Translate

Mostrando entradas con la etiqueta John Schlesinger. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Schlesinger. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de marzo de 2023

El halcón y la flecha

 

Dardo (Burt Lancaster) no quiere depender de nadie, ni que nadie dependa de él. Se considera un espíritu libre y su territorio, como el de un ave, son los bosques donde vive, con su hijo y, después, cuando es perseguido por la ley, con un grupo de amigos (o pandilla de proscritos en la línea de Robin Hood). En el amor actúa también como pájaro que no anhela los contornos de un nido, con sus múltiples seducciones de mujeres del poblado, aunque no oculta su resquemor por la mujer, madre de su hijo, que ahora es pareja de quien oprime al pueblo de Lombardo, Ulrich “El halcón” (Frank Allenby), el tirano, representante del imperio alemán. Su temeridad colinda con la arrogancia imprudente, ya que no calla lo que piensa, y no tiene reparos en decírselo a la cara a Ulrich. La cuestión es que ni entonces, en la Edad media, en el siglo XXII, ni en este siglo XXI, el que dispone de poder va a permitir que le canten las cuarenta sin tapujos ( y además públicamente). La consecuencia es un flechazo en la espalda, que sea considerado proscrito y que Ulrich se lleve a su hijo. Dardo luchará por recuperar en su hijo, pero en el proceso recuperará un sentimiento denominado compromiso solidario. Se da cuenta de que no vive solo en el mundo, y que para enfrentarse a los que sojuzgan con su poder impuesto hay que unirse a los demás para que la rebelión sea fructífera. De la misma manera que tendrá que asumir que sus actos pueden tener consecuencias que pueden definirse por la contrariedad, esto es, no puede hacer o decir lo que quiera, también asumirá que forma parte de un conjunto, y que la unión es la solución para cualquier lucha contra un opresor, o quien quiera imponer su voluntad (¿y al fin y al cabo él no actuaba como quien piensa que puede hacer y decir lo que su voluntad determine aunque no quisiera imponerse a nadie?). Dardo, además, será el elemento nuclear de ese conjunto, aquel que pueda guiarles en la acción. Tras ser ayudado a recuperarse de sus heridas conformará esa banda de proscritos, ocultos en el bosque, con tan singulares acompañantes como un hombre que teje y escribe con sus pies, Apollo (Norman Lloyd), un ingenioso bardo, que acompañaba a un marqués, Alessandro (Robert Douglas), al que Ulrich ha desposeído de sus tierras por negarse a pagar tributo, y su particular cómplice (de acrobacias), el mudo Piccolo (Nick Cravatt). Apunte mordaz es que, en la magnífica secuencia climática, que implica asalto a los dominios de Ulrich, se camuflen entre una compañía de circo para penetrar en el castillo. El humor es la más molesta irreverencia.

El halcón y la flecha (The flame and the arrow, 1950) es una de las películas de aventuras de latido más exuberante y vivaz, puro dinamismo que salta como los intensos colores o las cabriolas acrobáticas de Dardo y su compañero mudo Piccolo, tan singular, compleja y brillante como La mujer pirata (1951), otra de las cimas del género realizadas por Tourneur. Su fluir narrativo es proverbial, su humor salaz y jubiloso, y su trabajo cromático, y lumínico, obra de Ernest Heller, uno de los más brillantes que ha dado el cine. Hay películas para todos los públicos, y las hay para todas las edades, o lo que es lo que mismo, hay obras como esta proteínica delicia de espíritu disidente, que deberían, por cuestiones de salud, ser recetadas para disfrutarla cuando menos una vez al año. La obra también se hace eco de las persecuciones contra espíritus progresistas ( o sea, disidentes) por el infausto Comité de Actividades Antiamericanas. De hecho, el guionista, Waldo Salt, sería incluido, al año siguiente, en la lista negra, lo que le imposibilitó conseguir trabajo como guionista en Hollywood hasta inicios de los sesenta ; posteriormente, sería galardonado por la industria, por sus guiones de Cowboy de medianoche (1969), de John Schlesinger y El regreso (1978), de Hal Ashby.

Es admirable la naturalidad como se realizan las variaciones de actitudes, como reajustes en un tablero. Es manifiesto en la relación de Dardo con el marqués Alessandro. Tras ser expoliado por Ulrich se unirá a Dardo y sus hombres, en ese momento su movimiento conveniente. La alianza se sella con una pelea entre ambos, definida por el humor. Posteriormente, Alessandro no dudará en la traición cuando advierta la posibilidad de un trato conveniente con Ulrich mediante una boda con la sobrina de Ulrich, Anne (Virginia Mayo), matrimonio que sería un movimiento táctico, para el imperio alemán, más oportuno y práctico que la imposición por la fuerza, que no podrá mantener durante mucho tiempo. Quien era cómplice se convierte en antagonista, sin perder la sonrisa, como si fuera una mera cuestión de pragmática y no una cuestión de diferencias personales, que culminará con una de las secuencias imborrables del género, ese duelo final en la oscuridad, entre Dardo y Alessandro, en el que el contendiente derrotado cae muerto sobre el único espacio iluminado por un haz de luz. Por contra, la relación que se afianza entre Dardo Y Anne ejemplifica la posibilidad de complicidad entre quienes, aparentemente, pertenecen a facciones distintas. Su actitud trasgrede la rigidez de los posicionamientos. Su atracción afectiva supera cualquier pragmática conveniencia o ciego sentimiento de pertenencia. No deja de ser elocuente que, por un tiempo, ella, cautiva de los proscritos, tenga que estar encadenada. Ambos, por su evolución, representan la consecución de una actitud ecuánime.

miércoles, 21 de julio de 2021

Otro país

                                 

Guy Bennett (Rupert Everett) es un joven estudiante cuyas aspiraciones son las de alcanzar la posición más distinguida que ofrece el sistema o escenario social, en concreto, la Universidad de Cambridge en la década de los 30. Aspira a ser, en el último año, uno de los dos Dioses, uno de los dos principales prefectos estudiantes. Pero su naturaleza dispone de una inclinación que no es bien vista (o no encaja en la mascarada legitimada del escenario social), es homosexual. Aunque numerosos jóvenes disfruten de esa práctica como placer recreativo, no es una cualidad distintiva para el gobierno de las apariencias, basamento fundamental de ese sistema (social, educativo). De hecho, es castigada, como se expone en las primeras secuencias, cuando un profesor sorprende a dos alumnos masturbándose mutuamente. Las consecuencias de su exposición (al sumidero de la vergüenza pública) pueden ser tan funestas que uno de los dos alumnos opta por el suicidio. En suma, Guy quiere ser parte integrante e incluso detentar una de las posiciones más privilegiadas de un sistema que no aceptaría una vertiente de su naturaleza si se hiciera pública. A diferencia de Guy, su amigo Judd (Colin Firth) rechaza el sistema del que es parte. Se declara marxista y comunista. Cuestiona la estructura de clase de un sistema que se regenera con la integración de los vástagos como futuros progenitores que recrearán el mismo sistema. Una estructura de clase que define a una sociedad piramidal, con posiciones jerárquicas escalonadas que prioriza y fomenta la imposición, de la misma forma que categoriza en términos de lo que es digno o indigno; como en el estamento militar, degrada a quien comente una infracción, y la homosexualidad lo es.  Las consecuencias de la degradación que sufrirá Guy, cuando sea expuesta y castigada su práctica homosexual, determinará su reenfoque sobre la sociedad de la que es parte. Tomará consciencia de que su país no es ese sino otro.

Otro país (Another country, 1984), de Marek Kanievska, se basa en una obra teatral de Julian Philips que adapta él mismo.  Guy Bennett se inspira en Guy Burgess, que sería conocido más adelante como uno de los Cinco del Círculo de espías de Cambridge (The Cambridge spy ring), junto a Donald MacLean, Kim Philby, Anthony Blunt y John Cairncross. Durante las décadas en las que cada uno ocupó un cargo en algunos departamentos gubernamentales, enviaron abundante información a los rusos (tanta que estos incluso dudaban de su fiabilidad). Bennett y McLean serían los primeros que evidenciarían sus filiaciones cuando decidieron abandonar Gran Bretaña en 1951 para asentarse en la Unión Soviética. Philby lo haría en 1963, lo que propiciaría las confesiones de Blunt y Cairncross, aunque su implicación no se desvelaría hasta 1979 y 1990, respectivamente. El hecho de que no fueran detectados durante tantos años determinó que se deteriora considerablemente el aprecio y respeto de los servicios secretos estadounidenses con respecto a los británicos. Su eco puede rastrearse en La sombra del delator (The whistle blower, 1986), de Simon Langton, adaptación de una novela de Alan Hall publicada en 1984, en la que los servicios secretos ordenan los crímenes de varios peones dentro de la organización, como estrategia de distracción y camuflaje para ocultar el hecho de que un importante mandatario, un sir, ha ejercido de espía durante décadas.

Ya se había realizado una producción televisiva un año antes, An englishman abroad (1983), de John Schlensiger, con Alan Bates como Bennett en 1956. En Otro país, la narración se inicia con Guy Bennett, avejentado, ya en la década de los ochenta, asentado en otro país, la Unión Soviética. Relata a una joven periodista británica el momento determinante en que su concepción de la realidad y de la vida fue modificada. Ya queda también insinuado, por una fotografía en una repisa, cómo, a la vez, también fue aquel el tiempo en que conoció a quien considera aún el amor de su vida, Harcourt (Cary Elwes). Las ilusiones deterioradas por la decepción, por la degradación infligida por un sistema corrompido por su miseria intrínseca. No solo ese amor contrasta con una inflexible estructuración de clases que posibilita tanto las conveniencias (y los correspondientes intercambios de intereses) como la satisfacción de las fobias o enemistades personales si se dispone de la posición adecuada en el sistema que propicie la maniobra beneficiosa. En cuanto Fowler, un aspirante a prefecto que desprecia a Bennet, intercepta una nota que este envía a Harcourt por medio de un joven estudiante de un curso inferior, sabe que será una manera de frustrar sus aspiraciones. Dispone de la prueba adecuada que no puede ser negada (aunque otros prefectos hayan disfrutado durante esos años del placer del sexo con Guy; lo que no se puede probar no existe; esa es la doblez del escenario social). No importan los méritos personales. Si a alguien se sorprende efectuando una infracción, como una relación homosexual, considerada ilícita aunque sea gozada por muchos, quedará marginado o relegado en el sistema. Bennett no podrá aspirar a ser un dios en el sistema educativo de Cambridge, aunque previamente hubiera conseguido convencer a su amigo Judd de que aceptara el puesto de prefecto, por él, y por evitar que Fowler fuera  el prefecto, pese a que Judd no cree en ese sistema ni en esos supuestos privilegios de posiciones jerárquicas (que individuos como Fowler utilizan para el abuso y la satisfacción personal). Judd es flexible porque prioriza su amistad. Su integridad es de tal calibre que subordina sus convicciones por razones empáticas. Y su integridad, su singularidad irredenta, su cuestionamiento de lo que la mayor parte de los estudiantes acepta, encaja y reproduce como lo que debe ser (aunque suponga insatisfacciones cuando ocupas una posición inferior) será el reflejo que ejercerá de determinante influencia para que Bennett modifique su forma de habitar la realidad, de percibirla y concebirla. Figuradamente, su residencia será otra. Literalmente, será otro país. Cuando le pregunte la entrevistadora qué es lo que echa de menos de Inglaterra, irónicamente dirá que el cricket, un reglamento intrincado que al menos puede disfrutarse como un juego sin las funestas consecuencias que depara la infracción de los reglamentos de la sociedad de la que es emblema.

En 1987, a Kanievska le propondrán dirigir Golpe al sueño americano (Less tan zero), adaptación de la exitosa novela de Brett Easton Ellis, publicada dos años antes. Es el cuestionamiento de otro sistema, el estadounidense, también centrado en tres jóvenes de clase alta, privilegiada económicamente, que acaban de graduarse. Narra sus primeros pasos, o su colisión, cuando intentan definir su lugar en la vida con sus propios proyectos, en especial en la deriva del personaje que encarna Robert Downey jr, cuyo desajuste se agudiza a medida que progresa la narración: todos sus proyectos de iniciativas empresariales se ven dificultados, en primer lugar por la falta de apoyo familiar cuando se encuentra en una crítica situación de deuda con un traficante de drogas. De nuevo, las apariencias son el bastión fundamental. Desafortunadamente, Kanievska no pudo controlar el montaje. Si ya se había suavizado el planteamiento previamente, con los diferentes guiones que se habían encargado, aún lo sería más en el proceso de montaje, con el añadido de que la productora, dada la reacción del público entre 15 y 22 años, en un pase previo, que consideraban al personaje más interesante, el de Downey jr, desagradable, decidió buscar el modo de suavizar ese efecto, así como amplificar la carencia de aristas del ídolo las adolescentes, Andrew McCarthy. Si los dos protagonistas masculinos de Otro país están admirablemente perfilados, así como su entorno, en Golpe al sueño americano, queda más bien diluido el contrapunto del personaje encarnado por McCarthy (más allá de que la novela careciera de un protagonismo tan concreto, y más bien fuera coral). El resultado resulta por tanto irregular. Pero quedan apuntados cuestionamientos no carentes de vitriolo a otro sistema social sustentado también en la estructura de clases y la detentación de privilegios, y sus correspondientes hipocresías, dobleces y sombras turbias (el reflejo de los negocios ilegales con respecto a los legales). Quizá la frustración con el resultado de Golpe al sueño americano fuera determinante para que Kanievska tardara trece años en dirigir otra película, irónicamente titulada Dónde esté el dinero (Where the money is, 2000), en la que Paul Newman encarna a un veterano ladrón de bancos ingresado tras sufrir aparentemente un infarto.

lunes, 8 de agosto de 2016

Los 12 mejores personajes de Dustin Hoffman

Dustin Hoffman cumple hoy 79 años. Nominado en siete ocasiones al mejor actor protagonista, y ganador en dos ocasiones, por 'Kramer contra Kramer' y 'Rain man', es uno de los intérpretes estadounidenses más admirados y reputados de su generación. Las mejores películas en las que participó, pertenecen a la década de los setenta. Posteriormente, han sido más intermitentes, aunque aún su estatus de estrella se extendiera hasta la década de los noventa. Pese a participar en fiascos de comedia como 'Ishtar' o crear un memorable personaje secundario en 'Dick Tracy', su nombre se asociaba a la película de prestigio, como refrendaban 'Billy Bathgate, 'Héroe por accidente' y 'Mad city', o adaptaciones teatrales como 'La muerte de un viajante' y 'American Buffalo'. Por eso, sorprendía que se convirtiera en inesperado protagonista de películas de ciencia ficción, como 'Estallido' o 'Esfera', eso sí, no como héroe de acción, sino como mente pensante de científico.
En este siglo ha alternado personajes secundarios, en sugerentes obras como 'Descubriendo nunca jamás', 'Extrañas coincidencias', 'El perfume' o 'Más extraño que la ficción', con protagonistas en pequeñas producciones, como 'Nunca es tarde para enamorarse. Por fin, coincidió en un reparto con Gene Hackman, su amigo desde su época de estudiante a finales de los 50, en 'El jurado', e incluso, nunca es tarde para decidirse, probó suerte con la dirección, con la estimulante 'El cuarteto'. Destaco doce de sus mejores interpretaciones.
El graduado. El papel que catapultó a Hoffman a la notoriedad lo consiguió, como él mismo declaró, como quien deshecha todas las opciones hasta que encuentra en el fondo del barril la única opción que resta. Un personaje que en principio, por la descripción en libro, parecía destinado a un actor como Robert Redford, que fue desechado por Nichols porque no resultaba creíble como alguien que pudiera ser rechazado por una mujer. Y Benjamin, el protagonista de 'El graduado', es alguien que se dedica durante el último tercio a perseguir a Elaine (Katharine Ross) la chica que también le ama pero le rehuye. La razón, su madre, que no deja de representar su falta de ilusión o malestar. En el principio, Ben es un chico de 21 años recién graduado que siente que no quiere ser aquello a lo que parece destinado a ser según cómo están marcados los trayectos de vida. La señora Robinson (extraordinaria Anne Bancrofft), la vecina insatisfecha con su vida y su matrimonio, con la que inicia una mera relación sexual, representa su falta de incentivo con respecto al futuro que se le presenta. Ella es la prueba manifiesta de quien tomó un desvío en su camino que no tiene nada que ver con sus ilusiones juveniles. En la excelente secuencia en la que él propone que además de tener sexo también conversen, ella evidencia que no logró lo que aspiraba realizar cuando estudiaba Bellas Artes. Su vida es una patética sombra de lo que un día deseo que fuera. De alguna manera, Mrs Robinson es el fantasma dickensiano de las navidades futuras. Le muestra aquello en lo que puede convertirle su apatía e indecisión (una figura que flota en la piscina que se deja llevar por la corriente de la inmovilidad). Amar a la hija implica apostar por la ilusión. Pero tendrá que esforzarse para conseguirle. Incluso asaltar el sacro altar de una iglesia, y sabotear un matrimonio recién bendecido. Con la irreverencia se puede dinamitar la realidad para que no se convierta en un inercial trayecto de renuncias.
Cowboy de medianoche. En 'Cowboy de medianoche' (1969), de John Schlesinger, Rizzo, el personaje de Hoffman, parece el contrario del apuesto joven y alto tejano rubio, encarnado por Jon Voight, que ha llegado a la urbe de Nueva York para prostituirse con entusiasmo. Su ilusión es convertirse en amante de las mujeres urbanitas que cree dispuestas a pagar por sus lozanos encantos. Rizzo, en cambio, es menudo, además cojea, y frente a la apariencia siempre impoluta e impecable del tejano cowboy, parece que exuda alguna infección interior. Su mismo cabello oscuro parece rezumar grasa, como su piel no parece dejar de sudar. Además, siempre está sin afeitar, pareciera que nunca se limpia. Transmite una sensación enfermiza. De hecho, no deja de corromperse su interior. Se quiere convertir en el representante de ese apuesto cowboy, que parece representar las esencias del americano genuino, pero no deja de representar la corrupción y turbiedad de una ciudad y una sociedad urbana que parece descomponerse en sus entrañas aunque intente cuidar tanto las apariencias. Por eso, fallece en la secuencia final, ya convertida en icónica (memorable aquel episodio de Seinfeld con Kramer remedando su personaje). Las ilusiones vanas, el propio autoengaño, mezcla de ingenuidad y vanidad, del personaje de Voight se confrontan con la podredumbre real de la pantalla de los sueños. Por eso, marcha en medio de la nada y hacia la nada, porque no hay dirección real.
Perros de paja. La película fue controvertida porque parece que descolocó a muchos, sobre todo a quienes padecen el mal de la mente cuadriculada. Desconcertó el tratamiento de la secuencia en que Amy (Susan George) es violada; hubo quienes consideraron que su planteamiento y tratamiento era degradante para ‘la mujer’, y que erotizaba y sensualizaba la violación; además les descolocaba el hecho de que ‘parecía’ que ella gozaba, sin preguntarse qué implicaciones tenía en los primeros escarceos, relacionadas su despecho por su frustrante relación con su marido David (Dustin Hoffman.Peckinpah intercala, cuando su ex novio Charlie ya la está forzando, penetrándola, las imágenes mentales de Amy con David, o apartando la mirada de Charlie para focalizarla en el fuego del hogar, para intentar contrarrestar la vejación. Peckinpah lo dijo bien clarito: David es el villano, que al final revela su verdadera faz. El núcleo dramático de 'Perros de paja' (1971) es la relación David-Amy; los personajes alrededor son como emanaciones de su conflicto (en especial el grupo que trabaja en la remodelación de la casa: Charlie y sus amigos) de toda la violencia que palpita en su relación, o en especial, en David, el presunto racionalista y ‘adulto’ (en una ocasión, reprocha a Amy que siga actuando como una niña, que crezca; no deja de ser mordaz ese plano en el que vemos a David subido a un columpio). David es el monstruo, la mente cuadriculada, la emocionalidad insegura, hasta acomplejada (pese a sus brotes arrogantes, que tienen mucho de autoafirmación obtusa). Es la prototípica actitud masculina pleistocénica que llega a acusar a Amy, cuando esta señala de qué descarado modo lúbrico le miraban los chicos, y que es ella la que lo provoca por ir vestida con minfalda y sobre todo por no llevar sujetador. Dustin Hoffman cuestionó a Peckinpah la elección de una actriz no sólo tan joven, sino con ese aire de ‘Lolita’, que él no veía que 'pegara' con alguien como David, Pero la elección no pudo ser más atinada. Amy solivianta a David, porque carece de su envaramiento, de su rigidez cuadriculada ( y es otro hombre que no soporta que la mujer que, supuestamente, ama sea tan admirada por otros). Así que el grupo de Charlie (también representación del pasado sexual de Amy) y sus amigos se convierten en pantalla y contrapunto (a la vez que espectadores) del conflictivo escenario de su relación. Son incluso, en registro casi fantástico la proyección fantasmal de su violencia, de sus fisuras: los chicos alardean en el bar de las bragas que uno ha cogido; en la siguiente secuencia asistimos a la primera acre y violenta discusión entre David y Amy (en la que David, en su espacio de poder, el de las ecuaciones en la pizarra, remarca que no juegue con él; que no le contraríe, en suma).
Papillón. En ninguna ocasión se ha asemejado tanto Dustin Hoffman a un pequeño roedor como con su caracterización de Louis Dega en 'Papillón' (1973), de Franklin J Schaffner. Parece que se desplaza de puntillas,y con precaución. Parece que mirara detrás de unas barreras a través de sus gafas con lentes de gran aumento (con las que necesitaba llevar unas lentillas), como nunca estuviera seguro de si enfoca con precisión. Dice que se inspiró en el guionista Dalton Trumbo, en sus maneras tímidas y reservadas. Como en 'Cowboy de medianoche', contrasta de modo extremado con el otro protagonista masculino, Steve McQueen. Uno parece que recula, el otro no deja de intentar impulsarse hacia delante, aunque no deje de colisionarse durante largos años con los muros y los barrotes. Ambos son dos distintos de tipos de reclusos, aunque coincidan en su condición de resistentes, actitud que apuntala su complicidad. En el gesto de McQueen se mantiene esa determinación que ya había propulsado en su personaje de 'La gran evasión'. En cambio, Hoffman parece que busca guarecerse en cualquier recoveco u hoyo como forma de resistir el agujero de la reclusión, con esa perseverante confianza en que su esposa acabe liberándole de ese encierro. Pese a todo, en ocasiones, se deja arrastrar por la determinación de su amigo, y participa en algunos de sus intentos de huida. Hasta que ya el desgaste. Por eso, no salta con el personaje de McQueen cuando este decide abandonar la isla a nada saltando desde una gran altura al mar. Prefiere seguir con sus pequeños pasos esperar a que le toque el turno de la liberación programada.
Lenny. Hoffman mostró en principio sus reticencias a la hora de aceptar el personaje protagonista de 'Lenny' (1974), de Bob Fosse. No le parecía que el guión tuviera la suficiente profundidad. Pero la figura del célebre y controvertido cómico Lenny Bruce, repetidamente detenido durante los sesenta por atentar contra la moral pública por sus recurrentes alusiones explícitas al sexo y su lenguaje obsceno y malsonante, le fascinaba. Al principió pensó que no era el actor adecuado para interpretarlo, pero tras leer su autobiografía y ver grabaciones de sus actuaciones, sintió una fuerte afinidad con esa figura provocadora, que hacía de la espontaneidad fundamento de sus actuaciones. Y a Hoffman le gusta tanto provocar como improvisar en sus interpretaciones. Hoffman dotó de cuerpo y ritmo a esa celeridad característica de las actuaciones de Lenny Bruce, y las turbulencias que dominaban su vida íntima, como si se encontrara siempre en pleno fragor de batalla consigo mismo, en sus relaciones afectivas, o con unas normas sociales que no dejaron de intentar anularle haciendo uso de una ley restrictiva, que no era sino una mordaza para acallar su mordaz irreverencia. Por eso, funciona el blanco y negro en este película, rezuma infección, porque refleja ese entorno que no dejaba respirar el talento inconformista e insurgente de quien disentía con lo que después sería calificado como políticamente correcto. Lenny hizo arte con la incorrección, pero fue derrotado por la infección carente de color y de vida que dictaba las leyes y las reglas de conducta y expresión.
Todos los hombres del presidente. Durante los meses previos al rodaje de 'Todos los hombres del presidente' (1975) que dedicó a transitar por la redacción del Washington Post, Por la melena que porta en la película fue confundido, por una periodista especializada en el tema de la ciencia, con un chico de los recados (copy boy). Eso define lo bien que se amoldó a la película, en la que casi no se hace notar, ya que la película parece una transposición de los sobrios modos actorales del otro protagonista, Robert Redford. Aunque, por sus maneras de fumar, y gestualidad de febrilidad contenida no deja de traslucir el temperamento nervioso y el carácter con una pizca de arrogancia de su personaje, el periodista Walter Bernstein, quien junto a Bob Woodward, destapó con el caso Watergate la corrupción gubernamental. El título es una variación del 'Todos los hombres del rey', adaptada al cine previamente por Robert Rossen en 1951 en 'El político', una aguda disección de las corrupciones, enajenaciones y vanidades políticas. En este caso, a través de la minuciosa y determinada investigación de dos periodistas que no cejan en su propósito de dotar de luz a la turbulencias de las sombras de las instituciones que detentan el poder. Más allá de los despachos de la redacción, los exteriores, sobre todo los nocturnos, parecen espacios inhóspitos, en el que la amenaza parece acechar de modo invisible, como si la realidad estuviera contaminada por la corrupción, realzado por la sombría fotografía de Gordon Willis. Esa desazonadora atmósfera, así como la precisión de su modulación dramática, fue desplegada y multiplicada por David Fincher en su magistral 'Zodiac'.
Marathon man. Hoffman optó por pasarse noches sin dormir para conseguir que su personaje transmitiera, con su desaliño y su aspecto poco saludable, la sensación de que vive una tensión emocional extrema. De hecho, su personaje ya se encuentra en tensión con su entorno antes de que su vida se vea amenazada por la irrupción de un criminal de guerra nazi, bajo los rasgos de Laurence Olvier, que piensa que tiene algo importante para él. En los primeros pasajes se evidencia que no soporta ser superado por los demás, como demuestra su competitividad con otros corredores en el parque. Y está en lid con la sociedad, con su pasado y su presente, por el suicidio de su padre, cuando era perseguido por la Caza de Brujas del Comité de actividades antiamericanas. Siente, y se palpa esa febrilidad en sus gestos y miradas, que su padre merece un perdón y el reconocimiento de su inocencia, por eso dedica su tesis al tema de la tiranía en la sociedad estadounidense. Por eso, no deja de ser irónico, como distorsionado reflejo, que se vea perseguido por un dentista nazi que torturaba judíos en los campos de concentración. El acceso a ese universo paralelo de tramas turbias (por la consecución de unos diamantes) tiene lugar a través de su hermano, encarnado por Roy Scheider, la contraseña que facilita la irrupción en su vida de quien que le tortura como torturaba a los judíos, con los utensilios de un dentista, pero sin anestesia. Como si reviviera, transfigurada, la pesadilla que sufrió su padre. La aparente normalidad de su hermano (siniestra, de todos modos, porque es un empresario relacionado con el negocio del petróleo), desvela que es un agente gubernamental. Del mismo modo que la mujer, interpretada por Marthe Keller, que cree conocer por casualidad, y que cree que le corresponde en el amor, también no es lo que parece, y si logra seducirle es también porque sabe tocar la tecla de sus complejos y arrogancia. Hoffman no quiso acceder a que su personaje ajusticiara a su antagonista, como indicaba la novela adaptada y el guión de William Goldman, porque consideraba que perdería su humanidad si lo hacía.
Libertad condicional. Eddie Bunker era aquel convidado de piedra conocido como Mr Blue en 'Reservoir dogs' (1992). Su presencia era un homenaje de Quentin Tarantino. Bunker había sido atracador de bancos en los escasos momentos que disfrutó de libertad, entre una estancia penitenciaria y otra, durante treinta años, hasta mediados de los 70, cuando por fin logró dar un volantazo a su vida, en lo que fue decisivo la buena recepción de sus primeros esfuerzos literarios. Su primera novela, 'No hay bestia tan fiera', publicada en 1973, llamó la atención del cineasta Ulu Grosbard. No porque quisiera rodarla sino por cuán impresionado se la recomendó a Dustin Hoffman, al que conocía desde hacía una década. En la primera secuencia de 'Libertad condicional' (1978), Max (Dustin Hoffman) sale de la cárcel tras estar seis años recluidos. Bunker comentaba cómo en ciertas obras cuando un delincuente salía de la cárcel enseguida le esperaba otro plan de robo. Lo que se espera es abandonar esa vida, esa cárcel tanto fuera como dentro, porque en parte arrastras en tu interior una tendencia que puede ser propulsada por una imprevista combinación de factores, como una bestia que se despertara. El único deseo de Max es construir otra vida, una vida integrada, como la de tantos miles de ciudadanos que ejercen su rutina de trabajo y relaciones afectivas. Max espera encontrar un lugar donde dormir, un trabajo con el que comenzar a ganar unos dolares y disponer de la posibilidad de sentir ese nudo en el estómago que causa el tener una primera cita con una chica que te gusta. Pero, además de la voluntad, también cuenta el azar,y la injerencia de los otros, intencional o no. Y Max toma consciencia de que su nueva vida puede derrumbarse en cualquier instante, aunque sea por un equívoco, sobre todo si dependes de un agente de la provisional demasiado preocupado por dejar bien claro, aunque sea con una sonrisa de hiena, que él es quien marca las pautas. Grossbard forja un diamante narrativo en el que modula con precisión las agitaciones que van apoderándose de Max, expuestas brillantemente en secuencias como la de su irrupción en un casa de prestamos para conseguir el subfusil que no le ha proporcionado, como había prometido el suministrador, para realizar el atraco previsto esa noche. Su respiración delata esa furia, la realidad no puede írsele de las manos, tiene que seguir disparando, como conseguir el máximo de billetes o joyas, como si le superara su sentimiento de despecho por no darle la vida las oportunidades que él pedía. Su mirada comprende su error, su ofuscación, cuando se mira, arrodillado, con el amigo cuya mirada se extingue, cuya muerte ha propiciado por un atraco defectuosamente realizado.
Tootsie. 'Tootsie' gira alrededor de un actor al que nadie quiere contratar por su conflictivo y picajoso carácter y que, por ello, decide pasarse por actriz como única manera de conseguir un papel, Y así es, en una telenovela, Hospital general. Pero sobre todo trata de un hombre que se comporta mejor con las mujeres cuando se hace pasar por una mujer. No hay como ponerse en la piel del Otro para sentir y conocer su perspectiva. Inversión de papeles, como se invierten las siglas de su identidad masculina, Michael Dorsey, y femenina, Dorothy Michaels, mujer con apariencia de señorona, con cardado protuberante, como sus mismas gafas,que así logran disimular la prominente nariz del actor, como recurso de diferenciación entre uno y otra. Hoffman realizó una prueba de caracterización en el colegio de su hija, haciéndose pasar por tía Dorothy, y según dice logró convencer a todos de que era una mujer. Quizá fuera así, pero no deja de parecerme que se percibe demasiado la impostura, como también en el caso pretérito de Jack Lemmon y Tony Curtis en 'Con faldas y a lo loco'. Simplemente, se acepta como parte del juego, tan desquiciado y exagerado como los mismos lances argumentales de la telenovela, que no dejan de tener su gracia, aunque más los tendrían los de la venidera 'Escándalo en el plató'. Eso sí, chirría sobremanera la meliflua música, y sobre todo un par de montajes al son de insoportables canciones. Pero Hoffman borda su papel en sus vertientes masculinas y femeninas, como brilla el reparto en general, y hay momentos cómicos, incluso algunos no carentes de aristas dramáticas, que evitan que desluzca del todo el maquillaje de una película que está al filo de descascarillarse.
Rain man. Cuando llevaban ya tres semanas de rodaje de 'Rain man' (1988), de Barry Levinson, Hoffman le dijo que consiguiera a Richard Dreyfuss o quien fuera, porque pensaba que estaba realizando una de sus peores interpretaciones. En principio, Hoffman iba a interpretar al otro hermano, Charlie, ya que se suponía con más de cincuenta años, pero él insistió en interpretar a Raymond tras conmoverse con un niño prodigio, ciego y con parálisis mental, que interpretaba música de oído Su insistencia en que no fuera discapacitado sino que fuera autista, con habilidades prodigiosas, determinó que Martin Brest abandonara el proyecto. Durante un año se instruyó minuciosamente sobre el autismo, y logró una extraordinaria interpretación, matizada en la forma de nunca mirar a los ojos de los demás, la ritualización de los gestos y de las acciones como resorte defensivo, sus pasitos cortos, su rigidez física, como si habitara otra dimensión distinta a la de los así llamados normales. Más allá del bienintencionado propósito de que su personaje sirva de contrapunto sensibilizador para otra de las representaciones de la depredadora actitud materialista que sólo se preocupa de la consecución de beneficios, encarnado en su hermano, su interpretación se eleva sobre el resto de una discreta película que contiene la secuencia predilecta de Hoffman en su filmografía, aquella en la que está en el interior de una cabina telefónica junto a su hermano, y anuncia con su característico oh oh que se ha tirado un pedo. Ambos improvisaron el consiguiente diálogo mientras, se supone, resistían los efectos del gas no precisamente aromático. Fue la tercera vez que Hoffman participó en una película ganadora en los Oscars, tras 'Cowboy de medianoche' y 'Kramer sobre Kramer', y ninguna ha resistido bien los embates del paso del tiempo.
La cortina de humo. Un mes antes de que se convirtiera en escándalo público y copara toda la atención mediática la relación del presidente Clinton con Monica Lewinsky, y posteriormente el gobierno decidiera bombardear una fábrica en Sudán, 'La cortina de humo' (1998), de Barry Levinson, que se realizó en una pausa de rodaje de 'Esfera', narraba cómo se arrojaba una conveniente cortina de humo sobre otra relación sexual de un presidente, en este caso con una niña, mediante la creación de un conflicto bélico con un país del que la mayor parte de los estadounidenses no sabe nada, Albania. El consejero arreglatodo que encarna Robert De Niro recurre a un productor cinematográfico, interpretado con despendolado histrionismo, como un niño que dispone de un scalextrix y un ibertren a escala gigante, por Dustin Hoffman, para hilvanar esa conveniente ficción que distraiga la atención pública del escándalo sexual durante al menos los onces días que restan antes de las votaciones de las elecciones presidenciales. Ruedan escenas que supuestamente acontecen durante un bombardeo en Albania, componen canciones que se convertirán en himnos, crean rituales sociales que adquieren resonancia global simbólica con detalles triviales como unos zapatos usados colgados de los árboles o crearán un héroe rescatado tras las líneas enemigas después del anunciado fin de las hostilidades. El productor orquesta la producción más ambiciosa, aquella que manipula la misma realidad. Con gozo contempla no sólo cómo la ciudadanía se cree todo aquello que urden, sino cómo determinan sus reacciones emocionales y sus pareceres. La diferencia con las urdimbres ficcionales de los políticos es que un productor cinematográfico sí necesita el reconocimiento de su despliegue creativo realizado, lo que implicará su perdición. Necesita aplauso y premios, mientras que los políticos, con sus juegos de maquillaje de las fisuras de realidad entre sombras, sólo desean que permanezca intacta su posición de privilegio.
Esfera. 'Esfera' incide en una evidencia. Los psicólogos pueden estar tan mal o peor que sus pacientes. En 'Esfera', adaptación de una novela de Michael Crichton, quien parece que intentaba crear una variante del 'Solaris' de Stanislaw Lem, Hoffman es un psicólogo que tiempo atrás redactó un informe en el que explicaba las razones de por qué un biólogo, un matemático, un psicólogo y un físico podían ser el mejor comité de bienvenida para unos alienígenas. Eso creen que sean los tripulantes de una nave espacial encontrada en el fondo de mar que parece estar ahí encallada desde siglos atrás. Y en su interior encuentran una esfera que remite al planeta Solaris, porque parece materializar los temores recónditos, o no solventados, de los que intentan esclarecer aquel enigma. Hoffman puede parecer el más equilibrado, o el menos cuadriculado, de entrada, pero no es sino un espejismo. No sólo por la conflictiva relación que mantuvo en el pasado con la bióloga que encarna Sharon Stone, que fue paciente suya, se irá evidenciado que quien parece contener más conflictos irresueltos es el supuesto conocedor de la mente y sus fragilidades y contradicciones. La amenaza que se cierne sobre ellos, en distintas variantes, de medusas a pulpos pasando por serpientes marinas, no deja de ser una proyección física de lo que se tambalea en su propia mente. Un desequilibrio paradójico, pues parece recubierto por sensatez, que Hoffman matiza con eficacia.

jueves, 4 de julio de 2013

Julie Christie, darling

 photo OIR_resizeraspx3_zps1d82636f.jpg Julie Christie, fotografiada por Everett, durante el rodaje de 'Darling' (1965), de John Schlesinger

Terence Stamp, lejos del mundanal ruido

 photo OIR_resizeraspx2_zps1d539c82.jpg Terence Stamp, fotografiado por Terence Donovan, durante el rodaje de 'Lejos del mundanal ruido' (Far from the madding crowd, 1967), de John Schlesinger

domingo, 22 de julio de 2012

Plácidas pausas de rodaje: Laurence Olivier y Dustin Hoffman

Photobucket Dustin Hoffman 'gansea' con Laurence Olivier durante el rodaje de la tenebrosamente sugestiva 'Marathon man' (1975), de John Schlesinger.

miércoles, 27 de junio de 2012

Plácidas pausas de rodaje: John Schlesinger y el elefante

Photobucket John Schlesinger en un parque de Sarasota, Florida, en 1980, durante el rodaje de 'Desmadre en la autopista' (Honky tonky freeway, 1981), con un elefante que no se balancea en la tela de una araña sino que, por lo menos su personaje en la película, Bubbles, tiene un particular don para el esquí acuático. Fotografía de Mary Ellen Mark.

En rodaje: Karen Black y William Atherton

Photobucket Mary Ellen Mark, durante el rodaje de 'Como plaga de langosta' (The day of locust, 1975), de John Schlesinger, se volvió y se encontró ante tal singular 'circunstancia' que no dudó en fotografiar con presteza. William Atherton y Karen Black permanecían 'en posición', tras rodar una escena amorosa, mientras trasladaban la cama de un set de rodaje a otro.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Marathon man: El reflejo de unos tiempos revueltos

Photobucket
Dustin Hoffman realiza una mueca burlona a un Laurence Olivier de gesto siniestramente impávido durante una pausa de rodaje de la muy estimable 'Marathon man' (1976), de John Schlesinger. En plena era de sombrios y tétricos thrillers, en donde se detapó la caja de Pandora de la corrupción y trapos sucios con el caso Watergate, creando un clima de desconfianza y decepción, no es de extrañar que se diera una efervescencia de thrillers en cuya trama cobraba realce la reaparición de un siniestro pasado encarnado en nazis supervivientes ( aparte que era un tema de actualidad). Títulos como 'Odessa' (1974) de Ronald Neame, la notable 'Los niños del Brasil' (1978) de Frankli J Scheffner, 'La formula' (1980), o 'Pacto de Berlin' (1985), de John Frankenheimer, lo refrendan. Por otro lado, no habiendo visto o teniendo muy lejanas en la memoria, obras precedentes de Schlesinger, sin duda no ha realizado una obra tan equilibrada y eficaz como ésta desde entonces, más bien, salvo contadas excepciones, realizando obras apagadas o mediocres. Más allá de la afamada secuencia en la que el personaje de Laurence Olivier tortura en la silla del dentista al personaje de Hoffman, que tanta sensación causó en su momento ( incluidas deserciones de salas), Schlesinger logró crear una tensa atmósfera, sobria y contundente, en la que asomaban otros terribles fantasmas del pasado equiparables al nazismo, como fue la Caza de brujas de McCarthy (parte del estudio que realiza el personaje de Hoffman sobre ejemplos de tiranía en la historia americana; su mismo padre fue una víctima de aquella persecución). Estupendas son las secuencias con su hermano, encarnado por Roy Scheider, como el ataque que sufre en un hotel de Paris, de notoria crudeza, o la desasosegante bajo los arcos cuando tras ver que desaparezca en la noche una compañera, oye un extraño ruido, y luego aparece botando un balón. Y, en especial, destaca la gran creación que realiza Laurence Olivier del nazi. Inquietante y amenazador en sus buenas y sobrias maneras (se inspiró en la delicadeza con que el jardinero del productor Robert Evans mimaba a sus rosas para su forma de desenvolverse cuando tortura los dientes de Hoffman) crea un gran personaje siniestro. También brillantes los acordes de la música de Michael Small y la sombría fotografía de Conrad L Hall. Como anécdota, que ya fue en los siguientes años recurrente comentario en el círculo de actores, la conversación entre Hoffman y Olivier cuando el primero le dijo que para una escena en la que su personaje no había dormido en tres días, él hizo lo mismo, a lo que Olivier replicó que si no había pensado en la opción de actuar (aunque, según Hoffman, reconoció que él mismo había hecho cosas semejantes en el pasado).