
¿Quién
es Tom Regan (Gabriel Byrne), el protagonista de la magistral Muerte
entre las flores
(Miller's crossing, 1990), de los Hermanos Coen? ¿Qué es lo que
palpita tras esa mirada, entre desapegada y melancólica, entre
cansada y reflexiva (como si no dejaran de bullir en su mente mil
pensamientos) y tras esa presencia, que parece camuflarse en el
segundo plano, entre bambalinas, como quien se escuda en el hielo de
la aparente indiferencia, y como quien ya se restringiera a comentar
la acción desde fuera, ajeno a este mundo? ¿Desilusión,
resignación, templanza? Su agudeza analítica parece destacarle en
su entorno, en el que, por ella misma, paradójicamente, parece fuera
de sitio. Y quizá tras esa mirada laten aún brasas que ha preferido
mantener hibernadas para poder seguir sobreviviendo.
Miller's
crossing es un espacio concreto en el film, el espacio de las
ejecuciones, en un bosque. Pero también podría traducirse como la
encrucijada del hilador. Constantes encrucijadas son las decisiones a
las que se enfrenta Tom Regan, y que deberá solventar con su
inteligencia, sabiéndose adaptar a los imprevistos del azar,
improvisando sobre la marcha, probando al mismo azar y a los demás (
e incluso a sí mismo, ya que es alguien que se interroga sobre la
marcha). La consideración y observación de las pautas de
comportamiento de los demás es capital. Anticipación, es la palabra
clave. Siempre cada paso puede verse perturbado por otra
circunstancia que lo desbarata o condiciona (las acciones o
reacciones de otros actantes, o conspiradores, que se mueven por sus
particulares intereses), lo que le sitúa en un permanente estado de
vulnerabilidad e incertidumbre (Regan es golpeado por casi todos los
personajes). De
ahí la utilización de la figura, siempre en fuera de campo,
invisible, del corredor de apuestas Lazarre (clara referencia
toponímica al azar), personaje al que debe dinero, por sus fallidas
apuestas en carreras de caballos y combates de boxeo ( que bien
definen ambas el contexto en el que se desenvuelve, pues las
relaciones se traman como carreras y combates). En un momento u otro,
pueden aparecer los sicarios para exigirle el dinero adeudado, y si
no puede, le darán una paliza. Su sombrero siempre acaba por los
suelos (metonimia de él mismo); es la imagen seminal que inspiró la
narración, un sombrero zarandeado por el viento en un bosque (la
voluntad zarandeada por el azar y el influjo de la acción de los
otros). Sólo al final del desarrollo narrativo de percances
conseguirá pagarle, tras haber vencido a sus contrincantes en un
juego mortal de estrategias, mentiras y maquinaciones conspirativas.
Aunque quizá algo haya perdido por el camino. O quizá ganado. Quizá
al menos encontrado.

Otra
encrucijada es la que se mantiene como debate subterráneo a lo largo
de Muerte
entre las flores.
La elección entre el corazón y la razón calculadora e interesada.
Y esto queda ajustadamente espacializado en la interrelación entre
los espacios de la ciudad y la naturaleza (el bosque, la encrucijada
de Miller). Espacios complementarios, donde el segundo sirve de
reflejo despojado del primero. Consideremos, en primer lugar, cómo
no son nunca materializados narrativamente los tránsitos de un
espacio a otro (cuando se van a realizar alguna de las ejecuciones).
Están unidos, o mejor, son el mismo espacio pero el segundo sin los
velos de la trama social que rige y define la vida de la ciudad. La
ficción externa que camufla la realidad brutal. El entramado al
servicio del instinto. También
puede asociarse a la expresión, los árboles no dejan ver el bosque,
como metáfora del entramado enmarañado en el que se desarrolla la
acción, y que define las relaciones entre los personajes. Como dice
Tom en más de una ocasión, nadie
conoce a nadie.
Y quien tenga mejor visión de conjunto saldrá mejor parado. El
espacio del bosque, lugar de ejecución o letrina de la ciudad,
revela la naturaleza ficcional de la realidad constituida como tal
(una jungla civilizada)
y que, en esencia, su naturaleza desnuda es la muerte (o la
violencia). Una naturaleza (realidad) sin corazón. La ciudad es un
espacio de mentiras, hipocresía y falsas apariencias. La
irracionalidad caprichosa destierra al corazón (la sensibilidad, la
empatía), y la razón económica a la razón reflexiva. Bajo las
justificaciones de una trama de relaciones de poder y de intereses
económicos (la teleología de la posición y el dinero),
representados en dos bandas de gansters, subyace la violencia y la
muerte, el instinto primario que define al ser humano en su condición
competitiva, caprichosa y agresiva. Mentiras, conveniencias,
traiciones y desconfianza son los
componentes químicos de
la relaciones, incluido las sentimentales. Leo (Albert Finney), el
jefe de la facción gansteril irlandesa, es la representación del
modelo de hombre de acción, de físico imponente, enérgico,
primario y elemental (como
queda patente en la magnífica secuencia en la que elimina a todos
los que intentan matarle en su casa). Ha edificado sobre su determinación,
valor y sangre fría un imperio. Pero siempre necesitado de un
consejero a su lado, poseedor de un intelecto del que él carece, que
sepa calcular las conveniencias y los pasos prudentes y con
prospectiva. Y ese no es otro que Tom Regan. Y, precisamente, el
conflicto se desata cuando Leo, por primera vez, hace caso omiso de
los consejos de Tom, de esa razón estratégica de cálculo, y se
deja llevar por sus deseos primarios (superpone sus apetencias sobre
la visión de conjunto). Desprecia el pacto social, esto es, la
contemplación de unas conveniencias, de alianzas y consensos, con
otro jerifalte, el de la facción italiana, Caspar (Sol Polito), al
negarse a permitir la ejecución del chanchullero Bernie (John
Turturro), sólo porque este es hermano de la mujer que Leo ama
ciegamente, Verna (Marcia Hay Harden).
No
se diferencian unos de otros. Solo varía la angulación en las
secuencias en las que se ve al alcalde y jefe de policía en los
despachos de Leo y Caspar, cuando uno u otro es el que domina el
escenario de poder, como también cuando la policía entra los
respectivas sedes de ambos para realizar un registro.

Tom
Regan es, ciertamente, un extraño en semejante paisaje. Su
presentación en la primera secuencia es como figura secundaria, o de
fondo en el plano, desenfocado (como en cierta medida lo está él de
acuerdo a su suspendida naturaleza real), y en la propia acción ( el
primer plano de la película es el de un vaso lleno de hielo donde se
sirve la bebida; su interior está congelado). Participa de esa
trama, pero no está
presente,
sino ajeno (cual figura mercenaria). La configuración de su piso
parece definir su espacio interior (al mismo tiempo es donde reside,
ausente, valga la paradoja, el corazón de la película). Un ambiente
de penumbras, poco amueblado, de colores amortiguados, poco acogedor,
más bien carente, que no parece habitado, y que no parece que
importe mucho al mismo Tom, como si no fuera suyo, sino un espacio
prestado. Es
un personaje con principios y corazón, y con carácter (como otros
remarcan porque aprecian su singularidad), pero debilitado en un
espacio regido por la fuerza bruta, y en el que es mero mercenario
contratado. Su fuerza, que no es sino su intelecto, está alquilada a
un universo que sólo desea servirse de su capacidad analítica. Y
es, además, un espacio deshabitado que comparte con Verna. Ambos son
amantes (pero escondiendo sus reales sentimientos hacia el otro). No
deja de ser sintomático. Ambos personajes no viven a gusto en su
propia piel. Quieren, o desean, salir de donde se sienten atrapados,
y ambos luchan contra el deseo, o sentimiento, que sienten hacia el
otro. Ella porque es un estorbo en su camino para conseguir algo
mejor, una posición privilegiada ya lejos de las carencias y
precariedades, y Tom porque le hace perder fuerza (lucidez). Además,
el uno desconfía del otro sobre los móviles de sus intereses en la
relación. No deja de ser revelador el detalle, en la secuencia de
ambos en un gimnasio, de un combate de boxeo en profundidad de campo.
Ellos son dos púgiles en su relación. Y, además, ese es el momento
en que Tom le miente, al no decirle que ha traicionado su confianza,
delatando a Bernie. Sabe que ese es el momento en que su relación ya
no tiene ningún futuro. Su
enfrentamiento final en una calle de difuminados contornos, bajo la
lluvia, cuando ella le amenaza con matarle por traicionarla,
espacializa su desencuentro último. Demasiado dolor y demasiada
incomprensión se enmaraña entre ellos.

Pero
a su vez, Verna representa el engaño del amor para Tom. Prefiere a
Leo por conveniencia. Y por eso, Tom revela a Leo, por amistad, el
embuste de la relación de Leo con Verna, ya que está no le
corresponde, sino a Tom. Algo que Leo no aceptará, apalizándole.
Tom iniciará su juego de estrategias para recomponer el estado de
cosas, aunque implique tanto la renuncia a la amistad de Leo como el
amor de Verna. Para perder el corazón (o matarlo), porque es lo que
Tom pierde definitivamente por el camino, ha debido enfrentarse, y
eliminar, a su alter ego, Bernie. Este aparece, significativamente,
en escena, siempre en relación a Tom. Bernie representa la codicia,
el arribismo, la manipulación y la ausencia de escrúpulos. Todo
aquello que no gusta a Tom del mundo al que se ha plegado como
mercenario (el reflejo de sí mismo que rechaza, ese sombrero, su
identidad, que es arrastrado por el viento en su repetido sueño; el
sombrero representa la arrogancia que parece caracterizar a los que
dominan ese escenario de intereses y codicia). Y es quien ha
desencadenado el conflicto, el enfrentamiento entre las bandas, que
ha puesto en peligro la vida, y la estabilidad de su poder, de Leo.
Son
cuatro secuencias modélicas las que ambos personajes comparten en
cuanto uso significante del espacio para puntuar su relación. Dos
son apariciones en la propia sala del piso de Tom. La inversión de
la colocación de los personajes en las distintas butacas define la
circunstancia de sus posiciones en cada momento. En la primera se
sugiere la situación de poder que tiene Bernie, y que puede
favorecer a Tom, dándole una información sobre un combate amañado,
y que puede facilitar que pague sus deudas a Lazarre, si le apoya. La
segunda señala que Tom está ahora en una situación favorecida, y
Bernie viene a realizar un chantaje. Precisamente, la amenaza de que
puede revelar cómo Tom le había perdonado la vida cuando le
obligaron que ejecutara a Bernie en la encrucijada de Miller. No
sirvió de nada que le perdonara la vida, que tuviera corazón.
Porque además Bernie ha utilizado el cadáver de su amante, al que
mató, Mink (Steve Buscemi), para que pensaran que estaba muerto.

Regan deberá usar su intelecto para colocar a Bernie en una situación de
desventaja, engañándole (usar sus mismas armas) a la par, que
socavar, desde dentro, haciéndose pasar por aliado mercenario, la
organización de Caspar. En el último enfrentamiento, en el rellano
de su casa, Tom ya se muestra inmisericorde con Bernie. Si en el
bosque, Bernie, suplicaba llorando, Mira
en tu corazón,
para que Tom no le matara, cosa que consiguió, ahora repite la misma
letanía, pero ahora Tom replica, ¿Qué
corazón?.
Y le dispara. Regan se mete en su piso, con la cámara contemplándole
desde fuera del umbral en plano general (ya no tiene hogar, por lo
menos en su corazón), y se escucha cómo llama a Lazarre para
decirle que puede pagarle la deuda.
El
plano final es elocuente, y poderosamente hermoso. Tras decirle a Leo
que no volverá con él, porque al fin y al cabo Leo desconfió de
Tom, y ver cómo Verna, que ha vuelto con Leo, ha pasado delante
suyo, indiferente, Tom se apoya en un árbol. Ha encontrado su
fuerza. En el cementerio, espacio desenmascarador. La cámara realiza
un vigoroso travelling hacia él. Se ajusta el sombrero (ese que
siempre se le caía cuando le golpeaban) y alza su rostro,
ensombrecido por el ala del sombrero, dirigiendo su mirada, con
determinación, a lo que ya está fuera de campo, el artificio de
unas relaciones intrincadas y corruptas. Sabe sobre qué frágiles, y
fútiles, tabiques, se sostiene la maraña de la realidad. Y sabe
quién es él, y a dónde no pertenece. El corazón de la obra de los
Coen, la raíz de su mirada exiliada, la mirada de Tom Regan. No hay
otro personaje como él en su obra.