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domingo, 23 de octubre de 2016

Verano en Brooklyn

En 'La gaviota', de Anton Chejov, el joven Konstantin es un escritor en ciernes, una mirada en ciernes, aún ofuscada en los remolinos de la emoción a la que no logra dotar de puerto, pero sublevada, explorador de un lenguaje teatral que rompa con lo establecido o convencional, suspendido entre los sueños y las pesadillas que intenta materializar en sus creaciones, renegado de la realidad a ras de suelo del presente o de lo que pudiera ser, esa realidad en la que tanto le cuesta sostenerse, sobre todo porque no encuentra la correspondencia sentimental en su musa, Nina, a la que le cuesta entender lo que expresa, porque transita en otra frecuencia. En ese presente tempestuoso, que define a Konstantin, que se abre paso hacia un futuro neblinoso, se contrastan los que ante todos miran más ya hacia al pasado que al futuro, o más bien hacia la vida que no vivieron, la vida desperdiciada. La gaviota que Konstantin mata, como acto extremo de su despecho hacia Nina, apuntala su derrota vital y preludia su posterior suicidio. En 'Verano en Brooklyn' (Little men, 2016), de Ira Sachs, Brian (Gregg Kinnear) interpreta a Konstantin en una representación teatral. Brian ya no tiene la edad de quien comienza a dar sus pasos en la vida, sino alguien con un recorrido vital que ha contrastado sueños y realidad, pero aún no declina en el pulso entre decepción y esfuerzo perseverante: ya supera los cuarenta, es padre de un chico de 13 años, Jake (Theo Taplitz), y desde hace ya unos años la economía familiar se mantiene en frágil equilibrio por las aportaciones económicas de su pareja, psicoterapista, Kathy (Jenniffer Ehle). La realidad no parece responder a las ilusiones.
Pero el relato se desarrolla, sobre todo, desde la perspectiva de una mirada en ciernes, la de su hijo. Una mirada introvertida, que se explaya sobre todo a través de la pintura, el arte que quiere cultivar. Este es también un relato sobre cómo enfocar la mirada. Es una mirada a la que le cuesta consolidar una amistad, y parece que lo consigue con Tony (Michael Barbieri), el hijo de Leonor (Paulina Garcia), la dueña de una tienda ropa en los bajos del piso que Brian hereda de su padre recién fallecido. Ambos se deslizan aún por la vida, como recorren las calles con sus patines. Este es también un relato sobre el aprendizaje de la vida como escenario de representaciones, como trama de conflictos escénicos, sobre cómo se viste la realidad. Tony también quiere ser actor. Uno de los ejercicios teatrales consiste en una acerada discusión en la que él y el profesor se gritan las mismas frases. El plano se dilata, la discusión se dilata, y se evidencia su exasperante absurdo. Ambos hijos serán testigos de una tensión entre los padres de Jake y la madre de Tony que no comprenderán. Por eso, su respuesta será el silencio, como si transitaran en distintas frecuencias. Ignoran que muchas confrontaciones sociales se definen por el obcecado mantenimiento de unas posturas inflexibles que impiden los acuerdos comprensivos. Más que argumentos hay un pulso visceral. Tarde ya comprenderán cuál es el conflicto, y cómo no será posible el acuerdo que satisfaga a las dos partes en conflicto. Jake comenzará a comprender que la realidad debe ser mirada como un escenario en el que el ras de suelo, para sostenerse, es un campo de minas en el que hay que realizar concesiones o ser implacable con otros en la lucha de la supervivencia.
Brian lo sabe ya, a diferencia de Konstantin, el personaje que interpreta en la escena teatral, porque es desde hace tiempo un superviviente que se agarra a la realidad como un clavo ardiendo, pero del mismo modo que aún persevera en la materialización de su sueño, ser un actor que viva de su trabajo, duda en materializar la implacable decisión que implica empujar a una mujer a los abismos de la precariedad para seguir sosteniéndose en la superficie en delicado equilibrio. No mata a una gaviota, pero sacrifica otra vida para poder seguir a flote. Duda por un instante porque a su solitario hijo le costaba consolidar una amistad íntima, y la ha encontrado casualmente en el hijo de la mujer a la que exige el pago de un alquiler, el cual hasta entonces no pagaba por generoso detalle de su padre, que no puede afrontar. El padre instruye al hijo, de modo explícito, sobre cómo en la vida hay que saber cuándo perseverar en la consecución de los sueños, o cuándo debes abandonar, porque no todos los que tienen talento consiguen realizar sus aspiraciones. Pero también, de modo implícito, le instruye sobre cómo en la vida, para sobrevivir, pisas y ahogas a otros en ese ras de suelo que es un escenario social en el que unos se gritan a otros lo mismo porque no importa lo que se dice sino quien dispone de la posición más firme. En algún momento dejas de deslizarte, y te encuentras con que la vida puede ser una sucesión de colisiones. Por eso, quizá los afectos no sean los que se consoliden, y se conviertan en figuras en la distancia, figuras de lo que no fue, una amistad truncada, una vida desperdiciada por las miserias de la lucha por la supervivencia. Dickon Hinchcliffe compone una estupenda banda sonora:

jueves, 6 de noviembre de 2014

El amor es extraño

En el memorable melodrama 'Dejad paso al mañana' (1937), de Leo McCarey, los ancianos protagonistas perdían su casa y tenían que optar por vivir, separados, en las casas de sus hijos. Casi ochenta años después, en 'El amor es extraño' (Love is strange, 2014), de Ira Sachs, la pareja que conforman Ben (John Lithgow) y George (Alfred Molina), a los que también habría que calificar de ancianos, aunque los 71 que tiene Ben lucen de otro modo distinto a los de hace ochenta años, no pueden pagar la hipoteca de piso, por lo que tienen que vivir, separados, en los hogares de sus sobrinos o vecinos. Ironías: son una pareja que llevan juntos 39 años, pero el hecho de formalizar su relación determina que George pierda su empleo de profesor de música en un colegio católico porque al obispo no le parece adecuado que sea (declaradamente, y mediante votos matrimonios )público que en tal institución amante de las formas, o sea, las apariencias, imparte clases un profesor homosexual, pese a llevar trabajando ya doce años, y lo sepan y acepten padres, alumnos y los curas del colegio. Más contrariedades: Ambos son artistas, uno profesor de música, el otro pintor. Un golpe adverso en sus vidas, y se quedan fuera de circulación, ya que viven con justeza con el sueldo de uno y la pensión del otro. Ya no es sólo que la vejez siga siendo problemática, por la indefensión en que te puede sumir o las dependencias que crea, como quedaba bien evidenciado en la obra de McCarey. Aún en esta sociedad te puedes encontrar con rechazos discriminatorios que te aboquen a la marginalidad en todos los aspectos, como ser homosexual (añádase que ahora la denominación 'gay' también tiene la connotación de estúpido). Y además, si tu trabajo está relacionado con alguna actividad artística será más fácil que sepas de que materia está hecho el reverso de los sueños, o sea, la precariedad.
Alguien como George aún, a su edad, no ha logrado ser reconocido. Y su sobrino, Elliot (Darren Burrows) parece que tiene absorbido el tiempo por su tarea como cineasta. No deja de ser curioso que un personaje, que ejemplifica al integrado que ha perdido flexibilidad de mirada y no es capaz ni de entender a su hijo adolescente, esté interpretado por el actor que encarnaba a Ed, el ilusionado y soñador director en ciernes (ahora, más que soñar Elliot parece sólo tener ganas de dormir porque se siente exhausto) en 'Doctor en Alaska (1990-1995); aparece otro actor que también intervino en la serie, John Cullum, aquí el director del colegio, allí, Holling, el dueño del bar. Como en el caso de la pareja ochenta años atrás, en la película de McCarey, la presencia de ambos supondrá cierto trastorno, o interferencia, en el curso de rutinas de las familias en las que se constituyen en apósito. Por lo menos en el caso, de Ben (con Joey, el hijo adolescente con quien comparte habitación; con Kate, la esposa de su sobrino, encarnada por Marisa Tomei, a quien altera sus ritmos de concentración en las novelas que escribe), ya que George más bien, en el otro extremo, se convierte en presencia ausente, alguien que más bien siente que no está, y sobre todo alguien que se siente enormemente ajeno a la frecuencia de intereses vitales de la pareja que le acoge (en sus fiestas y reuniones para jugar partidas de cartas, en las que prima la estridencia, o cuando le instruyen sobre los diversos canales televisivos o quieren iniciarle en el universo de la serie Juego de tronos). Ya no es sólo cuestión de diferencias de edad. Ambos pertenecen a otro mundo, a otra sensibilidad.
Por eso, la narración está impregnada de cierta melancolía, matizada por la música de Chopin, presencia, o comentario musical, recurrente ya desde la primera secuencia. Sobre todo cuando las secuencias se dilatan y se revelan fisuras, excursos en la narración, como si esta tomara pausa, o evidenciara sus grietas, los desajustes de la vida. George imparte una clase a una alumna y, mientras esta interpreta al piano una composición de Chopin, su mente se transporta a una carta que escribe, o quizá imagina que escribe, a los que le han expulsado, un lamento quedo, el residuo de una herida que aún no se ha cerrado, como reflejan sus lágrimas. En los pasajes finales, se escucha otra composición de Chopin sobre un dilatado plano de Joey, envuelto en una luz amortiguada, en el rellano de una escalera. Joey llora porque ya es consciente de la desaparición, de la pérdida. Entremedias, durante la interpretación de una pieza de Henryk Wieniawski en un concierto, Ben llora emocionado por la música, y coge de la mano a su amado. Ambos, después, en otro plano de duración dilatada, pasean en una calle, alejándose de la cámara, y desapareciendo tras una esquina, mientras hablan de la confianza en que la pintura de George sea por fin reconocida. Ambos, en otro plano general, se despiden (como en 'Dejad paso al mañana', la pareja protagonista se despedía en una estación de tren). George desciende por las escaleras del metro. Un fundido en negro nos indica que ya no volverán a verse. 'El amor es extraño' sobrevuela en la afable levedad durante su desarrollo narrativo, pero en esos instantes no desmerece de la honda emoción de la obra de McCarey. Sus últimos planos, precisamente, dejan paso al mañana. Hay vidas que se desvanecen, mientras otras dan sus primeros pasos, o patinazos.