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miércoles, 19 de abril de 2017

Agatha Christie y los alienígenas

La muy sugerente 'Life' (2017), de Daniel Espinosa, como ya se ha indicado abundantemente en las aproximaciones críticas, transita la senda narrativa de 'Alien' (1979), de Ridley Scott, ya que comparte, entre otros aspectos, la condición de variación en el espacio exterior de la novela 'Diez negritos' (1939), de Agatha Christie, exquisito emblema del whodunit (¿Quién lo ha hecho?): el enigma no reside en quién será el asesino, ya que se sabe que es una criatura alienígena intrusa, sino cuál será la próxima víctima. En este caso, entre los seis integrantes de la tripulación, uno menos que en la película de Scott (el título en español se encargaba de remarcar que el alienígena era el octavo pasajero, representación de la carencia de escrúpulos, remordimientos y fantasías de la moral, como Calvin del arrollador impulso destructivo natural del ser humano).
Aunque hay que señalar que el guionista de esta, Dan O'Bannon, se inspiró en la estimable 'El terror del más allá' (1958), de Edwin L Cahn. Como en 'Life', la amenaza proviene de Marte (aunque en la de Espinosa habría que puntualizar que más bien parece, ya que son las condiciones ambientales del Paleozoico las que dotan de vida a la luego agresiva criatura bautizada como Calvin). Como en 'Alien', una nave recién llegada se encuentra con otra, en este caso de una previa expedición, en donde la muerte parece ser su principal habitante, con la excepción de un superviviente, el capitán Carruthers (Marshall Thompson). Las sospechas sobre la responsabilidad de las muertes recaerán sobre el capitán: la motivación que le atribuyen no difiere de la que atribuyen en 'Life' a Calvin: la supervivencia (acaparar suministro de comida y agua) Porque ¿quién más pudiera ser según las coordenadas de unas mentes limitadas por lo que conocen, a no ser que contemplaran la posibilidad de lo insólito? Y efectivamente, lo insólito se introducirá en la nave cuando inicie su viaje de retorno a la tierra: una hostil criatura alienígena con el propósito, como Calvin, de nutrirse de los fluidos vitales de los tripulantes. Como en 'Alien', también se producen sus momentos de tensión dentro de colectores de aire ( a los que no dejan de asemejarse los pasadizos por los que se desplazan ingrávidamente los tripulantes de 'Life'). Una criatura que ejercerá, como Calvin, un asedio perseverante para eliminar a los humanos tripulantes.
De todas maneras, en el momento del estreno de 'Alien', hubo quienes sacaron más a colación la previa 'Terror en el espacio' (1965), de Mario Bava, como ahora no se ha dejado de recordar el precedente de 'Alien' con respecto a 'Life' (y en ambos casos, hay quienes utilizaron, y utilizan, la evocación referencial para minusvalorar la actual en cada momento, como si la no originalidad fuera un desdoro). Comparte con 'Alien' que la nave acude a un planeta respondiendo a una intrigante transmisión de radio, encontrándose con una nave extraterrestre estrellada, con los esqueletos gigantescos de sus tripulantes. Durante el desarrollo del relato se enfrentarán a una fuerza misteriosa que intenta dominar sus mentes y, por tanto, sus actos. La obra de Bava no resiste comparación ni con la de Scott ni con la de Espinosa, ni incluso, con la de Cahn. No tiene que ver con las carencias evidentes de sus efectos visuales y decorados, lo que transmite una atmósfera más casposa que ominosa, sino con la impostura que rezuma toda la narración. Parecen de cartón piedra hasta los mismos personajes.
En la excelente 'Planeta prohibido' (1956), de Fred M Wilcox, la nave que llega al planeta Altair IV, como luego en la de Cahn, lo hace para comprobar qué fue de la expedición que llegó veinte años antes. También, como en la de Cahn, quedan escasos supervivientes, dos, padre e hija. Y, como en la de Bava, parece existir una fuerza desconocida, relacionada con los Krell, los extintos habitantes originarios, del planeta, a la que se achaca la muerte del resto de los expedicionarios. Pero, aquí, la figura siniestra, el asesino (lo que no se desvela hasta los últimos pasajes, como en un whodunit de Agatha Christie), no es una criatura alienígena sino el monstruo del id, del inconsciente, propiciado por el desarrollo de la avanzada tecnología de los Krell (su progreso, como en los humanos, no fue equivalente al de su inteligencia emocional). La responsable de las muertes es una mente (la del científico superviviente) que no sabe que es dominada, y que proyecta, y genera, de modo energético, sus turbulencias y contradicciones emocionales a través de un monstruo (no manifiesto, invisible) que elimina lo que contraría su voluntad y sus deseos (y que en la mente consciente se niega, e inhibe, con las racionalizaciones).
En la producción británica 'Los últimos días en Marte' (2013), de Ruari Robinson, también la amenaza alienígena, como en la de Bava, posee los cuerpos y mentes de la tripulación espacial, convirtiéndose en instrumento mortal para sus propios congéneres. En este caso, más que propósito de control es contaminación, por una bacteria que convierte, a quien infecta, en una especie de zombie o no-muerto. Progresivamente, la infección se propaga, con lo cual el desarrollo dramático se convierte en una lucha de la supervivencia para no ser el siguiente que se convierta en un no-muerto. La turbiedad se acrecienta porque la amenaza parece propiciar más la desconfianza que la solidaridad entre los expedicionarios, a diferencia de en 'Life'. Quien parece sobrevivir, aunque sin saber a ciencia cierta si está infectado o no, queda perdido en el espacio estelar. Precisamente, había sido quien calificaba a la Estación espacial como un ataúd. Su nihilismo, coincidente con el de 'Alien', se corrobora con una conclusión tan perversa como desoladora (aunque a la película le falte el vibrante dinamismo y la mordiente de 'Life').
En ocasiones, el extraterrestre desciende a la tierra, sea porque se estrella o sea porque quiere disfrutar del placer recreativo de la caza, y se dedica a eliminar a una serie de humanos que coinciden en un espacio concreto, aislado, o ellos mismos aislados por la propia circunstancia. El camuflaje o la simulación se revelan como pérfidas armas para derrotar a las criaturas humanas (metáfora mordaz sobre la hipertrofia de una sociedad y economía depredadora sostenida sobre el simulacro y las apariencias). En la espléndida 'La cosa' (1982), John Carpenter realiza una sugerente variación de la obra precedente de Christian Nyby, 'El enigma de otro mundo' (1951), a la que supera con creces. Los personajes, pertenecientes a una expedición científica estadounidense, permanecen aislados temporalmente, en su base del Antártico, por las condiciones meteorológicas. Una variación con respecto a las obras de Scott, Bava o Cahn: Se encuentran, primero, con otra base asolada, la de la expedición noruega, cuyos componentes han muerto (incluidos los que, en helicóptero, perseguían fieramente a un perro). En la base encontrarán el cuerpo congelado de un extraterrestre, cuya nave hallarán posteriormente (conservada en el hielo desde hace miles de años). La singularidad del tratamiento dramático de esta versión es que el extraterrestre posee los cuerpos de los humanos, o más en concreto, los reemplaza, con lo cual adopta la apariencia de cualquiera de ellos. La interrogante, por tanto, a partir de esa revelación, será quién es aquel que está a mi lado, si es quién creo que es o no es lo que parece. Intriga que culmina con ese extraordinario final en el que queda como incógnita si alguno de los dos supervivientes puede ser un alienígena.
En la notable 'Depredador' (1987), de John McTiernan, la cual desde que se gestó ya fue calificada como 'Alien en la selva' (los guionistas se inspiraron en un chiste que se había convertido en comidilla en los Estudios tras el éxito de la cuarta entrega de 'Rocky': ya que no había humano que pudiera derrotarle habría que plantear en la quinta un enfrentamiento con un alienígena). Es así que las piezas de caza del alienígena con dominio del camuflaje (como si fuera la misma selva) son musculados soldados, cuya dieta debe ser más que generosa en esteroides, comandados por Arnold Schwarzeneger. El substrato es sencillo y escueto, pero afilado en su agudeza (y que McTiernan había explorado en su obra precedente, 'Nomadas', 1986, y en el que reincidirá también en posteriores obras): La violenta, primitiva y visceral vertiente del ser humano, enfrentada a su alter ego o sombra. La bestia en nosotros enfrentada a la bestia que parece superar incluso a quienes ejercen la violencia como profesión. El alienígena depredador irá eliminando uno a uno a los integrantes del comando, quienes tardarán en lograr identificar cuál es la naturaleza de la amenaza (¿Quién lo ha hecho?) que les está diezmando. Quien logra vencerle, como si se internara en el corazón de las tinieblas, con ecos figurativos de un armaggedon nuclear, deberá usar los ardides de su inteligencia, más que la fuerza bruta, para poder sobrevivir.

lunes, 10 de septiembre de 2012

En rodaje: Lassie, Fred McLeod Wilcox y Eric Knight

Photobucket Pal, que interpretaba a Lassie, estudia el guión junto al director Fred McLeod Wilcox y el autor de la novela adaptada, Eric Knight, durante el rodaje de 'El coraje de Lassie' (Lassie come-home, 1943).

martes, 13 de marzo de 2012

Plácidas pausas de rodaje: Leslie Nielsen, Anne Francis y Jack Kelly

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Leslie Nielsen y Jack Kelly se 'disputan' a Anne Francis en una 'gansa' pausa de rodaje de 'Planeta prohibido' (Forbidden planet, 1956), de Fred McLeod Wilcox, estupenda adaptación libérrima de 'La tempestad' de Shakespeare,en la que lo más sugestivo, aparte de la idea de los 'monstruos del id (del subconsciente)', es cómo está construida sobre la guía narrativa del descubrimiento y del asombro. Un extrañamiento afianzado por una modulación que se toma su tiempo en el desarrollo de un acceso a 'otro mundo'. De hecho, los acontecimientos más extraordinarios, ya sugeridos o insinuados desde un principio, no se 'materializarán' hasta bien avanzado el desarrollo narrativo. Podríamos compararlo, por ejemplo, con el 'Alien' (1979), de Ridley Scott, que también se tomaba su tiempo antes de que tuvieran lugar las peripecias.También se preocupaba de cultivar esa sensación de acceder a 'otro mundo', aunque aquí, también, más atmosféricamente, pero haciendo de la dilatación del tiempo, de la 'expectativa en suspenso', uno de sus vectores nucleares.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Planeta prohibido

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Lo más sugestivo de esta estupenda obra de ciencia ficción, 'Planeta prohibido' (1956), de Fred McLeod Wilcox, adaptación libérrima de 'La tempestad' de Shakespeare, aparte de la idea de los 'monstruos del id (del subconsciente)', es cómo está construida sobre la guía narrativa del descubrimiento y del asombro. Un extrañamiento afianzado por una modulación que se toma su tiempo en el desarrollo de un acceso a 'otro mundo', y, vamos a decir a diferencia del cine de Tourneur, con una cierta distancia que se revela fructífera. De hecho, los acontecimientos más extraordinarios, ya sugeridos o insinuados desde un principio, no se 'materializarán' hasta bien avanzado el desarrollo narrativo.Podríamos compararlo, por ejemplo, con el'Alien' (1979), de Ridley Scott, que también se tomaba su tiempo antes de que tuvieran lugar las peripecias. También se preocupaba de cultivar esa sensación de acceder a 'otro mundo', aunque aquí, también, más atmosféricamente, pero haciendo de la dilatación del tiempo, de la 'expectativa en suspenso', uno de sus vectores nucleares. En este caso, son los tripulantes de una nave especial, comandados por el capitán Adams (Leslie Nielsen), definidos con rasgos poco sobresalientes, representantes casi de la mundanidad, los que llegan al planeta Altair IV, de otro sistema estelar, para saber qué ha sido de una expedición enviada ahí veinte años antes.
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A partir de su llegada, se dosificará con afinada progresión el paulatino descubrimiento de hechos asombrosos. Empezando por una estela en el horizonte que resulta ser un vehículo conducido a supersónica velocidad por un robot, Robby, y siguiendo con la revelación de que parece que sólo queda un superviviente, el doctor Edward Morbius (Walter Pidgeon), que parece muy satisfecho con su circunstancia, dedicado a investigaciones que en principio no aclara ( y que sorprenden, como el hecho de que fuera de construir en su primer mes a un robot como Robby, porque se supone que es un filólogo y filosofo) y que se muestra más que remiso a abandonar el planeta (y hasta exhortando a que abandonen el planeta). Asombro les causa a los recién llegados el desarrollo tecnólogico del lugar, y las referencias a otros habitantes que cientos miles de siglos atrás, pese a su desarrollo superior a los humanos, desaparecieron en una noche debido a fuerzas desconocidas. Como asombro les supone el descubrir que hay una mujer, hecho que Morbius prefería mantener en secreto, y que no es sino su hija, Altaira (Anne Francis), presencia que resultará tan perturbadora para los recién llegados como los otros extraños misterios, ya no sólo por ser una mujer (para unos hombres que llevan un año de viaje), sino por su desconcertante comportamiento, que rompe moldes convencionales de conducta, como su desdramatizada reacción ante el hecho de que la besen, como si fuese algo que hay que experimentar y probar ( y que para algunos será como materializar la fantasía de una disponibilidad sin trabas y para otros el salirse de lo que debe ser una conducta femenina de decoro). Añádase el componente insinuado incestuoso, cuando entran en juego esos 'monstruos del id', y se amplifica esa subversiva condición de este otro mundo, de fuerzas de mayor desarrollo intelectual, pero desaparecidas, y de naturalidad desconcertante (en las acciones de Altaira), que irán delineando el discurso alegórico subyacente de cómo las fuerzas del instinto poseen una condición perturbadora de un modo u otro, y cuya 'tempestad', parece superar a las facultades racionales o razonables del ser humano ( y de cualquier especie).
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Fascinantes son las secuencias en que Morbius les muestra el interior de las instalaciones que los Krell habían creado, y en concreto una maquina que podía facilitar a través del control de la mente la materialización de lo que se deseaba ( claro que también de lo que se teme o no se tiene asumido). Y secuencias de estimulante atmósfera fantástica como aquella en la que se advierte la irrupción de una presencia invisible que se acerca a la nave por la huellas que deja en la arena; huellas de magnitud desproporcionada (que, cuando se hace un molde de ese pie, parece pertenecer a una criatura descomunal nunca vista); el ataque del tigre en ese jardín de presencia edénica a Altair y Adams, y, por supuesto la celebre secuencia del ataque de esa criatura, o 'monstruo del id' (que desata los deseos de un personaje, que no desvelo para quien no lo haya visto) que es entrevisto, como las líneas de contorno de un dibujo, por las corrientes eléctricas del campo de fuerzas que han colocado alrededor de la nave. Una secuencia que, aún hoy con todos los avances que se han producido en los efectos especiales, sigue siendo más inquietante, espectacular, y, sobre todo, más 'asombrosa', que muchas de las obras de hoy en día. Claro que lo mismo se puede decir de esta película, que además saber ser compleja sin parecerlo. Quizás a eso se llame sutilidad.

‎'Planeta prohibido' (Forbbiden planet, 1956), es una de las propuestas más estimulantes y singulares de la ciencia ficción de los 50. Una producción de serie A de la Metro Goldwyn Mayer, con un sugerente guión de Cyril Hume, y cautivadora fotografía de George J Folsey. Entre las anécdotas reseñar que fue la primera vez que se vio a una actriz con minifalda en una pantalla, lo que provocó que en España,añadido al hecho de que iba descalza,se prohibió su estreno (que no se dio hasta 1967). Por otro lado, el robot Robby se convirtió en todo un fenómeno,que saldría en muy diversas obras posteriores, incluidas series como Perdidos en el espacio, Dimensión desconocida, Vacaciones en el mar o Colombo.