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viernes, 9 de noviembre de 2018

Lazzaro feliz

La fábula del lobo y los seres huecos. Aprovecharse de los demás, de un modo u otro, parece una inclinación natural del ser humano. O así piensa la marquesa de Usino (Nicoletta Brassi), en Lazzaro feliz (2018), de Alicia Roshwaler. Piensa que el ser humano es un mecanismo muy simple, que fácilmente tiende a la subordinación o dependencia. Por eso, piensa, la liberación les haría ser conscientes de su esclavitud. Si viven ignorantes de esta aceptarán su circunstancia por inevitable, aunque consideren que no sea la deseable. La actriz y cineasta se inspiró en un caso real que aconteció en Italia: una marquesa se aprovechó de unos campesinos (en la película son 52), a los que mantuvo ignorantes de que existe algo llamado contrato o salario. Esos campesinos asumían que debían trabajar para ella como aparceros, y vivir en permanente deuda. No consideraban siquiera que sus hijos pudieran asistir a la escuela. Vivían en ese mundo aparte, en el centro de Italia, prisioneros de la voluntad de esa marquesa que había configurado una realidad, sus dominios, para enriquecerse (en la película, con el negocio del tabaco que cultivaban).
Entre esos campesinos hay uno que parece representar lo opuesto de lo que justifica, para la marquesa, su dictadura. Lazzaro (Adriano Tardiolo), un joven aparcero que siente realización en la entrega servicial, cual variante del Jakob Von Gunten de Robert Walser. No es lo mismo ser servil que servicial. Lazzaro parece una figura irreal porque no parece asomar la doblez ni el retorcimiento ni la susceptibilidad ni el recelo en ninguno de sus actos, reacciones o impulsos. Es la réplica a la afirmación de la marquesa: hay quien no siente impulso, en un grado u otro, de aprovecharse de los demás. El hombre es un lobo para el hombre, es una frase acuñada por Thomas Hobbes. Pero en esta fábula se equipara a Lazzaro con el lobo, esa figura en la naturaleza que una voz, en el sorprendente giro narrativo a mitad película, revela que realmente no es inquietante ni amenazadora, sino que está vieja y cansada. Es una figura solitaria, realmente aparte, en esa naturaleza árida, pedregosa, de puentes derruidos y mansiones que representan el predominio de una voluntad que tiende a la imposición y el parasitismo, sea una aristocracia que aún extiende unos privilegios en el tiempo, o su relevo, la banca, la dictadura financiera o corporativista. Cambian los escenarios, pero no las restricciones ni las precariedades ni los desequilibrios: las dependencias en el escenario rural, de cariz medieval, se tornan, en el entorno urbano, acciones de picaresca para la supervivencia.
En Lazzaro feliz se refleja un mundo rural descuidado, que parece ya pertenecer a otro tiempo. Podría conformar, al respecto, un incisivo complemento con la también excelente Un héroe singular, de Hubert Charuel. La cineasta busca el realismo más inmediato, rugoso y concreto, en los espacios y rostros, una aspereza primitiva que no parezca contaminada por la afectación o el artificio de la recreación: el actor que interpreta a Lazzaro no tenía ninguna experiencia previa, y se mostraba reticente: hay en su mirada, en su forma de moverse, una peculiar condición que le asemeja a un alienígena que lo mira todo con cándido asombro (y no sólo cuando transita en un escenario que desconoce, como es el urbano). Pero el realismo se funde con lo fabuloso, y la alegoría y la abstracción se desplazan al primer plano con la naturalidad que no distingue lo fantástico de lo realista: Rip Van Winkle se durmió veinte años en el bosque, pero Lazzaro parece que resucitara: el tiempo se agrieta en los otros rostros, pero ni en su mirada, ni en su cuerpo, hay modificación alguna.
Hay un aliento tan compasivo como doloroso (ese dolor que brota de las tinieblas que conforman una espesura difícil de superar) que conecta con cierta tradición del cine italiano, de Milagro en Milan (1951), de Vittorio de Sica a Rufufú (1958), de Mario Monicelli, pasando por Almas sin conciencia (1955), de Federico Fellini. Lazzaro es como una mota de césped entre tanta herrumbre vital. Su presencia pone en evidencia esa pérdida de conexión y empatía, esa aridez pedregosa, como la del entorno rural, o esa condición herrumbrosa, plagada de envases y bolsas de plásticos, del entorno urbano, que reflejan nuestra desidia y descuido, la preocupación prioritaria por nuestro ombligo. No somos lobos, sino seres huecos que no dejarán de ponerse en fila para recibir su ración y su nómina, subordinados de una realidad que fomenta seres que se aprovechan de otros.

viernes, 12 de octubre de 2018

Un héroe singular

La vida y sus hemorragias. En tu vida todo parece en su sitio, y además con la calidad deseada. Tu vida funciona. Y satisface tus expectativas. Pero asoma la amenaza de una hemorragia que pueda convertirla en un desecho, y el sueño tornarse en cadáver, la ilusión en despojo. Un héroe singular(Petit paysan), opera prima de Hubert Charuel, comienza con un sueño. Pierre (Swann Arlaud) despierta y se desplaza entre las estancias de su casa, en las que se hacinan las vacas. Su vida son sus vacas, las vacas de su granja. Su sueño es su realidad. Es el centro de su vida, su único escenario. Es un pequeño campesino (petit paysan) para quien su granja es el más inmenso universo. Sin su granja sería nada. Aunque no sea la más productiva, pese a todo es la tercera, sí es la que que tiene más calidad. Las piezas parecen encajar en su vida, aunque su madre insista en que alguien le falta, y más porque ya tiene 35 años. por eso insiste en que se cite con la panadera. Un héroe singular puede evocar la también excelente The rider, de Chloe Zhao. Tu vida parece diseñada para una dedicación, pero en un caso un accidente, y en otra la amenaza de una epidemia, cuyo primer indicio son las hemorragias, desmontan el único escenario para el que no sólo te sentías útil sino que dotaba de sentido, estructura, a tu vida. ¿Qué puedes ser si te despojan de ese escenario, de esa dedicación? ¿Cómo reajustas tu vida? Charuel conoce bien esa vida. De hecho, se usa la granja de su familia como principal localización, y su padre interpreta al padre de Pierre. Conoce bien los colapsos de la industria ganadera en Francia, que propiciaron centenares de suicidios entre ganaderos y granjeros.
En principio, Pierre es acusado de paranoico por su hermana, Pascale (Sara Giraudeau), la veterinaria de la zona. Piensa que se alarma con cualquier minucia. Pero Pierre no se siente seguro desde que ha sabido de la epidemia que está afectando a la vacas en Bélgica y Francia. Siente que puede ser en cualquier momento ese granjero al que escucha, en su canal en Youtube, cómo perdió en un sólo día todo su ganado, tras el primer indicio de infección en una vaca. Su desgracia puede ser la suya. Vida y muerte, sus ciclos, o la súbita interrupción que mutila tu vida. En las primeras secuencias, ayuda a parir a una de sus vacas, y llama con insistencia a su hermana, para exasperación de ésta, cuando cree advertir signos inusuales de debilidad en la vaca. Pero en cuanto de verdad irrumpa, como una herida abierta, el primer indicio de que puede propagarse esa epidemia en su granja, Swann recurrirá a cualquier estrategia y acción para que no sólo atajar la posibilidad de que se extienda sino de que se sepa, de que sea visible de modo público. Si lo fuera sabe que todo su ganado sería sacrificado. Su vida se convierte en escenificación, en simulaciones y tretas, pero, sobre todo, desesperación, como el condenado que se resiste a que la guillotina caiga sobre su cuello. Y así se construye, con afilada precisión, y un admirable sentido de la síntesis, un relato sin vaselina sobre la resistencia al vaciado de una vida, como el agujero negro que absorbe una realidad entera, de la que puedes salir despedido por una onda expansiva.
En esta sociedad en la que las vacas, los terneros, son nutriente básico, en la que son sacrificadas miles cada día para alimentarnos, resulta singular una obra centrada en la preocupación por la vida de unas vacas. No sólo es por la falta de indemnización que sufriría Pierre (como denuncia el otro granjero, que un año después aún la espera), lo cual acentúa el desvalimiento de un modo de vida ( y hace comprensible tantos suicidios). No sólo es porque tu vida pueda derrumbarse y desvanecerse, y así quedar expuesto a la intemperie que carece de contornos y difusas opciones de subsistencia. En el resistente gesto de cuidar, y evitar la muerte, del ternero que ayudó a dar a luz, se condensa, también, un recordatorio de nuestra indiferente condición carnívora en todas las facetas de nuestra vida.