
Durante
la primera década del siglo XXI, tras la invasión de Irak por parte
Estados Unidos, que determinaría un conflicto bélico que duraría
del 2003 al 2011, Irak se convirtió en un escenario recurrente en la
ficción estadounidense, en marco propicio para tanto desarrollar, o
recrear en un nuevo espacio de conflicto, tramas actualizadas de
géneros como el cine de espias combinado con el thriller, o el
bélico, como para servir de espejo resonante de un estado de cosas
más amplio, o de cuestiones candentes, en el propio pais, en cierto
proceso de transformación (durante ese periodo también acontecería
el colapso económico del 2008; la invasión no estaba vinculada con
el atentado a las Torres gemelas dos años antes pero no dejaba de
ser, para la Administración regida por George W Bush, una forma de
respuesta o de conveniente maquillaje
compensatorio).
Red
de mentiras
(2008), de Ridley Scott o las notables Syriana
de Stephen Gaghan (2006) y Traidor
(2008) de Jeffrey Nachmanoff, o en cierta medida Green
zone
(2010), de Paul Greengrass, pertenecen a la primera variante, una
reformulación de los patrones del cine de espias (o exploración de
los entresijos de los despachos y sus maquinaciones), y la brillante
Jarhead
(2005), de Sam Mendes, Redacted
(2007), de Brian De Palma, la espléndida El
francotirador
(2014), de Clint Eastwood o En
tierra hostil
(The
hurt locker,
2009),
de Kathryn Bigelow, a la segunda, sugestivas aproximaciones a las
coordenadas del cine bélico, a la experiencia en sí misma, y a las
implicaciones o consecuencias que conlleva. Se podría considerar una
tercera variante, que es aquella centrada en las consecuencias
derivadas del regreso al hogar de los participantes en el conflicto
bélico, caso de Stop
loss
(2008), de Kimberly Peirce, la sugerente Regreso
al mundo
(2007), de Irwin Winkler, o las excelentes En
el valle de Ellah
(2007), de Paul Haggis y The
messenger
(2009) de Oren Moverman, centrada en los que notifican las pérdidas
de los seres queridos en la guerra, o Billy
Lynn (2016),
de Ang Lee. En
tierra hostil
se convirtió en todo un fenómeno en Estados Unidos. De tardar más
de medio año en estrenarse en su pais, tras su presentación en el
festival de Venecia del 2008, y tener una pobre recepción en
taquilla ( según parece, el espectador norteamericano no estaba muy
receptivo con respecto a las películas centradas en el conflicto de
Irak), pasó a ser la obra más premiada por la crítica de su pais,
y además a disfrutar de las loas y reconocimientos de la propia
industria, con los seis premios que le concedieron en los Oscars.

En
tierra hostil está
inspirada en la experiencia del guionista Mark Boal, quien acompañó,
diez o quince veces al día, durante dos semanas, a una brigada de
desactivación de bombas en Irak. Durante ese tiempo compartía sus
experiencias, vía email, con la cineasta Kathryn Bigelow, quien, en
principio, había estado implicado en la producción, en 2002, de la
serie The
inside,
en la que un episodio estaba inspirado en uno de los relatos que
había publicado en la revista Playboy. En un texto inicial, ya se
anuncia la cuestión sustancial, la adición a la guerra. Durante el
desarrollo de la narración se condensa el paradójico efecto de
adicción a la adrenalina del riesgo o de la acción en los
combatientes. Y en este particular caso es más extremo, dada la
concreta dedicación del protagonista. El sargento James (un
excelente Jeremy Renner) es un desactivador de bombas. Habría que
remontarse a 1959, con la interesante Ten
seconds to hell,
de Robert Aldrich, para pensar en una obra centrada en tan tensa
dedicación como la de los artificieros (en aquel caso con soldados
alemanes). La singularidad de James es que tal acción la desarrolla
con un desapegado estoicismo, y hasta desprecio de las normas de
ejecución, que exaspera a algún compañero de su equipo, en
particular el sargento Sanborn (Anthony Mackie). ¿Es inconsciencia
que bordea con la enajenación? Pareciera que habitara
(protagonizara) su particular esfera de realidad. Claro
que no todo es lo que parece, y lo pone en evidencia su relación con
un niño irakí, que se hace llamar Beckham (quien vende dvds en la
base militar, y al que conoce con un balón de fútbol). La secuencia
en la que cree que es Beckham a quien han asesinado para colocarle
una bomba en su interior que él tiene que desactivar descosiendo la
sutura en la piel de su vientre, es de lo más elocuente. Una
contundente secuencia que define al personaje, que se resiste a
simplemente explosionarla. James dispone de una caja en la que guarda
componentes de bombas que pudieron matarle, pero también la
fotografía de su hijo. ¿Cómo se relaciona con la vida aquel, que
en las secuencias finales, precisamente con su hijo, reconoce que
parece haber perdido las ilusiones, como si ya su único incentivo
vital poner en riesgo su vida con su actividad de artificiero? ¿Qué
había explotado en su interior?

La
opción expresiva elegida, como la de
Traidor,
planteada con el mismo rigor y pertinencia, pero aún más
poderosamente efectiva, es el rodaje de cámara en mano, y montaje
sincopado. La tensión se adueña de la narración, pero sin
crisparla ni buscar el efectismo, con una naturalidad que parece en
consonancia con la forma de actuar del protagonista. Su inmediatez,
por ello, se va insinuando perturbadora, como las mismas
circunstancias que viven los personajes, siempre al borde de
desaparecer en cualquier momento, por una bala o una bomba (al
respecto es interesante el uso de un actor, entonces, desconocido,
como Renner, como protagonista, para acentuar la impredecibilidad,
amplificada por la rápida muerte de los personajes que interpretan
actores conocidos como Guy Pearce o Ralph Fiennes). El logro, para
cualquiera de ellos, es mantener el equilibrio en una situación como
esa en la que vida está en constante amenaza. Poderosa y contundente
al respecto es la imagen, breve y escueta, de James tumbándose en la
cama con el casco de artificiero puesto. O el plano, dominado por la
luz del crepúsculo, cuando llama a su esposa, pero se ve incapaz de
decir nada. O, sobre todo, las extraordinarias últimas, y breves,
secuencias, ya en su vuelta al hogar (unas de las que mejor han
expuesto las consecuencias de la vuelta al hogar del combatiente, o
en qué estado le ha sumido), tras que en la anterior secuencia
Sanborn le pregunte, en el camión blindado, qué es lo que él
siente en relación a su dedicación y la guerra, y él no sepa qué
contestar, o lo sabe pero prefiere aún no articularlo (como quien
necesita agarrarse al blindaje vital en el que se camufla). La
elipsis, por su contraste, es brutal: Tras no contestar a su
compañero Sanborn, vemos a James en uno de los pasillos de un
supermercado. Tanto la expresión de su rostro contemplando los
múltiples marcas de cornflex que ocupan todo un pasillo, como su
figura minimizada, por un plano general (con una profundidad de campo
que se puede asociar con el abismo), ante tales estanterías, como
perdido en una inmensidad, resultan elocuentemente sobrecogedoras. O
cómo los silencios pueden decir tanto. Como contundente es su
concisa reflexión, acostando a su hijo, tras jugar con él, sobre
cómo cuando creces pierdes progresivamente el incentivo por casi
todo en la vida. ¿En qué vacío se había generado la explosión interior? Un prodigio de condensación.