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viernes, 12 de agosto de 2022

La bestia

Un león que venga la matanza de su manada, por parte de unos cazadores furtivos. Un hombre, Nathan (Idris Elba), viudo, que retorna a Sudáfrica, la tierra donde conoció a su esposa, al que su manada, ambas hijas, Mare (Lyana Halley) y Norah (Leah Sava Jeffries), reprocha que desatendiera a su familia, tanto a su madre durante su enfermedad, en particular los pasajes más dolorosos de la evolución de su cáncer, aunque ya se hubieran separado, como a ellas mismas (la hija le recrimina que durante el último año no había mostrado interés en su pasión por la fotografía). El mismo Nathan se reprocha no haber estado atento a los síntomas de la enfermedad, y más porque es médico. No supo advertir el rastro, las señales que indicaban que su esposa padecería un cáncer que sería crónico. Esa bestia, las garras de ese remordimiento por su negligencia, corroe sus entrañas. De alguna manera, con el viaje, busca la reconciliación, tanto con sus hijas, como con el recuerdo de su esposa, o de lo que su relación pudo ser y no fue, quizá porque él no puso lo suficiente de su parte y no se esforzó en impedir que se deteriora la relación. De nuevo, la negligencia emocional le corroe, porque, realmente, hubiera querido reconciliarse con ella. En Cierto momento del curso de la narración de La bestia (2022), de Baltasar Komárkur, convergerán león y humano en conflicto consigo mismo y sus hijos, como opuestos en colisión que propiciarán la reconciliación consigo mismo del humano.

La excelente Harry Black y el tigre (1958), de Hugo Fregonese, también se tramaba sobre reflejos entre humano y animal. Harry (Stewart Granger) es un cazador que persigue a un tigre de Bengala que aterroriza a unos poblados en la India. El trayecto del tigre y Harry se conjugan. Se dispone a disparar sobre ese tigre cuando el pasado irrumpe con el ruido del motor de un coche. El tigre se sobresalta, y huye. Harry también se sobresaltará, y tendrá tentaciones de huir, cuando sepa que él, Desmond (Anthony Steele), es el hombre que, indirectamente, propició que ahora tenga media pierna de metal, y ella, Christian (Barbara Rush), es la mujer que amó doce años atrás, una espina clavada en las entrañas de la que no se ha desprendido. Hay garras que se temen más que las del tigre. Por eso, animal y humano superarán, recuperándose de unas heridas, una convalecencia en paralelo. En La bestia el padre que desatendió a sus hijas se confronta con una circunstancia de peligro en la que debe pugnar por salvar sus vidas. La venganza del león que está asolando la zona se proyecta contra todo aquel que representa a la especie a la que pertenecían los que mataron a su manada. No hace distinción. Es la furia desbocada, como a Nathan, bajo su compostura y sus modos razonables, corroe la amargura de haber propiciado el fracaso de su matrimonio y cierto resentimiento en sus hijas, en particular en Mare.

En su anterior obra, A la deriva (2018), el cineasta islandés se centraba en la confrontación de la protagonista con otra situación extrema. En aquel caso, el elemento era el agua. El velero en el que navegaba con su marido, queda inutilizado, e incomunicado, tras el paso de un huracán, y queda a la deriva. El giro final revelaba un estado de enajenación que disponía de una radical diferencia con respecto a la que se desentrañaba en la previa Everest (2015). Si en Everest evidenciaba un imprudente y hasta arrogante autoengaño, en A la deriva, la sugestión, como cualquier película que nuestra mente genera como dinamo reanimadora, y puede ser el recuerdo del amor que más nos ha llenado, se proyecta como impulso de acción. En La bestia, como en la película previa, y a diferencia del atmosférico artificio, más abstracto, de la estupenda serie Katla (2021), creada por él mismo, se busca la inmediatez, la captación del momento, de la fisicidad, del percance. Recurre de modo frecuente a largos planos secuencias con los que la cámara sigue el desplazamiento de los personajes. Incide en la incertidumbre. No se sabe qué puede revelar el desplazamiento. En ocasiones, la amenaza se insinúa en profundidad de campo sin que el personaje lo advierta. El espacio dentro o fuera del encuadre es una incierta amenaza. La conclusión de la confrontación final, entre Nathan y el león, implica el reajuste de una circunstancia vital, la reasunción de una responsabilidad que se desprende la negligencia. El amor a los que se quiere se asocia con la defensa de un territorio. El humano puede ser el elemento hostil en el territorio del león, como también un león en del otra manada de leones, que adquiere la resonancia metafórica de la propia manada de Nathan. 

lunes, 13 de abril de 2015

Harry Black y el tigre

Hay bestias que persigues e intentas abatir, y no están necesariamente en el exterior. Son bestias, con forma de resentimientos y frustraciones, que no dejan de dar dentelladas en las propias entrañas. El pasado permanece como corriente subterránea minando de modo imperceptible el presente. Y a veces el presente colisiona con el pasado, y lo que no fue se enfrenta con lo que puede ser, y lo que imposibilitó se convierte en recordatorio que agrieta con su bilis el presente, y te hace sentir cómo renquea el presente, y por qué. En la excelente 'Harry Black y el tigre' (Harry Black and the tiger, 1958), de Hugo Fregonese, adaptación de una novela de David Walker, por Sidney Boehm ('Relato criminal' (1949, de Joseph H Lewis, 'Side street' (1950), de Anthony Mann, 'Union station' (1950), de Rudolph Mate 'Los sobornados' (1953), de Fritz Lang, 'Sábado trágico' (1955), de Richard Fleischer, o 'Barreras de orgullo' (1956), de Henry Hathaway), Harry (Stewart Granger) es un cazador que persigue a un tigre de Bengala que aterroriza a unos poblados en la India. Se dispone a disparar sobre ese tigre cuando el pasado irrumpe con el ruido del motor de un coche. El tigre se sobresalta, y huye. Harry también se sobresaltará, y tendrá tentaciones de huir, cuando sepa a quien pertenece el coche, y quien es su esposa. Hay motores que hacen retroceder, que recuerdan las brechas no cerradas en las entrañas, pero también pueden abrir brechas en el presente, brechas de futuros posibles. Él, Desmond (Anthony Steele), es el hombre que, indirectamente, propició que ahora tenga media pierna de metal, y ella, Christian (Barbara Rush), es la mujer que amó doce años atrás, una espina clavada en las entrañas de la que no se ha desprendido, fantasmas que retornan como sombras. Fantasmas que le dejaron sin una parte de su cuerpo o de sus emociones. Dejó atrás parte de una pierna, y emociones que parecían hibernadas y que ahora resurgen.
El trayecto del tigre y Harry se conjugan. Cuando uno está convaleciente, el otro también. La convalecencia de Harry es causa de un ataque del tigre, en el que ambos resultan heridos. Pero ese percance se debe a un error de Desmond, y no es el primero. La precipitación en disparar en el presente, y su impulso de huir, son la reproducción de su vacilación pasada, durante una fuga conjunta de un campo de prisioneros alemán. Su miedo e indecisión, su reticencia a arriesgarse, propició en el pasado que Harry retrasara su salida a través del agujero excavado y fuera herido en una pierna. Ahora en el presente, de nuevo resulta herido por la irresolución de Desmond. El pasado sigue siendo presente (no deja de ser significativo que la resolución tenga lugar en el interior de una cueva: en el pasado Desmond retrocede y desaparece en la oscuridad del agujero excavado/en el presente Harry se introducirá en la cueva donde permanece oculto el tigre).
En su convalecencia, Harry se confrontará con una herida que es aún más profunda y dolorosa que la pérdida de una pierna. El amor que aún perdura en ambos, en Christian y él como un nervio seccionado. Doce años han transcurrido pero el presente sigue siendo aquel pasado. Ambos luchan ahora por no dejarse desbordar por los sentimientos y deseos, combaten esa bestia que surge de la oscuridad en la que permanecía hibernada, Harry se aturde con el alcohol, porque tiene aún más miedo de ese amor que resurge que del tigre, pero todo intento de contenerla será vano. A no ser que muera el niño. El tigre suele atacar a niños. Y será el hijo de Christian y Desmond quien, en un momento dado, sufra esa amenaza. Y, tras la reaparición de Desmond, será la figura del hijo la excusa que contenga e impida el amor resurgido en ambos. Será precisamente el hijo quien se quede con la piel del tigre, quizá porque él sea el tigre simbólico que ha matado las aspiraciones de recuperar el miembro cortado de su amor no realizado. Cuando comenzaban a reinjertarlo, la inocencia lo devora de una dentellada. Hay tigres a los que parece que no se puede nunca abatir.

viernes, 22 de marzo de 2013

En rodaje: Richard Brooks y Daliah Lavi, la actriz que quiso ser adoptada por Kirk Douglas

 Richard Brooks con Daliah Lavi, durante el rodaje de Lord Jim (1964), magnífica adaptación de la novela de Joseph Conrad. La actriz israelí quiso ser adoptada por Kirk Douglas cuando la conoció en el kibbutz de Haifa, y fue invitado a su décimo cumpleaños, durante el rodaje de The juggler (1952), de Edward Dmytryk. Los padres se negaron, pero Douglas se ofreció a pagar sus estudios de ballet en Suecia durante cinco años. Lavi compartiría pantalla con Douglas en Dos semanas en otra ciudad (1962), de Vincente Minelli. Fue elegida por Brooks (que había dedicado desde 1958 tres años a redactar el guion) para su personaje en Lord Jim, cuando le proyectaron en Roma, en octubre de 1963, El demonio (1962), de Brunello Rondi, en la que Lavi era la poseída protagonista. Participaría también en La frustra y el corpo (1963), de Mario Bava, La última batalla de los apaches (1964), de Hugo Fregonese, The silencerse (1966), de Phil Karlson o Casino royale (1967), de Huston, Guest, McGrath, Parrish y Hughes.