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lunes, 20 de septiembre de 2021

Los extraños (Impedimenta), de Jon Bilbao

Se siente más emocionado que cuando Katharina le dijo que estaba embarazada (…) algo inédito, superpuesto por unos instantes a la realidad: algo que Katharina puede interpretar como la señal que espera para irse. Esa visión inédita, o insólita, son unas enigmáticas luces en el cielo, tres formas diferentes con sus particulares colores, de las que son testigos Jon y Katharina en las primeras páginas de Los extraños (Impedimenta), de Jon Bilbao (1972). Poco después irrumpen en su vida dos extraños. Un supuesto primo, Markel, y su asistente, Virginia. Un primo del que Jon no se acuerda. La extrañeza es de tal calibre que se pregunta si realmente le ha conocido. ¿Es la realidad cómo ese supuesto primo dice que es? ¿Es su relato fidedigno o una invención? ¿Es la realidad como dicen otros que es o es cómo uno particularmente la percibe o imagina, como una la proyecta? ¿Qué es la realidad si se duda de ambas vertientes? Se revelan como películas superpuestas, enigmáticas luces y formas que resulta complicado definir y precisar. Quizá el relato que otros establecen sobre la (nuestra) realidad sea una forma de apropiarse de ella, como siente particularmente Jon con Markel, cuando además este se asienta en la casa, pese a que presuntamente estaba de paso. ¿Acaso Markel, al igual que se ha apropiado de la planta baja, está tomando posesión de sus recuerdos, desplazando la imagen de otras personas?

Pero quizá la realidad cómo la percibimos, como Jon su misma realidad, la relación con Katharina, que va a sufrir una radical modificación con el nacimiento de un bebé, sea más bien una materia moldeable según las proyecciones de los miedos y las expectativas, en ocasiones en colisión. Quizá la realidad sea una materia moldeable atravesada, y contaminada, por las especulaciones de esas proyecciones. Una vez más reprime el impulso de pensar en Virginia y Markel, de intentar recordar si alguna vez conoció a su primo, de apropiarse de la espuma de unas vidas ajenas y elaborar con ella una ficción, de sublimar a personas en personajes. ¿Quiénes son Virginia y Markel, lo que proyecta sobre ellos condicionado por sus circunstancias, o la extrañeza que le suscitan, como aquellas luces y formas en el cielo, tiene un fundamento para su creciente recelo? Porque, al fin y al cabo, esas extrañas manifestaciones exteriores ¿qué están poniendo en evidencia de sí mismo o de su relación con Katharina?¿Quizá el reflejo, de un anhelo de fuga de una realidad en la que se siente extraño, y de la que espera irse?

Jon es un ingeniero de minas que acabó en una empresa de persianas, pero acabó harto de reparar persianas, y ahora, gracias a Katharina, es redactor para una enciclopedia temática. Escribe sobre las placas tectónicas. ¿Su vida se había constituido en una suma de persianas bajadas?¿Qué discernía realmente de lo que es su vida, de sí mismo? ¿No siente que se desplazaban las placas tectónicas de su realidad pero no sabe hacia dónde y qué nuevos continentes de realidad quizá forman o anhelan formar? Katharina por su parte quisiera entrar en el medio audiovisual y mientras se dedica a las traducciones y  correcciones de textos. ¿Traduce con precisión su realidad, quizá necesita correcciones que no perciben o se atreven a decirse a sí mismos? Se han mudado a un hogar que fue el de los padres de Jon, es un nuevo espacio que fue de otros, y pretenden proyectar sus propios pasos. Habitan una realidad en proceso de definición. Una realidad fronteriza de luces y formas y colores indefinidos que no perciben quizá con precisión. La realidad es la irrupción de unos extraños que desestabilizan su realidad incierta, o quizá evidencia su propia inestabilidad, como la planta baja de la que se apropian Virgina y Markel se define por el desorden. Su vida es un desorden y aún no lo saben, o no lo han afrontado. Se desplazan vacilantes como si siguieran una estela cuya constitución real ignoran. Mientras afuera, unos ufólogos, están convencidos de la significación de esas luces y formas enigmáticas, y ya han establecido un relato, ambos se desplazan en una realidad cuyo relato les parece una desconcertante línea de puntos que no saben qué forma, como no saben qué pretenden realmente Markel y Virginia, por qué se establecen en su hogar, y traen maletas, y perros, aunque sigan declarándose pasajeros de paso. ¿No se sienten Jon y Katharina pasajeros de paso de una realidad aún en formación, como una frontera de límites indefinidos? Jon traza con precisión esa extrañeza, como una difusa realidad amortiguada que se entreoye a través de la pared.  

viernes, 19 de junio de 2020

Basilisco (Impedimenta), de Jon Bilbao

Piensas que tu carga es más poderosa que la de los demás; tu urgencia más perentoria; tu preocupación, más justificada; tus dudas más intrincadas. El basilisco es una criatura imaginaria que disponía de la capacidad de matar con la mirada. Si una mirada pudiera matar. Es una frase hecha con unos puntos suspensivos incorporados impregnados de ácido corrosivo. Es la furia que no se materializa sino que se contiene, las emociones que se retuercen en nuestro interior, el veneno que nos tragamos y que quizá vaya sedimentándose en nuestras entrañas, en nuestros recovecos más profundos, durante largo tiempo, como un segunda piel interior que es basamento de lava que no eclosiona, y quizás corroa las relaciones que mantenemos sin que los demás sepan con claridad y precisión qué es lo que sentimos, qué es lo que nos corroe. Incluso, quizá sea imaginario, una película que sólo nosotros nos montamos, pero nunca nos decidimos a contrastarla. Nos apoltronamos en el quiste sebáceo del lamento y el sentimiento de agravio, en la autoindulgencia de sentir que está justificado de sobra, como nuestra carga es mayor que la de cualquiera, y todas nuestras dudas o urgencias más intrincadas y perentorias que las de los demás, y es así, porque nos desplazamos por la vida como si fuéramos el centro de un escenario. Nuestro ego no carece de límites para enquistarse en sus propios límites como centro solar del universo. Me quedé mirando el falso sol. Reconocí que, si Katharina no me lo hubiera dicho, yo habría pensado que era una foto auténtica. Me concentré en ella, intentando oír dentro de mí el silencio cósmico.
Basilisco (Impedimenta), de Jon Bilbao (1972), es una novela con diferentes capas y recovecos. Combina tiempos y espacios. Un tiempo presente, en distintas etapas vitales que evidencian la poca satisfactoria evolución de quien cuando conoció a la mujer de la que se enamoró no imaginaba que años después sería un amargado ingeniero que escribe pero trabaja de operario en una refinería, casado y con dos hijos; un tiempo pasado, el territorio del Oeste, el territorio de la frontera, en el que unos personajes buscan la constatación de que es falsa la teoría de la Evolución y se enfrentan a la barbarie del caos desbocado en forma de siniestra banda que se dedica al arte de la masacre. Se alternan los espacios de lo real y de lo ficticio: viajes a Estados Unidos cuando una relación está en ciernes o incursiones, años después, en un cementerio vizcaíno para recuperar el avión de su hijo mientras visita a su esposa un antiguo novio, y las peripecias que son creaciones del protagonista, aunque no sepamos en un primer momento si lo son o no, porque lo real y lo ficticio se confunde, como lo real y lo mental. Hay pasajes que parecen reales, y pensamos que suceden al protagonista, pero se revelan pasajes de uno de sus relatos. Por tanto, a medida que progresa, la narración se torna más ambigua, ya que resulta cada vez más difícil distinguir, en un primer momento, en qué pliegue y en qué recoveco nos encontramos. Aunque la línea de puntos subterránea de la novela, como al fin y al cabo las cuevas, en distintos espacios o tiempos, disponen de relevancia dramática, irá configurando un trazado que sutilmente entrelaza los distintos tiempos y espacios como manifestaciones o coordenadas del mapa interior de las emociones en conflicto del protagonista, su confrontación con sus falsos soles y silencios cósmicos. O la asunción de que no hay que retener la mirada, como carga de profundidad difusa, sino confrontarla. No en un duelo en el que las miradas callan como una cueva que se mantiene sellada y fulminan como si estuvieran prestas a desenfundar, sino en la frontalidad de las entrañas expuestas.
Bilbao recurre a los arquetipos y las alegorías en un juego narrativo entre ficción y realidad, en los pliegues retorcidos del espacio mental. La furia retenida se dota de figura y cuerpo en una representación arquetípica, el hombre de la frontera, el jinete silencioso que recorre las amplías llanuras del espacio imaginario que es el Oeste, el hombre de pocas palabras pero expeditivo en sus acciones. En ese momento, el oeste sobre el que yo tanto había oído hablar y el oeste real, que ahora empiezo a conocer, entraron en contacto, como cuando se miran al trasluz dos hojas de papel en las que figura el mismo dibujo, y ambos se hacen coincidir. En ese pliegue narrativo, se desarrolla, con aparente autonomía, una alucinada incursión en el corazón de las tinieblas, con expediciones al interior de la Tierra, en profundas cuevas, en busca de la ratificación de que no provenimos de los simios, como si eso nos librara de confrontarnos con la bestia que hay en nosotros, al fin y al cabo, la más brutal y cruel de las especies sobre la Tierra, enajenación o autoengaño que parece ratificar, en ese sentido arquetípico, la presencia de una comunidad de mormones asentada en la entrada de la cueva. Representan la negación de la bestia que hay en nosotros. Es un portal entre dos mitologías: la de la Prehistoria y la de la Frontera. La primera representa el pasado que, mediante revelaciones sucesivas, nunca cesa de regresar, aferrándose a un carácter protagónico. La mitología del oeste simboliza el presente, o más propiamente el futuro: el de un país en formación. ¿Qué conflicto desencadenaremos cuando nosotros, representantes en mayor o menor medida de la Frontera, entremos en contacto con el ámbito de los reptiles ciclópeos? ¿Descubriremos acaso que se trata de mitologías excluyentes que, una vez enfrentadas, entrarán en competencia, como los colonos con los nativos de las grandes llanuras?
Generamos mitologías, religiones, exégesis que no son sino especulaciones que derivan en relatos convenientes o consoladores para neutralizar el miedo a la oscuridad y las incógnitas. ¿Qué hemos conformado como civilización, fundada en pueblos y tribus, con la figura del héroe como modelo o mito orientador y resolutivo, la figura de acción que parece solucionar nuestros conflictos e indeterminaciones? ¿En qué medida el espejismo de la civilización, de la ilusoria unidad de tribu, nos aleja del discernimiento de lo que no queremos afrontar en nosotros mismos, la ausencia total de lo humano, esa parte fundamental de reptil que hay en nuestro cerebro, nuestra vertiente más básica, nuestra condición primitiva virulenta que no ha sido mitigada pese al desarrollo tecnológico de la civilización creada? Urdimos y nos nutrimos de otros. Nuestro vínculo con la araña, como se califica a quien lidera una banda que masacra a su paso a cualquier ser humano, con particular regusto en la crueldad, la tortura y la mutilación. Es la figura de lo terrible, el arquetipo desnudo de lo dañino en las entrañas y recovecos del ser humano. Es un espacio mítico desquiciado, como el que reflejan algunos westerns recientes, como La propuesta (2005), de John Hilcoat, Bone tomahawk (2015), de S Craig Zahler.
El basilisco y la araña. Los retorcimientos de nuestra mente que se enquistan con las películas que nos montamos, con la tela del sentimiento de agravio y la furia retenida. Esa bestia que anida en nosotros, que quizá no se desenfunda cuando se contiene en las miradas que matan, pero estas no dejan de alimentar esa bestia con su goteo de veneno, en esas habitaciones interiores, sin ventilar, que no exponemos y que nos van encorvando por nuestras amarguras, frustraciones, impotencias y decepciones, por nuestros sentimientos de fracaso y nuestros resentimientos. Por no querer sentirnos abandonados, por no saber compartir lo que nos reconcome, por sentir que no somos lo que aspirábamos a ser, por sentir que no hemos sido para quien amamos quien quisiéramos haber sido. Esas furias que son enfados mordidos. Su enfado era una habitación sin ventanas, con suelo de tablas rechinantes y pintadas de negro, igual que las paredes y el techo. Olía a madera quemada y a limaduras de hierro y allí dentro siempre hacía un calor asfixiante. Del exterior se colaban una marabunta de voces y, por las holguras entre las tablas, prismas de luz mantequillosa. Emociones envenenadas que a veces se tornan aguijones con los que herimos a los demás, violencias cotidianas amortiguadas que pueden ser virulentas, cuando un aguijón se torna furia de colmena desbocada. Hasta que afrontamos la bestia en nuestros recovecos y nos miramos de frente, para así poder mirar, y relacionarnos con los demás, sin la oscuridad adherida como escombro y colmillo a nuestra mirada.