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viernes, 6 de enero de 2023

Noche en la ciudad

 

Resulta difícil pensar en un film noir más febril, tortuoso y desabrido, de tumescente nocturnidad, que Noche en la ciudad (Night and the city, 1950), de Jules Dassin, para la que Joe Eisinger adapta la novela de Gerald Kersch. La urgencia, como llameante desesperación, palpita, sin resquicio de respiro, desde su formidable introducción, la persecución en la noche que sufre el protagonista, Harry Fabian (Richard Widmark). La crispación de los encuadres, el desasosiego que transpiran unas edificaciones y calles que parecen cernirse y ahogar al personaje en su huida, como si estuviera atrapado en un laberinto del que no fuera posible encontrar la salida, porque realmente está solo. De hecho, en el primer encuadre es una figura mínima en ese espacio nocturno desacogedor, en la que las únicas presencias humanas son perseguidor y perseguido. Quizá estas sensaciones, de indefensión, no se hubieran logrado plasmar si Dassin no hubiera empezado a sufrir la persecución del Comité de Actividades antiamericanas (HUAC) que determinía su exilio en 1952. Darryl Zanuck, jefe de del Estudio de la Fox, le indicó, en 1949, que probablemente fuera incluido en la lista negra de Hollywood, ya que su nombre había sido mencionado por algunos de los que ya habían declarado ante el Comité, y se le relacionaba con tres organizaciones con vínculos o afinidades comunistas. Aún así le comentó que aún podría disponer de tiempo para dirigir otra producción para la Fox por lo que le propuso que dirigiera, en Londres, Noche en la ciudad. Ya durante el rodaje sería incluído en la lista negra, por lo que ya no le sería permitido el acceso al Estudio para participar en el montaje o supervisar la banda sonora. De todas maneras, Zanuck aún le propondría dirigir otra producción, la comedia Half Angel, con Loretta Young, pero las presiones políticas determinaron que fuera reemplazado por Richard Sale. Durante 1951 otros directores, Frank Tuttle, Michael Gordon y Edward Dmytryk, le mencionarían, como a ellos mismos, como uno de los siete directores comunistas que formaban parte de la Asociación de directores (junto a Bernard Vohaus, Herbert Biberman y John Berry). En1952, Bette Davis le propondría dirigir la obra de teatro que ella protagonizaba, Two's company, pero tras cancelarse por la indisposición de la actriz, Dassin optaría por exiliarse antes de que fuera citado por el Comité de Actividades Antiamericanas.

Queda patente en esa primera secuencia que Fabian es alguien que huye aunque, como quedará también manifiesto en la posterior secuencia, a la vez sea alguien que persigue, obstinadamente, algo. Su persecución obcecada le convierte, paradójicamente, en perseguido. En la siguiente secuencia, en la casa en la que se refugia, el hogar de su novia, Mary (Gene Tierney), se nos revela la posibilidad de otra elección que quizá esté desperdiciando por su empecinamiento en ser algo más en la vida, en ser, como él mismo expresa con desesperación sombría, alguien, algo más que un mero delincuente de poca monta que busca clientes para un garito nocturno. Mary, una vez más, tiene que prestarle dinero no solo para que pueda salir del paso (por la deuda con su perseguidor) sino para su nuevo proyecto o sueño de consecución de riqueza (relacionado con las apuestas). La fotografía en la que se les ve a ambos en Venecia es la imagen de esa realidad que pudieran materializar si Fabian no ambicionara ser alguien importante en un universo regido por la codicia y la traición. El vecino de Mary, un constructor de juguetes, Adam (Hugh Marlowe) le define como un artista sin arte, lo que le aboca a ese extravío, como quien no sabe dónde encauzar sus inquietudes. Otro espejismo surge cuando cree que podría controlar el negocio de la lucha libre, aprovechándose de la integridad de un afamado viejo luchador, Gregorius (Stanislaus Zybszko), que desprecia las malas artes de los que rigen ese negocio y de los que luchan, como es el caso de su mismo hijo, Kristo (Herbert Lom), a quien cuestiona que haya convertido tal deporte en un mero circo con payasos, con su luchador El estrangulador (Mike Mazurki).

Malas artes e integridad, es la cuerda en la que oscila el combate interno que bulle en las entrañas de esta hermosa obra. La cuerda que ahogará a Fabian, porque intenta competir con los que dominan la noche de la ciudad, para quienes la integridad es algo ajeno, sea Kristo, quien domina ese negocio, sea Nosseros (Francis L. Sullivan), el dueño del garito nocturno en el que trabaja, sea la esposa de éste, Helen (Googie Withers), quien aspira a montar su propio negocio, a espaldas de su marido (y buscando la alianza conveniente con Fabian) o los pequeños delincuentes a los que Fabian pide que le presten dinero para poder realizar la inversión, alguno de los cuáles no tendrá reparos en traicionarle, por su propia conveniencia, cuando, posteriormente, Fabian sea un estigmatizado o condenado (a muerte). La relación marital de Nosseros y Helen es una relación sostenida por el desprecio callado (de ella) y la traición. Helen utiliza a Fabian, o su sueño, para poder afianzar el propio, pero no cuenta con que Fabian utilice las estratagemas oportunas para aprovecharse de ella para apuntalar el suyo. Y a su vez Nosseros, no dudará, al ser consciente de esa alianza, en traicionar a Fabian, para sabotear su sueño, al plantearle una condición que complicará fatalmente su consecución. Fabian, en su afán desesperado por crear su propio espacio, que implica recurrir a cualquier estratagema o mala arte para conseguirlo (incluso, en una terrible y descarnada secuencia, robar el dinero de su novia pese a la desolación de ésta), comete el error de entrometerse en otros cuadriláteros afectivos, por un lado, el de Nosseros y su esposa, y por otro, el de Kristo con su padre, de los cuales sólo puede salir escaldado. Se convertirá en lo que ya se anunciaba en la secuencia inicial, una rata perseguida en un turbio laberinto de calles y muelles, espacios abandonados o arrumbados. Su gesto final, en su última carrera en un amanecer de desacogedora luz, resulta un último vano intento de redención.

sábado, 11 de marzo de 2017

Rififi

28 minutos dura la extraordinaria y minuciosa secuencia del robo a un joyería en 'Rififí' ( 'Du Rififi chez les hommes, 1955), de Jules Dassin, la quintaesencia, y quizás la cota más elevada, de este particular subgénero que es el de 'atracos'. Su trayecto narrativo condensa todo el proceso. La selección de los necesarios integrantes, en este caso cuatro. La meticulosa preparación, con sus consiguientes ensayos y pruebas (cómo encontrar el modo de poder anular la alarma; el seguimiento de los hábitos y horarios de los comercios cercanos o del paso de policías, lo que determina el plazo de tiempo del que dispondrán, hasta las 6 de las mañana cuando se active el movimiento cotidiano; cuál es el más adecuado modo de acceder la joyería: perforar una agujero desde el piso de arriba, y hacer un uso de un paraguas para que los cascotes no causen demasiado ruido en la caída ni estropeen las joyas en las vitrinas). La metódica ejecución (la perforación, el descenso por cuerdas, la desactivación de la alarma y la perforación última de la caja fuerte), antecedente de la excelsa 'La evasión' (1960), de Jacques Becker. No se hace uso de música en la banda sonora, sino que cobra realce el uso dramático del silencio ya que tienen que evitar el mínimo sonido audible para los sensores de sonido. La tensión de tener que finalizar la tarea a contrarreloj se estira hasta el extremo, y determina que tengan que dejar inconscientes a una pareja de policías intrigados por la presencia de su coche aparcado en un callejón. Y, por último, las complicaciones posteriores (en este caso debidas al error o la negligencia de uno de los componentes de la banda, quien no tarda en regalar una joya a una mujer que desea seducir, lo que propicia que se entere otra banda: esto determinará el acoso, torturas incluidas, para conseguir las joyas, el secuestro del hijo de uno de los de la banda, su rescate y el inevitable enfrentamiento violento).
Jules Dassin logra un equilibro modélico, una medida y concisa manera de narrar los distintos trances narrativos, conjugada con una turbadora y soterrada intensidad. En este aspecto es crucial el dibujo de su 'fronterizo' protagonista, Tony (un gran Jean Servais). Un hombre ya superados los 50 que exuda fatiga y deterioro, como la tos que a veces le supera por sus problemas pulmonares. Es presentado en una timba de cartas, y necesitado de dinero, como quien va a la deriva. Esa condición de ánimo fronterizo empapa la narración. La negrura de su mirada rebosa amargura y decepción. Es una sombra resentida. Recién salido de la cárcel, de la que acaba de salir tras cinco años, aún es prisionero del despecho: piensa que su antiguo amor, Mado ( Marie Sabouret) fue quien le delató a la policía. Su principal deseo es volver a encontrarse con ella para escupirle su rabia herida, por eso en primera instancia rechaza la propuesta del atraco que le plantean Mario (Robert Manuel) y Jo (Carl Mohner). Tras que se haya desahogado con ella, humillándola, exigiéndole que se despoje de las joyas que le relacionan con su nuevo amante, y que reflejan su prosperidad en contraposición a su deterioro, y azotándole con su cinturón, será cuando decida aceptar la propuesta. No hay piedad en él, porque es una sombra. 'Rififi', la canción que canta Vivianne (Magali Noel) en el night club alude a la violencia masculina con una mujer, reflejado en el juego con las sombras de figuras tras la cantante (aunque el título original amplia esa virulencia, en alusión a una masculinidad bronca: De bronca con los hombres/Du Rififi chez les hommes).
Esa herida emocional se conjugará con el atraco, ya que ambas líneas dramáticas convergerán. El amante de Mado, es decir su rival, el dueño del night club, Grutter (Marcel Lupovici), será quien intente apropiarse del botín cuando se entere por una de las chicas que trabaja para él del regalo que le dio el cuarto componente del grupo, Cesar (Jules Dassin), el experto en abrir cajas fuertes que, irónicamente, será el que deje en evidencia su participación en el atraco, y la de sus compañeros cuando los delate tras ser torturado. Su ejecución no estaba planteada en la novela. Dassin la añadió como vínculo con su propia experiencia. Fue delatado por los cineastas Edward Dmytryk y Frank Tuttle en 1951, ante el Comité de Actividades Antiamericanas, por lo que fue puesto en la lista de negra de Hollywood que le impedía conseguir trabajo como director, motivo por el que abandonó el país. Intentó desde entonces realizar un par de películas, pero la presión desde Estados Unidos lo imposibilitó. Hasta que conoció al productor Henri Berard, quien admiraba su anterior obra, la también magistral 'Noche en la ciudad' (1950), por lo que le ofreció la dirección de este proyecto que había considerado Jean Pierre Melville (el autor de la novela adaptada en 'Rififi', Auguste de Breton, había sido dialoguista en la excelente 'Bob el mentiroso',de Melville). A Dassin le disgustaba las diferencias étnicas entre las dos bandas. No quería que fueran argelinos los rivales, ni tampoco estadounidenses como le planteó Berard. Le parecía que distraía de la cuestión nuclear, esa condición humana bronca que despliega la violencia por falta de escrúpulos o por resentimiento herido. El trayecto final, de honda emoción, supone una particular redención para Tony, la recuperación de su confianza hacia Mado y la asunción de un sacrificio para restituir sus errores, ya que enfrentarse al dueño del night club supone enfrentarse también a su propia turbia oscuridad. Excelente la banda sonora compuesta por Georges Auric.

lunes, 18 de julio de 2011

Jean Arthur, entre sombras amenazantes

PhotobucketJean Arthur, fotografiada por Eugene Robert Richee, en una sugerentemente siniestra imagen promocional de 'The Greene murder case' (1929), de Frank Tuttle, en la que William Powell interpretaba al detective Philo Vance, creación literaria de S. S. Van Dine.

miércoles, 6 de julio de 2011

Gary Cooper y la amenaza de una sombra

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Gary Cooper, fotografiado por Eugene Robert Richee, en una imagen promocional de 'Only the brave' (1930), de Frank Tuttle.

lunes, 21 de marzo de 2011

Alan Ladd, El cuervo

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Alan Ladd en una imagen promocional de la obra que supuso su consagración, 'El cuervo' (This gun for hire, 1942), de Frank Tuttle, basada en la novela de Graham Greene, 'Una pistola en venta'.