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miércoles, 15 de febrero de 2017

Con los ojos cerrados

¿Qué harás el resto de tus días tras el final feliz? En los cuentos de hadas, y aquellas películas que asemejaban más a un sueño, los finales felices parecían traslucir que después sólo restaba la eternidad. No pensabas que pudiera tener fecha de caducidad, que dieciséis años después, como le ocurre a Mary (Jean Simmons) en 'Con los ojos cerrados' (The happy ending, 1969), de Richard Brooks, sientas que la promesa de pantalla sublime, la relación con Fred (John Forsythe), aquel que te hizo sentir en la yema de los dedos que podías alcanzar las elevaciones del sueño, como si protagonizaras alguna de esas películas, como 'Casablanca', que ahora contemplas con una sonrisa que combina lágrimas de añoranza y rictus amargo, se pudiera apagar. En 'Después el amor' (2016), de Joachim Lafosse, Christine (Marthe Keller), la madre de Marie (Berenice Bejó), le reprocha a esta que ahora no se sepa aguantar mecha en una relación como se hacía antes cuando comienzan a ser más abundantes las fricciones, que se arroje al arcén una relación porque se modifica con el tiempo, y el deseo se torna amistad, no hay nadie perfecto, no hay nadie a quien se pueda desear toda la vida. Pero Marie, simplemente, ya no ama a aquel hombre que amó en el pasado. ¿Por qué debe mantener con respiración asistida lo que ya sería un mero teatro? En 'Con los ojos cerrados', Mrs Spencer (Teresa Wright), la madre de Mary, le cuestiona que quiera romper y abandonar la relación si nada había que fuera particularmente desagradable o reprobable, si incluso aún le quería. Pero para Mary no es suficiente que aún subsista ese amor, aunque no sea en el mismo grado que en los primeros años. Por eso, decide no estar presente en el decimosexto aniversario de un matrimonio que siente como una ventana en la que no deja de mirar a la vida que no acaba de llegar y opta por intentar recuperar sus alas viajando a las Bahamas.
No lo fue cuando comenzó a sentirse otro mueble más en la vida de alguien que centraba su existencia sobre todo en su vida laboral, como quien ocupa la cuadrícula correspondiente en un diseño de vida establecido para el consorte masculino. Era una de esas esposas que nada tenían que hacer, meros zombies, como una de ellas declara, que transitaban de la peluquería, ese espejismo de renovación que no dejaba de ser mera apariencia que intentaban rasurar como si así algo variara, al vacío de un hogar que era espera, a veces condimentada con la compañía del alcohol.¿Qué haces el resto de tu vida tras haber alcanzado el final feliz de la boda con el hombre de tus sueños? Aparcas tu vida, tienes algún hijo, cumples tu cometido de esposa que espera y mantiene un hogar para que haya un lugar al que él siempre quiera volver, aunque a veces pueda encontrar satisfacciones provisionales en otros desvíos. Esa vida es una mera superficie en la que dejas de sentirte presente. Contestas al teléfono, pero realmente la llamada es en la pantalla del televisor. La vida ya no responde, la pantalla no tiene nada que ver con tu vida ausente.
La narración combina tiempos. Se repite insistente, como emblema de un atasco vital, una imagen, una ambulancia que cruza, en la espesa oscuridad de la noche, junto a un cartel que indica que los diamantes son para siempre. Pero no así el amor, no así las relaciones. Esa imagen de negrura despejará la incógnita de su relación con un dolor que sajó los últimos resquicios de confianza en la perdurabilidad de un sueño: los sueños sueños son, y no se corresponden con la realidad, tienen fecha de caducidad. Se desvela tras una secuencia en la que desentraña otro engaño, el de otro hombre, un treintañero que busca desesperadamente encontrar, antes de que la calvicie asome, una mujer que le sostenga económicamente. En su fuga del hogar a las Bahamas, Mary conoce entre mesas de juegos de azar a un aparente italiano, Franco (Bobby Darin), que revela, en cuanto se entera que ella no es esposa de un millonario, que es pura apariencia y fingimiento: se hace pasar por lo que haga falta, y utilizar la lengua que sea para parecer exótico, fuera de lo corriente, y así engatusar a esposas frustradas. Pero es otro hombre ordinario que busca el clavo ardiente con el que sostenerse en un océano de decepciones y engaños. Mary, tumbada en la playa, recibiendo el placentero contacto de las olas, evoca la noche en la que se intentó suicidarse aquella noche en la que intentaba reanimar su relación y se encontró con vacío en el hogar y con la revelación de que Fred mantenía una relación con otra mujer, y evoca la discusión con él, cuando intentaba compensar su amargura con gastos exorbitados, que determinó que fuera detenida por provocar una colisión con otro coche. No eran los diamantes para siempre. La colisión se hizo irreparable, una vida de esperas domésticas se reveló como fraude, como si hubiera sido relegada a una posición en el fondo de una vitrina mientras él protagonizaba el relato de la vida en el escenario laboral.
'Nadie conoce a nadie'. 'Podemos llegar a la luna, cierto, pero no sabemos nada del matrimonio, ni por qué perdemos el juicio enamorándonos. '¿Quieres saber la verdad?', 'La verdad es que nadie quiere saber cuál es la verdad.' Richard Brooks, gran cineasta y uno de los mejores dialoguistas que ha dado el cine, realizaría ocho años después otra extraordinaria obra, complemento y continuación, 'Buscando al sr Goodbar' (1977), que comienza con un documental en el que se indica que había sido la década de las mujeres. Theresa (Diane Keaton), prototipo de la 'mujer liberada', proseguía la senda de Mary. Theresa optaba por un modo de vida que rompía con las convenciones, esa deriva y fuga emocional de los 'matadolores' (como se califica en la propia obra), esa arrolladora inmersión en la embriaguez que es preciptación de caballo desbocado y anhelo de plenitud, resistente impulso de acción, el placer revitalizador de transgredir, la ruptura de límites (sobre todo los impuestos) que es grito contra un hábito de vida corriente que es anodino, el látigo vivificador de la noche, aunque linde con los abismos, para despertar del aturdimiento y entumecimiento de la vida diurna (la costra de la costumbre, inercial). El final de 'Con los ojos cerrados' es un final feliz, porque ella se niega a traicionarse a sí misma, en vez de optar por la comodidad de volver al redil del matrimonio cuando él se lo pide. Ella seguirá sola su andadura en la vida, fiel a sí misma. Es un final que es un principio, o un reinicio: la ilusión, ya sublevación, ha despejado la mirada con el conocimiento de la decepción. La canción What are you doing the rest of your life', compuesta por Michel Legrand, letra de Alan y Marilyn Bergman, y cantada por Michael Dees

lunes, 13 de febrero de 2017

Después del amor

Un día, aquel que amaste te exaspera y pone de los nervios. Un día, la presencia de aquel con quien soñaste compartir una vida, es una presencia molesta, incordiante. Un día, la convivencia es turbulencias, sofoco, crispación. Un día, aquel a quien considerabas todo, es nada que quieres expulsar de tu vida como si fuera ya una excrecencia. Un día, la armonía del afecto es lucha económica encarnizada. Los residuos de la relación, las cenizas del afecto lesionado, los estertores de lo que ya nunca será, son despojos transmutados en piezas de un botín por cuya provisión de repartición se batalla. Desvanecido el amor, queda sólo la economía, como los huesos de un cadáver ya desprovisto de carne. Se dirige la mirada atrás, al cuerpo descompuesto, y se gradúa la participación e inversión de cada uno en los gastos del armazón que se desmonta. No importa ya tanto quien quiso más, sino quien aportó más o menos a la economía de la pareja. Eso también era la relación, suministro financiero, aparte del afectivo. En la excelente 'Después del amor' (La economie du couple, 2016), por ahora, la mejor obra de Joachim Lafosse, Marie (Berenice Bejo) y Boris (Cedric Kahn) aún conviven juntos, pero están en trámite de separación. Su relación se encuentra en un estado suspenso de tránsito que determina una enrarecida convivencia. Es teatro, y es contienda, es silencio tenso de cuerpos que se cruzan y gritos de voluntades que ya dejaron de ser cómplices y descargan su bilis en la discusión de los términos, los de una organización de tiempo, el racionamiento de presencia en el escenario, y los de la repartición de los residuos materiales de un cadáver afectivo. Los primeros los plantea quien quiere ya disolver la relación, como una mancha que eliminar, los segundos aquel que aún no se resigna a desaparecer, y menos como si no sólo fuera ya un cuerpo extraño sino incluso un virus nocivo.
Boris aún permanece en el hogar porque no dispone del dinero suficiente para poder independizarse, para reformar su vida, pero sobre todo porque no comparte los términos de la repartición. Su permanencia, o encostramiento, en el hogar desintegrado no deja de ser un asedio desde dentro para abandonarlo en las condiciones más ventajosas para él. Aunque no deja de palpitar en ese pulso turbio, de contenida violencia, el despecho y la frustración que, en ocasiones, asoma en miradas esquinadas o furtivas: La rabia de que esa relación concluyera, la rabia de verse despreciado como una presencia que se siente como una adherencia contaminante que se resiste a desaparecer. Una reunión con amigos comunes se convierte en escenario para liberar las lágrimas de desconcierto y desazón o las invectivas purulentas de la amargura. Las hijas gemelas son el apoyo para mantenerse firme en el escenario de la contienda, también fugaz espita de liberación, y trampolín para quizá reanimar el cadáver de lo que ya no será. El hogar es un campo de batalla que se carga con energías retenidas, y puntuales explosiones, que salpican a las hijas, espectadoras de un conflicto que piensan que sólo sea provisional y sea rectificado por la oportuna coreografía que recomponga el escenario tras unos espasmos de disensión. No imaginan que las botas deportivas que necesitan se conviertan en objeto simbólico de un forcejeo más, en otra competición que es pulso desquiciado: quien compra antes que el que había prometido que lo haría a la hija, para escupir otro reproche de resentimiento, quien las pierde como quien devuelve un golpe.
Compiten y batallan por las posesiones materiales, por los objetos y las pertenencias que componían el escenario que se desmorona. Discuten hasta por el valor de las reformas que realizó él en el hogar, como si ella no le diera valor alguno, como al fin y al cabo no desea que esa relación se reavive, a diferencia de él que sí desea en el fondo que se reforme lo que está deteriorado. Por eso, ella se niega a que él reforme la casa que ha heredado de su padre, pese a la insistencia de su madre. Más allá de cuestiones prácticas, el dinero que le reportaría a él para conseguir abandonar el hogar aún compartido, no deja de ser un gesto simbólico de negación: No quiere que él reforme nada que tenga que ver con su vida. Ella se queda con el hogar, y él tiene que quedarse fuera. Él ya no es parte de su vida, es más bien un parásito, un lastre, una turbulencia que la atormenta. Él combate por los más ventajosos términos económicos del cadáver afectivo, pero su consecución no será sino un sombrío premio de consolación para quien es irremisiblemente derrotado y extirpado. Una de las mejores películas estrenadas el año pasado.