
Reencarnación
(Birth,2004),
de Jonathan Glazer, es una fascinante obra sobre la incertidumbre, o
la desestabilización de las certezas, en particular en el escenario
amoroso. Esa conmoción queda patentemente reflejada en un dilatado
plano que consternó, por su duración, a algunos espectadores. Es un
largo primer plano sobre el rostro de Anna (Nicole Kidman), cuando
asiste a un concierto de ópera. Es un plano en el que no sucede
(convencionalmente hablando) nada, pero en el que tanto sucede. Se ha
producido una fisura en el curso de la vida de Anna. El plano en sí
ya es una película. Es una de las más depuradas inmersiones en las
honduras del rostro humano, con el debate palpable de la marea de sus
emociones. Se es testigo de todo lo que acaece en el interior de
alguien, un océano de emociones, percibido a través de la expresión
de su mirada. Este momento, este plano, condensa la desestabilización
que ha sufrido Anna tras que un niño de diez años le haya dicho que
es la reencarnación de su anterior marido muerto, diez años atrás,
y que no debe casarse con Joseph (Danny Huston), con quien justo
acaba de prometerse, tras que él haya insistido durante más de un
año. No es sólo la conmoción por esa revelación, o insinuación,
sino el efecto que algo así supone para ella en relación con lo que
siente en el presente. Es un detonante, cual seísmo, que conmociona
sus entrañas, como si hasta ese momento hubiera sido participe de
una representación,
y de repente fuera consciente de que esa era la condición de su
vida. Era una sonámbula inmersa en una
representación escénica
que la había hecho olvidarse de sí misma, narcotizada, ausente. Y
ahora sus entrañas resurgen candentes, y afloran en su mirada tan
perpleja como consciente. De ahí, la sobrecogedora fuerza de este
larguísimo primer plano de tan dilatada duración. El tiempo ya es
otro, porque ella comenzará a habitar la realidad de otra manera. Se
ha producido un desajuste, un cambio de rollo en el proyector de la
realidad. La insinuación de tan fantástica posibilidad (su marido
encarnado en un niño) ha introducido el extrañamiento
en su vida, le ha hecho replantearse la pertinencia de sus
decisiones, lo que en el fondo de veras quiere y siente, cuáles son
sus más hondos sentimientos. Es como si hubiera aparecido
un fantasma de su inconsciente, y le dijera, no, realmente no deseas
casarte de nuevo, porque no amas a este hombre como amaste al
anterior. En este plano se debaten esas emociones, esa conmoción que
la enfrenta a sí misma, como si recobrara su presencia y se sintiera
encarnada
de
nuevo (o como el titulo original, Birth,
refleja, como si naciera de nuevo, esto es, despertara, actuando de
acuerdo a cómo de verdad siente, sin concesiones ni resignaciones a
medianías de afecto pragmáticas, para seguir sobreviviendo en un
simulacro). No importa si todo era una invención del niño o no,
importa lo que ha despertado en ella.

Durante
buena parte de la narración lo posible se sedimenta como una
corriente intangible que socavara la realidad (potenciada
expresivamente por la exquisita dirección de fotografía de Harris
Savides, y la excepcional comunión con la magnífica banda sonora de
Alexandre Desplat; es una ceremonia expresiva de alteración de la
percepción, genuino cine fantástico). Se intentan considerar todas
las posibilidades, se intenta poner a prueba al niño, pero todas sus
respuestas parece indicar que habla como si fuera Sean, esto es, que
sabe lo que debía saber Sean. No pueden imaginar cómo puede saber
lo que sabe. Por tanto, Anna, progresivamente, se convence de que
efectivamente lo que parece inconcebible puede ser cierto, en buena
medida, por la sugestión de su deseo o amor aún larvado, certeza
que percibe con claridad Joseph de ahí su progresiva crispación.
Sabe que no importa si el niño es o no la reencarnación de Sean,
sino que realmente ha despertado un amor que sin duda es más
poderoso que el que Anna siente por él. En cierto plano, con
expresión amarga, Joseph contempla la calle a través de la ventana.
Una maraña de ramas se percibe en el reflejo de la ventana,
superpuesto sobre él, acorde a las emociones que se están
enmarañando en él y que tendrán como culminación su reacción
exasperada y violenta, en una reunión familiar, cuando intente
agredir al niño. Esa misma maraña es la forma que adquirirá el
árbol sobre el que se encarama el niño en las secuencias finales
tras que se desvele que, efectivamente, su actuación es una
impostura, aunque no sus sentimientos.

Ya
en las iniciales secuencias se insinúa cómo el niño pudo conseguir
la información con respecto a Sean. No se explicita, y esa omisión
es la que propicia que se sedimente la desestabilización de la
percepción de la realidad, a través del efecto, como sugestión, de
la afirmación del niño en Anna. En esas primeras secuencias
adquiere relevancia la nerviosa conducta de Clara (Anne Heche), una
de las invitadas a la fiesta de compromiso de Anna y Joseph, que
decide no entrar con su marido en el ascensor, con la excusa de que
tiene que comprar un lazo para su regalo. Pero, en cambio, decide
enterrar ese regalo en el parque, donde es seguido por el niño, y
luego comprar otro. Hay un impetuoso movimiento de cámara hacia
ella, antes de que vuelva a entrar en el edificio, en cuyo vestíbulo
se encuentra de nuevo el niño, que se corresponderá con otro
posterior hacia éste, en las secuencias finales. También es
significativa que en su primera aparición, irrupción, en el piso de
Anna, o la primera vez que la interpela (diciendo que quiere hablar
con ella) el niño está en fuera de campo (ya anticipa su mentira,
cómo oculta algo). Su decisión, hacerse pasar por el marido muerto
(tras desenterrar ese regalo que no eran sino las cartas no abiertas
de Anna), aunque para él se sustente en su enamoramiento infantil,
se corresponde, a su vez, con la convulsión emocional que sufre
Clara porque, como descubrirá el niño al final, ella era la amante
de Sean, era la mujer que él realmente quería (como si el niño
hubiera conseguido, con la desestabilización de Anna, lo que Clara
pretendía en un principio cuando pensaba entregarle esas cartas
suyas no abiertas por Sean). Por eso, ¿Cómo el niño va a mantener
la mentira si Sean realmente no quería a Anna? ¿Cómo iba a volver
de los muertos para decirle que no amaba a Joseph? El niño se está
haciendo pasar por alguien que realmente no sentía lo que él sí
siente por Anna. Los reflejos, y sus imposturas, colisionan. Una
impostura, la del niño, determina que Anna asuma que su proyecto de
matrimonio se sustenta en la inconsistencia porque no es comparable a
lo que sentía por Sean, aunque ignora que realmente su marido no la
amaba como ella creía. Ese túnel en el que Sean, en la secuencia
inicial, muere, por un infarto, parece ya anticipar las sombras sobre
las que se traman algunas relaciones. Mientras que, en la secuencia
final, esa conclusión en la orilla del mar, tras que Anna sufra otra
conmoción (se queda con el rostro transido mientras le hacen
fotografías con el traje de novia tras su boda) delata que no son
las emociones más plenas las que definen la relación sentimental
con Joseph sino una concesión, la resignación a unas sobras
afectivas.