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viernes, 29 de julio de 2022

Los perdonados

 

Los perdonados (The forgiven), de John Michael McDonagh, quien adapta la homónima novela de Lawrence Osborne, es una obra sobra la asunción de las consecuencias así como sobre la naturaleza de la inercia en la que se ha encasquillado la sociedad privilegiada occidental. El matrimonio que conforman David (Ralph Fiennes) y Jo (Jessica Chastain) se convierten, durante los primeros pasajes en emblema de ese enquistamiento que se caracteriza por el deterioro incluso ético, y durante la evolución del desarrollo narrativo, en la posibilidad de una posible modificación, que implica reenfoque y rectificación. En la secuencia inicial, sobre la cubierta del barco sobre la que avistan Marruecos, David saluda con un Le Afrique, que no transmite alegría sino que rezuma cierto desprecio, amplificado por el hecho de que la enuncie en francés pero no inglés. mientras Jo mira directamente a cámara con expresión de tedio. Le Afrique es una tierra extranjera que es otra, y por añadidura de categoría inferior. Esa xenofobia tiznada de suficiencia caracteriza a David en los primeros pasajes, como una amargura patente que intenta contener infructuosamente a través del alcohol. En esas primeras secuencias también queda patente que esa relación marital se asemeja a un accidente que aún no se ha querido calificar o asumir como tal. Son dos personajes que están juntos como quienes se dejan llevar a la deriva por mero automatismo. En su trayecto, por el Alto Atlas, en dirección a la lujosa villa propiedad de Richard (Matt Smith), en la que convive con Dally (Caleb Landry Jones), sufrirán un accidente que es más bien atropello de un joven vendedor de fósiles. Unos fósiles con apariencia humana acaban con la vida del joven, por el atolondramiento de David, debido al alcohol con el que se aturde y a una nueva discusión que mantiene con Jo. Ese atropello supondrá el punto de arranque para asumir que habían atropellado su propia vida y que resulta necesario una modificación radical de actitud y enfoque (no solo sobre su propia relación marital).

El motivo del desplazamiento es la asistencia a la fiesta que se celebra en esa villa. Los asistentes que se congregan reflejan el ensimismamiento y la autoindulgencia, la vacuidad y el extravío de la sociedad privilegiada occidental. Queda condensado en el despertar de una de sus asistentes, Cody (Abbey Lee), en una duna a centenares de metros de la vida, tras la primera celebración nocturna. ¿Qué hago aquí? es la pregunta que se hace, y es la que no se hacen, en términos más amplios, con respecto a su (modo y actitud de) vida, los asistentes a esa celebración, como si vivieran de modo pasajero en el decorado de una fantasía en un territorio exótico. Africa es un escenario con que el que mantienen distancia mediante la interposición de su espacio de lujo, como si fuera una nave espacial que hubiera creado su propio medio ambiente, una cápsula en la que extienden el lujo privilegiado que disfrutan en Occidente. Los africanos son sirvientes o figuras ajenas, de condición inferior, que pulula en el árido entorno circundante. Su privilegio les atropella sin particular escrúpulo, o con una reconfortante inconsciencia. Son figuras de fondo de decorado. La irrupción de Abdellar (Ismael Kanater), el padre del chico atropellado propiciará la confrontación con ese modo de vida, o lo será sobre todo para David, ya que el padre pide que le acompañe en un viaje de dos días hacia su aldea para asistir al funeral de su hijo.

Ese viaje implicará, por un lado, al faltar una pieza del autómata marital que conformaban, la transformación radical de Jo mediante la relación que establecerá con el cínico estadounidense Tom (Christopher Abbot). Un cínico, analista financiero, que ignora lo que es una relación íntima y vive meramente en la superficie de sucesivas relaciones sexuales, servirá de contrapunto de la asunción, por parte de Jo, de su sonambulismo sentimental. Se había convertido en una mujer hueca como hueco es ese hombre epicúreo que no esconde que es nada o un número con forma humana que transita en las emociones más básicas. Para Jo ese reflejo distorsionado de aquello en lo que se había convertido por inercia ejerce de despertar. La pasajera decide apearse de su deriva marital e iniciar otro trayecto, sea cual sea, pero al menos uno el que sí se sienta presente, y con un propósito que sienta como propio. Mientras, David, afronta que era un hombre que huía de sí mismo, de su frustración y amargura, que había enmascarado en suficiencia y amarga causticidad. En un tiempo, incluso, cuando era universitario, era un hombre que pensaba de un modo radicalmente diferente. La confrontación con ese otro modo de vida, durante dos días, supondrá tanto la asunción, que será capaz de reconocer, de que la muerte del joven vendedor de fósiles no fue un accidente sino la consecuencia de su irresponsabilidad, como la del engaño en que se había degradado su propia vida, como una figura de una ficción sonámbula. La convicción de la espléndida interpretación de Fiennes contrarresta una quizá excesiva gravitación en el peso de un tesis. En ocasiones, más que fluir, la evolución dramática se asemeja a un engranaje que completa su proceso predeterminado, como si fuera un proceso de demostración más que de mostración. La distancia, en ocasiones, parece esterilizar o neutralizar la turbiedad de la infección vital que se desentraña. Es una obra de sugerente planteamiento en la que los conceptos parecen superponerse sobre la atmósfera, la tesis sobre el desarrollo orgánico narrativo. La excelente, por contundente y concisa, conclusión no logra que se desvanezca la sensación de que la película pudiera haber sido más abrasiva y áspera en su desarrollo narrativo.

domingo, 8 de marzo de 2015

House of cards y el polvillo cósmico de recientes estrenos


Durante el último mes he visto muchas películas que se han estrenado, o que se van a estrenar, Selma, En tercera persona, Maps to the stars, Refugiado, El país de las maravillas, Aguas tranquilas o Calvary, y durante rodas estas semanas buscaba el incentivo para escribir algo. Ciertamente he priorizado revisar los textos del libro (que por fin he acabado: ya no distingo entre vocales y consonantes), pero también es cierto que no estoy en un momento que me apetezca mucho escribir sobre lo que no me ha generado particular entusiasmo, aunque hace un par de días escupí un par de líneas perplejas con la decepcionante 'Pasolini' de Abel Ferrara. Pensé en englobarlas en un texto que se titulara: Películas que cuentan con mi simpatía aunque las corroa el ácido del alien de la discreción, evocando la última frase que les dice Ash (Ian Holm) a los que aún quedan vivos tras decirles que lo tiene más que crudo para sobrevivir al alien, en 'Alien' (1979), de Ridley Scott. Pensaba buscar algún aspecto positivo al menos. Que hay películas que ayudan a documentarse, sirven, por ejemplo, para tomar constancia que sólo hace cincuenta años que los negros tiene derecho a voto en Estados Unidos, o sea ayer mismo, y nos creemos muy avanzados, como se refleja en la bienintencionada 'Selma' de Ada Duvernay, correcta, muy correcta, pero sin particular distinción que reseñar (más allá de ciertas interpretaciones o un par de secuencias que reflejan la brutal irrupción de la violencia). De otras se puede rescatar su premisa, su planteamiento, como 'En tercera persona', de Paul Haggis un escritor enfrentado a las criaturas de su imaginación, o cómo se vive más a través de las criaturas ficticias que en la realidad (o se sabe vivir mejor la ficción que la realidad), aunque también sirva la creación para mentirse y así justificarse (pero parece más una obra de laboratorio, unas formulas con poca chispa, sobre todo las subtramas de las creaciones de la imaginación). Y desgraciadamente acaba pareciéndose a la igual de bienintencionada pero esquemática 'Crash' que a la muy sugerente 'En el valle de Ellah' En el otro extremo, se agradece la mala uva de Cronenberg en su retrato, en 'Maps to the stars', de un mundo preocupado de las apariencias y de sus vanidades que quiere desentrañarse en su fealdad y miseria, pero su estilo resulta tan feo y desmañado que cortocircuita el intento. De 'aguas tranquilas, de Naomi Kawase se agradece que busque otras derivas narrativas si no fuera porque se extravía y anega en la nada, lejos de los logros de las previas 'Shara' o 'El bosque del luto'. De 'Calvary', de John Michael MacDonagh, se puede rescatar al gran Brendan Gleeson, pero se fuerza demasiado la maquinaria nihilista de esto es un calvario y tiene que ir todo mal, y la naturalidad se va desintegrando progresivamente. 'Refugiado', de Diego Lerman, es otra vuelta de tuerca sobre el maltrato que tampoco logra elevar el vuelo. Hay pasajes en los que logra con efectividad reflejar la opresiva desesperación de quien intenta liberarse de maltratador, y se agradece el detalle de que nunca se le vea a él el rostro pero tampoco consigue desmarcarse de lo ya visto en otras obras. Por contraste, hace recordar la singular aproximación de 'La por (El miedo), de Jordi Cadena que hacía cuerpo de un malestar, la permanente sensación de amenaza que sentían la madre y dos hijos que no sabían en qué momento podía explotar el padre, un planteamiento más esquinado, pero efectivo en la emponzoñada atmósfera que conseguía. De 'El país de las maravillas', de Alice Rohrwacher, se podría hablar de cómo las convencionalidad se pueden disfrazar o disimular en un estilo que parece salirse de los patrones ortodoxos. O envolver la nada con un bonito envoltorio. En suma, no es que me parezcan carentes de interés, y no sé si las calificaría de malas películas, pero, francamente, cuando se ve la tercera temporada de 'House of cards' sí quedan en evidencia en su condición de irrelevante polvillo cósmico. Por eso, sí que me extenderé en El cine de Solaris sobre esta nueva extraordinaria temporada.