirada abotargada, como quien circula de relación en relación sentimental sin implicarse con ninguna, como su amiga Isabelle (Ann Magnuson), porque no hay un centro sino un vaivén veleidoso entre lo indiferenciado porque la mirada ya no sabe singularizar, cautiva de su mero capricho,como la princesa de un cuento que espera que escalen por su larga melena para rescatarla de la torre en la que se siente prisionera.
La realidad estaba constituida por superficies que son pantallas (treinta años después se ha agudizado hasta extremos crónicos esta entumecida relación) y olvido, porque las experiencias no dejaban poso, otra sustituía a la anterior aunque quizá sea parecida, o la misma. Pero un día, te sangra el dedo, ese con el que dabas a las mismas teclas una y otra vez, y desciendes a la realidad, desciendes los niveles de los que está constituida la realidad, y te confrontas con la incertidumbre, con la oscuridad que no sabes que depara, en la que no sabes a dónde te dirigen los pasos que das, y de quién son los que escuchas. Cualquiera ya no es cualquiera o el mismo, sino una incógnita. Y los niños te recuerdan que la mirada puede volar, que las estrellas pueden brotar de tu aliento, que hay pasos que perdiste, como perdiste la luz.
La realidad es un laberinto de signos escurridizos. Quizá sea cuestión de nuevo perderse, de nuevo andar en la oscuridad con los ojos cerrados, pero sin miedo, expuesta a lo incierto, quizás sea ese el modo en el que recuperarte, ya no cautiva de pantallas, sino expuesta al fluir de una intemperie, donde tu imaginación vuelva de nuevo a soñar, una mirada en busca, como quien explora e intenta encontrar de nuevo un hilo entre los pasadizos y niveles de la realidad múltiple y fronteriza. No hay un final, porque se abren las direcciones, y lo real es curso, un sembrado de posibles relatos, de realidades que encontrar y sorprender. Porque las distancias se difuminan, y el aquí y el allá son encrucijadas en potencia, líneas que pueden entrecruzarse de modo imprevisto. Y duermes, para despertar con los sueños, y junto a ti, el hijo que buscabas en la noche, permanece sentado, a la espera, con una venda en los ojos. Y a vuestra espalda, el río que fluye. En el vado, se generan las narraciones. La imaginación abrirá fronteras mientras se desprende de las vendas con la coreografía de los puntos suspensivos.
La imaginación sabe que los cerdos sí pueden volar. Y cuando sabes que eso es cierto, ya no deseas seguir postrado ajeno a ese tráfico de realidad con el que no te sientes conectado porque sientes que ese tráfico es ruido, sonido ininteligible, que nada dice, carente de música, carente de imaginación. Y por eso te recluiste en los sueños que son negación de realidad, porque te apartan de esta que ya sientes como una infección. En When pigs fly (1993), Marty (Alfred Molina), músico de jazz, se siente ya un fantasma en la realidad, desconectado, separado. La melancolía le desborda y se postra como un manto y se refugia en los sueños, en ese imaginario que conecta con aquel pasado en el que aún creía posible materializar la música de los sueños, convertir la vida en canto. Marty duerme en vida. La realidad alrededor, el paisaje alrededor de su casa aislada, y el interior de su hogar, es un escenario desvencijado, abandonado y desordenado como su interior. Sólo anhela dormir, olvidarse de sí mismo, de la realidad afuera con la que se siente ajeno. ¿Para qué salir, para qué circular en ese afuera, en lo que siente como apariencia sin sustancia? No necesita ya salir al mundo porque no se corresponde con ningún sueño. Y se recoge en sus sueños, como también su perro.
Es como el vampiro de Sólo los amantes sobreviven (2013), ya separado, aislado, en su hogar retiro, de esa realidad que siente infestada de zombies vitales sin imaginación. Uno mecido en la música de sus ensoñaciones, en los conciertos que daba, de la que ya son pálidos, desafinados, reflejos las clases que imparte a niños, y el otro con la música que interpreta en su soledad, embutido en sus cascos, y que es conexión en la distancia con la mujer con la que siente un lazo íntimo,excepcional, la cercanía que le sostiene en el mundo. Marty también la reencontrará en una mujer, Sheila (Maggie O'Neill), y lo hará gracias a la intervención de dos fantasmas, Lily (Marianne Faithful) y la niña Ruthie (Rachel Bella), dos fantasmas adheridos a una mecedora que, significativamente, Sheila lleva a su hogar. Su vida parecía, precisamente, ya atascada en el movimiento de una mecedora, ensimismamiento en el propio lamento, en la propia decepción, en el desprovisto entusiasmo vital. Se mecía en su abandonado espacio íntimo. La paradoja es que dos fantasmas sean quienes le rescaten de su postración espectral, y le recuperen para la conexión con el afuera, a través de la conjunción de una complicidad y conexión vital con una compañera de viaje emocional, Sheila.
Marty vive una aventura, una incursión en su propio pasado, un presente manchado de vidas que se despidieron, como él parecía haberse despedido en vida de la vida. Esa inmersión en lo que fue le recupera de su estancamiento en un ya no es. Trocear su mecedora vital interior implicará recuperar el anhelo de volar, pero ya no sólo en sus sueños, con la música, sino con otros, en una colaboración cómplice vital. No sólo se preocupará de sí mismo, liberándose de su entumecida negación de sí y de la realidad, sino de otros, y eso supone implicarse, intentar mejorar la vida de otros además de la propia: en esa conjugación reside la armonía entre el dentro y el afuera; se dota de música a la realidad. Marty recupera en su vida el impulso de lo posible, los cerdos pueden volar, y los fantasmas existen, y la realidad carece de límites, como la misma imaginación, propulsora de habitación de vida singular, una frontera en la que impulsarse hacia horizontes que ya no creía factibles. Por eso, el final es proyección, es puente, y abrazo, nave en el agua que fluye, horizonte incierto en el que sumergirse, y en el que desaparecer para aparecer una y otra vez con la mirada despierta que conduce en una realidad cuyos nexos los teje la imaginación que no cesará de construir puentes ni de fluir y navegar junto a miradas afines y cómplices con las que abrazarse, como acordes de música que comparten partituras de sueños. Esa es la instigadora sublevación de la imaginación.
El cine de Sara Driver nos hace cambiar el paso y mirar la realidad desde otro ángulo. Su cine nos interpela y desafía: Dame un nombre, y lo convertiré en coreografía de versos escurridizos. Se escurren porque juegan, por eso escuchas su risa en las sombras. Los límites serán derrumbados por lo posible, el sonámbulo afinará sus pasos mientras despierta en sus sueños, parece postrado, pero avanza firme, y sus ojos parecen vendados, pero ríen porque imaginan lo que otros perdieron en los bolsillos de la costumbre. Los cerdos sí vuelan, mira en lo que no esperas y contemplarás su recorrido. Siempre vuelan a través. Hay desvíos que son senderos inusitados, niveles en los que no imaginabas descender, pero no caes, sino que atraviesas los reflejos, como luz que radiografía las palabras huecas en las rígidas teclas del trámite y descifra los gestos evasivos en el tráfico de los días indistintos. Y miras alrededor, y siempre es de frente, un puente que es abrazo que es corriente de agua y música que se despliega. Hacia afuera, como quien toca con la mano abierta el umbral inadvertido.