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jueves, 17 de enero de 2019
La favorita
Conejos, palomas y bestias arribistas. Erase una vez una batalla campal en pos de la posición privilegiada. Erase una vez la historia de una arribista que quería destronar a la favorita. Esta es una fábula, ya que no falta la presencia,, como reflejo o telón de fondo, de animales, sobre una cuestión más vieja que el mismo universo. Una fábula que sangra, o más bien supura. Es una sátira que se regocija con la distorsión y el desquiciamiento como el niño que disfruta embadurnándose con heces. En cierta secuencia de La favorita (2018), de Yorgos Lanthimos, se dilatan dos sendos primeros planos sobre los rostros de la reina Anne (Olivia Colman) y la arribista Abigail (Emma Stone), de rodillas, en posición subordinada y, aún más, humillada, por la presión que ejerce la reina sobre ella mientras masajea sus inflamadas piernas. La dilatación, como la cuerda que rasga la carne hasta llegar al hueso, y las expresiones de ambas, condensan la desolación, la miseria de una, por su deterioro físico, y de la otra, ya que todos sus esfuerzos, carentes de escrúpulo alguno, no la privan de las sordideces de su condición subalterna (en suma, su deterioro ético, por eficiente que sea, no le libra de también ser humillada). Sería suficiente para transmitir las emociones de ambas mujeres, y las ideas subyacentes, que condensan el substrato de la película, las miserias de la lucha por el poder. Pero Lanthimos siente la necesidad de establecer tres sobreimpresiones, los rostros de ambas mujeres, y de un conejo, ese conejo que segundos antes Abigail ha pisado hasta que la criatura ha gritado por el dolor. Las ideas se subrayan, lo que una ejerce sobre el animal, lo sufre con la reina. Aún más, se superponen en las imágenes una multitud de conejos para remarcar que es una característica definitoria del ser humano, da igual que sea 1708, año en el que transcurre la acción dramática, o en el que estamos ahora, y da igual el escenario, sea la corte de una reina, o cualquier entorno laboral. La cuestión es luchar, sin que importen los medios utilizados y a quien se pise, para conseguir la posición privilegiada. Pero en toda pirámide jerárquica siempre hay alguien por encima, excepto para quien sea la reina. Aunque a esta le pueda pisar la propia vida, o el deterioro que conlleva, y que no es controlable.
A Lanthimos le gustan las metáforas animales, el formato de fábula, lo que es manifiesto en el título de anteriores obras, Canino (2009), Langosta (2015) o El sacrificio de un ciervo sagrado (2015). En esta ocasión resulta relevante la presencia de los conejos. Nueve son los que tiene como mascotas la reina Anne, acorde al número de hijos que perdió. Son el recordatorio de su fracaso íntimo. Su deterioro físico no deja de corresponderse con su creciente extravío. Por su favor luchan la actual poseedora del título de favorita, Sarah Churchill, duquesa de Marlborough (Rachel Weisz) y la aspirante Abigail Hill (Emma Stone), recién llegada, aristócrata degradada por la quiebra familiar, que determinó que, literalmente, su padre la vendiera. Su posición actual ha sido abocada a el entresuelo de la servidumbre en donde su lecho es el suelo de una habitación tan abarrotada como el camarote de los hermanos Marx en Una noche en la opera (1936). No ha variado su actitud de clase, por lo que recurrirá a cualquier estrategia para recuperar la posición perdida, y sin límites en sus aspiraciones (con el único techo que supone la misma reina, o mejor dicho el tacón de la reina). Las sesiones de tiro al blanco con palomas que realizan Sarah y Abigail condensan su condición competitiva, y su falta de escrúpulos a la hora de eliminar a quien obstaculice sus propósitos. Lo que las diferencia es su atavío, que refleja su posición de poseedora de título y aspirante.
El planteamiento, sin ser original, resulta sugerente, y las tres actrices realizan un magnífico trabajo actoral. En concreto, Emma Stone, vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices actuales por cómo sabe reflejar a través de su mirada, de su expresión, qué piensa y siente. En cierta ocasión la actriz declaró que su sueño sería interpretar siempre así a sus personajes. Una aspiración que se ve corroborada por su admirable dominio del matiz. Desafortunadamente, la obra se desequilibra en sus denodados esfuerzos por ser peculiar en su tratamiento cinematográfico. El planteamiento expresivo de las dos obras anteriores se resentía de cierta insuficiencia por recurrir a ciertas heterodoxas formas de narrar de los sesenta y setenta, a una forma de considerar el símbolo o la metáfora, o su exposición en primer término, como una sublevación con respecto al cine convencional u ortodoxo. Parecían obras a las que les hubiera pasado la fecha de caducidad, incluso desorientadas en su forzado hermetismo, como habitaciones que no se hubieran ventilado hace tiempo. La favorita resulta más accesible, pero su referente es otro cineasta en boga de los setenta, Ken Russell, proclive a las extravagancias, la procacidad y la escatología, los aspavientos y desquiciamientos formales, tanto en la composición de los planos, como en el montaje. El propósito, la provocación en sí. No importa la sutileza, porque no tiene que ver con la naturaleza grotesca de la (supuesta) irreverencia. A Lanthimos le atrae el enrarecimiento y las turbiedades, pero siempre parece pasarse de revoluciones, y pierde la medida en el juego con el desequilibrio. Lanthimos abusa, en determinados pasajes, de las lentes largas, en ocasiones, incluso el ojo de pez. Subrayan la distorsión, pero a la vez se superponen sobre la misma situación, como si el aspecto formal fuera en una dirección distinta a la situación, o incluso la desenfocara, como quien te mete un dedo en el ojo. En otras ocasiones efectúa montajes paralelos que redundan, de nuevo, en el énfasis grosero como reflejo distorsionado (el lanzamiento de naranjas a un hombre desnudo, no precisamente apolíneo, por parte de los aristócratas en paralelo a la decisiva acción saboteadora de Abigail). Por eso, por buscar el impacto, paradojas, la sátira mordaz pierde filo, o meramente logra estocadas, en forma de espasmos, en secuencias puntuales, y sobre todo, gracias a las prestaciones de las tres excelentes actrices. Tantas sobreimpresiones, o muecas, expresivas, para incomodar diluyen la irreverencia, o la reducen al efecto de un eructo en una recepción de gazmoños y relamidos. Aunque siempre habría quien prefiera los brochazos a las pinceladas.
viernes, 26 de marzo de 2010
Michael Caine, Harry Palmer, Len Deighton y la cocina
El escritor Len Deighton enseñando a Michael Caine a freír un huevo. Caine interpretó en cinco ocasiones a Harry Palmer, agente secreto creado por Deighton (aunque el nombre lo idearon, por lo que parece, entre Caine y el productor Harry Saltzman). Palmer era la versión, o respuesta, doméstica o corriente de James Bond, o más realista, siguiendo la línea de Graham Greene. Palmer vivía en un cuchitril, era aficionado a la música clásica y a la cocina ( Caine comentaba que aprendió mucho de cocina gracias a Deighton). No era un seductor, y más bien era capaz de saber cuando querían usar los encantos femeninos para manipularle. La mejor de la serie fue Funeral en Berlín (1966) de Guy Hamilton, superior a la anterior, Ipcress (Sidney J Furie), un tanto perdida entre juegos de lentes, y que supuso su lanzamiento como estrella, y, aún más, a la siguiente, Un cerebro de un billón de dolares (1967) del hacedor del engendros Ken Russell (aunque esta al menos no lo fuera). En los 90 Caine interpretó dos más, Bullet to Beijing (1995), de George Mihalka, y Midnight in St,Petersburg (1996), de Douglas Jackson, que ni se estrenaron en cine, con las que intentaba revalorizar su carrera comercial -lo mismo con otra en la misma línea, aunque no con el mismo personaje, Blue ice (1993), de Russell Mulcahy- en una década en la que hasta fue villano en una película protagonizada y dirigida por Steven Segal, En tierra peligrosa (1993), . Pero no fue hasta 1996 con Sangre y vino, de Bob Rafelson, y ya afianzado posteriormente, con sus premiadas interpretaciones en Little voice de Mark Herman y, sobre todo, Las normas de la casa de la sidra (1999), de Lasse Hallstrom, cuando volvió a recuperar su buena estrella.
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